especie, está ligado con los indestructibles eslabones de la cadena
fisiológica á todos los individuos de la especie entera. Cualquiera sea
el lugar de nacimiento, la tradición de la raza, la influencia de la
familia, el carácter de la nación, el sello de la civilización, está
indudablemente ligado por su naturaleza á todo hombre, porque todo
hombre es la misma viviente expresión que él es de las mismas
necesidades biológicas y sociológicas.
De tal modo es esa relación necesaria entre los seres humanos un hecho
regular y normal, que en él está basada por lo que respecta al pasado,
la historia de la Humanidad, y en él se basan la sociología y la moral,
por lo que respecta al porvenir. La antropología está de tal modo segura
de este hecho, que todas sus inducciones, especialmente las á veces
formidables de la antropología ante histórica, no tienen otro fundamento
substancial. El hombre es hombre, y como tal, humanidad; hombre de ayer,
de hoy, de mañana, del viejo y del nuevo mundo, de la vieja tierra que
produjo el último período glacial, de la tierra nueva que producirá la
venidera marea polar, siempre idéntico á sí mismo en necesidades de vida
y de conciencia.
CAPÍTULO IV
CLASIFICACIÓN DE RELACIONES
En esta indagación de las relaciones que ligan al hombre con el hombre
en todos los grupos y órganos de la sociedad, lo difícil no es descubrir
los vínculos: son tantos cuantos son patentes. Lo difícil es establecer
una clasificación sólida y sobria, precisa y efectiva, que presente del
modo más obvio los grupos de relaciones reales que actúan de continuo en
la asociación natural de los conscientes y de la cual se deriven
espontáneamente los grupos de deberes que ellas incluyan.
Esa, como cualquiera otra clasificación, ha de fundarse en un análisis,
y el análisis ha de referirse puntualmente á las propiedades del objeto
analizado.
El hombre social es aquí el objetivo del análisis. ¿Cuáles son las
propiedades de ese todo? Las de un compuesto de cinco elementos
invariables de sociabilidad.
Para que esta fuera una ley de la Naturaleza, era preciso que el sér
sometido á ella se sometiera por la misma eficacia de sus condiciones
naturales de existencia y por el secreto ascendiente de los propios
fines de su vida. La ley, de otro modo, no hubiera sido ley, no habría
podido ser ley de la naturaleza humana. Si lo es, no por imposición lo
es, sino porque las condiciones absolutas de la ley natural concuerdan
exactamente con las condiciones del sér á quien rige, ó porque las
condiciones del sér regido por la ley de sociabilidad son tales cuales
convienen y conciertan con el orden universal á que él concurre.
El hombre social es un sér de necesidad, y la ley de sociabilidad es un
medio propuesto por la Naturaleza al hombre para que, realizando ese
fin, cumpla con una de las condiciones de su vida.
El hombre social es un sér de gratitud, y la ley primordial que lo rige,
al cumplimiento de esa condición coadyuva.
El hombre es un sér de utilidad, y la ley de asociación universal
promueve la realización de ese fin individual y colectivo.
El hombre es un sér de derecho, y la sociabilidad es ley natural de las
sociedades para determinar, desarrollar y concurrir á realizar esa
altísima condición de la dignidad de nuestra especie.
El hombre es sér de deber, y la sociabilidad es una ley natural de la
sociedad para hacer posible ese enaltecimiento de la personalidad, ese
triunfo de la naturaleza humana, esa solución del problema de la vida
individual y colectiva por el más poderoso factor de la naturaleza
humana: la conciencia.
En términos directos, el hombre, en cuanto sér social, es un compuesto
de esos cinco elementos infalibles: la necesidad, la gratitud, la
utilidad, el derecho, el deber.
La necesidad lo obliga con las tres fuerzas de su triple naturaleza,
física, racional, consciente, á utilizar y cumplir la ley de asociación.
La gratitud lo persuade, con todas las impulsiones de su sensibilidad y
con todos los resplandores de su imaginación, á someterse á una ley de
la Naturaleza, tan eficaz en su propósito y tan armoniosa con el
objetivo de la Humanidad, que sin ella no podría el individuo
identificarse con la especie y reconocer en ella su eterno bienhechor.
La utilidad lo induce, con todos los impulsos de su egoísmo y con todos
los atractivos de su cálculo y su ingenio, á aprovecharse, en beneficio
propio, y si es posible en beneficio ajeno, de una ley natural que,
sorprendiéndolo en una de las realidades de su sér, se le muestra como
menos vergonzosa de lo que él temía, y lo solicita á emplearla en bien
de todos. El derecho y el deber, inseparables resplandores de la
conciencia, no brillan nunca en la conciencia que no lucha; brillan con
el más puro, con el único puro destello de la personalidad humana,
cuando ésta se exalta con el combate por el derecho y el deber, y se
eleva por la dulce, benévola y apacible conciencia de sí misma, hasta el
grado extremo y supremo de humanidad, de racionalidad y de conciencia en
que la relación de los medios y los fines es patente, y en que todas las
relaciones que nos ligan con los hombres se reducen á la más noble, más
pura, más desinteresada, y, por lo mismo, á la más penosa: la relación
de deber. Ahora, ¿de qué procedimiento más eficaz hubiera podido valerse
la Naturaleza para exaltar la del hombre hasta ese altísimo grado de
humanidad, si no hubiera aplicado á su objeto la ley de sociabilidad?
Solicitado, instado, urgido por ella, el individuo satisface
necesidades, paga beneficios con agradecimientos, enlaza con la suya la
utilidad general, combate como héroe por su derecho y se sacrifica como
mártir al deber; pero lo hace, no tanto porque la ley natural á eso lo
llama, cuanto porque su propia naturaleza encuentra en los
procedimientos de la asociación los medios relativos á sus fines de
existencia. Existencia que transciende involuntariamente del individuo á
la especie, consta de esos cinco medios, instrumentos ó recursos
naturales que, conjunta y separadamente, constituyen cinco elementos de
sociabilidad.
Siendo, pues, propiedades distintivas del sér sociable la necesidad, la
gratitud, la utilidad, el derecho y el deber, todas las relaciones que
ligan entre sí á los hombres de cada época histórica y á los de tiempos
actuales con tiempos venideros ó pasados, tienen lógicamente que
agruparse, según la dependencia en que están, de alguna de las
propiedades naturales del sér social. Fuera de la necesidad, de la
gratitud, de la utilidad, del derecho y del deber, ningún otro medio
propio de la naturaleza humana tiene la virtud de cooperar al propósito
de asociación universal y omnímoda á que aspira la ley de sociabilidad.
Por lo tanto, si hay relaciones naturales entre el individuo y la
sociedad, y todas ellas se manifiestan en actos de necesidad, de
gratitud, de utilidad, de derecho ó de deber, es evidente que todas las
relaciones que ligan á los hombres entre sí, á los grupos con los grupos
sociales, á los órganos con el organismo social, el individuo humano con
la especie humana, se han de clasificar según las propiedades del sér
social.
En consecuencia, sobre ese análisis se basa esta clasificación de las
relaciones que ligan el individuo á la sociedad:
Relación de necesidad;
Relación de gratitud;
Relación de utilidad;
Relación de derecho;
Relación de deber.
CAPÍTULO V
ANÁLISIS DE LAS RELACIONES DEL HOMBRE CON LA SOCIEDAD: RELACIÓN DE
NECESIDAD
El hombre individual se asocia al hombre individual y constituye todos
los grupos de asociación, no porque quiera, sino porque tiene necesidad
forzosa de hacerlo así. Todos los hombres, por enemigos que sean de las
trabas que impone toda asociación, necesitan urgentemente de la
sociedad.
Tan urgentemente necesitan que, sin ella, ni aun la familia existiría; y
no existiendo la familia, no podría tampoco existir la especie humana.
Por tanto, la familia, que es el primer grupo social, es también la
primera forma de relación entre el individuo y la sociedad, y bien se ve
que es esa una relación de necesidad.
Después de la familia, el individuo por sí mismo, y por medio de la
familia, está ligado al segundo grupo social ó municipio. Y ¿qué
relación es la que liga con el municipio al individuo y la familia? Ante
todo, una relación de necesidad, pues notorio es que individuos y
familia se agrupan en municipio por necesidad de su propia subsistencia.
También es relación de necesidad lo que liga al individuo con todos los
demás grupos, puesto que con todos ellos funciona como elemento de vida
y para los fines de su propia vida individual.
No hay, pues, precisión de recorrer uno por uno los grupos sociales para
demostrar y probar que esta relación de necesidad es la primera, aunque
no la única, que liga al individuo con la sociedad. Sin embargo, puesto
que el fundamento racional de los deberes del hombre individual y
colectivo está en el fondo de las relaciones que los ligan, importa
patentizarlas, aunque de suyo sean tan patentes como la relación de
necesidad que liga á individuos, familias y municipios con el órgano
inmediatamente superior.
La provincia, que es ese órgano, es principalmente una resultante de la
necesidad que dentro de cada organismo nacional crea la distribución
natural de zonas orográficas é hidrográficas. Los individuos, familias y
municipios que constituyen un todo provincial, están ligados á él por
esa primera fuerza de la necesidad natural que ha producido el todo de
que depende. La peculiaridad de la zona determina la peculiaridad de
necesidades, y la peculiaridad de necesidades la de las satisfacciones;
de modo que es necesario ó prescindir de la provincia y realizar en otro
medio su existencia, ó concurrir á la vida de la provincia, y dentro de
ella satisfacer las necesidades de municipio, de familia y de individuo,
según las condiciones físicas y morales de la provincia misma.
Individuos, familias, municipios y provincias concurren por necesidad á
la existencia de la sociedad nacional, puesto que todos y cada uno de
esos órganos necesita del organismo general, del cual son partes.
Necesita de él en todas y para todas las manifestaciones de su vida
peculiar. Necesita el individuo, porque completa en la nación su
actividad orgánica, afectiva y volitiva, consumando casi siempre en ella
su actividad intelectiva. La familia necesita de la nación hasta para
existir, pues la razón de su existencia es la ley, y su existencia es
tanto más noble y elevada cuanto más noblemente está constituída la
nación y es más capaz de legislar conforme á los fines reales de cada
uno de sus integrantes. El municipio necesita de la nación para realizar
la primera entre todas las condiciones de su vida, que es la capacidad
de regirse por sí mismo. La provincia necesita de la nación hasta para
ser provincia, pues no basta que haya una constitución geográfica
peculiar, que haya producido peculiares modos de ser en una porción del
territorio nacional y de la sociedad nacional, para que exista
legalmente tal provincia; es indispensable el reconocimiento legal, y no
puede hacerse sino en una ley de la nación.
Toda nación, con todos los órganos que subordina, está obligada por ley
de necesidades naturales, á toda nación organizada ó embrionaria,
siempre que esa otra nación produzca y consuma, sienta y piense, se
mueva y cambie. Aun no cambiando se verá forzada á la relación; así
entran en la vida común de la civilización los pueblos primitivos. Aun
no moviéndose tendrán que concurrir á satisfacer esa necesidad de vida:
así, China, en Asia; Paraguay, en América; Japón, entre las Islas;
Africa, entre los continentes, se han visto compelidos á salir de su
aislamiento para satisfacer necesidades materiales é inmateriales de
otros pueblos.
CAPÍTULO VI
SEGUNDA RELACIÓN.—RELACIÓN DE GRATITUD
Á poco que se reflexione se verá que después de nuestras propias
necesidades, lo que más nos liga á los demás hombres es la gratitud.
Con efecto: en nuestra calidad de miembros de una familia estamos tan
íntimamente ligados á ella por la gratitud, que nos reconocemos hechura
suya desde la cuna hasta la tumba. Si nacemos, á la familia lo debemos;
si nos conservamos, por la familia es; si nos educamos, por la familia
lo hacemos; presentes, por ella trabajamos; ausentes, por ella
anhelamos; felices, por ella y dentro de ella lo somos; desgraciados,
por ella lo sentimos; enfermos, por ella tenemos la muerte; moribundos,
á ella volvemos la mirada.
En todos estos estados individuales el sentimiento de la gratitud es el
que tan íntimamente nos liga á la familia.
Cuando la moral enseñe á cultivar de una manera viva y activa este
sentimiento, bien se puede asegurar que se habrá salvado la
civilización, porque se habrá dado á la familia una fuerza de cohesión
que no en todas partes tiene, que tiene en pocas partes.
Esa misma relación de gratitud, no tan intensa ya, aunque más extensa,
es la que liga al individuo con el municipio. De ella es de donde nace
el cariño casi filial y el afectuoso interés con que los habitantes de
un municipio miran los asuntos comunes de interés municipal.
El día en que la moral social se haya desentendido de sus errores
teológicos y metafísicos para sólo ver la base de la moral pública, en
donde efectivamente está, la salvación política de los municipios será
un hecho; y no habrá habido, para realizarlo, mejor auxiliar que la
moral social.
La misma relación de gratitud liga al hombre con la provincia en donde
nace y á veces en donde sólo vive. Y es que la provincia, como todos los
grupos sociales, es para cada individuo una familia, cada vez más
extensa, á la cual debe siempre beneficios que agradecer.
Este sentimiento de gratitud provincial se suele exagerar hasta
convertirse en el defecto que se llama _provincialismo_, así como suele
exagerarse con el _localismo_ la gratitud debida al municipio, y con el
_nacionalismo_ la gratitud debida á la nación. En todos esos casos es un
vicio contrario al deber de gratitud. La gratitud relaciona al individuo
con la sociedad nacional, y constituye lo que ya veremos que no es un
simple sentimiento, sino un verdadero deber de patriotismo.
Á medida que se extiende esta relación de gratitud á la universalidad de
los hombres va haciendo más vigorosa la fuerza de la dignidad humana, de
tal modo que el hombre que más vivamente siente la gratitud que á la
Humanidad debemos por sus incesantes beneficios, es el más humano.
CAPÍTULO VII
TERCERA RELACIÓN.—RELACIÓN DE UTILIDAD
Como que la moral no es un cuerpo de preceptos instituídos _à priori_
por un propósito más ó menos generoso, sino deducidos _à posteriori_ del
examen experimental de la naturaleza efectiva del hombre y de la
sociedad, no hay por qué vacilar en incluir entre las relaciones del
hombre social esta relación de utilidad.
Tanto menos se ha de vacilar, cuanto que el más escrupuloso análisis nos
demuestra que el sentimiento y el instinto de utilidad, además de ser
una efectiva relación, son un medio positivo de compeler al individuo á
cumplir con los deberes que tiene para con la sociedad.
Con efecto: así como la necesidad nos llama á ser sociales, y así como
la gratitud nos obliga á vivir contentos en la sociedad de nuestros
semejantes, así la utilidad nos compele á concurrir con todas nuestras
fuerzas al sostenimiento y conservación de la sociedad.
Vamos á verlo presentando esta relación de utilidad en cada uno de los
grupos sociales.
En el primer grupo, el individuo está ligado por la utilidad á la
familia: le es útil á la familia en la triple actividad de su naturaleza
y para cualesquiera propósitos parciales de su vida. Es tan evidente esa
verdad, que basta comparar la vida de un huérfano con la de un hijo de
padres vivos para verlo; ó basta comparar al adulto que ha constituído
ya familia con el que desatiende este fin de su existencia social, para
ver cuánto más poderoso en recursos naturales y artificiales es el
primero que el segundo.
La influencia que tienen el instinto y el sentimiento de utilidad en la
constitución y desarrollo de los municipios es tan manifiesta, que sin
ella no existiría el municipio.
Y á medida que se extienden los grupos y se hace menos apremiante el
afecto del individuo para con su grupo, se ve que la relación de
utilidad se hace más intima y compulsiva.
Así es como en el grupo provincial la utilidad es todavía más compelente
para el individuo que en el grupo municipal.
En el grupo nacional, más todavía que en el anterior. En el grupo
internacional, más que en el nacional. Y cuando se trata de la sociedad
de todos los tiempos y lugares, de la humanidad coetánea y pasada, casi
puede decirse que la mayor parte de los hombres no reconocen para con
ella más deberes que los derivados de la relación de utilidad; pues
hasta la misma gratitud que se debe al esfuerzo de nuestros antecesores
para establecer una sociedad cada vez mejor, se nos presenta por el
prisma de lo útil que fué para el hombre de hoy la humanidad de ayer y
la de antes de ayer para el de ayer.
CAPÍTULO VIII
CUARTA RELACIÓN.—RELACIÓN DE DERECHO
Á medida que vamos elevándonos en el examen de las relaciones, éstas se
van también enalteciendo. Y ésta influye de tal modo en la moral, que
los hombres que mejor cumplen los deberes que corresponden á las más
altas relaciones, son los más morales. Así es como la importancia de la
relación de derecho se debe hacer manifiesta para quien haya comprendido
que el objeto real y positivo de la Moral consiste en ligar cada vez más
y mejor los fines de la vida individual con los fines de la vida
colectiva.
Como el derecho es por sí solo uno de los elementos más efectivos de
organización que existe, la relación de derecho es también una de las
más transcendentales.
Lo es en el primer grupo, porque cuanto mejor se conoce y practica el
derecho en la familia, tanto más íntima es la unión de la familia, y
tanto mejor cumple ella con su fin social.
En el segundo grupo transciende la relación de derecho á los fines de la
vida municipal, porque el individuo funciona en el municipio de una
manera menos personal y más como hombre de su derecho que en la familia.
Eso mismo sucede, pero en mayor escala, en el grupo provincial; y por
eso también la relación de derecho es más transcendental en éste que en
el grupo anterior.
Todavía es mayor esta influencia del derecho en la vida nacional, vida
en la que el hombre se transforma en ciudadano, es decir, en persona
jurídica, que ve, al través de su derecho, sus relaciones con la
sociedad y su facultad de exigirle lo que él cree más ajustado á su
derecho.
En el grupo internacional, la relación de derecho llegará á ser más
transcendental todavía que lo es en el grupo nacional. Y si eso no
sucede hoy mismo, se debe á lo mal constituída que está todavía la
familia de naciones.
En cuanto á la capacidad del Derecho para ligar el individuo con su
especie, el hombre con la Humanidad, el sumando con la suma, el destino
personal de cada uno con el destino específico de la raza entera, es
patente. Aun en los tiempos de crisis moral vemos en los otros, y
experimentamos en nosotros, palpitaciones violentas de alegría, gritos
ahogados de varonil satisfacción, impulsos vehementes de armarnos para
la defensa del Derecho, cada vez que una porción de Humanidad,
civilizada ó bárbara, propugna por su independencia ó por su libertad ó
por el mejoramiento de sus instituciones jurídicas.
Ni aun el placer de la verdad es tan intenso como el placer de la
justicia. Cuando los chinos sucumben, por no ceder á la injusticia de
Francia é Inglaterra, coligadas contra ellos; cuando Arabi-Bey
personifica contra fuerzas y poderes superiores el derecho de una raza;
cuando el Zulú se yergue con toda la fiereza del salvaje y defiende con
salvaje derecho la posesión del suelo patrio; cuando Dinamarca, débil,
no vacila en medir sus armas con el más poderoso de los ejércitos
disciplinados; cuando Tupac Amarú reivindica en las solitarias
altiplanicies de los Andes peruanos el derecho y el poder de la raza
malograda; cuando los natchez prefieren ser exterminados antes que ceder
de su derecho; cuando Colocolo agita, con sublime inspiración del
derecho de su pueblo, los brazos mutilados para azuzar á los suyos al
combate; cuando Dessalines prefiere deshonrarse con sus crueldades antes
que, por blando, dejar en peligro la independencia de los negros; cuando
Espartaco se arma inútilmente contra Roma; cuando los Gracos
personifican heroicamente los derechos de la plebe; cuando el judío de
Venecia, aun siendo un alma sórdida, llora y maldice la burla hecha á su
derecho; cuando el Dante imagina los tormentos de su infierno para los
tiranuelos de Pisa; cuando Don Quijote, en la aventura de los galeotes
interpreta, aunque demente, un derecho superior al derecho escrito;
cuando Ercilla se levanta cien codos por encima de su patria y de su
tiempo, y engrandece á los vencidos aun á precio de disminuir la
grandeza de sus propios compatriotas; cuando en la historia ó la novela,
en la realidad ó en el arte, en el pasado ó el presente, por lejanos ó
por afines, por ignorados ó por amigos, por cultos ó salvajes, por
hombres de la misma raza ó de distinta raza, por débiles ó poderosos,
por pueblos ó individuos, vemos defendida y sostenida la justicia contra
la injusticia, palpita violentamente el corazón, respiran ruidosamente
los pulmones, hierve la sangre, nos electriza el placer de la justicia,
y, sintiendo ese placer digno de hombres, proclamamos la fuerza con que
el derecho liga á los hombres con los hombres.
CAPÍTULO IX
QUINTA RELACIÓN.—RELACIÓN DE DEBER
Aunque los deberes se derivan de las relaciones que nos ligan, ya con la
naturaleza física, ya con la naturaleza moral, ya con la naturaleza
social, y, por lo tanto, parece que no puede haber una relación
particular de deberes, la establecemos para patentizar la íntima unión
que hay entre los derechos y deberes de los individuos en la vida de la
sociedad.
La relación de deber es evidente en cada uno de los grupos sociales.
En el grupo de la familia se presenta por sí mismo á completar el
vínculo biológico con el sociológico; á hacer más fuerte con el lazo
moral el lazo jurídico; á perfeccionar, por medio del afecto meditado de
la paternidad instituída, por medio de la obediencia reflexiva, la
dependencia natural y legal de los inferiores á los superiores del
hogar; á hacer del trabajo no sólo un recurso, sino una devoción; no
sólo un esfuerzo, sino un estímulo placentero; no sólo un modo de
conservación, sino un holocausto de cada día.
La relación de deber liga á los vecinos entre sí, no ya tan sólo como
secreta sugestión del egoísmo para hacer más segura la vida del
individuo y la familia en un hogar más extenso, y para hacer más fáciles
las satisfacciones en una mayor esfera de necesidades, en una más
completa división del trabajo común y en un mayor aliciente para la vida
por una mayor necesidad de esfuerzos y por el desarrollo de una más
varia actividad, sino también porque la fuerza fisiológica de la
sociedad de la familia empieza á convertirse, dentro de la sociedad
municipal, en fuerza más reflexiva que instintiva, en ente más de razón
que de naturaleza, en obra de voluntad más reflexiva.
El conjunto de deberes que relaciona y armoniza la vida regional
continúa de una manera más activa el movimiento ascendente, la verdadera
evolución del principio de sociabilidad, puesto que, á medida que la
masa se dilata, la fuerza de cohesión se debilita, y ya empezaría en la
región á ser nula ó negativa si el vínculo del deber, estrechando con la
fuerza eficaz de la cooperación los elementos sociales que concurren á
la personalidad de la región, no afianzara el vínculo físico que de
consuno constituyeron las causas naturales que dan origen á la región.