visitar esa famosa isla de Jersey que los ingleses consideran como la
octava maravilla del mundo por la única razón de que tiene el honor de
ser inglesa, y también para comprobar el efecto de mi receta, pues sabe
usted, señora de Raynal, que pretendo ser su médico de cabecera.
--Entonces, doctor, la curación le hace a usted honor. Me encuentro
perfectamente bien con sus consejos.
--Sin embargo, ¿no es un poco imprudente el venir tan lejos?
--No, tomamos un coche...
--¿Uno de esos horribles armatostes?--dijo el conde haciendo un gesto
ante las muestras del género alineadas en la plazuela.--Deben de tener
peor movimiento que el barco...
--Usted lo verá acompañándonos a la Villa Blanca, donde le haremos los
honores.
--Con mucho gusto, querida señora, en cuanto deje la maleta en el hotel
de Francia, donde he tomado una habitación.
--¡Cómo! ¿Piensa usted alojarse en Granville?
--Eso no me impedirá ir con frecuencia a Saint-Pair si ustedes me
invitan...
Liette dejó ver una sonrisa de aprobación; le gustaba la delicadeza del
joven y la elogiaba. Raúl dejó a las dos señoras en la «Brecha de los
Ingleses» y les pidió permiso para ir a mudarse de traje mientras ellas
oían la música, prometiendo venir a buscarlas a las cinco para ir a
acompañarlas a su casa.
Su ausencia, no muy larga, no fue perdida para él, pues la de Raynal no
cesó de prodigarle elogios.
--¡Qué encantador caballero! Tan sencillo, tan amable, tan respetuoso
con las señoras... Enteramente como tu pobre padre, hija mía.
Liette no pensaba en interrumpirla, dulcemente mecida por aquellas
palabras acompañadas muy bajito por una melodía de Gounod.
A la hora convenida apareció el joven guiando una «Charrette» inglesa
tirada por un «poney» muy pacífico, según afirmó Raúl.
--Permítame usted que sea su cochero durante mi corta estancia aquí,
querida señora; me comprometo a no volcar.
La buena señora estaba radiante. Volver a Saint-Pair en aquel bonito
carruaje y en tan elegante compañía era una de esas satisfacciones de
vanidad pueril que halagaban más que nada a su frívola cabeza.
Dio señales de agradecer mucho la atención, y cuando se pararon en la
verja dijo al joven:
--Si no tiene usted miedo de una cocina de enferma, le pediré que
participe de nuestra comida.
Raúl buscó la autorización de aceptar en la clara mirada de Liette...
--Ya conoce usted los talentos culinarios de Mariana.
El joven aprovechó esta aprobación indirecta, y un instante después
estaba instalado debajo de la cubierta de cristales, al lado de la
viuda, que le contaba los chismes de la playa, escuchados por él con
resignación ejemplar, mientras Liette, improvisándose cocinera,
confeccionaba un plato de dulce para las circunstancias.
Fue aquella una velada deliciosa. En aquel marco tan bien hecho para
ella, Raúl, sensible como todos los refinados a las delicadezas
exteriores más que a las del alma, encontraba un nuevo encanto a la
modesta empleada de Correos, cuyas vulgares funciones olvidaba entonces
por completo.
Los días siguientes pasaron como un sueño. Candore, como un verdadero
paladín, iba todas las mañanas a tomar las órdenes de las señoras para
el día.
El tiempo estaba hermoso y había que aprovecharlo. Era la ocasión de
hacer expediciones románticas a La Lucerne y a Chanteloup.
¿Cómo rehusar? Estaba hecho el ofrecimiento con tanta amabilidad y la
enferma palmoteaba con tan infantil alegría... Liette no lo pensaba
siquiera. Por otra parte, era feliz, muy feliz, y se abandonaba a la
felicidad sin tratar de analizarla. ¡Había habido tan pocos días
floridos en el jardín de su severa juventud!
Íbanse a la ventura, sin más guía que un mapa de Estado Mayor, y caían a
veces en una ruidosa fiesta de pueblo o entre los empujones y el polvo
de un mercado de ganados.
Raúl hacía mil locuras para hacer aparecer una sonrisa en los labios
descoloridos de la madre o merecer una mirada de agradecimiento de la
hija.
Y había que ver a los vendedores, verdaderas sanguijuelas normandas que
adivinaban una presa fácil, seguirle los pasos, meterle en el bolsillo
pitos, rosquillas y golosinas y ponerle delante de las piernas rosados
cochinillos y rizados y blancos corderos.
--¡Cómpreme usted algo para su señora!
«¡Su señora!»
Por oír esas dos palabras, que ponían un tinte de rubor en las mejillas
de Liette, hubiera el conde despojado todas las tiendas y hecho la
fortuna de todos los ganaderos.
De este modo se llevaron triunfalmente de Breal un precioso corderillo,
«que acaba de dejar a la oveja, caballero, y que su señora de usted
podrá domesticar como un perro faldero.»
--Será un recuerdo de este día, que es el último--dijo Raúl dando un
suspiro.
En efecto, se marchaba al día siguiente. ¡Pero cuánto camino recorrido
en aquellos días, en sentido propio y figurado! ¡Cuánto camino por las
carreteras de Normandía y en el corazón de Liette!
Y es que el amor sincero es comunicativo, y, por primera vez, aquel
amante veleidoso estaba sinceramente enamorado.
¿Cómo se había apoderado ese sentimiento profundo y verdadero de aquel
estragado que había ido a Saint-Pair con las intenciones menos puras?
Raúl era un ser de impulsión más que de razonamiento, esclavo de su
imaginación y de sus nervios, tan incapaz de obedecer a fríos cálculos
como a la regla austera del deber.
En aquel cuadro de familia, en medio de aquella comodidad mundana que
tan bien se armonizaba con su elegancia natural y con su perfecta
distinción, nada le recordaba a la modesta empleada y el enamorado
estaba bastante entusiasmado para ver en ella la futura condesa de
Candore.
Ganada por su parte y sin darse cuenta de ello por la llama penetrante
de aquel amor que se estaba incubando hacía mucho tiempo en el fondo de
su ser, la tranquila, la prudente y severa Julieta, aturdida y fascinada
por una especie de vértigo, se abandonaba inconscientemente a la ola de
sensaciones nuevas, tumultuosas y confusas que turbaban vagamente su
alma virginal.
* * * * *
A unos cien pasos de la Villa Blanca, se elevaba, o más bien, se hundía,
hasta tal punto parecía una topera, una construcción gris aplastada bajo
un techo de bálago con una puerta baja y de medio punto y una estrecha
ventana guarnecida de dos barrotes en cruz en la que con frecuencia
danzaba una pálida luz a la sombra del crepúsculo.
Si algún paseante retrasado se aproximaba por azar, podía ver una
humilde capilla a la que se bajaba por tres escalones gastados y
desportillados y alumbrada por el resplandor tembloroso de unos cirios
casi consumidos, mientras alguna vieja de cabeza vacilante bajo la manta
bretona murmuraba una oración.
No había allí estatuas de mármol, ni custodias doradas, ni ricos vidrios
ni cuadros raros; solamente las cuatro paredes húmedas y agrietadas, el
tragaluz abierto por el que entraban libremente el viento, la lluvia y
la nieve o, a veces, un cálido rayo de sol y la imagen argentina de la
luna o de la estrella de los marinos; la puerta maciza como la de una
cárcel, abierta día y noche en el camino solitario sin temor de que
nadie encontrase nada que meter en las alforjas; unos bancos de piedra
incrustados en el suelo apisonado y alineados enfrente de un altar de
madera carcomida en el que se mostraba una grosera imagen de la Virgen
niña, apoyada en la falda de su madre, dos figuras angulosas y tiesas,
pero a las que el pintor primitivo, a falta de genio, había dado una
suavidad divina. Era la capilla de Santa Ana.
Además de la célebre peregrinación de Santa Ana de Auray, hay así
numerosos santuarios sembrados a todos los vientos en aquella tierra de
fe cándida, reputaciones de campanario muy reducidas hoy gracias a los
billetes de ida y vuelta que permiten a cualquier peregrino ir a
contemplar al mismo tiempo el Sagrado Corazón y la torre Eiffel, como lo
hace constar melancólicamente el delicioso autor de «Colás, Colasse et
Colette».
Sin embargo, la capillita en cuestión tenía aún sus fieles, escasos,
pero tenaces; aldeanas viejas apegadas a las antiguas costumbres como a
las antiguas modas, y que iban a quemar un cirio por la curación de
alguna enfermedad, rudos pescadores que en la tormenta han puesto su
confianza hereditaria en la Virgen que acogía los votos de sus padres, y
jóvenes prometidos, supersticiosos como todos los enamorados, que van a
encender dos cirios juntos cuya llama más o menos viva es el símbolo de
su amor.
A Liette le gustaba aquel rincón, poético vestigio del pasado que se
armonizaba mejor con sus inocentes prácticas que el cuadro moderno de
las iglesias parisienses. Todos los días iba a rezar por su querida
enferma y mientras se consumía lentamente el cirio ofrecido por ella, la
joven sentía poco a poco amortiguarse su dolor y disiparse sus temores,
ahuyentados como por un aletazo del pájaro místico de la esperanza,
refugiado en el más pobre tabernáculo.
¡Hace tanta falta creer y esperar cuando se sufre!
* * * * *
Liette se sentía aquella tarde cansada, triste y oprimida; una angustia
indefinible se había apoderado de ella y las primeras sombras del
crepúsculo, que ensombrecían la capilla helada aumentaban su malestar
inexplicable.
Arrodillada en el fondo del santuario vacío, en el que dormitaba la
vendedora de cirios, permanecía inmóvil y con el corazón oprimido.
¿Por qué?
Su madre no estaba peor, al contrario, sus fuerzas parecían renacer y la
anciana volvía a la vida.
Entonces...
¡Su madre! ¿No era su única preocupación y su único cuidado?
--¡Dios mío, consérvame a mi madre!--repetía, tratando en vano de
absorberse en la oración.
Pero esa oración maquinal no le devolvía la calma, ni el reposo ni la
paz...
¿Qué tenía?
En la puerta aparecieron dos sombras; eran dos prometidos.
Ambos avanzaron tímidamente, él dando vueltas al sombrero, y ella
echando una mirada furtiva a la parisiense. La guardiana, arrancada a su
sueño, sonreía con malicia mostrando sus cirios. Los novios eligieron
dos del mismo largo, los encendieron juntos gravemente y los colocaron
en el altar.
Después, cogidos de la mano, se quedaron silenciosos y recogidos, con
los ojos fijos en aquel frágil emblema de su amor.
Y cuando la mecha se carbonizaba, cuando la cera corría mal, eran de ver
sus frentes sombrías y sus pupilas mojadas. La operación fue larga
aunque los cirios eran modestos, pero los novios esperaron paciente y
pasivamente siguiendo las etapas de su común destino...
Un chisporroteo... Una llamarada más viva...
El cirio del mozo se apagó el primero.
--Mejor; así no te veré morir--exclamó con una especie de alegría
egoísta.
--Mejor; así estaré allí para ayudarte a morir--suspiró dulcemente la
novia, cuya cándida abnegación brillaba bajo la cofia blanca.
Y se fueron en la paz de la radiante tarde, cogidos del brazo...
Liette ocultó la cara entre las manos y lloró.
* * * * *
--¡Valor, Liette!
* * * * *
No había dicho aquello la tierna voz paternal, pero sí otra voz también
muy tierna.
Raúl estaba a su lado.
¿Había sorprendido aquella escena conmovedora que alteró el corazón de
la pobre niña como una repentina revelación? ¿Adivinaba lo que hacía
correr sus lágrimas? ¿Leía en sus ojos húmedos el secreto de su emoción?
La joven se levantó sobresaltada para esquivar su mirada y fingió estar
distraída en la elección de un cirio, que encendió y puso en el sitio
del de la bretona.
Después volvió a su banco y se arrodilló, con la cabeza entre las manos.
Cuando se levantó dejó escapar una exclamación; dos cirios estaban
ardiendo juntos, y, como los dos novios de hacía un momento, Raúl,
arrodillado al lado suyo, murmuraba a su oído:
--Liette, amo a usted. ¿Me ama usted a mí?
* * * * *
Al encontrarse en la pacífica casa del Correo, sentada en su estrecha
oficina junto al ventanillo ante el cual desfilaban las mismas caras
familiares, Liette hubiera podido creer que nunca había salido de allí.
La de Raynal, vuelta a caer en su atonía, dormitaba inerte y pasiva
recostada en su butaca junto a la ventana abierta. Las comadres la
saludaban al pasar con las mismas palabras de conmiseración, y el
cartero, poco hablador naturalmente, se llevaba militarmente la mano al
quepis y dirigía a la madre y a la hija una mirada de respetuosa
simpatía mordiéndose el duro bigote.
Saint-Pair, la Villa Blanca, el mar bretón, la campiña normanda, la
Brecha de los Ingleses, la capilla de Santa Ana, ¿era todo eso un sueño,
una ilusión, una quimera?
Liette estaba a veces por preguntárselo.
Un balido quejumbroso y una cabeza rizada que se apoyó en su falda,
respuesta indirecta a su pregunta, arrancáronle un suspiro involuntario.
--Silencio Breal, vas a despertar a mamá--dijo temerosa.
Lo que despertaba sobre todo el pobre Breal eran los ardientes recuerdos
que la joven hubiera querido adormecer para siempre; las locas carreras
por el polvoriento camino al galope del fogoso poney, los chasquidos
del látigo del cochero improvisado mezclados con los gritos de susto de
la de Raynal, los regresos melancólicos en las primeras sombras del
crepúsculo que borraban el paisaje y echaban en las olas como un velo de
viuda, el estrépito de la feria de Breal, el acento zalamero de la
aldeana:
--¡Un corderito para la señora!
Era sobre todo el instante supremo, en el recogimiento de la obscura
capilla, cuando conoció la inefable embriaguez de un amor correspondido.
¡Pobre Breal! Mago inconsciente, su voz evocaba aquel pasado
inolvidable, y mientras le regañaba un poco, Liette acariciaba
maquinalmente sus lanas de nieve como las imágenes engañadoras que
pasaban ante sus ojos soñadores.
* * * * *
No había vuelto a ver a Raúl ni a su familia, que se habían marchado
antes de su vuelta y estaban ya instalados en la Villa Blanca; pero
además de una correspondencia activa y cariñosa con su discípula, había
recibido varias cartas del joven conde a pesar de su formal prohibición.
En efecto, Liette no era mujer de abandonarse sin resistencia y sin
lucha a una pasión cuyos peligros le mostraba claramente su severa
conciencia.
Arrancándose a la emoción deliciosa en que la había sumido la
declaración espontánea de Raúl, se había dominado valientemente y,
mostrándole el callejón sin salida en que iba a meterse imprudentemente,
la habló el lenguaje imperioso de la razón y del deber.
Todo les separaba, nombre, posición y fortuna. La de Candore quería
seguramente para su hijo el brillante matrimonio que él tenía derecho a
esperar, y corresponder a sus bondades introduciendo la perturbación en
su casa era una verdadera falta de delicadeza.
--Olvídeme usted, amigo mío: olvide un momento de locura del que no
tardaría usted en arrepentirse. Separémonos sin remordimientos, ya que
no sin pesar. Nuestro bello sueño se rompería las alas contra las
brutales realidades de la existencia; devolvámosle su vuelo y mirémosle
perderse en el espacio entre una sonrisa y una lágrima. Este recuerdo
será para mí la florecilla azul cogida juntos y que se secará solitaria
en la mejor página del libro de mi vida. Para usted será el perfume
fugaz respirado al paso y al que no se mezclará ninguna amargura, y más
adelante, cuando seamos viejos, muy viejos, si el malicioso azar nos
reúne, tendremos la impresión fugitiva, pero exquisita, de haber sido el
uno para el otro menos que nada y más que todo.
Raúl no quería oír nada y le cerraba la boca con sus declaraciones
inflamadas y sus calurosas protestas, fraseología sentimental en la que
sobresalía y de la que se servía esta vez con una sinceridad más
comunicativa que su habilidad ordinaria.
La amaba, y el amor era la razón suprema y el supremo deber. La amaba, y
ese amor saldría victorioso de todos los obstáculos, cuya importancia,
por otra parte, se exageraba Liette. La amaba, y por la sola potencia de
ese amor, se comprometía a convencer a la señora de Candore y a obtener
su consentimiento.
--Pruebe usted--murmuró ella vencida.
Raúl se agarró a aquel medio consentimiento arrancado a su cansancio y
todo lo que Liette pudo obtener fue un mes de reflexión y la promesa de
guardar silencio con una y otra madre y de abstenerse hasta entonces de
todo paso y de toda carta... promesa a la que él se apresuró a faltar en
cuanto a este último punto.
«Perdóneme usted que infrinja su prohibición, Liette--le escribió al día
siguiente de su separación,--pero necesito dar a usted la fe que le
falta. Mal me juzga usted si cree que el tiempo puede modificar mis
sentimientos y si atribuye la declaración sincera y espontánea de mis
labios a un impulso irreflexivo y a una animación pasajera. Si cedí a
una tracción irresistible, no fue sin lucha ni combate. Hoy me confieso
vencido y ni mi corazón ni mi razón pueden hacerme avergonzar de mi
derrota. Pertenecemos a la misma clase; nada nos separa realmente, ni la
educación ni los gustos. Reconozco humildemente la superioridad de su
mérito de usted, de su carácter y de sus sentimientos, y ya sabe usted
que mi misma madre los ha reconocido muchas veces. Así, pues, no podrá
menos de aprobar mi elección y acoger a usted como a una hija
predilecta, digna hermana de nuestra Blanca que tanto quiere a usted. No
sea usted más severa que los míos, Liette; no se niegue a mi dicha, a la
suya y a la de la querida enferma a quien he dedicado los sentimientos
de un hijo.
«Una palabra de aliento y de confianza para darme el valor que tanto
necesito.»
A pesar de esta última súplica, que denotaba una inquietud y una
vacilación mal disimuladas bajo la aparente resolución de las primeras
líneas, Liette no respondió, firmemente decidida, aunque se rompiese su
corazón, a no salir de la reserva que le mandaban imperiosamente su
dignidad y su deber.
Raúl volvió a la carga.
«Me encuentro en estos lugares llenos de usted, donde las cosas, menos
crueles que su alma, me dan el aliento que usted me niega sin piedad. El
mar, con sus olas cambiantes como sus ojos de usted, y de voz grave como
la suya, meciendo mi dolor al ritmo de sus ondas me ha dicho
«Esperanza». Santa Ana, testigo mudo de nuestros esponsales, parece que
me sonríe y que murmura «Confianza». El verde campo, dormido bajo la
caricia del sol, el beso de la brisa y la canción de sus nidos, me ha
suspirado «Amor». Y todos me han gritado ¡«Anda»!
«¿No me lo repite usted también, Liette?»
Liette permaneció silenciosa.
En el fondo, Raúl no deploraba más que a medias el plazo que se le había
impuesto. La verdad era que la presencia de la señora de Candore
paralizaba un poco sus veleidades de independencia y no le disgustaba
dejar para más adelante una explicación embarazosa, de la que no estaba
seguro de salir con los honores de la guerra a pesar de sus
fanfarronadas. Así era que veía llegar el fin del mes con menos
impaciencia que inquietud.
* * * * *
El plazo había ya expirado.
Aquel día, al acabar de comer, Raúl pidió bruscamente a su madre el
favor de una entrevista particular, decidido a quemar sus naves.
Blanca, que contaba con él para una partida monstruo de tennis
organizada con una colonia americana compuesta de jugadores de mérito,
hizo una linda mueca de despecho.
--Otra vez me das esquinazo... Tu «amabilidad» empieza a pesarte. Ya nos
has dejado a mamá y a mí ir solas a Jersey... Y tú te lo has perdido...
--¿Por qué?
--Porque hubieras encontrado a una antigua amiga, que tenía el
privilegio de excitar tu elocuencia a falta de tu admiración... miss
Dodson, y miss Dodson sin anteojos.
Aunque preveía la alusión, la frente del joven se obscureció con una
sombra.
--¡Estás loca, Blanca!--dijo la condesa ligeramente contrariada por esa
salida intempestiva.
--No, mamá, te aseguro que he conocido muy bien de lejos a mi antigua
institutriz conduciendo un cochecito de niño.
Esta vez Raúl palideció a pesar suyo.
--¡Pobre muchacha!--dijo Neris con interés.--¿Estará reducida al papel
de niñera?
La de Candore, que no quitaba los ojos de su hijo, notó su visible
turbación y su frente se arrugó con un fruncimiento imperceptible.
--¿Vas a acompañar a Blanca, hermano?
--Ciertamente, querida Hermancia. ¿Vienes, pequeña?
Blanca presentó la frente a su madre y dijo a Raúl amenazándole con el
dedo:
--A ti no te doy un beso.
Pero como era incapaz de un enfado prolongado, cambió de parecer al
llegar a la puerta y dijo con gracioso aturdimiento lanzándose a
abrazarle:
--Ya me desquitaré mañana; te confisco por todo el día.
--Aprobado--respondió Raúl alegremente.
Mientras la joven se echaba a correr para alcanzar a su tío, la condesa
se dirigió a la cubierta de cristales seguida por el diplomático, que
iba mascullando su exordio.
--¿Tienes que hablarme, Raúl?--dijo la condesa.--¿Qué quieres? Yo
también tengo que decirte algo.
--Entonces, tú la primera--respondió cortésmente el joven, interesado en
aprovechar el menor plazo, aunque un poco alarmado por el tono de su
madre.
--Como quieras.
La condesa se recogió un momento y dijo:
--Es un asunto delicado, extremadamente delicado... del que hubiera
deseado no hablar todavía contigo... Pero hay en esto para mí un caso de
conciencia... En una palabra, se trata de tu excesiva familiaridad con
Blanca...
--¡Blanca! mi hermana...
Raúl que hacía un momento estaba literalmente sobre ascuas, miró a su
madre con verdadera estupefacción... ¿Estaba en su juicio?... ¿Sabía él
mismo lo que había oído?
--Blanca no es tu hermana--dijo gravemente la noble dama.
--¡Que no es mi hermana!... ¿Qué es entonces?
--Mi sobrina y tu prima.
--Entonces mi tío...
--Es su padre.
Recordando en términos discretos la juventud tempestuosa del señor
Neris, la condesa reveló a Raúl el matrimonio escandaloso de su tío con
una mujer indigna que le había indispuesto con toda la familia hasta el
día en que, solo y abandonado con una hija en la cuna, había venido a
suplicar a su hermana que le acogiese en su casa.
--Sin dejar de desaprobar su conducta, cedí a sus súplicas en interés de
esa pobre niña y en el tuyo.
--¿En el mío?
--Sin duda. Esta complacencia te aseguraba las bondades de tu tío, muy
necesarias para establecerte, dada la exigüidad de tu patrimonio.
A través de los cristales, Raúl seguía con mirada curiosa al padre y a
la hija, a quienes veía bajo un nuevo aspecto. ¡Qué ternura, en efecto,
en los menores ademanes del anciano, en el largo beso que depositaba en
la frente de su hija cuando ésta se iba muy alegre hacia sus compañeras
y en la mirada con que le envolvía al desdoblar maquinalmente «Le Temps»
del día anterior!
--¿Cómo diablos no lo he sospechado?--dijo el diplomático encogiéndose
de hombros, humillado por su poca perspicacia.--Salta a la vista que es
su hija.
--Y su única heredera.
El joven se volvió como si le hubiera picado una mosca.
--¿Cómo es eso?
--¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.
--Es muy probable--murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el
bigote.
Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:
--¿Y yo, entonces?
--No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...
--Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!
--¡Raúl!
--¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza
quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana,
todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a
una medianía que no es siquiera dorada.
Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la
estera de China que cubría el suelo.
--Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...
Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible
sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado
insensiblemente al punto preciso en que le quería!
--¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te
da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que
pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces
Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...
--¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?
--Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la
que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo,
aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas
familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no
le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado,
aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la
generosidad asegurada de su suegro.
--Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere
un marido...