--Que se parezca a ti; lo dice muy alto.

Fue esto dicho negligentemente y sin la menor intención aparente, pero

el tiro había dado en el blanco. Raúl aguzó el oído, y dijo tratando de

leer en el pensamiento de su madre:

--¿Decididamente, no tienes ninguna idea?

--Dios mío, no, ni sombra de una... Pero acaso la tendré más adelante...

Por otra parte, busca por tu lado. ¿No eres diplomático?

Raúl hizo un gesto de mal humor, pero sabía por experiencia que la

condesa no entregaba nunca por entero su pensamiento y que él usaría en

vano todas las astucias de su diplomacia. Así, pues, dijo levantando el

sitio:

--Te doy las gracias por tu confianza y tus consejos, mamá. Pensaré en

todo esto.

--Pero tú, hijo mío, ¿no tenías una confidencia que hacerme?

Raúl sufrió un estremecimiento significativo.

¡Liette! La había olvidado. Además la situación no era ya la misma...

Y respondió balbuciendo avergonzado y confuso:

--Nada, mamá, una pequeñez...

* * * * *

Raúl se subió a su cuarto.

Era una gran pieza clara y alegre, con anchas ventanas, una de las

cuales daba al mar y la otra al campo. Por un lado el movimiento y el

ruido de la playa, el murmullo cadencioso de las olas, las canciones de

las lavanderas al depositar la ropa en las rocas, las risotadas de los

bañistas y las locas carreras en la marea baja por la inmensa sábana de

arena franjeada de plata; y por el otro la calma y el reposo de los

campos, las frondosas laderas y el camino solitario en el que raros

transeúntes ponían una sombra de vida, mientras que la capilla con sus

muros grisáceos, su puerta baja y sus barrotes en cruz, parecía, al

contrario, un monumento funerario.

Aunque nada tenía de poeta, era a aquel balcón donde el conde iba a

menudo a soñar con su amiga. En el recogimiento de la hora crepuscular,

que confunde el paisaje en tintas imprecisas y dulces tan en armonía con

las impresiones melancólicas, Raúl evocaba el recuerdo turbador de sus

místicos esponsales, como ella en su estrecha oficina.

Pero aquel día no tuvo ni una mirada para aquel cuadro familiar y

dejándose caer en una butaca, se abandonó a un verdadero acceso de

misantropía agresiva.

Su tío, su prima, su madre misma, pasaron allí un mal cuarto de hora.

¡Oh! ¿De qué no son capaces esos vividores camastrones que olvidan los

derechos sagrados de la familia? Y la condesa, tan alarmada por la menor

travesura, que protegía aquel escándalo uniendo al padre con la hija en

lugar de separarlos y preparando inconscientemente la ruina de su hijo

en lugar de defender sus intereses...

--¡Todo el mundo se ha ligado contra mí!--pensaba con rabia

reconcentrada.

Muy sincero en sus recriminaciones egoístas, como acostumbrado a

considerar como suya la fortuna de Neris, se juzgaba desposeído de unos

bienes legítimos y su indignación, bastante cómica, era perfectamente

justificada a sus ojos. Poco le faltaba para hacer a la pobre Blanca

responsable de aquel despojo.

¡Ella, a quien había tenido la candidez de querer como a una hermana,

sin desconfianza, robarle su herencia!

Todavía, si hubiera podido tomarla con alguien... Pero un anciano y una

niña... Estaba impotente y desarmado, condenado a devorar su cólera so

pena de ser ridículo u odioso.

Caído delante del escritorio, estaba atormentando maquinalmente su

cortapapeles de marfil y doblándole como un florete.

¡Clac! En su mano nerviosa, se rompió la hoja de repente con un ruido

seco.

Este accidente tan ligero puso el colmo a su irritación... Con un brusco

ademán, barrió todo lo que se encontraba delante de él, y portaplumas,

lápiz y papeles volaron hasta el centro de la pieza.

Sólo permaneció en la mesa una carta comenzada.

«Liette.»

¿Liette?

¡La había olvidado!

«Voy a hablar a mi madre, le escribía aquella misma mañana; cuando acabe

estas líneas será usted mi prometida a mis ojos como a los suyos.

«¿Late su corazón de usted más de prisa en esta hora en que me juego

más que la vida y se acuerda un poco del que no piensa más que en usted?

«Suena la campana... Echo la última mirada a la capilla de Santa Ana,

donde tiembla un débil resplandor, estrella de esperanza. Si escucha mis

ruegos, esta noche iluminaré su santuario hasta dar envidia a su hermana

de Auray.»

Raúl leyó fríamente estas ardientes palabras.

--¡Buena tontería iba a hacer!--masculló entre dientes.

En seguida tuvo vergüenza de este grito del corazón, eco fiel de su

inconsciente egoísmo, y trató de colorear su defección a sus propios

ojos.

Ciertamente, hubiera querido casarse con Liette; ¿pero podía? ¿Era digno

y leal asociarla a un porvenir precario después de haber hecho brillar

ante ella un espejismo engañador? Habiéndole ofrecido compartir con ella

una gran fortuna, ¿podía no llevarle más que una baja medianía?

Seguramente, no dudaba que era amado por sí mismo, y acaso la noble

joven experimentaría más gozo que tristeza al darle esta prueba de amor

y de desinterés; pero él, un caballero, ¿debía aceptar?

Por otra parte, jamás la de Candore, cuyos designios había penetrado,

aprobaría semejante locura. Negaría su consentimiento, y el pedírselo

no conduciría más que a exponer a la pobre institutriz a alguna afrenta

humillante. Lo mejor era callarse, resignarse, obedecer; y aquella hija

de soldado fuertemente impregnada de disciplina sería la primera en

aconsejárselo.

En el fondo, su resolución estaba ya tomada.

Estaba bastante enamorado para hacer un matrimonio pobre siendo él rico

y no debiendo sufrir por ese ligero sacrificio ni en sus costumbres ni

en sus gustos refinados; pero afrontar la medianía, ni aun con la mujer

amada, era superior a sus fuerzas y a su valor.

--¡Pobre Liette! ¡Qué pena va a tener!--murmuró con cierta fatuidad.

También él sufría... pero no mucho.

Su entusiasmo había caído con sus esperanzas, y la decepción material

había matado brutalmente al sentimiento ideal que por un instante le

había transportado en sus alas.

Admiraba en sus adentros la presciencia adivinatoria de la condesa, que

siempre intervenía en el momento decisivo y que acababa de detenerle en

el borde del abismo en que iba a dejarse caer imprudentemente.

--Sin la oportunidad maternal, me metía en un lindo barrizal--pensó con

una satisfacción que alivió un poco la amargura de sus

pesares.--Decididamente, mi señora madre tiene un olfato maravilloso y

haré muy bien en seguir sus consejos más o menos directos.

¿Un buen matrimonio?...

Encendió un cigarro y fue a asomarse a la ventana que daba a la playa.

La partida estaba en su pleno y los «Play», «Ready» que se cruzaban

entre los jugadores llegaban a su oído llevados por la brisa marina.

Hasta distinguía el duro acento anglosajón y las notas argentinas de

Blanca cuando se reía de alguna jugada torpe.

Aquella chiquilla tenía la culpa de todo...

Buena muchacha en suma, llena de delicadeza y de corazón, lejos de

rehusar nada al que ella consideraría siempre como su hermano mayor,

sería la primera en decirle:

--Repartámonos la fortuna.

Pero su dignidad no podía consentir...

¿Con qué título?

Un primo no es un hermano ni un marido...

¿Un marido?

Después de todo, él podía llegar a serlo. Si era absolutamente preciso

resignarse a un buen matrimonio, y no veía otra salida, ¿por qué no ella

mejor que una pécora cualquiera que hiciese sonar demasiado su dinero y

que, al menos, le tratase de igual a igual siendo su señor y dueño?

Blanca, la pobre, se estimaría muy feliz siendo su humilde servidora.

Porque no había duda, ya le adoraba como hermano. ¿Qué iba a ser

ahora?...

Casi siempre una prima

adora a su primito...

tarareó entre dos bocanadas de humo.

Su intimidad se había desarrollado particularmente en aquella

expedición, en la que absorvido por un pensamiento único, Raúl no estaba

dispuesto a coquetear según su costumbre y se limitaba a la sociedad de

su hermana. Con ella podía hablar libremente de Liette, y no dejaba de

hacerlo. Ella le respondía con toda la inocencia de su alma, no cesaba

de elogiar a su institutriz y respondía a los cumplimientos fraternales

sobre su personilla:

--En otro tiempo no me encontrabas tan a tu gusto; el reflejo de miss

Dodson me era menos favorable...

La joven decía esto alegremente y sin malicia alguna.

Indiferente a los otros jóvenes, mariposones de casinos o estrellas de

playa que exhibían sus gracias en las partidas de tennis y empleaban su

ingenio en las sabias combinaciones del cotillón. Blanca respondía

ingenuamente a las bromas de su hermano que le instaba a elegir un

novio.

--No hay ni uno que se parezca a ti...

En ese caso...

¿Por qué no después de todo?

Aquel era evidentemente el plan de la señora de Candore, cuya prudencia

maternal había desconocido... Y más todavía el deseo del tío Neris, que

encontraría difícilmente mejor partido y no regatearía para asegurar la

dicha de su hija.

--Además, se pondrá tan contenta la pobre muchacha...--pensaba con la

magnanimidad de un príncipe, retorciéndose el fino bigote.

* * * * *

En la playa, acabada la partida, cambiábanse vigorosos apretones de

manos al cumplimentar a los vencedores, que eran Blanca y su pareja, un

joven discípulo de Saint-Cyr que había reemplazado a Raúl a última hora.

Ambos hablaban y reían con un aplomo de buen gusto, pero que no por eso

dejó de atacar los nervios un poco irritables del señor de Candore, el

cual arrojó el cigarro medio fumado y bajó rápidamente al encuentro de

su prima.

Blanca se disponía a volver a la quinta con las facciones animadas por

el ardor del juego, mientras la sangre corría más viva bajo su piel

transparente y nacarada. Su belleza, un poco frágil, tenía algo de

delicado y conmovedor.

--Te sofocas demasiado--dijo el señor Neris con alarmada solicitud;--vas

a coger frío.

Pero ya Raúl traía un chal y cubría con él los hombros de la joven con

un matiz de galantería que la condesa, en pie en la escalinata, fue la

única en observar.

Por sus delgados labios se deslizó una enigmática sonrisa.

--Vamos--pensó,--la novela ha concluido y comienza el idilio.

* * * * *

Aproximábase el fin de la señora de Raynal, y esta vez nada podía ya

retardarle. Después de unas cuantas semanas de respiro y de esperanza,

último resplandor de la lámpara próxima a extinguirse, la enfermedad,

contenida un instante, llegaba ahora a marchas dobles. Consultas,

remedios, cuidados y oraciones, todo fue inútil. La muerte estaba allí,

halagüeña y acariciadora para aquella vieja infantil que se abandonaba a

ella sin resistencia.

Me siento tan gastada y tan fatigada, hija mía, que es caritativo

dejarme al fin reposar. Tú eres una valiente, igual que tu padre, con su

carácter de hierro en el que se embota la desgracia, mientras que a

nosotras, pobres sensitivas, nos quiebra como el cristal. ¡Ah! vosotros

sois los privilegiados de la vida...

--¡Privilegiada! ¡Pobre Liette!

Temblando por aquella existencia que pendía de un hilo y por su amor,

acaso más frágil todavía, la joven devoraba sus lágrimas y ocultaba sus

angustias a fin de no entristecer aquella agonía...

¿No estaba ella amenazada por un doble duelo? A pesar de las cartas de

Raúl, su corazón estaba martirizado por penetrantes aprensiones ¡Blanca

amaba!

Amaba con todas las fuerzas de su alma ardiente pero concentrada; amaba

con la hermosa confianza y el cándido entusiasmo de los dieciséis años;

pero también con la desconfianza involuntaria y la temerosa timidez de

un amor tardío; amaba con la energía de una mujer y la debilidad de una

niña.

¡Blanca amaba!

¿Y él? Se lo había dicho y se lo repetía sin cesar. Ciertamente, no

dudaba de él, pero temía a la condesa. Si su voluntad, fortalecida con

sus derechos de madre, se elevaba como una barrera entre los dos y no

podían romperla, ¿no tendrían que inclinarse el uno y el otro? Y en su

abnegación de mujer amante, pensaba, olvidando su propio sufrimiento.

--¡Pobre Raúl! Al menos él no se quedará solo.

Pero, ¿y ella?

¿Le iba a faltar todo a la vez?

Y con temor supersticioso trataba desesperadamente de retardar el

desenlace fatal, como si la vida de la una estuviese ligada al amor del

otro y debiesen confundirse sus últimos suspiros.

* * * * *

Aquel día, una tibia tarde de septiembre, la enferma, a pesar de su

extremada debilidad, había querido que la llevasen al jardín y

lánguidamente echada en su hamaca, estaba evocando, con voz ya lejana,

sus recuerdos de la primera juventud, enjambre de mariposas color de

rosa que revolotean alrededor de la frente de los moribundos en la hora

del último crepúsculo.

--Era un día muy parecido a éste... Nuestro hermoso sol de los Trópicos

se velaba triste y huraño... Mi madre, en su hamaca como yo estoy ahora,

tiritaba como yo tirito... Estaba yo triste como tú lo estás hoy, hija

mía... Hacía ocho días que no teníamos noticias de tu padre... que

todavía no se había declarado... Yo tenía el corazón oprimido... tan

oprimido, que estalló de repente y me eché sollozando en los brazos de

mi madre.

--¡Pobre mamá!

Entonces ella, que lo había adivinado todo, no pronunció más que un

nombre:

--¿Raúl?

--No, Jorge--rectificó Liette con sonrisa forzada.

La de Raynal hizo un movimiento de impaciencia.

--En verdad, hija mía, tienes poca confianza en tu madre--dijo en tono

de despecho.--¿Quieres esperar a que esté muerta?

--¡Oh! mamá...

--¿Crees que no veo claro? ¿Por qué dejarme marchar en la duda?

--¡Madre mía!...

--Eres una ingrata, una mala hija... Después de lo que he hecho por ti,

me niegas este último consuelo... ¿Es esto caritativo?

La anciana se agitaba, presa de una excitación febril y balbucía

palabras entrecortadas.

Liette vacilaba...

Ciertamente, muchas veces, en su desesperada angustia, había estado a

punto de ceder a la irresistible necesidad de expansión, natural en el

que sufre y quiere ser consolado. Y siempre la palabra había expirado en

sus labios...

¿Para qué?

¿Para qué introducir la turbación y la alarma en aquella apacible

agonía? ¿Para qué confiarle la tímida esperanza que reprobaba su razón?

¿Para qué dar alimento a las quimeras que poblaban la imaginación

exagerada de la ardiente criolla, tan llena de castillos en el aire?

A pesar de su ternura y su respeto, Liette conocía demasiado a aquella

niña vieja y frívola para pedirle el sostén y el apoyo moral necesario

en las horas de desfallecimiento. Su madre atizaría el fuego con mano

inconsciente en vez de apagarlo, y Liette, sin fuerza ya para luchar

contra ella misma, veía que no podría resistir al contagio del

espejismo.

¿No valía más esperar?

Pero ¡ay! ¿esperaría la muerte? ¿Era filial aquella prudente reserva?

Liette cayó de rodillas.

--Perdona, madre querida; quería ahorrarte una decepción probable...

--Pronto, cuéntamelo todo... ¿Te ama?

--Así me lo ha dicho.

--¿Y escrito también? Por eso recibías tantas cartas de Granville...

La anciana se reía maliciosamente, muy orgullosa por su perspicacia.

--¡Oh! dos solamente, y no las he respondido.

--Pues yo sí lo hubiera hecho... En fin, trae...

Trató de leer, pero en vano, y dijo con un gesto de cansancio:

--No veo; lee tú, hija mía.

Liette obedeció, y, con voz sorda pero en la que vibraba una emoción mal

contenida, volvió a leer aquellas líneas ardientes y apasionadas, frases

huecas cuyo vacío no podía sospechar su alma leal.

La moribunda estaba encantada y escuchaba con sonrisa de triunfo en los

labios.

--¡Bien! ¡Muy bien!--decía.--¡Pobre muchacho! ¡Cómo te ama! Sigue,

sigue.

Y al acabar la lectura, exclamó:

--¡Querido niño! Muestra un entusiasmo, un ardor, una constancia, a

pesar de tu frialdad... Porque, realmente, hija mía, no sabes

animarle... ¿No le amas?

--¡Ay! sí...

--¡Entonces!... ¿Cómo puedes permanecer así, plácida e indiferente?...

¿No tienes fe?

--¡Oh! mamá querida...

Asustada por la exaltación de su madre, Liette se esforzaba en vano por

calmarla. En aquella pobre cabeza agotada sonaban todos los cascabeles

de sus locas quimeras. La anciana divagaba con delicia y hablaba del

matrimonio, de la ceremonia, de los trajes...

--¡Con cuánto gusto lo vería!--suspiraba.

Dudar del consentimiento de la condesa era para ella una locura. Si

hacía esperar su petición, era que quería venir en persona...

--Estoy segura de que está en camino; lo adivino, lo siento...

...La puerta se abrió... Y la anciana volvió la cabeza

estremeciéndose...

Pero no era más que el tío Marcial, que venía a hacer amablemente el

servicio de la oficina.

--Una carta para usted, señorita; de Granville.

¡Al fin!

Liette desgarró el sobre con mano temblorosa.

La carta era de Blanca y no contenía más que estas líneas:

«Doy a usted, mi querida amiga, la primera noticia de un secreto que es

una pena y también una dicha. Mi madre no es mi madre, y, sin embargo,

me ha dicho muy bajito que yo podría aún ser su hija.

«Al perder un hermano encuentro un primo... y, acaso, un novio... un

esposo...

«Yo, que amaba ya tanto a Raúl, ¿cómo voy a hacer para amarle más?... ¿Y

él, querrá amarme? Usted me ayudará a conseguirlo, ¿verdad?»

Los labios trémulos, los ojos fijos, las mejillas más pálidas que las de

la moribunda, Liette permanecía rígida, muda, sin quejas, sin

lágrimas...

--Y bien--dijo ansiosamente la madre;--habla, me das miedo.

Ante aquella palidez, ante aquel mutismo, ante la desesperación de

aquella pobre mirada, ¿tuvo la anciana la vaga presciencia de la verdad

y remordimientos por su imprudencia?

Aquellas facciones infantiles bajo su corona blanca expresaron tal

desolación y tal angustia, que Liette olvidó su propio sufrimiento, y

cuando la moribunda, con las manos juntas como un niño que pide perdón,

balbució tímidamente:

--¡Oh! dime, ¿es el consentimiento de la condesa?

Liette respondió:

--Sí.

Una hora después la de Raynel moría con la sonrisa en los labios,

murmurando:

--¡Condesa de Candore!

* * * * *

El letargo del primer dolor nos quita en parte la facultad de sentir los

otros, y quizá esos golpes redoblados que caen simultáneamente sobre

nuestra cabeza son menos un brutal encarnizamiento de la suerte que una

suprema piedad de la Providencia...

En el sopor físico y moral en que la sumió la muerte de su madre, Liette

no tuvo lágrimas más que para ella y todos los demás dolores se

hundieron en aquella fosa abierta, duro y frío lecho para aquel delicado

pájaro exótico. Durante unos días, su mente, absorta por entero por

aquel duelo cruel, aunque previsto, no estuvo dominada más que por el

recuerdo de la anciana infantil a la que dedicaba una ternura filial y

maternal al mismo tiempo. Ante su cuarto vacío, ante su butaca, ante su

hamaca, la joven tenía crisis de desesperación, más conmovedoras porque

las dominaba valerosamente, y, a pesar de las curiosidades indiscretas

y de las lástimas torpes, nadie pudo jactarse de haberla oído quejarse

ni visto llorar.

Desdeñando por otra parte las simpatías triviales y los pésames de

convención, Liette se apasionaba difícilmente aun ante un cariño

sincero, y el mismo señor Hardoin tenía que esforzarse para forzar la

puerta de aquella alma cerrada y a la que la última decepción había

añadido todavía un cerrojo.

En efecto, en la angustia de su aislamiento y de su abandono iba

surgiendo poco a poco de la sombra una imagen borrada un momento por la

de la muerte, y Liette trataba en vano de librarse de ella. ¡Ay! así

como en otro tiempo no había podido combatir la esperanza quimérica, no

podía ahora mandar a su memoria demasiado fiel y que le trazaba sin

cesar las ardientes etapas de aquel pasado demasiado corto. Liette

repasaba sin descanso las migajas de dicha escapadas de la mano avara

del Destino, ya que estaba destinada a no sentarse nunca al festín de

los dichosos.

Su carácter leal y firme defendíale las lamentaciones estériles y las

vanas recriminaciones. Lejos de achacar culpas a Raúl, hubiérale buscado

excusas si él las hubiera necesitado a sus ojos; pero, lejos de

vituperarle, le aprobaba. Ni por un instante pensó en luchar ni en

invocar los derechos de su ternura. Aun a falta de su orgullo, su

profundo agradecimiento por la joven que le abría tan ingenuamente el

corazón hubiera bastado para evitarle todo desfallecimiento.

El joven diplomático le escribió una carta desolada poniendo su suerte

entre sus manos y terminando por estas líneas de una hábil política:

«¿Qué debo hacer, Liette? Dígamelo usted, pues ya no lo sé yo mismo.

Apelan a mi honor, a compromisos de familia, a mi gratitud hacia mi tío,

a mi piedad por su hija... Yo no oigo más que la voz de mi razón y mi

amor... Necesito un guía que me ilumine. A usted, que es mi razón y mi

conciencia la obedeceré ciegamente. ¿Qué debo hacer?»

La joven respondió sencillamente:

«Su deber de usted: casarse con Blanca.»

El amor, tal como lo comprendía aquella hija de soldado, era un

sentimiento tan puro como el honor, que sufre todos los sacrificios,

pero no una mancha. Como la bandera, el corazón podía ser desgarrado,

pero no manchado...

Liette aprobaba sin desfallecer el casamiento de Raúl y se hubiera

avergonzado de una traición.

Ciertas palabras indiscretas del señor Hardoin le habían confirmado la

situación de Blanca y los proyectos arraigados desde hacía mucho tiempo

en la mente calculadora de la condesa.

--No hay gran señora para su notario--decía Hardoin con su maliciosa

bondad.--A pesar de su afectado desinterés, la hija del viejo Neris sabe

contar tan bien como su difunto padre. Hace mucho tiempo había yo visto

su juego y sabía que su hijo no resistiría seriamente a sus razones...

contantes y sonantes.

--¡Oh! señor Hardoin, toda acción puede tener un móvil noble y generoso.

¿Por qué atribuirla con preferencia a un motivo bajo y vil?

--Porque así hay menos probabilidades de engañarse, pobre amiga mía...

Además, según es el hombre se deben juzgar sus actos.

--¿No quiere usted al señor de Candore?

--¿Raúl? Es un buen muchacho; tiene ingenio... y un poco de corazón, no

mucho...

--¡Oh!

--Incapaz de dejarse entusiasmar más de lo que dan de sí las riendas...

Y su madre es un buen cochero.

--Le calumnia usted.

--No, amiga mía, le excuso.

--El respeto filial es un deber...

--Pero hay también otros...

--¿Más sagrados?

--Quizá... Cuando una joven honrada y crédula ha puesto toda su

confianza en la palabra leal de un hombre, es mi parecer que no puede

faltar a ella sin cometer una mala acción...

El flemático notario se había animado y hablaba con un calor que rayaba

en indignación.

Liette le escuchaba muy grave y llena de aflicción y de sorpresa. ¿Cómo

había el notario adivinado su secreto? ¿Cómo olvidaba la reserva y la

delicadeza de su carácter y de su profesión hasta hacer aquella alusión

ofensiva?...

La joven, pues, le respondió fijando en él su clara mirada:

--Podría fingir que no le comprendía a usted, caballero, y si no se

tratase más que de mí le respondería, ante su interés oficioso e

inexplicable, que no se fuerza mi confianza... Pero no puedo dejar pasar

una acusación mal fundada contra una persona a quien estimo y a quien

amo.

El notario levantó los brazos al cielo con una estupefacción demasiado

vehemente para ser fingida.

--¡Usted ama al señor de Candore! ¡Usted! ¡Usted!

--Le amaba como él a mí, más que a mi vida, pero menos que a mi honor,

y, lejos de sustraerse a sus juramentos, que yo por otra parte no había

ratificado, vea usted la carta que me escribió la víspera de sus

esponsales. Lea usted, se lo ruego.

Aturdido, el notario obedeció maquinalmente.

--¡Bah!--dijo,--la conocía a usted bien, y no tengo que preguntar a

usted qué respuesta le dio. No es usted de las que hubieran hecho valer

derechos imaginarios...

--No tenía ninguno, y, por otra parte, los de la familia hubieran sido

antes... Además, mi querida Blanca...

Su voz se quebrantó.

--¡Le ama tanto la pobre niña!... ¡Hubiera sido tan desgraciada!... ¡Y

está tan poco acostumbrada a sufrir!

--Mientras que usted...

--Yo tengo la costumbre--respondió Liette con su hermosa sonrisa de

resignación.--¡Ah! si Dios hubiera querido siquiera dejarme a mi madre!

Pero no tengo ni un niño a quien amar...

El notario dobló metódicamente las gafas, las puso en el estuche y dijo,

después de haber tosido para aclararse la voz:

Liette · 第 5 / 11 段