Sacrificio es la consagración de una idea ó un sentimiento con un acto

de suprema utilidad para otro, aunque sea un esfuerzo supremo para quien

lo hace. Sacrificarse es hacer sagrado (_sacri fácere_) un acto

concienzudo que tiene por móvil un interés ilimitadamente superior á

nuestro egoísmo.

Entre todos los grupos sociales el que más continuamente impone al

individuo mayor cantidad de sacrificio, hasta el punto de que puede

asegurarse que la verdadera vida de familia es vida de comunes y

continuos sacrificios, es el primer grupo social.

Ya hemos visto que la familia, lejos de excluir, incluye de una manera

perentoria el instinto, el sentimiento, la idea y aun la necesidad de la

utilidad. Hasta tal punto, que á no ser por ella probablemente no podría

subsistir la noble institución del matrimonio monogámico. Si éste es

posible como institución conservadora y ordenadora del primer grupo

social, se debe en mucha parte á la recíproca utilidad que de ella

reportan de continuo todos y cada uno de los miembros de ese grupo

social. Pues bien: precisamente por ser la utilidad uno de los medios de

conservación y subsistencia de la familia es por lo que el sacrificio se

convierte allí en deber. He aquí cómo:

Para ningún miembro de la familia que tenga de ella y de la noción de

utilidad un concepto exacto y positivo, puede haber provecho en nada que

aproveche aisladamente á su egoísmo solo y que no redunde en bien de los

otros.

Ahora, como que éste realiza su propósito, que es principalmente el de

dar entidades virtuosas, y tan cultas como sea posible, á la sociedad

general y á todos los grupos superiores á la familia, cada uno de los

miembros de ésta, principalmente los miembros directivos, encamina toda

su actividad á realizar el fin del grupo. Para esto hay frecuente

necesidad de sacrificar objetos de vida de algún miembro del grupo. Esto

se hace exclusivamente por convencimiento de la mayor utilidad que á la

sociedad familiar reporta el sacrificio; pero se hace tan comúnmente,

que hasta en las familias más vulgares se presentan todos los días

ejemplos de admirables sacrificios. Una vez es una esposa que sacrifica

el peculio paterno á necesidades que de otra manera no pueden

satisfacerse en el hogar; otras veces es una madre que sacrifica tiempo,

solaz, salud, reposo y vida á un hijo excluído del mundo por una

dolencia mortal ó por un crimen tenebroso; otras veces es una hija que

sacrifica juventud, esperanzas, ilusiones, al padre ó á la madre

desamparados ó solitarios; otras veces es una hermana que, en la edad de

los ensueños juveniles, se consagra á sustituir á los directores

difuntos de su hogar, dirigiendo ella á los menores; otras veces es un

hijo que sacrifica creencias, educación, ambiciones, porvenir, al bien

de la familia.

En casi ninguno de estos casos aparece la utilidad como el móvil de esos

sacrificios, y, sin embargo, ningún otro caso produce más el

convencimiento de la suprema utilidad que hay para la familia en

sacrificios de esa especie, ninguna otra idea mueve á los que así se

sacrifican.

Por otra parte, en la vida de familia, vida de intimidades y de

incesante correlación de los individuos que la componen, todos los días

y todas las horas y todos los momentos son momentos y horas y días de

sacrificio, de propósitos ó deseos, ó afectos ó caprichos en bien del

reposo de todos ó algunos de los componentes de la familia. Y ese reposo

del hogar, ¿qué es sino la expresión de lo eminentemente útil en el seno

de la familia? De tal manera concluyen por confundirse la idea de

sacrificio y la de utilidad en la familia, que bien puede decirse que lo

más útil en ella es el estar siempre pronto al sacrificio. Esa

disposición, convertida por razonamiento en reflexiva, es lo que

constituye el deber de sacrificio.

Así visto, se presenta tal cual es: vale decir, como un medio infalible

de llegar al fin social de la familia.

Y en ese sentido no sólo es un deber moral, encargado de producir las

mejores costumbres posibles en la vida de familia, sino que es un deber

positivo en todas y cada una de las acepciones del deber.

CAPÍTULO XVI

(_Continuación del anterior._)

COOPERACIÓN.—UNIÓN.—ABNEGACIÓN.—CONCILIACIÓN

Expliquemos ahora cómo es que el deber de ser útil á la sociedad

municipal y el de utilizar los beneficios de la vida vecinal en su

propio bien se convierte en deber de cooperación.

_Cooperación_, en la ciencia económica, quiere decir el esfuerzo

industrial hecho por muchos y de común acuerdo para repartirse en

proporción los beneficios que de sus industrias hayan obtenido. Como la

sociedad municipal, lo mismo que cualquiera otra, no es más, desde el

punto de vista fisiológico, que una asociación industrial cuyo régimen

son las necesidades físicas y cuyo fin es la utilidad ó usufructo de los

productos según la capacidad de consumir, es notorio que todos y cada

uno de los asociados municipales coopera espontáneamente, y debe

cooperar por reflexión, á la mayor prosperidad de los asociados

comunales, no sólo porque así obtiene mayor _utilidad_, en el sentido

vulgar de esta palabra, sino porque, en el sentido que de su análisis

hemos obtenido, la utilidad privada será tanto mayor cuanto mayor sea la

utilidad pública.

_Deber de unión_ es el nombre y la modificación que sufre en el segundo

grupo. Por muy distintas que parezcan la noción de utilidad y la de

unión, á los ojos de la moral social se presentan como correlativas, y

es muy fácil de explicar cómo el deber de ser útil á la provincia y de

utilizarla en su pro se convierte en deber de unirse y ligarse

reflexivamente los comprovincianos entre sí.

Ser útil á la provincia es darle, en su persona, un instrumento eficaz

de fomento, progreso, moralidad, cultura y civilización. Utilizar para

sí el beneficio de la asociación provincial es lo mismo que buscar y

encontrar en ella los medios de que lo que es útil para la sociedad

provincial lo sea también para nosotros.

Ahora bien: la unión íntima, cordial y reflexiva de todos los

instrumentos de moralidad y cultura darán necesariamente un resultado,

una fuerza, una cohesión y un desarrollo tan normales á la provincia que

harán de esta sociedad un poderoso integrante de la sociedad nacional.

Por otra parte, como de la unión de todos los elementos económicos y

progresivos resultará la mayor prosperidad provincial, y de ésta la

mayor utilidad, y de ésta el mayor bien para los asociados provinciales,

se deduce que si la unión de los provincianos entre sí es conveniente

para la provincia, también lo es para los provincianos; y, por lo tanto,

la unión es un deber; y, por lo tanto, ese deber está fundado en la

noción de utilidad.

_Abnegación_ es el nombre del deber de utilidad modificado en el grupo

nacional. En general, los que no viven más que para su propia utilidad

están de tal modo reñidos con la abnegación, que ésta expresa el sumo

abandono de la utilidad; para la moral positiva es lo contrario:

_abnegación y utilidad_ son términos convertibles, de modo tal, que la

verdadera utilidad se resuelve en abnegación y, la verdadera abnegación

se resuelve en utilidad. Esto, diciéndolo en otros términos, es decir

que todo acto de abnegación es siempre útil, ya para sí, ya para

alguien, y que el uso legítimo de las cosas provechosas en la vida

general de la nación impone abnegaciones de lo útil para los menos, y

del servicio y beneficio de lo útil para los más.

Para mejor explicación, reflexionemos que la mayor utilidad que podemos

sacar de la vida nacional es la de que la nación nos provea de la mayor

suma de medios para la satisfacción de todas nuestras necesidades, así

físicas como morales. Como esa capacidad de una sociedad nacional le da

entre las otras una importancia y un ascendiente poderosos, y como de

esta importancia y ascendiente se derivan otra porción de beneficios

para los asociados nacionales, es indudable que todos ellos deben estar

dispuestos á hacer todo lo posible por obtener ese resultado. Pues bien:

entre lo posible y necesario para que una nación llegue á satisfacer

todas las necesidades de sus nacionales, se presentan á cada paso una

porción de abnegaciones para hacer el beneficio del progreso interior y

del progreso exterior de la nación. Siendo útil para todos y para cada

uno el resultado fiel de estas abnegaciones diarias é íntimas, claro es

que si esas abnegaciones son útiles para la sociedad nacional, la

abnegación es un deber, y ese deber está fundado en la relación de

utilidad.

_Deber de conciliación_ denominamos el que tenemos de conciliar lo útil

para nosotros con lo útil para los otros pueblos. Conciliación de los

intereses de nuestra patria con los de todas las patrias relacionadas

con ella por el destino común de la Humanidad, es un deber que no se

cumple, pero que es tanto más necesario cumplir cuanto que está fundado

en nuestro egoísmo nacional, ó, lo que es lo mismo, en la relación de

utilidad que liga todas las naciones entre sí y á todos los individuos

de cada nación con los destinos de la patria humana.

El deber que tenemos de ser útiles á los hombres, por ser hombres, y sin

distinción de suelo, ó patria, ó raza, es en el fondo una simple

expresión de nuestro instinto de conservación ó de una esperanza de

reciprocidad; sin duda que, cuando servimos á otro hombre que ha

menester nuestro servicio, no nos guía siempre la idea de la utilidad

que nos reportará el servicio; á veces, ni aun la vemos. Sin embargo,

nada es más útil para un hombre que el ser útil á otro hombre, pues

además del beneficio que algún día le traerá el haber servido, se hace á

sí mismo el propio bien, el verdadero bien, de darse la dulce

satisfacción de ser benéfico. Ahora, como la unión de todos los

servicios que los hombres se hacen entre sí, con exclusión de toda idea

de origen ó nación, sirve más que nada para que las naciones concilien

entre sí sus intereses, es evidente que el esforzarse por hacernos

propicios á los demás hombres de la tierra es cumplir con el deber de

conciliarnos los hombres con los hombres y las naciones con las

naciones.

CAPÍTULO XVII

DEBERES DEDUCIDOS DE LA RELACIÓN DE DERECHO

Si atendemos á que el derecho emana directamente de nuestra naturaleza

racional y consciente, ó, en otros términos, de nuestra racionalidad

consciente, ó, en términos más breves, es la propiedad que nos da el

tener conciencia, veremos que todos nuestros derechos se derivan

inmediatamente de nuestro propio sér, y mediatamente del conjunto de

relaciones que ligan á cada sér con la sociedad. Por tanto, la

explicación de esta relación de derecho está primordialmente en la

naturaleza humana, y en ella hay que buscar el por qué los derechos que

nos da nuestra naturaleza sirven de lazo, liga, relación y medio de

unión entre los seres de racionalidad consciente.

La explicación es clara: por el mero hecho de estar todos dotados de

ciertas facultades necesarias al cumplimiento de nuestro destino ó

realización de nuestros fines individuales, cada uno de nosotros está

obligado á respetar en los demás aquello que en nosotros mismos es

indispensable para nuestra propia vida. Esto, por pequeños que sean los

ojos con que se miren las realidades y las verdades de conciencia, es lo

mismo que descubrir y reconocer esta verdad: el derecho de otro es deber

nuestro y el derecho nuestro es deber de otro. Por otra parte, además de

tener la íntima razón de que así es, en nuestra misma conciencia se

manifiesta de una manera todavía más clara esta interior relación entre

el derecho y el deber.

Con efecto: si somos seres de conciencia, tenemos conocimiento íntimo de

que nuestra vida tiene tantos fines ú objetos definidos cuantas son las

actividades de ella; y tenemos también conocimiento íntimo de que para

cumplir ese destino ó realizar esos fines ó utilizar esas actividades,

se nos ha de haber dado algún medio ó conjunto de medios naturales; ó,

de otra manera, la naturaleza habría fallado en el plan que se propuso.

Pero como la naturaleza no impone nunca fines sin dar á la par los

medios de realizarlos, los seres conscientes tienen en sí mismos los

medios de cumplir sus fines. Así, por ejemplo, si tenemos como fin de

nuestra afectividad lo bello bueno, lo cual es tener el deber de

realizar en nosotros ese fin, tenemos á la par medios de realizarlo en

nuestra capacidad de poder, de sentir, querer, conocer ó juzgar lo bello

bueno; si tenemos el fin de realizar el bien, tenemos á la par medios

afectivos, volitivos y concienzudos de realizarlos; si el fin de nuestra

razón es la verdad, todos son, en la razón, medios para llegar á ese

fin; si el fin de nuestra conciencia es conocernos íntimamente y

realizar en nosotros la justicia, todos, en nuestra naturaleza, son

medios para cumplir ese deber.

Ahora bien: si reflexionamos un poco más, veremos que todos esos medios

son, cada uno de por sí y todos juntos, medios educacionales ó modos de

educarnos ó conducirnos á nosotros mismos hacia cada uno de nuestros

fines, conduciéndonos según la naturaleza de cada uno de nuestros medios

ó facultades.

Por lo tanto, si los fines de nuestra naturaleza son deberes que se nos

imponen por ella misma, los medios de que nos ha provisto para

realizarlos son derechos de que nadie puede despojarnos sin violencia ó

tiranía.

Ahora, como que somos seres sociales, y el derecho sirve para

relacionarnos los unos con los otros y aumentar la eficacia de la

asociación, es innegable que podemos reclamar de la asociación, que nos

deje emplear libremente los medios que la Naturaleza nos dió para

realizar nuestros fines. Y como esos medios son todos, según hemos

visto, medios de educación, la relación de derecho se nos manifiesta en

un conjunto de deberes educacionales. En otros términos, la relación de

derecho nos guía, en todos y cada uno de los grupos sociales en que

funcionemos, á educarnos de modo que cumplamos del mejor modo posible

nuestro destino individual. Y cuando cumplamos ó queramos cumplir con

todos y cada uno de estos deberes, y la asociación general nos sea un

obstáculo, tenemos el derecho de reclamar que no lo sea; ó, de otro

modo, tenemos el derecho de exigirle que cumpla con el deber correlativo

de proveernos de aquellos medios sociales que requiera el cumplimiento

de nuestro destino.

De aquí que, si tenemos el derecho de realizar lo bello, lo bueno, lo

verdadero y lo justo, así en nosotros mismos como en la familia, como en

el municipio, como en la provincia, como en la nación, como en servicio

y beneficio de la Humanidad entera, tenemos también el deber de

educarnos para conseguir esos fines en cada uno de los grupos.

Recíprocamente, si tenemos el deber de cumplir nuestros fines

individuales en cada uno de esos grupos sociales, porque cada uno de los

grupos sociales tiene el derecho de reclamar de nosotros que cumplamos

esos fines, tenemos el derecho de reclamar de todos y de cada uno de

esos grupos sociales que nos ayude á educarnos, ó, lo que es lo mismo, á

cumplir nuestro destino.

Así es como, al cumplimiento de todos nuestros deberes en el seno del

hogar, corresponde el deber que la familia tiene de guiarnos ó educarnos

de modo que conozcamos los fines y medios de nuestra naturaleza y

cumplamos con nuestro destino.

Así es como, por lo mismo que tenemos el deber de ser ejemplares en

nuestra vida municipal, tenemos el derecho de exigir de la sociedad

municipal nos ayude á educar nuestra razón, nuestra sensibilidad,

nuestra voluntad y nuestra conciencia.

Y así es como, cuanto mejor conozcamos nuestros deberes para con la

sociedad provincial, con más fuerza debemos reclamar nuestro derecho de

exigirle que nos dé los medios educacionales que nos faltan para ser lo

mejor que podamos dentro de la provincia.

Así es como, cuanta más fuerza tenga en nosotros el deber de contribuir

al bien de nuestra patria, con tanta mayor energía debemos ejercer el

derecho de reclamarle que prodigue en nosotros los medios de cultura

moral é intelectual.

Así es como, cuanto más acatemos el deber de ser humanos y de hacer por

todos los hombres lo que queramos para nosotros, tanto más reclamaremos

de la Humanidad ó sociedad universal el cumplimiento del deber que, para

con nosotros, tiene de darnos ejemplo continuo de civilización.

Ordenando ahora estos deberes, resulta que de la relación de derecho se

deducen:

1.º Deber de educación en la familia y por la familia. Este deber se

cumple en el Kindergarten y por el Kindergarten, ó lo que es lo mismo,

en la escuela doméstica y por ella.

2.º Deber de educación en el municipio y por el municipio. Este deber se

cumple en la escuela fundamental y por la escuela fundamental; ó, lo que

es lo mismo, la escuela encargada de suministrar á niños y niñas,

adultos y adultas, las nociones fundamentales de las ciencias físicas y

naturales.

3.º Deber de educación en la provincia y por la provincia. Este deber se

cumple en las escuelas normales, en las de artes y oficios, en los

institutos profesionales, en las escuelas técnicas y politécnicas; ó, lo

que es lo mismo, en todas y cualesquiera instituciones docentes que

tengan por objeto proveernos de una profesión ú oficio.

4.º Deber de educación en y por la nación. Este deber se cumple en la

Universidad y por ella; ó, lo que es lo mismo, en aquella institución

principalmente dirigida á cultivar y favorecer los mayores desarrollos

de razón, sin otro fin que el desarrollo mismo.

5.º Deber de educación en y por la sociedad internacional. Este deber se

cumple en y por el espectáculo de la civilización universal.

CAPÍTULO XVIII

EL DERECHO ARMADO.—DEBERES QUE IMPONE

Tan capitales son la importancia de la relación de derecho y la

transcendencia de los deberes que de ella se deducen espontáneamente,

que no debe quedar contenta de sí misma la moral sino cuando, agotando

por completo el contenido de esa relación, muestra con toda su fuerza

los dos modos organizadores de los derechos en sí mismos y de los

deberes de ejercitarlos como práctica y vida del derecho.

Mientras de la naturaleza misma de los derechos del hombre en sociedad

se derivan los deberes sociales de la familia, del municipio, de la

provincia, de la sociedad nacional y de la misma sociedad universal,

sólo se ve actuar los grupos sociales, el individuo queda sumergido en

ellos, y desaparece ó se obscurece la eficacia de su intervención en esa

obra. Ese eclipse de la individualidad en empresas de tanto momento como

el cumplimiento del deber de conquistar el Derecho, debilita á la Moral.

Para robustecerla hay que armar el Derecho, ponerlo en lucha, como

siempre está; presentarlo en su perpetua evolución; infundirlo por medio

del deber en las raíces de la razón y la conciencia individual y

presentar el individuo viviendo, animando, conquistando á sudor y sangre

de sí mismo su derecho.

Bien poco habría que esperar de la conciencia humana si, destinada por

naturaleza á realizar como su propio fin y razón de existencia la

justicia, cuyas dos faces visibles, palpables y estables en el mundo de

los hombres son el derecho y el deber, se contentara con cultivar

pasivamente su destino, ó con arrobarse místicamente ante él. Así, ni el

derecho habría crecido, ni el deber se haría cada vez más poderoso, ni

la justicia habría pasado de noción dormida, ni la conciencia humana

habría traspuesto el período de larva que, al fin y al cabo de sus

seculares esfuerzos, va cumpliendo.

Cumpliéndolos va por haberse esforzado en hacer vivos y efectivos los

derechos de su naturaleza racional, y concluirá por cumplirlos hasta el

extremo de cumplimiento á que pueda llegarse en una evolución tan vasta,

á la par que tan compleja; pero ha de ser con la condición de que el

derecho se provea de su única arma verdadera.

Esa única arma es el deber. Derecho no ejercitado, no es derecho;

derecho no vivido, no es derecho; derecho pasivo, no es derecho. Para

que él sea en la vida lo que es en la esencia de nuestro sér, hay que

ejercitarlo. Ejercitarlo es cumplir con el deber de hacerlo activo,

positivo y vivo. Ejercitarlo es armarlo. Armado del deber, el derecho no

necesita para nada de la fuerza bruta. Es seguro que si en cada momento

del derecho hubieran los hombres cumplido con el deber de ejercitarlo,

sostenerlo y defenderlo, mucho más adelantado estaría en su

desenvolvimiento y no habría costado ni diariamente costaría á

individuos, familias, sociedades municipales, regionales y nacionales,

el raudal de sangre que, para sostenerlo á última hora, ha sido

necesario derramar.

El que abandona en un momento de desidia su derecho; el que no siente

lastimado el suyo cuando lastima el de otro; el que sordamente se

promete cobrar por medio de la fuerza, la justicia que se resiste á

pedir al tribunal; el que ve sin sobresalto la violación de una ley; el

que contempla indiferente la sustitución de las instituciones con la

autoridad de una persona; el que no gime, ni grita, ni brama, ni

protesta cuando sabe de otros hombres que han caído vencidos por la

arbitrariedad y la injusticia, ese es cómplice ó autor ó ejecutor de los

crímenes que contra el derecho se cometen de continuo por falta de

cumplimiento de los deberes que lo afirman.

Luchar por el derecho no es armarse de un arma mortífera para conseguir

por medio de la fuerza lo que es categóricamente contrario á la fuerza.

Si la humanidad anterior, cuando se trata de la vida general del

Derecho, ha faltado sistemáticamente al deber de ejercitarlo, hasta el

punto de que se haya creado contra el derecho natural, que abarca á

todos, un derecho artificial que privilegia á pocos, necesario es

entonces matar con armas homicidas el privilegio consuetudinario que se

ha erigido en derecho positivo; si nuestros antepasados, cuando se trata

de una sociedad nacional, hicieron tal abandono del derecho que pudo un

usurpador extranjero, ya en nombre de la conquista, ya en nombre de la

ocupación de hecho, dominarnos sin sujeción á ningún pacto é imponiendo

á nuestra vida la ley de su interés ó su capricho, lícito es, y á veces

importa con urgencia á la civilización, que afirmemos con el arma de la

fuerza el derecho que de ningún otro modo podemos vivir y realizar. Esos

tres casos son los únicos en que el derecho tiene que ser fuerza bruta,

porque son los únicos tres casos en que es imposible cumplir el deber de

ejercitarlo.

Las grandes revoluciones religiosas, tanto en el mundo antiguo como en

el moderno; las profundas convulsiones político-sociales provocadas por

el privilegio tradicional contra el derecho natural, en Inglaterra

primero, en Francia después, durante todo este siglo en toda Europa; las

guerras de independencia en los Países Bajos, en la América del Norte,

en la del Sur, en Cuba; la lucha armada por la reconquista de la

personalidad nacional en Grecia, en Polonia, en Méjico, en la República

Dominicana, deberes cumplidos fueron en la única forma en que el derecho

podía cumplir con su deber.

Mas no es ese el único derecho, ni esa la lucha que conviene al derecho

común en la vida del individuo y de los grupos. La lucha perseverante é

incruenta en que el arma es el deber, palenque el tribunal, razón la

ley; la lucha ardorosa y bulliciosa en que el arma es el deber, palestra

la opinión pública, razón el libro, el opúsculo, el periódico ó el

diario; la lucha apasionada y tumultuosa en que el arma es el deber,

campo de batalla los comicios, razón el voto; la lucha paciente y

apacible en que el arma es siempre el deber, liza la cátedra, razón la

ciencia, esa es la lucha que conviene al Derecho, porque esa es la que

se acomoda á su destino orgánico, la que fabrica todos los días un

pedazo del edificio social ó lo reforma; cimentando el derecho de todos

en el de cada uno, el público en el privado, el de gentes en el natural,

el de la humanidad presente en lo que tuvo de racional el de la

humanidad pasada, y el del hombre del porvenir en lo que tenga de

efectivamente humano el derecho del hombre actual.

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