evidente que cualquiera otro, pero también es más complejo que otro
alguno. La relación de derecho, que sólo á la de deber es superior, y ni
aun á la relación de deber, porque, en realidad, el derecho y el deber
son inseparables complementos lógicos é ideológicos, se ha de entender
con perfecta claridad, con más perfecta claridad que cualquiera otro,
porque es más transcendental.
Para que entendamos bien el carácter de esta relación, sepamos bien lo
que es derecho.
Podemos considerar el derecho desde tres puntos de vista:
1.º Como acto con el cual reconocemos ó damos á cada cual lo que es
suyo.
2.º Como expresión estricta de la justicia estricta.
3.º Como conjunto de condiciones necesarias y naturales que ligan al
hombre individual con el hombre colectivo, ó, lo que es lo mismo, al
individuo con la sociedad.
Desde el primer punto de vista, el derecho sirve para relacionar los
hombres con los hombres, porque manifestando por medio de él la fuerza
de la justicia natural, facilita la unión y armonía de los hombres. Con
efecto: no hay nada que facilite más la concordia y que disipe el furor
de las discordias, como aquella disposición benévola en favor de la
justicia que muestran, intuitiva ó reflexivamente, aquellos hombres que
cumplen y aman el deber de ejercitar en todo caso sus derechos y de
atenerse en todo al principio de equidad y de justicia.
Desde el segundo punto de vista, el derecho tiene también virtud y
eficacia para ligar á los hombres con los hombres, porque expresa, no ya
el sentimiento de justicia individual de que hablamos poco ha, sino
aquel sentimiento de justicia colectiva, y, mejor se dirá, aquella
noción y conciencia colectiva de la justicia que se manifiesta
organizada en funcionarios públicos y en corporaciones instituídas por
la ley. Como que al juez y á los tribunales toca el interpretar el
sentimiento público y la conciencia colectiva de lo justo, no se puede
dar ni hay una institución que más sirva para la alianza, armonía y
corporación de todos los elementos y grupos sociales.
Desde el tercer punto de vista, el derecho se reconoce como una
condición para un objeto ó como un medio necesario para un fin humano,
porque, en efecto, de ningún modo pueden hacerse en la vida social una
porción de actos necesarios si el derecho no los legitima. De aquí su
fuerza orgánica, ó, lo que es lo mismo, la fuerza natural para organizar
que tiene el derecho; pues si, efectivamente, él es lo que da
legitimidad á actos que sin él no la tendrían, es claro que la sociedad
no sería el conjunto orgánico que es, si el derecho no relacionara, en
relación de sus medios y sus fines, los componentes todos de la
sociedad.
Desde cualquiera de estos puntos de vista que consideremos la relación
del derecho, veremos que viene á corroborar y confirmar la realidad y la
eficacia de las relaciones anteriores. Y así es; la necesidad se
confirma y corrobora por el derecho que la limita y por la fuerza que da
á los que la satisfacen conforme á su derecho; la gratitud se confirma y
corrobora con el derecho, porque eleva el sentimiento, que puede ser
inconsciente é irreflexivo, á la categoría de virtud y reflexión; la
utilidad se confirma y corrobora por el derecho, porque éste es quien
más efectivamente quita al instinto utilitario su tendencia egoísta y da
á la relación de utilidad toda la fuerza que necesita para ligar lo que
el egoísmo desligaría.
Por lo demás, si el derecho es un conjunto de condiciones que ligan á
los asociados en cualquier medio social, clara es la transcendencia de
esta relación, puesto que, en definitiva, el derecho es lo que, por su
propia virtud y por la del deber que lo estimula, mantiene los vínculos
sociales.
En la relación de derecho, como en todas las demás, el nombre genérico
del deber que corresponde en todos los grupos sociales es el nombre
mismo de la relación. Así podemos decir: deberes de derecho. Pero como
esta locución es un poco alambicada, la renunciamos, y diremos que el
derecho del individuo, como miembro de la familia, y en su relación con
ella, es deber de educación.
El derecho del individuo, como miembro del municipio y en su relación
con él, se llama deber de instrucción fundamental; el derecho del
individuo, como miembro de la provincia, se llama deber de educación
profesional; el derecho del individuo y su relación con la sociedad
nacional, se rige y denomina por los deberes constitucionales; el deber
de ejercitar el derecho en las relaciones internacionales se rige por el
respeto al derecho de gentes. El deber de ejercitar el derecho en todo
caso humano lucha por el derecho.
CAPÍTULO XIII
EL DEBER DEL TRABAJO.—SUS MODIFICACIONES EN LOS DIVERSOS GRUPOS SOCIALES
La idea del trabajo ha sido tan exclusivamente recluída en la de
esfuerzo muscular ó mecánico, y con tan exclusiva limitación al fin
legal de la familia y al propósito social de la industria, que apenas, y
como simple concesión al lenguaje figurado, se admite la realidad del
trabajo intelectual y del trabajo moral, no obstante la energía
fisiológica y la psicológica que se emplea en ambos, y á pesar de que
ambos, como el trabajo material, tienen por contraprueba y testimonio un
producto ó resultado.
Presentarlo, por tanto, como un deber positivo, escrupulosamente
deducido de relaciones evidentes, es, en apariencia, sacar de sus
límites racionales al trabajo. Aún más lejos de ellos parecerá cuando lo
presentamos como deber genérico, capaz de generar otros deberes,
modificándose en forma y fondo, en nombre y en objeto, según los
diferentes grupos sociales en que opera. Y sin embargo, puntualmente
exacto es, como ya hemos intentado demostrarlo, que el trabajo es un
deber fundado en la necesidad, y que, como esta relación se extiende
desde el individuo hasta la Humanidad, el deber del trabajo funciona en
toda la serie de relaciones y se modifica sucesivamente en cada una de
ellas, sin dejar nunca de ser el mismo esfuerzo con la misma capacidad
de dar un resultado. Mas para que la moral social sea completamente
positiva y en los deberes que preceptúe nos muestre la correlación de
todos ellos y su íntima relación con la naturaleza del individuo y de la
sociedad, vamos á insistir en exponer minuciosamente las ideas que hayan
podido parecer confusas.
Ante todo se ha de recordar que de cada relación que se descubre entre
el individuo y la sociedad se deduce un deber ó un grupo de deberes, y
que la razón de que este deber ó grupo de deberes se deduzca está en que
la relación no es más que el medio ó recurso, ó lazo natural para llegar
al doble fin individual y social; y que al mostrársenos ese medio de
llegar á un fin se nos muestra la obligación moral de emplear ese tal
medio para llegar á ese tal fin. Valga un ejemplo: la primera relación
que descubrimos entre individuos y sociedad es la de necesidad; relación
tan positiva que es indiscutible. No hay, pues, que discutir el
principio que podemos tomar como punto de partida, á saber: que la
necesidad, ya sea del orden fisiológico ó del moral ó del intelectual,
liga indisolublemente al hombre con la sociedad. Por lo tanto, todo lo
que sea una necesidad real ha de ser un medio para satisfacer el fin que
el individuo tiene que realizar de vivir dentro de la sociedad con una
vida más completa de la que tendría fuera de ella.
Ahora bien: si el medio común de satisfacer necesidades es el trabajo,
es obvio que el trabajo es un verdadero deber genérico que abarca, en
esa primera relación, toda la actividad del individuo en cada uno de los
grupos sociales en que funciona.
Mas como ni el objeto del trabajo es idéntico en todos los grupos, ni el
resultado del trabajo es el mismo, hay que dar á este deber el nombre,
ya sea de su resultado, que toma naturalmente por su mismo modo de
actuar.
Con efecto: cuando tratamos de satisfacer las necesidades de la familia
en el seno de la familia, el esfuerzo muscular que hacemos para cumplir
nuestro propósito es efectivamente un trabajo directo en vista de un
objeto directo y de un resultado directo. Mas cuando para cumplir con
los deberes que nos ligan al municipio hacemos cuantos esfuerzos
voluntarios y legales están á nuestro alcance, lo que hacemos en
realidad es _contribuir_ á la obra y beneficio general del municipio; ya
directamente, cuando tomamos una porción de nuestro peculio para pagar
cuotas ó impuestos municipales; ya indirectamente, cuando produciendo
mucho, consumiendo mucho, circulando mucho nuestro capital, pensando
mucho en el bien del municipio, dando ejemplo en el ejercicio de nuestro
derecho y en el cumplimiento de nuestro deber municipal, coadyuvamos
activamente al cumplimiento de los fines de la vida municipal en sí
mismos, y á los de la vida individual dentro del municipio.
Por razones idénticas llamamos deber de fomento el que tenemos de
trabajar en favor del desarrollo provincial, pues es claro que si el
trabajo individual de todos los comprovincianos es tan ordenado que dé
por fruto el mayor desarrollo de la provincia, como el resultado del
trabajo indirecto ha sido el fomento, y como fomentando nuestra
provincia es como cumplimos con el deber de atenernos á la relación de
necesidad que con ella nos liga, claro es también que el nombre de ese
deber es el mismo de ese resultado. Por eso lo llamamos deber de
fomento. Es lo mismo que si dijéramos que la necesidad que nos relaciona
á la provincia nos obliga á favorecer ó fomentar del modo más activo su
desarrollo, porque ese es el único ó mejor medio de satisfacer dentro de
ella nuestras propias necesidades.
Al llegar al tercer grupo social, el deber genérico del trabajo se nos
ha convertido en deber de patriotismo. Á primera vista, esta
modificación del deber del trabajo es incongruente é incomprensible;
pero á segunda vista nada es más congruente y comprensible. Porque si el
patriotismo es puro sentimiento, sentir mucho por la Patria es trabajar
mucho con el corazón por ella; esto es tan real, que los verdaderos
patriotas sufren enfermedades físicas ó morales que se derivan
inmediatamente del constante anhelo en que el amor á su patria, y la
inquietud por ella, mantiene los nervios, los pulmones y la sensibilidad
moral de esas víctimas de sus propios esfuerzos.
Si el patriotismo es pura acción de una voluntad que se consagra al bien
de una patria, continuo esfuerzo de la voluntad, es decir, trabajo
continuo de ella, es esa uniforme actividad. Si el patriotismo es pura
idealidad empeñada en producir un tipo superior de patria, trabajo de la
mente es ese.
Si el patriotismo es un esfuerzo combinado de esas actividades en
dirección al bien de la Patria, tanto más trabajo es cuanto mayor el
esfuerzo combinado.
Pero aún es más clara y más perfecta la correlación entre trabajo y
patriotismo, cuando concebimos el patriotismo como es en realidad. Antes
que todo, y por encima de todo, el patriotismo es un deber.
Y es un deber porque es el único ó mejor medio de llegar el individuo,
en la relación de necesidad, á la satisfacción de todas las que tiene el
hombre en la sociedad nacional. Con efecto: el deber de patriotismo no
es, en definitiva, más que el deber de trabajar asidua y
concienzudamente, en cuerpo y alma, con músculos y nervios, con razón y
sentimiento, y con toda la fuerza de la conciencia, por el más alto
desarrollo posible de la patria nacional.
Y ese deber está exclusivamente fundado en la necesidad de mejorar la
Patria, porque su mejoramiento es el mejoramiento de las condiciones
generales de la vida social. De modo que este deber positivo de amar á
la Patria, trabajando por ella y por nosotros, para ella y para
nosotros, no tiene nada de fantástico, ni de lírico, ni de épico, ni de
falaz, ni de ilusorio, ni sirve para halagar pasiones populares, ni para
explotar en beneficio propio las alegrías ó las tristezas, ó los dolores
ó los placeres, ó los triunfos ó las derrotas de la Patria.
Uno de los esfuerzos más grandes, ó más bien la serie de esfuerzos más
poderosos que se ve precisado á hacer el ánimo, son los que reclaman la
necesidad de conciliar nuestros deberes como patriotas con nuestros
deberes como hombres. De aquí nace la común incapacidad que se tiene de
ser á la vez un buen hijo de la Patria y un buen hijo de la Humanidad.
Pero si se piensa que el conjunto de naciones en cuyo seno vive la
nuestra es una verdadera familia de pueblos en la que, como en la
familia de individuos, cada miembro depende de la mayor prosperidad de
todos; si se piensa en esto, se comprenderá que no es incompatible el
patriotismo con aquella subordinación lógica y conveniente de los
afectos y deberes que nos ligan con la Patria, á los afectos y deberes
que nos ligan con la Humanidad; debemos, por tanto, subordinar los unos
á los otros, considerar como un verdadero deber el de subordinación y
cultivar cada vez con más esmero nuestro deber de patriotismo, no ya
sólo por la Patria, sino porque cuanto más firme sea nuestro
patriotismo, tanto más concienzuda será nuestra subordinación al más
vasto interés de la Humanidad.
CAPÍTULO XIV
DEBER DE OBEDIENCIA Y SUS MODIFICACIONES
Ya sabemos que el deber genérico del individuo para con cada uno de los
grupos sociales en la segunda relación ó relación de gratitud, es la
obediencia; pero sabemos también que este deber toma diferentes nombres,
y ahora vamos á saber por qué.
Á no dudarlo, acto de obediencia es el que rinde el individuo al
municipio, á la provincia, á la nación, á la familia de naciones y á la
Humanidad, cuando cede á las disposiciones de la ley, ya sea una
ordenanza municipal, ya un precepto del gobierno provincial, ya una ley
nacional, ya una suprema ley de la civilización. Tanto da obedecer en
cada uno de estos casos á la ley de cada uno de esos grupos, como
obedecer en el hogar á la ley de la familia. Mas como no es precisamente
el sentimiento de sumisión del hijo á los padres lo que hace que la
voluntad del individuo ceda á la ley de los demás grupos sociales, es
conveniente buscar y encontrar un nombre más apropiado para cada uno de
los deberes que, derivados de esta segunda relación, tiene el individuo
con cada uno de los grupos.
Por eso, como el obedecer á una ordenanza municipal es someterse
voluntaria y concienzudamente á una imposición legítima del gobierno del
municipio, con el fin de establecer, mejorar y completar el orden
vecinal, llamamos deber de sumisión al de gratitud que tenemos para con
la sociedad municipal, dentro de la cual obtenemos beneficios que sin
ella no tendríamos, y á la cual nos es obligatorio recompensar con
nuestro reconocimiento, sometiéndonos de buen grado á sus mandatos.
También es acto de obediencia el cumplir los preceptos que la sociedad
provincial nos dé por medio de su legítimo gobierno; mas para
caracterizar mejor el deber que tenemos de adherirnos á nuestro gobierno
provincial, denominamos deber de adhesión al conjunto de actos de
obediencia que hacemos para cumplir con la sociedad provincial, con su
gobierno y con nuestros comprovincianos.
Actos de obediencia son también los que hacemos de continuo en la vida
nacional cada vez que sus poderes legítimos nos imponen legislativa,
ejecutiva y judicialmente alguna ley, algún decreto, alguna sentencia.
Como todos esos actos de obediencia son actos de acatamiento á la ley,
que es la expresión de la voluntad nacional, es perfectamente natural
que el deber de obediencia tome en este grupo el nombre de acatamiento á
la ley.
Como además de las mencionadas, hay leyes naturales ó no escritas, y
entre éstas la que se impone con más fuerza es la que podemos llamar ley
de civilización, acatar esta ley no escrita es un estricto deber de
moral social, porque el acatamiento á esa ley es el modo mejor de
concurrir á la concordia y armonía de los pueblos entre sí.
Ahora bien: acatar esta ley de civilización no es más, en resumidas
cuentas, que obedecer al precepto de la Naturaleza que ha dado por
destino á cada hombre el cumplimiento de sus fines individuales y que ha
hecho estribar ese destino individual en el mismo destino impuesto á la
sociedad general y á la especie humana.
CAPÍTULO XV
POR QUÉ NO SE DA SU NOMBRE Á LOS DEBERES DERIVADOS DE LA RELACIÓN DE
UTILIDAD
En la relación de utilidad prescindimos del nombre del deber genérico
que de ella hemos derivado, para denominar con nombres particulares
todos y cada uno de los deberes especiales que corresponden á cada grupo
social.
La razón que tenemos para proceder así y no dar el nombre de deber de
utilidad al que según esta relación compele al individuo en el grupo de
la familia, es más una concesión que una razón.
Como que, á primera vista, el elevar la utilidad á la categoría de deber
es una cosa tan fuera del uso, por más racional y positiva que sea,
tenemos que apresurarnos á demostrar que los deberes relacionados con la
noción de utilidad no sólo son reales y positivos, sino también austeros
y eminentemente morales. Por eso, aunque pudiéramos llamar deber de
utilidad al que cumplimos en el seno de nuestra familia viviendo para
serle útil, y utilizando á la vez los beneficios que nos vienen de ella,
hemos preferido, analizando del modo más profundo los caracteres de este
deber de utilidad, darle el nombre que resulta efectivamente del
análisis. Ese nombre es sacrificio, y por eso llamamos deber _de
sacrificio_ al que en esta relación de utilidad se nos presenta en el
primer grupo social.
Para que tengamos una firme convicción de la realidad y efectividad de
este deber de sacrificio, vamos á hacer expresamente el análisis de la
noción de utilidad, en cuanto aplicada á conservar y consolidar los
vínculos de la familia.
Ya hemos dicho que la relación de utilidad, por nacer de las condiciones
reales de la naturaleza humana, es tan positiva como la que más positiva
nos parece. Por lo tanto, el instinto, el sentimiento y la noción de
utilidad han de guiarnos por fuerza, queramos ó no queramos, en nuestras
relaciones con la familia, como nos guían en nuestras relaciones con los
demás grupos sociales. Si, pues, es evidente que existe esa relación,
necesario será también que ella por sí misma sea un deber genérico, y
que de ella se deriven deberes especiales.
Dada esta noble evidencia, sólo queda por fijar y esclarecer esa misma
noción de utilidad, con el objeto de saber si el concepto vulgar que de
ella se tiene corresponde de algún modo á los deberes que de ella
derivamos, y si basta corregir lo que haya de incorrecto en la noción
vulgar, ó si es necesario sustituir por completo á la noción errónea la
idea verdadera de utilidad.
_Útil_, para el vulgo, es todo aquello de que el egoísmo deriva algún
provecho: utilidad, en consecuencia, es la propiedad que las cosas
tienen de ser aprovechables por los hombres. Fácil es comprender que el
uso de lo provechoso para el egoísmo individual hará de esa propiedad de
hacer útil las cosas, no por cierto una fuente de deberes, sino un
manantial inagotable de instintos egoístas. Pero eso no resulta de que
la noción de utilidad sea inexacta, ni de que lo útil sea malo por sí
mismo; eso resulta de que la noción vulgar de utilidad es incompleta y
de que la idea de lo útil es exclusiva.
La noción vulgar de utilidad es incompleta porque no nos presenta más
que una faz ó aspecto de la idea; pues si utilidad es la propiedad de lo
que podemos aprovechar para nuestro egoísmo, es también la propiedad de
lo que no debe aprovechar sino cuando beneficia por igual al individuo y
á la sociedad de que forma parte, ó al grupo social en que funciona.
Dicho de otra manera: la noción vulgar de utilidad es incompleta porque
nos presenta lo útil como si nosotros fuéramos los únicos que debiéramos
aprovecharlo, cuando la realidad es que no hay egoísmo tan exclusivo que
pueda por sí solo aprovechar para sí solo aquello que anhela por ser
útil.
La idea de lo útil es exclusiva, en el concepto vulgar, porque excluye
todo motivo social que se oponga al personal, todo instinto genérico que
se oponga al instinto grosero, todo altruísmo que se oponga á nuestro
egoísmo, todo derecho que se oponga á nuestro provecho.
Esa idea vulgar de lo útil no es tan inexacta cuanto exclusiva. Si ha de
ser completamente exacta ha de incluir lo que no incluye el vulgo. Para
el vulgo, lo útil es lo que conviene á cada cual, y ese es un error. La
verdad es la que nos suministran las ciencias económicas cuando nos
hacen ver la correlación que hay entre lo provechoso para el individuo y
lo provechoso para la sociedad. Según las ciencias económicas, las cosas
más útiles son aquellas que empiezan por aprovechar á la sociedad para,
por medio de ella, aprovechar al individuo. De tal modo es así que, en
resumen, no hay verdadera utilidad sino en la combinación inteligente de
los intereses públicos con los privados, de los intereses generales con
los particulares.
Pues bien: si la noción de utilidad, que sólo es completa cuando combina
el concepto del vulgo con el de la lógica, y el del egoísmo con el de
las ciencias económicas; si la noción de utilidad nos da, por una parte,
la idea de un provecho personal, y por otra parte la de un provecho
social del que es inseparable el otro, es evidente que todo lo que sea
útil para el individuo habrá por fuerza de ser antes útil á la sociedad
general y á cada uno de los grupos sociales en particular.
Sea un ejemplo para esclarecer por completo lo dicho y lo por decir. De
las dos obras notables por su transcendencia que se hacen actualmente en
nuestra América, la una es de utilidad exclusivamente privada, y es
mala, perniciosa, abominable, y menos productiva de lo que pudiera, si
el que la utiliza tuviera una noción un poco menos torpe de lo útil. La
otra obra, por el contrario, es buena, benéfica, laudable, porque es de
utilidad principalmente social y universal.
En la una empresa, el empresario es un explotador que ni siquiera saca
de su empresa infame todo el partido que pudiera. En la otra obra, junto
con los beneficios universales que la Humanidad obtendrá de ella, los
empresarios y millares y centenares de millares de individuos obtienen
un beneficio cien y mil veces mayor del que hubieran obtenido si la
utilidad de la empresa hubiera sido menos extensa y menos social.
La obra mala es la que realiza en Venezuela el usurpador de los derechos
de esa sociedad, el consumador de la inmoralidad pública en su patria,
el aprovechador del despotismo en beneficio propio. Allí un déspota y
unos cuantos cómplices del déspota obtienen la utilidad negativa, en
tanto que la sociedad sufre los perjuicios económicos, morales ó
intelectuales, políticos y sociales, que resultan de la brutal
explotación de todos por un hombre.
La obra buena es el canal de Panamá. Es una empresa económica que no
tiene pretensiones de otra cosa, y que no se ha intentado con otro
objeto inmediato que el de favorecer la utilidad del comercio universal.
Y sin embargo, el simple hecho de beneficiar al mundo entero ha hecho de
ella, para hoy y principalmente para lo futuro, la más útil de cuantas
empresas hubiera podido intentar y conseguir el egoísmo. Y como útil no
es sólo aquello que redunda en provecho de uno ó muchos, sino todo lo
que sirve para fines humanos, ya sean materiales ó morales, ya sociales
ó educacionales, la empresa del Canal está produciendo, cada vez
producirá más beneficios, y más inapreciables, al presente y al porvenir
de la civilización humana. En cierto modo se puede asegurar que esa
empresa es _necesaria_ para la civilización universal, porque la ha
provisto del medio más pronto y más seguro para comunicar los pueblos de
Occidente con los pueblos de Oriente, los intereses, las ideas, las
instituciones, los progresos materiales y morales de los occidentales
con la vieja sabiduría de los orientales.
El ejemplo que acabamos de presentar patentiza lo que es la verdadera
utilidad, y cómo, de la reciprocidad del provecho particular sobre el
general, y viceversa, es de donde se obtiene la mayor utilidad posible.
Pero como todavía no hemos visto cómo esa misma utilidad así entendida
se convierte para el individuo en uno de los deberes sociales más
austeros, vamos á presentarla funcionando en la familia y determinando
el deber de sacrificio.