señora despertándose un instante de su sopor;--ciertamente este país no
me gusta gran cosa; es frío y feo; pero una madre debe sacrificarse
siempre por su hija, y me resigno sin quejarme.
Si el sacrificio era discutible, la resignación silenciosa no lo era
menos, y la de Raynal no tenía más que una excusa para alabarse así, que
era su absoluta buena fe. En realidad, a pesar de su expresión lánguida,
tenía en su charla la volubilidad de un chorlito y una necesidad
irresistible de expansiones íntimas.
Ahora bien, siendo limitado el número de las confidentes, se mostraba
cada vez menos difícil y descendía cada día un grado en escala social.
Después de haber depositado sus quejas en el seno de algunas damas
(exempleada de Correos, mujer del recaudador, hermana del cura) que
componían a sus ojos la burguesía de Candore, se había vuelto hacia la
agricultura (granjeras, molineras, etc.) y después hacia el comercio
(mercera, panadera, tendera de comestibles) para caer al fin en el
ínfimo pueblo (lecheras o simples criadas), a quienes regalaba con el
relato circunstanciado de su vida: grandeza y decadencia; desde su
infancia dorada en la plantación de su tío, donde tenía cuatro negras
(sí, señora) para su servicio personal, hasta el retiro prematuro del
comandante, enumerando complacientemente sus triunfos mundanos en cada
guarnición.
Esta intemperancia de lenguaje y las marcas de conmiseración que
provocaban, no eran del gusto de Liette; pero el respeto filial ahogaba
las sublevaciones de su delicadeza y, replegándose más aún en ella
misma, oponía una política reserva a todas las insinuaciones y rehusaba
sistemáticamente las invitaciones que les proporcionaban las maneras más
atrayentes de la viuda, con gran desesperación de ésta, que suspiraba en
medio de sus trapos y sacaba los trajes «aún muy presentables» que
hubieran acabado de deslumbrar a la buena gente de Candore.
Solamente Hardoin, poco simpático a la comandanta por la bondad burlona
que oponía a sus jeremiadas, inspiraba a su joven vecina una confianza
hija de la mutua simpatía.
Al principio de su instalación, deseando encontrar lecciones para
aumentar su pobre presupuesto, se había dirigido a él para que la
recomendase a su clientela.
Desde las primeras palabras sencillas y dignas que expusieron brevemente
su situación, el notario comprendió que estaba enfrente de un carácter,
y deponiendo la gravedad fingida al mismo tiempo que los anteojos que
velaban de ordinario su mirada escrutadora, como si fuera inútil la
precaución con aquella alma leal puesta al desnudo, se mostró a su vez
bajo su verdadero aspecto y estuvo tan francamente benévolo y cordial,
que la huérfana quedó profundamente emocionada y se separaron siendo ya
amigos.
Desde entonces no le escaseó ni los buenos consejos ni los buenos
oficios, y gracias a él pudo entrar en el castillo en condiciones
inesperadas.
Liette tuvo, sin embargo, que romper por un día el retiro voluntario que
tanto desolaba a la comandanta.
Era el cumpleaños de Blanca, y, con esta ocasión, la condesa daba una
comida íntima a la que las dos señoras fueron convidadas de un modo que
no permitía el rehusar. Por otra parte, la viuda manifestaba tal
alegría, y se mostraba tan encantada de «aquella nueva entrada en el
mundo», que hubiera sido crueldad el impedírselo.
--Como comprendes, hija mía, me vuelvo a encontrar en mi esfera--dijo
repantigándose en los almohadones del coche amablemente enviado por la
castellana y respondiendo con una señal protectora de cabeza al saludo
de la gentecilla que examinaba desde su puerta el traje de las
«parisienses».
--¿Estás contenta, mamá?
--Por ti solamente, querida; a tu edad es preciso no enclaustrarse como
una abuela. Además, esas señoras han estado verdaderamente encantadoras
y llenas de deferencias por mí; y una reserva inoportuna hubiera podido
perjudicarte...
--Es posible...
--Y hacerte perder tu situación.
Liette no respondió.
Era, en efecto, una suerte inesperada en su desgracia el haber
encontrado aquella plaza fija y bien retribuida, que le evitaba las
lecciones sueltas, tan ingratas como mal pagadas.
Dijo, pues, ahogando un suspiro:
--Tienes razón, querida mamá; pero ¿qué quieres? me da miedo el mundo.
--¡El mundo en semejante agujero! Aquí no hay más que personas
conocidas, como el notario y el cura, y salvo el joven conde, no veo de
quién puedes tener miedo.
La buena señora no sabía qué razón tenía.
En el fondo de sí misma y por un sentimiento muy femenino, Liette temía
y deseaba al mismo tiempo conocer al fin a aquel Raúl del que se hablaba
tanto en el pueblo y a quien ella había sólo vislumbrado desde la
ventana al despertar por primera vez en Candore.
¿Era simple coincidencia, prudente disimulo o cálculo habilidoso? Ello
fue que aquella hábil reserva tuvo igual éxito con la condesa y con
Julieta.
La una no había podido sospechar el interés ya muy vivo de su hijo
respecto de la otra, y ésta no había sentido ninguna desconfianza
respecto de un ausente. A pesar de su alta razón, no podía menos de
sentir un poco de esa curiosidad sembrada por la serpiente en el alma de
Eva y que la más perfecta de sus nietas no consigue ahogar
completamente.
En esta disposición de ánimo completamente favorable colocó su manita
enguantada en el brazo del joven agregado, mientras Neris ofrecía el
suyo a la señora de Raynal. Era la primera vez después del luto que las
dos pobres mujeres se encontraban en un salón elegante de otro modo que
como solicitantes y en medio de aquella atmósfera de comodidades en que
habían vivido tanto tiempo.
La condesa puso en su acogida ese tacto exquisito, esa rara urbanidad
que no dan con frecuencia ni el nacimiento ni la fortuna y que ella
poseía en alto grado. No pareció que recibía a la humilde empleada y a
su madre, sino a dos mujeres de la buena sociedad iguales a ella por la
clase y la educación, y este matiz imperceptible acarició dulcemente a
sus almas doloridas.
Todos, por lo demás, se mostraron al unísono con la castellana. Neris,
con una coquetería de anciano, desplegó todas las seducciones de un
espíritu todavía joven y siempre amable evocando los lejanos recuerdos
del tiempo en que, joven, bella y amada, la de Raynal se le había
aparecido radiante del brazo de su esposo bajo aquel hermoso cielo de
África...
--¡Casi el cielo natal! suspiraba con una sonrisa melancólica en los
labios!
Raúl, por su parte, afectaba las maneras discretas, respetuosas y casi
tímidas de un hombre de mundo ante una simple joven, lo que, por poco
coqueta que fuese, era para la austera institutriz la más delicada
adulación.
Mujer antes de tiempo por las penas, las pesadas cargas y las duras
realidades de la vida, Liette seguía siendo una muchacha por su
mentalidad, por su corazón y por sus ilusiones, y era caritativo el
recordarle de un modo tan hábil que sus veinte años resplandecían
también en su cara.
Raúl, muy experto en la materia, no había dejado de echar de ver la
impresión producida y se aplaudía por la metamorfosis de que era autor.
Como el mármol parece animarse y tomar forma bajo la mano de un artista
inspirado, así la rígida empleada, cuyas severas facciones parecían
ignorar la sonrisa, reía ahora con todos sus hoyuelos y con un confiado
abandono de colegiala.
Con cómica gravedad, el joven reclamaba también el honor de un antiguo
conocimiento.
--No tenía usted ya trece años como cuando mi tío tuvo la buena fortuna
de serle presentado; pero no debía usted de tener más de trece...
Estaba yo entonces terminando mi año de voluntario en Orleáns, en el
batallón de su señor padre de usted, y parece que me estoy viendo torpe
y embarazado con mi capote demasiado largo ante una joven de falda
corta, grandes manos y largos pies, como Blanca hace dos años, que me
puso un muñeco en la mano y me dijo en tono autoritario:
--No olvide usted el número, militar; una cabeza absolutamente igual,
pero con cabello rubio. Sobre todo, no olvide usted el cabello rubio.
Y una vez cumplida esta delicada misión a medida de sus deseos de usted,
se dignó usted hacerme dar en la cocina un vaso de vino, que me bebí
religiosamente a su salud.
--¡En la cocina!... ¡Qué mal trató usted a mi pobre hermano, señorita!
--Si el vino era bueno, menos mal--dijo el cura saboreando su
Chateau-Lafitte.
--¡Y hay quien se atreve a decir que el hábito no hace al monje!--añadió
irónicamente el notario.
Liette se excusaba riendo, ruborizada y confusa, con gran alegría de su
maliciosa discípula.
Fue aquella una velada deliciosa.
Olvidando un instante los penosos rigores de su situación presente,
Liette reapareció tal como era en otro tiempo en el salón de su padre,
la exquisita criatura cuyo encanto indefinible, más poderoso aún que la
belleza, había hecho levantarse tantas cabezas bajo el quepis de doble o
triple galón de oro.
Blanca, encantada, palmoteaba y no conocía a la señorita; la condesa
misma estaba conquistada por aquel aumento de juventud y de gracia.
La de Raynal tomaba una gran parte en el triunfo de su hija y se sentía
halagada en su vanidad maternal, sin el menor pensamiento de alarma.
Raúl, el encantador que había provocado ese milagro, experimentaba la
orgullosa alegría de Pigmalión ante su estatua animada del soplo divino.
* * * * *
Al volver al pueblo a la luz de la luna, la viuda, sentada enfrente del
notario mientras el cura dormitaba a su lado, no pudo contener la
exuberancia de su júbilo.
--Una hermosa velada, señor Hardoin, y como quisiera que tuviese muchas
mi pobre Liette.
El notario permaneció frío ante aquel impetuoso entusiasmo un poco
intempestivo, y echando una mirada pensativa al fino perfil de la joven
que contemplaba las estrellas, murmuró:
--¡Yo no!
* * * * *
Liette hizo un gesto de impaciencia.
--Otra vez me he equivocado.
--No ha sido por mi culpa--respondió cándidamente la de Raynal, cuya
charla continua recordaba el gorjeo de los pájaros y que desde que se
había levantado estaba molestando a su hija con consideraciones
interminables sobre los menores incidentes de la velada memorable.
--No, querida mamá--respondió Liette con su buen humor habitual;--un
poco de cansancio sin duda... Eso es lo que tiene el acostarse a horas
descompasadas.
Y volvió a empezar laboriosamente la suma.
La viuda se estuvo un momento callada, pero la comezón era demasiado
fuerte y, no pudiendo resistirla por completo, se alivió primero en voz
baja a modo de soliloquio y fue levantando el tono insensiblemente hasta
acabar por una interpelación mal disfrazada.
--¡Pobre hija mía! ¡Cuando pienso que una simple comida es un
acontecimiento en tu vida!... A tu edad estaba yo continuamente en
fiestas y recepciones. ¡Los cotillones que yo he dirigido! Y, sin
embargo, Dios sabe que no era yo mundana. Pero nuestra situación y los
ascensos de tu padre exigían cierto decoro y cierta representación. Si
me hubieran dicho entonces que acabaría mis días en un agujero semejante
y reducida a tan pobre sociedad... Porque, dicho sea sin ofender a
nadie, hija mía, nuestras relaciones dejan mucho que desear y estamos
obligadas a tratar a personas muy comunes... No es por tu culpa, lo sé,
pero cuando se ha vivido como yo en un medio escogido, es una necesidad
penosa y que hace apreciar la menor ocasión de encontrarse una en su
mundo.
--Pero eso no es una necesidad, mamá--dijo Liette dejando la pluma con
resignación;--eres absolutamente libre...
--Sin duda, hija mía, sin duda; pero no querría perjudicarte en tu
situación y prefiero dominar mi legítimo orgullo.
--Te aseguro...
--Tu felicidad ante todo, hija mía; por verte dichosa me resignaría a
rascar la tierra con las uñas.
--¡Pobre madre mía!--dijo la joven conmovida y sonriente al mismo
tiempo,--tan mal concordaba esa idea con la indolencia maternal.
--Si debiera dejarte pronto, me alegraría de que no te quedaras en este
pueblo de iroqueses, de saber que estabas rodeada de afecciones dignas
de ti y de pensar que encontrarías una segunda madre...
--¡Dios mío! ¿En quién?
--Pues... en la de Candore, que me reemplazaría con gusto a tu lado...
Esta vez Liette no pudo reprimir una franca carcajada, y respondió
besando tiernamente a aquella cabeza a la que las canas no habían
llevado la razón:
--Nadie podría reemplazarte conmigo, querida mamá, y la de Candore menos
que otra... No la conoces; es una mujer superior, pero tan convencida de
su superioridad, que el común de los mortales no existe para ella.
--Sin embargo, me hablaba de ti en unos términos...
--Ciertamente, no puedo quejarme de su modo de proceder diario, pero
ayer éramos sus invitadas, y esto es un matiz; hoy he vuelto a ser
sencillamente la institutriz de su hija y no dejaría de recordármelo si
yo lo olvidase.
--La clase no se mide por la fortuna, hija mía; es la opinión de todas
las personas de corazón y ahí tienes como prueba las delicadas
atenciones del señor Neris y la solicitud significativa de su sobrino.
Seguramente no te miraban como una vulgar institutriz. La misma señorita
de Candore no hubiera podido recibir más respetuosos homenajes.
--¿Crees tú?
--¡Bah! tengo buenos ojos, y Raúl es un hombre demasiado galante para...
En este momento llamaron al ventanillo y el objeto de esos elogios
mostró su fino bigote en la estrecha abertura.
Con su inconveniencia natural, la comandanta iba a acogerle amablemente
como visitante, pero al verse en un espejo los papillotes desrizados y
el peinador deslucido, se escondió precipitadamente en el comedor.
Julieta no se había levantado, y después de responder con una ligera
inclinación de cabeza al saludo ceremonioso del joven, se quedó
esperando.
Raúl parecía un poco turbado a pesar de su aplomo. La actitud cortés
pero digna de la joven empleada paralizaba sus brillantes facultades.
Después de unos cuantos cumplimientos triviales, a los que ella
respondió con extremada reserva, se quedó cortado golpeando con
expresión indecisa la tabla del ventanillo y como molesto por aquella
límpida mirada que formulaba claramente esta pregunta:
--No es a la señorita Raynal a quien debe estar dedicada esta visita;
¿qué quiere usted, pues?
Por fin dijo el joven, rompiendo resueltamente el silencio.
--Debo, señorita, parecer a usted muy torpe y muy tonto, pero por más
que hago no puedo separar la función de usted de su persona, y necesito
todo mi cariño hacía mi tío...
Liette le miró asombrada.
--En resumen, señorita, el señor Neris, por motivos personales, desea
que cierta correspondencia no pase por el castillo ni por las manos de
los criados... No queriendo venir a recogerla él mismo, me encarga de
ese cuidado cuando estoy aquí... Con la señorita Beaudoin la cosa me era
indiferente... pero con usted...
Tenía una expresión tan confusa, que Liette vino en su ayuda:
--Nada más sencillo, caballero; dígame usted las iniciales.
--H. N., 32.
La empleada buscó en la casilla correspondiente y retiró dos cartas de
una elegante letra inglesa y sello de Londres, que él hizo desaparecer
prestamente en el bolsillo de la americana como si tuviera prisa por
sustraerlas a aquella cándida mirada. Después dijo tratando de dar una
explicación:
--No hay nada en esto que no sea muy natural. Mi tío hace mucho bien y
se interesa paternalmente por muchas personas... Pero mi madre es muy
propensa a sospechar el mal, y por no disgustarla... En fin, hay que ser
indulgentes con las debilidades de un anciano que es en suma el mejor de
los hombres.
Raúl balbucía y se contradecía mil veces, fingiendo una cortedad que era
un homenaje a la virtud de la huérfana, que no podía menos de
agradecérselo.
Así, cuando el joven se despidió deshaciéndose todavía en excusas,
Liette pensó sin la menor sospecha:
--¡Pobre muchacho! Bonitas comisiones le encarga su tío...
* * * * *
Raúl no era uno de esos fríos corrompidos, uno de esos «feroces» sin
principios, sin moral y sin freno que no conocen otra regla más que su
placer, otros deberes que sus apetitos ni otra ley más que el código.
No era tampoco un Lovelace, un don Juan ni un Richelieu, brillantes
mariposas que revolotean de flor en flor, incapaces de un cariño
sincero, únicamente cuidadosos de enredar en las guías de su bigote los
corazones femeninos y para quienes Amor es sinónimo de Amor propio.
Lejos de eso; a pesar de cierto fondo de escepticismo, su alma era
susceptible de ímpetu espontáneo, de súbito desinterés y de efímero
entusiasmo, de donde brotaba una emoción fugitiva, una sensibilidad
superficial bastante para dar la ilusión de un corazón tierno y generoso
donde no había en realidad más que un manojo de nervios.
Era víctima de una educación mal dirigida que había tratado ante todo de
hacer de él un hombre brillante, pero no un simple hombre honrado en la
alta acepción de la palabra.
Indulgente, pero firme, la de Candore no vacilaba nunca para hacerle
sentir el freno y la brida cuando se trataba de su salud, de su fortuna
o de su porvenir, pero sin cuidarse seriamente del lado moral. Muy
orgullosa de aquel guapo y elegante caballero, que no había heredado de
su padre más que el nombre, le dispensaba con gusto sus defectos de hijo
de familia y sus caprichos de desocupado con tal de que no adoleciesen
de burguesismo ni de vulgaridad.
La hija del jardinero Neris tenía un desdén de gran señora por lo que
ella llamaba la moral de la gentecilla, y a pesar de su aparente
rigorismo, pedía solamente a su hijo que sus vicios fuesen de buen tono.
Por otra parte estaba segura de su ascendiente sobre aquella naturaleza
débil y maleable bajo una aparente independencia. Raúl era incapaz de
resistir a la autoridad de su madre y cualquiera que fuese su rebelión
pasajera, cedía tascando el freno a esa influencia maternal siempre
sabiamente disfrazada.
En efecto, por una diplomacia femenina digna de un discípulo de
Talleyrand, la condesa no parecía jamás preocupada por las acciones de
su hijo, y los hilos que hacía mover estaban muy hábilmente disimulados
para inspirar la menor sospecha a la naturaleza más quisquillosa.
En las pocas circunstancias delicadas en que había intervenido
indirectamente, Raúl no lo había jamás sospechado y había atribuido a su
iniciativa, a su voluntad y a su energía decisiones que hubiera sido
incapaz de tomar solo.
Actualmente, las forzadas aproximaciones de la existencia común no
habían hecho apartarse a la castellana de esa sabia línea de conducta, y
el joven agregado estaba tan libre en el castillo (así al menos lo
creía) que en su embajada de Londres, y toda la vigilancia, todos los
rigores y todas las precauciones maternales se concentraban en la cabeza
del señor Neris.
--Lo que yo defiendo es vuestra herencia, hijos míos--había declarado
redondamente la de Candore a su hijo.
Y la cosa, naturalmente, no podía parecer mal a Raúl, aunque las medidas
tomadas contra uno se aplicasen también al otro.
Esta hábil política tenía la doble ventaja de respetar el amor propio de
Raúl y de evitar toda explicación.
Neris era, pues, la cabeza de turco encargada de sufrir los golpes de su
sobrino, que no podía defenderse puesto que no le acusaban, y debía
simular la indiferencia... cosa bastante fácil para aquel corazón
ligero.
Bueno es decir que por una especie de adivinación, la condesa percibía
siempre el momento favorable, el instante psicológico, y que tenía, por
otra parte, una extremada delicadeza de tacto y una rara habilidad.
Con esta táctica evitaba a su hijo toda lamentable aventura; en cuanto a
los demás, poco le importaban.
La pobre Juana lo había experimentado duramente.
Es justo reconocer que si la noble dama temía en su hijo un amor
naciente causado por el azar de un encuentro fortuito, estaba lejos de
suponer la gravedad de su conducta y de saber que era a su mujer
legítima a quien había logrado introducir bajo el techo materno en
calidad de institutriz.
Locamente enamorado y con una ligereza que no podía compararse más que
con su inconsciencia, había determinado a la joven inglesa a casarse
clandestinamente con él al salir de Londres, matrimonio facilitado por
las leyes de la libre Inglaterra, pero absolutamente nulo en el
continente. La cándida miss se había fiado de su palabra, que él tenía
acaso entonces intención de cumplir, y, para captarse las simpatías de
su futura suegra, había aceptado el papel dictado por aquel a quien
consideraba como su legítimo dueño y señor ante Dios y ante los hombres.
Hemos visto lo que había resultado.
Después de una luna de miel que debía ser eterna y que ya se había ido a
reunirse con las lunas pasadas, el conde, cansado de aquella gran
pasión, importunado por aquel amor de que él no participaba e irritado
por las dificultades crecientes de aquella situación imposible que él
mismo se había creado, agradeció a su madre que le sacase de ella
bruscamente por un acto de rigor en el que él no tenía que hacer más que
lavarse las manos, y había saludado como un verdadero alivio la libertad
reconquistada en el momento preciso en que se dibujaba en su horizonte
de desocupado una nueva aventura llena de atractivos.
--¡Qué gran mujer es mi señora madre!--se decía _in petto_ con una
mezcla de gratitud y de admiración.
Desde los primeros días Liette había producido una profunda impresión en
aquel espíritu frívolo, superficial y estragado. Aquella belleza pálida
y severa, de facciones regulares, de austera sencillez y de aspecto
modesto y digno, era para él una novedad comparada con las muñecas de
caritas sonrosadas y peinados estrepitosos, con aspecto atrevido o
lánguido que había tratado hasta entonces y entre las cuales estaba
comprendida irreverentemente la pobre Juana con su encanto de linda
rubia.
Raúl había decidido, después de un simulacro de asedio, dar
inmediatamente el asalto, pero conoció que se trataba de un adversario
temible, y esta dificultad inesperada estimuló su ingenio y su corazón.
En amor sobre todo, los obstáculos dan más precio a la victoria. Como
dice muy ingeniosamente Gondinet:
«Sin la alondra, Romeo se hubiera dormido... y Julieta también.»
Al revés que con la sentimental y lánguida inglesa, crédula e inocente
como un niño, subyugada por su irresistible vencedor y adorándole como a
un dios, Raúl se veía esta vez en presencia de una fuerza real, de un
carácter firme, viril y enérgico, templado en la dura escuela de la
desgracia. Tuvo, pues, que establecer sus paralelas con la ciencia de un
antiguo estratégico y el ardor de un joven neófito, avanzando a pasos
contados para no asustar al «pájaro rebelde» pronto a volar a la primera
demostración un poco viva.
Era el medio más largo, pero el más seguro, pues Liette no podía
alarmarse por una conducta tan cortés y correcta, a no ser una coqueta
farsante o una ridícula mojigata.
Raúl le mostraba un respeto caballeresco y evitaba cuidadosamente esa
galantería trivial y esas atenciones indiscretas a que su situación la
exponía, y se lo agradecía infinito. El joven reservaba todas sus
atenciones para la señora de Raynal y todas sus felicitaciones a Blanca,
y ese homenaje indirecto al mérito de la institutriz y a su abnegación
filial valía más que la más delicada adulación.
--¡Qué metamorfosis en mi hermana!--decía algunas veces.--¿No le parece
a usted, señorita? Hasta aquí no era más que una niña.
--A los dieciséis años era más que su derecho, era su deber, caballero.
--Sin duda, pero la gracia puede aliarse con la seriedad. Hasta los
quince años se es una niña, de quince a treinta una joven.
--Y hasta una solterona...
--Es usted severa, señorita. Mi tío, que apenas se considera como un
soltero maduro...
--Anda, sobrino, no te quedes corto.
--Dispensa...
--Con mucho gusto, y con más razón porque me asocio a tus elogios.
Nuestra Blanca gana todos los días con su contacto de usted, señorita.
Mi deseo es que sea digna de tal modelo...
--Me hace usted demasiado honor, caballero; la tarea estaba casi acabada
y Blanca hace que mi papel sea muy fácil tratándome como amiga...
--Era sobre todo una amiga lo que ella necesitaba; por eso estamos todos
muy agradecidos de que haga usted de esta querida niña una mujer
cumplida.