Esa lucha, que ha de hacer más incontrastable de lo que es, la

institución de los derechos connaturales de la persona humana, que ha de

completar con una organización más justiciera la institución de la

familia, que ha de vigorizar con la autonomía la vida de los grupos

municipales y regionales, que ha de hacer de cada nación una corporación

de todos los derechos integrantes que la forman, es lucha por el

derecho, á condición de que sea lucha del deber. Tanto vale afirmar que

si se ha de luchar en pro del derecho, ha de hacerse por medio del

deber.

El deber abstracto de hacer efectivo el derecho, ejercitándolo,

comprende tres deberes concretos: el de ejercitar el derecho, el de

sostenerlo, el de defenderlo.

Se cumple el deber de ejercitar el derecho en cuantos casos y

circunstancias de la vida social é individual somos llamados por la

razón, por la conciencia ó por la ley á afirmar una realidad ó una

verdad, un hecho íntimo ó externo, un precepto de ley positiva ó un

precepto de ley moral.

Se cumple con el deber de sostener el derecho, cuantas veces y en

cuantos momentos lo vemos negado, zaherido ó perseguido en otro,

guiándonos entonces por el principio de que el derecho lastimado en uno

es derecho lastimado en todos.

Se cumple con el deber de defender el derecho, cuando apelamos á la

justicia organizada para reclamar de ella el conocimiento del caso

judicial en que somos partes, y la aplicación estricta de la ley.

Se falta á esos deberes cuando preferimos el empleo de la fuerza, y

sustituímos el tribunal constituído, con nuestra voluntad apasionada y

ciega, y el criterio de la ley con nuestro propio juicio. Entonces,

armando el brazo, desarmamos el derecho, y preparamos con nuestro

ejemplo y con la triste irradiación de nuestras pasiones desligadas del

deber, revoluciones, convulsiones, guerras, tiranías y anarquías como

las que, desde el principio del Derecho, lo han debilitado.

Como suele en el mundo físico, porque el mundo moral no es más que la

obra recóndita y abstrusa de las mismas leyes que determinan el orden

universal, que el descuido de una fuerza constructora de la Naturaleza

se convierte por nuestra torpeza ó nuestra negligencia, en causa de

ruina y destrucción, suele en el mundo moral convertirse el derecho, por

inercia del deber que ha de vivificarlo, en causa de desorganización, de

guerra y muerte.

CAPÍTULO XIX

EL DEBER DE LOS DEBERES

Hay un deber que abarca á todos los demás: es el deber de los deberes.

Consiste en cumplirlos todos, cualquiera que sea su carácter, cualquiera

el momento en que se presente á activar nuestros impulsos ó á despertar

nuestra pereza ó á convencer nuestra razón ó á pedir su fallo á la

conciencia.

No es deber que se cumple en circunstancias extraordinarias, sino en las

circunstancias más comunes de la vida diaria.

Es el deber de cumplir con todos los deberes, naturales, individuales,

en el seno de la familia, en el seno de la comunidad vecinal, en el seno

de la sociedad regional, en el seno de la pequeña patria, que es para

cada hombre el hogar de su tribu ó su nación, y en el seno de la patria

común, que es para todos los hombres el regazo de la Humanidad.

Sin ese deber, que es á los demás lo que el nucleolo al núcleo, cada

deber cumplido, cada caso concreto de deber agotaría nuestra actividad

de conciencia. Entonces, paralizado lo que pleonásticamente hemos

llamado la conciencia del deber, sería necesario renovarla, renovar los

esfuerzos, restablecer en sus medios de acción los efectos psíquicos de

cambio y movimiento, reparar las pérdidas causadas por el trabajo y la

energía precedentes; en suma, restituir sus funciones al órgano (la

conciencia), de quien son funciones los deberes. Pero en virtud de ese

deber de los deberes, en toda conciencia se establece una disposición

constante, aunque no siempre aprovechada, que es como la fuerza dinámica

de la conciencia; ó, mucho mejor, como su actividad fisiológica; ó,

comparando semejantes, como la actividad fisiológica y la fuerza

dinámica de la razón.

Es indudable que si el sér social utilizara de continuo esa disposición

á cumplir con todos sus deberes, y á tener en fecunda actividad á su

conciencia, la especie humana habría llegado al último momento de su

desarrollo y habría realizado el ideal de la Humanidad, que es el dar

cuanto su naturaleza puede dar, y sociedades, familias é individuos

harían efectivo el sueño de la felicidad, porque gozaría de la plenitud

de su actividad y sus funciones el órgano supremo de la vida

racional-consciente.

Á eso se llegará: hay que esperarlo, porque eso es de nuestra

naturaleza; pero aún no estamos más allá del período inductivo de la

razón, y, por lo tanto, no puede la conciencia humana haber llegado ni

estar próxima á llegar hasta aquel sumo grado de desarrollo en que el

sér consciente sea lo que debe ser.

Por esa distancia á que aún está de la salud de la conciencia, el hombre

social no aprovecha la fuerza dinámica que establece, mantiene y ordena

sin cesar la disposición congénita de la conciencia á cumplir con todos

sus deberes. Por eso también los incesantes conflictos entre deberes y

fines de existencia, y por eso también la tardanza en civilizarnos, la

irregularidad é insuficiencia del progreso y el carácter avieso de todas

las civilizaciones, incluyendo la que, por posterior y debida á un más

alto desarrollo de razón, debiera ya ser una civilización moral.

Mas ni por ser incapaces de utilizarla deja de ser efectiva esa

disposición de la conciencia ni deja de ser positivo el deber de cumplir

con todos nuestros deberes, núcleo ó primer germen de todos ellos, más

íntimo, más radical, más radicular, más vivo, más viviente, que todos

ellos.

Gracias á él puede nuestra vida individual ser el cumplimiento del deber

y transcurrir sosegada, tranquila y bienhechora por en medio de todos

los escollos, rompientes y sirtes que oponen á su curso regular la masa

de errores, de pasiones, de iniquidades, de inmoralidades que amontona

en su lento y doloroso decurso la semibárbara y semicivilizada

Humanidad.

Gracias también á ese deber de los deberes podemos llegar al punto de

conciliación á que aspira la moral racional, punto desde el que se podrá

contemplar sin calofríos de conciencia la indiferencia medio estúpida y

medio cínica, indiferencia de idiota por una parte, de epicúreo por la

otra, con que se contempla la escandalosa contradicción que en la vida

particular y general de Humanidad y hombres, se nota entre el desarrollo

físico y el desarrollo moral de la civilización.

Ese punto de conciliación á que por ahora restringe su objetivo la

Moral, es el al que se llegará cuando, reconocida esa disposición de la

conciencia á cumplir con el deber, no como un caso individual, ya de

naturaleza, ya de educación, sino como una fuerza positiva de un órgano

positivo de nuestro sér, adquiramos la costumbre de tener en algo esa

disposición de la conciencia, y establezcamos imperceptiblemente la

costumbre de cumplir con los deberes que nos imponga nuestra vida.

Nada más pide por ahora la Moral. Día, aunque lejano, llegará que,

conociendo la agencia corrosiva de la costumbre, pida el cumplimiento

del deber, no porque se haya adquirido la costumbre de cumplirlo, sino

por concienzudo conocimiento del bien que conlleva, y por esta vigorosa

y benévola conciencia de la dignidad humana. Por hoy le basta

acostumbrar á la práctica y á la idea del deber; y en su anhelo de

restablecer el orden moral, que sólo existe mecánicamente sostenido por

la fuerza con que á él contribuyen en la economía del mundo social los

deberes parciales que se cumplen, especialmente en la relación de

necesidad y en la de derecho, hasta se resigna á acostumbrarnos á que

conozcamos, no ya los deberes concretos de cada momento, sino el deber

de cumplir con los deberes.

Hace bien en resignarse. Dado eso, lo demás se le dará por la fuerza de

las cosas.

CAPÍTULO XX

LOS CONFLICTOS DEL DEBER.—LA REGLA DE LOS CONFLICTOS

Mientras la idea del deber no sea guía de nuestras acciones, cada vez

que la conciencia individual se mueva al cumplimiento de un deber

preciso, se hallará en conflicto consigo misma. Y mientras la costumbre

del deber no sea la pauta común de las acciones en la vida social, los

pocos que consuetudinariamente cumplen con sus deberes vivirán en

conflicto con la universalidad de sus coasociados en todos y cada uno de

los grupos en que funcionan.

Los conflictos del primer caso resultan de la pasividad de la conciencia

personal; no habituada á funcionar, padece de la misma inercia que

paraliza la actividad funcional de cualquiera otro órgano de vida, ora

física, ora psíquica.

Los conflictos del segundo caso proceden de la disparidad de fuerza

conscia, ó, si se entiende mejor, de la diversidad de disposición á

cumplir con su deber en los individuos que sufren y en los que concitan

el conflicto. Exactamente lo mismo que en el encuentro de dos fuerzas,

una dinámica, otra estática, confligen una y otra hasta que la más

poderosa prevalece; ó, exactamente, asimismo como cuando se encuentran

las sólidas ideas de una razón en saludable desarrollo con las

medias-ideas de una muchedumbre semi-irracional, la fuerza de inercia

intelectual en ésta pone en conflicto á la razón activa, así el choque

de conciencias activas é inactivas, de deberes en movimiento con deberes

en reposo, produce un conflicto de deberes.

En el caso personal, el conflicto termina casi siempre en una aflicción

secreta que señala con su dolorosa cicatriz las frentes de los tristes;

ya hace más de dos siglos que el poeta conocía las consecuencias de la

lucha, cuando, por boca de _Hamlet_, clamaba sordamente: _Thus

conscience does make cowards of us all_. Y no es que la conciencia haga

cobardes: no hay nada que haga tan valeroso como la conciencia, siendo

como ella es la dotada exclusivamente de la fuerza que hace los héroes

del deber y los mártires de su deber. Pero como la aflicción que

subsigue á los conflictos del deber en la conciencia individual son

luchas sordas del sér consigo mismo, que no tienen testigos, ni

estímulos, ni victorias exteriores, pues el bien de vigorizar y

fortalecer la conciencia que producen es íntimo é invisible, y sólo se

ve de él la tristeza de la superioridad de conciencia, que se esculpe en

el rostro, la imaginación, al ver esa tristeza y al notar que los

conscientes se desarman, en la batalla de la vida de relación, de

cuantas armas hacen victoriosos á los que tienen el depravado valor de

aceptar todos los medios, interpreta la tristeza de superioridad por

tristeza de vencimiento, y el vencimiento por cobardía. Lejos de eso,

ninguna fuerza es comparable, ninguna fortaleza tan resistente como la

fuerza que desarrolla y como la fortaleza que hace formidable á la

conciencia personal en las luchas del deber.

Ese aumento de fortaleza y ese desarrollo de fuerza son absolutamente

naturales, siendo consecuencia lógica y psicológica del desarrollo del

órgano en donde el deber funciona y para cuya salud funciona. Ese simple

hecho de fisiología es tan desconocido hoy como lo era antes de las

observaciones y experimentos de la fisiología animal, el paralelismo de

las funciones orgánicas y el desarrollo de los órganos. Mas no por eso

es menos verdad ni menos hecho. En consecuencia, por lo que atañe

inmediatamente á la Moral, en vez de eludir con sus consejos esas luchas

y conflictos del deber en la conciencia individual, las utilizará como

medio natural que son de fortalecer el órgano supremo de la vida

psíquica. No porque sean individuales carecen de transcendencia social

esos conflictos: basta á un hombre ser _el_ hombre, es decir,

representar en sí el tipo inicial de que es imagen, para que, aun cuando

se abstenga de la vida de relación, influya en ella. Su ejemplo es por

sí solo una influencia social. Pero los conflictos de deber que más

especialmente afectan á la conciencia colectiva y van acompañados de

luchas más ardientes, luchas ya no sordas, combates mano á mano y cuerpo

á cuerpo, acompañados de gritos que se oyen, de peripecias que se ven,

de episodios que se admiran, de evoluciones que se objetivan en masas

vivientes que se mueven y remueven por la invisible iniciativa del

deber, son los conflictos entre los deberes que se derivan de las

relaciones sociales.

Esas luchas no son más morales que las otras, acaso lo son menos, porque

en ellas entran estímulos de pasión, de voluntad ó de imaginación que

alteran el desinterés de las primeras; pero son más extensas en sus

beneficios, porque, poniendo en actividad conciencias que vivían

inertes, inicia en ellas la actividad que va lentamente favoreciendo el

ascendiente de la razón y construyendo con ella la conciencia social.

En una sociedad desorganizada basta á veces el espectáculo de esas

luchas de deber promovidas por pocos que cumplen con los suyos, entre

muchos que no cumplen con ninguno ó que sistemáticamente corrompen la

moral pública, faltando con premeditada deliberación á los deberes más

obvios de la vida social, para determinar una reacción contra la

inmoralidad reinante.

La lucha se entablará primero entre el consciente ó los conscientes con

la sociedad en masa. El germen de conciencia colectiva que haya en ella

no alcanzará, no podrá de ningún modo alcanzar ni el motivo, ni los

medios, ni el propósito del cumplidor de su deber, y éste tendrá que

luchar á brazo partido, y á conciencia irritada, con cuantos de cerca ó

de lejos, más al principio con los más cercanos, tengan, puedan ó deban

tener alguna participación en el cumplimiento del deber.

Pasivas las conciencias, encontrará reacias todas las voluntades,

obtusos todos los entendimientos, refractarias las sensibilidades,

hipócrita ó burlona la palabra, sardónica ó hipócrita la sonrisa, dudosa

toda cooperación, interesado todo aplauso. La lucha, en tanto,

fortaleciendo al que defiende su conciencia contra las agresiones de la

inmoralidad circunstante, hará patente á los próximos, después á los

lejanos, y poco á poco á la sociedad entera, la fuerza de resistencia de

la conciencia humana, cuando un solo hombre, ó pocos hombres que están

firmes en la noción de su deber, resisten á la masa social, que no tan

sólo es masa mecánica, sino también masa de pasiones insanas, de

mentiras audaces, de calumnias atroces, de atrocidades infames contra

aquello ó aquellos que resisten y vencen sus impulsos.

Cuando se ve esa fuerza de conciencia, se admira; y cuando se admira, el

sentimiento de lo sublime se despierta en la imaginación colectiva; y

como toda satisfacción de una necesidad produce placer y suscita otra

nueva satisfacción, el estímulo de lo bello moral y el interés del

placer que nos produce, va persuadiendo á las imaginaciones y atrayendo

el sentimiento de la multitud que, al fin, ó desiste de su hostilidad ó

no resiste al deseo de imitar lo que admiró.

Aún quedará entonces subsistente el conflicto. Los representantes

poderosos de la sociedad desorganizada por el abandono ó la ignorancia

del deber, viendo los frutos del deber cumplido, y amonestados por su

instinto de conservación, que se alarmará al ver el cambio social,

ocuparán entonces el puesto de combate abandonado ya por la multitud

vencida ó convencida.

Tal vez sucumban entonces los que sostienen la lucha del deber; pero el

resultado de la lucha les será dos veces favorable: una vez, porque

habrán salido más fuertes de conciencia; otra vez, porque habrán

determinado en el espíritu de la muchedumbre social un movimiento de

conciencia que sólo la idea del deber, ó la del derecho armado del

deber, puede determinar, y que concluirá por formar una conciencia

social más poderosa.

Esos conflictos del deber en la conciencia colectiva son eminentemente

dramáticos, cuando el deber en lucha sirve de arma á derechos ya

maduros. Entonces, como ya se ha verificado el primer momento del

conflicto, que empieza en la resistencia de la sociedad y acaba, según

hemos descripto, en la invasión de la conciencia colectiva por la idea

del deber, la fuerza conscia es irresistible, y cuando la reacción

contra ella es muy obstinada por ser muy ciega ó muy soberbia, da los

treinta años de guerra religiosa en Alemania, pero triunfa; los sesenta

de lucha activa ó pasiva entre los Países Bajos y España, pero triunfa;

da los siete de incesante lidiar entre las trece colonias é Inglaterra,

pero triunfa; da los doce de implacable guerrear entre las colonias

continentales de origen español y España, pero triunfa. Nunca ha sido

vencida la conciencia colectiva en sus conflictos por el cumplimiento

del deber.

Cuando lo ha sido, ó la conciencia no era clara, ó el deber no se

cumplía.

La seguridad de esta afirmación corresponde á la seguridad de convicción

que debemos tener, que tiene la Moral, de que los conflictos del deber

social, antes que evitarse, han de favorecerse por cuantos medios estén

al alcance de Estados é individuos, no por parte de aquéllos para

provocar colisiones peligrosas, ni por parte de éstos para ensayar

reformas ó innovaciones caprichosas, sino para utilizar en bien de la

sociedad el desarrollo, la fuerza y la fortaleza de conciencia que

necesaria y felizmente resulta de la fuerza conscia que despliega en

esas luchas.

Á veces el conflicto del deber no dimana de oposición entre él y sus

antítesis, sino de gradación entre los mismos deberes. Así, hay

conflictos entre dos deberes contradictorios, ó que parecen

contradictorios; conflictos entre deberes concretos y deberes no muy

precisos; conflictos entre deberes naturales y deberes convencionales;

conflictos entre deberes inmediatos y deberes mediatos. Tanto como es un

bien para la Moral el estímulo de los conflictos de deber resultantes de

la oposición hecha á la conciencia individual ó colectiva por fuerzas

antagónicas del deber, tanto sería un mal favorecer ó prolongar los

conflictos entre deberes.

Si el resultado de aquéllos es la fortaleza, el de éstos es la

vacilación de la conciencia. Por eso importa salvar pronto los

conflictos de esa especie.

Para salvarlos hay una regla:

Entre dos deberes, se ha de cumplir primero el más inmediato, el más

extenso, el más concreto.

CAPÍTULO XXI

DEBERES DEL HOMBRE PARA CON LA HUMANIDAD

Confraternidad.—Filantropía.—Cosmopolitismo.—Civilización.

La moral social, además de incompleta, sería muy corta en su alcance y

muy mezquina en su propósito, si sólo ligara al hombre con la sociedad

nacional de que forma parte. Á más alcanza y más elevado es su

propósito: la moral social indaga y establece las relaciones de cada

hombre con cada uno de los grupos que inmediatamente lo contienen,

porque cada uno de esos grupos es una porción de humanidad, de modo que

cada deber cumplido con una sociedad particular es cumplido con la

humanidad entera. Lejos, por tanto, de excluir la relación de humanidad,

la moral social debe incluirla, hasta tal punto, que la primera verdad

que se aprenda y la última que por medio de ella se utilice, sea la de

que el hombre es una parte de la Humanidad, que el seno natural de todo

hombre es la Humanidad entera.

Ya en la enumeración de deberes que se derivan de cada una de las

relaciones morales del hombre, vimos que el trabajo, la obediencia, el

sacrificio y la educación toman nombres distintos, según son los grupos

sociales á que se refieren.

Veamos ahora qué nombres toma cada uno de esos deberes en el grupo que

comprende á los demás. El deber de trabajo se llama aquí

_confraternidad_; el de obediencia toma el nombre de _filantropía_; el

de sacrificio, _cosmopolitismo_; el de educación _civilización_.

_Confraternidad._—Es el deber que el hombre individual, en cada uno de

los grupos sociales, tiene de trabajar en pro del desarrollo mejor y más

completo de la especie humana á que pertenece.

En realidad, tan ligadas están por la naturaleza racional del sér humano

todas las entidades, individuales ó colectivas, que todo trabajo de

cualquiera especie, hecho por cualquier individuo ó por cualquier grupo,

con objeto de bien ó fin de mal, transciende á la humanidad entera, ya

como ejemplo, ya como palpable resultado.

Pero no son estas consecuencias fatales de los actos del hombre, sobre

los seres todos de su especie, lo que la moral social conoce con el

nombre de _confraternidad_. Si este es un deber, ha de ser concienzudo,

y si es concienzudo ha de ser racional, y, por lo tanto, la

confraternidad nos compele á ejercitar deliberadamente, con plena

conciencia del objetivo á que debemos consagrarlas, todas las

actividades y las fuerzas de nuestra razón, nuestra voluntad y nuestra

conciencia.

Considerándonos hermanos los unos de los otros, todos de todos, porque

todos procedemos de la misma especie, de la misma humanidad, la

humanidad es nuestra familia universal; y así como á nuestra familia

particular le prestamos el auxilio de nuestros músculos, de nuestros

nervios, de nuestra voluntad y de nuestro cerebro para sustentarla y

sostenerla, así debemos hacer efectivo con nuestros actos, con nuestro

trabajo, con nuestro esfuerzo, el sentimiento de fraternal inclinación

que despierta en nosotros la presencia de la especie humana en la

Historia, ó la idea de la Humanidad en nuestra mente. Aunque no

queramos, aunque no lo sepamos así lo hacemos: la historia de la

civilización, en su alcance moral, no es otra cosa que prueba palpable

de la inconsciente confraternidad de los seres humanos.

Pero ya es tiempo de que el hombre quiera y sepa ser hermano del hombre

y tenga conciencia, clara y efectiva conciencia de su origen, de las

relaciones naturales de su origen, de los deberes que su origen le

impone para con la familia humana, y del interés de familia, de hermano,

de inmediato deudo que tiene en trabajar y en esforzarse por servir al

aumento de bienestar, de felicidad, de libertad, de cultura y de

justicia en su familia universal.

Cuando la Revolución francesa, confundiendo el derecho con el deber y la

expresión de la justicia con la expresión de la moral, puso la

fraternidad como primera persona de su trinidad social, erró, sin duda,

ante el derecho; pero acertó, sin duda, en cuanto al deber final de toda

organización jurídica, que, estableciendo el orden en la libertad, debe

llevar á establecer el orden en el bien. Lo que era una invocación, sea

un propósito deliberado; ya es tiempo. Ya hace más de un siglo que los

atormentados por el odio que los concitó, y por el odio que excitaran,

elevaron á principio de organización el que no es un principio, sino un

deber, no una base de organización jurídica, sino una base de ordenación

moral.

_Filantropía._—Hasta ahora la filantropía no ha pasado de ser un

sentimiento, una mera expresión de sensibilidad individual ó colectiva

que manifiesta el afecto natural del libre al libre, no por ser

connacional, ó convecino, ó deudo, ó amigo, sino por ser hombre.

De aquí en adelante, si prevalece la moral fundada en la realidad de la

naturaleza humana, la _filantropía_ será considerada como un deber

social.

Ya como mero sentimiento produjo aquella explosión de dulces afectos y

de amor á los hombres todos, que honrará para siempre los últimos años

del siglo XVIII. Ya como mero sentimiento produjo en el albor de nuestra

era aquella dulce personificación de igualdad y caridad que se llamó

Jesús. Ya antes de Jesús había ella producido á los estoicos. Ya antes

que á los estoicos produjo la misma caridad universal al Jesús

revolucionario de la India, Buda. En China produjo á Confucio; en

Grecia, á Sócrates; entre la horda infame que desde Roma deshonra con el

nombre de emperadores á la estirpe humana, produce á Marco Aurelio; en

el menguado imperio bizantino produce á los neoplatónicos; en la Edad

Media de Europa, á Rogerio Bacon; en todas las edades, á algún generoso

personificador del sentimiento de unión entre los hombres.

Pero el momento de la Historia en que más palpitante se ha mostrado ha

sido el siglo en que los conscientes y los inconscientes lo invocaban, y

desde el padre de Mirabeau hasta el padre de la Revolución francesa y

sus errores, todos volvían la cabeza hacia el porvenir como esperando

una era en que todos los hombres, amándose con verdadero amor, veneraran

juntos la imagen de la madre Humanidad.

La explosión de filantropía fué tan formidable, que á ella, más que á la

acción deletérea de las pasiones y de los errores, se puede atribuir el

aborto de monstruosidades que produjo.

No por ser madre de monstruos dejó la Revolución francesa de ser uno de

los más nobles estallidos de humanidad que ha habido en el mundo, así

como no por infecundo en su inmediato resultado, lo fué en sus

resultados ulteriores el sentimiento de filantropía que la produjo.

Moral social · 第 9 / 19 段