Verdad es que al par del espectáculo inmoral de los políticos ofrece

Europa el espectáculo de los economistas y de los sociólogos, que,

secundados por capitalistas y fabricantes inteligentes ó por filántropos

y por asociaciones generosas, proponen planes fundados en ciencia y

experiencia, ó aplauden los experimentos de Rochdale, Mullhouse, Berlín,

y convergen, con los bien intencionados, al orden y á la moral.

Pero como no pueden bastar para contrarrestar la influencia maligna de

los instintos, pasiones, envidias y furores, las predicaciones de los

pensadores, las tentativas de cooperación industrial y comercial, la

construcción de casas, de barrios y de ciudades para obreros y la

participación concedida á algunos en las ganancias á que contribuyen

como primer agente de producción, el estado moral de las sociedades en

donde la propiedad no es del trabajo, y en donde el fruto del trabajo no

es proporcional, para el trabajador, al esfuerzo que hace y al beneficio

que produce, es necesariamente disolvente. No todos los estadistas

europeos se guían por la inmoral indiferencia que distingue entre la

moralidad privada y la pública; pero los estadistas verdaderos son tan

pocos en el mundo, que actualmente no hay en Europa más que uno, y no es

Bismarck. En cambio, son muchos los que, como este funesto afortunado,

no ven en la política más que el arte de utilizar el Poder contra el

Derecho, y como de esos es el formar escuela, cuanto más triunfan ellos

más triunfante se muestra la doctrina que divorcia de la Moral á la

Política.

Es claro: si los dos Napoleones no necesitaron de ninguna moral para

tener á sus pies á toda Europa; si Alemania, para ser una, no hubo

menester de un justo, y con un simple artero le bastó para imponer su

voluntad á Europa, nada tiene que ver la moral con la política.

Nada tiene que ver á los ojos de los deslumbrados por esos ejemplos en

Europa; nada tiene que ver á los ojos de los que en América ven con

admiración que el personalismo cínico hace poderosos y potentados á

ridículos imitadores de esos modelos repulsivos; pero á los ojos del que

ve la realidad, se presenta como evidente la relación que enlaza á la

moral con la política.

La realidad es que siendo el arte político un derivado de las ciencias

que tienen por objeto el estudio del orden social y del orden jurídico,

que directamente se basan en el orden moral, el arte tiene que buscar

sus reglas en donde buscan sus leyes las ciencias de que emana. Y no hay

más que decir; con eso basta. Sólo á ignorantes absolutos ó á consumados

hipócritas ha podido ocurrir la idea de separar lo que es inseparable

por naturaleza, y de quitar al arte de ponderar el poder con el derecho,

la dignidad que le da su origen. Política sin moral, es indignidad;

cualquier juego de azar, siendo tan indigno como es el juego, es más

digno que la política divorciada de la moral, porque al menos en sus

lances repugnantes no aventura más moralidad que la del jugador y sus

cómplices. Pero el político inmoral aventura con su ejemplo la moralidad

pública y privada de su patria.

Faltando á todos sus deberes los que usufructúan el poder, faltan al

suyo cuantos tienen alguna dependencia del Estado, y la sociedad, que es

víctima de esas faltas, empieza á cometerlas para vengarse y

resguardarse, y concluye por cometerlas por la costumbre adquirida de

incurrir en ellas. Así es como, poco á poco, y sin pensarlo, ni

quererlo, ni sentirlo, van los pueblos, guiados por la política

indiferente á la moral, perdiendo una por una sus virtudes, sus

cualidades y su carácter; así es como las familias van en ellas

perdiendo, sin notarlo, la dignidad de su fin social, la afinidad de sus

elementos, la pureza de sus costumbres, la grandeza de su institución;

así es como los individuos van, sin advertirlo, perdiendo el decoro, la

dignidad, la veracidad, la firmeza, la lealtad, y convirtiéndose en

momias semovientes que engañan hasta con el aparato de una personalidad

y de una vida que no tienen.

CAPÍTULO XXVI

LA MORAL SOCIAL Y LAS PROFESIONES

Una vez, una madre de las que en la América latina pueden, por la

ternura, servir de modelo á cualesquiera madres, decía, refiriéndose á

uno de sus pequeñuelos:

“—Y éste será sacerdote.

—Si tiene esa vocación, enhorabuena—dijo su marido.

—Y aunque no la tenga: el sacerdote no tiene que luchar tanto con la

vida como otros.

—Es un error: en la vida, todos son sacerdocios, y todos imponen deberes

costosos.

—Pero el sacerdote tiene siempre el pan á la mano.

—Pero no siempre lo tiene á la conciencia.

—¿Qué quieres decir?

—Que no siempre es tan fácil para la conciencia el acercarse al pan que

se toma fácilmente con la mano.

—¿Por qué?

—Porque el pan se digiere solamente en el estómago.

—¿Pues acaso hay algún otro aparato digestivo?

—Varios: la razón, que juzga de nuestro modo de ganar el pan, es uno; la

voluntad, que á veces se resiste á determinados modos de ganar el pan,

es otro; la conciencia, que aprueba ó condena los modos de subsistencia

que se adoptan, otro.

—Y el sacerdocio eclesiástico, ¿es uno de esos modos de ganar la vida

que la razón juzga mal, que la voluntad resiste y que la conciencia

condena?

—Si lo adopta la vocación, no; cuando lo adopta el egoísmo cauteloso é

inmoral, sí.

—Y ¿por qué?

—Por lo mismo que es inmoral hacerse abogado ó médico, ó maestro, ó

periodista, ó comerciante, ó peluquero, sin más mira que la de ganar el

pan.

—Pero aun así, cuando el objeto es evitar los vicios de la ociosidad y

la deshonra del vicio...

—Menos malo, en efecto; pero es malo.

—Pero si así se hace un bien á la familia...

—Á la verdadera familia no se le puede hacer un bien que sea un mal para

la sociedad.

—Y ¿por qué es un mal para la sociedad el seguir sin vocación una

carrera?

—Porque todo oficio, carrera, profesión ó función social requiere un

número determinado de deberes, que se cumplen tanto menos cuanto mayor

es la repugnancia con que los reconocemos, y toda vocación extraviada

impone deberes repugnados.

—Pero eso, en último caso, será un mal para el extraviado de su

vocación.

—Para él, para la familia, para sus convecinos, para sus comarcanos,

para su patria y para la Humanidad entera.

—¿Cómo así?

—Porque lo que la sociedad humana quiere y requiere de sus miembros es

que coadyuven al orden social, y para eso hay que cumplir con su deber;

y para que el cumplimiento del deber sea general, hay que hacer del

deber una causa y origen de felicidad.”

El mismo movimiento de cabeza que hizo para meditar la tierna madre, lo

hacen para protestar los millares de padres á quienes intentan la razón

y la moral desviar del torpe empeño de hacer que sus hijos sean en

sociedad lo que á ellos conviene, no lo que al orden social á que es

deber y conveniencia de todos concurrir. Á no dudarlo, la competencia de

los servicios es demasiado activa en el mundo, y todavía demasiado

primitiva la organización social para que pueda exigirse á la moralidad

privada el sacrificio de los medios de subsistencia individual y de

familia por _simples escrúpulos_ de conciencia. Pero también, á no

dudarlo, es cínica la inmoralidad con que se adoptan profesiones y

oficios sin consideración, antes con absoluto menosprecio, de los

deberes que imponen las funciones sociales.

Si se adoptara el procedimiento de la estricta honradez, que aprende lo

que no sabe para hacerlo bien, ó que vence las repugnancias que impone

una función inapropiada para desempeñarla con sujeción á los deberes

inherentes á ella, menos mal. Pero universidades, academias, institutos,

seminarios, colegiatas, catedrales, parroquias, fábricas, almacenes,

barcos, naves de guerra, arsenales, astilleros, aduanas, bancos,

contadurías, receptorías, solios, sitiales y curales, están llenos de

favoritos de la herencia ó la fortuna, de desesperados ó de desocupados

que hacen en la colmena social la competencia privilegiada á los hijos

de su trabajo, de su esfuerzo, de su deber y de sus méritos. Aun en las

mismas relaciones industriales que, en fuerza de la ley natural de los

servicios, se rigen generalmente por la oferta y la demanda, aun ahí

compite con la vocación la ineptitud, y con el deber cumplido la burla

del deber no conocido ó no aceptado.

El desorden que resulta del falseamiento de las vocaciones, no puede ser

más inmoral. Malea al individuo, porque ó le infunde una anárquica

confianza en su idea, si ésta triunfa, ó una pusilanimidad, si fracasa,

que corrompe el carácter; malea á la familia, porque la hace aceptar la

subsistencia, no del trabajo fecundo para la sociedad, sino del

exclusivamente ventajoso para la institución doméstica; malea á las

sociedades particulares, porque la alteración del orden en las funciones

sociales es una alteración del orden moral; malea á la humanidad de una

época, porque la priva de los beneficios que debiera esperar de la

aplicación de grandes vocaciones individuales á la múltiple actividad de

la vida.

Entre las varias causas que convergen á ese desorden, no es la menor la

vanidad insana, ni la mayor es la falta de recursos de existencia;

necesidades, instintos y pasiones, á veces hasta la misma honradez, que

es el deseo ideal de cumplir con el deber, concurren á la inmoralidad

que resulta del abandono ó del extravío de las vocaciones. Pero ninguna

causa más inmediata de ese mal que la usual reserva de las funciones del

poder temporal y del espiritual, hecha en favor, no de méritos adecuados

á esas funciones, sino de intereses momentáneos de grupos particulares

del Estado ó de la Iglesia.

Así es como el mal ejemplo que se da en la provisión ó en el desempeño

de las funciones sociales más transcendentales, se insinúa en el cuerpo

y en el alma de la sociedad entera, y así es como, sirviendo todos para

todo, nadie sirve para nada.

El objetivo es parecer, no ser; el propósito, tener, no hacer. De ahí,

especialmente en los países de origen autocrático, la manía, la

verdadera manía de los empleos públicos y la universal preferencia de

las llamadas profesiones liberales, como si éstas fueran la vocación

natural, y como si las profesiones industriales fueran incapaces de

despertar en la juventud de nuestros pueblos la fructuosa vocación que

ha formado á los Palissy y á los Jacquard, á los Franklin y á los

Fulton, á los Watt y á los Stephenson, á los Morse, á los Edison, á los

Bell, á los mil, á la legión de bienhechores que, centuplicando las

fuerzas de la Industria, han multiplicado los goces legítimos de la vida

civilizada.

Es cierto que la actividad industrial no exime de tendencias viciosas á

las sociedades que de un modo más poderoso la despliegan: la pasión del

dinero, que estrecha los linderos de la vida social; la embriaguez, que

seca en su fuente el sentimiento de la dignidad humana; el egoísmo frío,

que congela la sensibilidad individual y colectiva, parecen fatalidades

inevitables en el cumplimiento, cuando es muy extenso, de las vocaciones

económicas. Pero la pasión del dinero, la embriaguez, el egoísmo

insensible, ¿no son tendencias también de las sociedades inactivas ó en

donde la vocación social parece limitada al ejercicio de las funciones

políticas, literarias y eclesiásticas? ¿Hay endineramiento más

repugnante, alcoholismo más general, sensualidad más perversa, egoísmo

más seco que los que chocan y contrastan con la apariencia

espiritualista de las sociedades ociosas y letradas? ¿En dónde ha

degenerado en farsa más horrible la administración de justicia; en dónde

es burla más descarada la profesión de principios religiosos; en dónde

ociosidad más perniciosa el empleo público; en dónde periodismo más

innoble ó más estúpido; en dónde casta de literatos más estólida y más

refractaria; en dónde la curia es más artera; en dónde más venenoso

áspid el abogado; en dónde esfinge más siniestra el médico; en dónde es

menos brazo armado de su patria el militar; en dónde la civilización más

corrompida; en dónde más corruptor el progreso material; en dónde

sociedades más hondamente inmorales que las de allende y aquende los

mares, en que el prevalecimiento de las profesiones liberales demuestra

el descarrío de las vocaciones, la anteposición del interés á la

vocación, el ejercicio de la actividad mental ó muscular por lo que da,

no por el bien que puede hacer?

Nuestro siglo no es peor que otro siglo; al contrario, puesto que tiene

más conciencia del mal hecho ó del bien que ha dejado de hacer. Mas no

por eso es digno de la indiscreta admiración que nos inspira. Los tres

hechos esenciales de él—aplicación metódica de la ciencia al aumento de

vida, aumento de razón, aumento de conciencia—pudieran y debieran dar

por fruto una más ordenada aplicación del deber á las manifestaciones de

la vida. No la ha dado. El ejercicio de las funciones industriales é

intelectuales, la mala distribución de vocaciones, el pésimo uso de los

poderes temporales y espirituales de la sociedad demuestran la

incompetencia general de los funcionarios, lo cual demuestra á su vez el

olvido general del deber.

Sociedad en donde éste sea universalmente cumplido, no existirá jamás,

porque nunca llegará una porción cualquiera de humanidad á aquel

desarrollo de razón y de conciencia en que el conocimiento de las

relaciones y de los deberes en ellas incluídos sea tan íntimo y tan

claro que obscurezca los instintos, las pasiones, los deseos, los

errores y los extravíos de vocación que se oponen al cumplimiento

constante del deber. No es eso lo que se pide; no es eso lo que

insensatamente pretende la moral social. Pretende ella, pide el sentido

común, que pues hemos llegado á la sociedad industrial, en que la vida

toda del sér social puede considerarse como una industria, tanto vale

decir como una actividad moral, mental ó muscular, en busca de un

producto; y que, pues, el producto material se obtiene por trabajadores

de la materia que, para manipularla, manufacturarla y transformarla,

tienen que cumplir con el deber de trabajar, los productos espirituales

y mentales se obtengan por quienes tengan vocación para obtenerlos,

cumpliendo con los deberes que imponen el trabajo espiritual y el

mental, sin desviarse de su vocación, por infructífera, ni buscarla por

fructuosa.

Aun eso mismo sería demasiado pretender dentro de una constitución

económica como la de la sociedad contemporánea, en la que felizmente

rige una ley natural de economía, en la que casi no hay ya vestigios de

la agremiación y en la que va siendo un hecho la libertad de

profesiones. Que se viole la ley de economía social, que se obste á dos

verdaderos adelantos, uno social y otro político, sería insensato pedir;

tanto más insensato, cuanto que la moral, progresiva como es, no puede

obstar de ningún modo á ningún progreso concreto, y mucho menos á una

ley de la Naturaleza. Cuando clama contra el abuso de las aptitudes, ni

desconoce la posibilidad excepcional de que haya individuos, ó tan bien

dotados, ó tan bien educados, que puedan desempeñar funciones varias

según varían sus circunstancias, ni mucho menos desconoce la capacidad

que el deber tiene de hacer apto á quien para una dada profesión no

nació apto. De acuerdo con el procedimiento inductivo de la ciencia de

que es rama, la moral social encuentra establecido aún un hecho: el

falseamiento de las vocaciones y el universal desarrollo de las

actividades individuales, no en el sentido y dirección de su objeto

propio, sino en el de intereses preconcebidos, y declara que es un mal.

Del hecho se eleva á su motivo, y viendo que es la inmoral tendencia de

la familia y del individuo á usar de las ventajas sociales, no tanto en

provecho común de la sociedad, de la familia y del individuo cuanto en

provecho exclusivo del individuo y la familia, afirma que el remedio de

ese mal y la curación de esa inmoralidad está en el orden natural de las

cosas; que el orden natural de las cosas es que se cultiven con profundo

respeto las vocaciones naturales; que esas vocaciones se distribuyan

normalmente según la distribución natural del trabajo social; que así se

regulan las competencias, se esfuerzan las aptitudes, se acelera el

desarrollo, ó adelanto, ó progreso de las profesiones y de los fines de

vida social á que se refieren, y que así se armonizan y equilibran, en

cuanto es posible producir ese equilibrio y armonía, lo que se llama

progreso material y lo que es desarrollo moral de las sociedades.

CAPÍTULO XXVII

LA MORAL Y LA ESCUELA

Las profesiones espirituales, como podemos llamar á las que más

directamente se relacionan con el gobierno ó dirección espiritual de las

sociedades, son las peor desempeñadas. La razón es obvia: reclaman una

vocación más decidida y una noción y cumplimiento del deber mucho más

austeros que cualesquiera otras funciones, y es claro que si la Moral

condena el descarrío general de vocaciones que caracteriza el período

industrial de la civilización, cuanto mayor sea la transcendencia social

de la profesión, tanto mayor será su responsabilidad en el mal que se

condena.

Se comprende que el labriego no sepa qué es una entidad social de primer

orden; se explica que el obrero ignore su importancia social; se concibe

la ignorancia en que viven de la transcendencia de sus funciones

sociales los mil agentes del trabajo industrial: la sociedad de hoy está

fundada sobre la sociedad de ayer, y la sociedad de ayer, ignorando la

igualdad natural de los servicios, ignoraba la igualdad social de los

méritos. Pero que el maestro no sepa á punto fijo el papel que

desempeña; que el cura de almas y el de cuerpos estén casi siempre por

debajo del alto deber de su fundación; que el sostenedor de la ley y el

que la aplica prefieran los gajes del oficio á la gloriosa

responsabilidad que los distingue y enaltece; que el periodista,

guardián de la civilización, haya reducido á industria comercial de

innoble especie su vasta representación de la razón y la conciencia

populares, ni se concibe, ni se comprende, ni se explica.

Y aquí no es la sociedad, aquí es el funcionario el primer responsable

del desnivel entre él y su función: también por estar basada la sociedad

contemporánea en la sociedad pasada, duran aún las preocupaciones en

favor de los sacerdocios liberales ó espirituales, y cuanto obsta en las

sociedades no completamente reformadas para la dignificación de los

funcionarios industriales, tanto consta la ayuda y favor de las

profesiones que se tienen por más dignas.

Entre las más, la primera por el orden de su transcendencia es el

magisterio. Aún no han llegado las sociedades humanas hasta proporcionar

escrupulosamente los honores y la recompensa á la dignidad del

magisterio; pero no hay una sola, principalmente entre las esclarecidas

por la democracia, que no incluya prácticamente entre las primeras y más

dignas de respeto á la función social que tiene por objeto la guía de

las generaciones.

En cambio, no es tan general entre los encargados de esa función el

conocimiento de sus responsabilidades, de su grandeza y de su fin

social. Así, con excepción del corto número de sociedades que tienen de

la educación fundamental la exacta idea que practican los

norte-americanos, la escuela no es lo que debe, porque el maestro no

sabe ser lo que debe ser.

Antes que nada, el maestro debe ser educador de la conciencia infantil y

juvenil; más que nada, la escuela es un fundamento de moral. Si educa la

razón, ha de ser para que se desarrolle con arreglo á la ley de su

naturaleza y para que realice el objeto de su sér, que es exclusivamente

la investigación y el amor de la verdad; si educa los sentimientos, es

porque son el instrumento más universal de bien, en cuanto son

instrumento de la atracción universal entre los hombres; si educa la

voluntad, ha de ser para enseñarla á conocer el bien como el único modo

de esencia y el mejor en práctica, de ejercitar la actividad; en suma,

si educa lo que debe y como debe, ha de ser con el supremo objeto de

educar la conciencia, de formar conciencias, de dar á cada patria los

patriotas de conciencia, y á toda la Humanidad los hombres de conciencia

que les hacen falta. Á ese fin, la escuela tiene que satisfacer tres

condiciones: ha de ser fundamental, ha de ser no-sectaria, ha de ser

edificante.

Fundamental, suministrará sin reservas de ninguna especie los

fundamentos coordinados de toda la verdad que se conozca: así _educará_

la razón, es decir, la guiará hacia su propio fin, y preparará hombres

que amen la verdad como se ama un bien necesario y conocido, y que

detesten el error con la fuerza viril con que se debe detestar el mal.

No sectaria, la escuela deberá defender con vigor su independencia de

todo dogma religioso, de todo dogma político, de todo dogma económico,

de todo dogma científico, de todo dogma literario; en una palabra, de

todo dogma. Religión, Moral, Derecho, Estado, Sociedad, Literatura, todo

es progresivo, porque todo es expresión de una fatalidad biológica que

ha sujetado y sujeta á la ley de su propio desarrollo á todos los seres,

y triplemente progresivo el sér de razón, de conciencia y de

sociabilidad reflexiva.

Edificante, la escuela ha de educar en vista y previsión continua de su

propio objeto moral y del objeto que tiene en la vida y en la humanidad

el niño. El niño es la promesa del hombre, el hombre la esperanza de

alguna parte de la Humanidad: la escuela tiene por objeto moral la

preparación de conciencias. Así, por su objeto como por el del niño que

va á ser hombre, la escuela ha de edificar en el espíritu del escolar,

sobre cimientos de verdad y sobre bases de bien, la columna de toda

sociedad: el individuo.

Si la sociedad, concibámosla como la concibamos, es de todos modos un

compuesto de individuos, y si experimentalmente se prueba que las

sociedades más sanas son las compuestas de individuos menos corrompidos;

y si la corrupción del individuo empieza por la ignorancia de la

realidad, sigue por el fanatismo de cualquier orden de creencias y acaba

por el olvido sistemático de la propia conciencia y del deber que la

mejora, es lógico inducir que allí donde empieza el individuo social,

que es en la escuela, empieza la tarea de moralizarlo socialmente, como

empieza en el hogar, su primer centro, la tarea de moralizarlo

individualmente.

Para que la escuela moralice, se repite, será fundamental, y

suministrará los fundamentos precisos de cuantos conocimientos positivos

están organizados en ciencia y son capaces de educar á la razón en el

amor de la verdad; será no sectaria y educará el sentimiento y la

voluntad, no en dogmas religiosos, ó morales, ó políticos, ó

científicos, ó literarios que sean germen de fanatismo exclusivista,

sino en el ejercicio de lo bello bueno y del bien concreto, en la

práctica de todas las tolerancias y en los horizontes abiertos del

sentir y del querer, que no son fuerzas para puestas al servicio de

sistemas deleznables, sino para manifestar la eficacia de las leyes

inconmovibles de la Naturaleza; será edificante la escuela, y edificará

hombres de conciencia y de deber, para la familia, para la patria y para

la humanidad. Los edificará para la familia, que es la base moral de la

patria; los edificará para la patria, que es el fundamento moral del

amor á la humanidad; los edificará para la Humanidad, que es el centro

moral de atracción á que convergen y sobre el cual gravitan todos los

seres de razón consciente.

CAPÍTULO XXVIII

LA MORAL Y LA IGLESIA CATÓLICA

Como si el mundo viejo estuviese todavía por derruir, una porción de

zapadores retardados están aún en las postrimerías del siglo que sólo

por su espíritu constructivo se inmortalizará en la memoria de la

Historia zapando y derruyendo.

Los unos zapan con el hacha prehistórica: son los representantes

póstumos de la teología y de los sistemas _à priori_; los otros zapan

con la zapa volteriana, son los sobrevivientes del enciclopedismo y del

racionalismo sistemático.

Los primeros se han estacionado en la edad de oro de la Iglesia

católica, aunque á la verdad el catolicismo no ha pasado todavía de la

edad de bronce. Los otros han hecho parada en el siglo XVIII y en la

Revolución francesa.

Moral social · 第 12 / 19 段