hoy, como en el período de la reacción contra la Reforma, se esfuerzan
desesperadamente por aniquilar la civilización contemporánea, hechura
del hombre en consorcio con la Naturaleza. El Sillabus, el dogma de la
concepción inmaculada, el de la infalibilidad, las colonizaciones, la
acerba lucha por la reconquista del poder temporal, son otros tantos
arietes puestos contra la dolorosa construcción de los progresos
humanos, contra la fábrica de verdades de la Biología y de la
Fisiología, contra el monumento de la ingenuidad levantado por el
positivismo y por la Antropología á la verdad, cuando reconocen,
declaran y acatan la falibilidad _necesaria_ y la providente limitación
de la razón humana; contra la obra cooperativa de la Moral, del Derecho,
de la libertad y del gobierno constitucional, cuando condena los
esfuerzos de Irlanda por cumplir con el deber de ser patria de sus
hijos, cuando anatematiza los derechos individuales, cuando pasa todo el
siglo en apoyar tiranos contra pueblos, y cuando, por fin, quiere
restaurar el gobierno temporal, que no sólo ha sido una inmoral
contradicción, sino que volvería á ser el peor ejemplo de autócratas,
déspotas y usurpadores.
Los segundos, como si lo único que compete á la razón contemporánea
fuera demoler los restos del edificio de errores teológicos, ó como si
pudiera prescindirse del orden de la vida social y ejecutar de la noche
á la mañana el noble, pero ilusorio ideal de poner una nueva sociedad
sobre la antigua sociedad, un mundo nuevo sobre el mundo viejo, una
nueva humanidad sobre la antigua humanidad, el bien sobre el mal, el
derecho sobre el privilegio, la libertad sobre la esclavitud, la
civilización sobre la barbarie, la razón sobre el absurdo, la conciencia
sobre la inconciencia, pierden en pulverizar sillares ó capiteles del
edificio derruido, el tiempo precioso que necesitamos para seguir
poniendo piedra sobre piedra en el nuevo edificio apenas comenzado, y en
el cual, para ser bueno, han de entrar elementos arquitectónicos del
antiguo, porque todo edificio social ha sido en todo tiempo, y en todo
tiempo será, obra de la misma humanidad que mezcla errores con verdades,
bienes con males, y de la mezcla hace el cimiento secular de sus largas
construcciones.
Á los zapadores del pasado no les hablará en nombre de ella misma la
Moral: les hablará en nombre de los intereses de la Iglesia.
Á los zapadores del porvenir, armados por la misma Moral en su momento
de olvido en sí misma, ella será quien les hable, los persuada y los
desarme.
El catolicismo, como la Humanidad, no tiene su edad de oro por detrás;
la tiene por delante. Llegará en cuanto llegue al gobierno de la Iglesia
un Papa reflexivo. Con éste le bastará para acatar como hecho consumado
la abolición del Papado temporal, y para reconocer en ese hecho uno de
los más grandes beneficios que han podido ideas religiosas recibir de la
necesidad y la razón. Entonces, desistiendo concienzudamente de reinar
sobre ilotas prosternados, desechando la majestad postiza por la
connatural majestad del imperio sobre conciencias, establecerá de hecho
el gobierno espiritual, el imperio inmaterial á que Buda aspiró, que
deseó Jesús, que Comte presentó como uno de los medios necesarios del
ideal social, que á tientas, á traspiés y bamboleando busca á través de
la Historia la sociedad inquieta, y que á ciegas, sin plan, sin método,
sin perseverancia, realizan en parte la democracia, la Ciencia, la
Literatura, el periodismo, el arte, cuantas actividades fundamentales y
cuantas instituciones complementarias del Derecho y de la asociación
natural trabajan por reproducir en la sociedad la armónica coexistencia
de lo uno y lo vario que nos admira, nos encanta, nos doctrina en la
Naturaleza.
Así, elevándose desde el gobierno temporal al gobierno espiritual, el
Papado consumará la reforma religiosa más transcendental, porque será la
que hará compatible la religión con la razón en Occidente, y porque
preparará el tránsito de las religiones de tradición á las religiones de
razón, y el advenimiento de una sociedad suficientemente abandonada á sí
misma por la Iglesia y el Estado para que distinga y separe por su
cuenta lo temporal de lo espiritual, clasifique en dos grupos de
vocaciones las varias aptitudes de que ha menester la sociedad para
vivir, y funde un orden más natural, y, por tanto, más estable, que el
incierto hoy existente.
Los demoledores bien intencionados, que en nombre del porvenir y de la
Moral zapan los cimientos seculares que aún resisten á la demostración,
como ayer resistieron á la burla, piensen que, si resisten, por alguna
fuerza virtual será; piensen que el propósito no es destruir por
destruir, sino por reconstruir; piensen que para reconstruir es preciso
contar con los materiales intactos de la obra demolida y con las fuerzas
virtuales que sirvieron para ella. La fuerza que resistió al ingenio del
siglo XVIII y que resistió á la ciencia del siglo XIX, ¿no es la
conciencia religiosa? Pues esa es una fuerza constructiva que es preciso
utilizar como la utilizó la Reforma, como quiso utilizarla el pensador
que, por su fuerza de concepción orgánica, ha sido en nuestros días más
digno de completar con la idea de una renovación de la Filosofía por la
Ciencia, una renovación de las religiones por la Filosofía.
La descomposición molecular de las religiones hasta mostrar la inanidad
de organización en todas ellas, obra es hecha, y no ha sido obra
difícil, aunque haya sido larga y lenta. Pero la aniquilación del
elemento religioso es imposible: las raíces no se arrancan sin matar la
planta, y raíz de la conciencia, como fin que es de vida humana, es el
elemento religioso en toda vida. Se puede llegar, se llega, y es bueno
llegar individualmente, á desasirse de toda divinidad tradicional, á
fabricar por sí mismo la suya, á hacer de la Humanidad un sér divino y
de la civilización un culto, ó á convertir la actividad de la propia
conciencia en religión, y en culto los deberes de la vida; pero suprimir
la conciencia de las causas, que hace del principio de causalidad en
todos los procedimientos empleados por la razón como una de las cuatro
piedras angulares de toda construcción intelectual, una de las células
del sér consciente, además de imposible es inútil. Lo útil es aprovechar
ese género de composición y de organización social. Además de lo útil,
es lo necesario. El individuo puede evolucionar, en una vida tan rápida
como la suya, desde el sistema de ideas hereditario que se recibe de
cada época al nacer, hasta el sistema de ideas propio que forman,
labrando su propia materia intelectual, los pocos que á eso llegan; pero
una sociedad, pero la sociedad, pero la humanidad de un tiempo dado, no
puede llegar de ningún modo. Ver ese hecho es ver la necesidad de
atemperarse á él. Á él se atempera la moral social cuando hace descender
al fondo de la conciencia colectiva, y muestra en ella el triste
desarreglo producido por la corriente de las ideas religiosas y por la
contracorriente de las ideas científicas. El desarreglo resulta de la
fuerza con que arraigan las unas en el sistema de ideas heredado, y del
ímpetu que llevan, al arraigarse, las ideas adquiridas. La lucha en cada
conciencia es lucha en todas, porque la misma resistencia que hacen en
la conciencia individual las creencias tradicionales, la hacen en la
conciencia colectiva. Pero como el resultado de la lucha en ésta no es
parcial, sino total, y afecta á la sociedad universal de un tiempo dado,
la resistencia es desesperada: el brahmanismo, vencido como idea por el
budismo, como hecho social prevaleció sobre la primera doctrina
redentora; el confucismo, tan superior como doctrina á la religión de
los espíritus y al budismo degenerado, ha tenido que pactar y coexistir
con una y otra; el judaísmo sobrevive á la Judea.
Si lo que se quiere es lo que se debe querer, esto es, concordar el
régimen de la conciencia con el régimen de la razón, para que aquélla,
en vez de violar su ley y su destino, obstando al desarrollo de la razón
humana, se someta á su destino y su ley de desarrollo, que es
subsidiario del desenvolvimiento racional, ¿qué es más moral: prolongar
el desarreglo de conciencia y el desorden social que lo subsigue, ó
resignarse á los hechos, atenerse á la ley del proceso, de las ideas en
la razón colectiva, y siguiendo reflexivamente el ejemplo que por
instinto ha seguido en toda reforma el sér social, imitar al arquitecto
que, reducido á contar con materiales viejos, busca entre ellos y
entresaca los buenos, los intactos, los incorruptibles, los útiles para
indefinidas construcciones?
Si lo que se quiere es tranquilizar la conciencia de la sociedad para
que, descartados de su vida activa los problemas embarazosos, se
entreguen en cuerpo y alma á mejorarse, á perfeccionarse, á realmente
civilizarse, incluyendo la civilización de su conciencia en las de todas
las fuerzas naturales del hombre, ¿qué conduce más rectamente á ese
propósito? ¿Destruir ó construir?
Ya en la obra de reconstrucción del orden social se ha adelantado
bastante: las ciencias positivas, oponiendo el mundo natural al
sobrenatural, han sentado las bases de ese orden; la filosofía positiva,
la historia de las religiones y la antropología ante-histórica,
mostrando inductiva y deductivamente la invariabilidad del procedimiento
seguido por la Humanidad, bosquejan ese orden; el protestantismo, tan
desconocido por sus detractores y por eso tan calumniado, pero tan vivo
y tan activo en su incansable evolución, que ha llegado en el unitarismo
y en el universalismo á tocar en los lindes de las religiones
filosóficas, da en _negativa_ la confusa imagen del orden que se busca.
Si, pues, las verdades demostradas por las ciencias naturales, la
realidad revelada por las ciencias sociales y la evolución que á nuestra
vista se consuma de una religión positiva convirtiéndose cada vez en más
racional y en más acorde con la evolución intelectual, demuestran que
hay elementos y medios para un orden nuevo, el progreso no está en
desconocer que hay una sociedad occidental de europeos y americanos,
compuesta quizás de trescientos millones de seres, más ó menos
racionales, que se obstinan, los unos por ignorancia, los otros por amor
á la tradición, éstos por indolencia intelectual, aquéllos por astucia
social, en ser católicos. El progreso, es decir, el movimiento
necesario, consiste en ver que no se puede aniquilar esas conciencias,
que no se debe aniquilarlas, aunque se pudiera, y que el deber consiste
en construir con ellas y con sus creencias: primero, una religión activa
y progresiva, como el protestantismo, un orden social para los pueblos
católicos, semejante al de los pueblos protestantes, que indudablemente
son superiores en moralidad pública y privada, en dignidad política y en
fuerza civilizadora, á los pueblos que se sustrajeron á la Reforma.
Para hacer del catolicismo una religión progresiva se ha dado con la
separación del papado temporal el primer paso; el segundo se deducirá
necesariamente del primero, separando los intereses de la Iglesia de los
intereses del Estado; el tercero y el cuarto lo está dando la sociedad
más efectivamente católica del mundo. Francia, al secularizar la Escuela
y al resolver por medio del derecho común el problema del celibato de
los curas; el paso más avanzado lo dan Secchi, Moigno, Mignan, Lambert,
Bourgeois, Delannay, Desnoyer y cuantos jesuítas como el primero,
obispos como el tercero, presbíteros como los restantes, que al aceptar
los procedimientos y las verdades de la más antigua y la más nueva de
las ciencias, sin por eso derrumbar la religión que profesaran ó
profesan, han aceptado que la Ciencia es una base de orden religioso.
Así como para el Japón, en donde el budismo, semejante en todo al
catolicismo, había de antiguo establecido un papado temporal junto á una
soberanía monárquica, la abolición de la soberanía papal fué la víspera
de la conversión al progreso occidental, así para los pueblos católicos
será primer día de una civilización más completa, porque será más moral,
el día en que el jefe de la Iglesia católica, tomando realmente la
dirección espiritual de los pueblos de su secta, favorezca las reformas
que han de poner al catolicismo al nivel de la civilización, y prepare
el advenimiento del orden moral no impuesto.
CAPÍTULO XXIX
LA MORAL Y EL PROTESTANTISMO
Es natural que el protestantismo esté más adelantado en la evolución
religiosa que el catolicismo.
En primer lugar, la razón de la Protesta era, por sí sola, un movimiento
hacia adelante, que en vano hubiera querido contener el mismo Lutero
cuando, descontento del espíritu que él llamaba _mundano_, y que no era
más que la primera florescencia de la vida al franco ambiente del libre
examen, se mostraba casi arrepentido de su obra.
En segundo lugar, el ejercicio de la iniciativa individual, que desde
los primeros días de la Reforma llevó de la guerra abierta contra la
actividad jerárquica á la sustitución de la misma autoridad mental con
la que llamaron “inspiración personal” los puritanos, no podía menos de
fructificar activamente en el desenvolvimiento del nuevo germen
religioso que, de un modo un poco inconsciente, había la Protesta
depositado en el seno de la nueva sociedad.
En tercer lugar, la transplantación del protestantismo al nuevo mundo,
en donde halló desde el primer momento un suelo completamente virgen, y
en donde su propia virtualidad formó un espíritu social tan expansivo y
un campo de batalla religiosa tan activo, que todas las sectas se
mejoraron, depuraron y fortalecieron por la lucha.
En último lugar, no el último en jerarquía, sino en orden cronológico,
la tendencia filosófica del protestantismo germánico, que puesto como la
ciencia y como la conciencia contemporáneas, delante del problema
religioso de la época, en vez de encerrarse, como el catolicismo, en la
afirmación obstinada de los fundamentos dogmáticos que el mismo vulgo de
la época rechaza por opuestos á la razón, ó como el protestantismo
ortodoxo (el luteranismo), que entre la Biblia y una afirmación concreta
de la ciencia contemporánea opta por la Biblia; en vez de encerrarse,
repetimos, en el círculo de dogmas de donde parte, va poco á poco
rompiendo el círculo y entrando en la atmósfera, en la esfera y en la
vida de la civilización contemporánea. Al revés del papismo y del
luteranismo, el protestantismo progresivo acepta franca y resueltamente
el progreso moderno, el fundamento científico de ese progreso, las
consecuencias que de él se desprenden, y la obra que ha empezado y
continúa así en el orden material como en el inmaterial.
Lo que ha hecho en Alemania la vocación filosófica, muy de más antiguo
ha estado en América haciendo para el protestantismo la potencia
biológica de esa más nueva que ninguna otra sociedad, porque es la más
ingenuamente entregada á los procedimientos y resortes de la vida nueva.
Aunque no se sabe á punto fijo si es el protestantismo quien da esos
frutos, ó si los frutos de la vida nueva son los que han dado en la
completamente nueva sociedad anglo-americana el protestantismo
progresista y positivista, el hecho evidente es que allí, fuera de toda
tendencia especulativa, libre de toda influencia metafísica, sin
cuidarse para nada de sintetizar _à priori_ sus ideas y la razón del
movimiento ascendente, de menos racionales á cada vez más racionales, el
protestantismo ha llegado en los Estados Unidos á las mismas
conclusiones que el protestantismo liberal de Alemania y al mismo
rompimiento definitivo, por substancial, que hubo entre el paulismo, en
cuanto dogma, y el protestantismo de Lutero, Melanchton y Calvino.
Ya, para que la evolución religiosa esté más adelantada en los Estados
Unidos que en parte alguna, no hay ninguna secta protestante que abjure
de la Ciencia como el catolicismo ó de verdades contradictorias de la
Biblia, como el luteranismo, ó de las consecuencias jurídicas de la
Protesta, como el protestantismo conservador de Alemania. Al contrario,
aprovechando, no ya sólo la libertad, sino la educación de la libertad,
los protestantes norte-americanos utilizan omnímodamente cada día las
ventajas prácticas que les ofrece el manejo y dominio de los derechos
naturales, y en vez de encerrarse en alianzas académicas como el
_Protestantverein_ de Alemania, que liga y alía ideas en formación más
bien que fuerzas vivientes de la sociedad, los progresistas del
protestantismo se fortalecen de continuo en la predicación popular de
sus ideas, en la transformación de éstas al paso de la necesidad de
transformación, y lejos de encerrarse en alianzas tan útiles para la
especulación cuanto inútiles para la propaganda, no usan de la
asociación sino para constituir focos y núcleos de irradiación.
Así es como allí se ha llegado á las dos últimas expansiones actuales de
la Reforma: el _unitarismo_ y el _universalismo_, que contienen entre
ambas todas las resultantes especulativas del liberalismo protestante de
Alemania, y que tienen sobre éste, para la evolución religiosa del
mundo, la inmensa ventaja de haber hecho positivas y vivas sus ideas en
dos secciones poderosas del protestantismo.
Cuando se compara la obra general del protestantismo con la particular á
que la Iglesia católica ha estado consagrada desde Sixto V hasta León
XIII, ciego de razón, ó necio de intención, ó loco de fanatismo se ha de
ser para no preferir la obra educadora de la una á la de tenaz reacción
contra todo adelanto mental, jurídico y moral de la otra.
Las sectas protestantes, el espíritu jurídico del protestantismo, fué el
que adelantó en tres siglos la civilización política de Inglaterra; su
fuerza especulativa, la que desarrolló la vocación filosófica de
Alemania; su ingenuidad científica, la que nos dió el método
experimental; su juvenil actividad en la competencia de los credos, la
que ya, desde la Colonia, bosquejó la más viva, más activa, más fuerte y
poderosa de cuantas sociedades han existido en el mundo. Ellas, dando su
impulso intelectual, serán por fin las que, mientras la Iglesia católica
desperdicia en nonadas su fuerza y su influencia, van aproximándose cada
vez más á la solución del problema religioso.
Ante la Moral, cuya aspiración final es el establecimiento de un orden
_voluntario_, del orden de la voluntad, á que deliberada y
voluntariamente concurran todos los seres morales, á sabiendas de que
concurren y á sabiendas de los medios que emplean para concurrir y de
los deberes que cumplen al concurrir á él; ante la Moral, la obra
comparada de protestantismo y catolicismo hace del primero un
instrumento de orden moral que no ha sido el último.
Pero es imposible que un coeficiente substancial de orden social como
es, en definitiva, toda religión positiva, pueda sustraerse
indefinidamente al cumplimiento de su fin, y siga obstinándose
impunemente en servir de rémora á la verdad, de obstáculo al Derecho, de
impedimento al deber que todos los hombres tienen de desenvolver en
todos sentidos las fuerzas naturales que recibieron para eso.
Es imposible. La fuerza misma de la evolución religiosa concluirá por
arrastrar á la Iglesia católica hasta la reforma y la protesta de sí
misma. La abolición definitiva del papado temporal y la tendencia sorda
de los cismáticos, que con el nombre de _viejos católicos_ aparecen,
desaparecen y reaparecen periódicamente, como los cometas periódicos,
para atestiguar la acción fija de un centro de atracción, son ya señales
de que la evolución va á comenzar.
Mas aun cuando no hubiera esos y los otros signos del tiempo que ya
hemos mencionado, la resuelta evolución del protestantismo concluirá por
bastar, para aunque sólo sea por competencia religiosa, que es tan
decisiva como la industrial, mover, conmover y promover al catolicismo.
Si esto no bastare, el hecho de la transformación verificada en el mismo
espíritu del judaísmo, que es ya en sus altas personificaciones más
liberal, más progresista y más humano que el catolicismo de la
pluralidad de los católicos, será un nuevo motivo.
Y si aún no bastare, la Iglesia católica se moverá por la fuerza, por la
fuerza de las ideas que arrastran fatalmente á las instituciones que no
quieren ni deben perecer antes de tiempo.
La fuerza de las ideas nos ha traído á la actual situación religiosa,
que se describe por sí misma: pérdida de eficacia por parte de las
doctrinas teológicas del cristianismo, tanto ortodoxo como heterodoxo,
aunque indudable y _utilizable_ influencia de su principio orgánico
(potencia redentora del dios humanizado) en el fondo social de las
naciones protestantes y católicas; ganancia paralela de la eficacia de
la verdad demostrada, en proporción de su acción indirecta sobre el
bienestar físico por medio de la industria y de su acción directa sobre
la razón colectiva por medio de la educación; tendencia universal en
todos los directamente beneficiados por la educación científica y
literaria de la época, á concordar las creencias religiosas con las
científicas, para lo cual tienen que acomodar las verdades
indemostrables á las verdades demostradas; alejamiento cada vez más
numeroso de indiferentes, de volterianos y de incrédulos, no ya de toda
religión positiva, sino hasta del propósito ordenador que todas han
tenido en su principio; corriente reconstructiva del pensamiento
sociológico que, al considerar las religiones como fenómenos biológicos
de la Humanidad, las convierte en elementos de orden y organización, que
las hace dignas de consideración y aun de cooperación para todos
aquellos que han entrado en esa benéfica corriente de ideas.
El protestantismo, que ve con claridad la situación y que, en sus más
altos derivados, la arrostra con la humana resolución de no obstar con
su estancamiento al proceso de las ideas contemporáneas, llegará
probablemente á aquel grado de evolución en que la religión positiva más
racional concierte con la religión filosófica que más en cuenta haya
tenido el movimiento evolutivo de los dogmas.
De aquí allá, tiempo hay largo. El catolicismo debería aprovecharlo.
CAPÍTULO XXX
LA MORAL Y LAS RELIGIONES FILOSÓFICAS
La Moral no quiere que se destruya inútilmente; pero no quiere tampoco
que se construya sobre ruinas sin antes examinarlas pericialmente,
someter á prueba los cimientos, separar los escombros y clasificarlos,
para utilizar los utilizables y arrojar los inútiles.
Esa, que es la obra del libre examen, se lleva á cabo por pensadores
reflexivos y por irreflexivos entusiastas. Los primeros son
reconstructores, los segundos son demoledores. Los unos, los pensadores
de la verdad, aspiran, poseídos de la íntima buena fe de la verdad, á
mostrar tal cual es el maderamen y armazón de _todas_ las religiones
positivas, mostrando, de un lado, la invariable unidad del germen
religioso en todos los sistemas que han convertido la idea de causa
inicial y universal en ciencia de la divinidad; de otro lado, la
reverenda autoridad y la veneranda fuerza social de un propósito que ha
servido de guía á las civilizaciones más completas en la China, en la
India, en la Persia, en Egipto, en Judea, en Fenicia, en Grecia, en
Roma, en Islandia, entre los aztecas, entre los incas, en los siglos
medios, en el Renacimiento, antes de la Reforma, después de la Reforma,
antes del racionalismo, después del racionalismo, antes del período
revolucionario, durante el período revolucionario, en todos los grados
de racionalidad hasta ahora alcanzados por el hombre histórico, desde el
salvaje en su selva hasta el civilizado en su ciudad; en todas las
gradaciones industriales, en todas las edades del hombre antehistórico,
desde la de piedra hasta la de hierro.