errónea de unas palabras en el aire, que no se referían a usted ni al
señor de Candore... Si hubiera sospechado ni remotamente la simpatía con
que usted se digna honrarle, me hubiera cortado la lengua antes que
expresar la menor apreciación desfavorable. Hágame usted el favor de
hacerme la justicia de creerlo. Usted no es de las que queman lo que han
adorado. Olvide usted, se lo ruego, una torpeza involuntaria que deploro
sinceramente. Pero lo que no puedo deplorar es la noble confianza que se
ha servido usted manifestarme y que realza todavía mi respeto y mi
admiración hacia usted. Es usted valiente entre las valientes y estoy
orgulloso de tener alguna parte en su amistad, que le suplico me
conserve preciosamente. Si esa amistad llegase a ser un día bastante
grande y la soledad pesase a usted demasiado, recuerde, señorita, que mi
despacho es su vecino más próximo y que nunca hará usted a su dueño más
feliz que dignándose entrar en él... y no salir más. Esto es todo lo que
tenía que decir a usted. Conste. De hoy en adelante esperaré su buen
deseo.
* * * * *
Vuelto a su casa después de esta declaración un poco original, el digno
notario se sentó muy pensativo en su escritorio.
--¡También ella!--murmuró con un poco de despecho.--Una inteligencia tan
superior dejarse coger por las vulgaridades de ese belitre... ¿Qué
tiene ese hombre de particular?
Como una irónica respuesta, el espejo de la chimenea le envió la imagen
de su cráneo calvo y de sus patillas canosas, y el notario exclamó con
cómico furor encogiéndose de hombros:
--Pardiez, lo que tiene son veinte años menos. ¡Oh! la juventud, la
juventud...
Ahogando un gran suspiro, cogió de la taquilla una carta de sello
británico y la leyó moviendo la cabeza.
--¡Pobre muchacha!--exclamó. Esto le quitaría sus ilusiones, pero habría
que compadecerla más. Las ilusiones son los crisantemos de la vida.
Y después de este pensamiento, muy poético para ser de un notario, cogió
un pliego de papel con el timbre del despacho y empezó a escribir
tranquilamente:
«Señorita: la ley francesa no reconoce en ningún caso...»
* * * * *
La campana, echada a vuelo, producía toda su cascada voz de abuela al
esfuerzo vigoroso del campanero, estimulado por el aliciente de la
propina extraordinaria que debía valerle su celo. Los repiques sucedían
a los repiques; el viejo campanario, estaba como aturdido y alterado y
los vidrios antiguos, ninguno de los cuales estaba intacto, temblaban en
su marco de plomo.
Habíase puesto el cura su más hermosa casulla y su ancha faz rubicunda
estaba radiante por la ternura combinada de la ceremonia que estaba
celebrando y del banquete que habría de presidir en el castillo. Los
sochantres, con sus caras coloradotas, salmodiaban a voz en cuello, sin
temor de que se les secara la garganta, pues sabían que habrían de
refrescársela después copiosamente. Los monacillos, cuyas sotanas rojas
demasiado cortas dejaban ver unos pantalones demasiado largos, mostraban
una compunción poco ordinaria y se abstenían de meterse el dedo en la
nariz, de sonarse con las mangas, de hacer burla por detrás del
oficiante y otras habilidades por el estilo. Hipnotizados por la lluvia
de monedas de plata que preveían, tenían una actitud grave y recogida,
no faltaban a una genuflexión y presentaban las vinajeras o
transportaban los Evangelios con una solemnidad digna de otro marco.
Todos trataban de excederse a sí mismos. La modesta iglesia de paredes
blanqueadas y llenas de una lepra de vejez mal disimulada por unos
cuantos cuadros de colores violentos que hacían pensar en el verso de
Coppée:
Si fuese así, con todo, el Paraíso...
se había adornado de limpieza, ese lujo del pobre, y estaba tan bien
barrida y desempolvada que las pacíficas arañas que dormitaban de tiempo
inmemorial en todos los nichos y en todos los rincones, bajo el velo de
la Virgen como en la corona de espinas y hasta en la barba del
Crucificado, habían sido desposeídas de sus telas, arrebatadas como por
un huracán, y andaban melancólicas y errantes en busca de nueva
instalación.
El organista empleaba pies y manos en sacar sonidos melodiosos de su
viejo y rechinante armonium, y el suizo, con su uniforme de gran gala,
contemplaba con admiración el altar de madera tallada en el que
resplandecían todas las luces y que desaparecía bajo las plantas y las
flores raras surtidas por las estufas de Candore.
La boda de Blanca y de su primo se verificaba, sin embargo, en una
intimidad buscada exprofeso. El alejamiento de aquel lugar extraviado,
y el rigor de la estación (era el mes de diciembre), había permitido a
la condesa dar al acto el carácter discreto que convenía a la situación
delicada de la novia. Los cuatro testigos y unos cuantos allegados
formaban todo el cortejo nupcial y, para ocultar el vacío de aquella
fiesta un poco triste, de la que el mismo sol estaba ausente, Neris
había invitado a todos los aldeanos al banquete, después del cual los
jóvenes casados debían salir para Italia.
Esta feliz idea, que cuadraba muy bien con los gustos de la castellana,
había hecho a la de Candore muy popular.
--¡No es tan orgullosa como se dice!--exclamaban las comadres,
encantadas de ser admitidas en el castillo.
--Al menos hace vivir al país--declaraban los comerciantes,
entusiasmados por la ganga.
--Resucita las antiguas costumbres--decían los viejos en tono de
aprobación.
Por otra parte, hacía mucho tiempo que Blanca había ganado todos los
corazones, y aunque su repentina metamorfosis hacía murmurar un poco,
las frases eran menos malévolas de lo que puede esperarse generalmente
de nuestra pobre naturaleza humana.
--¡Bah! Yo había sospechado algo sólo por ver la manera que tenía don
Héctor de comérsela con los ojos. Nadie mira de ese modo a su sobrina.
--Con todo, es chistoso eso de casarse casi con su hermana...
--Pero la verdad es que ese matrimonio arregla muchas cosas. Así no se
desparramará la fortuna.
Y todos concluían:
--La verdad es que son una buena pareja y bien proporcionada.
¡Bien proporcionada!... ¿Acaso en lo físico? La frágil delicadeza de la
joven hubiera necesitado una protección más varonil, un brazo más
robusto, un apoyo más firme que el de aquel lindo joven un poco
enfermizo. ¡Y qué contraste en lo moral, entre aquel gastado, aquel
escéptico ávido y lascivo bajo su corrección altanera, y el corazoncito
ingenuo, tierno y confiado que se entregaba a él tan cándidamente!
Nada más que en la dulce mirada de admiración y de gratitud que dirigía
a su señor y dueño mientras él se retorcía el bigote escuchando con
aparente deferencia la interminable arenga del cura, se veía el don
absoluto y gozoso de su persona, de su vida y de su alma.
La de Candore, en el colmo de la dicha, disimulaba su satisfacción bajo
una impasibilidad convencional.
Neris, con la cara oculta entre las manos, formulaba una ardiente
oración por su hija.
El notario Hardoin contemplaba a la asistencia a través de sus gafas
protectoras. ¿Cuál de aquellos dichosos hubiera podido soportar
impunemente el agudo análisis de su vista sutil y penetrante? ¿Cuál de
aquellas felicidades era bastante firme para eso?
¡Ay! Ni siquiera la de aquella pobre niña recién casada, a quien el
porvenir reservaba sin duda tan crueles desilusiones.
* * * * *
Liette no estaba allí.
Hacía meses que estaba subiendo sin vacilar al doloroso Calvario
confidente del amor fresco y puro de su linda discípula, de sus temores
y de sus esperanzas, a ella era a quien Blanca pedía sin cesar apoyo y
consejo.
--¿Debo hacer esto? ¿Le gustará tal cosa a Raúl? ¿Cree usted que me
encontrará bonita así?
Y con estoico heroísmo, Liette encontraba un áspero goce en adornar a su
inocente y amada rival con las flores de su triste experiencia, y tan
bien dominaba su cara, que ni un desfallecimiento había revelado la
secreta angustia de su alma.
Raúl mismo se había dejado engañar, y al verla tan resignada, tan
valerosa y tan tranquila, había experimentado un alivio mezclado de
despecho...
¡Se consolaba, según él, muy fácilmente!
Solamente Hardoin leía en aquella frente impenetrable, y aunque nunca se
permitía la menor alusión a las penosas confidencias sorprendidas a
pesar suyo, su deferente simpatía y su respeto caballeresco eran un
bálsamo precioso para aquella alma dolorida.
La víspera de la boda, entró como vecino en la pequeña oficina en que la
joven se esforzaba por absorberse en sus cuentas, ante las cuales
flotaba obstinadamente un velo de desposada.
Tuvo que admirar los trajes y las alhajas, y esto no fue nada todavía al
lado de la ceremonia del día siguiente, a la que no se atrevía a
sustraerse.
A pesar de su ánimo, se le acababan las fuerzas. Su energía, en una
tensión exagerada desde hacia tantos días, semanas y meses, amenazaba
con quebrantarse en el momento decisivo. Estaba en una de esas horas de
angustia física y moral en las que el alma y el cuerpo se derrumban
vencidos y claman desesperadamente en las tinieblas en que se agitan,
como el Cristo en el huerto de las Olivas: «¡Señor, aparta de mí este
cáliz!»
* * * * *
En este estado de desmayo fue como la encontró el digno notario.
--Perdóneme usted que la moleste, querida amiga--dijo juzgando de una
ojeada la situación,--pero la culpa la tiene un sueño, un estúpido
sueño... He soñado que se había usted torcido un pie o que le había
pasado algo que le impedía atravesar la plaza... Sería un contratiempo
lamentable, pero nadie está obligado a lo imposible... Debe usted de
reírse de mi credulidad... Perdónemela usted... Si soy tan indiscreto es
con buena intención... Voy ahora al castillo, y en el caso de que
tuviera usted que darme alguna comisión... nadie duda de la palabra de
un notario...
Liette le dirigió su hermosa mirada húmeda y agradecida.
--¡Qué bueno es usted, señor Hardoin! Cree usted que puedo
dispensarme...
--Creo, querida niña, que la valentía no es la temeridad... Arrojarse al
fuego para salvar a un semejante es muy hermoso... Pero exponerse sin
utilidad no tiene nada de razonable. No somos salamandras, qué
diablo...
--Gracias. Me daba vergüenza mi debilidad, pero verdaderamente dudaba de
mi valor...
--¡Yo no! Pero sufrir por nada, por gusto, no me parece necesario. Está
dicho, se ha torcido usted un pie...
--¡Bah! bastará una simple rozadura.
--Bien; así no tendrá usted necesidad de médico; nada más que una
compresa y un bastón... Permítame usted que le ofrezca el mío; no es
elegante, pero es sólido, como su dueño.
* * * * *
En el mismo sillón en que había agonizado su madre, Liette estaba
sudando la lenta agonía de su amor.
Con la ardiente cabeza pegada a los cristales helados, contemplaba con
vista turbada aquella triste decoración de invierno: los tilos desnudos,
de torcidas ramas y espolvoreados de escarcha, la fuente helada, cuyo
delgado chorro, congelado como una estalactita, no dejaba ya oír su
murmullo cristalino, la plazuela alfombrada de nieve en la que unos
pajarillos hambrientos ponían pequeñas manchas negras, como los cuervos
de pesado vuelo en la inmensidad blanca de los cielos.
¡Qué diferencia con su primer despertar en Candore!
Todo entonces parecía sonreírla; los rayos del sol, el perfume de las
flores, el canto de los pájaros, y su alma dilatada se abría a la
esperanza.
Habían pasado menos de dos años, y en su corazón, como ante sus ojos, el
sol se había apagado, las flores se habían marchitado, las canciones se
habían callado y la esperanza había muerto.
La campana, sin embargo, sonaba echada a vuelo, pero cada alegre
vibración repercutía en sus oídos como un toque fúnebre y el resplandor
de los cirios detrás de los vidrios de colores hacíale pensar en unos
funerales, los funerales de su amor....
En vano ahuyentaba esas imágenes importunas, que volvían como una mosca
a posarse en su frente. En vano quería evadirse de su propia tristeza
para participar de la alegría de la querida niña cuya dicha era su obra.
En vano se esforzaba por olvidar sus velos de luto por aquel velo de
desposada vislumbrado hacía un momento en la portezuela del coche, en el
que se agitaba una manita blanca. En vano forzaba a sus labios a rezar
por aquellos dos seres queridos que en adelante no serían más que uno
para ella...
¡Trabajo inútil!
Su pensamiento rebelde se esquivaba de aquel cruel cuadro, y por una de
esas perversiones de la imaginación que en las crisis violentas se agita
como un muelle roto, seguía viendo sin cesar la capilla de Santa Ana y
los dos novios delante del altar erizado de puntas de hierro y de fuego,
doloroso emblema del Destino, donde se consumía lentamente la «cera de
los desposorios.»
¡Aquellos serían más dichosos!
Ninguna hiel, ninguna amargura se mezclaban con su enorme pena; cada
cual había cumplido con su deber noble y estoicamente, y si el amor
había perdido en ello, la estimación había ganado.
Este era su orgullo y su consuelo; podía mirar sin temor el retrato del
altivo soldado del que era hija. Su clara mirada le respondía:
--Está bien.
* * * * *
--Buenos días, señorita; solamente nosotros estamos en nuestro
puesto--dijo el tío Marcial volcando su saco en la mesa y designando
con franca risa la multitud de comadres y muchachos que, no habiendo
podido encontrar sitio en la iglesia, esperaban la salida de la
novia.--La señorita Beaudoin se habrá alegrado de su accidente de usted,
pues la habría reemplazado de mala gana... La verdad es que nuestra
señorita Blanca está tan linda que da gusto verla...
--Si lo desea usted, no se prive de ir a verla, Marcial, mientras yo
timbro el correo...
--¿No quiere usted que la ayude?
--Es inútil; acérqueme usted nada más la mesa... ¡Ajajá! Ya tengo todo
lo que necesito. Cuando usted vuelva las cartas estarán clasificadas...
De todos modos, las tres cuartas partes irán ciertamente al castillo.
--Entonces me dejo convencer, señorita. He visto a esa recién casada tan
alta como esto, y rezaré con gusto un pater por ella, si me acuerdo.
--Rece usted dos, Marcial; uno por usted y otro por mí.
--Convenido, señorita; haré el encargo militarmente.
Y llevándose la mano al quepis, se marchó con ese paso cadencioso de los
antiguos soldados y la espalda encorvada como si llevase todavía la
mochila.
Liette le vio atravesar la plazuela, pasar por los grupos y entrar en la
iglesia.
Entonces, dando un suspiro, apartó la vista de aquel edificio medio
derruido en el cual se estaba representando el último acto del drama
íntimo de su vida, y se puso valerosamente a la tarea.
«Señores de Candore.»
«Señora doña Blanca de Candore.»
Estos nombres se presentaban sin cesar ante sus ojos quemados por la
fiebre. Desde la víspera aquello era un diluvio de telegramas de
felicitaciones, prospectos de proveedores, papeles con escudos
nobiliarios, sellos franceses y extranjeros.
Estaba Liette haciendo metódicamente su clasificación, cuando el timbre
la llamó de nuevo al aparato Morse...
Era un nuevo telegrama para el castillo.
«Señorita doña Blanca de Candore.»
¡Este estaba doblemente atrasado de noticias!
Maquinalmente tradujo palabra por palabra las señales cabalísticas
marcadas en el rollo de papel, y las transcribió en el libro:
«Señorita... el hombre... con quien... va usted a... casarse... es mi...
esposo... ante la ley... inglesa...»
La pluma se detuvo en los dedos temblorosos de la empleada.
¡Imposible! No podía ser esa la traducción...
* * * * *
«Y el... padre de mi... hijo que... muy pronto... no tendrá tampoco...
madre...
JUANA DODSON...»
Las sílabas implacables se desarrollaban ante sus ojos turbados con su
movimiento automático y continuo.
Pero no, se engañaba.
Con un violento esfuerzo, trató de dominarse, de recobrar su sangre
fría, y consultando el alfabeto, deletreó letra por letra:
«Señorita, el hombre con quien va usted a casarse es mi esposo ante la
ley inglesa y el padre de mi hijo, que muy pronto no tendrá tampoco
madre. Juana Dodson...»
¡Había leído bien!
Esta vez la pluma se cayó al suelo.
¿Era verdad? ¿Era posible?
Pero no; se trataba de una calumnia infame, de una de esas calumnias
ante las cuales no retroceden ciertos seres viles y maléficos que no se
cuidan del honor de un hombre ni del reposo de una mujer.
Sin embargo, ese nombre... «Juana Dodson»... era el de la institutriz a
quien ella había reemplazado en el castillo, y quizá...
¡No! No podía, no quería creerlo...
Suponiendo que el telegrama fuese realmente de miss Dodson, ¿no podía
ser una venganza de mujer despechada y celosa?... Raúl había podido ser
amable, demasiado amable, coquetear con ella, turbar la imaginación de
la pobre muchacha y hacerle acariciar una loca esperanza... De esto a
admitir aquella monstruosa acusación...
Con todo, los términos eran precisos y formales...
Volvió a leer el texto del telegrama, fechado en Jersey... ¡Jersey!
Liette creyó estar viéndole desembarcar del vapor en el puerto de
Granville...
¡Dejaba entonces una mujer y un hijo en la otra orilla!
Y como una espesa niebla que se disipa de repente ante las brillantes
flechas del astro del día, una luz cruda, brutal y deslumbradora cegó
sus pobres ojos que ella tapaba en vano para no ver...
Los detalles se precisaban con una claridad implacable. La
correspondencia con el pretexto del tío Neris, los viajes repetidos a
Inglaterra, a Jersey, y la equivocación del digno notario, cuya alusión,
hoy transparente, no se dirigía a ella... todo lo descifraba con una
lucidez desesperante y aquella trama de odiosas mentiras se desgarraba
en lamentables jirones...
¡Todo había acabado!
Aquella indigna traición barría, como una irresistible tormenta, todas
sus queridas reliquias del pasado y convertía la llama en cenizas...
¡Todo había acabado!
Y como el sacerdote permanece confundido ante el sacrificio de la
iglesia devastada y del tabernáculo violado, Liette se quedó anonadada
viendo a su ídolo, a su dios, arrancado brutalmente del altar que ella
le había levantado en su corazón.
* * * * *
Con la mejilla apoyada en la crispada mano la mirada dura, la frente
fruncida y la boca contraída con una sonrisa amarga, la joven meditaba y
sus hermosas facciones estaban fijas en una implacable expresión de
desprecio y de odio.
Como los más puros metales, las almas más nobles tienen sus escorias,
que suben en hirviente espuma al fuego de la cólera.
En aquel momento, la altiva e impecable criatura experimentaba una acre
voluptuosidad al pensar en los estragos irreparables que iba a causar
aquel papel azul en el que su mano trémula escribía sin vacilación ni
remordimientos las líneas acusadoras, como un líquido corrosivo en el
blanco traje de desposada.
No sólo excusaba aquel delirio de venganza, extravío de un espíritu
ulcerado, de una madre enloquecida hasta la desesperación, sino que lo
aprobaba y lo comprendía, y se regocijaba por ser su ciego instrumento.
Otra había hecho la tarea que repugnaba a su natural lealtad; no tenía
más que lavarse las manos.
Ciertamente, la delación era un arma vil, pero mucho menos que la
conducta de aquel noble felón, que engañaba a tres mujeres a la vez y
robaba a la una su honor, a la otra su estima y a la otra su fortuna.
¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por
qué venía cuando el «sí» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya
tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de
una niña ignorante y crédula?
¿Y qué?
Era la vida brutal, la ley del destino sorda e inexorable, y la venganza
no está obligada a más equidad que esa justicia ciega cuya espada de
dos filos hiere casi siempre al inocente con el culpable.
¿Qué le iba a hacer ella?
¿Salvar al uno para salvar a la otra?
¡Engaño!
¡Piedad ridícula de los débiles que causa la audacia implacable de los
fuertes!
Liette se acorazaba contra todo enternecimiento y se encerraba en una
impasibilidad feroz.
Blanca sufriría sin duda.
¿No sufría también ella en su amor, en su orgullo, en todas las fibras
de su ser, con un sufrimiento comparable al que hubiera experimentado
viendo al altivo soldado que era su padre condenado a la degradación
militar?
¿Y aquella desgraciada abandonada, sola al lado de la cuna de su hijo y
que había debido pasar por mil torturas antes de trazar aquel testamento
de odio? Aquella sufría hasta la desesperación, hasta la locura, hasta
el suicidio acaso, como mujer y como madre.
¡Dios mío! El que causaba tales dolores, tales faltas, tales crímenes,
¿no era más indigno de perdón que el peor criminal?
Por otra parte, ¿qué le importaba a ella todo esto?
Nada tenía que ver con tal asunto.
Si había caso de conciencia, era para la que había trazado aquellas
líneas, no para ella.
Ella no era más que un instrumento pasivo, un autómata sin corazón, sin
nervios y sin entrañas, que dejaba pasar el telegrama venenoso, producto
de nuestra civilización, como en la edad media la justicia del Rey.
Ese era su derecho, más aún, su deber.
Todo la obligaba a ello, su juramento, el honor, la disciplina.
Si la venganza salía ganando, mejor...
* * * * *
Sordos murmullos y gritos confusos:
--¡Ahí están! ¡Ahí están!
Las comadres se empujan; los muchachos se derriban; los unos se
encaraman en los bancos; los otros trepan a los árboles; los carruajes
se adelantan al paso, majestuosamente; ábrese de par en par la puerta
principal y los recién casados aparecen en el umbral, ella
resplandeciente de dicha en la blanca nube que la aureola, y él un poco
molesto por aquellas miradas curiosas. Empújala suavemente hacia la
carretela acolchada de seda blanca y florida con bolas de nieve en
armonía con la decoración de invierno, verdadera antecámara de
enamorados. Pero ella le pide algo con deliciosa timidez; él hace un
gesto de contrariedad y parece protestar, pero ella insiste amablemente;
él se resigna, no sin mal humor, da al cochero una breve orden y se mete
a su vez en el coche, que describe una parábola y va a pararse delante
del Correo.
Y antes de que Liette pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la recién
casada estaba en sus brazos, en su corazón.
--Querida, querida amiga... ¡Cuánto la he echado a usted de menos! En el
más hermoso día de mi vida... Porque, no hay que decírselo pero le
adoro...
Liette besa lentamente los hermosos ojos, tan confiados, tan dulces, tan
poco hechos para las lágrimas; envuelve en una caricia maternal a la
joven acurrucada en su seno como un tímido pajarillo y su mirada, severa
por primera vez, se fija en el conde, mudo y cortado ante aquel gracioso
espectáculo.
--¡Amela usted mucho al menos!--dice con un acento cuya amargura él solo
comprende.
Raúl se inclina, halagado en su íntima fatuidad masculina por lo que él
toma por un sentimiento de despecho involuntario que se descubre a
través de la indiferencia afectada que mortificaba a su amor propio.
--No lo dude usted, señorita--declara en tono malicioso.
* * * * *
Se han marchado, y se dirigen ahora hacia el castillo.
* * * * *
El tío Marcial muestra a su vez su bigote gris y dice alegremente:
--La consigna está cumplida, señorita, y he llenado la medida; tres
pater en vez de dos, porque, ha de saber usted que había sus lagunas...
De este modo Dios estará satisfecho y no regateará su ración de
felicidad a tan linda criatura.
Mientras charla contra su costumbre, ha abierto la caja y está poniendo
en orden las cartas preparadas.
--¡Calla! Hay todavía un telegrama. Voy a llamar al muchacho.
Liette extiende vivamente la mano y dice:
--Es inútil; este telegrama es para mí.
* * * * *
Liette está sola.
* * * * *
Ha faltado al deber profesional, al juramento, al honor y a la
disciplina...
¡Es culpable, muy culpable!
Y, sin embargo, su frente no se baja ante la mirada del soldado sin
miedo y sin tacha, del que nunca como entonces se ha sentido hija.
Cuando Hardoin volvió por la noche al despacho, se quedó muy sorprendido
al encontrar en él a su joven vecina que le estaba esperando.
--¿Es usted, amiga mía?--exclamó haciéndola pasar con una deferencia
llena de simpatía.--¿Se encuentra usted mejor?
--Me encuentro muy bien, querido señor Hardoin--respondió Liette en tono
firme.--Estoy ya curada, y vengo a consultar a usted para un
documento...
--¿Es algún contrato de matrimonio?--insinuó el notario tímidamente.
--No, señor Hardoin, es un proyecto de adopción.
* * * * *