--Estoy seguro. Lo mejor es por lo tanto aprovechar las circ

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

ARTHUR DOURLIAC

LIETTE

BUENOS AIRES

1907

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires.

LIETTE

Liette se asomó al balcón y paseó su mirada un poco turbada por los

sitios en que iba a desarrollarse su vida. A sus pies la plazuela

rectangular plantada de tilos, a cuya sombra iban a hacer su partida los

jugadores de pelota, entre los bancos de piedra desgastados por el uso

de tantas generaciones, a los que el abuelo tembloroso iba a calentar su

reuma pensando en el tiempo lejano en que iba allí a jugar al marro y al

paso, y al lado de la fuente rústica de murmullo cristalino en la que el

cansado caminante iba a apagar la sed y las jóvenes habladoras a llenar

sus cántaros charlando.

En el fondo, la iglesia de inseguras piedras, de vidrios rajados y de

campanario oscilante, pero que conservaba, sin embargo, la imponente

majestad de las cosas del pasado y aplastaba con su altura a la nueva

alcaldía blanqueada y a la cual estaba aneja la escuela.

A la derecha el letrero hereditario que anunciaba el despacho del

notario Hardoin, tercero de este nombre.

A la izquierda la bandera tricolor que flotaba por encima de la

Gendarmería Nacional.

El Correo estaba así guardado entre el órgano de la ley y sus

defensores.

En la calle se agrupaba el «alto comercio», del pueblo: merceros,

tenderos de comestibles, carniceros y taberneros; y después una larga

fila de cabañas bajas y ahumadas, apretadas las unas contra las otras

como pájaros frioleros, y separadas de vez en cuando por las altas

tapias y la puerta cochera de alguna granja rica, que hacía más sensible

todavía la miseria de sus humildes vecinas.

Más allá el campo con sus verdes praderas, sus dorados trigos y sus

bosques frondosos, y, mucho más allá, en un marco de vegetación

exuberante, un castillo señorial con sus ladrillos rojos, sus

torrecillas de pizarra que brillaban al sol saliente, sus ventanas

ojivales y sus balcones de hierro forjado, como esas joyas del

Renacimiento que esmaltan las orillas del Loira.

Estábase sin embargo lejos de allí, y todo lo más, hubiérase podido ver

las orillas del Oise, pues era en este departamento donde se encontraba

el castillo de Candore y el pueblo del mismo nombre y donde Julieta

Raynal acababa de ser nombrada empleada de Correos con mil doscientos

francos de sueldo.

El campo dormido estaba envuelto en una ligera bruma como un velo de

desposada, y la joven pensaba en el tiempo pasado con la mirada perdida

en el horizonte y la mejilla apoyada en la mano.

Allá, en lo más lejano de sus recuerdos, veía el patio de la casa mora,

muy largo, muy largo, un vasto desierto que atravesar para sus

piernecitas... Y Julieta permanecía temerosa, agarrada a la falda de su

madre, mientras que en el otro extremo un hombre, con las manos

extendidas, sonriendo bajo su fino bigote y dulcificando la voz

acostumbrada al mando, le gritaba:

--Valor, Liette.

Entonces, a la llamada de «papá,» la niña, dejando el refugio materno,

se lanzaba tambaleándose por el patio, vacilando en los primeros pasos,

pero sostenida por el acento firme y tierno del soldado que repetía:

«Valor, Liette» y se arrojaba sobre su gruesa bota que enlazaba

estrechamente entre sus brazos.

Recordaba después la alegría de ser levantada como una pluma y

estrechada contra el uniforme bordado de oro, y de sentir en la frente y

en el cuello el cálido beso del joven padre.

--¡Bien, Liette, eres valiente...

Después su infancia errante por las guarniciones, recorriendo la Francia

y las colonias, del Norte al Mediodía, del Este al Oeste, marcando cada

etapa por un galón más.

Después, ya muchachita de cabello menos largo y trajes menos cortos,

apoyándose en el brazo de papá (pues ya le da el brazo). Y la niña se

estira toda gloriosa, sin notar las miradas de admiración de los

oficiales al hacer el saludo militar.

Pero papá las nota y sonríe, halagado en su orgullo paternal.

El oficial está orgulloso de su hija, pero ¡cuánto más lo está la hija

de su padre!...

Comandante a los treinta y ocho años, pronto coronel, general acaso...

¡Y quién sabe si irá a recoger del otro lado del Rhin el «bastón» que ya

no brota en tierra francesa!

«¡Señor Mariscal!»

¿Por qué no? ¿Dónde se detienen los sueños de una cabeza de dieciséis

años?

Después la brusca parada en vísperas de ascender a coronel; la parálisis

a consecuencia de una insolación que venció al brillante oficial, a él,

a quien las balas enemigas habían dejado en pie.

Después la despedida al regimiento, a la vida activa y brillante, el

retiro, la enfermedad, la miseria...

Raynal no tenía más que su sueldo. Se había casado con una criolla sin

fortuna, que tenía apenas el dote reglamentario, pero de gustos de

duquesa, de muy hermosos ojos y de cerebro de pájaro.

Coqueta, gastadora e incapaz de una idea seria, era un lindo juguete,

gracioso y seductor en alto grado, pero tan poco hecho para las luchas

de la vida como una figurita de Sajonia.

Acostumbrada a descansar en su marido para todos los cuidados

materiales, no pensó siquiera en tomar el timón en la mano y dejó que el

barco privado de su capitán se fuese a pique.

El enfermo tiró dos largos años, el tiempo necesario para agotar los

últimos recursos, y sucumbió más a la angustia mortal que le dominaba

ante el porvenir de las personas queridas que al sufrimiento físico.

Consoló a su mujer desesperada y casi loca, sonrió a su hija, que

ocultaba silenciosamente las lágrimas y, murmurando una vez más, como

cuando era pequeña, «¡Valor Liette!,» expiró.

¡Liette iba a tener necesidad de valor!

Por fortuna, era valiente y, sin debilidad ni indecisión, hizo frente a

la desgracia.

Dejando a su madre lamentarse inútilmente o mecerse en peligrosas

quimeras, puso sin tardar manos a la obra, apeló a sus relaciones,

multiplicó los pasos, pidió poco para obtener algo, y, después de

tribulaciones, decepciones y penas que hubieran desanimado a un alma

menos valiente, fue nombrada para ese humilde puesto objeto de su

ambición.

¡Era la salvación!

Sin hacer caso de las quejas de su madre sobre la inferioridad de la

posición, la escasez del sueldo y la tristeza del país, «un agujero en

el que se iban a morir de aburrimiento,» Julieta la calmó dulcemente

como a un niño, más aún por sus caricias que por sus palabras, y la

buena señora acabó por declarar que estaba pronta, por su hija, a todos

los sacrificios.

Aquella condescendencia, de la que en realidad era Liette quien hacía

todo el gasto, hubiera hecho sonreír sin la absoluta necesidad de la

supuesta abnegación maternal.

Habían llegado el día antes y habían pasado la noche como pudieron en

medio de una aglomeración de muebles y paquetes que recordaba los

antiguos cambios de guarnición.

La de Raynal tenía la pasión, particularmente funesta en la mujer de un

militar, de los cachivaches tan molestos como inútiles y costosos.

En el curso de sus peregrinaciones, había reunido muestras variadas de

la fauna, la flora y la industria de las diversas latitudes, y esto

formaba una mezcolanza heteróclita de objetos sin nombre que rabiaban de

verse juntos; calabazas, samowar, babuchas turcas, zuecos normandos,

gaitas bretonas, zancos landeses, huevos de avestruz, etc. etc., más una

colección de animales disecados; lagartos, gacelas, monos, loros,

marmotas...

La viuda quería a aquellas «reliquias» como a las niñas de sus ojos y

por nada del mundo las hubiera reemplazado con objetos menos frívolos y

más necesarios.

En aquel bazar cosmopolita, que lo mismo parecía una tienda de prendería

que la de un guerrero apache, la excomandanta se agitaba y se revolvía

embrollándolo todo, mandando sin ton ni son y aumentando la confusión y

el desorden.

Por fin, sucumbiendo al cansancio, consintió en meterse en la cama y

Julieta aprovechó aquel respiro para arreglar sumariamente su primera

instalación.

Todo fue saliendo del caos bajo su mano inteligente. Los grandes muebles

estaban en su sitio, las cortinas colocadas, las alfombras puestas, y

el pobre alojamiento tomó un aspecto casi coqueto.

Después de unas horas de descanso, acababa de levantarse con el alba

para terminar la tarea mientras su madre dormía todavía. Pero asomada a

la ventana, se olvidaba por qué estaba allí, perdida en reflexiones

dulces y tristes al mismo tiempo, vuelta melancólica del pasado

radiante, aspiración vaga hacia un porvenir que la esperanza, esa vivaz

flor de la juventud, le mostraba, si no dichoso, al menos tranquilo y

pacífico.

* * * * *

El campo se despertaba al salir el sol, un ligero estremecimiento

agitaba la hojarasca, una nube de insectos volaba de nidos invisibles y

en el resplandor de los primeros rayos de oro los pajarillos se elevaban

en los aires.

Cantó el gallo, mezclando su nota clara al ladrido de los perros; las

ventanas chocaron contra los muros; los zuecos sonaron en el suelo; el

cuerno del boyero hízose oír en el extremo del pueblo, el hombre

apareció, y, saliendo de cada puerta con paso tranquilo y lento, las

vacas fueron una a una a engrosar el rebaño levantando una nube de

polvo.

Por una rara asociación de ideas, aquel cuadro campestre evocó a los

ojos de la joven la vuelta del escuadrón después del ejercicio de la

mañana.

Las trompetas la llamaban, y ella corría alegre y presurosa a saludar al

guapo oficial, que era su padre, y cuyo caballo negro se paraba bajo el

balcón, para que ella respondiese al saludo de «papá».

De pronto se echó hacia atrás, confusa y avergonzada...

Un elegante jinete acababa de desembocar en la plaza, y al sorprender a

la joven sonriendo a su ensueño, se detuvo y, maquinalmente, se quitó el

sombrero.

* * * * *

Julieta cerró vivamente la ventana y se apresuró a dedicarse a los

cuidados de la casa. Pero mientras daba vueltas en sus ocupaciones, no

pudo menos de pensar más de una vez en aquel desconocido que era el

primero que había saludado su despertar en su nueva existencia.

* * * * *

La familia de Candore, cuyos antepasados habían tenido derecho de alta y

baja justicia en el territorio de ese nombre, se componía de tres

personas: la condesa y sus dos hijos, Blanca y Raúl.

La señora de Candore, sencillamente de la familia Neris, era hija de un

riquísimo comerciante de lanas y había cambiado el millón de su dote con

la partícula que le llevó su marido por toda fortuna. De un orgullo de

emperatriz y gran señora hasta las uñas, hizo pronto olvidar la modestia

de su origen.

Para decir verdad, al ver al conde pesado y grosero, noble campesino,

más campesino que noble, y a su mujer elegante, distinguida y altanera,

no se adivinaba de qué lado estaba la alianza desventajosa ni cuál de

los dos se había «encanallado».

El señor de Candore no había heredado más que el blasón de sus abuelos y

su prodigalidad. Tiraba el dinero por las ventanas como un verdadero

gran señor, y el millón del buen Neris se deshizo pronto entre sus

manos. La muerte del comerciante le volvió a poner a flote por algún

tiempo, pero iba seguramente a ahogarse, cuando un accidente de caza le

envió al otro mundo y salvó el patrimonio de sus hijos.

Pero le había reducido mucho, y la viuda se hubiera visto en la

imposibilidad de sostener su categoría sin el generoso apoyo de su

hermano, que pasaba por un soltero endurecido y muy rico, el cual,

después de una juventud bastante tempestuosa, se había decidido de

repente a hacerse virtuoso por cariño a su hermana o por cualquier otro

motivo, y hacía ahora penitencia bajo la férula de la severa Hermancia,

que le dominaba como a un muchacho, aunque la llevaba quince años.

El señor Neris no tenía más herederos que sus sobrinos, a quienes quería

tiernamente, sobre todo a la sobrina, deliciosa criatura que le hacía

soportable la vida a que se había resignado benévolamente, demasiado

rígida para un antiguo calavera.

A Raúl le manifestaba una afectuosa indulgencia de la que él abusaba en

grande.

--¡Bah! son cosas de jóvenes; yo he sido así--respondía a los reproches

agridulces de su hermana con más pesar que arrepentimiento.

Gracias a sus larguezas, el joven, agregado a la embajada de Londres,

pudo hacer anchamente la gran vida inglesa, hasta el punto de que su

salud se resintió y tuvo que pedir una licencia prolongada.

Poniendo a mal tiempo buena cara, Raúl aceptó bastante filosóficamente

aquel retiro, aunque Candore no le ofrecía gran variedad de diversiones

permitidas... o no. La caza, la pesca, la equitación y el whist en

familia, a esto se limitaban poco más o menos las primeras; en cuanto a

las segundas, cero.

--Verdaderamente, esto es un poco severo, tío; mi madre te condena a una

existencia de cartujo--decía riendo el diplomático en disponibilidad.

El tío suspiraba, en realidad, a no dedicarse a las pastoras, de lo que

le acusaba a veces su hermana, el excalavera no podía hacer de las

suyas.

La rígida Hermancia no se rodeaba más que de caras ingratas y un tanto

estropeadas; cambiaba constantemente de institutrices y la última, una

joven inglesa, había estado a punto de volver a pasar el canal de la

Mancha, a pesar de los mejores certificados, porque no realizaba

suficientemente el tipo clásico atribuido a las pobres «misses».

--¡Es, sin embargo, bastante fea!--dijo Raúl protestando y englobándola

en su aversión a las hijas de Albión, cuya vista solamente le daba el

«spleen».

En realidad Juana Dodson tenía un talle elegante y flexible, manos y

pies razonables, muy hermosos cabellos, un cutis deslumbrador y hasta

hubiera sido bonita sin unos horribles anteojos verdes que la

desfiguraban y que no se quitaba jamás... ni para dormir, insinuaba

maliciosamente su discípula, lo que le había servido de salvoconducto

con la severa castellana.

Pero, desgraciadamente, los anteojos no bastaban para su seguridad, y

aquella misma mañana había habido una explicación bastante viva entre la

señora de Candore y su hermano a propósito de la institutriz.

--Te aseguro, querida Hermancia, que no he pensado nunca en hacer la

corte a miss Dodson.

--Calla, calla, Héctor, eres incorregible.

--Pero...

--¿Crees que estoy ciega?

--Te repito...

--No, no, Héctor, no puedo soportar esto; es un ejemplo deplorable y

escandaloso para mi hijo...

--¿Raúl?... ¡Bah!

El tío hizo un gesto que quería decir que estaba perfectamente enterado

de la virtud de su sobrino.

--Y es una ofensa para Blanca.

Esta vez la frente del anciano se ensombreció, y dejando el tono ligero

que había tenido hasta entonces, dijo:

--Hazme el favor de creerme incapaz de tal cosa.

--No pido otra cosa, Héctor--respondió más dulcemente la condesa,--pero

tu asiduidad a las lecciones de miss Dodson hacen murmurar.

--Raúl está siempre presente; no falta a una lección.

--¿También tú lo has notado?--dijo vivamente la madre.

--Sin duda, pero eso no prueba que se ocupe más que yo de esa pobre

miss...

--¡Oh! no es la miss la que me alarma por él.

--¿Qué quieres decir?

--Hemos sido muy imprudentes no previendo lo que sucede...

--¿Qué es ello?

--Lo que debía fatalmente suceder. Esos dos muchachos, jóvenes, guapos y

educados libremente como hermanos... sin serlo... debían necesariamente

llegar a experimentar el uno por el otro sentimientos poco fraternales.

--¿Crees que Raúl ama a Blanca?--preguntó Neris con ansiedad.

--Estoy segura, y hemos sido muy locos al no pensar en ello.

--¡Dios mío!

--Sin esa imprevisión imperdonable, no hubiera ciertamente educado a

Blanca aquí con él.

--¡Oh! no sientas lo que has hecho, Hermancia; no sientas haber salvado

a tu hermano de la desesperación...

--Ya ves, sin embargo, lo que me cuesta y a lo que nos expone ese

instante de debilidad: el reposo de mi hijo y el de Blanca comprometidos

acaso para siempre. ¡Pobre niña!... A ella es sobre todo a quien

compadezco; la vida le resultará muy difícil. El mundo condena

implacablemente en los hijos las faltas de los padres. Es injusto, pero

es así. He reflexionado en esto muchas veces, pensando en el momento en

que habrá que casar a esta niña a la que tanto quiero. ¡Cuántos

obstáculos, Dios mío! He pasado revista a todos los pretendientes

posibles, y los que más nos convendrían son los que más vacilarán.

--Sin embargo, mi yerno...

--Tu yerno lo será también de una figuranta de Drury-Lane a quien has

hecho la locura de dar tu nombre y que era indigna de llevarle. Muchas

familias lo pensarán mucho.

El anciano bajó la cabeza ante esta evocación brutal de un triste pasado

que él hubiera querido enterrar en el olvido.

Cuando después de una separación escandalosa se refugió en casa de su

hermana con una niña todavía en la cuna, resto de aquel lamentable

naufragio, aceptó sin dificultad y hasta con una especie de alivio las

condiciones de la condesa, que exigió que Blanca pasase por hija suya y

que no se hablase jamás de la madre, a quien se negaba a reconocer por

cuñada.

--Mi mujer ha muerto; es inútil hablar de ella--dijo Neris haciendo un

esfuerzo.--Pero mi hija Blanca es inocente y debes tener piedad de ella.

--¿Cómo?

--Puesto que esos muchachos se aman, habría un medio muy sencillo, si tú

quisieras: casarlos, y Blanca seguiría llamándote su madre.

--¿Cómo puedes pensar tal cosa?

--Es un gran sacrificio... Pero tú serás buena con mi pobre hija... Te

quiere tanto... No la rechaces, te lo suplico.

--Yo también la quiero, y si no se tratase más que de mí... ¡Pero el

mundo y sus prejuicios! Raúl puede perjudicarse en su porvenir y en su

carrera, y yo también soy madre, amigo mío.

--Te comprendo, pero, en fin, Raúl tiene los gustos de mi clase y una

situación honrosa que reclama muchos gastos, que yo puedo sufragarle,

muy feliz de agradecer así la felicidad que mi hija os deberá a los dos.

La condesa se levantó.

--Ya hablaremos de esto, hermano mío. No hay prisa y tenemos tiempo de

pensarlo... Reflexionaré... Pesaré mis sentimientos y mi razón.

--Cuento sobre todo con tu corazón.

* * * * *

Una vez sola, la de Candore tuvo una sonrisa de triunfo.

--El cascabel está puesto, dijo. Con tal de que Raúl no le quite...

Ahora lo urgente es despedir a la institutriz.

Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del

caballo, Raúl volvía a Candore soñando con el perfil que había

vislumbrado un instante en la ventana abierta y tan pronto vuelta a

cerrar.

Las pocas noticias adquiridas por los dependientes en casa del notario

Hardoin no habían hecho más que aumentar su curiosidad y, mientras

seguía con mirada distraída las espirales azuladas que flotaban delante

de él como una ligera nube, iba evocando la delicada silueta que se le

había aparecido en un marco de follaje a través de la bruma matutina.

--¡Raúl!

Una voz suplicante que vibró a su oído y una mano febril que se apoyó en

el caballo le arrancaron a aquel turbador pensamiento.

El joven hizo un gesto de mal humor.

--¡Usted, Juana! En verdad, es usted imprudente...

--No se trata ya de prudencia, Raúl; debes ahora advertir a tu madre que

estamos casados, que soy tu mujer.

--Al oír estas palabras se dibujó una imperceptible sonrisa bajo el fino

bigote del joven.

--¡Bah! Cálmese usted, hija mía, y espere para contarme eso a que

estemos libres de oídos indiscretos. La carretera no es realmente el

lugar más a propósito para las confidencias.

Echó pie a tierra, se puso en un brazo las riendas del caballo y, sin

ofrecer el otro brazo a su compañera, se metió en las espesuras que

rodean al parque y dio unos cien pasos en silencio seguido por la joven

temblorosa y agitada y que, con el corazón oprimido por aquel tono de

burla, trataba en vano de contener dos gruesas lágrimas que rodaban bajo

sus anteojos azules.

Era una cálida mañana de verano. La sombra de los árboles de ramas

extendidas como una inmensa cortina tamizaba los rayos del sol, la

atmósfera tibia y húmeda tenía una dulzura penetrante, hundíanse los

pies blandamente en el espeso musgo que algodonaba el suelo, y solamente

los pajarillos ponían sus notas melancólicas y tiernas en el silencio de

los bosques.

Llegaron a un claro lleno de verdor y acribillado por las flechas de

oro del ardiente astro. Un majestuoso círculo de hayas gigantescas, que

formaba una especie de barrera, los protegía contra toda sorpresa.

Raúl se detuvo junto a un banco de musgo y dijo:

--Estamos en lugar seguro. Siéntate, querida mía y cuéntame tus

infortunios, que estoy pronto a vengar como galante caballero. ¿Mi

hermana te ha hecho rabiar? ¿Mi madre te ha puesto mala cara o mi tío

demasiado buena?

--La señora de Candore ha despedido a la institutriz de su hija, Raúl;

acaso acogerá a la mujer de su hijo.

--¡Oh!

Hubiera sido difícil adivinar el sentido exacto de esta exclamación;

irritación, pesar, despecho, descontento contra los demás y contra sí

mismo, había un poco de todo esto.

En cambio, ni sombra de enternecimiento ni de piedad había en su mirada

seca.

Púsose a mascullar nerviosamente el cigarro y a azotar con el látigo las

florecillas, cuyas tiernas hojas se desparramaban por el suelo

desgarradas y marchitas.

Juana, mientras tanto, lloraba bajito y profería hondos sollozos que

agitaban sus hombros. Habíase arrancado los horribles anteojos y

arrojándolos a sus pies en un gesto de cólera, y sus hermosos ojos,

claros y transparentes como el agua del mar, aparecían anegados en

lágrimas y fijos en el joven con una desesperada angustia.

¡El callarse hubiera sido demasiado cruel!

El joven, pues, le dijo tomándola afectuosamente las manos y atrayéndola

hacia su pecho hasta sentir latir su corazón:

--Vaya, vaya, querida hija mía, ¿quieres secar esas lágrimas y

responderme cuerda y razonablemente? ¿No estoy aquí yo, tu protector, tu

marido? Cuéntamelo todo en detalle.

--¿Qué quieres que te diga, Raúl? Tu madre me ha echado.

--¡Echarte! La palabra es fuerte y seguramente impropia... Cuando

conozcas mejor las finuras de la lengua francesa...

--Echarme o despedirme, todo es lo mismo--dijo Juana con sorda

vehemencia.

--Pero, en suma, ¿qué ha pasado entre mi madre y tú?

--La señora de Candore me ha dicho sencillamente que por motivos

personales, estaba precisada a privarse de mis servicios.

--¡Diablo!--exclamó Raúl mordiéndose el bigote.

--¿Qué va a ser de nosotros?

Aquel nosotros pareció molestar un poco al conde, que dijo reprimiendo

un movimiento de impaciencia.

--No hay que exagerar. Es un incidente lamentable, pero que no debe

alarmarnos gran cosa. Bien sabes que te amo y que no te abandonaré.

Tengo que volver muy pronto a Inglaterra, y sólo se trata de una

separación momentánea.

--¡Separarnos!--murmuró Juana muy pálida.

--Es preciso; no puedo interceder por ti con mi madre sin confirmar sus

sospechas... Si es que no tiene más que sospechas. Por otra parte, no

puedes estar eternamente al lado de Blanca como institutriz.

--No, pero puedo estar como hermana y como tu mujer. ¿No estamos

casados?

--Sin duda, sin duda, pero estaría muy mal elegido el momento para

semejante confesión.

--Sin embargo, Raúl, no podemos tardar más. Mi dignidad y la tuya no

sería lo único que sufriría... Hay que hablar a tu madre, es preciso...

Sorprendido por aquella vehemencia que contrastaba con su apariencia

débil y delicada, Raúl la interrogó con la mirada.

Confusa y ruborizada, Juana se acercó más estrechamente a su marido y

pronunció muy bajito unas palabras.

Raúl soltó una exclamación que nada tenía de satisfecha, y con las

cejas fruncidas y la expresión dura y descontenta, separó casi rudamente

a la pobre mujer.

--¡No nos faltaba más que esto!--masculló el joven entre dientes.

Prodújose un penoso silencio.

Por fin, haciendo un esfuerzo para disimular su violenta contrariedad

bajo el barniz mundano, dijo Raúl con sonrisa forzada:

--Es una gran noticia, que acaso sea buena... No me atrevo a declararlo,

pues va a crearnos serias complicaciones. ¡En fin! no importa; ese

pequeño personaje no dejará por eso de ser bienvenido...

--¡Oh! Raúl...

--Solamente, querida, la necesidad de tu partida se impone más que

nunca. Tu presencia haría más difícil la confesión de nuestro casamiento

y aumentaría el enfado de mi madre.

--¿Lo crees así?

--Estoy seguro. Lo mejor es por lo tanto aprovechar las circunstancias

que nos evitan el trabajo de buscar un pretexto. En cuanto expire mi

licencia iré a reunirme contigo a Londres, y desde allí anunciaremos a

mi madre nuestro matrimonio y el nacimiento de nuestro hijo. La segunda

noticia hará pasar la primera y nos ahorraremos una escena penosa.

--Sin embargo... si la señora de Candore se negase...

--Nada es posible contra los hechos consumados. ¿No eres mi mujer?

--El otro día oí al notario señor Hardoin afirmar que un matrimonio

hecho en el extranjero en esas condiciones, es nulo...

--¡Hardoin! bonito oráculo... Fuera de la venta de carneros o del precio

de un arrendamiento, no sabe una palabra de nada...

--Pero...

--Vamos a ver, amiga mía, ¿tienes más confianza en Hardoin que en mí?

Juana rodeó con sus brazos el cuello de su marido en un impulso

desesperado, y exclamó:

--No, Raúl, quiero creer, creo en ti... Si no creyera me moriría o me

volvería loca.

Alarmado por su exaltación, el joven trató de calmarla con frases

cariñosas y palabras tiernas, acaso sinceras, pues era ante todo el

hombre del momento y la pobre criatura hubiera conmovido a un corazón de

piedra.

--Tranquilízate, mi querida Juana. Es una prueba momentánea, una

separación muy corta seguida de una eterna unión y de una dicha sin

nubes. Por mi parte me resigno fácilmente a separarme ahora de ti,

pensando que también se separa otro...

--¿Tengo realmente la felicidad de que estés celoso?

--¡Lo confieso con rubor! Me hace daño el ver sin cesar a mi tío

pisándote los talones.

--Te engañas, Raúl; te juro que el señor Neris no me ha mostrado jamás

más que una benevolencia paternal.

--¡Hum!... En fin, habrá perdido el tiempo, y por mucho que digan, mal

de muchos...

Raúl había eludido hábilmente la cuestión, y la pobre niña, engañada con

aquellos fingidos celos, no pensó más que en justificarse, olvidando sus

propias ofensas y sus secretas aprensiones.

* * * * *

La semana siguiente dejó Juana el castillo de Candore, triste pero

resignada, llevándose con la débil prenda de su amor el recuerdo del

pasado y la promesa consoladora del porvenir.

Cuando el tren pasó por la linde del parque se agitó un pañuelo en una

portezuela, pero Raúl, en pie en su ventana, con un cigarro en la boca,

no respondió siquiera a aquel tímido adiós y una vez que el último vagón

hubo desaparecido en una nube de humo, lanzó un suspiro de satisfacción

y dijo:

--¡Al fin!...

* * * * *

Un estreno es siempre penoso.

Preguntádselo al pintor que expone su primer lienzo, al poeta que

publica sus primeros versos, al abogado que defiende su primera causa,

al actor que desempeña su primer papel.

Y ante esos, al menos, la esperanza del triunfo abre un horizonte

radiante y la fe en el porvenir hace olvidar las angustias del presente.

Pero en la medianía, en la vulgaridad de la vida corriente, cuánto más

angustioso y más penoso es ese momento de interrogación sin la más

pequeña aureola de consoladoras quimeras...

En el colegio, el brutal despertar del «Nuevo» caído del nido familiar,

en el cuartel la primera llamada del «quinto» arrancado a su aldea, la

primera clase de la pasanta en su pupitre, el primer día de la criada en

su fogón, del aprendiz en su taller, del dependiente en su tienda, del

meritorio en su oficina, ¡qué calvario! Es imposible decir las mil

flechas invisibles, los choques dolorosos, las heridas ocultas y

resumidas en esta sola palabra:

¡Un estreno!

Mientras que la señora de Raynal, muy atareada, subía de la cueva al

desván, visitaba el jardinillo y la casa, tan modestos el uno como la

otra, empujando los muebles, revolviendo los armarios, vaciando los

baúles, registrando los paquetes, lamentándose por la pérdida presumida

de algún chisme heteróclito, más sentido cuanto menos valía; mientras

aturdía a la zafia criada que abría unos ojos y unas orejas tamaños ante

aquel desembalaje de objetos desconocidos y de nombres raros, como

samowar, checchia, etcétera. Mientras ella gemía por la estrechez de la

casa, por la orientación defectuosa de las habitaciones, todas al Norte,

y la fealdad de los papeles chillones, Julieta estaba en su oficina

oyendo en silencio las explicaciones de la empleada saliente, la

señorita Beaudoin, solterona impenitente que se había puesto amablemente

a su disposición, pero que no limitaba desgraciadamente sus buenos

oficios a lo referente a los «Correos y Telégrafos» y añadía un curso

variado de economía doméstica, de conveniencias mundanas y de moral de

las familias, mas un compendio histórico y biográfico de Candore y sus

habitantes, sin olvidar la presentación obligatoria de todos los que

asomaban la nariz por la ventanilla, y Dios sabe qué desfile era

aquél...

Nunca había reinado en el pueblo semejante fiebre epistolar, a juzgar

por el número de contribuyentes que iban a pedir sellos y tarjetas

postales.

--Sabe usted, hija mía, la vida es aquí muy barata--decía con

volubilidad la buena solterona;--la manteca a una peseta la libra...

¿Las hojas de sellos? Aquí, en este cajón... Se hace una visita a las

personas notables, el alcalde, el cura, el notario... ¿Los libros de

libranzas? Aquí, en este cajón de la derecha... No le servirán a usted

de mucho, como no sea el notario; los campesinos no confían casi sus

escudos al Correo; de vez en cuando unas pesetillas al muchacho que está

en el ejército... Tendrá usted su silla en la iglesia; es más barato y

está mejor visto... El cura es un buen hombre... Los del país no son

devotos, pero tampoco contrarios; no la miran a una mal porque vaya a

misa... La vecindad con el notario y con los gendarmes tiene algún

inconveniente para una joven, pero no olvidando lo que una debe a su

sexo, los demás no tienen tampoco ganas de olvidarlo... Candore es más

importante que el pueblo cabeza de partido, y tenemos un hospital,

donación del difunto conde, un verdadero pródigo, que devoraba el dote

de su mujer, pero buen sujeto... El hijo es más orgulloso, que se parece

a su madre en lo tieso, aunque la buena señora no se llame más que

Neris... Su padre era tratante en lanas, y su hermano podría bien

hacerle bajar los humos, pues son sus escudos los que danzan en el

castillo... Buena persona también el señor Héctor, pero le aconsejo a

usted que le tenga a distancia, pues es muy comprometedor para las

jóvenes... ¡Hablo por experiencia!... (La experiencia debía de remontar

muy lejos).

Liette escuchaba con paciencia esta charla, solamente interrumpida por

alguna breve pregunta o por la voz gangosa de alguna comadre que metía

el hocico por la ventanilla como si fuera a arrancársele.

--Buenos días, señorita Beaudoin... Dispénseme usted si la molesto, pero

necesito un sello de dos sueldos.

¡Qué suma de curiosidad en ese sacrificio de diez céntimos arrancados a

la rapacidad campesina!

Liette, sin parecer echarlo de ver, hacía silenciosamente su oficio,

mientras la exempleada le susurraba al oído:

--La tendera de la esquina, una mujer muy lista.

Y otras veces:

--La mujer del carretero, una verdadera chismosa.

--La granjera del Quejigal, una ricacha, pero más mala que un dolor...

La huérfana sentía pesar sobre ella todas aquellas miradas

inquisitoriales que investigaban su sencillo traje, inventariaban su

pobre mueblaje y observaban sus menores gestos con la astuta

malevolencia de los rurales para con «los de la ciudad».

Y los pasantes del notario, desde el «principal» hinchado de

importancia, hasta los escribientillos maliciosos y granujas, la miraban

descaradamente.

¿Y la charla desconfiada de los paletos, a cuyos dedos ganchudos costaba

tanto trabajo soltar las libranzas y contaban y recontaban las monedas

de plata alineadas delante de ellos?

¿Y las conversaciones de las criadas que respondían a las jeremiadas de

la viuda del otro lado de la valla?

Todo esto producía a la joven empleada una sensación de malestar y de

repugnancia.

Ella, cuya aurora se había levantado bajo el radiante sol de África, al

toque de las cornetas y entre el brillo de los uniformes; que había

crecido en una atmósfera de gloria y heroísmo, oyendo el relato de

luchas caballerescas y de combates fabulosos, como Sidi-Brahim y

Mazagran, ¡qué obscuro, mezquino y vulgar le parecía el presente!

A pesar de su ánimo, experimentaba una especie de cansancio y de

abatimiento.

Después del gran gasto de energía de los últimos años, la fuerza

nerviosa que la había sostenido hasta entonces la abandonaba al llegar

al puerto.

La inagotable verbosidad de la exempleada, las quejas lamentables de su

madre, el repique continuo de la campanilla incesantemente agitada, las

caras desagradables, hipócritas o malhumoradas, que se sucedían sin

interrupción en la ventanilla, esos mil pequeños detalles irritantes por

su vulgaridad misma, enervaban su alma, tan fuertemente templada sin

embargo, y bajo la calma aparente de sus maneras y la sonrisa forzada de

su cara, gruñía una sorda rebelión, una angustia conmovedora como la

llamada del desgraciado que se ahoga.

De repente se abrió la puerta de la oficina, empujada por una fuerte

mano.

Y apareció en el umbral, haciendo el saludo militar, el cartero del

pueblo, un veterano de bigote gris y cuya blusa azul estaba estrellada

por la cruz de honor.

--El tío Marcial, un soldadote nada cómodo--murmuró la antigua empleada.

Pero Liette no la oyó.

Como un rápido relámpago que desgarra la noche sombría, como un rayo de

sol que hubiese disipado la niebla que se amontonaba en torno de su

mente, aquella repentina aparición, que evocaba la gloria del pasado,

dio valor a la hija del soldado para la lucha, para el trabajo y para el

deber.

Y cuando el buen hombre vació delante de ella su saco de telegramas, le

echó una mirada de agradecimiento y le dijo:

--¡Gracias!

* * * * *

En seguida se puso valientemente a la tarea.

* * * * *

Fiel a las tradiciones de las nobles castellanas, cuyos usos y

costumbres hubiera hecho revivir de buena gana, la de Candore recibía

todos los domingos al cura y al notario, comensales obligados del

castillo.

El primero, a quien ella trataba con toda la deferencia respetuosa

debida a los más simples curas en las casas de los más orgullosos

representantes de la aristocracia, era un hombre gordo, borroso y

linfático, sin vigor físico ni moral, cuidadoso ante todo de su reposo,

que trataba de vivir bien entre el antiguo y el nuevo señor, es decir,

entre el castellano y el alcalde de Candore, y que a fuerza de repetir

«Bienaventurados los mansos», no veía otra cosa en el Evangelio.

Por el contrario, el segundo, al que la condesa llamaba siempre «mi

querido tabelión» con cierto aire de protección, olvidando que el abuelo

Neris había sido jardinero en casa del abuelo Hardoin, era, a pesar de

sus patillas grises, un cincuentón tan verde de espíritu como de cuerpo

y cuyas respuestas, de una bondad maliciosa, hacían a veces rechinar los

dientes como una manzana agria. Rara vez, y por mil razones, estaban los

dos de acuerdo, y la diversión favorita de Raúl era hacerlos regañar

sobre un asunto cualquiera y ver la cara asustada del cura ante las

réplicas agridulces del notario.

Aquella noche, mientras tomaban café en el terrado adornado de naranjos

y adelfas y Blanca descifraba en el piano un nocturno de Chopin,

estaban discutiendo la cuestión de una nueva institutriz y la de Candore

se quejaba vivamente de la dificultad de hallar una reemplazante para

miss Dodson.

--Observo, señora condesa, que pasa con esa como con las otras--hizo

observar tranquilamente el notario tomando un polvo de rapé;--siempre

las echa usted de menos cuando se han marchado, y tiene usted razón.

--Permítame usted no ser absolutamente de su opinión--dijo tímidamente

el cura;--esa joven, seguramente apreciable, tenía un defecto capital

para una familia católica: su herejía.

--¡Bah! no era por Blanca por quien era de temer su influencia--murmuró

el notario con expresión de duda echando una mirada al tío y al sobrino

que estaban fumando apoyados en la balaustrada.

--¿A quién se lo cuenta usted, mi querido tabelión? Eso es lo que hace

ser mi elección tan delicada. La fealdad es generalmente desagradable y

limitada; la vejez maníaca y enfermiza; en cuanto a la juventud...

soportable, el ensayo no me ha salido muy bien.

--Tú ves el mal en todas partes, Hermancia--dijo Neris sin volverse.

--Lo veo donde está, y, desgraciadamente, tú no me dejas equivocarme.

--¿Acaso esa señorita ha dado lugar a la maledicencia?--preguntó el cura

alarmado.

--Nada de eso, señor cura; su alejamiento es una simple medida de

prudencia en su propio interés.

El señor Neris se encogió de hombros con impaciencia. Raúl siguió

fumando con una flema enteramente británica.

--En una palabra, está usted sin institutriz y le hace falta una.

--No veo la necesidad--interrumpió Blanca que, después de dar

precipitadamente el último acorde, había abandonado el instrumento de su

suplicio y venía a tomar parte en la conversación.

--Desgraciadamente, tú no tienes voz en el capítulo, hermanita.

--Ni tú tampoco. Testigo miss Dodson, a la que no podías sufrir.

--Lo confieso.

--¿Y usted, señorita?

--Yo estaba bien dispuesta para con ella; pero parecía un poco

envidiosa... sin duda porque yo no tenía anteojos.

La joven se echó a reír agitando los rizos que revoloteaban en torno de

su frente.

--¿No siente usted, entonces, que se haya marchado?

--Realmente, sí. Se sabe lo que se deja, pero no lo que se toma; y ya

que mi querida mamá no me juzga capaz de gobernarme yo sola...

--A los dieciséis años es un poco pronto, querida.

--¡Bah! la edad no importa nada. Estoy segura de que haría menos

disparates que Raúl, ¿verdad, señor Hardoin?

--Me recuso, señorita, aunque tengo gran confianza en su alta sabiduría.

--Si es para usted un cuidado tan grande, señora condesa, ¿por qué no

pone usted a la señorita Blanca en el Sagrado Corazón de Noyon?--propuso

el cura.

--¿Por qué no en la escuela? Eso no es amable, señor cura... ¿Quién iba

entonces a azucararle a usted el café?

--Crea usted, querida señorita...

--Por otra parte, yo me opondría formalmente,--declaró Neris con

calor;--esta niña no se ha separado nunca de nosotros y no es ahora,

cuando su educación está casi acabada...

--¡Bravo, tío! En primer lugar, no podrías pasarte sin mí.

--¡Querida niña!

--Es ya tarde, en efecto, señor cura, para someter a Blanca al régimen

del colegio, que al lado de ciertas ventajas, presenta serios

inconvenientes desde el punto de vista de las maneras y de las

compañías. Y, sin embargo, esta niña está un poco sola y necesitaría una

amiga más que una maestra, aunque no fuera más que unas horas al día...

--Es lástima, mamá, que no vivas en la ciudad--insinuó como al descuido

Raúl:--allí encontrarías fácilmente una institutriz que, sin vivir en

casa, iría a dar a mi hermana unas cuantas lecciones ya muy suficientes.

--Ese sería el ideal.

--Desgraciadamente, en un agujero como éste es imposible.

--Se engaña usted, señor conde.

--¿Cómo es eso?

--Tiene usted a mano el ideal soñado, señora condesa. La nueva empleada

de Correos, provista de todos los diplomas, tiene la intención, según me

ha dicho, de utilizar las horas que tiene libres, y hasta me ha rogado

que le busque discípulas en Candore o en los alrededores.

--¿Verdaderamente?--dijo el conde haciéndose el asombrado como si no

hubiera visto con sus propios ojos el letrero pegado al cristal del

Correo:

=LECCIONES DE PIANO

DE INGLÉS Y DE FRANCÉS=

--¿Es persona recomendable?--preguntó la condesa.

--Ciertamente, y de las más interesantes--respondió el

notario;--mantiene a su madre con su trabajo y merece la estima de

todos.

--¡Qué calor, querido Hardoin!--dijo Raúl riendo.--¿Será capaz de

hacerle a usted renunciar al celibato?

--¡Oh! yo soy como el señor cura; me limito a casar a los demás.

--¿Es bonita?--preguntó con curiosidad la muchacha.

--No la he visto todavía--respondió el joven diplomático con un soberbio

aplomo.

--Es muy distinguida--dijo el notario.

--Y tiene además un aspecto modesto y decente--apoyó el cura.

--¿Cómo se llama?

--Julieta Raynal; su padre era oficial superior.

--¿Raynal?... Espere usted, he conocido un capitán de ese nombre en un

viaje a Argelia... y una vez hasta me salvó la vida...

--¿En un encuentro con los árabes, tío?

--No, señor burlón, en un encuentro con un león.

--¿Ha cazado usted fieras, señor Neris?

--No, querido amigo, yo fui cazado por ella... Un día, me había

retrasado en el campo y me iba a pie a Sidi-Bel-Abes, cuando vi detrás

de mí la sombra de un animal que tomé por un gran perro, por un ternero

escapado de algún rebaño, ¿qué sé yo?, del que no volví a ocuparme

más... Aquel animal me siguió paso a paso y al llegar a mi hostería

estaba literalmente pisándome los talones... Impaciente, quise alejarle

de un puntapié... Y un rugido que no daba lugar a ninguna duda respondió

a esta imprudente familiaridad. Tartarín tomó un burro por un león; yo

tomé un león por un burro. No soy un rayo de la guerra, pero, en fin, he

hecho lo que he podido... Pues bien, usted me creerá, si quiere, señor

cura, al oír la imponente voz del rey del desierto comprendí estas

palabras del Profeta: «Se estremeció mi alma y los pelos de mi cuerpo se

erizaron.» Helado de espanto e incapaz de hacer un movimiento ni de

pedir socorro, creía ya sentir los dientes de la fiera cuando desde una

ventana abierta me gritó una voz:

--Baje usted la cabeza.

Obedecí maquinalmente.

Silbó a mi oído una bala, un segundo rugido desgarró el silencio del

crepúsculo y el terrible animal, dando un salto enorme, cayó muerto a

mis pies... Mi salvador era un joven oficial de cazadores, casado con

una preciosa criolla y padre de una deliciosa niña, que podría ser bien

la persona en cuestión, si es la misma familia...

--Las apariencias coinciden maravillosamente; la madre de la empleada de

Correos ha nacido, en efecto, en la Martinica y su difunto padre sirvió

en África.

--Mejor. Por muy cortas que fueran nuestras relaciones, conservo de

ellas un encantador recuerdo y me alegraría mucho de poder ser útil a la

hija.

--No hay que apresurarse, Héctor, te lo ruego--observó la castellana.

Su hermano hizo un gesto de mal humor y, recostándose en su butaca, se

abandonó al penetrante encanto de los recuerdos de la juventud, más

dulces cuanto más se aleja uno de ellos, mientras la de Candore,

entregada a sus averiguaciones, hacía sufrir al cura y al notario un

verdadero interrogatorio del que Raúl no perdía palabra sin dejar de

hacer rabiar a su hermana.

* * * * *

El resultado de su diplomacia fue que la semana siguiente Julieta Raynal

daba su primera lección en Candore ante la mirada severa de la condesa,

benévola de Neris e indiferente, al menos en apariencia, del joven

conde.

* * * * *

Julieta iba ya todos los días al castillo, donde todo el mundo le hacía

la más simpática acogida.

Blanca estaba encantada de su institutriz. En lugar de la cortedad y de

la violencia involuntaria que se traslucían a pesar suyo en las maneras

de miss Dodson, encontraba en Julieta una gracia perfecta, un benévolo

abandono, y se unía estrechamente a ella con todas las fuerzas afectivas

de un corazón de dieciséis años ávido de darse.

La joven huérfana, por su parte, experimentaba una infinita dulzura en

aquella cándida confianza de la bonita niña que iba ingenuamente a ella

como a una hermana mayor.

Delicada y débil, verdadera sensitiva bajo su exuberante alegría, la

muchacha tenía una ardiente necesidad de afecto, una especie de ternura

inquieta y enfermiza que hubiera querido satisfacer en el seno materno.

La de Candore no era su madre, y por mucha que fuese su buena voluntad,

su naturaleza seca y altanera era incapaz de comprender esas

aspiraciones y esos ímpetus del alma. Su solicitud se limitaba al ser

físico y descuidaba el ser moral.

Y la niña, en su necesidad de ternura, se refugió en seguida en los

brazos amigos de Julieta.

La condesa se dignaba aprobar esa amistad. Muy pronto tranquilizada por

la reserva llena de dignidad de la empleada de Correos, había

prescindido de todo temor quimérico, juzgando que las menores

intentonas galantes serían rechazadas con pérdidas.

Por lo demás, Neris no manifestaba a la joven más que un interés

paternal, justificado por el recuerdo de sus relaciones con el

comandante.

Julieta no había encontrado todavía a Raúl en el castillo.

Por otra parte, por muy galante que le supusiera la de Candore, temía

mucho más a los encantos reales de la joven inglesa que a la belleza

discutible de su reemplazante.

Julieta, en efecto, no era lo que se llama bonita, a pesar de su perfil

de camafeo, su tez mate y sus grandes ojos negros. Las luchas que había

tenido que sostener, y el cuidado de su responsabilidad, habían

comunicado a sus facciones una gravedad precoz, la expresión viril de la

dulce firmeza que le venía de su padre y que él animaba en otro tiempo,

cuando era pequeña, repitiéndole entre dos besos.

--Liette no tiene miedo; Liette es valiente.

Lo era, en efecto, con toda la fuerza del término, y, como un soldado

que sube valientemente al asalto, iba derecha a su objeto, sin mirar a

derecha ni a izquierda, con la vista fija en esta querida divisa para

todo el que tiene el culto del honor.

«¡Haz lo que debes!»

La de Candore, seducida por aquel carácter, que no era para

desagradarla, la había proclamado una persona perfecta, no completamente

linda, pero completamente distinguida.

En efecto, la distinción era su marca soberana; al más modesto empleo, a

la más humilde función llevaba ese aplomo superior de los que tienen

conciencia de no rebajarse nunca.

Esa actitud le había hecho algún daño con los buenos habitantes del

pueblo, acostumbrados al modo de ser de la antigua empleada, cuya

oficina era el punto de cita de todas las comadres y la caja de Pandora

de donde se escapaban todas las maledicencias que florecían igualmente

en el pueblo y en el campo.

La Beaudoin, al retirarse después de treinta años de servicios, se había

jactado de continuar gobernando los «Correos y Telégrafos» bajo su

sucesora, «una persona tan joven y tan inexperimentada a la que sería

caritativo guiar y aconsejar.»

Pero, aunque con perfecta cortesía, Julieta había respondido de tal modo

a sus reiterados ofrecimientos, que la solterona, desengañada, se había

eclipsado prudentemente llevándose en su retirada a las concurrentes

habituales de la oficina, a quienes la nueva empleada desconcertaba por

su clara mirada y por la exquisita política de su: «¿Qué desea usted,

señora?»

--Tiene cara de ser orgullosa, decían.

No era orgullo, sino indiferencia.

Aquella hija de soldado, tan duramente herida por la suerte y que se

sometía sin quejarse a las más rudas tareas, conservaba alto el corazón

y alta la frente, por simple atavismo.

Su alma noble y su espíritu elevado se cernían por encima de las

miserias de su condición material; pero si empleaba una gracia sonriente

en su ruda labor, una vez acabada su tarea huía de las mezquindades de

lo vulgar para empaparse en las fuentes eternas del Ideal, de la Poesía

y del Arte.

Tenía una biblioteca pequeña, pero escogida; era excelente profesora de

música, pintaba con gusto y su alma entusiasta se regocijaba con los

admirables paisajes que la rodeaban.

Su mejor recreo era ir con su madre a sentarse en el campo y tomar

croquis de los sitios pintorescos o bien abismarse en algún ensueño de

Lamartine o de Hugo mientras que la indolente criolla dormitaba mecida

por la armonía de los versos y acariciada por el ardiente beso del sol

que le recordaba su país.

A veces Liette se detenía pensativa al ver dos novios que se dirigían

lentamente al pueblo o algún robusto labrador que hacía saltar

alegremente en sus brazos algún mofletudo muchacho.

Una vaga melancolía nublaba un instante la pura radiación de sus grandes

ojos... A los veinte años estaba acabada su juventud y, solterona antes

de tiempo, seguiría estando sola, sin apoyarse jamás en el brazo de un

esposo, sin inclinarse nunca hacia la dulce carita de un niño, sin otra

criatura a quien proteger que aquella madre infantil de la que hubiera

podido decir con un escritor célebre:

«Mi madre es una niña que yo tuve cuando era pequeña.»

Su vida se deslizaría en la monotonía del trabajo diario y del negro

cuidado de la existencia, más negro todavía cuando estuviese sola. Y, en

un impulso de ternura inquieta, que asustaba a la descuidada criolla, la

besaba locamente repitiendo:

--¡Oh! querida mía, no me dejes, no me dejes jamás...

Liette · 第 1 / 11 段