cada sociedad nacional para la subsistencia del grupo regional si la
relación de deber no funcionara en él. En cada territorio poseído por
una familia étnica ó histórica la peculiaridad misma de los caracteres
físicos de la comarca sería un motivo de especialización que haría de
cada comarca una sociedad particular, un grupo definitivo, un estado de
derecho, y en él acabaría la evolución social. Si en la historia antigua
más puntualmente conocida y en los siglos medios de Europa, cada
peculiaridad física del territorio, corroborando el esfuerzo de cada
peculiaridad étnica é histórica, hizo definitiva la evolución social en
cada grupo comarcano, produciendo estados regionales, no nacionales, en
el Atica, en el Peloponeso, en la Fenicia, en el Asia Menor, en el
Egipto, en la Media, en la Persia, en la India, en la misma China, y
después del despedazamiento de Roma, que nunca fué un Estado nacional,
sino la suma incongruente de cien estados regionales, en las sociedades
comunales de Italia y en las sociedades feudales de toda Europa, sólo
por la acción cada vez más poderosa del deber que, vigorizando la fuerza
del derecho, construyó con las autonomías divergentes de cada sociedad
regional el Estado nacional, pudo llegarse á la nación.
Cuando se hubo llegado, sólo esta poderosa relación de deber pudo dar á
la relación de derecho la potencia orgánica con que ha conservado unidas
en una sola sociedad general los grupos y los elementos sociales que en
ella se unen y funcionan.
Por lo que respecta á la sociedad internacional, el vínculo artificial
con que las liga el imperfectísimo derecho de gentes que la rige se
rompería definitivamente en cada uno de los conflictos que de continuo
lo violentan, si no fuera por la superior relación de deber que,
infundiéndose en las necesidades, egoísmos, instintos, pasiones y
comunidad específica de los pueblos, maneja secretamente las fuerzas
comerciales, industriales, económicas, políticas, científicas,
artísticas, y las dirige hacia el fin común de la asociación universal.
Del individuo para la Humanidad no habría relación suficiente, á pesar
de ser tan estrecha la establecida por la relación natural de la parte
con el todo, si el deber, moralizando de continuo el individuo, no
fortaleciera de continuo el lazo específico que cada día hace conocer
mejor á la razón, sentir más á la sensibilidad, estimular con más
energía á la voluntad y enfrenar á la conciencia individual.
CAPÍTULO X
DEL DEBER Y SU FUNCIÓN EN LA ECONOMÍA MORAL DEL MUNDO
El deber es el freno de la conciencia. Sin él la conciencia se desboca.
Ya la estimule el instinto capitaneando la legión de necesidades que él
concita y que lo excitan, ya la espolee el egoísmo con el aguijón de la
utilidad y la pasión, ya la persuadan ó la engañen la sensibilidad y la
imaginación, aunque el generoso derecho la impulse, la conciencia
individual estaría desenfrenada sin descanso y desviada sin remisión, si
el deber no pudiera dirigirla.
Pero la función del deber en el organismo espiritual del hombre y en la
economía moral del mundo es tan ordenadora como necesariamente había de
ser para hacer del orden social un orden complementario del de la
Naturaleza; ó con mucha mayor exactitud, para hacer de la sociedad
humana uno de los órdenes parciales de la Naturaleza.
Sin moral no hay orden y sin deber no hay moral. Todos los preceptos de
los moralistas, todos los dogmas morales de las religiones positivas y
filosóficas, todas las persuasiones del ejemplo del bien, todas las
virtudes, nada son si no son expresiones concretas de deberes cumplidos
concienzudamente; de nada sirven en la guía de la conciencia individual
y colectiva si no tienen la virtualidad ordenadora, si, por lo tanto, no
tienen la potencia moralizadora del deber. Cuando él se apodera de una
conciencia, la hace buena; cuando la domina, vence con ella todo mal;
cuando la encamina, crea un poder incontrastable; cuando la posee, posee
el imperio de la vida. Otros imperarán sobre intereses y egoísmos, ella
imperará sobre sí misma. La vida, para ella, será el cumplimiento de un
deber, y cumplirá imperturbablemente con el deber de subordinar los
medios á los fines de la vida racional para dar hombres completos.
Aunque todavía no ha llegado el deber á apoderarse definitivamente de
ninguna conciencia social, cuando por un momento domina una, la vigoriza
con tan enérgica salud que la rejuvenece.
La causa de esa potencia esencial del deber es obvia: es una fuerza
natural que, operando sin obstáculos en un momento de conciencia
individual ó colectiva, produce lo llamado por su propia naturaleza á
producir: la armonía de las fuerzas en la actividad del individuo y la
espontánea conciliación del propósito característico de cada vida
individual con el propósito ideal de la existencia colectiva.
Esta función refrenadora, ordenadora y armonizadora del deber no actúa
intermitentemente ni en razón de una actividad anormal del órgano del
deber, que es la conciencia, sino de una manera continua y en virtud del
desarrollo natural del órgano. Cuando la conciencia crece, crece con
ella la impulsión del deber. Entonces, la idea de la responsabilidad se
hace más clara, porque la concepción de los fines de la vida se hace más
alta; y como á medida que se eleva nuestro concepto de los fines se
eleva con ellos la idea de los medios, poco á poco vamos
desentendiéndonos primero de los inapropiados, rechazando firmemente
después los contrarios á nuestra dignidad, cada vez más concienzuda, y
llega un momento de completo dominio de todas nuestras fuerzas por la
conciencia, que es el momento de predominio del deber. Así, del modo más
natural, sin ninguna intervención de elementos que no podamos dirigir ni
manejar, se verifica en cada existencia racional y consciente la función
del deber.
Así es también, aunque de un modo un poco más complejo, como funciona el
deber en la economía moral del mundo. Como á medida que se desarrolla la
razón se desarrolla también la conciencia individual, cuando motivos de
vida práctica inducen al individuo á torcer la dirección y á contener el
desarrollo del núcleo de nuestra actividad moral, se establece una lucha
del individuo consigo mismo, que da por resultado el malogro de su
felicidad. El espectáculo de esa lucha y de sus penosas consecuencias
tiene siempre algún testigo, sobre el cual opera como un ejemplo
compulsivo. Por evitar el dolor secreto que presencia, evita la lucha
que lo produjo. Siendo muchos los que combaten en sí mismos el progreso
de la conciencia hacia el deber, muchos también son los secretamente
amonestados por esas vidas malogradas. La observación y la experiencia
de ese daño causado por la violenta desviación de nuestras fuerzas
interiores va poco á poco formando y fortaleciendo la conciencia
colectiva, á cuyo desarrollo va á la par favoreciendo el crecimiento de
la razón común, estimulada por la educación cada vez más racional del
individuo y por las pruebas cada vez más eficaces de poder que da la
razón humana en su busca é indagación de la verdad y en su victoriosa
aplicación al mejoramiento de las condiciones materiales y morales de la
vida. Aunque lentísimamente, así se va formando la idea de la
transcendencia del deber en el perfeccionamiento de los medios y los
fines de la existencia humana, y así es como él, enlazando de continuo
entendimientos, voluntades y conciencias, va imperceptiblemente
fortaleciendo los vínculos sociales, haciendo cada vez más uno al sér
social, cada vez más ordenada la relación de los elementos con la masa,
cada vez más armónica la vida de sociedades é individuos, cada vez más
moral el mundo de los seres de conciencia.
CAPÍTULO XI
EN QUÉ SE FUNDAN LOS DEBERES SOCIALES
Si el deber rige el mundo moral, es porque rige á la conciencia humana.
Rige á la conciencia, porque es su ley. Es su ley, porque es la
expresión lógica de su naturaleza, propiedades, caracteres, dignidad y
fines. Es expresión lógica de la naturaleza racional y consciente,
porque es la única condición infalible de su desarrollo.
Sólo efectivamente por la acción del deber sobre la íntima esencia de la
naturaleza humana en cada sér es como se consigue de ella la
manifestación de toda su fuerza, de toda su dignidad, de toda su
superioridad, de toda su alteza. Ningún hombre más fuerte que el hombre
que cumple con su deber; ningún hombre más grande que el hombre que se
vence á sí mismo por cumplir con su deber; ningún hombre sublime, sino
el hombre que ha doblegado tan eficazmente sus inclinaciones
desordenadas, que jamás falta á sus deberes. Testimonio viviente de la
virtud de la ley á que obedece, con su propia vida muestra que, si á un
cumplimiento excelso del deber corresponde un excelso desarrollo de
conciencia, es porque el régimen de ella está fundado en la satisfacción
de su naturaleza. Conciencia es conocimiento íntimo del sér por el sér
mismo. Nada que no corresponda exactamente á ese íntimo conocimiento
puede satisfacerla, y nada que no sea una condición necesaria del
aumento de esa noción de sí misma puede ser para ella una necesidad
satisfecha ni un medio para satisfacerla. La virtud, lo que consagran
con ese nombre los idiomas, aquella exaltación de la personalidad ó la
impersonalidad que lleva hasta el heroísmo ó el martirio, no es un bien
sino en el caso de ser un deber, ni es deber sino cuando es un bien. En
otros términos: la conciencia no obedece á la virtud, ni la virtud es
una condición de la conciencia, sino en los casos en que la virtud sea
tal forma del deber, que sea deber.
Los insensatos sacrificios de los religionarios en todos los momentos de
exaltación de su creencia no podrán jamás ser aprobados por la
conciencia, porque jamás ha sido ni será virtud el faltar al deber de
sér racional que tiene el hombre. Las heroicidades atroces que á veces
ha llevado á cabo el desvarío jurídico en las grandes convulsiones
políticas, no serán jamás actos meritorios para la conciencia, porque
jamás ha sido para ella un mérito el faltar al deber de confraternidad
que impone á todo hombre. Ninguna suma de motivos, por exacta la suma y
por altos que sean los motivos, justificará jamás al estadista de buena
fe que sacrifica la libertad á la seguridad, porque jamás será
justificable el faltar al deber de conservar y salvar la dignidad
humana. Ningún pueblo logrará jamás persuadir ni convencer de que el
abandono de sus derechos en un hombre ó en un grupo fué un sacrificio
virtuoso de los pacíficos en aras de la paz, de los justos en aras de lo
justo, porque jamás será un deber el sacrificio del derecho colectivo.
Ninguna historia, ninguna crítica, ninguna filosofía política podrá
jamás justificar á Pisístrato, á Pericles, á Mario, Sila, Pompeyo,
César, Augusto, Cromwell, Napoleón, porque jamás podrá justificarse la
falta de cumplimiento del deber de hacer bien, que sobre nadie pesa con
tan fuerte gravedad como sobre aquellos que logran resumir el poder de
todos en el que ejercen discrecionalmente. Ningún grande hombre podrá
justificarse de no haber sido bueno, porque no se puede ser grande ante
la Historia sin haber sido consciente, y el que tiene conciencia de sus
méritos intelectuales y morales tiene el deber de cultivarlos por y en
la práctica del bien.
Por el contrario, ningún deber, por obscura, por humildemente que se
cumpla, deja de ser jamás norma de conciencia. La esposa que en el
último rincón de un dormitorio paga al esposo valetudinario los
esfuerzos sobre sí mismo que él hiciera por sostener su hogar á la
altura de su deber; el esposo que, desentendiéndose de las torpezas de
su tiempo y de la iniquidad inmortal que hasta en el cumplimiento del
deber ha designado á los dos sexos, cumple con el deber que exige de ser
fiel; el hijo que sacrifica sus triunfos en la vida á sus obligaciones
en el hogar; la familia que desdeña apariencias incitantes por realizar
fines constitutivos de su vida; el hombre que trabaja con cuerpo y alma
por aumentar cada día sus bienes de fortuna y su honradez; el ciudadano
que ejercita de continuo sus derechos; el patriota que siempre está
pronto al llamamiento de la patria; el nacional que no sacrifica el bien
de los otros pueblos al egoísmo de su nación; el vecino que ajusta su
conducta á la pauta de la conveniencia y la ordenanza de su comunidad;
el provinciano que no antepone el fomento de su región al de todas, pero
se esfuerza de continuo por cooperar al desarrollo de fuerzas y bienes
regionales; el hombre que en todo momento cumple con el deber de
representar en acto, pensamiento y sentimiento á la especie de que es
individuo, cuanto más en silencio, con más desinterés y con olvido más
completo de sus méritos, cumple con sus deberes generales ó
excepcionales, tanto más ejemplares, tanto más contribuye al desarrollo
de conciencia colectiva, tanto mejor prueba viviente es de que el deber
es la ley de la conciencia humana.
Que es así, y por qué es así, ya lo hemos visto. Pero cómo, qué es el
deber, y cómo todos los deberes sociales se originan en las relaciones
del hombre con la sociedad, no lo sabemos. Pero no es difícil saberlo.
Ya hemos visto que hay una relación de deber, y que es la más elevada
entre todas las que ligan al individuo con la sociedad, porque también
es la más alta propiedad de la naturaleza humana el someterse como á
supremo guía, y único poder capaz de gobernarla, á la noción de sí
misma, de su dignidad, de su responsabilidad y de su destino. Esa
sumisión es el deber.
Claro es que si nuestra conciencia está nativamente sometida á la ley de
sí misma, porque sólo esa ley es condición del desarrollo suyo, la ley
la compelerá en todo caso, en cualesquiera casos, y será su estímulo y
motivo en cada uno de los casos en que ella haya de concurrir á la
efectividad y eficacia de la ley de asociación en que se funda el
desenvolvimiento mejor de la existencia humana, y por cuyo medio se
resuelven mejor los conflictos entre los egoísmos personales y los
propósitos sociales. Por consiguiente, si cada relación del individuo
con la sociedad es un caso de conciencia, puesto que cada una de esas
relaciones es una condición de vida y bien, cada una de ellas será el
origen de uno ó varios deberes concretos, y los deberes sociales se
fundarán natural y necesariamente en el conjunto de relaciones
establecidas por la Naturaleza entre todos los asociados de una sociedad
particular, y entre todos los humanos de los tiempos actuales, pasados y
futuros. Siempre que sea verdad que, por ejemplo, la necesidad ligue á
los hombres, verdad es que es caso de conciencia individual el anteponer
ó el posponer la satisfacción completa de necesidades colectivas á la
incompleta de necesidades personales, y también será verdad que en esa
contienda del egoísmo con el altruísmo hay una lucha y un deber.
Si escogemos, para argüir, la relación del derecho, los deberes que de
ella se derivan son tan obvios como obvio es el caso de conciencia que
ofrece cada uno de ellos al individuo.
Y como en todas las relaciones del hombre con la sociedad se generan
deberes sociales, podemos concluir que los deberes concretos que nos
impone la sociabilidad se derivan inmediatamente de las relaciones que
tenga el hombre con el hombre.
CAPÍTULO XII
DEBERES DERIVADOS DE NUESTRAS RELACIONES CON LA SOCIEDAD
La moral, en toda su extensión, es un exponente de relaciones naturales,
cuyo conocimiento es infalible auxiliar de perfeccionamiento individual
y colectivo, porque, haciendo más claros y patentes los deberes que de
ellos se derivan, los hace más amables.
Por eso tiene tanta más importancia el análisis y clasificación de esas
relaciones cuanto más complejas son ellas y más difíciles de cumplir, y
aun percibir, los deberes que originan. En la última y más alta división
de la moral hay, como hemos visto, relaciones y deberes tan íntimamente
ligados al desenvolvimiento de la conciencia en individuos y en
sociedades, que hay innumerable cantidad de aquéllos y desconsoladora
mayoría de éstas, que todavía no se han elevado al grado de razón y de
conciencia en que se manifiestan las relaciones más excelsas y los
deberes más augustos. De ahí la necesidad de hacer un análisis minucioso
de los deberes sociales, refiriéndolos con metódica puntualidad á las
relaciones de donde doctrinalmente se derivan. Así establecida la
filiación de los deberes, se harán cada día más orgánicas y más
coherentes las relaciones establecidas por la naturaleza de la sociedad
y por la del sér consciente entre una y otra; y así serán cada vez más
amables y más cumplidos los deberes, porque, lejos de esclavizar la
conciencia humana á facultades, potestades y destino que están fuera de
su mundo, la hacen más libre cuanto más á su opción y elección libre
dejan el cumplimiento del deber.
Los que inmediatamente se derivan de nuestras relaciones con la sociedad
se agrupan con la mayor espontaneidad en dos grupos: el de los deberes
genéricos y el de los deberes secundarios.
Los deberes genéricos se deducen inmediatamente de cada una de las
relaciones sociales. La relación de necesidad induce al deber de
trabajo; la relación de gratitud, al de obediencia; la de utilidad, al
deber de sacrificio; la relación de derecho funda el deber de educación.
Una clasificación tan precisa no sería completa: su misma precisión
obstaría á la modificación de esos deberes genéricos por el grupo social
en que han de funcionar, y lo que más urge á la moral social es definir
con tal puntualidad los deberes referentes á la vida de relación en cada
grupo, que la generalidad del deber y la vaguedad de sus límites no
obscurezcan la relación ni debiliten el deber. De ahí que al grupo de
los deberes genéricos se subordine el de los deberes secundarios,
porque, efectivamente, los primeros generan los segundos. Cada deber
genérico se modifica por la influencia del medio social en que actúa: el
trabajo es un deber en toda la serie social; pero no actúa directamente
como trabajo, ni con el fin propio del trabajo en toda ella: la gratitud
es un deber para el hombre con respecto á la Humanidad, como lo es para
el hijo con respecto al padre; pero no funciona del mismo modo en esos
dos términos extremos de la serie social.
Lo mismo sucede en todo otro caso de deber: el genérico se modifica por
un deber concreto, que es generado por aquél.
No sea, sin embargo, tan fatigosa la clasificación de los deberes que
los haga ingratos, y óptese por una como la que seguimos, en que
exponemos los deberes según las relaciones que los modifican.
Examinemos el primer grupo de deberes deducidos de la primera relación
social:
Como la primera de nuestras relaciones con la sociedad es la necesidad,
y como _necesidad_ es obligación impuesta por la Naturaleza, ó medio
coactivo de que ella se vale para compulsarnos á realizar nuestros fines
individuales en el seno de la sociedad, bastará reflexionar un poco para
encontrar que el trabajo es el primero de nuestros deberes sociales,
porque es el modo único, á la vez que universal, de satisfacer todas y
cualesquiera necesidades, ya físicas, ya morales, ya intelectuales.
Siendo el trabajo el medio necesario de satisfacer necesidades y
encontrándonos relacionados por la necesidad á todos y cada uno de los
grupos sociales, el trabajo es un deber que se nos impone de un modo
natural en nuestras relaciones con la familia, con el municipio, con la
provincia, con la nación, con la sociedad internacional, con la
Humanidad.
Mas como el trabajo no es meramente la aplicación de nuestros músculos á
una industria material, sino que es también la aplicación de cualquiera
fuerza de nuestra mente, de nuestra voluntad y de nuestro ánimo á la
producción de un objeto de vida, ya para nosotros mismos, ya para
cualquiera de los grupos sociales, el trabajo toma distintos nombres y
el deber del trabajo recibe tantas denominaciones cuantas modificaciones
experimenta.
Así, si llamamos deber de trabajo al modo único de cumplir las
obligaciones que la relación de necesidad nos impone en la familia,
tenemos que buscar y dar un nombre más adecuado á ese deber en cada una
de las relaciones restantes.
Por eso llamamos deber de contribución al trabajo ó esfuerzo que hacemos
en pro de la sociedad municipal; deber de fomento, al trabajo que
hacemos para contribuir al desarrollo de la sociedad provincial; deber
de patriotismo, á la serie de esfuerzos que hacemos para conservar
íntegra la cuarta relación; deber de subordinación, á los esfuerzos que
intentamos en pro de la concordia en la familia de las naciones,
trabajando por subordinar el bien de nuestra propia patria al bien de la
civilización universal. El deber de trabajar por el progreso de la
Humanidad se llama con el mismo nombre que se da á la suma de esfuerzos
por desarrollarla.
El segundo grupo de deberes deducidos de la segunda relación es tan
natural como el primero.
Ya sabemos que la gratitud es la segunda de las relaciones que nos ligan
á la sociedad, y debemos saber que _gratitud_ es el reconocimiento del
beneficio recibido. Si, pues, estamos ligados por gratitud á todos y
cada uno de los grupos sociales en que funcionamos, es evidente que de
esa relación se derivará un deber correspondiente á ella.
El deber correspondiente á la gratitud es la obediencia, y ese es el
deber general que esta relación nos impone en nuestra vida de familia,
de vecinos, de provincianos, de nacionales y de hombres. Pero también
este deber tiene distintas denominaciones, porque es distinto su modo de
actuar en cada grupo social. Con efecto: si como hijos ó miembros de una
familia obedecemos al superior, como miembros del municipio, de la
provincia, de la nación, de la sociedad internacional y de la Humanidad,
nuestra obediencia á la ley y régimen de cada uno de esos grupos no es
la misma ni tiene el mismo carácter que la obediencia á que estamos
sujetos dentro del hogar. De aquí que, dejando el nombre de obediencia
al deber que nace de esta segunda relación del individuo en la familia,
tengamos el nombre de deber de sumisión para el segundo grupo social; el
deber de adhesión, para el tercer grupo; el de acatamiento á la ley,
para el cuarto grupo; el de acatamiento á la civilización, para el
quinto grupo; el de acatamiento á la razón y la conciencia humana, en el
grupo más extenso.
El tercer grupo de deberes derivados de la tercera relación es tan
natural como necesario. Todo lo que sirve para un uso es útil, y todo lo
que tiene la propiedad de ser útil contribuye al mejoramiento de las
condiciones de la vida. La utilidad, por lo tanto, es la propiedad que
los objetos físicos, morales ó mentales tienen de ser aplicados á
mejorar las condiciones de la vida. En la capacidad de lo útil para
producir tal resultado se funda la relación innegable y positiva que nos
liga con todos y cada uno de los grupos sociales. En esto también se
funda la realidad del deber que se deriva de esta fecunda relación.
Cuando pensamos atentamente en lo que es la utilidad, tal como acabamos
de definirla, y vemos la variedad de fines de asociación y reconocemos
que ninguna cosa material é inmaterial puede servirnos para el
mejoramiento de nuestra vida, si no relacionamos lo que es útil para
cada cual con lo que es útil para todos, veremos que los deberes que se
derivan de la relación de utilidad son de los más elevados y austeros
que se nos presentan, por más que, según concebimos generalmente esa
noción, de lo que tenemos por egoísta utilidad no se pueda derivar
ningún noble deber.
Á la verdad, si por útil no tenemos sino lo que sirve para nuestro uso y
redunda exclusivamente en nuestro bien individual, de la utilidad no
saldría más deber que el de sacrificarlo todo á nuestro bien individual.
Pero siendo la utilidad una propiedad natural de los objetos físicos y
morales para servir los fines todos, y no habiendo ningún fin individual
que se pueda cumplir fuera de la sociedad, claro se ve que para que una
cosa nos sea útil, es necesario que nos lleve naturalmente al
cumplimiento de nuestros fines sociales.
He aquí por qué, en esta relación de utilidad, se fundan deberes tan
elevados como el de sacrificio, en el primer grupo social; el de
cooperación, en el segundo grupo; el de unión, en el tercero; el de
abnegación, en el cuarto; el de conciliación, en el quinto; el de
coordinación, en el último.
Por distintos que sean los nombres, el deber, en el fondo, es uno mismo,
y consiste en utilizar cuantos bienes hallamos á mano, siempre que
concurran al bien de la familia, del municipio, de la provincia, de la
nación y de la Humanidad.