Hasta aquí, la acción social del artista es bienhechora, no porque

siempre sea obra de bien la á que concurre, sino porque el mal de que

sea instrumento de su genialidad estética, culpa no es suya, sino de las

perversiones de sentimientos, ideas ó corrupciones de la sociedad.

Mas tan pronto como el artista sale de la contemplación subjetiva de lo

bello ó de la ejecución objetiva que corresponde á manifestaciones de

desarrollo social, su papel de moralizador degenera en papel de

corruptor.

El artista, séalo de la palabra ó del sonido, séalo de la paleta ó del

buril, es como aquellos encantadores pedazos de tierra, paisajes

semovientes, que la corriente del Paraná arranca de sus márgenes y

conduce al Plata, de donde van á perderse en las ignoradas lejanías del

Atlántico; van con musgo, hierbas, arbustos, árboles y flores, pájaros y

sierpes, jaguares y lagartos, sombra y luz, islas flotantes que el

morador de la ribera, al verlas pasar tan bellas, tan animadas, tan

incitantes, tan risueñas, suspende extasiado la penosa labor de cada

día, las sigue con mirada anhelante hasta que se desvanecen en la

semitiniebla del horizonte, y creyendo que ha vuelto á perder el siempre

soñado paraíso, suspira y sin lágrimas solloza. Como los edenes

flotantes del Paraná y del Plata, los artistas de todos los tiempos y

países son juguetes de dos corrientes: la una, parecida en su curso á la

del blando Paraná, es la suave, pero vagabunda corriente de la

imaginación y el sentimiento; la otra, dura, rápida, procelosa como la

del Plata, casi siempre azotada por el pampero atronador, es la

corriente de la popularidad. Ambas lo llevan, y ninguna de las dos lo

lleva á fin moral. Por la primera corriente se va y se llega al culto de

lo bello por lo bello, y lo bello por sí mismo no es moral, antes es

sacrificio de medios morales por efectos estéticos. Por la corriente de

la popularidad se va y se llega á la resonancia del nombre, á la

vanagloria y hasta al espejismo de la sana gloria, que sólo con la

muerte se conquista y sólo en la Historia, y no siempre, irradia; pero á

fin moral, es decir, á perfecta realización de la dignidad humana en el

sér individual, ni se va ni se llega por ahí.

El artista va al aplauso como la corriente del río va á la mar. Y ¡ay

del aplaudido! Podrá no ser casquivano, y salvará su moralidad

individual; podrá no ser envidioso, y se evitará faltas y culpas; podrá

no ser sensual, y su vida no será una orgía repugnante; podrá no ser

codicioso, y no sacrificará su dignidad á su peculio; podrá no ser

ingrato, y no afrentará ese vicio á su memoria; pero la moralidad

resultante de su vida no corresponderá nunca ó casi nunca á la

generosidad de su vocación, ni á la grandeza de su profesión, ni á la

dignidad de razón y de conciencia que debe y está llamada á producir una

tan elevada dirección de las fuerzas creadoras como las que da el

artista á su sensibilidad, á su percepción y á su imaginación.

Cultivan las facultades representativas, no las constructivas, y hay

cierta fatalidad en la desproporción que inmediatamente se nota entre su

personalidad intelectual y su personalidad moral.

Ha habido y hay, especialmente en las dos más nobles artes, la Poesía y

la Oratoria, personalizaciones esplendentes del alto fin moral que tan

placentero y tan lógico es presuponer á artes tan humanas; pero la

alegría de las excepciones confirma la tristeza de la regla general.

Es verdad, por otra parte, que no son tales excepciones los grandes

poetas y grandes oradores que han sido verdaderos grandes hombres, se

quiere decir hombres de constante fin moral, porque las sumas

personificaciones en cualquier actividad de razón lo son por ser grandes

conciencias. También es verdad que ciñéndose al momento en que vivimos,

las influencias desmoralizadoras que arrastran á oradores y poetas están

en razón directa de la fuerza y la universalidad que el periódico y el

telégrafo han dado á la corriente de popularidad. Apenas en nuestros

días hay quien resista á la corriente, ó quien dejándose arrebatar por

ella, conserve presencia de ánimo bastante para no esclavizarse á la

vanidad y para saber que en las corrientes de la opinión, como en las de

las aguas continentales, todo pasa á medida que pasa la corriente.

No estando en la naturaleza de poetas y oradores el recordarlo, todo el

afán de su vida está en dejarse llevar de esa corriente.

¿Quién no sacrifica á la vanidad? Es natural que seamos todos, pues la

misma vanidad, en cuanto exponente de probatividad, como llamaron los

frenólogos al prurito de aprobación que inquieta á todos, es un

coeficiente de moralidad. Pero, ¿quién sacrifica á su vanidad sus

sentimientos, su voluntad, sus ideas, sus principios, sus juicios, sus

deberes, que merezca el respeto reservado para los que, al contrario,

saben sacrificar su vanidad á su conciencia?

Vanidad, probatividad y espíritu de conservación ponen el germen de la

envidia en todos los corazones, menos en aquellos que necesitan verse

caídos á los golpes de la envidia para convencerse de que existe. Pero,

¿qué noble corazón cede á la envidia? ¿Qué conciencia llena de deber

puede acceder á sus inicuas sugestiones?

Hechuras de la vanidad y de la envidia, hoy centuplicadas por la fuerza

de expansión que les da el ímpetu de la publicidad, los artistas, para

ser en lo moral tan dignos como con frecuencia son en lo intelectual, no

tienen otro recurso que seguir los impulsos de vigorosa iniciación en la

verdad que lleva nuestro tiempo y ponerse de buen grado con tanto

desinterés del fin exclusivo del Arte como quepa y cabe en una noción

más elevada del Arte, á seguir en su desarrollo el ideal humano. Ese

ideal, que nada tiene de vago, que nada tiene de informe, que nada tiene

de sombrío, que vale por sí mismo más que el ideal del Arte, puesto que

el Arte es también una parte del ideal humano, contiene abundantemente

cuanto el artista necesita para ser elemento activo de civilización, de

moralización, de humanidad.

Indicios hay de que el Arte vislumbra su destino. ¡Ojalá, para su bien y

el de los fines morales de toda actividad humana que lo vea!

CAPÍTULO XXXIII

LA MORAL Y LA LITERATURA.—LA NOVELA

Nadie pretenderá que es digna de un tiempo de razón creciente una

literatura tan reacia como la de casi todo el siglo XIX. Se excluye la

poesía lírica, no porque haya sido menos corruptora, pues lo exacto

sería decir que los más grandes líricos del siglo han sido los más

grandes corruptores de su tiempo, sino por haberla incluído ya en el

examen de los gérmenes de inmoralidad connatural que lleva el Arte.

Se excluyen también la literatura científica y la histórica: la primera,

por ya tácitamente examinada al hablar de la Ciencia en general; la

segunda, porque reclama un análisis particular.

Por Literatura, para nuestro propósito, no entendemos ahora más que la

novela y la dramática. La novela ha sustituído al devocionario, y es la

lectura de la mitad del género humano que lee en los países de

civilización occidental; la dramática es la escuela de moral objetiva á

que asisten con menos repugnancia los niños, sus padres, sus deudos, sus

sirvientes, sus auxiliares en las mil industrias de la vida, y sus mil

guías directos é indirectos, desde el maestro de las primeras letras

hasta el de la última ciencia, y desde el concejal del Ayuntamiento

hasta el consejero del primer magistrado.

No se puede, por tanto, dar influencia más extensa que la ejercida por

esas dos ramas de la Literatura general.

La novela es necesariamente malsana. Lo es dos veces; una, para los que

la cultivan; otra, para los que la leen. En sus cultivadores vicia

funciones intelectuales, ó, para ser puntualmente exacto, operaciones

capitales del funcionar intelectual. En los lectores vicia, á veces de

una manera profunda, irremediable, mortal, la percepción de la realidad.

En unos y otros determina un estado enfermizo, que se caracteriza por un

apetito desarreglado de sensaciones y por una actividad aislada y

solitaria de la fantasía. El hacedor de novelas, víctima inconsciente de

su estado psicológico, hace el mundo á imagen y semejanza de su propio

estado de razón y sentimiento; por su parte, el lector de novelas busca

y pide un mundo semejante al mal imaginado y mal sentido por el

novelista.

Mientras tanto, el mundo de la realidad sigue fabricando realidades, que

cuanto más obvias son más repugnan al que vive fuera de ellas.

Esos dos primeros frutos son frutos de mal, porque son frutos de

desorden. Desordenan el sér interior, alterando hondamente dos de sus

fuerzas más activas: la sensibilidad y la fantasía. Desordenan las

relaciones del individuo con la sociedad en que vive, imbuyéndole la

fatal idea de que él puede quebrantarlas á su capricho ó disolverlas por

no corresponder á su idea de la sociedad imaginaria que le han dado.

De esta corrupción del juicio y del sentimiento individual por la novela

sería argumento bastante la presencia del _Quijote_ en el mundo de las

letras, si ese fuera el único género de corrupción que ella pudiera

fomentar. Pero en nuestros mismos días se ha probado experimentalmente

que son muchos los recursos inmorales que el novelador puede manejar.

Desde el estallido del romanticismo hasta la explosión del naturalismo,

el arte de novelar nos ha sometido á tres distintas formas de

inmoralidad afectiva é intelectual. Con el romanticismo nos sacó de la

realidad histórica en que vivimos, para hundirnos en otra realidad

histórica, pero falseada; fué el florecimiento de lo bello monstruoso, ó

de lo monstruoso embellecido, ó de lo bello abortado de lo falso. Con el

realismo, primer derivado del romanticismo en su transacción con la

realidad social y humana, nos dió la fisiología de cuantas pasiones,

crímenes y morbosas exhalaciones de la sociedad encontró en el triste

medio social, que son las naciones europeas del Mediodía y de Occidente.

Con el naturalismo está dándonos la segunda evolución del romanticismo,

y romantizando, haciendo romántica, tratando de hacer bellas y amables

las groserías y las bestialidades de la naturaleza humana y de la

realidad social.

El Arte, aunque sea descabellado, y lo bello, aunque sea

desproporcionado, tienen siempre algún buen fin, ó cuando menos alguna

buena intención, y en ese sentido algo tienen de intrínsecamente moral.

Así no se puede ni se debe negar que cada una de las formas

contemporáneas de la novela tiene su buena intención particular, y que

todas ellas juntas han tenido la benévola intención de contribuir, por

medio de la historia ficticia, á consumar la destrucción de las

imperfecciones sociales, de que es impopular é inaccesible exponente la

historial real.

Pero, independientemente del mal consubstancial á la novela, cada uno de

los géneros particulares que se han cultivado, desde el romanticismo

hasta el naturalismo, han producido daños positivos á la Moral. El

romanticismo enseñó á amar como sólo se ama en el aire; á sentir penas,

contrariedades y alegrías como sólo se sentirán en el limbo; á vivir

como en Babia. El realismo de novela dió de la sociedad un trasunto tan

parcial que hizo responsable de todo á la sociedad, irresponsable de sus

torpezas ó sus culpas al individuo; víctima del estado social á los

perversos, á los ignorantes, á los culpables, á los criminales. El

naturalismo ha empezado ya á hacer responsable de todo á la Naturaleza,

y va á concluir por hacerla odiosa.

Á cada uno de esos movimientos literarios corresponde una fase del

desorden moral en que vive Europa meridional y que, desgraciadamente,

transciende á los pueblos niños de América latina. El romanticismo

violenta los sentimientos, falsea las pasiones y altera la noción

intuitiva de las virtudes y los vicios. El realismo altera la realidad

social, desproporciona las causas y los efectos del mal social, aumenta

los descontentos, injustos é ilegítimos, exagera los dignos de piedad y

ayuda y desconcierta la relación de medio y fin que ha de tenerse

continuamente en cuenta para que el Arte, en cuanto á su fin estético,

produzca lo bello bueno, y en cuanto á su fin ético produzca lo bueno

bello. El naturalismo desordena la Naturaleza misma y hace el mal de

desvirtuar el fin que el arte literario puede y debe tener de concurrir

con la Ciencia á la formación del sistema de pensar contemporáneo.

Aún hay otros dos géneros de novela, ó más bien tres, que conviene

presentar bajo su faz moral.

El primero es ese romanticismo pánfilo con que los llamados católicos

nuevos (_neo-católicos_, en España) han intentado reaccionar contra las

tendencias generales de la civilización moderna. Este género de novela

no tiene ni el mérito ni la justificación de sus audacias. No el mérito,

porque la forma es tan pánfila como el fondo; no la justificación,

porque la tesis (la abominación de los progresos de la edad) es audacia

tan insensata como la antítesis (las beatitudes de la edad pasada).

El segundo de esos géneros de la novela es la histórica. Es un doble

falseamiento: de la Historia, porque la trunca; de la Novela, porque la

desnaturaliza. Sin embargo, salvo el daño de la pérdida de tiempo y aún

mayor de inculcar errores perniciosos en lo referente al curso de la

Historia, que nunca ha sido ni será el curso fluente de la novela hacia

su desenlace, ese es el modo de novelar menos pernicioso. Si pudiera

mantenerse en límites tales que se deslindara claramente, por la

habilidad de la ejecución, lo propio del historiador de lo propio del

novelador, tal vez podría ser un género importante de literatura.

La última tentativa de la novela es la más peligrosa, por lo mismo que

parece la más racional. Es la tentativa de novela científica. Como el

niño á quien se engaña con colores, aromas y confituras para obligarlo á

que sorba una poción amarga ó repugnante, el novelista científico

empieza por engañar á su lector para atraerlo á la trampa que le pone, y

empieza por hacer á la Ciencia la injusticia de suponerla trampa á que

hay necesidad de atraer al lector. El resultado es el de toda trampa:

cuando se sale de ella, se sale para evitarla en lo sucesivo con el

mayor cuidado. Y claro es que siendo la trampa, en este caso de la

novela científica, la Ciencia misma, la Ciencia es lo que después evita

con más cuidado el lector de esas novelas. Y ¿para qué ha de buscarla?

¿No la tiene en las novelas y no es más fácil en ellas?

Este inmoral resultado de distraer del estudio sincero y desinteresado

de la Ciencia que tiene la novela científica es resultado común á toda

novela en lo que respecta á la buena lectura. Leer imaginando es más

fácil que leer pensando.

Pero hay en la producción de la novela y en el uso de ella dos

disipaciones, perniciosísimas las dos, que deben alarmar á la ciencia

del Estado y á la ciencia de la sociedad, como alarman á la Moral: la

disipación de fuerza moral y disipación de tiempo.

Es increíble la cantidad de entendimiento, de sentimiento y voluntad que

se pierde casi inútilmente en la redacción y en la lectura de novelas.

Entre los novelistas ha habido y hay intelectualidades sorprendentes:

las unas, por la viveza de imaginación; las otras, por el rigor de

observación; algunas, por la potencia inductiva; casi todas, por la

potencia asimilativa. En algunos géneros particulares, el naturalista,

por ejemplo, se requiere en la razón consagrada á cultivarla una

disposición analítica y un ejercicio del análisis tan escrupuloso, que

no se puede menos de lamentar la pérdida de entendimiento que es para la

Ciencia esa dedicación de tan fuertes talentos analíticos á la disección

de hechos sociales que la Novela adultera, aun no queriendo, y que la

Historia y la Sociología aprovecharían.

La misma conversión del realismo romántico en naturalismo indica un

esfuerzo de razón científica que, distraída de su objeto propio y de su

actividad connatural, es un hecho de inmoralidad, cuando con sólo

dedicarse á su genial actividad sería un hecho moral.

Efectivamente: á la concepción del arte naturalista no se ha podido

llegar sin previo reconocimiento de la excelencia de intención y

resultado que tiene y obtiene la ciencia positiva en el análisis

experimental de la Naturaleza, y sin inducir del hecho consumado en el

campo de la Ciencia un principio fundamental del Arte, del cual tendría

que derivarse una teoría de lo bello natural, un método artístico para

realizarlo, y un conjunto de reglas prácticas para incluir en la

ejecución estética el principio lógico.

Sin duda que el esfuerzo inductivo que ha habido necesidad de hacer para

llegar á la concepción del arte naturalista no es la inducción

científica, sino aquella forma inicial, infantil, obscura y vaga de

inducción que es como el peristilo de esa función intelectual; mas no

por eso ha requerido menos la concepción y la ejecución de la novela

naturalista un esfuerzo de alta razón, que es deplorable emplear tan en

vago y con fruto tan contrario al de la noble función intelectual á que

se está empezando á deber la transformación científica del mundo.

Ese malogro de potencia intelectiva, adicionado al de potencia afectiva

que noveladores y lectores disipan en los argumentos pasionales de todas

las novelas, sería bastante para desconceptuar ante la Moral ese género

de literatura, si otra más grande disipación, por ser más universal, la

de tiempo, no hiciera de la lectura de novelas un formidable auxiliar de

inmoralidad.

El tiempo es vida, y consumir el tiempo en no hacer lo que se debe es

consumir inútilmente la existencia. Tanto y tan hondamente sienten esa

verdad todos los ociosos, que se mueren vivos del tedio de no saber

vivir. Por eso se mueren de fastidio de sí mismos los lectores

consuetudinarios de novelas, para quienes el tiempo por emplear es

siempre una incógnita y el tiempo empleado un perpetuo acusador.

Si se reunieran en una sola dirección científica ó artística las fuerzas

mentales que malgasta el escritor de novelas, el mal hecho por medio de

ellas al orden económico y social se convertiría en bien efectivo para

el desarrollo sin desviaciones de la sociedad. Si se aunaran en un solo

esfuerzo las actividades económicas que se pierden por la legión de

ociosos que lee novelas para gastar el tiempo que no sabe emplear en

ningún otro esfuerzo, se duplicaría de súbito la potencia industrial de

las naciones latinas.

De las naciones latinas y no de las sajonas, escandinavas ó teutónicas,

porque aunque éstas leen novelas no emplean horas continuas, días

enteros, meses sucesivos, en leer sin descanso, ó sin ninguno otra

ocupación, libros de entretenimiento y de placer que no deberían

representar en la obra de las horas, de los días, de los meses y los

años otra inversión de tiempo que los momentos de ocio necesario en el

seno de la familia, en los momentos de la noche que se consagran al

hogar.

De este modo, y comentada, la lectura de la novela podría ser un útil

estimulante intelectual y un benéfico recurso de sociedad doméstica.

Por haberle dado este objeto final es por lo que los pueblos del Norte

de Europa han atinado con un género de novela moralizadora, no porque su

objeto sea la sandia predicación de virtudes, sino por lo

espontáneamente que en ella se objetivan como fáciles ejemplos de la

vida diaria las inclinaciones buenas y malas de la familia humana en

todas partes y las peculiares al modo de existir y de entender la vida

que tiene la familia septentrional.

Ni la Moral ni la crítica pueden pedir al Arte lo que no debe el Arte

dar. El objeto substancial del arte literario, como el de todas las

artes racionales, es la busca de lo bello, y si lo bello se encuentra en

la indagación, observación, análisis y presentación de las deformidades

de la vida colectiva, ahí debe el Arte buscarlo: aún habrá moralidad

subjetiva y objetiva en ese empeño, porque la verdad es siempre un bien,

y lo practica quien la enseña y quien la aprende. Pero si el aforismo de

Boileau (_rien n’est beau que le vrai_) es el guía práctico del arte

contemporáneo, y siguiéndolo realiza una fecunda evolución, ¿por qué no

se ha de seguir el aforismo consubstancial de la estética en todas sus

manifestaciones? Si el preceptista reclama verdad en la belleza, la

estética reclama bien. Si el uno dice que “nada es bello sino lo

verdadero”, la otra afirma concienzudamente que “sólo es bello lo que es

bueno”. Oponer uno á otro principio sería mutilar el Arte; combinarlos,

será completarlo. La Novela, género que aún dispone de vida, porque aún

dispone de contrastes entre lo que es y lo que debe ser la sociedad

humana, puede contribuir á que el Arte, siendo verdadero y siendo bueno,

sea completo. Entonces será un elemento de moral social. Cumpla con su

deber, y lo será. Mientras tanto, no lo es, entre otros, por ese motivo

final: porque no cumple con su deber.

CAPÍTULO XXXIV

LA MORAL Y LA LITERATURA.—LA DRAMÁTICA

Todas las artes racionales son artes sociales. Consecuentemente, todas

son artes morales. Para serlo, les basta su refluencia sobre el sér

social. La lírica refluye, porque agita, conmueve y sobreexcita las

raíces de todos los problemas de la vida social latentes en el fondo del

individuo humano. La épica refluye, porque estremece en el individuo

nacional las fibras que la lírica agita en el humano. El arte histórico

refluye, porque hace vibrar en cada individuo los nervios de la especie

entera. La novela refluye, porque convierte en historia simulada la

continua vida íntima del elemento y de los grupos de sociabilidad que la

historia incompleta no ha coordinado todavía con la vida externa de la

sociedad general.

Pero entre todas las artes de razón, la más social, por ser la más

objetiva, es la dramática. Todo arte requiere de sus apreciadores ó

inteligencia ó gusto. El arte dramático no exige más que ojos en la cara

y nervios en el gran simpático: ni siquiera los reclama en el cerebro.

De ahí la universalidad, y de ésta, la infalibilidad de su influencia

primero sobre el individuo, de su refluencia después sobre la sociedad

en masa.

Mucho mejor que la antigua sabe la dramática moderna esta verdad. La

sabe hasta el punto de no ocuparse de otra cosa que de producir efectos.

Naturalmente, al producirlos afecta la sensibilidad física más que la

moral, la imaginación más que la reflexión, el sér animal más que el sér

intelectual.

Esa primera desviación de su propósito esencial constituye á la

dramática contemporánea en reo de una de las más perniciosas formas de

inmoralidad: la forma intelectual. Haciendo por egoísmo ó interés lo

contrario de lo que conoce que es su deber, es inmoral.

Pero si por intensidad es perniciosa esta inmoralidad de la dramática,

no lo es tanto por su extensión. Se extiende á pocos por ser pocos los

capaces de apreciar la relación entre lo que hace y lo que debe hacer el

arte dramático como tal arte.

Cuando se extiende á todos, y á todos alcanza, y á todos daña, y sobre

todos refluye su inmoral acción, es cuando, como sucede en el teatro

contemporáneo, en vez de objetivar toda la vida del sér social, y hacer

de toda ella el resorte del movimiento estético, convierte una sola

pasión en invariable _deus ex machina_ de todos sus efectos, de toda su

acción, de todo su movimiento patético.

Y esa pasión, adulterada. Y no cual la han adulterado desde el primer

día del drama natural de la existencia las pasiones afines, los

instintos próximos, los egoísmos que la cercan, los intereses malsanos

que procrea, sino como la adultera la vida artificial de las ciudades

populosas, y mucho más exactamente, la vida sensual de las ciudades

crapulosas de Europa. La pasión así adulterada que sirve de materia

dramática es el amor sexual.

Parece que una humanidad afeminada por falta de conocimiento de sí misma

no concibe nada, ni intenta nada, ni realiza nada sin indicación de ese

instinto, porque tal nos lo presentan, que ya no es sentimiento, sino

instinto.

Una vez es la meretriz que lo despierta, y entonces es redentor: mujer

liviana redimida por pasión liviana.

Otras veces lo inspira un criminal, y entonces es regenerador; como

algunos regeneradores de América latina, regenera envileciendo.

Otras veces lo inspira la celebridad, y entonces es sacrificio; como

todas las virtudes de aparato, lucha para que la venzan.

Moral social · 第 15 / 19 段