--Allí estaba, en efecto, la semana pasada; pero he hecho un rodeo para

visitar esa famosa isla de Jersey que los ingleses consideran como la

octava maravilla del mundo por la única razón de que tiene el honor de

ser inglesa, y también para comprobar el efecto de mi receta, pues sabe

usted, señora de Raynal, que pretendo ser su médico de cabecera.

--Entonces, doctor, la curación le hace a usted honor. Me encuentro

perfectamente bien con sus consejos.

--Sin embargo, ¿no es un poco imprudente el venir tan lejos?

--No, tomamos un coche...

--¿Uno de esos horribles armatostes?--dijo el conde haciendo un gesto

ante las muestras del género alineadas en la plazuela.--Deben de tener

peor movimiento que el barco...

--Usted lo verá acompañándonos a la Villa Blanca, donde le haremos los

honores.

--Con mucho gusto, querida señora, en cuanto deje la maleta en el hotel

de Francia, donde he tomado una habitación.

--¡Cómo! ¿Piensa usted alojarse en Granville?

--Eso no me impedirá ir con frecuencia a Saint-Pair si ustedes me

invitan...

Liette dejó ver una sonrisa de aprobación; le gustaba la delicadeza del

joven y la elogiaba. Raúl dejó a las dos señoras en la «Brecha de los

Ingleses» y les pidió permiso para ir a mudarse de traje mientras ellas

oían la música, prometiendo venir a buscarlas a las cinco para ir a

acompañarlas a su casa.

Su ausencia, no muy larga, no fue perdida para él, pues la de Raynal no

cesó de prodigarle elogios.

--¡Qué encantador caballero! Tan sencillo, tan amable, tan respetuoso

con las señoras... Enteramente como tu pobre padre, hija mía.

Liette no pensaba en interrumpirla, dulcemente mecida por aquellas

palabras acompañadas muy bajito por una melodía de Gounod.

A la hora convenida apareció el joven guiando una «Charrette» inglesa

tirada por un «poney» muy pacífico, según afirmó Raúl.

--Permítame usted que sea su cochero durante mi corta estancia aquí,

querida señora; me comprometo a no volcar.

La buena señora estaba radiante. Volver a Saint-Pair en aquel bonito

carruaje y en tan elegante compañía era una de esas satisfacciones de

vanidad pueril que halagaban más que nada a su frívola cabeza.

Dio señales de agradecer mucho la atención, y cuando se pararon en la

verja dijo al joven:

--Si no tiene usted miedo de una cocina de enferma, le pediré que

participe de nuestra comida.

Raúl buscó la autorización de aceptar en la clara mirada de Liette...

--Ya conoce usted los talentos culinarios de Mariana.

El joven aprovechó esta aprobación indirecta, y un instante después

estaba instalado debajo de la cubierta de cristales, al lado de la

viuda, que le contaba los chismes de la playa, escuchados por él con

resignación ejemplar, mientras Liette, improvisándose cocinera,

confeccionaba un plato de dulce para las circunstancias.

Fue aquella una velada deliciosa. En aquel marco tan bien hecho para

ella, Raúl, sensible como todos los refinados a las delicadezas

exteriores más que a las del alma, encontraba un nuevo encanto a la

modesta empleada de Correos, cuyas vulgares funciones olvidaba entonces

por completo.

Los días siguientes pasaron como un sueño. Candore, como un verdadero

paladín, iba todas las mañanas a tomar las órdenes de las señoras para

el día.

El tiempo estaba hermoso y había que aprovecharlo. Era la ocasión de

hacer expediciones románticas a La Lucerne y a Chanteloup.

¿Cómo rehusar? Estaba hecho el ofrecimiento con tanta amabilidad y la

enferma palmoteaba con tan infantil alegría... Liette no lo pensaba

siquiera. Por otra parte, era feliz, muy feliz, y se abandonaba a la

felicidad sin tratar de analizarla. ¡Había habido tan pocos días

floridos en el jardín de su severa juventud!

Íbanse a la ventura, sin más guía que un mapa de Estado Mayor, y caían a

veces en una ruidosa fiesta de pueblo o entre los empujones y el polvo

de un mercado de ganados.

Raúl hacía mil locuras para hacer aparecer una sonrisa en los labios

descoloridos de la madre o merecer una mirada de agradecimiento de la

hija.

Y había que ver a los vendedores, verdaderas sanguijuelas normandas que

adivinaban una presa fácil, seguirle los pasos, meterle en el bolsillo

pitos, rosquillas y golosinas y ponerle delante de las piernas rosados

cochinillos y rizados y blancos corderos.

--¡Cómpreme usted algo para su señora!

«¡Su señora!»

Por oír esas dos palabras, que ponían un tinte de rubor en las mejillas

de Liette, hubiera el conde despojado todas las tiendas y hecho la

fortuna de todos los ganaderos.

De este modo se llevaron triunfalmente de Breal un precioso corderillo,

«que acaba de dejar a la oveja, caballero, y que su señora de usted

podrá domesticar como un perro faldero.»

--Será un recuerdo de este día, que es el último--dijo Raúl dando un

suspiro.

En efecto, se marchaba al día siguiente. ¡Pero cuánto camino recorrido

en aquellos días, en sentido propio y figurado! ¡Cuánto camino por las

carreteras de Normandía y en el corazón de Liette!

Y es que el amor sincero es comunicativo, y, por primera vez, aquel

amante veleidoso estaba sinceramente enamorado.

¿Cómo se había apoderado ese sentimiento profundo y verdadero de aquel

estragado que había ido a Saint-Pair con las intenciones menos puras?

Raúl era un ser de impulsión más que de razonamiento, esclavo de su

imaginación y de sus nervios, tan incapaz de obedecer a fríos cálculos

como a la regla austera del deber.

En aquel cuadro de familia, en medio de aquella comodidad mundana que

tan bien se armonizaba con su elegancia natural y con su perfecta

distinción, nada le recordaba a la modesta empleada y el enamorado

estaba bastante entusiasmado para ver en ella la futura condesa de

Candore.

Ganada por su parte y sin darse cuenta de ello por la llama penetrante

de aquel amor que se estaba incubando hacía mucho tiempo en el fondo de

su ser, la tranquila, la prudente y severa Julieta, aturdida y fascinada

por una especie de vértigo, se abandonaba inconscientemente a la ola de

sensaciones nuevas, tumultuosas y confusas que turbaban vagamente su

alma virginal.

* * * * *

A unos cien pasos de la Villa Blanca, se elevaba, o más bien, se hundía,

hasta tal punto parecía una topera, una construcción gris aplastada bajo

un techo de bálago con una puerta baja y de medio punto y una estrecha

ventana guarnecida de dos barrotes en cruz en la que con frecuencia

danzaba una pálida luz a la sombra del crepúsculo.

Si algún paseante retrasado se aproximaba por azar, podía ver una

humilde capilla a la que se bajaba por tres escalones gastados y

desportillados y alumbrada por el resplandor tembloroso de unos cirios

casi consumidos, mientras alguna vieja de cabeza vacilante bajo la manta

bretona murmuraba una oración.

No había allí estatuas de mármol, ni custodias doradas, ni ricos vidrios

ni cuadros raros; solamente las cuatro paredes húmedas y agrietadas, el

tragaluz abierto por el que entraban libremente el viento, la lluvia y

la nieve o, a veces, un cálido rayo de sol y la imagen argentina de la

luna o de la estrella de los marinos; la puerta maciza como la de una

cárcel, abierta día y noche en el camino solitario sin temor de que

nadie encontrase nada que meter en las alforjas; unos bancos de piedra

incrustados en el suelo apisonado y alineados enfrente de un altar de

madera carcomida en el que se mostraba una grosera imagen de la Virgen

niña, apoyada en la falda de su madre, dos figuras angulosas y tiesas,

pero a las que el pintor primitivo, a falta de genio, había dado una

suavidad divina. Era la capilla de Santa Ana.

Además de la célebre peregrinación de Santa Ana de Auray, hay así

numerosos santuarios sembrados a todos los vientos en aquella tierra de

fe cándida, reputaciones de campanario muy reducidas hoy gracias a los

billetes de ida y vuelta que permiten a cualquier peregrino ir a

contemplar al mismo tiempo el Sagrado Corazón y la torre Eiffel, como lo

hace constar melancólicamente el delicioso autor de «Colás, Colasse et

Colette».

Sin embargo, la capillita en cuestión tenía aún sus fieles, escasos,

pero tenaces; aldeanas viejas apegadas a las antiguas costumbres como a

las antiguas modas, y que iban a quemar un cirio por la curación de

alguna enfermedad, rudos pescadores que en la tormenta han puesto su

confianza hereditaria en la Virgen que acogía los votos de sus padres, y

jóvenes prometidos, supersticiosos como todos los enamorados, que van a

encender dos cirios juntos cuya llama más o menos viva es el símbolo de

su amor.

A Liette le gustaba aquel rincón, poético vestigio del pasado que se

armonizaba mejor con sus inocentes prácticas que el cuadro moderno de

las iglesias parisienses. Todos los días iba a rezar por su querida

enferma y mientras se consumía lentamente el cirio ofrecido por ella, la

joven sentía poco a poco amortiguarse su dolor y disiparse sus temores,

ahuyentados como por un aletazo del pájaro místico de la esperanza,

refugiado en el más pobre tabernáculo.

¡Hace tanta falta creer y esperar cuando se sufre!

* * * * *

Liette se sentía aquella tarde cansada, triste y oprimida; una angustia

indefinible se había apoderado de ella y las primeras sombras del

crepúsculo, que ensombrecían la capilla helada aumentaban su malestar

inexplicable.

Arrodillada en el fondo del santuario vacío, en el que dormitaba la

vendedora de cirios, permanecía inmóvil y con el corazón oprimido.

¿Por qué?

Su madre no estaba peor, al contrario, sus fuerzas parecían renacer y la

anciana volvía a la vida.

Entonces...

¡Su madre! ¿No era su única preocupación y su único cuidado?

--¡Dios mío, consérvame a mi madre!--repetía, tratando en vano de

absorberse en la oración.

Pero esa oración maquinal no le devolvía la calma, ni el reposo ni la

paz...

¿Qué tenía?

En la puerta aparecieron dos sombras; eran dos prometidos.

Ambos avanzaron tímidamente, él dando vueltas al sombrero, y ella

echando una mirada furtiva a la parisiense. La guardiana, arrancada a su

sueño, sonreía con malicia mostrando sus cirios. Los novios eligieron

dos del mismo largo, los encendieron juntos gravemente y los colocaron

en el altar.

Después, cogidos de la mano, se quedaron silenciosos y recogidos, con

los ojos fijos en aquel frágil emblema de su amor.

Y cuando la mecha se carbonizaba, cuando la cera corría mal, eran de ver

sus frentes sombrías y sus pupilas mojadas. La operación fue larga

aunque los cirios eran modestos, pero los novios esperaron paciente y

pasivamente siguiendo las etapas de su común destino...

Un chisporroteo... Una llamarada más viva...

El cirio del mozo se apagó el primero.

--Mejor; así no te veré morir--exclamó con una especie de alegría

egoísta.

--Mejor; así estaré allí para ayudarte a morir--suspiró dulcemente la

novia, cuya cándida abnegación brillaba bajo la cofia blanca.

Y se fueron en la paz de la radiante tarde, cogidos del brazo...

Liette ocultó la cara entre las manos y lloró.

* * * * *

--¡Valor, Liette!

* * * * *

No había dicho aquello la tierna voz paternal, pero sí otra voz también

muy tierna.

Raúl estaba a su lado.

¿Había sorprendido aquella escena conmovedora que alteró el corazón de

la pobre niña como una repentina revelación? ¿Adivinaba lo que hacía

correr sus lágrimas? ¿Leía en sus ojos húmedos el secreto de su emoción?

La joven se levantó sobresaltada para esquivar su mirada y fingió estar

distraída en la elección de un cirio, que encendió y puso en el sitio

del de la bretona.

Después volvió a su banco y se arrodilló, con la cabeza entre las manos.

Cuando se levantó dejó escapar una exclamación; dos cirios estaban

ardiendo juntos, y, como los dos novios de hacía un momento, Raúl,

arrodillado al lado suyo, murmuraba a su oído:

--Liette, amo a usted. ¿Me ama usted a mí?

* * * * *

Al encontrarse en la pacífica casa del Correo, sentada en su estrecha

oficina junto al ventanillo ante el cual desfilaban las mismas caras

familiares, Liette hubiera podido creer que nunca había salido de allí.

La de Raynal, vuelta a caer en su atonía, dormitaba inerte y pasiva

recostada en su butaca junto a la ventana abierta. Las comadres la

saludaban al pasar con las mismas palabras de conmiseración, y el

cartero, poco hablador naturalmente, se llevaba militarmente la mano al

quepis y dirigía a la madre y a la hija una mirada de respetuosa

simpatía mordiéndose el duro bigote.

Saint-Pair, la Villa Blanca, el mar bretón, la campiña normanda, la

Brecha de los Ingleses, la capilla de Santa Ana, ¿era todo eso un sueño,

una ilusión, una quimera?

Liette estaba a veces por preguntárselo.

Un balido quejumbroso y una cabeza rizada que se apoyó en su falda,

respuesta indirecta a su pregunta, arrancáronle un suspiro involuntario.

--Silencio Breal, vas a despertar a mamá--dijo temerosa.

Lo que despertaba sobre todo el pobre Breal eran los ardientes recuerdos

que la joven hubiera querido adormecer para siempre; las locas carreras

por el polvoriento camino al galope del fogoso poney, los chasquidos

del látigo del cochero improvisado mezclados con los gritos de susto de

la de Raynal, los regresos melancólicos en las primeras sombras del

crepúsculo que borraban el paisaje y echaban en las olas como un velo de

viuda, el estrépito de la feria de Breal, el acento zalamero de la

aldeana:

--¡Un corderito para la señora!

Era sobre todo el instante supremo, en el recogimiento de la obscura

capilla, cuando conoció la inefable embriaguez de un amor correspondido.

¡Pobre Breal! Mago inconsciente, su voz evocaba aquel pasado

inolvidable, y mientras le regañaba un poco, Liette acariciaba

maquinalmente sus lanas de nieve como las imágenes engañadoras que

pasaban ante sus ojos soñadores.

* * * * *

No había vuelto a ver a Raúl ni a su familia, que se habían marchado

antes de su vuelta y estaban ya instalados en la Villa Blanca; pero

además de una correspondencia activa y cariñosa con su discípula, había

recibido varias cartas del joven conde a pesar de su formal prohibición.

En efecto, Liette no era mujer de abandonarse sin resistencia y sin

lucha a una pasión cuyos peligros le mostraba claramente su severa

conciencia.

Arrancándose a la emoción deliciosa en que la había sumido la

declaración espontánea de Raúl, se había dominado valientemente y,

mostrándole el callejón sin salida en que iba a meterse imprudentemente,

la habló el lenguaje imperioso de la razón y del deber.

Todo les separaba, nombre, posición y fortuna. La de Candore quería

seguramente para su hijo el brillante matrimonio que él tenía derecho a

esperar, y corresponder a sus bondades introduciendo la perturbación en

su casa era una verdadera falta de delicadeza.

--Olvídeme usted, amigo mío: olvide un momento de locura del que no

tardaría usted en arrepentirse. Separémonos sin remordimientos, ya que

no sin pesar. Nuestro bello sueño se rompería las alas contra las

brutales realidades de la existencia; devolvámosle su vuelo y mirémosle

perderse en el espacio entre una sonrisa y una lágrima. Este recuerdo

será para mí la florecilla azul cogida juntos y que se secará solitaria

en la mejor página del libro de mi vida. Para usted será el perfume

fugaz respirado al paso y al que no se mezclará ninguna amargura, y más

adelante, cuando seamos viejos, muy viejos, si el malicioso azar nos

reúne, tendremos la impresión fugitiva, pero exquisita, de haber sido el

uno para el otro menos que nada y más que todo.

Raúl no quería oír nada y le cerraba la boca con sus declaraciones

inflamadas y sus calurosas protestas, fraseología sentimental en la que

sobresalía y de la que se servía esta vez con una sinceridad más

comunicativa que su habilidad ordinaria.

La amaba, y el amor era la razón suprema y el supremo deber. La amaba, y

ese amor saldría victorioso de todos los obstáculos, cuya importancia,

por otra parte, se exageraba Liette. La amaba, y por la sola potencia de

ese amor, se comprometía a convencer a la señora de Candore y a obtener

su consentimiento.

--Pruebe usted--murmuró ella vencida.

Raúl se agarró a aquel medio consentimiento arrancado a su cansancio y

todo lo que Liette pudo obtener fue un mes de reflexión y la promesa de

guardar silencio con una y otra madre y de abstenerse hasta entonces de

todo paso y de toda carta... promesa a la que él se apresuró a faltar en

cuanto a este último punto.

«Perdóneme usted que infrinja su prohibición, Liette--le escribió al día

siguiente de su separación,--pero necesito dar a usted la fe que le

falta. Mal me juzga usted si cree que el tiempo puede modificar mis

sentimientos y si atribuye la declaración sincera y espontánea de mis

labios a un impulso irreflexivo y a una animación pasajera. Si cedí a

una tracción irresistible, no fue sin lucha ni combate. Hoy me confieso

vencido y ni mi corazón ni mi razón pueden hacerme avergonzar de mi

derrota. Pertenecemos a la misma clase; nada nos separa realmente, ni la

educación ni los gustos. Reconozco humildemente la superioridad de su

mérito de usted, de su carácter y de sus sentimientos, y ya sabe usted

que mi misma madre los ha reconocido muchas veces. Así, pues, no podrá

menos de aprobar mi elección y acoger a usted como a una hija

predilecta, digna hermana de nuestra Blanca que tanto quiere a usted. No

sea usted más severa que los míos, Liette; no se niegue a mi dicha, a la

suya y a la de la querida enferma a quien he dedicado los sentimientos

de un hijo.

«Una palabra de aliento y de confianza para darme el valor que tanto

necesito.»

A pesar de esta última súplica, que denotaba una inquietud y una

vacilación mal disimuladas bajo la aparente resolución de las primeras

líneas, Liette no respondió, firmemente decidida, aunque se rompiese su

corazón, a no salir de la reserva que le mandaban imperiosamente su

dignidad y su deber.

Raúl volvió a la carga.

«Me encuentro en estos lugares llenos de usted, donde las cosas, menos

crueles que su alma, me dan el aliento que usted me niega sin piedad. El

mar, con sus olas cambiantes como sus ojos de usted, y de voz grave como

la suya, meciendo mi dolor al ritmo de sus ondas me ha dicho

«Esperanza». Santa Ana, testigo mudo de nuestros esponsales, parece que

me sonríe y que murmura «Confianza». El verde campo, dormido bajo la

caricia del sol, el beso de la brisa y la canción de sus nidos, me ha

suspirado «Amor». Y todos me han gritado ¡«Anda»!

«¿No me lo repite usted también, Liette?»

Liette permaneció silenciosa.

En el fondo, Raúl no deploraba más que a medias el plazo que se le había

impuesto. La verdad era que la presencia de la señora de Candore

paralizaba un poco sus veleidades de independencia y no le disgustaba

dejar para más adelante una explicación embarazosa, de la que no estaba

seguro de salir con los honores de la guerra a pesar de sus

fanfarronadas. Así era que veía llegar el fin del mes con menos

impaciencia que inquietud.

* * * * *

El plazo había ya expirado.

Aquel día, al acabar de comer, Raúl pidió bruscamente a su madre el

favor de una entrevista particular, decidido a quemar sus naves.

Blanca, que contaba con él para una partida monstruo de tennis

organizada con una colonia americana compuesta de jugadores de mérito,

hizo una linda mueca de despecho.

--Otra vez me das esquinazo... Tu «amabilidad» empieza a pesarte. Ya nos

has dejado a mamá y a mí ir solas a Jersey... Y tú te lo has perdido...

--¿Por qué?

--Porque hubieras encontrado a una antigua amiga, que tenía el

privilegio de excitar tu elocuencia a falta de tu admiración... miss

Dodson, y miss Dodson sin anteojos.

Aunque preveía la alusión, la frente del joven se obscureció con una

sombra.

--¡Estás loca, Blanca!--dijo la condesa ligeramente contrariada por esa

salida intempestiva.

--No, mamá, te aseguro que he conocido muy bien de lejos a mi antigua

institutriz conduciendo un cochecito de niño.

Esta vez Raúl palideció a pesar suyo.

--¡Pobre muchacha!--dijo Neris con interés.--¿Estará reducida al papel

de niñera?

La de Candore, que no quitaba los ojos de su hijo, notó su visible

turbación y su frente se arrugó con un fruncimiento imperceptible.

--¿Vas a acompañar a Blanca, hermano?

--Ciertamente, querida Hermancia. ¿Vienes, pequeña?

Blanca presentó la frente a su madre y dijo a Raúl amenazándole con el

dedo:

--A ti no te doy un beso.

Pero como era incapaz de un enfado prolongado, cambió de parecer al

llegar a la puerta y dijo con gracioso aturdimiento lanzándose a

abrazarle:

--Ya me desquitaré mañana; te confisco por todo el día.

--Aprobado--respondió Raúl alegremente.

Mientras la joven se echaba a correr para alcanzar a su tío, la condesa

se dirigió a la cubierta de cristales seguida por el diplomático, que

iba mascullando su exordio.

--¿Tienes que hablarme, Raúl?--dijo la condesa.--¿Qué quieres? Yo

también tengo que decirte algo.

--Entonces, tú la primera--respondió cortésmente el joven, interesado en

aprovechar el menor plazo, aunque un poco alarmado por el tono de su

madre.

--Como quieras.

La condesa se recogió un momento y dijo:

--Es un asunto delicado, extremadamente delicado... del que hubiera

deseado no hablar todavía contigo... Pero hay en esto para mí un caso de

conciencia... En una palabra, se trata de tu excesiva familiaridad con

Blanca...

--¡Blanca! mi hermana...

Raúl que hacía un momento estaba literalmente sobre ascuas, miró a su

madre con verdadera estupefacción... ¿Estaba en su juicio?... ¿Sabía él

mismo lo que había oído?

--Blanca no es tu hermana--dijo gravemente la noble dama.

--¡Que no es mi hermana!... ¿Qué es entonces?

--Mi sobrina y tu prima.

--Entonces mi tío...

--Es su padre.

Recordando en términos discretos la juventud tempestuosa del señor

Neris, la condesa reveló a Raúl el matrimonio escandaloso de su tío con

una mujer indigna que le había indispuesto con toda la familia hasta el

día en que, solo y abandonado con una hija en la cuna, había venido a

suplicar a su hermana que le acogiese en su casa.

--Sin dejar de desaprobar su conducta, cedí a sus súplicas en interés de

esa pobre niña y en el tuyo.

--¿En el mío?

--Sin duda. Esta complacencia te aseguraba las bondades de tu tío, muy

necesarias para establecerte, dada la exigüidad de tu patrimonio.

A través de los cristales, Raúl seguía con mirada curiosa al padre y a

la hija, a quienes veía bajo un nuevo aspecto. ¡Qué ternura, en efecto,

en los menores ademanes del anciano, en el largo beso que depositaba en

la frente de su hija cuando ésta se iba muy alegre hacia sus compañeras

y en la mirada con que le envolvía al desdoblar maquinalmente «Le Temps»

del día anterior!

--¿Cómo diablos no lo he sospechado?--dijo el diplomático encogiéndose

de hombros, humillado por su poca perspicacia.--Salta a la vista que es

su hija.

--Y su única heredera.

El joven se volvió como si le hubiera picado una mosca.

--¿Cómo es eso?

--¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.

--Es muy probable--murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el

bigote.

Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:

--¿Y yo, entonces?

--No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...

--Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!

--¡Raúl!

--¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza

quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana,

todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a

una medianía que no es siquiera dorada.

Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la

estera de China que cubría el suelo.

--Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...

Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible

sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado

insensiblemente al punto preciso en que le quería!

--¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te

da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que

pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces

Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...

--¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?

--Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la

que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo,

aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas

familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no

le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado,

aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la

generosidad asegurada de su suegro.

--Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere

un marido...

Liette · 第 4 / 11 段