--Señorita, tengo que protestar ante todo contra la interpretación

errónea de unas palabras en el aire, que no se referían a usted ni al

señor de Candore... Si hubiera sospechado ni remotamente la simpatía con

que usted se digna honrarle, me hubiera cortado la lengua antes que

expresar la menor apreciación desfavorable. Hágame usted el favor de

hacerme la justicia de creerlo. Usted no es de las que queman lo que han

adorado. Olvide usted, se lo ruego, una torpeza involuntaria que deploro

sinceramente. Pero lo que no puedo deplorar es la noble confianza que se

ha servido usted manifestarme y que realza todavía mi respeto y mi

admiración hacia usted. Es usted valiente entre las valientes y estoy

orgulloso de tener alguna parte en su amistad, que le suplico me

conserve preciosamente. Si esa amistad llegase a ser un día bastante

grande y la soledad pesase a usted demasiado, recuerde, señorita, que mi

despacho es su vecino más próximo y que nunca hará usted a su dueño más

feliz que dignándose entrar en él... y no salir más. Esto es todo lo que

tenía que decir a usted. Conste. De hoy en adelante esperaré su buen

deseo.

* * * * *

Vuelto a su casa después de esta declaración un poco original, el digno

notario se sentó muy pensativo en su escritorio.

--¡También ella!--murmuró con un poco de despecho.--Una inteligencia tan

superior dejarse coger por las vulgaridades de ese belitre... ¿Qué

tiene ese hombre de particular?

Como una irónica respuesta, el espejo de la chimenea le envió la imagen

de su cráneo calvo y de sus patillas canosas, y el notario exclamó con

cómico furor encogiéndose de hombros:

--Pardiez, lo que tiene son veinte años menos. ¡Oh! la juventud, la

juventud...

Ahogando un gran suspiro, cogió de la taquilla una carta de sello

británico y la leyó moviendo la cabeza.

--¡Pobre muchacha!--exclamó. Esto le quitaría sus ilusiones, pero habría

que compadecerla más. Las ilusiones son los crisantemos de la vida.

Y después de este pensamiento, muy poético para ser de un notario, cogió

un pliego de papel con el timbre del despacho y empezó a escribir

tranquilamente:

«Señorita: la ley francesa no reconoce en ningún caso...»

* * * * *

La campana, echada a vuelo, producía toda su cascada voz de abuela al

esfuerzo vigoroso del campanero, estimulado por el aliciente de la

propina extraordinaria que debía valerle su celo. Los repiques sucedían

a los repiques; el viejo campanario, estaba como aturdido y alterado y

los vidrios antiguos, ninguno de los cuales estaba intacto, temblaban en

su marco de plomo.

Habíase puesto el cura su más hermosa casulla y su ancha faz rubicunda

estaba radiante por la ternura combinada de la ceremonia que estaba

celebrando y del banquete que habría de presidir en el castillo. Los

sochantres, con sus caras coloradotas, salmodiaban a voz en cuello, sin

temor de que se les secara la garganta, pues sabían que habrían de

refrescársela después copiosamente. Los monacillos, cuyas sotanas rojas

demasiado cortas dejaban ver unos pantalones demasiado largos, mostraban

una compunción poco ordinaria y se abstenían de meterse el dedo en la

nariz, de sonarse con las mangas, de hacer burla por detrás del

oficiante y otras habilidades por el estilo. Hipnotizados por la lluvia

de monedas de plata que preveían, tenían una actitud grave y recogida,

no faltaban a una genuflexión y presentaban las vinajeras o

transportaban los Evangelios con una solemnidad digna de otro marco.

Todos trataban de excederse a sí mismos. La modesta iglesia de paredes

blanqueadas y llenas de una lepra de vejez mal disimulada por unos

cuantos cuadros de colores violentos que hacían pensar en el verso de

Coppée:

Si fuese así, con todo, el Paraíso...

se había adornado de limpieza, ese lujo del pobre, y estaba tan bien

barrida y desempolvada que las pacíficas arañas que dormitaban de tiempo

inmemorial en todos los nichos y en todos los rincones, bajo el velo de

la Virgen como en la corona de espinas y hasta en la barba del

Crucificado, habían sido desposeídas de sus telas, arrebatadas como por

un huracán, y andaban melancólicas y errantes en busca de nueva

instalación.

El organista empleaba pies y manos en sacar sonidos melodiosos de su

viejo y rechinante armonium, y el suizo, con su uniforme de gran gala,

contemplaba con admiración el altar de madera tallada en el que

resplandecían todas las luces y que desaparecía bajo las plantas y las

flores raras surtidas por las estufas de Candore.

La boda de Blanca y de su primo se verificaba, sin embargo, en una

intimidad buscada exprofeso. El alejamiento de aquel lugar extraviado,

y el rigor de la estación (era el mes de diciembre), había permitido a

la condesa dar al acto el carácter discreto que convenía a la situación

delicada de la novia. Los cuatro testigos y unos cuantos allegados

formaban todo el cortejo nupcial y, para ocultar el vacío de aquella

fiesta un poco triste, de la que el mismo sol estaba ausente, Neris

había invitado a todos los aldeanos al banquete, después del cual los

jóvenes casados debían salir para Italia.

Esta feliz idea, que cuadraba muy bien con los gustos de la castellana,

había hecho a la de Candore muy popular.

--¡No es tan orgullosa como se dice!--exclamaban las comadres,

encantadas de ser admitidas en el castillo.

--Al menos hace vivir al país--declaraban los comerciantes,

entusiasmados por la ganga.

--Resucita las antiguas costumbres--decían los viejos en tono de

aprobación.

Por otra parte, hacía mucho tiempo que Blanca había ganado todos los

corazones, y aunque su repentina metamorfosis hacía murmurar un poco,

las frases eran menos malévolas de lo que puede esperarse generalmente

de nuestra pobre naturaleza humana.

--¡Bah! Yo había sospechado algo sólo por ver la manera que tenía don

Héctor de comérsela con los ojos. Nadie mira de ese modo a su sobrina.

--Con todo, es chistoso eso de casarse casi con su hermana...

--Pero la verdad es que ese matrimonio arregla muchas cosas. Así no se

desparramará la fortuna.

Y todos concluían:

--La verdad es que son una buena pareja y bien proporcionada.

¡Bien proporcionada!... ¿Acaso en lo físico? La frágil delicadeza de la

joven hubiera necesitado una protección más varonil, un brazo más

robusto, un apoyo más firme que el de aquel lindo joven un poco

enfermizo. ¡Y qué contraste en lo moral, entre aquel gastado, aquel

escéptico ávido y lascivo bajo su corrección altanera, y el corazoncito

ingenuo, tierno y confiado que se entregaba a él tan cándidamente!

Nada más que en la dulce mirada de admiración y de gratitud que dirigía

a su señor y dueño mientras él se retorcía el bigote escuchando con

aparente deferencia la interminable arenga del cura, se veía el don

absoluto y gozoso de su persona, de su vida y de su alma.

La de Candore, en el colmo de la dicha, disimulaba su satisfacción bajo

una impasibilidad convencional.

Neris, con la cara oculta entre las manos, formulaba una ardiente

oración por su hija.

El notario Hardoin contemplaba a la asistencia a través de sus gafas

protectoras. ¿Cuál de aquellos dichosos hubiera podido soportar

impunemente el agudo análisis de su vista sutil y penetrante? ¿Cuál de

aquellas felicidades era bastante firme para eso?

¡Ay! Ni siquiera la de aquella pobre niña recién casada, a quien el

porvenir reservaba sin duda tan crueles desilusiones.

* * * * *

Liette no estaba allí.

Hacía meses que estaba subiendo sin vacilar al doloroso Calvario

confidente del amor fresco y puro de su linda discípula, de sus temores

y de sus esperanzas, a ella era a quien Blanca pedía sin cesar apoyo y

consejo.

--¿Debo hacer esto? ¿Le gustará tal cosa a Raúl? ¿Cree usted que me

encontrará bonita así?

Y con estoico heroísmo, Liette encontraba un áspero goce en adornar a su

inocente y amada rival con las flores de su triste experiencia, y tan

bien dominaba su cara, que ni un desfallecimiento había revelado la

secreta angustia de su alma.

Raúl mismo se había dejado engañar, y al verla tan resignada, tan

valerosa y tan tranquila, había experimentado un alivio mezclado de

despecho...

¡Se consolaba, según él, muy fácilmente!

Solamente Hardoin leía en aquella frente impenetrable, y aunque nunca se

permitía la menor alusión a las penosas confidencias sorprendidas a

pesar suyo, su deferente simpatía y su respeto caballeresco eran un

bálsamo precioso para aquella alma dolorida.

La víspera de la boda, entró como vecino en la pequeña oficina en que la

joven se esforzaba por absorberse en sus cuentas, ante las cuales

flotaba obstinadamente un velo de desposada.

Tuvo que admirar los trajes y las alhajas, y esto no fue nada todavía al

lado de la ceremonia del día siguiente, a la que no se atrevía a

sustraerse.

A pesar de su ánimo, se le acababan las fuerzas. Su energía, en una

tensión exagerada desde hacia tantos días, semanas y meses, amenazaba

con quebrantarse en el momento decisivo. Estaba en una de esas horas de

angustia física y moral en las que el alma y el cuerpo se derrumban

vencidos y claman desesperadamente en las tinieblas en que se agitan,

como el Cristo en el huerto de las Olivas: «¡Señor, aparta de mí este

cáliz!»

* * * * *

En este estado de desmayo fue como la encontró el digno notario.

--Perdóneme usted que la moleste, querida amiga--dijo juzgando de una

ojeada la situación,--pero la culpa la tiene un sueño, un estúpido

sueño... He soñado que se había usted torcido un pie o que le había

pasado algo que le impedía atravesar la plaza... Sería un contratiempo

lamentable, pero nadie está obligado a lo imposible... Debe usted de

reírse de mi credulidad... Perdónemela usted... Si soy tan indiscreto es

con buena intención... Voy ahora al castillo, y en el caso de que

tuviera usted que darme alguna comisión... nadie duda de la palabra de

un notario...

Liette le dirigió su hermosa mirada húmeda y agradecida.

--¡Qué bueno es usted, señor Hardoin! Cree usted que puedo

dispensarme...

--Creo, querida niña, que la valentía no es la temeridad... Arrojarse al

fuego para salvar a un semejante es muy hermoso... Pero exponerse sin

utilidad no tiene nada de razonable. No somos salamandras, qué

diablo...

--Gracias. Me daba vergüenza mi debilidad, pero verdaderamente dudaba de

mi valor...

--¡Yo no! Pero sufrir por nada, por gusto, no me parece necesario. Está

dicho, se ha torcido usted un pie...

--¡Bah! bastará una simple rozadura.

--Bien; así no tendrá usted necesidad de médico; nada más que una

compresa y un bastón... Permítame usted que le ofrezca el mío; no es

elegante, pero es sólido, como su dueño.

* * * * *

En el mismo sillón en que había agonizado su madre, Liette estaba

sudando la lenta agonía de su amor.

Con la ardiente cabeza pegada a los cristales helados, contemplaba con

vista turbada aquella triste decoración de invierno: los tilos desnudos,

de torcidas ramas y espolvoreados de escarcha, la fuente helada, cuyo

delgado chorro, congelado como una estalactita, no dejaba ya oír su

murmullo cristalino, la plazuela alfombrada de nieve en la que unos

pajarillos hambrientos ponían pequeñas manchas negras, como los cuervos

de pesado vuelo en la inmensidad blanca de los cielos.

¡Qué diferencia con su primer despertar en Candore!

Todo entonces parecía sonreírla; los rayos del sol, el perfume de las

flores, el canto de los pájaros, y su alma dilatada se abría a la

esperanza.

Habían pasado menos de dos años, y en su corazón, como ante sus ojos, el

sol se había apagado, las flores se habían marchitado, las canciones se

habían callado y la esperanza había muerto.

La campana, sin embargo, sonaba echada a vuelo, pero cada alegre

vibración repercutía en sus oídos como un toque fúnebre y el resplandor

de los cirios detrás de los vidrios de colores hacíale pensar en unos

funerales, los funerales de su amor....

En vano ahuyentaba esas imágenes importunas, que volvían como una mosca

a posarse en su frente. En vano quería evadirse de su propia tristeza

para participar de la alegría de la querida niña cuya dicha era su obra.

En vano se esforzaba por olvidar sus velos de luto por aquel velo de

desposada vislumbrado hacía un momento en la portezuela del coche, en el

que se agitaba una manita blanca. En vano forzaba a sus labios a rezar

por aquellos dos seres queridos que en adelante no serían más que uno

para ella...

¡Trabajo inútil!

Su pensamiento rebelde se esquivaba de aquel cruel cuadro, y por una de

esas perversiones de la imaginación que en las crisis violentas se agita

como un muelle roto, seguía viendo sin cesar la capilla de Santa Ana y

los dos novios delante del altar erizado de puntas de hierro y de fuego,

doloroso emblema del Destino, donde se consumía lentamente la «cera de

los desposorios.»

¡Aquellos serían más dichosos!

Ninguna hiel, ninguna amargura se mezclaban con su enorme pena; cada

cual había cumplido con su deber noble y estoicamente, y si el amor

había perdido en ello, la estimación había ganado.

Este era su orgullo y su consuelo; podía mirar sin temor el retrato del

altivo soldado del que era hija. Su clara mirada le respondía:

--Está bien.

* * * * *

--Buenos días, señorita; solamente nosotros estamos en nuestro

puesto--dijo el tío Marcial volcando su saco en la mesa y designando

con franca risa la multitud de comadres y muchachos que, no habiendo

podido encontrar sitio en la iglesia, esperaban la salida de la

novia.--La señorita Beaudoin se habrá alegrado de su accidente de usted,

pues la habría reemplazado de mala gana... La verdad es que nuestra

señorita Blanca está tan linda que da gusto verla...

--Si lo desea usted, no se prive de ir a verla, Marcial, mientras yo

timbro el correo...

--¿No quiere usted que la ayude?

--Es inútil; acérqueme usted nada más la mesa... ¡Ajajá! Ya tengo todo

lo que necesito. Cuando usted vuelva las cartas estarán clasificadas...

De todos modos, las tres cuartas partes irán ciertamente al castillo.

--Entonces me dejo convencer, señorita. He visto a esa recién casada tan

alta como esto, y rezaré con gusto un pater por ella, si me acuerdo.

--Rece usted dos, Marcial; uno por usted y otro por mí.

--Convenido, señorita; haré el encargo militarmente.

Y llevándose la mano al quepis, se marchó con ese paso cadencioso de los

antiguos soldados y la espalda encorvada como si llevase todavía la

mochila.

Liette le vio atravesar la plazuela, pasar por los grupos y entrar en la

iglesia.

Entonces, dando un suspiro, apartó la vista de aquel edificio medio

derruido en el cual se estaba representando el último acto del drama

íntimo de su vida, y se puso valerosamente a la tarea.

«Señores de Candore.»

«Señora doña Blanca de Candore.»

Estos nombres se presentaban sin cesar ante sus ojos quemados por la

fiebre. Desde la víspera aquello era un diluvio de telegramas de

felicitaciones, prospectos de proveedores, papeles con escudos

nobiliarios, sellos franceses y extranjeros.

Estaba Liette haciendo metódicamente su clasificación, cuando el timbre

la llamó de nuevo al aparato Morse...

Era un nuevo telegrama para el castillo.

«Señorita doña Blanca de Candore.»

¡Este estaba doblemente atrasado de noticias!

Maquinalmente tradujo palabra por palabra las señales cabalísticas

marcadas en el rollo de papel, y las transcribió en el libro:

«Señorita... el hombre... con quien... va usted a... casarse... es mi...

esposo... ante la ley... inglesa...»

La pluma se detuvo en los dedos temblorosos de la empleada.

¡Imposible! No podía ser esa la traducción...

* * * * *

«Y el... padre de mi... hijo que... muy pronto... no tendrá tampoco...

madre...

JUANA DODSON...»

Las sílabas implacables se desarrollaban ante sus ojos turbados con su

movimiento automático y continuo.

Pero no, se engañaba.

Con un violento esfuerzo, trató de dominarse, de recobrar su sangre

fría, y consultando el alfabeto, deletreó letra por letra:

«Señorita, el hombre con quien va usted a casarse es mi esposo ante la

ley inglesa y el padre de mi hijo, que muy pronto no tendrá tampoco

madre. Juana Dodson...»

¡Había leído bien!

Esta vez la pluma se cayó al suelo.

¿Era verdad? ¿Era posible?

Pero no; se trataba de una calumnia infame, de una de esas calumnias

ante las cuales no retroceden ciertos seres viles y maléficos que no se

cuidan del honor de un hombre ni del reposo de una mujer.

Sin embargo, ese nombre... «Juana Dodson»... era el de la institutriz a

quien ella había reemplazado en el castillo, y quizá...

¡No! No podía, no quería creerlo...

Suponiendo que el telegrama fuese realmente de miss Dodson, ¿no podía

ser una venganza de mujer despechada y celosa?... Raúl había podido ser

amable, demasiado amable, coquetear con ella, turbar la imaginación de

la pobre muchacha y hacerle acariciar una loca esperanza... De esto a

admitir aquella monstruosa acusación...

Con todo, los términos eran precisos y formales...

Volvió a leer el texto del telegrama, fechado en Jersey... ¡Jersey!

Liette creyó estar viéndole desembarcar del vapor en el puerto de

Granville...

¡Dejaba entonces una mujer y un hijo en la otra orilla!

Y como una espesa niebla que se disipa de repente ante las brillantes

flechas del astro del día, una luz cruda, brutal y deslumbradora cegó

sus pobres ojos que ella tapaba en vano para no ver...

Los detalles se precisaban con una claridad implacable. La

correspondencia con el pretexto del tío Neris, los viajes repetidos a

Inglaterra, a Jersey, y la equivocación del digno notario, cuya alusión,

hoy transparente, no se dirigía a ella... todo lo descifraba con una

lucidez desesperante y aquella trama de odiosas mentiras se desgarraba

en lamentables jirones...

¡Todo había acabado!

Aquella indigna traición barría, como una irresistible tormenta, todas

sus queridas reliquias del pasado y convertía la llama en cenizas...

¡Todo había acabado!

Y como el sacerdote permanece confundido ante el sacrificio de la

iglesia devastada y del tabernáculo violado, Liette se quedó anonadada

viendo a su ídolo, a su dios, arrancado brutalmente del altar que ella

le había levantado en su corazón.

* * * * *

Con la mejilla apoyada en la crispada mano la mirada dura, la frente

fruncida y la boca contraída con una sonrisa amarga, la joven meditaba y

sus hermosas facciones estaban fijas en una implacable expresión de

desprecio y de odio.

Como los más puros metales, las almas más nobles tienen sus escorias,

que suben en hirviente espuma al fuego de la cólera.

En aquel momento, la altiva e impecable criatura experimentaba una acre

voluptuosidad al pensar en los estragos irreparables que iba a causar

aquel papel azul en el que su mano trémula escribía sin vacilación ni

remordimientos las líneas acusadoras, como un líquido corrosivo en el

blanco traje de desposada.

No sólo excusaba aquel delirio de venganza, extravío de un espíritu

ulcerado, de una madre enloquecida hasta la desesperación, sino que lo

aprobaba y lo comprendía, y se regocijaba por ser su ciego instrumento.

Otra había hecho la tarea que repugnaba a su natural lealtad; no tenía

más que lavarse las manos.

Ciertamente, la delación era un arma vil, pero mucho menos que la

conducta de aquel noble felón, que engañaba a tres mujeres a la vez y

robaba a la una su honor, a la otra su estima y a la otra su fortuna.

¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por

qué venía cuando el «sí» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya

tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de

una niña ignorante y crédula?

¿Y qué?

Era la vida brutal, la ley del destino sorda e inexorable, y la venganza

no está obligada a más equidad que esa justicia ciega cuya espada de

dos filos hiere casi siempre al inocente con el culpable.

¿Qué le iba a hacer ella?

¿Salvar al uno para salvar a la otra?

¡Engaño!

¡Piedad ridícula de los débiles que causa la audacia implacable de los

fuertes!

Liette se acorazaba contra todo enternecimiento y se encerraba en una

impasibilidad feroz.

Blanca sufriría sin duda.

¿No sufría también ella en su amor, en su orgullo, en todas las fibras

de su ser, con un sufrimiento comparable al que hubiera experimentado

viendo al altivo soldado que era su padre condenado a la degradación

militar?

¿Y aquella desgraciada abandonada, sola al lado de la cuna de su hijo y

que había debido pasar por mil torturas antes de trazar aquel testamento

de odio? Aquella sufría hasta la desesperación, hasta la locura, hasta

el suicidio acaso, como mujer y como madre.

¡Dios mío! El que causaba tales dolores, tales faltas, tales crímenes,

¿no era más indigno de perdón que el peor criminal?

Por otra parte, ¿qué le importaba a ella todo esto?

Nada tenía que ver con tal asunto.

Si había caso de conciencia, era para la que había trazado aquellas

líneas, no para ella.

Ella no era más que un instrumento pasivo, un autómata sin corazón, sin

nervios y sin entrañas, que dejaba pasar el telegrama venenoso, producto

de nuestra civilización, como en la edad media la justicia del Rey.

Ese era su derecho, más aún, su deber.

Todo la obligaba a ello, su juramento, el honor, la disciplina.

Si la venganza salía ganando, mejor...

* * * * *

Sordos murmullos y gritos confusos:

--¡Ahí están! ¡Ahí están!

Las comadres se empujan; los muchachos se derriban; los unos se

encaraman en los bancos; los otros trepan a los árboles; los carruajes

se adelantan al paso, majestuosamente; ábrese de par en par la puerta

principal y los recién casados aparecen en el umbral, ella

resplandeciente de dicha en la blanca nube que la aureola, y él un poco

molesto por aquellas miradas curiosas. Empújala suavemente hacia la

carretela acolchada de seda blanca y florida con bolas de nieve en

armonía con la decoración de invierno, verdadera antecámara de

enamorados. Pero ella le pide algo con deliciosa timidez; él hace un

gesto de contrariedad y parece protestar, pero ella insiste amablemente;

él se resigna, no sin mal humor, da al cochero una breve orden y se mete

a su vez en el coche, que describe una parábola y va a pararse delante

del Correo.

Y antes de que Liette pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la recién

casada estaba en sus brazos, en su corazón.

--Querida, querida amiga... ¡Cuánto la he echado a usted de menos! En el

más hermoso día de mi vida... Porque, no hay que decírselo pero le

adoro...

Liette besa lentamente los hermosos ojos, tan confiados, tan dulces, tan

poco hechos para las lágrimas; envuelve en una caricia maternal a la

joven acurrucada en su seno como un tímido pajarillo y su mirada, severa

por primera vez, se fija en el conde, mudo y cortado ante aquel gracioso

espectáculo.

--¡Amela usted mucho al menos!--dice con un acento cuya amargura él solo

comprende.

Raúl se inclina, halagado en su íntima fatuidad masculina por lo que él

toma por un sentimiento de despecho involuntario que se descubre a

través de la indiferencia afectada que mortificaba a su amor propio.

--No lo dude usted, señorita--declara en tono malicioso.

* * * * *

Se han marchado, y se dirigen ahora hacia el castillo.

* * * * *

El tío Marcial muestra a su vez su bigote gris y dice alegremente:

--La consigna está cumplida, señorita, y he llenado la medida; tres

pater en vez de dos, porque, ha de saber usted que había sus lagunas...

De este modo Dios estará satisfecho y no regateará su ración de

felicidad a tan linda criatura.

Mientras charla contra su costumbre, ha abierto la caja y está poniendo

en orden las cartas preparadas.

--¡Calla! Hay todavía un telegrama. Voy a llamar al muchacho.

Liette extiende vivamente la mano y dice:

--Es inútil; este telegrama es para mí.

* * * * *

Liette está sola.

* * * * *

Ha faltado al deber profesional, al juramento, al honor y a la

disciplina...

¡Es culpable, muy culpable!

Y, sin embargo, su frente no se baja ante la mirada del soldado sin

miedo y sin tacha, del que nunca como entonces se ha sentido hija.

Cuando Hardoin volvió por la noche al despacho, se quedó muy sorprendido

al encontrar en él a su joven vecina que le estaba esperando.

--¿Es usted, amiga mía?--exclamó haciéndola pasar con una deferencia

llena de simpatía.--¿Se encuentra usted mejor?

--Me encuentro muy bien, querido señor Hardoin--respondió Liette en tono

firme.--Estoy ya curada, y vengo a consultar a usted para un

documento...

--¿Es algún contrato de matrimonio?--insinuó el notario tímidamente.

--No, señor Hardoin, es un proyecto de adopción.

* * * * *

Liette · 第 6 / 11 段