Cuando no es tanto, el amor teatral es menos que instinto, es pura

tontería, ó, más enérgicamente, impura tontería: lo que no va en

suspiros, se va (sobre todo en el teatro español), en respiros líricos.

Si se le ve pasar del sentimentalismo, de seguro no se verá nunca pasar

el amor teatral á verdadero sentimiento. Para eso es necesario

remontarse á Shakespeare.

Pero no ha bastado á la dramática contemporánea el dar al amor el

monopolio dramático. Tal es esa pasión, y tan profunda raíz de nuestra

vida, que, entrelazada como va por el mundo á cuantos motivos pasionales

y volitivos tiene la Naturaleza, y á muchos de los que tiene la razón, y

á todos los que se dramatizan por su contraste con el deber en la

conciencia, y á tantos cuantos son manifestaciones de la vida colectiva,

hubiera bastado el verdadero amor para llenar toda la dramática en todas

sus evoluciones.

Mas no es esa fuerza estética la conocida ni manejada por el teatro de

nuestros días. El amor que él conoce, que él objetiva, que él

sustantiva, que él adjetiva, que él explora, que él explota, es el amor

adúltero. Siempre, ó casi siempre, es él la razón dramática. Cualquiera

sea, por otra parte, el elemento intelectual que éntre en la

composición, el resorte es el adulterio. Cualquiera sea la intención

dramática, la enseñanza es el adulterio. Cualquiera sea la acción,

aunque sea eminentemente social, es decir, aunque exponga fuerzas

sociales en movimiento, aunque sean pasiones sociales las objetivadas

por el drama, el motivo ó la consecuencia de la acción es el adulterio.

Á la verdad, la familia latina no está tan sólidamente cimentada en

hábitos tradicionales de trabajo, obediencia, sacrificio y educación

como la familia teutónica y escandinava, ni tiene una base jurídica tan

firme como la familia anglo-sajona: por sus tendencias intelectuales y

sociales, por su misma sensibilidad externa, demasiado expansiva para

ser muy intensa, la familia latina de ambos mundos está ligada por

vínculos menos estrechos que las tres con quienes comparte el dominio de

la civilización actual. Pero aunque su único verdadero lazo de unión sea

el afecto, y el afecto no es tan resistente como el derecho ó como la

educación que lo confirma, no se puede asegurar, ni aun en tesis

dramáticas, que la familia está de continuo expuesta á verse disuelta

por el adulterio. Á lo sumo, será verdad que acontezcan frecuentes casos

de disolución ó de amenaza de disolución de matrimonio en las ciudades

necesariamente crapulosas, en donde la competencia por el parecer es tan

bestial como la competencia por el ser. Pero las ciudades que

capitalizan las influencias generales de una sociedad no son la

sociedad, y hay que pedir cuenta al drama moderno de su idea de sí

mismo.

Si lo que idea es producir efectos patentizando los riesgos á que la

inmoralidad inconsciente de los centros populosos y crapulosos expone á

la familia, bien mezquina en su noción de la fuerza moralizadora del

teatro, cuando se circunscribe á formas artificiales de la vida; es

decir, á las que toma en las cortes monárquicas ó en las semicortes de

una república embrionaria; así circunscripta la influencia del arte

dramático, no puede trasponer los límites de esos medios sociales, y si

los traspone es para mal. La influencia de la dramática francesa (con

más exactitud, de la dramática parisiense) no ha podido, al

trasplantarse, ser más perniciosa. Cuando menos, y por lo que dice

relación al solo fin del arte como arte, ha corrompido la inspiración

nacional de los dramaturgos del Norte y ha empobrecido la _vis

dramática_ del teatro español.

Si la idea que de sí misma tiene la dramática es la que tenemos todos,

la que es su propio fin, tiene entonces capacidad moralizadora y puede y

debe y es bueno que la despliegue en la objetivación viva y activa de

los males sociales que por inducción é irradiación se derivan de una

mala organización de la familia ó de las causas de su desorganización.

Dado ó supuesto á la dramática contemporánea ese propósito, y siendo,

como efectivamente es, bueno y dramático, dos veces bueno, ante la Moral

y ante el Arte, parece increíble que no haya sabido cumplirlo ni sacar

de él la multitud de recursos que contiene. Parece increíble, pero es

natural, que no haya sabido utilizar su propósito. Inspirándose en el

artificio de una vida como la en que se inspira, la dramática

contemporánea se olvida ó se aleja constantemente de su objeto; como

consecuencia necesaria, no lo alcanza.

Bastaríale reflexionar en los motivos que han hecho de la constitución

de la familia la fuente dramática de nuestros días, para fecundarse en

ellos.

¿Por qué trata de dramatizar el artista los conflictos, congojas,

angustias y catástrofes á que vive expuesto en los centros malsanos de

sociabilidad el principio de familia? ¿Por qué promueven el interés

dramático? No por sólo eso, porque el fin del arte dramático no es

solamente el drama, que lo es también la lección del drama. Pero

asintamos á la idea del arte por el arte y desliguemos de todo

compromiso con la Moral á la dramática; utiliza los motivos dramáticos

que le ofrece la vida de familia, porque promueve el interés dramático,

está bien. Pero, ¿y por qué promueve ese interés? Porque las peripecias

del hogar mal constituído ponen á prueba el talento del artista. Mucho

talento, efectivamente, se ha malgastado en la exposición dramática de

esa vida artificial; pero en mucho mayor y más abrumadora cantidad se ha

producido el fastidio y la monotonía del mismo asunto, las mismas ideas,

las mismas apelaciones á la lírica, los mismos recursos teatrales, las

mismas inverosimilitudes y la misma desnaturalización de la Naturaleza á

que, en apariencia, quiere ceñirse el artista.

Si el interés dramático se promoviera por sólo el partido que el

dramaturgo moderno supiera sacar del mal que expone, por lo que hace al

Arte bastaría: habría alcanzado á conmover. Pero no conmueve casi nunca

y casi siempre fastidia. Y sin embargo de que se repite de continuo,

promueve el interés. ¿Por qué? Obvia la razón: porque es un interés

humano, un interés social, un interés de todos y de cada uno, un interés

de razón y de conciencia, de sensibilidad y voluntad, de instinto y de

moralidad, de derecho y ley, de presente y porvenir, que no está

localizado en Francia, Italia, España, ni amoldado á los moldes

particulares del vicio en Berlín, Viena, Londres, Madrid, y, sobre

todas, la capital del vicio y la virtud, París, sino que transciende á

todo el mundo civilizado, porque en todo el mundo civilizado está

todavía pendiente el problema de ajustar la vida íntima del hogar y las

relaciones del hogar con las sociedades exteriores á la reforma de vida

y pensamiento que ha producido el nuevo sistema de pensamiento y vida.

En la parte de Europa en donde la familia tradicional tiene raíces

suficientes para resistir el ímpetu perturbador, no son los cuadros

disolventes, sino al contrario, los apacibles cuadros de la vida

patriarcal, los que promueven el interés dramático. En la única

sociedad, los Estados Unidos, en donde todas las instituciones de la

vida se han transformado sin necesidad de reformarse violentamente al

ímpetu de nuevas corrientes de ideas, no puede haber interés dramático

en la representación de las convulsiones del hogar doméstico, porque

estando firme el hogar, no hay interés social. Tan escrupulosamente

exacta es la afirmación, que es experimental. Sólo en Nueva York pueden

representarse los dramas europeos, y ni aun en Nueva York los entienden

bien. Se ha visto allí, entre otras, recusada por el público una de las

más ingeniosas composiciones del teatro español contemporáneo, sencilla

y exclusivamente por no entender el público que un caso de adulterio

puede inspirar interés á una sociedad dueña de sí misma, en donde hay

recursos y se han puesto en juego, para que la institución del

matrimonio se ajuste á las demás instituciones del Derecho y para que

los vicios sólo ejerzan en él la perturbación excepcional que es de

eterna experiencia esperar que germinen dondequiera.

El interés dramático del adulterio no puede inspirar otra actividad

estética que la de aquellas sociedades en donde las instituciones aún

subsistentes del pasado no tienen raíces en el corazón del pueblo, ó la

de aquellos en donde las preocupaciones románticas han podido coexistir

con las tendencias positivas, por no haberse perfeccionado con el

derecho nuevo.

La tesis dramática, según se desprende del teatro contemporáneo, es

esta: No hay familia; no habiéndola, ¿cómo se llega á ella?

La tesis, aunque incompleta, está bien en su parte negativa. No hay

familia en las ciudades crapulosas, y es necesario que el Arte, como

todo, contribuya á decir cómo se reconstruye la familia. Pero el

desarrollo de la tesis es absurdo. Si de lo que se trata es de

contribuir á reconstruir, ¿cómo se empieza por destruirlo todo, de

cimiento á cornisamento? El interés dramático no podrá estar en

destruir, y no ha estado. El teatro, por tanto, en vez de animarse con

la fuerza del propósito nuevo que traía, ha languidecido y languidece. Y

seguirá languideciendo y fastidiando mientras persista en su obra

negativa. Recursos abundantes para emprender la obra positiva le

proporcionan de consuno su propio fin estético, su fin ético y su fin

social, aunque se reduzca expresamente al que en la actualidad se

atribuye.

En la familia, en el hogar universal, no el desorganizado de las grandes

ciudades europeas, hay motivos de drama, de influencia dramática, de

enseñanza por medio de la dramática, que son muy más poderosos, muy más

íntimos, muy más universales, muy más humanos que el amor fiel ó que el

amor infiel.

Con el problema de la educación entra en las corrientes más humanas de

este siglo; con el problema del derecho interno del hogar la igualdad de

los cónyuges entra en la corriente del derecho positivo; con los

problemas que en él suscita el conflicto de deberes entra en la vorágine

de la libertad revolucionaria; con el problema de la lucha biológica

entra en la sirte del movimiento económico. El hogar, puesto en peligro

por una educación mal concebida y mal dirigida, ya en el sentido de las

ideas pasadas, ya en el sentido de las ideas modernas; quebrantado por

la permanencia de la autoridad arbitraria ó por la lucha de autoridades

mal definidas por la ley ó mal concebidas por la educación; desolado por

el sacrificio del bien doméstico al bien público; angustiado, amenazado,

condenado á derrumbarse por las violentas refluencias del oleaje

económico de la sociedad sobre él, es infinitamente más dramático que el

hogar mal constituído, porque es más real, más social y más moral. Los

encantos y los beneficios del Arte no están en el usufructo que él logra

hacer del desorden circunstante, sino en patentizar con objetivaciones

palpitantes los dolores y los peligros de la alteración del orden moral

en cualesquiera actividades de la vida de relación humana.

¿No hay una lucha de sistema de pensamiento contra sistema de

pensamiento, de ideas religiosas contra ideas religiosas, de derechos

contra derechos, de Estado contra Sociedad, de Sociedad contra Estado,

de tradiciones contra innovaciones, de vida vieja contra vida nueva?

Mostrarla, arrojándose en la liza y siendo los primeros en mostrar cómo

se lucha por el bien contra el mal para ser más hombre, para ser hombre

de los nuevos tiempos, ¿no es más digna empresa, y siendo más digna, no

es más moral?

Pues ¿por qué no la acomete la dramática moderna?

CAPÍTULO XXXV

LA MORAL Y LA HISTORIA

La Historia, exposición de la vida de la Humanidad como en esencia es,

presenta de bulto los bienes y los males producidos por el hombre en el

planeta. En el primer momento parece que los males superan á los bienes:

tantos son. Pero bien analizados, bien clasificados, bien referidos unos

y otros á sus causas y á sus efectos, tanto es el bien como el mal. En

cierto modo, mayor la cantidad de bien que la de mal, porque, al fin y

al cabo, el bien ha podido flotar y conservarse en la estupenda oleada

continua de males que han caído sobre el hombre.

Primero fué la Naturaleza, la sorda Naturaleza que _miserar non sá_, y

la lucha fué despiadada y secular, no ya sólo de los tiempos

antehistóricos, sino de los históricos. En todo comienzo de las gentes

consta esa lucha formidable: algunas veces, como en los comienzos de la

gente china, se puede seguir paso á paso y admirar y bendecir la fuerza

de resistencia opuesta á los impulsos destructores por los impulsos

constructores.

Después fué la ignorancia, y la lucha se estableció á brazo partido

entre la obscuridad del entendimiento no advertido por la luz que

irradiaba desde la Naturaleza misma la verdad, y la claridad de los

fenómenos no comprendidos; siglos y siglos de esfuerzo ha costado, está

costando y seguirá costando el vencer á ese enemigo: pero al fin se

vencerá. Luego se presentaron las pasiones humanas en tropel, y la lucha

tuvo por palenque el mismo inaccesible interior del sér humano;

formidable enemigo de sí mismo ha sido el hombre: pero se va venciendo á

sí mismo. Más tarde comenzó la lucha del hombre disociado con el hombre

asociado, y fué terrible; nunca se ha podido saber quién ha sido más

salvaje en esa lucha: si el civilizado que hostiga al salvaje ó el

salvaje que destroza al civilizado; pero prevalece el que dispone de más

bienes.

Ya hace mucho tiempo que las naciones luchan entre sí, y todavía no se

columbra el día de razón en que hayan de concertarse en la civilización,

en el deber y en el derecho; pero se trabaja sin descanso en eso. Á toda

hora, en toda tierra, con estos ó con aquellos medios, siempre trabaja

el mal; pero á toda hora, en toda tierra, con los mismos recursos que

emplea el mal, trabaja el bien.

Pero, en primer lugar, esa descomposición intelectual de los componentes

de la Historia no alcanza todavía á la razón común; y en segundo lugar,

el historiador común no alcanza tampoco á elevarse por encima de la

razón del vulgo, de donde resulta que la historia escrita por los

narradores, y la vista en ellos por el vulgo, es la historia del mal, no

la del bien. Es sobre todo la historia de los malvados. Dicen que de

malvados en quienes invariablemente concurrieron grandes aptitudes; pero

el hecho es que fueron malvados. Y no es lo malo que fueran poderosos

para ser malvados ó que aprendieran á malvados para hacerse poderosos,

sino que fueron y son tan adulados por la historia narrativa y por la

historia crítica, que es imposible que se olvide la lección.

Cuando una fuerte individualidad, por el hecho de no haber sabido

desarrollarse en el bien, ha perdido en realidad el mérito que hubiera

podido tener ante la conciencia humana, la Historia la toma, la

manipula, la alarga, la acorta, la somete á la acción del medio

histórico, exagera los bienes, disminuye los males de su conducta, la

exculpa, la disculpa, la absuelve y la manda á gobernar espíritus desde

la posteridad, como gobernó carneros desde la actualidad en que vivió.

La sencilla narración primero, la crítica histórica después, han

laborado por el mismo fin inmoral de la Historia; y hasta la filosofía

que sobre ella se ha fundado ha querido contribuir á la inmoralidad

resultante de la vida y del modo de interpretar la vida del hombre en el

planeta; porque cuando no ha tenido un prejuicio filosófico, ha tenido

un prejuicio nacional con que adulterar la finalidad moral de la

enseñanza histórica.

Ahora no se habla ni se hable de los que en la Historia se proveen de

hechos é ideas, diagnósticos y pronósticos, juicios hechos y verdades

formuladas, con el objeto de rellenar su kaleidoscopio intelectual,

porque para ellos y por ellos es la Historia la más incierta visión, la

perspectiva más cambiante, la más inmoral sucesión de juicios

contradictorios, de causas sin efectos ó de efectos sin causa, ó de

causas sin su efecto positivo, ó de efectos sin su causa natural.

No se hable tampoco de la historia de que hacen uso los políticos de

oficio, por quienes y para quienes la Historia es el justificador

universal de cuantas aviesas intenciones han tenido contra el derecho

individual ó nacional los enemigos del Derecho.

De la que emplean en sus defensas de la verdad revelada los intérpretes

universales de esa verdad, no es historia de que puede beneficiarse la

Moral, á menos que sea una moralidad y un beneficio el incesante trabajo

empeñado por ellos en probar que á los seres racionales se debe empezar

por arrancarles la razón para poder someterlos al régimen de las ideas

transcendentales y á la disciplina de autoridades extrahumanas.

Si, pues, la Historia por sí misma, en cuanto balumba de hechos

heterogéneos, tan capaces de argüir con el mal como con el bien, más por

el mal y contra el bien que por el bien y contra el mal, es exponente de

inmoralidad, y á la corta vista de los vulgos todos aparece como muda

expresión de la incapacidad del hombre para el bien; la historia de

narradores, críticos, filósofos, artistas, políticos, teólogos, imbuye

en el corazón ó en la cabeza una tal muchedumbre de juicios erróneos,

juicios de buena fe ó de mala fe, que concluye por ser imposible saber á

punto fijo qué ha sido el hombre histórico, y aún más imposible el saber

qué son los hombres sobresalientes en la Historia.

Tal vez este último es el mayor peligro que ofrece á la Moral la

historia en uso. Si ella con su relato enseña que la inmensa mayoría, la

casi totalidad de los hombres admirados en la Historia, principalmente

en la actividad más capaz del mal, que es la del Poder, han sido hombres

perversos, ya en toda la serie de actos que constituyen su vida, ya en

los que los condujeron al Poder y los mantuvieron en el ejercicio del

Poder; y si esa misma Historia, con sus juicios ó con sus excusas,

intenta hacer creer que esos mismos hombres ó fueron necesarios ó fueron

hechura de su tiempo, de las circunstancias en que se formaron, de la

misma sociedad que los formó, y que, en definitiva, no son hombres tan

malos como cree el buen sentido común ó la humilde conciencia, y hasta

se les puede considerar como hombres de mérito moral y hasta de mucho

mérito moral porque fueron generosos servidores del orden, ó del

progreso, ó del derecho, ó de la civilización, y fueron muy diligentes,

muy activos, muy clementes, muy magnánimos, muy hábiles, muy perspicuos,

muy genios, muy genios sobre todo, y genios en todo y para todo, como

guerreros, como legisladores, como políticos, como estadistas, como

administradores, como jurisconsultos, como penalistas, como pobladores,

como colonizadores, como civilizadores.

Esas figuras, que el simple relato denuncia como obscuras sombras de la

especie humana, se fabrican á vista de la misma generación que las

maldice ó las desprecia, y mientras son ejemplo vivo ó muerto de todas

las perversiones en sí mismas y sirven como de resumen á todas las

perversiones de su tiempo, la Historia, complaciente, las eleva á la

categoría de semidioses, y la crítica, por no parecer parcial, y la

filosofía de la Historia, por no parecer incapaz de encerrar en el

cuadro de las grandes fases de la vida humana que resume las figuras

contradictorias de su tesis que se le presentan al paso, las coge, las

deforma, las reforma, las violenta y las obliga á que representen á la

humanidad de un tiempo dado, cuando sólo fueron vergüenza de la

Humanidad de todos los tiempos.

Ese espectáculo de los hombres en la Historia es profundamente

corruptor, no tanto porque el hombre haya sido tan malo como aparece,

cuanto porque se empeña, si fué grande, feliz ó poderoso, en hacerlo

aparecer como no fué; y si fué el verdadero fabricador de los progresos

de su tiempo, el civilizador de todas las edades, el trabajador de ayer,

de anteayer, de siempre, el cargador de todas las responsabilidades, la

víctima de todos los abusos, el luchador de todos los derechos, el

cumplidor de todos los deberes, entonces ni nombre tiene. Y como no es

justo que se ignore quién hizo lo que hay de sólido, es decir, lo que

hay de bueno en cualquier época de la Historia, le dan el nombre de uno

de los usurpadores de derecho, ó de algún devorador insaciable de vidas

humanas, y la narración, la crítica y la filosofía se quedan muy

satisfechas de sí mismas.

No así la Moral, que no puede ver con ojo tranquilo esa deformación de

la figura humana, embellecida cuando es fea y repulsiva, afeada ó

recortada cuando es bella y atractiva, siempre diferente en la Historia

de lo que fué en realidad. La ciencia de la Historia, que ahora nace y

que empieza á formar de la vida de la Humanidad una historia de la

actividad parcial y universal de esa vida, cuidándose poco de los

hombres ó sólo cuidándose de ellos para presentarlos como factores de

desarrollo cuando supieron ser hombres, ó como obstáculos á ese

desarrollo cuando fundaron su fuerza y su poder en la debilidad de

todos, es historia que no tardará en moralizar al historiador, y por

medio de él á las generaciones que reciban las influencias de la

Historia, porque es sencilla, benévola, bienintencionada y se funda en

la realidad de la naturaleza humana y en la no menos moralizadora

realidad de la convergencia de toda actividad y todo hombre en el fin de

hacer mayor la suma de bienes que la de males.

De aquí á entonces aún hay tristeza moral que devorar cada vez que se

cuente con la Historia para hacerla contribuir al mejoramiento de los

hombres.

CAPÍTULO XXXVI

LA MORAL Y EL PERIODISMO

I

El periodismo es, entre todas las instituciones auxiliares del Derecho,

la que más le ha servido algunas veces y la que más continua y

eficazmente podría servirle siempre.

Cuando habla, su voz tiene la fuerza de cien voces. Sus razones tienen

el peso de la razón colectiva. Sus protestas imponen como si salieran de

la conciencia colectiva.

Es más: digno ó indigno de su fin, el periódico es siempre conciencia,

razón y opinión pública. La única vez en que, fuera de los tumultos

extraordinarios del espíritu social, podemos á punto fijo saber, ó á lo

menos sentir, lo que es opinión pública, lo que es razón común, lo que

es conciencia colectiva, es cuando vemos exteriorizadas en las hojas del

periódico esas fuerzas.

Nació para el Derecho por esfuerzo del Derecho; pero no es esa la única

manifestación del periodismo ni es hoy la más extensa. Á medida que el

Derecho aumenta, el periodismo, consagrado exclusivamente á propugnar

por el Derecho, disminuye. Y en sentido inverso, á medida que disminuye

su ingerencia en la vida militante del Derecho, aumenta su influencia en

la vida general. Es, á la vez, servidor de todas las industrias, de

todas las profesiones, de todos los talentos, de todos los inventos, de

todo descubrimiento, de toda ciencia, del arte bello, del arte

industrial, del trabajo, del trabajador, del capitalista, de la

propiedad, del desposeído, del despojado, del feliz, del desgraciado, de

la beneficencia y los beneficios, de ricos y pobres, de pueblos y

pobladores, de civilizaciones y civilizadores, de lo bueno, de lo bello,

de lo verdadero, de lo justo, de lo grande, de lo serio, de la alegría,

del placer, de las victorias, de las ovaciones, de la guerra, de la paz,

del estruendo, del reposo, de la vida, de la enfermedad y de la muerte.

Esa su capacidad de aplicarse á todo y de servir como hoja, como

folleto, como revista, todos los días con el diario, cada semana con el

semanario, cada quincena ó cada mes con la revista, en urgencias

imprevistas con la hoja suelta, en oportunidades calculadas con el

opúsculo, á la suerte de las doctrinas, á la vindicación de ideas ó

personas, á la exposición reflexiva de sistemas, al interés de grupos ú

opiniones sociales, al diario batallar de las ideas, ha sido á la vez la

causa del bien y del mal hecho por el periodismo.

Sintiéndose una fuerza, la ha desplegado ciegamente. En vez de dirigirla

para hacerla útil, tanto decimos, para hacerla social, se ha dejado

dirigir por ella, haciéndola menos social y menos útil.

Según el medio sociológico, así ha operado en una de estas dos

direcciones: ó en la dirección del poder, ó en la dirección del lucro.

En los países desorganizados, á medio organizar ó sometidos al proceso

de una organización penosa, ha tomado la dirección del poder. En los

países constituídos definitivamente, ó tan definitivamente que pueden

considerarse en equilibrio estable, ha tomado la dirección del lucro.

Moral social · 第 16 / 19 段