moral menos cambiadiza que la usual, está en que detrás de cada una de
esas detonaciones históricas de la filantropía, vienen simultáneamente
una horrible reacción de los sentimientos egoístas contra los generosos
en el vulgo de los hombres y una lenta elaboración de la inteligencia y
la conciencia, que, asiéndose de ese sentimiento, intentan retenerlo en
el mundo y construir en él una realidad social un poco más humana que la
triste realidad de egoísmos disociadores, de pasiones batalladoras, de
exclusivismo anárquico, de localismos, de provincialismos y
nacionalismos enervantes.
Á ese propósito de alta razón y alta conciencia sólo puede llegarse
considerando un deber lo que hasta ahora se ha considerado como un
sentimiento sin responsabilidad.
Pero, ¿se puede elevar á la categoría de deber el sentimiento de amor
universal? Tan se puede, que en vez de hacer esa pregunta se debería
hacer la contraria. ¿Cómo ha sido posible que no haya ligado siempre á
todos los hombres el deber que la Naturaleza nos ha impuesto de amarnos
todos como nos amamos nosotros mismos?
Sí; la filantropía es un deber de cada hombre y de cada uno de los
grupos sociales en que el hombre se desarrolla.
Es un deber, porque la Naturaleza ha procedido de tal modo en la
realización y en la organización del ser humano, que es imposible que el
individuo ó los grupos humanos prescindan de aquella constante relación
que une el hombre al hombre, como el átomo al átomo, como la gota á la
gota. Es un deber, porque la razón reconoce en la comunidad de origen,
de naturaleza y destino de todos los hombres un medio natural
expresamente preestablecido para llegar á un fin común. Es un deber,
porque la gratitud por los bienes que el hombre debe al hombre tiene por
necesidad del plan de relaciones y de consecuencias que ha establecido
el orden moral, que dar por consecuencia un deber que corresponda á
ella.
El deber, la filantropía, es tan preciso como la relación, la gratitud.
Si reconocemos, como reconocen los dotados de vista intelectual, que los
unos hombres somos deudores de los otros, todos de todos, los de esta
humanidad de los de la humanidad anterior, los de hoy de los de ayer,
los de acá de los de allá, por los beneficios que incesantemente nos
prestamos, reconocemos subsecuentemente que la gratitud es una relación
positiva entre todos, y deducimos el deber de manifestárnosla por medio
del amor.
Hay, pues, un deber, y es preciso, concreto y positivo. La Moral debe
cultivarlo, no sólo para repetir la explosión de generosos afectos que
produjo la Revolución francesa, sino para evitar los errores y extravíos
que han hecho de ella y del solemne sentimiento que la hizo tan
expansiva y tan fecunda, tantos enemigos cuantos son los hipócritas que
afectan terrores que no sienten, ó los ingenuos que se dejan engañar por
los hipócritas.
_Cosmopolitismo._—Hay en el mundo una porción de desgraciados que, so
color de que la patria de los hombres es el mundo, se desentienden de la
patria, y dicen que para ser ciudadanos del mundo. No es ese el
cosmopolitismo que consideramos nosotros un deber. El que abjura de un
deber no puede cumplir con otro deber más compulsivo. Ese no es más que
un egoísta astuto, que con su hipocresía intenta cohonestar su falta de
virtud.
Cosmopolita no es el hombre que falta al deber de realizar los fines que
la Patria le impone, sino el que, después de realizarlos ó batallar por
realizarlos, se reconoce hermano de los hombres, y se impone el deber
que reconoce de extender los beneficios de su esfuerzo á cualesquiera
hombres en cualesquiera espacio y tiempo.
Cosmopolita es el patriota en toda patria. Empieza por serlo en la de
origen geográfico y concluye por serlo en la de origen zoológico.
Empieza por ser verdadero hombre en su patria, y acaba por ser verdadero
patriota en la Humanidad entera. Tiene la completa noción de dignidad
que se desarrolla en los seres de conciencia cultivada, y por lo mismo
que las utilidades calculadoras son incapaces de moderar sus impulsos
hacia el bien, tiene de la utilidad la idea exacta que ha de tener el
que quiera fabricar en la realidad de la Naturaleza humana, y reconoce
que el uso mejor que podemos hacer de nuestros medios de acción es el
que hacemos en provecho de los hombres todos. Entonces, para él, todo el
mundo es patria, porque todo el mundo es la repetición exacta de la
porción de Humanidad de que procede, y en todas partes tiene el deber de
hacer lo que quiso, deseó ó intentó para su patria, y porque en todas
partes trabaja para ella, no sólo por ser solidarios entre sí todos los
bienes de los pueblos, sino porque el mérito que adquiera ante otros
pueblos refluirá como honra y gloria para el suyo.
_Civilización._—El hombre no tiene solamente el deber de educación moral
é intelectual que deben proporcionarle la Familia, el Municipio, la
Provincia y el Estado; el hombre, cada hombre, cada grupo de hombres
tiene también el deber de comunicar á los demás las nociones, las ideas,
los principios, las doctrinas, los procedimientos, los métodos, las
teorías, las reformas y las innovaciones que hayan hecho. Los
conocimientos prácticos y teóricos en que se funda el desarrollo de los
bienes materiales, morales é intelectuales, son patrimonio de la
Humanidad. No éste, no aquél, no esotro pueblo; no éste, no aquél, no
esotro individuo son los capaces de realizar por sí mismos los fines de
la Humanidad. Todos tienen que concurrir, todos son hijos de la
Humanidad. Esa comunidad de propósitos constituye el deber, en cada
hombre y grupo de hombres, de cooperar á sabiendas á la realización del
destino común de nuestra especie. No cumpliría con ese deber el
individuo ó sociedad que negara el beneficio de su cultura particular á
las demás sociedades é individuos. Y al faltar á ese deber, sufriría la
pena de su culpa, privándose á sí mismo de los elementos de cultura
peculiar que pudieran tener aquellos pueblos ó individuos á quienes
negara el contingente de sus conocimientos y adelantos. Por su parte, la
sociedad universal desconocería el derecho que cada sociedad particular
tiene de contar con el ejemplo y con la educación del ejemplo que recibe
con el espectáculo de la civilización; y cada vez que consiente ó
aplaude ó favorece desarrollos de barbarie, y mientras abrigue en el
seno mismo de sus civilizaciones el hormiguero de bárbaros que hacen las
injusticias, la ignorancia y las desigualdades de derecho, que siempre
están ojo alerta esperando el momento de abalanzarse sobre los opresores
que les niegan la parte de suelo y cielo que todos recibieron en común,
la sociedad universal faltará al deber de presentarse á la contemplación
é imitación de los hombres, como el sér colectivo que vive para todos
haciendo el bien de todos.
No tardará en llegar el día en que la Sociología presente la
civilización, no como hasta ahora se presenta, concierto casual ó
indeliberado de actividades múltiples en múltiples tiempos y lugares,
sino como una verdadera ley natural de la sociedad humana y de cada
sociedad particular. Tal vez entonces no extrañe tanto como ahora puede
extrañar el que se incluya entre los deberes sociales el de civilizarse.
Pero aun sin el auxilio de la ciencia madre, la moral puede hacer
comprender la realidad del deber de civilización, haciendo entender lo
que hay dentro de ese concepto. Y como civilizarse no es más que
elevarse en la escala de la racionalidad humana, es evidente que
civilizarse es un deber.
CAPÍTULO XXII
DEBERES COMPLEMENTARIOS
Sinopsis de los deberes sociales primarios y secundarios.—Sinopsis de
las virtudes sociales, políticas y económicas.
Ya averiguado que el deber es fuente de moralidad, único principio
verdadero de moral, el mejor entre los auxiliares de los fines de la
vida individual y social, el más moralizador de cuantos medios pueden
aplicarse á la consecución del propósito de la Humanidad, veamos si de
los deberes enumerados se puede hacer derivar, ó por naturaleza se
derivan, algunos deberes secundarios que contribuyan á hacer más
efectivos los primarios y á hacer más fácil, en la recíproca relación
del individuo y cada grupo social, y de cada uno de los grupos con el
individuo y con ellos entre sí, el cumplimiento del destino del hombre
en sociedad. En realidad, deberes secundarios no hay ni puede haberlos;
todos los deberes son primarios, porque todos tienen importancia
primaria en la eficacia de las relaciones que enlazan la vida individual
con la social. Pero es innegable que hay cierto número indefinido de
deberes que auxilian á los otros en su función moral, que los completan,
los facilitan y operan ó pueden operar como medio mecánico, ó, mejor
diremos, como medio funcional, para establecer la costumbre del deber.
La propiedad de ser discontinuos que tienen esos deberes complementarios
los hacen menos austeros á los ojos de la muchedumbre y les dan más
brillo y atractivo en la imaginación popular, por lo cual son preciosos
auxiliares de los deberes genéricos y del conjunto de relaciones que
activan.
No hay necesidad de enumerar los deberes complementarios, porque
derivados, como son, de los primarios ó genéricos, cada ejercicio de
virtudes que requiera el cumplimiento de los deberes genéricos será un
deber complementario. Pero como las virtudes no son más que casos
concretos de deberes, y conviene enumerarlas para saber á qué casos de
un deber primario corresponde cada una de ellas, trazaremos aquí un
cuadro general de los deberes complementarios que requiere el
cumplimiento de los deberes primarios del hombre social.
Para comprender mejor la sinopsis siguiente adviértase que si en la
segunda dividimos los deberes secundarios ó virtudes en tres grupos, el
de las sociales, el de las políticas y el de las económicas, no es
porque en el fondo sean todas ellas un esfuerzo reflexivo para mejor
contribuir al bien social, sino porque así se presentan más claramente
adaptadas al género de beneficio que producen.
SINOPSIS NÚMERO 1.
DEBERES
PRIMARIOS SECUNDARIOS
Trabajo Ahorro.
Contribución Previsión.
Fomento Constancia.
Patriotismo Dignidad.
Confraternidad Beneficencia.
Obediencia Veneración.
Sumisión Benedicencia.
Adhesión Reverencia.
Acatamiento Resignación.
Filantropía Benevolencia.
Sacrificio Solidaridad.
Unión Legalidad.
Cooperación Integridad.
Abnegación Magnanimidad.
Cosmopolitismo Tolerancia.
Educación doméstica Prudencia.
Educación fundamental Equidad.
Educación profesional Firmeza.
Educación universitaria Justificación.
Civilización Imparcialidad.
SINOPSIS NÚMERO 2.
VIRTUDES Ó DEBERES SECUNDARIOS
_Sociales_ { Tolerancia.
„ { Benevolencia.
„ { Beneficencia.
„ { Benedicencia.
„ { Imparcialidad.
„ { Discreción.
„ { Justificación.
„ { Solidaridad.
„ { Resignación.
„ { Veneración.
„ { Reverencia.
_Políticos_ { Dignidad.
„ { Solidaridad.
„ { Legalidad.
„ { Integridad.
„ { Constancia.
„ { Firmeza.
„ { Prudencia.
„ { Equidad.
_Económicos_ { Ahorro.
„ { Sobriedad.
„ { Previsión.
„ { Frugalidad.
Según claramente lo expone la sinopsis primera, los deberes secundarios
se derivan inmediatamente de los primarios, ó se generan de los deberes
genéricos, para auxiliarlos y completarlos.
En la relación de necesidad, de la cual se deducen todos los deberes del
trabajo, éste es auxiliado y completado por el ahorro; el deber de
contribución, por el de previsión; el de fomento, por el de constancia;
el de patriotismo, por el de dignidad; el de confraternidad, por el de
beneficencia. No es difícil ver el nexo natural que hay entre los
deberes genéricos y los generados. Sin embargo, descubrámoslo.
La economía social, que, científica lo mismo que históricamente, está
fundada en la economía doméstica, empieza por ser un deber en el hogar
para ser un instrumento del capital y del trabajo en la industria
general. De un modo tan efectivo auxilia al trabajo que tiene por objeto
la sustentación de la familia, que es proverbial, en la vida de ese
grupo, la fuerza que le da. El ahorro, por su mismo carácter, es un
ejercicio doméstico. Las instituciones económicas que han venido hoy (la
Caja de Ahorros entre todas) á ampliar los beneficios del ahorro, no son
más que extensiones del hogar y centralizaciones de la caja doméstica de
varios hogares asociados libre y anónimamente para beneficiar en común
el cumplimiento del deber de salvar una parte del producto del trabajo
para cimentar en él un capital.
En los países en donde la tributación municipal es muy compleja, la
salvaguardia del vecino es la previsión. Esperando siempre la tasa,
siempre tiene pronto el tributo. Sobre el imprevisor caen juntos la tasa
y el apremio, la carga y el bochorno, la derrama y la vergüenza. Así,
cuando restrinjamos el vasto deber de contribución á la simple relación
económica de tributante y tributario en que están respectivamente la
sociedad municipal y el vecino para cuanto hace referencia á las
necesidades materiales del municipio, todavía será el deber de previsión
un precioso auxiliar del que completa.
Pero bien sabemos que la contribución á que moralmente se obliga á todo
asociado en la vida comunal no es exclusivamente económica, pues lo
relaciona también con la actividad sensitiva, volitiva é intelectiva de
esa segunda sociedad. Pues bien: en todo caso, en cada caso de
contribución moral á la civilización y perfeccionamiento de la
comunidad, es su complemento necesario la previsión, pues de la suma de
todas las previsiones resultan la fuerza expansiva, el desarrollo, el
adelanto y la prosperidad de la asociación comunal.
Sin constancia, no hay fomento. Fomentar, como lo da á entender la
etimología, es obligarse consigo mismo, el que fomenta, á seguir paso á
paso en su desenvolvimiento, crecimiento y expansión, un fomes, germen ó
núcleo capaz de evolucionar y dar un fruto. La suma de continuos
esfuerzos y el minucioso y constante trabajo que esa inspección,
favorecimiento, adopción y aplicación de procedimientos al fomento de
una finca, de una industria ó de una sociedad, requiere en los casos
mencionados, el mismo ejercicio de constancia, aunque en menor escala,
que reclama de sus hijos la sociedad provincial. No basta en ella que
todos cumplan con el deber de fomentarla, desarrollando los gérmenes de
riqueza y bienestar, de derecho y libertad, de autonomía y gobierno de
sí propio que por naturaleza tengan: es necesario que ese deber primario
se complete con la práctica y ejercicio de otro deber: el de constancia.
El patriotismo pasa de sentimiento á deber cuando el patriota tiene tan
exacta idea de su dignidad personal y de la dignidad colectiva de la
sociedad nacional, que llega á refundir todos los afectos, deseos,
ideas, derechos y deberes afijos á la noción de Patria, en el
sentimiento, ideas, derecho y deber de conservar, defender, sostener y
sacar victoriosa la dignidad de la naturaleza humana en la nacional y en
la suya propia. Sin dignidad no hay patriotismo; sin individuos
profundamente dignos no hay patriotas. Podrá en un instante de
exaltación de los sentimientos colectivos, ó de las pasiones nacionales,
ó de los instintos de turba, parecer que hay patriotas aun entre
individuos despojados de toda dignidad personal; acaso esos indignos,
revestidos de la dignidad del patriotismo, sirvan de algo cuando es
preciso vociferar, aturdir, desconcertar, revolucionar y demoler; pero
tan pronto como el tiempo los ponga á prueba, ó el sacrificio los
experimente, ó el soborno los busque, el patriotismo se va con la
dignidad que él mismo les prestó.
Cuando la dignidad no es prestada, sino ejercicio consuetudinario y
concienzudo del deber de respetar en todos y hacer respetar en nosotros
la alteza natural del ser humano, el deber de ser dignos hace
insobornable, inviolable, inquebrantable el deber del patriotismo.
Son dignidad y patriotismo dos deberes tan correspondientes, que el
cumplimiento del auxiliar, la dignidad, corresponde de un modo absoluto
al primario, el patriotismo; y todo aumento de patriotismo es generación
de dignidad en el patriota. Así, en virtud de esa correspondencia, es
como pueden algunos embusteros de patriotismo concluir por asumir cierta
apariencia de dignidad, que, cuando menos, les sirve de freno y
valladar.
Hay porciones de humanidad tan desgraciadas, que ni estiman en sus
individuos la práctica de la dulce caridad, ni en sus grupos sociales el
ejercicio de la noble beneficencia. Individuos, no conocen ó han perdido
la capacidad de sentir el placer de tender una mano al caído. Asociados,
ignoran que la forma social, fecunda forma de la caridad, es la
beneficencia.
Este deber se genera del de confraternidad. Como él, abarca al hombre de
todos los grupos, y se sale de la familia, del vecindario, de la región,
de la nación, para buscarlo en la Humanidad, no preguntándole “¿de dónde
eres?”, sino “¿de qué has menester?”. Confunde el hermano con el
desconocido, el amigo con el enemigo, el próximo con el lejano, el de la
propia con el de la extraña raza, el domiciliado con el errabundo, el
recién llegado con el recién nacido, razas, personalidades,
procedencias, comarcas, vicios, ignorancias, indigencias, lacerias de
cuerpo y alma, y, anónimamente, de incógnito, en tal secreto que es
imposible revelarlo, porque los bienhechores son innumerables, y da
asilo, abrigo, alimento, educación, guías[6], flores[7], solaces[8],
consejos, estímulos, ejemplos, cuna, tálamo, ataúd[9].
Footnote 6:
En Nueva York hay una asociación que tiene por objeto la corrección y
dirección moral de los criminales. En las tardes de los domingos se
presentan, en los lugares que sirven de ciudadela á esos desgraciados,
algunas señoras (que son las generalmente encargadas de ese ejercicio
de la beneficencia), que penetran en los antros obscuros y á veces
tenebrosos de los criminales y sus familias, á quienes reúnen,
exhortan, distraen, divierten y socorren, no siempre sin peligro, pues
que á veces salen silbadas y perseguidas.
Footnote 7:
Otra asociación benéfica tiene en los Estados Unidos la delicadísima,
enternecedora y realmente civilizadora institución de llevar en
primavera flores y plantas á los enfermos pobres, á los asilos,
hospitales, escuelas y albergues miserables.
Footnote 8:
Hay siempre en los Estados Unidos otra institución de beneficencia que
tiene por fin el procurar higiénicos solaces á los niños pobres,
llevándolos gratis á excursiones terrestres, fluviales ó marítimas,
cuyo alcance moral se percibirá algún día.
Footnote 9:
Hay casas de beneficencia para cada uno de los tres momentos capitales
de la vida.
Esa caridad, perfectamente anónima, beneficencia de todos y de ninguno,
acto social, disciplina social, deber social, es la forma plástica de la
confraternidad humana. Como la confraternidad reconoce hermanos en el
trabajo á todos los hombres, así la beneficencia reparte los frutos del
trabajo colectivo entre los hombres.
Hablar de confraternidad y no practicarla, es no sentirla ó malsentirla,
y de ningún modo reconocerla como un deber. Para que en realidad sea un
deber ha de completarla la beneficencia. El un deber completa al otro.
CAPÍTULO XXIII
DEBERES COMPLEMENTARIOS.—CONTINUACIÓN
(_Continuación._)
En la relación de gratitud funcionan como inmediatos derivados suyos los
deberes de obediencia á las autoridades del hogar, de sumisión á los
mandamientos municipales, de adhesión á los decretos del gobierno
regional, de acatamiento á la ley de la nación, de filantropía ó amor
activo y reflexivo al ser humano, nuestro congénere, nuestro colaborador
universal, nuestro compañero de medios y fines en la vida. Ninguno de
esos deberes es completo si no actúa con él, como operando para fines
particulares dentro del general de la función, un deber complementario
de ella. Ni la obediencia es fructuosa cuando no la secunda la
veneración; ni la sumisión á la autoridad municipal puede, sin la
benedicencia, que es el lazo de paz y de concordia, dar el orden por
fruto y resultado; ni la adhesión de las provincias á su autonomía
salvadora de derechos, tiene fuerza bastante de adherencia cuando no es
íntima, continua y concienzuda la reverencia al gobierno regional; ni el
acatamiento á la ley nacional es suficiente sin la resignación de los
nacionales á las contrariedades, pérdidas ó peligros que pueda
ocasionarles la conversión de la voluntad plural en ley; ni la
filantropía es nada sin la benevolencia, por más que, juntos el deber
generador y el generado, den por fruto la fuerza de atracción humana.
Á la tercera relación, relación de utilidad, concurren como lazos que la
hacen más fuerte y resistente, el deber de sacrificio, el de unión, el
de cooperación, el de abnegación y el de cosmopolitismo.
No operará junto con el deber de sacrificio su generado el de
solidaridad, y la familia no subsistiría mucho tiempo; pero como la idea
de la solidaridad de los elementos constitutivos de la familia se
manifiesta continuamente, en su actividad ordinaria y en sus agitaciones
extraordinarias, la idea del deber de sacrificio labra también de
continuo la voluntad de la familia y su conciencia, completándose el uno
en el otro deber, y haciéndose posible la solidaridad por el sacrificio,
y el sacrificio por la solidaridad. Sepárense mentalmente las nociones y
los deberes que arraigan en ellas, y se verá derrumbarse la familia. Lo
mismo, y por ser igualmente inseparables el deber genérico de unión y el
generado de legalidad, se derrumbaría el municipio.
La unión no puede pasar de sentimiento, ni aun de presentimiento, cuando
el deber de legalidad no es efectivo en el hombre de todos los grupos
sociales, pero particularmente por ser el fundamento de la sociedad
jurídica, en el grupo municipal.
Legalidad no es vocablo fabricado por una raza que ha hecho esfuerzos
muy sistemáticos por el derecho, y por eso no contiene la idea de deber.
En su acepción usual no pasa de referirse á la propiedad de lo fundado
en ley. Por eso parecerá forzar el idioma el extraer de esa palabra una
idea que no ha imbuído en él la familia de hombres que lo habla. Sin
embargo, la idea de deber cabe en la de propiedad de lo legal, puesto
que hay uso y empleo de ella en una esfera de la vida pública, y puesto
que ese uso ó empleo puede hacerse de un modo regular conciliando el
acto con su razón ó su motivo. Cuando hace esto último el magistrado,
cumple con un deber y sabe que lo ha cumplido.
Pues es necesario que ese deber se extienda á la universalidad de los
asociados y se practique por todos ellos, para que el hábito de cumplir
la ley, y de exigir que se cumpla, y de contribuir á que se establezca
normalmente un orden de ley, concluya por producir en el municipio la
unión que ha de servir de tipo á las sociedades superiores que en él se
cimentan.
La integridad es el deber de invertir con puntualidad, y con arreglo á
los medios y al propósito, los recursos de que se puede disponer, ya
sean individuales, ya domésticos, ya municipales, ya provinciales, ya
nacionales, ya de asociaciones particulares, ya de asociaciones
internacionales. Es además cumplimiento de los compromisos contraídos,
ya por el hombre, ya por cualquiera grupo de la jerarquía social.
Es un deber correlativo del de cooperación, y, como todos los demás
deberes complementarios, aplicable y transcendente á la moralidad de
todos los grupos. Si lo colocamos en el provincial, y como afecto al
deber de cooperación, es porque efectivamente concurre de un modo
inmediato, en toda obra de cooperación, al éxito de ella.