empujar hacia el Poder, mas no para enlazar en los múltiples intereses
de la vida del Estado y de la sociedad á las agrupaciones en cuyo favor
ha trabajado. Fuerza industrial, ha servido para enfrenar con los
intereses que representa el desenfreno natural de los que luchan por el
Poder, mas no para servir de norma jurídica á los intereses económicos.
Cuando toma la primera dirección, el periodismo contribuye á la
disociación, por tanto al mantenimiento de la inmoralidad pública,
favoreciendo el desenfreno de las pasiones políticas. Cuando sigue la
segunda dirección, desmoraliza también, atribuyendo á los intereses un
predominio que no deben tener sobre el Derecho. En el un caso, el
periodismo empieza ó acaba, si victorioso, por ser cofundador de
personalismo ó tiranía; si vencido, por ser favorecedor de la anarquía.
En el otro caso, acaba por donde empieza: por ser adulador de los bienes
materiales y de los afortunados, individuos, grupos ó naciones, que han
llegado al término de sus satisfacciones materiales. El periodismo
instituído por el afán de poder es una lección diaria, semanal ó
quincenal, pero continua en sus efectos, de inmoralidad intelectual, que
es de las peores, y de falta de carácter, que es el peor ejemplo de
inmoralidad. Siendo tornadizo su objetivo, que es el poder, su criterio
se hace tornadizo. Y como opera sobre una muchedumbre, que no es
solamente la formada por el partido político á quien sirve, ó por el
Gobierno que sostiene, sin la innumerable muchedumbre de lectores á
quienes presenta formada una opinión, afecta á la razón, al juicio y al
sentido común de esa muchedumbre. Lo bueno ayer es malo hoy; el
vaticinio de hoy será ludibrio gitanesco de mañana; la verdad pasada,
mentira presente; la alabanza de un día, vituperio del siguiente, y los
hombres, y las ideas, y las cosas que no cambian por estar firmes en sí
mismos, alternativamente bendecidos y maldecidos, más maldecidos que
bendecidos, por ser mayor número el de las veces en que su firmeza obsta
á la liviandad de los juicios de partido. El periodismo instituído por
el afán de lucro es también una lección continua de inmoralidad de
sentimiento y voluntad; inmoraliza los sentimientos públicos, porque es
una predicación incesante en pro de todos los éxitos, y escarnio
frecuente de todos los sentimientos generosos; desmoraliza la voluntad
social, porque de continuo la solicitan á desarrollar su actividad en el
sentido de los bienes físicos, y á permanecer inerte ante los males
morales de la sociedad. En una y otra dirección ha hecho la fuerza del
periodismo mucho bien. Á los pueblos envilecidos por la autocracia
monárquica ó republicana los ha moralizado, poniendo al alcance de todos
el Poder, presentando al alcance de todos la fortuna; ha servido bien al
Derecho, demoliendo privilegios; á la Industria, enalteciendo los
méritos del trabajo; á la igualdad, sometiendo todas las jerarquías á su
crítica; á la riqueza pública, revelando su origen en el trabajo común,
su fuerza en la del capital acumulado y la potencia del capital en el
ahorro. Cuando combate un error jurídico ó económico, cuando zahiere una
preocupación ó un fanatismo, cuando persigue, látigo en mano, una
injusticia, cuando mata civilmente á un hombre malo, cuando hace frente,
á nombre de los intereses generales, á los intereses particulares,
cuando asocia contra los que disocian, cuando liberta contra los que
esclavizan, cuando educa contra los que embrutecen; en suma, cuando en
nombre de la idea parcial de que son forma, los periódicos políticos ó
los periódicos industriales coinciden con las ideas, las necesidades,
los derechos, los intereses efectivamente sociales, hacen el bien de dar
unidad de fuerza á los continuos esfuerzos que hace toda la sociedad por
desarrollarse y vivir en sano desarrollo.
Mas no hace entonces el periodismo todo el bien que debe hacer, y aun
descontándole el mal que mezcla á los bienes que procura, no se le puede
excusar que no sepa servir tanto para moralizar como sirve para
desmoralizar.
El periodismo no es en esencia una fuerza privativa, como la han hecho
en realidad. Es una fuerza expansiva y comprensiva, que debe extenderse
á todo y abarcarlo todo en el sentido de la verdad, del bien, de la
libertad y la justicia. Es en esencia una historia continua de una
fracción de humanidad que por fuerza ha de exponer indignidades é
iniquidades; pero ha de exponerlas, como están, en continua lucha con la
dignidad y la justicia. Su norma, como la del historiador, ha de ser la
imparcialidad, no sólo la del juicio, que declara la verdad por ser
verdad, sino la imparcialidad de la conciencia, que aprueba
enérgicamente el bien por ser el bien, y condena categóricamente el mal
por ser el mal.
Sus armas deben ser la idea del deber, para vulgarizarla é imponerla; el
derecho, para enseñar é incitar á ejercitarlo; el orden económico, para
oponerlo á los errores de economía social que malogran ó desvían las
fuerzas productivas; el orden jurídico, para oponerlo á las torpezas de
voluntad y de razón que de continuo lo conmueven, lo alteran ó lo
arriesgan; el orden moral, para presentarlo constantemente como el
_desideratum_ de la dignidad humana.
Aunque no hay todavía ninguna sociedad civilizada en donde el periodismo
alcance el que debiera ser punto de mira de esa historia cotidianamente
realizada y cotidianamente escrita, aquellas entre todas las sociedades
que mejor han cultivado el Derecho y que más reposan en la base jurídica
que han construído, son también las en que el periodismo tiene más
fuerza social. La tienen, no sólo por la eficacia de la obra diaria ó
periódica, sino porque se encierra mejor entre las dos corrientes de
derecho y de interés social que privativamente despliega en este sentido
ó en aquel la Prensa de los demás países.
Así, los periódicos de la Unión Americana, los de Inglaterra, Suiza,
Bélgica, República Argentina, Chile, son incomparablemente superiores,
por la extensión del propósito y por la relativa fijeza de sus medios de
acción, á los de cualesquiera otras naciones.
Pero los Estados Unidos é Inglaterra son los pueblos que mejor han
comprendido y practican mejor el periodismo. Son los pueblos en donde la
Prensa periódica ha servido para secundar los esfuerzos civilizadores,
enviando exploradores al África y al Polo; los esfuerzos científicos,
promoviendo el progreso de la Meteorología; los esfuerzos del Arte,
iniciando certámenes; los esfuerzos de la confraternidad, estableciendo
ó aceptando correspondencias de todos los puntos de la tierra; los
esfuerzos del sentido común, practicándolo en su propaganda y en sus
juicios sobre los hechos humanos.
No obsta la universalidad de miras del periodismo mejor concebido y
practicado para que falseen su juicio y desvirtúen su fuerza, acomodando
el uno y extendiendo ó recogiendo la otra, á merced de intereses ya
particulares, ya de partido, ya de secta, ya de reacción, cada vez que
un interés humano se presenta momentáneamente como hostil á intereses
nacionales cualesquiera ó á cualesquiera intereses del Comercio, de la
Industria ó de instituciones poderosas.
II
Si el periodismo es todavía una fuerza ciega, la culpa es del
periodista.
No hay ningún sacerdocio más alto que el del periodista; pero, por lo
mismo, no hay sacerdocio que imponga más deberes, y, por lo mismo, no
hay sacerdocio más expuesto á ser peor desempeñado.
De ahí, principalmente, la inmoralidad del periodismo.
El periodismo está de continuo expuesto á una inmoralidad involuntaria y
á otra voluntaria; á la involuntaria, cuando por fanatismo político,
científico ó religioso, se pone en abierta contradicción con la verdad ó
la justicia; á la inmoralidad voluntaria, cuando vende lo que piensa,
piensa por cuánto lo compran y convierte el sacerdocio de que es indigno
representante en infame granjería.
Como éstos son los periodistas más peligrosos, son los que hacen al
periodismo más incapaz de realizar su fin; y como el periodismo desviado
de su fin es el menos escrupuloso, el periodista más formidable es el
que escuda su villanía, su indignidad y su maldad en el terrible
baluarte de un periódico sin conciencia. En la doble acción del
periodista malo sobre el periódico malo, y de éste sobre aquél, es en
donde suele con frecuencia aparecer más de relieve la inmoralidad social
que desarrollan y la inmoralidad social que los sostiene.
Como el periodista innoble se fortalece en la fuerza irresponsable del
periódico, es temido por esa fuerza, más que por sí mismo; al modo que
en una tertulia al aire libre, el maldiciente que la anima con sus
calumnias no es tan temido por él mismo cuanto por la fuerza que recibe
del grupo que lo rodea.
Hay estados sociales en los cuales brotan esos periodistas que usurpan
nombre, función y autoridad que no merecen, como brotan plantas
espinosas en terrenos incultos ó en terrenos agotados; como éstas son
hijas de su medio botánico, aquéllas son hijas de su medio sociológico.
Una sociedad infantil, cuyo estado mental es el de las instituciones mal
formadas, y una sociedad senil, cuyo estado mental es el pesimismo
negativo, son terreno inculto la una, agotado la otra, en donde la
función social más civilizadora no puede tener sacerdotes dignos de
ella. Los dignos serán la excepción.
No serán la regla general, porque los grandes sacerdocios requieren
grandes almas; pero serán mucho más numerosos en las sociedades fuertes,
por su sana juventud, los periodistas aptos para su función.
Aptos ante todo por la generosa disposición de su ánimo, por su
prontitud de corazón á todo sentimiento generoso, por su candorosa
aceptación del deber como regla de conducta; pero no es esa la única
aptitud ni la que más se echa de menos en los luchadores del periodismo.
La aptitud que menos tienen, aunque parezca paradójico, es la que más
tienen. Generalmente, el periodista es llamado; lo llama la vocación
intelectual, y, en general, es inteligente; pero también, en general, es
ignorante.
Debiera, si el genio de periodismo que cultiva es el consagrado á la
lucha del Derecho, estar versado en todas las ramas de la
jurisprudencia, en el estudio comparativo de las legislaciones, en la
historia de las instituciones jurídicas, y principalmente en la
filosofía del Derecho.
Entonces no declamaría. No declamando, no desmoralizaría, porque no
llenaría de aire la cabeza de sus lectores, ni de exageraciones el
sentimiento público, ni de errores la razón común. No declamando,
moralizaría, porque prácticamente enseñaría á ajustar medios á fines,
procedimientos á propósitos, doctrinas á ideal.
Debiera, si el género de periodismo que ha preferido es el consagrado á
la defensa de los intereses económicos de la sociedad, empezar por tener
una cultura económica bastante y concluir por tener suficientes
conocimientos tecnológicos: la historia general de la industria, la
particular del comercio universal, la historia de las instituciones
económicas, y sobre todo la historia de la civilización humana, deberían
ser sus continuos auxiliares.
Si el género de periodismo á que consagra el periodista la altísima
santidad de su función fuera el que debiera ser, el periodismo
verdadero, el que reune la forma jurídica á la industrial, el periodista
debería brillar como autoridad intelectual en ciencias sociales y
morales.
Ni el periodista bueno ni el malo tienen hoy esa cultura. No teniéndola,
la primera inmoralidad de que son ejemplo y que autorizan y propagan es
la de encargarse de una función social cuyas operaciones no conocen.
Sin duda que ha habido, y hoy brillan con honra para ellos, con utilidad
para la institución, con beneficio de la sociedad, periodistas de primer
orden, capaces en lo moral de la mayor elevación, y de los mejores
esfuerzos de cultura y de talento en lo intelectual; pero esas son
individualidades, y la individualidad es siempre extraordinaria.
Gracias á ella conserva el periodismo una parte de su fuerza
moralizadora; gracias á ella se salva de la pendiente de corrupción por
donde va; gracias á ella se reconcilia con la degenerada institución el
que tiene de ella la alta y exacta idea que debe tenerse del medio más
extenso y más enérgico que existe de exponer á la vista del mundo entero
la fuerza y la fecundidad de los deberes.
CAPÍTULO XXXVII
LA MORAL Y LA INDUSTRIA
Hay algunas industrias que parecen condenadas á ser perpetuo ejemplo de
inmoralidad: son las de cambio y producción en corta escala; lo que
generalmente se llama _pequeño comercio_ y _pequeña industria_ en
castellano afrancesado.
Tan favorecedoras de inmoralidad son la industria del comercio al por
menor, la manufactura propiamente dicha y la economía rural, que una de
las contrapruebas infalibles de la honradez nacional y de los hábitos
virtuosos de las variedades etnográficas de la civilización es la
equidad en los trueques, permutas, cambios, transacciones y negocios
ordinarios. En general, los pueblos del Norte, principalmente los tres
de la Escandinavia, son mucho más probos que los restantes de Europa;
los del extremo Norte y el extremo Sur de América, mucho más que los
restantes del continente.
En esos medios industriales, la producción de la economía rural y la de
la manufactura en corta proporción se mantienen siempre en las
condiciones económicas de la producción, y el comercio versa sobre
productos legítimos y con arreglo escrupuloso á las alzas ó bajas
legitimadas por la ley de la oferta y la demanda. Consumidores honrados
que satisfacen con trabajo sus consumos, esos pueblos producen y cambian
con enternecedora equidad y sencillez.
La doblez y la falta absoluta de equidad empiezan para el comercio y la
manufactura en corta escala cuando empiezan las urgencias de la vida
urbana. Entonces toda tradición se olvida: la producción de mala fe y el
cambio de mala fe sustituyen al trabajo honrado. Comienzan las
falsificaciones en la producción, y el hurto, verdadero hurto, en el
cambio al por menor. Tan pronto como la demanda excede un poco á la
oferta, la producción se adultera y el cambio se desmoraliza. Un simple
aumento de población flotante en los lugares de Europa y América
apropiados para el veraneo, ó la simple introducción de un nuevo
producto en los mercados americanos, no muy abastecidos por el comercio
internacional, bastan para iniciar á poblaciones inocentes en las
trápalas de la industria de mala fe.
Mas no son, aunque corruptores, esos frutos perversos del lucro á toda
costa los que más daño hacen á la Moral universal. Eso mina el corazón
sencillo de campesinos y aldeanos en los países civilizados ó que
participan del usufructo de la civilización, y desarraiga de la mente
candorosa de las razas primitivas las ideas de equidad y buena fe, de
lealtad en los contratos y de veracidad en la conducta; pero se presenta
ó puede hacerse aparecer como el resultado de la inmoralidad individual.
Cuando la industria se hace solidaria de la inmoralidad de la
civilización, ó mejor cuando la inmoralidad de la industria hace
responsable de sus faltas, delitos y crímenes á la civilización de que
es factor, á la vez que exponente, es cuando, por encima de todas las
industrias, se presenta triunfante, satisfecha y poderosa la industria
de las falsificaciones, cuando la ley de la competencia degenera en
guerra económica y cuando el Estado no retrocede ante el crimen con tal
de beneficiar su producción y su comercio.
Á ese momento industrial hemos llegado ya hace tiempo. Tanto tiempo hace
que nos hemos hecho indiferentes á ese mal. Y cuando en cualquiera
manifestación de la vida humana se llega á la indiferencia del mal que
con ella se desarrolla, es porque el mal es crónico.
Si un mercado se cierra á productos falsificados ó maleados de
determinada procedencia, acto de sanidad internacional que muchas veces
no es más que un acto de envidiosa protección á los productos propios,
suele oirse el vocerío de la Prensa universal, que repite de eco en eco
la misma voz de la alarma, ofendiendo, tal vez sin saberlo, á la verdad,
y de seguro favoreciendo el interés económico del que dió la alarma. Eso
sucedió más de una vez con los jamones de los Estados Unidos, que
efectivamente pueden llevar el germen de muerte que en casi todas partes
contienen sus similares, pero que dañan más por la competencia económica
en que están triunfando que por ser más ofensivos que cualesquiera otros
jamones.
Mas cuando la Prensa universal no vocea, ni los Estados cierran sus
puertos, ni cohíben con leyes represivas la producción y el cambio, los
productos aparecen _científicamente_ falsificados. Grasas, aceites,
vinos, vinagres, granos, colores, tintas, tejidos, objetos de primera
necesidad, objetos suntuarios, objetos de arte, objetos de ciencia, todo
se falsifica, y hay países en donde la mayor fuerza productora de la
industria se manifiesta en esa producción de mala ley. ¡Y hecho que
patentiza la honda caries moral de nuestro tiempo! Son los dos pueblos
que más derecho tienen á la consideración de los otros, por el carácter
eminentemente edificante de algunas formas de su vida nacional, los dos
que más se distinguen, que más compiten en esa odiosa, y á veces, con
frecuencia, criminosa inmoralidad industrial. Dolencias gravísimas, que
en el curso regular de la existencia no se manifestaban sino de un modo
excepcional, muertes entre dolores atroces, envenenamientos súbitos ó
lentos, son las consecuencias notorias y notadas de esa proterva
industria; y, sin embargo, los pueblos y sus gobiernos no se creen
solidarios de esos crímenes, que tienen todos los caracteres del crimen
atroz, desde la premeditación hasta la esperanza de la impunidad. Las
dos formas que ha tomado la guerra económica en nuestros días son
igualmente abominables; pero si alguna de las dos hubiera de ser más
maldecida, todas las maldiciones de la Moral caerían sobre la innoble
lucha que se hacen los Estados para asegurarse el prevalecimiento de sus
productos y entorpecer ó extirpar el consumo de los productos rivales.
Las consecuencias morales de ese proteccionismo son inmediatas: las unas
se refieren al descuido y á la falta de emulación para el mejoramiento
del producto privilegiado, las otras se refieren á los esfuerzos contra
la ley que regula la necesidad mal satisfecha por la producción
privilegiada.
La primera serie de consecuencias transciende á los hábitos y virtudes
del trabajador y del capitalista, en primer lugar, y en segundo lugar á
la dignidad de la nación. Transciende á hábitos y virtudes industriales,
porque altera ó paraliza los esfuerzos de buena fe para el aumento y
mejora, para el fomento y perfección de la industria. Transciende á la
honra nacional, porque á no ser distinta también de la naturaleza
individual la nacional, no puede haber nación que considere honrado
proceder el de imponer á mercados menesterosos, aislados ó abandonados,
los productos que se sabe son inferiores á aquellos con los cuales no se
atreven á competir en el suelo nacional.
Nada puede haber más grave para un pueblo que la mengua de su honra ante
los otros pueblos; pero como, en cierto modo, la conciencia universal
forma la nacional y hasta la individual, las naciones que protegen sus
industrias aun sabiendo y por saber que son inferiores, para imponerlas
al comercio nacional, al colonial y al extranjero, pueden seguir
teniéndose por honradas. Lo que no pueden es evitar el daño que á sí
mismas se hacen con su indiferencia moral, y por eso son más graves las
consecuencias de la segunda que las de la primera serie, originada por
el inmoral propósito de favorecer las industrias nacionales á costa de
las extranjeras.
Entre las consecuencias de esa segunda serie, la más imponente, por los
crímenes contra la ley y contra las personas á que da nacimiento, es el
contrabando. En la actualidad no hay un solo país de la tierra
civilizada, ni uno solo, sin exceptuar á la semilibrecambista
Inglaterra, en donde, sobre la infamia de la industria de falsificación,
no incube la verdadera industria del contrabandista. Y dicho sea sin
reparo, en nombre de la misma Moral que condena el torcimiento de la
Industria hacia fines tan innobles como los que hoy la dirigen; entre el
contrabando, que rehuye el cumplimiento de leyes que violentan el orden
económico y los Estados que persiguen á los que tratan de restablecer,
aunque inmoralmente, las bases de un orden trastornado, más moral es el
contrabando que el Estado que lo hace necesario.
Y si se piensa que el contrabando engendra al contrabandista, que el
contrabandista es el instrumento del comerciante, que el comerciante
utiliza impunemente los beneficios que le hace el contrabandista, y que
éste se pone fuera de la ley y es un enemigo del Estado, que el Estado
persigue con agentes organizados y disciplinados para ese solo fin,
produciendo sus luchas con los enemigos del Fisco una guerra sangrienta
y sanguinaria que en algunos Estados, España, por ejemplo, dan á la
estadística de los crímenes y las desgracias nacionales un contingente
anual triste y sombrío, se sentirá la necesidad de unir sus maldiciones
á las que arroja la Moral sobre los Estados que malean las condiciones
esenciales de las industrias extractiva y comercial, imponiéndose con
leyes que las vejan al bienestar de nacionales y extranjeras, y
desmoralizando del modo más profundo el trabajo, instituído por la
Naturaleza para bien individual, social y humano.
Ya, gracias fervientes sean dadas á la alianza de los egoísmos
nacionales con el altísimo altruísmo de los hombres mejores de este
siglo, ha desaparecido la esclavitud que lo manchaba; ya, con ella, la
oprobiosa inmoralidad á que concurrían naciones, gobiernos, tráfico y
traficantes, compradores y vendedores de almas humanas, sostenedores y
utilizadores de la más infame entre cuantas instituciones han servido
para patentizar el fácil uso que el hombre hace del mal. Pero tiempo
transcurrirá, tiempo lento, tiempo largo, antes de que los pueblos
americanos educados por Europa en el uso del trabajo servil, vean
devuelta su dignidad al trabajo, su iniciativa al trabajador, su
conocimiento del fin para que sirve al capital, su orden á la vida
económica, su moralidad á la vida íntima y de relación, privada y
pública.
Tiempo será largo el que haya de transcurrir antes de que nos limpiemos
de esa asquerosa laceria. No satisfecha de manchar el cuerpo, se ha
grabado en el alma de nuestras sociedades. Ni aun el alma saludable de
la sociedad norte-americana ha perdonado, y el menor mal que en ella ha
producido es grave mal: el de hacerle odiosa una raza de hombres que ha
servido de instrumento vil.
En las otras sociedades envilecidas durante siglos por la doble
esclavitud del etíope ante la sociedad, y del colono ante su metrópoli,
la innoble utilización del hombre como instrumento inconsciente de
trabajo empezó por malograr la industria y concluyó por malograr la
libertad.
De paso malogró la vida de familia y la vida de relación, cuya única
base de reconstrucción es hoy el afectuoso corazón de la mujer en la
primera, y la tendencia afectiva de la raza latina en la segunda.