Un año después estaba la joven empleada delante del aparato Morse, que

tan rudamente le había martirizado el corazón, y transcribía sin

palidecer un telegrama de Roma, donde era entonces Raúl secretario de la

embajada, dirigido al señor Neris, retenido en Candore por un ataque de

gota.

«Mi querido tío: eres abuelo de una hermosa niña.»

Liette echó una mirada de amor a un niño blanco y sonrosado que se

revolcaba en la alfombra, y dijo con acento profundo:

--Yo también tengo un hijo.

* * * * *

Carlos abrió la ventana y paseó su mirada un poco turbada por los

lugares en que se había desarrollado su infancia.

A sus pies estaba la plazuela rectangular en que se habían ensayado sus

pasos vacilantes y donde había conocido las grandes desesperaciones de

los pequeñuelos como la de un globo retenido por una alta rama, un barco

de papel naufragado en las profundidades de la transparente fuente

pública, en la que él sumergía en vano su bracito demasiado corto; y los

grandes triunfos de la misma época, como la captura de un insecto de

alas doradas, de un nido cazado en lo alto de un tilo con gran

detrimento de los calzones, o de un lagarto imprudente que había ido a

calentarse al sol junto al brocal del pozo y que él llevaba a casa con

expresión conquistadora.

¡Primeras penas! ¡Primeras embriagueces!

Todo eso cabe en esta estrecha plazuela, grande como un Sahara para los

ojos infantiles apenas abiertos hacia el mundo.

En el fondo, la iglesia, a la que iba gravemente todos los domingos, tan

pequeño, que desaparecía por completo detrás del alto respaldo del banco

rústico... Unos años hacen sobresalir los rizos rubios... después el

cuello a la marinera... luego el uniforme de colegial... Unos años más,

se ve el plumero tricolor del alumno de Saint-Cyr; y por último los

brillantes colores del traje oriental del oficial de África...

A la derecha, la muestra hereditaria del notario Hardoin, tercero de ese

nombre...

¡Lo que él había jugado en el polvoriento despacho con los dependientes

encaramados en sus altos asientos! Y qué risa la suya cuando el

principal abría de repente la puerta de la oficina para regañar a los

culpables y se detenía desarmado ante su ahijado instalado

majestuosamente en su propio sillón...

Y las locas carreras por la huerta, cuyas más hermosas frutas le

pertenecían, y por el bosque umbrío, selva virgen para su joven

imaginación que aumentaba todas las cosas y daba al minúsculo estanque

las proporciones del lago Ontario.

Y las excursiones en el carricoche con el viejo notario y su pacífico

caballo, cuyas riendas se le permitía tener algunas veces. ¡Qué gloria

la de atravesar así las aldeas de los alrededores y entrar solemnemente

en alguna gran granja, donde le agasajaban como a su padrino!

A la izquierda la bandera de la Gendarmería, esa bandera hacia la que

volaban sus primeros sueños y sus primeras aspiraciones y que él unía en

sus recuerdos juveniles al retrato del soldado que iluminaba la humilde

oficina con un reflejo de heroísmo.

¡Oh! vivir como el uno... Morir por la otra...

Cada piedra de la calle, cada poste, cada puerta, cada ventana

conservaban un poco de su vida, como los campos verdes y dorados y los

frondosos bosques detrás de los cuales el castillo señoril levantaba al

sol sus torres cubiertas de pizarra.

En aquella decoración familiar, vacía aún a aquella hora matutina,

surgían una a una las sombras conocidas que poblaban aquel pasado tan

próximo.

Primero, su padrino, el señor Hardoin, con sus anteojos de oro, sus

patillas canosas y su grueso bastón de puño de marfil.

Después el cura, panzudo y asmático, que le daba golpecitos en los

carrillos al salir del catecismo y le felicitaba por sus progresos.

Luego la señorita Beaudoin, que las echaba de fina y le reprendía por

las más pequeñas cosas; y para acostumbrarle a las buenas maneras sacaba

de su ridículo algún bombón acidulado como ella y se lo presentaba con

las puntas de los dedos como si mandara ponerse de manos a un perrillo

faldero.

Y el tío Marcial, con su perilla blanca y su manga vacía, que inspiraba

tanta curiosidad al pequeño, que un día se atrevió a preguntarle dónde

estaba su brazo, y se ganó esta bella respuesta:

--¿Mi brazo? ¡Aquí le tienes!

Y el veterano mostraba su cruz de honor con tal orgullo, que realmente

no parecía digno de compasión.

Y los carreteros de cutis curtido, que restañaban alegremente el látigo

al pasar por la ventana baja en la que la silla alta del niño Carlos

reemplazaba al gran sillón de la de Raynal.

Y los aldeanos que volvían de los campos, agobiados bajo el peso del haz

de hierbas, de leña o de espigas, levantaban la espalda encorvada para

sonreírle.

Porque todos habían sido buenos con aquel extranjero caído sin saber

cómo en ese rincón de la Picardía, y el joven tenía que hacer un

esfuerzo de memoria para encontrar una cara altanera y fría vislumbrada

a veces en la iglesia y detrás de los cristales del coche, la anciana

condesa de Candore.

Sí, conservaba de todos un recuerdo tierno y agradecido y para todos

aquellos amigos de su infancia era la sonrisa de la cara varonil que se

asomaba a la misma ventana en que, veinte años antes, una graciosa

fisonomía femenina sonreía al Porvenir, como él al Pasado.

Para todos la sonrisa, pero para una sola una lágrima, perla rara de los

corazones viriles, empañaba el brillo de sus ojos de acero, mientras el

joven murmuraba con religioso fervor:

--¡Mi tía Liette!

* * * * *

Carlos Raynal, huérfano desde la cuna, no recordaba más parientes que

aquella tía Liette que le había recogido antes de que su boquita

sonrosada hubiese balbucido el nombre de «mamá» cuya dulzura no debía

jamás saborear.

No sabía de su familia sino que su madre era inglesa y su padre primo

lejano del comandante; y la tía Liette los reemplazaba tan bien a los

dos, que no hubiera dependido más que de ella el borrarlos

completamente.

Pero su exquisita delicadeza le prohibía ese inconsciente egoísmo, y si

no le hablaba de su padre, al que, según ella, no había conocido, en

cambio entretenía piadosamente la memoria de su madre en el corazón del

huérfano.

Cuando el niño había sido bueno, Liette le sentaba en su falda delante

del pesado escritorio Imperio, y sacaba de un cajón una fotografía medio

borrada que, con una trenza rubia de reflejos de sol, componía el

relicario materno.

Carlos besaba el rizo de oro igual a los suyos, y contemplaba gravemente

las facciones finas y delicadas de la que él llamaba su «mamaíta» con un

dejo de protección varonil que se desarrollaba con la edad, como si

adivinase en ella un ser débil y tímido a quien consolar y defender.

Su madre no había debido de ser feliz; se adivinaba en su mirada turbia,

en su lánguida sonrisa, y el joven sufría por no haber sido ya grande

para sostener sus pasos, apartar las piedras de su camino y secar sus

lágrimas a fuerza de caricias.

Tenía por ella la respetuosa compasión y la tierna solicitud tributo de

los hijos amantes que pagan las deudas de sus padres, desquite de las

madres contra las esposas abandonadas, que hace brotar una rosa tardía

en su corona de espinas.

La madre adoptiva alimentaba ella misma ese culto filial. ¿Cómo podía

estar celosa? ¿Podía envidiar, teniendo ella la mejor parte, los

pensamientos que se deslizaban de su altar florido hasta la tumba

solitaria, pobre contribución de un alma en la que ella reinaba sin

rival?

¡La tía Liette!

Esto lo decía y lo contenía todo, abnegación infinita de un lado,

agradecimiento infinito del otro.

¡La tía Liette!

Al decir estas tres palabras, profundas como una oración, Carlos veía

surgir en el alba melancólica del regreso la querida imagen luminosa y

serena que iluminaba todo su pasado y todo su porvenir.

Era una cara joven, tranquila y sonriente bajo sus gruesos rizos negros,

que acechaba su primer despertar, sus primeras palabras y sus primeros

juegos.

Era la atenta educadora que le hacía balbucir sus primeros pater,

deletrear las primeras sílabas, trazar los primeros palotes. La que

dirigió el desarrollo de esa inteligencia en capullo, planta frágil y

preciosa entre todas, cuyas ramas inclina ella, como tutora vigilante,

hacia la Belleza, hacia el Bien, hacia la Verdad.

¡Oh! qué hermosos paseos por el campo de adornos cambiantes, pero tan

bello bajo su manto de nieve como con su traje de esmeralda, donde ella

le revela el Creador en la creación, la eterna potencia en la eterna

bondad, la majestad divina en la inmensidad de los cielos como en el más

pequeño agujerillo, en el roble gigante como en la hierbecilla, en el

buey de paso pesado que hiende lentamente el surco como en la mariposa

de ligero vuelo que se pierde en el espacio...

Después de Dios en su obra, viene el hombre en la suya; después de las

maravillas de la Naturaleza, vienen las del Ingenio.

Por la noche, a la luz de la lámpara, bajaba un amigo de las tablas de

la biblioteca y tomaba parte en su conversación.

Era el viejo Corneille, padre de los heroicos, o el dulce Racine, poeta

de las ternuras, o Hugo con su «Leyenda de los Siglos» o Lamartine con

sus «Armonías», cantores alados que transportaban el alma del niño a las

puras regiones del Ideal.

Con los graves historiadores, Michelet, Guizot, Thiers, se remontaba

hacia el pasado, se interrogaba a los antiguos, se sentía latir el

corazón de Francia y se comprendía que, según la bella expresión de

Renan, «la patria» es el recuerdo de las grandes cosas que unos cuantos

hombres han hecho juntos.

Con frecuencia, el señor Hardoin traía el tributo de su rara erudición y

de su juicio seguro a esas graves conversaciones y maduraba aquel joven

cerebro al contacto generador del de los antiguos maestros.

Latinista distinguido, fanático de Horacio y de Virgilio, el notario se

encargó de las «Humanidades», con gran contento de la tía Liette, que

pudo así conservar más tiempo a su pupilo.

Las primeras lecciones del hogar familiar envuelven el alma del niño de

un dulce calor, la penetran y la fecundan.

Pero más que las lecciones, produce sus frutos el ejemplo e imprime en

aquella blanca cera una huella indeleble.

Aquella vida digna, sencilla y leal, sin miedo y sin tacha, como la

espada paterna colgada en la pared y que era su rígido símbolo, debía

envolver al huérfano en su irradiación e infundir en su sangre los

gérmenes de viriles virtudes, más poderosos que el atavismo...

A ese parecido moral se añadió poco a poco una especie de parecido

físico, nacido de la comunión constante, que se nota a veces en los

esposos viejos, parecido, no de facciones, sino de expresión, de mirada,

de acento, de mil detalles que son, en suma, la fisonomía del alma.

Bajo el cabello rubio del joven, reinaba la misma frente voluntariosa

que bajo las cocas todavía negras de la solterona; sus ojos de acero

tenían la misma tranquila energía que se reflejaba en los del comandante

y en los de su hija; sus gestos, su sonrisa, su voz, toda su persona, en

fin, era, como su carácter, la emanación de aquella vida varonil y

tierna que había hecho de él un hombre en la hermosa y alta acepción de

la palabra.

El joven, pues, la adoraba y encontraba para ella atenciones exquisitas,

frases cariñosas y refinamientos delicados de los que indican la

sensibilidad de los fuertes, flor rara, oculta en él como en ella y cuyo

discreto y penetrante perfume respiraban ellos solos.

La adoraba, y refería a ella todos sus actos, sus pensamientos, sus

esfuerzos, sus ambiciones, sus sueños, sus éxitos escolares, su gloria

militar, sus primeros premios y sus primeros galones. Al día siguiente

de haber sido citado en la orden del día, escribió a Liette:

«Estaba tan orgulloso que oía latir «tu» corazón.»

¡Qué alegría, el día anterior, llegando de improviso a la estrecha

oficina, levantar en sus robustos brazos a la tía querida que frisaba ya

en los cincuenta años y cuyas sienes estaban adornadas por algunos hilos

de plata, y oprimirla contra su pecho, en el que brillaba la cruz de los

bravos!...

--¿Eh? tía Liette, las dos forman un par--exclamó gozoso señalando a la

del comandante.

¡Qué triunfo dar con ella la vuelta a la plazuela, cordialmente

saludados por todo el mundo; pasear su sencillo traje negro con tanto

orgullo como sus galones de oro; sentir su brazo estremecerse sobre el

suyo y envolverla en esa tierna mirada de los hijos que hace fundirse el

corazón de las madres!...

¡Querida tía Liette!

Ninguna imagen la borraría jamás.

* * * * *

De repente desembocó en la plaza debajo de la ventana, una elegante

amazona seguida de un jinete de bello aspecto, a pesar de las arrugas

que indicaban en él las mordeduras de la edad y de la vida.

La amazona vio al joven en el balcón, descubrió los blancos dientes en

una sonrisa y respondió amablemente con una señal del látigo al profundo

saludo, devuelto por su compañero con una tiesura enteramente británica.

--¿Quién es esa joven, amigo mío?--preguntó la tía Liette, a quien

Carlos no había oído entrar.

--Miss Darling, de la que creo que te he hablado en una carta y a quien

no esperaba encontrar aquí...

--¡Ah!

--¿Conoces al personaje que la acompaña?--preguntó Carlos a su vez, para

ocultar su embarazo.

Y Liette respondió sencillamente:

--Es el conde Raúl de Candore.

* * * * *

La familia de Candore no se componía ya más que de Raúl y de su tío...

Después de dos años de matrimonio que no le habían dado toda la dicha

soñada, Dios había tenido piedad de la joven condesa y la había llamado

a él antes de que perdiera sus últimas ilusiones, en las que pudo

todavía envolverse para morir, como en aquel traje blanco apenas

amarillento con que la enterraron cubierta de flores.

Débil y delicada como ella, la nieta, a quien la enlutada nodriza

paseaba por el Corso bajo la vigilancia de la abuela, había vegetado

algún tiempo y pasado a fuerza de cuidados y de precauciones las

peligrosas etapas de la primera infancia para naufragar en el alba de la

primera juventud, y con su virginal atavío de la primera comunión, la

llevaron al lado de su madre, a la sombra de aquella vieja iglesia de

Candore, adonde nunca había ido en vida.

La anciana condesa, apegada a aquella niña con la pasión de las abuelas

que no siempre han sido madres tiernas, apenas la sobrevivió; y el señor

Neris, padre y abuelo igualmente desgraciado, sacudió el polvo de los

zapatos en el umbral de la Ciudad Eterna, volvió la espalda a ese sol

mentiroso, prometedor de vida que no había podido caldear sus miembros

helados, y volvió a meterse en su agujero como un animal herido para

terminar su existencia donde Blanca había empezado la suya y delante de

la tumba donde reposaría un día a su lado.

Durante este tiempo, Raúl se consolaba de sus duelos con sus éxitos

diplomáticos y de otra clase en la sociedad romana. Arrastrado por el

torbellino mundano, no iba casi nunca a Candore, con el pretexto de que

los recuerdos del pasado eran demasiado dolorosos para él; y el anciano,

aunque sabiendo a qué atenerse sobre el grado de sensibilidad de aquel a

quien un instante había llamado su hijo, fingía tener esta razón por

buena y válida. Acaso en el fondo prefería estar solo para llorar a sus

queridas desaparecidas.

Así no se mezclaban lágrimas hipócritas a sus lágrimas sinceras y el

conde podía gozar a sus anchas de su libertad y hacer la gran vida sin

que su suegro encontrase nada que decir ni pensase en cercenarle el

crédito anchamente abierto en casa del notario Hardoin.

El señor Neris vivía solo en el vasto castillo desierto arrastrando su

pena por los lugares en que su hija había vivido y crecido ante su

mirada paternal y donde a cada paso encontraba sus huellas, en la arena

de los paseos por donde se paseaban juntos, corriendo ella delante de él

con su aro o apoyada zalameramente en su brazo; en la verde alfombra de

las praderas en que la niña retozaba cuando no era más que una

pequeñuela, y donde, ya grandecita, cogía para él grandes ramos

campestres que le llevaba llena de alegría; en la sala de estudio y en

la mesa de trabajo cargada de libros y papeles, donde la traviesa niña

se burlaba de los defectos de la institutriz, joven o vieja, guiñando el

ojo al indulgente tío, cómplice de sus malicias.

Y con mano temblorosa hojeaba los manuales usados, desde el modesto

abecedario hasta los imponentes tratados de geometría y álgebra; los

cuadernos de escritura, de cálculo y de análisis con que se ejercitaban

poco a poco sus dedos, su ingenio y su corazón, y en los que se

encontraban dibujos fantásticos y observaciones imprevistas, de esas que

indican el buen o mal humor de los escolares, como en los presos las

paredes de la cárcel, o pensamientos cándidos de este género:

--¡Si mi tío pudiera ser mi institutriz!--grito del corazón acompañado

de un pintarrajo que representaba al buen tío con los anteojos de miss

Dodson...

Después venía esta nota un poco más seria:

--«Desde hoy ya no tengo institutriz, sino una amiga,» fechada en el día

de la entrada de Liette en el castillo.

* * * * *

El señor Neris había conservado una tierna gratitud hacia la que su hija

había amado tan tiernamente.

Cuando iba al cementerio o a la iglesia se detenía siempre en el Correo

para informarse respetuosamente de la salud de la empleada y presentarle

sus cumplimientos con esa exquisita cortesía de ciertos ancianos que

pone tanta gracia en sus cabellos blancos.

Mostraba hacia ella una admiración caballeresca y un interés paternal

que se traducían en atenciones delicadas para los que ella quería, como

ramos de flores para adornar la modesta tumba de la de Raynal iguales a

los del suntuoso mausoleo de la condesa de Candore, y cestas de frutas

para Carlos, que comía a boca llena los aterciopelados melocotones de

las estufas del castillo.

¡Discretos homenajes que invocaban inconscientemente el pasado!

Pero para Liette no tenía ya rencor y habíase hecho en su alma la paz.

Las arrugas que por un momento habían alterado su límpida superficie al

soplo de la cólera y de la indignación, se habían borrado sin dejar

trazas a la primera sonrisa del niño.

Liette era madre, nada más que madre, y era bastante.

--¡Ay!--suspiraba el pobre notario, que había alimentado mucho tiempo

otra esperanza, mi ahijado no sospecha el perjuicio que me ha hecho.

Pero, lejos de guardarle rencor, el excelente hombre le daba el cariño

que su madre adoptiva no quería.

A todo esto, pasaba el tiempo, Raúl se iba envejeciendo, los éxitos se

hacían raros y no era ya el eterno galán joven que mandaba en jefe en el

carnaval mundano.

Ciertos síntomas insignificantes anunciábanle ya su próxima decadencia.

Las muchachas no interrumpían ya su charla al entrar él para dirigirle

miradas de admiración; en cambio las madres le consultaban a menudo

sobre sus jóvenes subordinados en busca de novia rica; le trataban como

hombre serio, y el mismo embajador le llamaba a la mesa de juego

diciéndole: «Venga usted, mi querido Candore; esto es propio de nuestra

edad», aunque Su Excelencia no había pasado de los cuarenta...

Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y

Raúl, que se creía más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.

En fin, una noche, creyó oír a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás

del abanico el epíteto de «Viejo verde».

Evidentemente aquello no podía referirse a él (lo repetía muy alto para

convencerse de ello), pero no había dejado de causarle una impresión

tan desagradable como una ducha helada.

¿Iba él a representar el papel del tío Neris o tendría que resignarse a

desistir de todo?...

Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche

que prefería al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los

salones, que volaba de flor en flor y se complacía en las intrigas

femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida

ni resignarse a pasar a la reserva.

Según la linda frase de María Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta

siempre de oír restañar el látigo.»

Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...

* * * * *

Durante aquel período de desanimación y cansancio fue cuando conoció a

miss Darling en la embajada de Inglaterra.

Era sobrina de un riquísimo americano, Ricardo Darling, que había

empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de

Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su

principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor

del festín...» es poca comida para un estómago de diez años.

¿Cómo el pastelero se había elevado a una fortuna comparable con la de

Menzikoff? Fue aquel un milagro de energía, de actividad y de audacia de

los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.

Hoy, el tío Dick poseía una parte de la ciudad monstruo que había

crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no

rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.

--Tú puedes comprarlo todo, y yo también--declaraba con cándida

fatuidad.

Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurría con frecuencia

que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el

tío Dick echaba de menos el tiempo en que no tenía más que el olor de

sus pasteles... y un excelente apetito.

Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella,

lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su

fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita

en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de

regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea,

con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.

Ridículos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas

ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los

pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en

la rada de Nueva York.

En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada

cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo,

como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la

comunidad sin querer soportar sus cargas.

Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la

especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia

americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la

cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del

Capitolio en que descansa, todavía majestuosa, como un César expirante.

Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy

personal: la sinceridad.

Tal como era, así se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del

efecto que pudiera producir.

Cuando le gustaba una cosa, lo decía; y tampoco disimulaba lo que le

inspiraba desprecio. Tenía lo que más falta en esta sociedad indecisa y

flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.

Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, así como en su

personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud

con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.

Su desprecio por los homenajes se los atraía más que a nadie y una

palabra de aprobación o un gesto benévolo tenían más precio viniendo de

ella que los más altos favores de las mujeres de moda.

El día en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de

Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi

fatuidad por sus cincuenta años.

--¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por

desgracia, no se refiere a mí?--preguntó sonriendo.

--Es muy sencillo; para mí, el hombre no vale más que por sus actos.

Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes

no tienen detrás de sí más que la nada y se apoyan solamente en los

méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal,

a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavía más que

en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.

--¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia

mucho, sobre todo cuando está lejos.

--En una mujer, sí, como la belleza; pero en un hombre es cosa

superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados

de embajada, príncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes

del petróleo de los que se ríen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya

actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un

general viejo, como el príncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte

veces la suya.

--Pero es muy feo, señorita.

--Yo le encuentro guapo--declaró la joven con entusiasmo.

--¿Habrá que decírselo?

La joven se echó a reír y dijo con más seriedad:

Liette · 第 7 / 11 段