--La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios

sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta

años.

--¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia

con usted?

--No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.

Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenía una

buena opinión de sí mismo y no retuvo de esta conversación más que la

parte halagüeña:

La joven americana no temía la madurez.

Raúl, desde entonces, puso una especie de coquetería en confesar su edad

y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.

Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del

caballo, Raúl se dirigía lentamente a Candore pensando en la fina

silueta del joven capitán que había visto en la ventana y que había

causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...

¿Quién podía ser aquel muchacho?

--Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir--había

respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un

poco la frente del diplomático.

Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se había

extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su

encuentro en África, donde él había desplegado una admirable sangre fría

y un raro valor para sacarla, a ella y a su tío, de las garras de una

tribu de tuaregs en que se habían aventurado imprudentemente.

Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no

encantó más que medianamente los oídos del oyente.

--¿Cómo se llamaba aquel héroe?

--El capitán Raynal.

--Raynal... Raynal...

El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.

Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante

prolija sin embargo, le habían hablado de un pariente de ese nombre;

creía su familia extinguida.

Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente

irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba.

Así fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de

Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.

¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal

militarcito!...

¿De dónde diablos había salido?

Raynal... El capitán Raynal...

Desde su matrimonio no había sabido nada de Liette...

La correspondencia entre ella y su antigua discípula se había ido

acabando poco a poco, pues la una temía preguntar y la otra responder.

Pronto la pluma se había caído de los dedos helados de la condesita, y

el silencio se había producido.

En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie

de respeto involuntario, se había abstenido siempre de pronunciar el

nombre de la empleada, a quien, por otra parte, había casi olvidado.

Sabía solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las

conversaciones, que se había negado siempre a dejar su puesto,

prefiriendo ascender en él, y Raúl lo había atribuido a un recuerdo

halagüeño para su persona.

--Pobre muchacha; estaba loca por mí--pensaba con indulgente fatuidad.

Y no se ocupaba más del asunto.

Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro

tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.

Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de

hipótesis.

Siendo capitán y estando condecorado, debía de tener veinticinco o

treinta años, aunque apenas los representaba.

A primera vista se parecía a Liette, evidentemente, no en el color de

los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.

¿Y se llamaba Raynal?

¿Será que?...

El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una

sonrisa burlona respondía a las cejas fruncidas.

¿Será que?...

Tendría gracia...

¡Ella, que las echaba de virtuosa!

¿Habré yo hecho el tonto?

El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de

despecho.

El amor propio, más vivaz que el amor, hacíale sentir su aguijón.

¿Se habría burlado de él?

¿Se le habría impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta

el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él,

y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su

respeto?

El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos

retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.

Raúl trataba de reírse.

¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj

retrasa...

No, pero no quería ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas,

entonces...

Entonces, ¿qué?

¿Qué le importaba a él?

¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?

¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreían las muchachas?

--Que no se ponga en mi camino--exclamó blandiendo el látigo con una

violencia que hizo encabritarse a su caballo.

--Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?

El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.

El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a

tierra:

--¿Quieres que volvamos juntos, tío?

--Con mucho gusto, amigo mío.

Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tío bajo las

altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que

la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.

--Veo que eres todavía un brillante jinete.

--Gracias a tus lecciones, tío. Tú fuiste quien me puso la primera vez a

caballo.

--¡Ay! parece que te estoy viendo todavía con mi pobre Blanca. ¡Qué

lejos está eso, Dios mío! Y después, cuántas penas...

Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando

aquel gran dolor.

--Esta mañana saliste muy temprano--dijo al fin el anciano haciendo un

esfuerzo.

--Sí, he estado en Argicourt. Había prometido a miss Darling salir con

ella a caballo, pues su tío está lejos de valer lo que el mío en punto a

equitación. Hemos dado un buen paseo.

--Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...

--¿Te gusta miss Darling?

--Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una

lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.

--Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacío

de mi hogar, querría mucho tener tu aprobación.

El octogenario se paró de repente.

--¿Piensas acaso?...

Su voz temblaba.

--¡Dios mío! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente

a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...

--Pasemos adelante.

--La he llorado durante veinte años y he llevado lealmente su luto.

--Pasemos, pasemos.

--Pero al fin llega una hora en que no debe uno ya mirar detrás de sí y

en que los minutos están contados para llenar nuestros deberes respecto

del porvenir como respecto del pasado. Un noble no puede dejar

extinguirse el nombre que ha recibido de sus antepasados para

transmitírselo a sus descendientes.

--En una palabra, quieres casarte con miss Darling...

--Por la razón que te doy...

--¿La permanencia de la raza? Si esa fuera la única, ¿sería necesario

recurrir a un matrimonio aventurado?... En la vida de un hombre de

placer como tú... y como yo, por desgracia, hay faltas de la juventud

que corresponde reparar a la vejez...

--¿Qué quiere usted decir?

--No tengo derecho para ser severo... Pero si hubieras dejado detrás de

ti algún remordimiento...

Llegaban a un claro rodeado de hayas gigantes que el sol acribillaba con

sus flechas de oro...

«Acuérdate» decía el astro ardiente con sus lenguas de fuego.

«Acuérdate» repetía el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del

pasado.

«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y

tierna en el silencio de los grandes bosques.

Pero Raúl no se acordaba...

--No tengo ningún remordimiento, querido tío--respondió con

desenvoltura.

Neris hizo un gesto vago.

--Eres muy feliz--dijo sencillamente.

Prodújose un momento de silencio.

--En fin, querido tío, si llegase el caso, ¿no tendría usted ninguna

objeción seria contra miss Darling?--preguntó el conde, que no quería

abandonar su asunto.

--Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.

--Pero yo también soy como usted, tío mío, estoy construido a cal y

canto; es una herencia del abuelo Neris que estoy lejos de despreciar.

--En lo físico, pase aún; pero en lo moral...

--A miss Darling no le gustan los jóvenes; me ha expuesto sus teorías

sobre esto...

--Encontrará entonces, acaso, que lo eres demasiado--dijo el anciano con

ligera ironía.

--En fin, no es su opinión probable lo que yo quiero conocer, querido

tío, sino la tuya--respondió el diplomático con alguna impaciencia.

--Te lo repito, amigo mío; no he encontrado comparable con miss Darling

más que una persona.

--¿Y era, si no es indiscreción?...

--Liette Raynal.

Raúl se mordió los labios.

En el estado de ánimo en que se encontraba, aquel nombre sonaba de un

modo particularmente desagradable a su oído.

Pero no por eso perdió la ocasión de preguntar con maña:

--¿La institutriz de mi pobre Blanca? Sí, era una persona de

mérito--añadió con indiferencia.--¿Qué ha sido de ella?

--Sigue en Candore.

--¿Empleada de Correos?

--Empleada de Correos.

--Por cierto que he creído ver una figura nueva al pasar por delante de

la oficina; un militar...

--Es su hijo adoptivo... un pariente... el capitán Raynal.

El conde de Candore hizo sonar la lengua con expresión de duda.

--¿Crees tú en los hijos adoptivos, tío?

El anciano respondió con cierto dejo de severidad:

--Sí, sobrino, como en los hijos abandonados.

* * * * *

Liette estaba en su estrecha oficina viendo, como en el día lejano de su

llegada al pueblo, desfilar todo el mundo por delante del ventanillo;

pero la curiosidad no era para ella, y, en lugar del irritante malestar

de otro tiempo, Liette sentía ahora una dulce satisfacción de orgullo

maternal al oír los saludos al joven capitán de los viejos y viejas que

le habían conocido niño.

El joven respondía con cordialidad, tratando de conocer en las jóvenes

que salían de las vísperas y en los mozos que emprendían partidas de

pelota o se iban a tirar al arco a los chicuelos dejados en el pueblo y

a quienes se asombraba de encontrar cambiados como él. Y al volver los

ojos al modesto interior, lo mismo la fría oficina que el salón de

elegancias pasadas de moda, el capitán encontraba con placer infantil

todos los muebles y todos los objetos familiares, todo, hasta el pobre

Breal, primer compañero de sus juegos, disecado en memoria suya.

Nada había cambiado en aquel cuadro anticuado y envejecido, en el que

sólo él no se reconocía cuando el espejo le enviaba la sombra de sus

bigotes, justamente encima de su retrato con falda corta y con un tambor

a sus pies.

Nada había cambiado, y la misma tía Liette, recta y menuda con su traje

sencillo de lana, con su bello perfil de camafeo bajo el cabello apenas

encanecido en las sienes y su mirada límpida que reflejaba la serenidad

de su alma, la misma tía Liette había envejecido tan poco, que al

preguntarle de repente Carlos:

--Tía Liette ¿cuándo vas a pedir tu jubilación?

La empleada respondió prorrumpiendo en una carcajada llena de juventud.

--¿Mi jubilación? Gracias a Dios, amigo mío, estoy todavía fuerte y

espero evitar durante algunos años el ser arrinconada.

--Sin duda... Pero es precisamente por eso... Estás joven y activa... No

temes los viajes... Y, por otra parte, eres hija y madre de soldado...

--Explícate...

--Oye. Quisiera tenerte más cerca de mí, tía Liette; mi sueldo bastaría

para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones

como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la

imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la

que es su alma. ¿No te gustaría volver a ver aquella tierra de África en

que diste los primeros pasos?

Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.

--Eres bueno y tierno, hijo mío, al pensar en mi soledad más aún que en

la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco

años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en

la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna

como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se

baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los

vivos.

--Gracias a Dios, tía Liette, como decías hace un momento, estás buena y

sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearía otra compañía.

--«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legítimo;

pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacío de tu casa y de

tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...

--De los que tú serás abuela.

--Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi

jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.

El joven se retorció el bigote con expresión distraída y su mirada vaga

pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.

La tía Liette le observaba como al descuido.

--¿Está en camino, Carlos?--preguntó maliciosamente.

--No, todavía está en las nubes.

Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio

un sonoro beso en la frente de la empleada.

--De modo que no es todavía esta vez cuando te llevo conmigo, tía

Liette...

--¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?

Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.

--Sí, padrino, y a usted también si quiere.

--¡Oh! si no dependiera más que de mí, daría con gusto la vuelta al

mundo...

--¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del

viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.

--No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.

Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la

tía Liette, que se sonreía a medias.

Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la

frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven

oficial, dijo:

--Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme

redactar tu contrato?

--¿Yo? ¡Qué disparate!

--No encontrarías dificultades... No eran las siete de la mañana cuando

el tío Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios

al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de

Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos

de dote... y que la chica no detesta a los militares...

--¿La pequeña Irma, que tenía las manos tan rojas y la deplorable

costumbre de pisar los moñigos de vaca?

--La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con

todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia

soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.

--Prefiero, entonces, la antigua Irma.

--El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco,

menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado

durante la misa... Tienen que contar...

--Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros

calzones?

--Sí, pero los años de campaña se cuentan dobles y ella ha conservado la

frescura de su nombre.

--Pongamos que estoy demasiado bronceado para ella, y no hablemos más

del asunto.

--Pues no eres poco difícil...

--¿No hay nada más?--preguntó la tía Liette muy divertida.

--Como pasos oficiales, no hay más, y ya es bastante... Pero he recibido

otras dos visitas, la una muy simpática... y la otra un poco menos.

--¿Cuáles?

--Eso, joven, es el secreto profesional. Busca y encontrarás. ¿Quién

puede quererte bien?

--¿Y mal?--preguntó con inquietud Liette, a quien el notario respondió

con una señal imperceptible.

La empleada, impaciente por saber, dijo:

--Oye, Carlos, debías hacer una visita al señor cura para presentarle

tus respetos y tu cruz...

--Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.

Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oído:

--Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.

Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a

llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.

Liette, que le había seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia

el notario.

--¿Qué hay?--le preguntó sin otro preámbulo.

--En primer lugar, cierto señor Darling, tío y tutor de una riquísima

americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer

muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a

Argelia, donde les prestó un señalado servicio...

--Y además...

--Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los

laureles del capitán Raynal impiden dormir.

Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.

--¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?

--Sí, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.

--Y usted, ¿qué le respondió?

--Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.

--Aquí tiene usted una complicación imprevista, amigo mío. Siento que

Carlos esté aquí. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré

defenderle.

--Le defenderemos--rectificó calurosamente el digno notario.

* * * * *

Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente

preocupada. Una nube fugitiva que se ponía algunas veces en sus

tranquilas facciones obscurecía el brillo de sus bellos ojos,

tiernamente fijos en él y en los que se leía una vaga alarma.

--Una carta para ti--dijo dándole un sobre blasonado.

El joven la abrió y la leyó rápidamente.

--Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el

sábado.

--¿Vas a ir?

Carlos vaciló un momento.

--No, tía Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.

--Pero yo no quiero ser egoísta y privarte de los placeres de tu edad.

--¡Qué buena eres!

--No es más sino que te quiero mucho.

Carlos la contempló con enternecimiento.

¡Oh! sí, la tía Liette le amaba... ¡Y él a ella!

A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos

gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecía al humilde

pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del

almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se

creía vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba

en su ser.

--Siempre te veo el mismo bordado, tía Liette. ¿Haces acaso lo que

Penélope?

--No, señor burlón, no es la misma; pero no varío ni el dibujo ni los

colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a

jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.

--Y soy todavía muy capaz. Prueba.

--No, ahora eres demasiado alto.

--Puedo bajarme.

Y se puso de rodillas con las manos extendidas.

--¡Loco!--dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de

lana...

Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:

--¿Irás a Argicourt?

--Conozco muy poco a los dueños.

--¿No ha sido el barón tu camarada?

--Sí, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre,

un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt

vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...

--Una americana del Norte...

--Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según

parece...

--Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.

--Sí, él no tenía más que su nombre.

--Ya es algo--respondió Liette con melancolía.

--¿No te parece, tía Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco

humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?

El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su

deferencia por el juicio de aquella guía segura e impecable, que una

palabra de su boca le parecía una sentencia sin apelación. Así fue que

sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:

--¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el

corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin

contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavía más obligado

que el que recibe.

--Todo el mundo no lo juzga así...

--Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según

él mismo. Para mí es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.

--Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tía Liette. Sin embargo,

yo preferiría una mujer que tuviese menos que yo.

--Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta sería

difícil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?

Carlos se calló, vencido y contento.

La madeja estaba devanada, pero el joven permanecía a los pies de su

madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venía a

que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba

distraídamente con los dorados del uniforme.

--Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?

--No, no es eso, tía Liette; pero, francamente, me sería desagradable el

ir a una casa donde tú no estás invitada...

--Tienes todas las delicadezas, hijo mío; pero yo no soy tu madre...

--Eres más todavía...

--No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado;

el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia

por mi parte ni ingratitud por la tuya.

--Jamás, tía Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.

--No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias

en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un

matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo

soy.

--¡En seguida! Yo no te permitiría casarte sin mi consentimiento, aunque

fuera con mi querido padrino...

--Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarías

una suegra en tu equipo.

--Pues yo te declaro que no me casaría jamás con una mujer que no te

venerase como a su madre.

En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una

carretela, como un relámpago azul y rosa.

Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una

graciosa aparición haciendo el saludo militar.

--¡Buenos días, mi capitán!

--¡Miss Darling!--exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.

--¡La señora de Argicourt!--dijo la tía Liette dirigiéndose a la segunda

visitante.

--Que pide a usted perdón por venir a sorprenderla de este modo; pero

esta aturdida de Eva, mi más querida amiga, tenía empeño en serle a

usted presentada.

--Mucho--apoyó claramente la aludida;--me han dicho muchas veces que me

parecía a la tía Liette, e ignoraba si esto era un cumplimiento... Veo

que lo es.

Y poniendo en este homenaje un respeto profundo que corregía su tono

atrevido, la joven se inclinó delante de Liette conquistada y encantada.

--Puesto que está hecho el conocimiento por este lado, permítame usted

que le presente a mi vez el capitán Raynal, señora baronesa--dijo la

empleada dirigiendo una amable sonrisa a la linda niña.

--Sin habernos encontrado todavía, somos antiguos amigos, capitán--dijo

la baronesa sentándose donde él le indicaba;--mi marido me ha hablado

con frecuencia de usted como de uno de sus mejores amigos, y miss

Darling ha apoyado aún sus elogios.

--Naturalmente, no puedo hablar mal de mi salvador. ¿No le ha contado a

usted el caso, tía Liette?

--No valía la pena.

--Es usted muy modesto... Eso prueba que aprecia usted menos que yo la

existencia, que yo tengo la debilidad de querer conservar... Figúrese

usted, señorita, que mi tío y yo estábamos cautivos de una tribu de

tuaregs... ¿Conoce usted a esa gente?... mucho color local... pero de

relaciones poco sociables... Afortunadamente, el capitán, de vuelta de

una expedición al Sur, supo por sus emisarios nuestra triste posición,

y, sin importarle nuestra nacionalidad, lo que fue enteramente amable,

consiguió librarnos con un puñado de bravos y nos ofreció una

hospitalidad... francesa en su blockhaus. Pero, ¡ay! en la Argelia como

en América, los blockhaus están hechos para ser bloqueados, y, al día

siguiente, cayó sobre nosotros una nube de tuaregs como los saltamontes

del desierto, ejecutando en nuestro honor un brillante tiroteo.

Seguíamos estando prisioneros, aunque en mejor compañía.

--¡Oh! lo que es eso... Mi destacamento estaba compuesto de demonios

casi tan negros como los que nos asediaban. Figúrate aquello, tía

Liette.

--Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabían qué

hacer para complacerme.

--Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...

--No como Circe entonces.

Liette · 第 8 / 11 段