presenta siempre revestida del mismo ropaje tenebroso y con las mismas
formas misteriosas y con idéntico séquito de nociones contrarias al
sentido común, á los sentidos externos y al interno, revelada en todas
partes, exclusivista en todas partes, milagrera en todas partes,
absorbente, fanática, supersticiosa; velada, guardada, resguardada y
corrompida por el mismo cuerpo viviente de intérpretes ungidos y
consagrados que, brahmines, levitas, magos, bonzos, augures, curas de
almas, santones ó pastores, constituyen siempre el mismo sacerdocio
hostil á toda expansión del sér humano en sus afectos, en sus
inclinaciones, en sus ideas, en su conciencia, se niegan á toda
transacción con la idea por no aceptar ninguna transacción con los
símbolos, sus formas y sus representantes.
No se dirá en absoluto que estos entusiastas del progreso hacen mal,
porque es mucho el mal de que hay todavía que despojar á la idea
religiosa, y divulgarlo, como lo divulgan esos escandalizados; es,
cuando menos, una protesta de la Moral contra la inmoralidad, que se
impone más extensamente y con más fuerza; pero mucho más útiles serían
al generoso fin que se proponen, si en vez de enemistar á los hombres de
bien con los de mal que usurpan la dirección de los sencillos, se
persuadieran con la experiencia y se convencieran con el raciocinio de
lo inútil que es la tentativa de arruinar errores y perversiones que son
índole de toda institución privilegiada, sin antes arruinar la
institución, y de lo útil que sería la tarea de patentizar la
compatibilidad de cualquier forma de creencia, siempre que se subordine
al movimiento actual de la razón y la conciencia colectiva, en vez de
querer subordinarlas.
Con su pésimo designio y con su viciosa organización, con sus errores y
torpezas, con sus perversiones y con su fatal inclinación á la pendiente
por donde se precipitan todas las instituciones humanas que desconocen
la moralidad de su destino, todas las religiones positivas, empezando
por el ya viejo brahmanismo y acabando por el casi recién nacido
cristianismo, que sólo aparece en las últimas transformaciones del
protestantismo, todas las religiones positivas tienen vida larga por
delante: de seguro vivirán lo que vivan las tradiciones de raza, tribu,
estirpe, familia que las han modelado á su sistema de pensar y de vivir.
Las religiones son inmortales: dicho es, no en el sentido vano y tonto
en que se suele emplear esa palabra, dándole alcance metafísico ó
poético, sino en el sentido histórico y humano; son inmortales, no
porque sean revelación, pues entonces ninguna sería falsa ó todas serían
verdaderas, sino porque son una de las construcciones de la actividad
genial del sér humano en todos los momentos de su tránsito por el tiempo
y el espacio.
Por lo que hace al catolicismo, que sólo al mahometismo, al nanakismo y
protestantismo cede en juventud, religión de ayer, esfuerzo de diez y
nueve siglos, trabajo de poco más de cien generaciones, todavía tiene
savia suficiente que convertir en tronco y ramas, y sobre todo
substancia bastante con que entretener la maravillosidad de las
racionalidades y las conciencias inferiores que forman la base
fundamental de las civilizaciones, al modo que las vidas inferiores
forman la base fundamental de la escala zoológica.
Todo el trabajo de la civilización actual se reducirá en lo futuro á
difundir de Oeste á Este y de arriba á abajo la razón adquirida:
siguiendo la primera dirección llamará en su ayuda á los pueblos de
Oriente que hasta ahora le sirven de aisladores; siguiendo la segunda
penetrará en las capas, senos y sinuosidades de cada sociedad
civilizada, llamando á más razón y más conciencia á las multitudes
parias que viven debajo de la superficie de la civilización. De ahí no
pasará. Mas sin pasar de ahí podrá, con el simple ascenso intelectual de
las capas inferiores, hacer ascender también la idea católica, hasta
que, reformadas las instituciones que la han organizado, y cumplida la
ya más adelantada evolución del protestantismo, se prepare un tránsito
social de la religión positiva á la filosófica.
Hablo en singular y no en plural, porque la religión positiva que me
parece más llamada á la transformación es una sola: el catolicismo; y la
religión filosófica que más previsoramente se ha organizado para
preparar y aprovechar esa transformación es también una sola: el
humanismo.
El humanismo, religión de la Humanidad ó positivismo religioso, es, en
la altísima mente de su fundador, un catolicismo filosofado; es decir,
despojado, por esfuerzos de razón y de sistema, de conciencia y de
moral, de todo dogma transcendental, de todo símbolo teológico, de toda
urdimbre metafísica y escolástica.
Tiene dogma, tiene culto y tiene rito; pero toda la fábrica religiosa
está fundada tan radicalmente en el dogma filosófico del progreso y
ascenso continuo de la Humanidad, mediante un esforzarse y un
sacrificarse tan sin tregua: en un dogma sociológico tan constructivo
como la idea de que el orden se genera necesariamente de la división del
trabajo temporal y espiritual, santificados ambos por el progreso y por
el bien; en un dogma moral tan generoso como el altruísmo que, del hecho
de que la vida de la Humanidad es un continuo sacrificio por y en favor
de cada uno de sus hijos, se eleva á la idea de que es necesario amar al
prójimo _más_ que á uno mismo; en una palabra: la religión de la
Humanidad es una tan noble tentativa de conciliación, no ecléctica, sino
armónica; no metafísica, sino científica; no casual, sino causal, que es
muy posible, y hasta es muy de desear que se vaya haciendo el ensayo de
la transición del catolicismo al positivismo religioso por todos los
descontentos del extravío de la religión de cuna, aunque sólo fuera para
experimentar el poder orgánico de una religión fabricada sobre una nueva
filosofía, sobre un nuevo dogma moral y sobre una nueva idea del orden
social.
Ni el deísmo, ni el panteísmo ni el naturalismo tienen la fuerza
sociológica ni la fuerza moral que podría desplegar el positivismo
religioso, porque todas ellas son eflorescencias metafísicas ó
científicas que llevan las consecuencias del pensar metafísico, ó del
inducir científico, hasta una afirmación arbitraria las primeras, ó
hasta una afirmación comprobada la última; pero de ahí no pasan. En
tanto el humanismo es una afirmación con pruebas, una confirmación con
datos y una fabricación consolidada con confirmaciones y afirmaciones de
verdad.
Tiene, sobre las meras especulaciones religiosas de la Filosofía y de la
Ciencia, la ventaja de ser accesible á multitudes que vivirán privadas
del pensar y el sentir especulativo mientras no llegue á ellas la
corriente intelectual de la ciencia contemporánea, de ofrecerles una
transición menos violenta que la á que continuamente se ven forzadas las
generaciones que pasan de la creencia á la ciencia, y de proporcionar á
las conciencias atribuladas por su orfandad religiosa, el consuelo, el
estímulo y la fuerza de una organización en la que han entrado á la par
el espíritu del pasado, la ciencia del presente y el propósito del
porvenir.
Todo ese conjunto de esfuerzos es acepto á la Moral; pero lo que más
estima ella en el positivismo religioso es que, como las religiones
positivas en su período de milicia, propaganda, iniciación é incubación
social, está sembrado de deberes.
Las religiones filosóficas no ligan. Cada pensador, ó soñador, ó
lucubrador religioso desarrolla á su modo el germen de idea que ó
concibió por sí mismo ó concibió de otro pensamiento ya formado, y todo
su deber, grande y noble, sin duda, pero íntimo y sólo exigible por la
propia conciencia, consiste en ajustar la vida á la noción individual.
Los _free-thinkers_ de los Estados Unidos, siguiendo el torrente de
asociación que allí fortalece tan rápidamente toda manifestación de vida
humana, son los únicos pensadores de orden religioso á quienes el autor
ha visto reunidos en periódicas sesiones y conferencias normales con
objetivo un poco más vasto y orgánico que el mero discutir, y con una
idea de deber un poco más eficaz que la simple comunicación de ideas.
Fuera de esa secta, las otras que tienen por objeto la formación de
ideas religiosas, son esfuerzos aislados que no ofrecen á la Moral el
medio de intervención y acción que el positivismo religioso le presenta
con su verdadera organización de deberes.
CAPÍTULO XXXI
LA MORAL Y LA CIENCIA
Es la ciencia probablemente la actividad humana en que se despliega
mayor fuerza conscia y en que los individuos viven de un modo más
conforme al orden moral.
La razón de esa conformidad, ó conformidad aproximada, es triple: ante
todas (para buscar y presentar la que á un mismo tiempo opera
fisiológica y psicológicamente), el ejercicio de los mismos órganos de
actividad que, por el ejercicio, van gradualmente desarrollándose,
transmitiendo su fuerza y produciendo la generalización de la fuerza
que, una vez desarrollada, constituye la costumbre; después, el esfuerzo
sistematizado en la indagación de la verdad, que necesariamente concluye
por hacer biológica la necesidad de verdad, así objetiva como subjetiva;
por último, el incesante experimento de las propiedades, correlaciones y
dependencias de los dos órganos supremos de la personalidad humana, la
razón y la conciencia.
Si se quiere una razón adicional, la da el desinterés. Ningún hombre
efectivamente consagrado á la ciencia por la ciencia misma, es decir, á
la verdad por la verdad en sí, puede tener en la vida de relación ningún
interés perturbador: el mismo interés de la gloria debe serle liviano,
por la insuficiencia de la gloria en cuanto incapaz de satisfacer su
necesidad de verdad subjetiva, por lo contagiada de mentira y vanidad
que anda la gloria, ni su necesidad de verdad objetiva, porque la gloria
es afanosa y sus afanes ofuscan á la razón y perturban á la conciencia.
Hay, pues, una que podemos denominar moralidad complexional de la
ciencia, que se transmite á sus cultivadores y los hace espontáneos
factores de moral.
En la historia pasada hay alguno que otro nombre científico que es
odioso á la Moral; pero en el movimiento coetáneo de la Historia no hay
nombres más puros ni más limpios ni más honrosos para la Humanidad que
los de las personificaciones de la Ciencia.
Así como antiguamente, y aun hoy, se hacía y se hace de los filósofos,
por su desapego de los intereses vulgares de la vida, la encarnación del
desapasionamiento y la impasibilidad, así puede hacerse de los
científicos la representación viviente de la moral activa.
No por eso dejan de vivir expuestos á dos influencias malévolas. Una de
ellas es resultante del espíritu de secta, que también hay sectas en la
Ciencia; la otra resulta del espíritu de intolerancia social. Ambas
influencias son dignas de atención, observación y análisis.
El espíritu de secta en la Ciencia es el que niega la posibilidad de
descubrimientos que alteran la noción é interpretación que se tenía de
un orden dado de fenómenos. Cuantas veces un hombre de ciencia niega _à
priori_ la verdad que contradice, aparentemente ó en realidad, lo
conocido por él obedece á ese espíritu de secta, aunque sólo sea
sectario de sí mismo. Cuantas veces una corporación científica se
resiste á incluir en los cánones de la verdad sistematizada una que no
cabe en el sistema de pensamiento ya formado, ó que de pronto no se
puede ó se sabe clasificar entre las que concurren á formarlo, el
espíritu de secta científica es quien hace el mal.
Cuando Tycho-Brahe niega categóricamente la realidad y la verdad de las
leyes del movimiento planetario á que Kepler da su nombre, por no
haberlo llevado sus minuciosos cálculos al descubrimiento que hizo con
ellos mismos su discípulo, contraría la Moral. Cuando Cuvier, teniendo
por infalible la inducción que le había guiado en sus pasmosas
reconstrucciones de las figuras antediluvianas, se obstina en todos los
tonos, hasta el de la burla y el desdén, en negar y desautorizar el
principio de las transformaciones espontáneas que ha hecho del nombre de
Lamarck y Saint-Hilaire, sus dos ofendidos competidores, un nombre más
glorioso que el suyo ante la verdad y la justicia de los méritos,
incurría en la odiosa inmoralidad de sacrificar el egoísmo de su gloria
científica á dos amigos leales que habían sido además sus protectores.
Si se descarta de ellas el interés religioso, hostilidad científica,
oposición del sistema de pensamiento á sistema de pensamiento, fué el
que motivó las persecuciones que hicieron á Copérnico tan tímido, que no
se atrevió en vida á publicar la obra que trastornaba el sistema de
Ptolomeo; á Galileo tan inconsciente, que perdió la conciencia de la
verdad que había descubierto.
Los dos tribunales científicos, el de Portugal y el de España, ante
quienes se mandó á Colón para que les sometiera el principio en que se
fundaba su proyecto de ir al Este por el Oeste, aún más que al miedo de
contrastar fundamentos religiosos, obedecieron al miedo de admitir una
verdad que echaba por tierra todo el sistema de pensamiento que tenían.
El desorden moral que produce ese espíritu de secta científica, acaso el
más patente de todos porque transciende de un modo más patente á
estancamientos ó retrocesos sociales, no ha cesado todavía, á pesar de
las repetidas victorias que el pensamiento nuevo ha obtenido y obtiene
en sus luchas con el pensamiento viejo. Así es como el nacimiento de la
verdad que más hondamente ha de revolucionar el cuerpo entero de la
Antropología y de la Sociología, se ha señalado por la tenaz oposición
hecha por una corporación científica al fundador práctico y teórico de
los estudios que tienen por objeto el conocimiento de la edad del hombre
en el planeta.
Pero las luchas de la Moral con las fuerzas ciegas de la tradición
científica, de ninguna manera se presentan tan malignas, al par que tan
dramáticas, como cuando combaten en las relaciones continuas de la vida
el afán de verdad con la intolerancia de la sociedad.
La sociedad no puede todavía tolerar que haya un deseo de verdad tan
profundo y tan sincero que no se detenga ante ninguna revelación de la
realidad, por formidable que ella sea para el sistema de pensamiento
usual, que es, en cada momento de la Historia, el heredado de los
momentos anteriores. No siempre en el registro de la realidad se
encuentra la verdad, como no siempre se encuentra oro en el registro de
un filón aurífero. Esto, que concluirá por hacer tolerante con la
Ciencia á las sociedades todas, porque concluirá también por hacer más
perfecto el método experimental, debiera hoy mismo hacerla más propicia
al esfuerzo de la razón por aumentar su caudal de conocimientos
positivos. ¿Qué es, en la vida que dentro de lo absolutamente relativo
consumimos los hombres en la tierra, lo que puede negarse ó afirmarse
con perjuicio del bien, que es el fin práctico de la existencia humana?
¿Las hipótesis acerca de lo absoluto? Pero si todo lo que los seres
relativos podemos, en virtud del principio de causalidad, es afirmar que
debe y puede haber una causa general de todos los efectos, ¿qué daño
puede hacerse al orden social ateniéndose á un principio de razón,
cuando, siendo seres de razón los asociados, de la característica de
nuestro sér hemos de vivir, fabricando con ella nuestra vida colectiva
con todas las manifestaciones de esa vida?
Esa, que es la más grave, y también la más ociosa de las luchas, es
también la que diariamente origina inmoralidades más repugnantes, tanto
de parte de los que niegan lo que no se puede afirmar ni negar en
conciencia de verdad, cuanto de parte de los que afirman, y en nombre de
la tradición, de la autoridad y del orden que ha resultado del sistema
de pensamiento que sostienen, imponen ó quieren imponer como una verdad
su afirmación. Por parte de los primeros, esa tendencia científica se
hace inmoral, si lastima expresamente, y por loca ó enfermiza vanidad,
las creencias ingenuas y los sentimientos candorosos. Por parte de la
sociedad entera se falta á la Moral y se coadyuva ciegamente al desorden
moral, poniendo un veto á la actividad de un órgano tan precioso para la
realización de la vida humana como es el órgano de la verdad.
Que se someta á examen la realidad. ¿Qué mal hay en examinar lo que
nuestra naturaleza racional y consciente nos llama con voz imperativa á
examinar y conocer? En cambio, ¿no es un verdadero mal, un mal
sistemático, una inmoralidad de todos, una conspiración de todos para
prolongar el desorden moral, negarse todos, y querer obligar á algunos á
que se nieguen á contemplar, observar, examinar, escrutar, reconocer y
conocer la realidad en que vivimos sumergidos?
Eso no puede hacerse ya en nombre de la religión, porque hay también una
ciencia de las religiones que ha enseñado á respetarlas como obra
secular del sér humano, y una ciencia social que enseña á tratar de
utilizarlas como elemento sociológico.
Si se hace en nombre del sistema de pensamiento que nos lega cada
generación pensante, también hacemos mal, también esa es obra de
inmoralidad, causa también de inútil lucha. No obstante lo poco que ha
pensado el hombre histórico, cuya vida ha transcurrido en combatir el no
pensamiento al pensamiento, la no razón á la razón, la no conciencia á
la conciencia, el esfuerzo de los que han pensado en la Historia junto
con el desarrollo fatal, fisiológico, de la razón humana, ha hecho que
ésta llegue al segundo período, y, tal vez más exactamente, al primer
momento de su segundo período funcional. En virtud de ese grado de
evolución estamos en las primeras inducciones. Sólo unas cuantas horas,
las transcurridas desde la mañana de este florecimiento, sólo unas
cuantas horas históricas hace que hemos llegado á conocer que la
realidad externa é interna es la fuente de conocimientos á que ha de ir
la razón en busca de la verdad, y sólo unas cuantas horas hace que
empezamos á aplicar el método natural de la inducción, reforzado por el
procedimiento experimental, al estudio de la Naturaleza y al ascenso de
lo conocido á lo desconocido, de la realidad á la verdad, del hecho al
principio, del efecto á la causa. Aún han transcurrido menos horas
históricas desde que sabemos, con Comte, que el órgano de la verdad es
limitado, y que, en consecuencia, la verdad que puede conocer se limita
á las realidades cognoscibles. Aún menos momentos han pasado desde que
se ha pensado en la posibilidad de otro descubrimiento, que se refiere
también al proceder funcional de la razón.
Y cuando acabamos de llegar á un período de razón, y cuando todavía no
conocemos el órgano mismo de que nos servimos para descubrir la verdad,
¿habremos de faltar á nuestra naturaleza, al deber que nuestra
naturaleza nos impone, desistiendo de conocernos, de utilizar nuestros
medios de conocimiento, y de conocer la realidad en que vivimos, y donde
reside la verdad que podemos conocer? Consentirlo sería una inmensa
inmoralidad; querer obligarnos á que consintamos es una inmoralidad aún
más inmensa. Esas son, sin embargo, las horcas caudinas que amenazan de
continuo al pensamiento científico, y por donde él ha de pasar salvando
su moralidad, ó bajo las cuales ha de humillarse, humillando la Moral.
Felizmente, la edad de las inducciones es edad de firmeza de razón, y
aun suponiendo que los hombres de ciencia no tuvieran la necesaria para
resistir la intolerancia social, que de todo descubrimiento substancial
de la razón humana se escandaliza ó finge que se espanta, bastará la
necesidad de inducir para que volvamos, cuantas veces nos retiren de
ella, á la realidad permanente de la Naturaleza, en donde hemos de
buscar y estamos buscando los hechos que sirven, que ya han servido y
están sirviendo para elevarse por la cadena de efectos y de causas que
liga á la Naturaleza con sus leyes.
Ese esfuerzo, esa obstinación de la razón humana en sus esfuerzos es
eminentemente moral, porque con ellos concurre al cumplimiento de los
fines humanos, entre los cuales es la verdad tan alto, que sería el más
alto si el hombre no hubiera de probar con el bien y la justicia de su
vida que ha comprendido la alteza de su destino.
Obstar al orden moral es ser inmoral. Quien quiera, individuo, grupo,
sociedad, que sea obstáculo al cumplimiento de su fin por la razón, es
factor de desorden y debe ser condenado por la moral social.
¡Limitar en sus límites naturales á la razón, y hacerla funcionar según
sus funciones, es inmoralidad, y oponerse al orden natural de la razón
es moralidad! ¿Parece una aberración? Pues tan olvidada vive la Moral,
que eso puede afirmarse y en eso puede fundarse la intolerancia social
para mortificar en el jugo, ya que no puede en la carne.
CAPÍTULO XXXII
LA MORAL Y EL ARTE
En el Arte, todos son principios para la Moral.
Mientras el artista—y cuanto más inconscio de sí mismo, tanto mejor para
ese fin—se mantiene en la contemplación estética, ninguna fuente de
moral más fácil y abundante que la contemplación, la admiración y el
culto de lo bello. Trae de continuo á la realidad, porque la realidad es
el campo de lo bello, y en esa operación provoca y facilita la
observación y examen del aspecto y las propiedades externas de las
cosas. Haciendo eso, el Arte es moralizador, porque es educador de
muchas fuerzas subjetivas: la sensación, la atención, la imaginación.
Del culto silencioso de lo bello el artista pasa también en silencio al
amor reflexivo de lo bello, y educa fuerzas no menos subjetivas y aún
más poderosas en el desenvolvimiento de la vida práctica; la
sensibilidad física, la íntima y la sensibilidad estética, forma
privativa de sensibilidad, en que al par se dan el gusto y la
originalidad, que tanto vale como decir comunidad é individualidad. Todo
lo que en este sentido hace el Arte es también favorable á la Moral, por
ser favorable á la cultura de actividades y aptitudes que pueden
concurrir al bien social.
Cuando de la realidad externa entra en la interna, el artista contempla
con arrobamiento un mundo lleno de encantos que más lo atrae cuanto más
penetra en él, y de donde saca los gritos desgarradores de la lírica,
los contrastes patéticos de la dramática, los cuadros solemnes de la
épica, la olímpica expresión de Júpiter, la austera de Moisés, la
virginal de los niños de la Concha, la completamente humana del cómico
de Velázquez ó de los bebedores de Ticiano; es decir, traduciendo lo
interno por lo externo, expresa y aprende á expresar con exactitud las
relaciones que hay entre el hombre que se ve por fuera y el hombre que
vive por dentro.
Los templos-criptas de la India, las titánicas pagodas que tan sugestiva
expresión plástica son del misterio de Brahma y de su estupenda obra
social; las diminutas pagodas, que reproduciendo en pequeño el recinto
del dios grande, lo disminuyen como el dios se disminuye al mostrarse en
alguno de sus atributos accidentales; el terso, sencillo, inestudiado
templo de Confucio, que tan sólidamente retrata con formas y elementos
materiales el pensamiento y la doctrina también tersos, sencillos é
inestudiados del Maestro chino; aquella iglesia budista de la capital de
Birmán, que resulta de la asombrosa yuxtaposición de construcciones
sobre construcciones, todas idénticas en plan y forma, todas distintas
en tamaño, y que sugieren todas juntas la idea de la poderosa iniciativa
y del potente empeño del reformador; los templos politeístas de griegos
y romanos; la catedral gótica; la mezquita mahometana; el muchas veces
persuasivo templo protestante; la ruca cónica del araucano, que á
millares de millas se reproduce en el bohío primitivo del yucayo de las
Antillas, y con cimiento y materiales de hielo se presenta entre los
esquimales de Groenlandia; la vivienda cúbica que sirve de modelo á
todas las civilizaciones; las imitaciones arquitectónicas de la
Naturaleza, que en fustes, capiteles, cariátides y metopas se esfuerzan
por reunir en el recinto de los dioses, de las ideas ó de los hombres,
la triple encarnación de la vida en el vegetal, en el animal y en el
hombre; castillos feudales, fortalezas, quintas, museos, bibliotecas,
universidades, capitolios, acueductos, viaductos, puentes, toda la
fecundidad artística de la Arquitectura, es una doble oblación á la
Moral; primero, porque consagra á la actividad social de las ideas, de
los sentimientos y de los deberes; segundo, porque consagra al trabajo y
nos presenta en una pirámide de Egipto, en un teocalí de Méjico, en la
calzada monumental de Quito á Chile, el incesante y devoto sacrificio
del trabajo humano, unas veces debido á la tiránica necesidad de
subsistir, otras veces á la brutal arbitrariedad de los tiranos.