preciosa porque la dama no las prodigaba; pero apreciaba a la
institutriz en su justo valor y no temía decírselo. Con una
condescendencia rara en ella, colmaba a aquellas señoras de atenciones y
de regalitos, les enviaba frutas de su jardín y flores de su estufa y
hasta invitaba a su hijo a unir al envío alguna banasta de caza.
Algunas veces se encargaba el mismo Raúl de la comisión y, escogiendo
discretamente un momento en que Liette estaba ausente, entraba en el
Correo a vaciar su morral y tragaba sin pestañear las interminables
divagaciones de la viuda, que se despachaba a su gusto con aquel
interlocutor complaciente... pero no desinteresado.
Al hacer la corte a la madre evitaba el comprometer a la hija y su causa
no perdía, al contrario, por ser defendida por un tercero. Con su
imprudencia ordinaria, la buena señora no cesaba de hablar de «aquel
buen don Raúl», y era imposible a la conciencia más timorata alarmarse
lo más mínimo por sus asiduidades.
De este modo no había ninguna alarma en la de Candore, ninguna
desconfianza en la institutriz, y Raúl llegaba pacíficamente a sus fines
por caminos de travesía.
* * * * *
A principio del verano la salud de la señora de Raynal se alteró
sensiblemente. Ya delicada y débil, verdadera planta de los Trópicos
cuidada en estufa, no ofrecía ninguna resistencia a la anemia abrumadora
que la había invadido lentamente e iba pereciendo de día en día a pesar
de los cuidados minuciosos que se le prodigaban.
Acurrucada en su butaca al lado de la ventana y envuelta en chales y
mantas a pesar del ardiente sol de junio, cuyos rayos espolvoreaban de
oro el estrecho despacho, permanecía allí largas tardes con la mirada
vaga, sin hablar y acaso sin pensar, las manos inertes, y los párpados
medio cerrados como esos pobres pajarillos de las islas que esconden la
cabeza debajo del ala sin que nada pueda sacarlos de su sopor.
Síntoma alarmante; no se interesaba ya por los ruidos de la calle ni por
la charla de las comadres, no levantaba los ojos al ruido de los zuecos
en la calle, ni al de los coches del notario o del médico, no hacía caso
de las voces de las vecinas que iban a informarse de la salud de «la
querida señora».
Se acabó la interminable charla que zumbaba en los oídos de la joven
empleada; se acabaron los sempiternos discursos tan difíciles de
escuchar haciendo una suma. ¡Ay! ya no había que temer errores en las
cuentas; sólo turbaba el pesado silencio el ruido monótono del reloj y
la ronca voz del cartero, y las palabras más afectuosas y las más
tiernas caricias no lograban arrancar a la enferma más que una sonrisa
pálida y lánguida.
Solamente Raúl tenía el privilegio de alegrarla un poco; sus visitas,
aunque frecuentes, resultaban para ella escasas.
Cuando su elegante silueta aparecía en la esquina de la calle animaba la
cara de la viuda un reflejo de vida. Siempre era ella la primera que le
veía, y decía guiñando sus ojos de miope:
--Ahí viene don Raúl; ¿qué traerá hoy?
Con una solicitud y una amabilidad que conmovía profundamente a la madre
y a la hija, el joven se proporcionaba el placer de satisfacer los
caprichos de la enferma, y sabe Dios si los tenía.
Un día era un cesto de dátiles impacientemente deseados y que la anciana
devoraba con avidez; otras veces granadas, plátanos o nueces de coco que
engañaban apenas la repugnancia de su estómago gastado.
En vano insistían para hacerla bajar al minúsculo jardinillo en el que
florecían algunas dalias multicolores y un modesto cuadro de rosales.
--¡Están tan débiles mis piernas!--gemía.--Además, necesitaría que mis
negritos me llevaran como en otro tiempo en mi hamaca.
Al día siguiente estaba allí la hamaca de Blanca colgada a la sombra de
un quitasol, y Raúl se ofrecía alegremente a embadurnarse la cara de
negro como el Nelusco de la Africana, para completar el programa.
--La verdad, no se atreve ya una a expresar el menor deseo--suspiraba la
buena señora encantada columpiándose con un gozo de niña mientras el
conde la abanicaba gravemente con un marabú.
Acaso el papel de Raúl no era el más agradable y hubiera él preferido el
de Blanca, que acompañaba generalmente a su amiga y se esforzaba por
consolarla mientras él divertía a la madre. Pero hubiera sido imprudente
invertir los papeles y el provecho hubiera sido menor.
En efecto, la abnegación de Raúl no era perdida. Aquella ingrata tarea
debía producirle grandes intereses, y cuando la de Raynal le proclamaba
irresistible, estaba muy cerca de la verdad.
A la dolorosa angustia que le oprimía el corazón se mezclaba en Liette
un sentimiento muy dulce del que no pensaba en desconfiar ni en
defenderse; era el agradecimiento y nada más...
* * * * *
El médico del pueblo se mostraba poco tranquilizador.
--No hay atacados órganos esenciales--diagnosticaba,--pero todo el
organismo está alterado. Haría falta una energía moral que nos falta
completamente, lo que nos entrega atados de pies y manos a lo
desconocido.
Mandaba tónicos, un régimen fortificante, ejercicio y aire libre, pero
la enferma no quería oír hablar de nada de esto y declaraba que la vista
de una chuleta le daba náuseas y que el más corto paseo la mataría
seguramente.
Liette, desolada, pensaba ir a Amiens a consultar al doctor Duplan,
joven profesor ya famoso en la región y condiscípulo del señor de
Candore, pero ante la idea de semejante viaje la enferma ponía el grito
en el cielo.
--Te lo ruego, hija mía, déjame morir en paz--repetía en tono
doliente:--creo que no pido mucho.
Lágrimas, razonamientos y súplicas, todo fue inútil. Liette estaba
desesperada, cuando una mañana se presentó Raúl en el correo con el
sabio médico.
--Mi amigo el doctor Duplan, que viene a pasar unos días en el castillo,
invitado por mí, tendrá mucho gusto en ponerse a la disposición de
usted. Espero que nuestra querida obstinada no se negará a recibirle.
Esta vez el corazón de la joven se fundió ante la ingeniosa delicadeza
del procedimiento y, en un impulso espontáneo, ofreció las dos manos al
diplomático.
--¡Es usted bueno; gracias!--dijo con las lágrimas en los ojos y una
mirada tan elocuente que el médico se quedó deslumbrado y no pudo menos
de decir a su amigo cuando salían:
--Querido amigo, una mirada semejante vale más que los honorarios.
El sabio fisiólogo había conocido a primera vista una de esas
enfermedades de languidez en las que la inercia del enfermo paraliza los
esfuerzos del médico y en las que el abatimiento moral hace inútil la
ciencia más profunda.
--Tendrá usted que usar de toda su influencia, señorita, para galvanizar
esta energía que se apaga. La distracción de un viaje y el aire puro y
vivificante del mar tendrían acaso un efecto saludable.
La cosa presentaba numerosas dificultades, pero todos se emplearon en
suprimirlas. El señor Hardoin, en relación con el director de Correos
del departamento, obtuvo fácilmente una licencia de un mes. Neris, gran
accionista de varias compañías, sacó un doble permiso de circulación
gratuita. En fin, para evitar a la enferma la promiscuidad penosa del
hotel, Blanca le ofreció amablemente una deliciosa quinta que llevaba su
nombre, que su tío había hecho edificar para ella en Saint-Pair, en el
camino de Granville, y a la que la familia debía ir en el mes de agosto.
Raúl se reservó la misión ardua y delicada de arrancar el consentimiento
de la principal interesada, pero la cosa fue más fácil de lo que se
suponía. La de Raynal, refractaria a un corto viaje a Amiens, se dejó
seducir por la perspectiva de una expedición elegante, rodeada de un
lujo y de unas comodidades que halagaban su orgullo de niña mimada, y el
joven agregado de embajada obtuvo un éxito de buen agüero para su
carrera diplomática.
* * * * *
El carruaje dejó las calles tortuosas de Granville y tomó el camino de
Saint-Pair.
Era uno de esos vehículos prehistóricos de forma anticuada y muelles
rechinantes que salen de no se sabe qué depósito de antiguallas para la
temporada balnearia y en los que se amontonan dócilmente las más
elegantes parisienses, cuyos frescos y airosos trajes hacen resaltar más
la desagradable vejez de las banquetas de terciopelo ajado.
El caballejo, de una delgadez inverosímil, como si hubiera ayunado todo
el invierno, parecía un fantasma de caballo tirando de un fantasma de
coche y que hacía pensar en los versos de Scarron:
Se ve la sombra de un lacayo
Cepillar la sombra de una carroza
Con la sombra de cepillo.
En cambio el cochero, con su blusa azul formando globo alrededor de un
vientre respetable, presentaba un aspecto regocijado y exuberante de
salud, que contrastaba con las facciones pálidas y demacradas de la
enferma, lánguidamente echada en los almohadones hundidos y que apenas
levantaba los párpados para contemplar un instante el magnífico panorama
que deslumbraba a su joven compañera.
Nada, en efecto, más pintoresco en su uniformidad que aquel camino que
costea el mar durante más de tres leguas para ir a parar en la punta de
Carolles.
No hay allí los altos acantilados normandos tras de los cuales se
ocultan las olas que van a romperse a sus pies con sordos mugidos como
los golpes de una invisible catapulta. Vense en cambio aglomeraciones de
sombrías rocas de aristas cortantes y que la blanca espuma hace parecer
más negras todavía como el carbón bajo la nieve; una larga banda de
dorada arena, lisa como las calles de un jardín inglés, donde, para
completar la semejanza, las jóvenes misses juegan al crocket en la marea
baja; y el mar, ese mar azul de tonos cambiantes de zafiro, de
esmeralda, de rubí y de amatista que refleja a veces el azul del cielo y
a veces los horrores del infierno.
Es aquello todavía la costa normanda, pero es el mar bretón, ese mar
inolvidable, «cautivador de almas» según la justa expresión de un poeta
ignorado, mar acariciador y terrible, dulce y suave como el terciopelo,
claro y transparente como el cristal o rugiente y amenazador, erizado de
picos monstruosos y de insondables cráteres.
--¡Qué hermoso es esto, madre, qué hermoso!
Presa de una especie de éxtasis, Liette contemplaba ávidamente aquella
inmensidad hinchada de vida, aquella buena nodriza que vierte a sus
hijos la salud, el vigor y la fuerza y que iba acaso a devolverle su
madre.
Y la joven juntaba las manos en un ademán de ferviente súplica.
--¿Llegamos pronto?--preguntó la de Raynal después de una mirada vaga y
distraída al maravilloso cuadro.
El cochero, que había oído la pregunta, designó con la punta de la fusta
un campanario nuevo que levantaba su esbelta flecha por encima de los
techos en los que dominaba todavía la paja característica de las
cabañas.
--Eso es Saint-Pair y esa la villa Blanca--añadió parando delante de una
de las bonitas casas construidas en la costa.
La «Villa Blanca» merecía su nombre y en medio de las edificaciones
multicolores y de las quintas chillonas en que se complace la
extravagante fantasía de arquitectos delirantes se distinguía por su
elegante sencillez y por su fachada inmaculada.
Era blanca la casa, blancas las persianas, blanca la verja, blanca la
tienda de campaña de blanco pabellón ya levantada en la playa, blanca la
lancha amarrada a la orilla; blancos los rosales que florecían en los
cuadros, los geranios que adornaban la entrada y los claveles que
perfumaban el jardín.
Dentro como fuera, cortinas, alfombras y muebles de laca, todo era
blancura propia del nido virginal escogido para los dieciséis años de la
exquisita y pura niña, objeto de tan tierna solicitud.
--¡Querida Blanca! Pensar que nos abandona estas lindas
cosas...--murmuró Julieta llena de agradecimiento.
La de Raynal manifestaba una alegría de niña; encontrábase en su
elemento y recibía con majestuosa condescendencia, digna de la condesa,
los homenajes de la jardinera, que cuidaba el inmueble y que fue a
ponerse a las órdenes de los «parientes» de sus propietarios, como
aquellas señoras habían sido designadas, por una ingeniosa delicadeza,
en la carta anunciando su llegada y poniendo generosamente la casa a su
disposición por todo el mes de julio.
A pesar del cansancio del viaje, la enferma, encontrando una energía
ficticia en la alegría íntima que le causaba aquella plenitud de
bienestar y de comodidad, quiso inspeccionar sus dominios de un mes.
Una tras otra, inspeccionó todas las piezas de la casa, jugando «a los
propietarios» como los niños «a las personas mayores» y aprobándolo o
criticándolo todo con un aplomo y una convicción de las más graciosas.
Tan bien representaba su papel, que se engañaba a sí misma, y si la de
Candore se hubiera presentado de pronto casi la hubiera recibido como
invitada.
--Es fastidioso que se te haya olvidado mi hamaca, hija mía. La
hubiéramos instalado en la escalinata.
--Hubiera sido inútil, mamá--respondió Liette sonriendo y mostrando una
hamaca que se columpiaba en la cubierta de cristales.
--Estoy segura de que es una atención de ese querido don Raúl--exclamó
la criolla muy gozosa; sabe que no puedo pasarme sin ella.
Al oír el nombre del amigo fiel y adicto, la clara mirada de Julieta se
empañó con una sombra de melancolía. ¡Iba a estar un largo mes sin
verle! Y una pena vaga e inconsciente le arrancó un involuntario
suspiro.
Pero no tuvo tiempo para abandonarse a esta impresión.
Impaciente por ver y por ser vista, su madre quería dar una vuelta por
la playa. Apoyada descuidadamente en el brazo de su hija como una débil
y flexible caña, levantaba su talle prematuramente encorvado y andaba a
pequeños pasos, con el pecho oprimido, pero con un poco de rosa en las
mejillas y un poco de llama en los ojos. Así llegó lentamente a la
tienda de campaña objeto de admiración de los bañistas modestos
reducidos a una simple caseta decorada con oropeles chillones o con
adornos japoneses baratos.
En aquel comienzo del verano no había más que gentecilla; matrimonios
viejos y económicos y jóvenes mamás que aprovechaban de su libertad
relativa para gozar de aquel delicioso mes de julio tan a propósito para
las vacaciones con sus días interminables.
Los niños, sin pensar en su próxima esclavitud, jugaban entusiasmados y
se mojaban en los pequeños estanques que hacían con las manos.
La de Raynal, repantigada en una mecedora, sonreía benévolamente a toda
aquella familia menuda y se interesaba por las diminutas pescadoras que
iban, rojas de placer, a hacerle admirar su cosecha de «frutti di mare»,
y por los precoces ingenieros que plantaban gravemente una bandera en
los minúsculos fuertes que habían construido con la arena.
--¿Te acuerdas, Liette, del hermoso castillo de juguete que hizo
construir tu padre en Trouville cuando no eras más alta que esos niños?
La buena señora se animaba, y ante aquel flujo de vida que galvanizaba
sus facciones ya fijas por la helada mano de la muerte, Liette volvía a
la esperanza...
--¿Quién sabe?
* * * * *
Por la noche, cuando vio a su madre dormirse con un sueño tranquilo,
reparador y poblado de ensueños felices que hacían dibujarse una
fugitiva sonrisa en sus descoloridos labios, Julieta se sentó ante el
escritorio de plata con las iniciales de Blanca, y, dejando rebosar su
alma henchida de gratitud, escribió largamente a su amable discípula.
«En fin, hija mía--decía al terminar,--gracias a usted y a sus queridos
padres he conocido hoy un fulgor de esperanza, muy débil, por desgracia,
y que se apagará probablemente mañana. Pero ni vientos ni tempestades
podrán nunca apagar en mi corazón la llama eterna de mi viva gratitud
por tan afectuosa bondad, y ruego a Dios que me permita un día dar a
ustedes la prueba, aunque sea a costa de mi propia dicha...»
* * * * *
Hacia la segunda quincena de julio, un hombre y una mujer, ambos
jóvenes, seguían lentamente el muelle de Saint-Helier donde se agolpaba
ya la multitud de las primeras hornadas de viajeros, gentlemen
apopléticos, secas ladies y rubias misses montadas al aire, «smala» de
viajeros que están dando la vuelta al mundo con gravedad sacerdotal y
que contrasta por su tiesura y su flema británica con la exuberancia y
la «furia francesa» de nuestros compatriotas que han huido
momentáneamente del mostrador o de la oficina y se maravillan
cándidamente de verse tan lejos de la calle Saint-Denis... o del
ministerio.
El hombre llevaba con desenvoltura un elegante traje de viaje y unos
gemelos en bandolera.
Ella, muy sencilla, iba empujando uno de esos encantadores cochecitos
ingleses, obra maestra de la industria nacional de ese pueblo pesado y
prosaico de ordinario, pero de un gusto tan delicado y refinado en todo
lo que se refiere a la infancia.
Eran Raúl de Candore y nuestra antigua conocida Juana Dodson, cuyos ojos
azules desembarazados de los anteojos, se fijaban con amor en el
precioso niño dormido en los almohadones y cuya cabecita rubia
desaparecía a medias bajo la capota rosa querida de Kate Grenavay.
--¡Todavía una hora!--exclamó el conde consultando un bonito reloj de
caza.
--¡Más de una hora!--suspiró la joven inclinándose con un ademán lleno
de gracia hacia el niño, cuya pura frente se humedeció con una perla que
le hizo fruncir la bonita nariz como un gatito molestado por una mosca.
¡Qué hermoso es! Y cómo se parece a ti...
Raúl se encogió de hombros irreverentemente.
--Palabra de honor, Juana, creo que estás loca. Todos los recién nacidos
se parecen entre sí mucho más que a sus autores; pero tú eres tan
romántica...
--¿Yo?
--¡Pardiez! Ha sido disparatada esta idea de dejar Londres en vísperas
de ir yo, para venir a instalarte aquí con el pretexto de que se ven las
costas de Granville...
--Eres injusto, amigo mío; yo no podía esperar indefinidamente un
regreso siempre diferido cuando el médico juzgaba a nuestro hijo enfermo
y mandaba el aire del mar.
--Hay otras playas que no son Jersey, me parece. ¿Por qué no has ido a
Brighton?
--Aquí tenía a mi antigua nodriza para ayudarme a cuidarle, y además...
--¿Creías que yo atravesaría todos los días a nado este brazo de mar,
como atravesaba el Helesponto el bello Leandro?
--Te burlas, pero el respirar el mismo aire que tú, era también la
dicha...
--Decididamente, querida, puedes dar cruz y raya a las sentimentales
grisetas de Murger y no tienes ni pizca de ese espíritu práctico de que
se jactan los hijos de la prudente Albión.
--Tienes razón, Raúl. De otro modo no hubiera soportado tanto tiempo
esta situación intolerable, cuyo fin no veo, a pesar de tus promesas.
--¿Mis promesas?
--¿Soy tu mujer, sí o no?
--Montaigne diría: Quizá, y Rabelais: ¿Quién sabe?
--¡Raúl!
--¡Diablo! Inglaterra y Francia no están de acuerdo en este punto, como
en tantos otros... Un simple aprendiz de diplomático no puede cortar el
nudo gordiano tan fácilmente como Alejandro.
--Me has engañado indignamente.
--Vamos a ver, querida Juana, tenemos apenas un cuarto de hora, y no hay
tiempo para una querella y una reconciliación. ¿Quieres que empecemos
por el fin? En el fondo, ya sabes que te amo.
La pobre miss era incapaz de resistir a la inflexión tierna y
acariciadora de aquella voz burlona de ordinario, y suspiró, mas que
dijo, levantando hasta él los ojos llorosos:
--¡Ay! no pido más que creerte.
--Y yo no te pido más que un poco de paciencia, niña querida. No
comprendes las dificultades de mi situación, que es muy sencilla sin
embargo. No tengo patrimonio personal, o muy poco. Estoy, pues, obligado
a grandes precauciones y tengo que contar, no sólo con mi madre, sino
con mi tío, y no violentar las cosas, en el mismo interés de este
caballero.
--No reclamo para él más que tu nombre.
--El nombre haría muy mal papel sin la fortuna, amiga mía.
--Lo poco que yo tengo...
--Lo poco que tú tienes podría apenas bastar para tu hijo, pero de
ningún modo para el vizconde de Candore. Sé, pues, razonable, te lo
ruego, y ten confianza en mí como yo en ti. ¿Piensas que te dejo con
gusto, joven y bonita como eres, expuesta a todas las tentaciones del
aislamiento?
--Yo no estoy sola.
--¡Bah!... ¿Crees que este es un guardia de corps suficiente?
Se echó a reír jugando con el pequeño, que acababa de despertarse y
trataba de cogerle el bastón.
Medio tranquila, la madre sonreía ante este gracioso espectáculo.
De repente una campana de a bordo llamó a los pasajeros retrasados e
hizo palidecer a la pobre Juana, que vaciló en el brazo de su compañero.
--¡Ea! adiós, querida mía--dijo Raúl separándose suavemente.
--¿Adiós?
--No, hasta la vista. ¡Qué purista eres!
--Dale un beso, Raúl...
--Por supuesto; más bien dos que uno.
El joven rozó con su rubio bigote la frente sonrosada del niño.
--Ahora a la mamá, dijo.
Juana se acercó a él y dijo estremeciéndose.
--¿Volverás?
--Sin duda...
--¿No me olvidarás?
--¡Qué tontería!
Iba Raúl a meterse en el barco cuando ella apoyó la mano en su hombro y
le dijo gravemente y con una firmeza que cuadraba mal con su fino y
vaporoso perfil de rubia:
--Quiero creerte y te creo; pero te lo suplico, no abuses de mi
credulidad y de mi paciencia, pues ahora tengo un hijo a quien defender,
y le defenderé.
--¿Amenazas?
--No, una advertencia.
--Querida niña, si tuviera tiempo te demostraría que entre tú y yo no
puede haber nada más torpe ni más inoportuno. Pero oigo el segundo toque
y prefiero olvidar esta declaración intempestiva a exponerme a oír otra
más difícil de digerir.
* * * * *
Un instante después el vapor navegaba hacia Granville y el puerto
erizado de blancas velas, las negras chimeneas y las murallas de granito
desaparecían en lontananza; pero Raúl, apoyado en la borda, creyó
distinguir por mucho tiempo una esbelta silueta de mujer que levantaba
un niño por encima de la cabeza.
Por fin todo desapareció, y, desagradablemente impresionado por esa
vista y por las últimas palabras de Juana, Raúl se puso a pasear por el
puente lleno de gente y se esforzó en vano por ahuyentar el malestar que
le causaba aquella despedida profética.
Pero pronto dominaron su ligereza y su escepticismo, y encogiéndose de
hombros murmuró:
--¡Bah! amenazas de mujer.
* * * * *
Raúl olvidaba a la madre...
* * * * *
Fue aquel para la de Raynal un período de alivio y de calma. Fuese por
la distracción, por el cambio o por el aire vivificante y saludable,
nadie hubiera conocido a la agonizante de la víspera, de movimientos
cansados, mirada muerta y piernas inertes en la intrépida paseante que
se veía con frecuencia en la «Brecha de los Ingleses», en el jardín de
la «Villa Blanca», en el casino de Granville y en la playa de
Saint-Pair.
En efecto, poco sensible a las bellezas de la naturaleza, la indolente
criolla, que no hubiera dado dos pasos para admirar el más maravilloso
paisaje, no retrocedía ante media legua para ir a ahogarse en una sala
de concierto escuchando a algún cantante parisiense mientras protestaba
llena de convicción:
--Es por ti, hija mía, exclusivamente por ti. Es preciso que te
distraigas y no te encierres en una alcoba de enfermo.
Liette no regateaba nada de esto; era muy feliz. Después de las mortales
angustias que acababa de pasar, su corazón se dilataba con esta nueva
esperanza:
--¡Dios me conservará mi madre!
--Bien puedes dar las gracias a ese buen don Raúl decía la enferma;--sin
él, nunca me hubiera decidido a semejante viaje.
No era necesario recordárselo; demasiado pensaba en ello Julieta. El
pensamiento de la criatura se mezclaba involuntariamente al del Creador
en sus acciones de gracias.
Así fue que el día en que vieron desembarcar al conde entre los
pasajeros que venían de Jersey experimentaron más alegría que sorpresa,
hasta tal punto le tenían presente en la memoria.
El joven, por su parte, hizo un gesto de vivo placer en cuanto las vio y
dijo acercándose a ellas con la maleta en la mano:
--No esperaba la buena fortuna de encontrar a ustedes al llegar al
puerto. Cuento, sin embargo, con que no creerán ustedes que hubiera
esperado a mañana para ir a presentarles mis homenajes y a pedir
noticias de mi enferma... que veo que son buenas a juzgar por su cara.
--¿Verdad que sí?--dijo vivamente Liette radiante;--mamá está mucho
mejor, gracias a Dios.
--Y a usted, querido don Raúl--añadió aturdidamente la viuda;--no nos
cansamos de repetirlo.
Raúl no recogió la frase, pero tomó nota de ella con íntima fatuidad.
--Le creíamos a usted en Londres--dijo la joven para cambiar de
conversación.