Hasta aquí lo que respecta al hombre de ideas. Por lo que respecta al

hombre de ideales, lo hemos visto renunciando á todas las solicitaciones

del interés para consagrar su juventud inquieta y altruísta á un sueño

de libertad: al sueño de independencia para sus Antillas natales. Y

cuando vió derrumbarse la fábrica de un pueblo, mientras él estaba

ayudando á levantarla, consagró su vida á una obra de cultura americana,

creyendo tal vez, con muy buen acuerdo, que la cultura es una de las más

firmes bases de la nacionalidad en todas partes; pero sobre todo en

nuestras repúblicas de América, enfermas de barbarie.

Fué un civilizador como Sarmiento; pero le faltó lo que tuvo el

argentino: un pueblo que plasmar. Le faltó una patria. Los celos de

nuestras nacionalidades; las pequeñeces locales de nuestros paisesitos,

cada uno de los cuales se cree el ombligo del planeta; el triunfo de

Páez, Rivadavia, Santander, y del ideal antiboliviano de patrias

microscópicas que éstos abrigaban, impidieron á Hostos, á tan gran varón

como Hostos, no digo ya dirigir una república, pero ni siquiera influir

directamente en los negocios públicos de un pueblo desde la curul de un

Parlamento ó el sillón de un Ministerio. El caso de Bello en Chile no se

ha repetido. Habría, para verlo repetirse, que dictar en cada república

leyes de excepción en favor de los demás hispano-americanos, sin

olvidar, naturalmente, aquellas limitaciones imprescindibles, única

fianza de no caer en la utopía.

Los hombres traducen su alma por actos ó por ideas. El hombre que había

en Hostos se ha ido diseñando por sí mismo al través de estas páginas.

Añadiremos algunos rasgos que acentúen los contornos de la fisonomía

moral de Hostos.

Tuvo seis hijos. Cuenta quien está al tanto de las intimidades de aquel

varón bíblico, que, mientras pequeñuelos, se complacía en dormirlos

personalmente, cantándoles canciones que él mismo compuso para ellos.

“Las Pascuas—escribe un discípulo de Hostos—, las fiestas de familia,

como los cumpleaños de sus hijitos, eran celebrados por él con árboles

de Navidad, retablos, fuegos artificiales, guiñoles, audiciones

musicales, sombras chinescas y representaciones teatrales en que los

mismos niños hacían de actores y para los cuales él escribió las

comedias: _¿Quién preside?_, _El cumpleaños_, _La enfermita_ y _El

naranjo_.”

Otro rasgo va á acentuar la pintura.

Cuando estuvo por primera vez en el Perú predicando su cruzada de

independencia antillana, escribía diariamente en los periódicos para

irse ganando al mismo tiempo la vida.

Estaba entonces en proyecto el ferrocarril de la Oroya. Hostos se puso á

analizar, en el periódico limeño _La Patria_, los distintos contratos

presentados al Gobierno. Un día uno de los contratistas, llamado Meiggs,

se presentó á Hostos, proponiéndole un millón de francos “para la

independencia de Cuba” si recomendaba el proyecto Meiggs á la opinión

pública.

Aquel varón de Plutarco, heroico é íntegro, que nunca admitió

componendas con la irregularidad, estudió el proyecto y no convino en

echar el peso de su autoridad moral y su pluma resplandeciente á favor

del contrato. Por el contrario, cuando analizó en _La Patria_ el

contrato de Meiggs, lo presentó como perjudicial á los intereses del

Perú.

Aquel escritor pobre menosprecia un millón de francos. Aquel apóstol de

la independencia antillana renuncia á contribuir á la realización de un

noble sueño. Cierra los oídos á todas las sirenas, ahoga sentimientos

carísimos y embiste contra lo que no cree justo, ni útil, ni equitativo

para el Perú. Es decir, obra según la conciencia y no según el interés.

Ese es Hostos. Igualmente grande medido como hombre moral, como hombre

de pluma, como hombre de pensamiento.

Fué tolerante al punto de que su mujer y su hija extremaban la nota

católica, á ciencia y paciencia del sabio.

No le faltaron, cuando la ocasión lo requería, respuestas agudas. El

arzobispo de Santo Domingo, Merino, brillantísimo orador, le decía una

vez:

—Yo tengo un pie en la cultura clásica y otro pie en la cultura moderna.

—Por eso está usted siempre vacilante—le repuso Hostos.

Aunque vivió en pueblos chicos, es decir, en infiernos de chismografía,

su vida sin sombra salió ilesa de los dientes del vecindario. Una vez

sus discípulos le informaron:

—Están hablando mal de usted, maestro.

Hostos respondió con una sentencia griega y siguió viviendo su vida de

santo laico.

En lo físico era de estatura media, con dos melancólicas luces grises

por ojos, una larga nariz, un si es no es aguileña; una magnífica frente

despejada; unas barbas canosas y unos cabellos de plata y endrina, color

de acero por la mezcla, y largos.

Así lo conoció en Caracas, el año de 1899, el autor de estas líneas. El

autor ignoraba entonces quién era y qué significaba para la América

aquel hombre.

R. Blanco-Fombona.

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Un día se levantaron alarmados mis discípulos. Vinieron á mí, y me

dijeron:

—Maestro, urge publicar la Moral.

—Y ¿por qué urge?

—Porque los enemigos de nuestras doctrinas van por todas partes

predicando que son doctrinas inmorales.

—Mal predica quien mal vive, y mal vive quien mal piensa y quien mal

dice.

—Sí; pero no es tiempo de responder con comparaciones, sino con pruebas.

—Bien predica quien bien vive.

—Pero no se trata de las pruebas de conciencia, que siempre son

ineficaces para los malignos.

—¿Entonces se tratará de pruebas de apariencia, que siempre son eficaces

para los benignos?

—No. Se trata de pruebas contundentes.

—Pues eso es inmoral: la Moral no contunde.

—Pero hunde y debe hundir á los que calumnian las buenas intenciones.

—De ellas está empedrado el infierno, así como de malas intenciones está

pavimentado el mundo de los hombres.

—Por eso mismo hay que desempedrarlo y recalzarlo de buenas intenciones.

—Pues entonces no hay que publicar la Moral en libros, sino en obras.

—Bien se ve que no basta, cuando nos calumnian.

—Son las calumnias de la propaganda en sentido contrario. Dejémosla

pasar, que eso no daña, pues el mérito del bien está en ser hecho aunque

no sea comprendido, ni estimado, ni agradecido, y vivamos la Moral, que

es lo que hace falta.

—Bien está—afirmaron, con desidiosa afirmación—. Bien está; pero cuando

se pida á las doctrinas calumniadas las pruebas de su moralidad...

—Y ustedes, ¿qué son, si no son pruebas vivas de ellas? ¿Acaso no lo

son? Porque si no lo son, á pesar de los esfuerzos que se han hecho, una

de dos: ó ustedes no han acogido sino por su parte externa las

doctrinas, y en ese caso es inútil difundirlas, ó la sociedad en que

viven es por sí misma un obstáculo, y en ese caso...

—En ambos casos es preciso publicarla: en el primero, para que pasemos

de fuera adentro de las doctrinas; en el segundo, para que disminuyan

los obstáculos.

—¿Disminuir? Quizás aumenten. Á la verdad, como las doctrinas más

sinceras son las que resultan más radicales, tal vez escandalicen las

sencilleces que yo les he dictado. Mejor, ya que tanto empeño tienen los

amigos de las buenas intenciones, mejor será que sólo se publique

aquella parte de la Moral que se refiere á los deberes de la vida

social.

—Pues bien: déjenos publicarla.

—Del país y de ustedes es. Tómenla y publíquenla.

Y por eso, después de mucho urgirme y de no poco contrariarme,

consiguieron los jóvenes, á quienes se deberá, si vale algo y dice algo,

que yo consintiera en la publicación de la MORAL SOCIAL.

EL AUTOR

INTRODUCCIÓN

I

El hombre es ya adulto de razón, y hasta se le puede considerar adulto

de conciencia. Al menos, hasta cierto punto; hasta el punto mismo en que

el desarrollo de la razón común ha contribuído al desarrollo de la

conciencia colectiva.

Bien se ve á cada momento, en todas partes, contrariada esta afirmación

por hechos tales, que denuncian una prepotencia incontrastable de

instintos y pasiones sobre principios y deberes. Para que sean más

dignos de consideración y de compulsa, esos hechos son tanto de origen

individual como de origen colectivo. Individualidades representativas de

su tiempo, colectividades representativas de la civilización histórica y

actual, incurren á cada paso en irracionalidades tan contrarias á seres

en progreso, y en inconsciencias tan contradictorias del grado efectivo

de desarrollo á que ha llegado la Humanidad, que motivan la honda

tristeza de cuantos tienen idea suficiente del destino del hombre en el

planeta.

Después de emancipada la razón, y cuando un método seguro la guía en el

reconocimiento de la realidad y en el conocimiento de la verdad; después

de emancipada la conciencia, y cuando tiene por norma infalible la fe en

su propia virtud y potestad; después de emancipado el derecho, y cuando

tiene en sus nuevas construcciones sociales la prueba experimental de su

eficacia; después de la emancipación del trabajo, y cuando basta su

reciente libertad para fabricar un nuevo mundo industrial que todos los

días se renueva, surgiendo todos los días de la fecunda, la prolífica

aplicación de las ciencias positivas, y cuando á la ciega fe en los

poderes sobrenaturales ha sucedido la fe reflexiva y previsora en la

potencia indefinida de los esfuerzos industriales, multiplicados por los

esfuerzos de la mente; en suma, después de la conquista de todas las

fuerzas patentes de la Naturaleza, y cuando nos creemos, y efectivamente

estamos, en el primer florecimiento de la civilización más completa que

ha alcanzado en la tierra el ser que dispone del destino de la tierra,

la divergencia entre el llamado progreso material y el progreso moral es

tan manifiesta, que tiene motivos la razón para dudar de la realidad de

la civilización contemporánea.

Verdad es que el estudio de las civilizaciones comparadas presenta al

hombre de la civilización contemporánea en un grado de racionalidad

mucho más elevado que el hombre de las civilizaciones precedentes;

verdad es que el europeo contemporáneo puede más, porque sabe más, que

el romano del Imperio; y que el americano digno de América vale más,

porque tiene un derecho más orgánico que el romano de la República;

verdad es que los americanos y los europeos de nuestros días son mejores

que los jónicos y los dóricos de Solón y de Licurgo, porque son más

humanos; verdad es que la fábrica social de Egipto antiguo, con ser tan

admirable, es inferior á la fábrica social del mundo europeo y

americano, con ser tan rudimentaria; verdad es que la savia vital de

nuestros pueblos es más poderosa, por ser más sana, que la de esa

maravillosa sociedad fósil que después de cincuenta siglos de existencia

se conserva á los pies de los Altai con la misma fuerza de inercia con

que en las profundidades de los terrenos cuaternarios, los testimonios

mudos de la mil veces secular antigüedad del hombre primitivo; verdad,

en fin, que para ser superior á toda otra basta á la civilización

occidental el ser la suma de todos los esfuerzos de las humanidades

extinguidas. Mas á pesar de todo eso, y precisamente por todos esos

méritos, duele en la conciencia la incapacidad de la civilización

contemporánea para hacer omnilateral el progreso de la Humanidad de

nuestros días, y para hacer paralelos y correspondientes su desarrollo

psíquico y su desarrollo físico.

Del uno al otro hay un abismo. Hay, comparando lo máximo á lo mínimo, el

mismo abismo que arredra en muchas personalidades históricas del pasado

y del presente: admirablemente dotadas para realizar el bien, pero

siniestramente desviadas de él, todo lo que tuvieren de superiores á su

tiempo lo tienen de inferiores á su destino.

Así la civilización occidental, cuanto tiene de superior á todas las

civilizaciones antepasadas, tanto tiene de inferior al destino esencial

de la civilización.

Civilización es racionalización, y no se racionaliza una Humanidad como

la actual, que por una parte lleva el juicio hasta una concepción tan

exacta de su destino como la hoy intuitiva en todas las generaciones que

se levantan á recibir el legado del pensar contemporáneo, y por otra

parte lleva la locura hasta no poderse guiar en la vida real ó práctica

ó concreta por la noción de su destino.

Civilización es más que racionalización: es _conscifacción_[4], porque

todo proceder de la razón de menos á más, es proceder de menos

conciencia á más conciencia, y en vez de hacerse más consciente á medida

que se hace más racional, el hombre de nuestra civilización se hace más

malo cuanto más conoce el mal, ó se hace menos bueno cuanto más conoce

el bien, ó se hace más indiferente al bien cuanto mejor sabe que el

destino final de los seres de razón consciente es practicar el bien,

para armonizar los medios con los fines de su vida.

Footnote 4:

Sirva de excusa á estos dos neologismos la necesidad de expresar la

idea que contienen. Tal vez para expresar el esfuerzo de hacerse cada

vez más racional (_racionalización_), y el conjunto de actos

voluntarios para hacerse más consciente (_conscifacción_), habrá

vocablos más eufónicos, pero no los he encontrado.

Ni el hombre individual, ni el hombre colectivo de nuestro tiempo,

acaricia ese ideal. Hay quienes lo tienen, claro está, y esos, para

estar á la altura de su ideal, ó viven mártires de él ó son sus

víctimas. Pero esos mártires ó víctimas del ideal humano, del destino

ideal del sér humano, del verdadero, del sumo ideal, del que consiste en

realizar ó sustentar todos los fines del sér, armonizándolos, han podido

vivir y han existido en civilizaciones inferiores, y los que existen en

el seno de la civilización coetánea, aunque más que sus precursores, son

muy pocos. Los demás, lejos de mortificarse en el afán del ideal, se

atemperan á la civilización anormal, que contribuyen con la propia

anormalidad á hacer más irregular y más incompleta cuanto más

inmoralmente legan á las generaciones venideras la tarea de mejorar,

completar, armonizar y moralizar la civilización á que concurren.

Hombres á medidas, pueblos á medidas, civilizados por un lado, salvajes

por el otro, los hombres y los pueblos de este florecimiento

constituímos sociedades tan brillantes por fuera, como las sociedades

prepotentes de la historia antigua, y tan tenebrosas por dentro como

ellas. Debajo de cada epidermis social late una barbarie. Así, por ese

contraste entre el progreso material y el desarrollo moral, es como han

podido renovarse en Europa y en América las vergüenzas de las guerras de

conquista, la desvergüenza de la primacía de la fuerza sobre el derecho,

el bochorno de la idolatría del crimen coronado y omnipotente durante

veinte años mortales en el corazón de Europa, y la impudicia del

endiosamiento de la fuerza bruta en el cerebro del continente pensador.

Así, por esa inmoralidad de nuestra civilización, es como ha podido ella

consentir en la renovación de las persecuciones infames y cobardes de la

Edad Media europea, dando Rusia, Alemania, los Estados Unidos, los

mismos Estados Unidos (¡qué dolor para la razón, qué mortificación para

la conciencia!), el escándalo aterrador de perseguir las unas á los

judíos, de perseguir los otros á los chinos. Así, y por esa inmoralidad

constitucional del progreso contemporáneo, es como se ha perdido aquel

varonil entusiasmo por el Derecho que á fines del siglo XVIII y en los

primeros días del XIX, hizo de las colonias inglesas que se emancipaban

en América, el centro de atracción del mundo entero; de Francia,

redimida de su feudalismo, el redentor de los pueblos europeos; de

España, reconquistada por sí misma, la admiración y el ejemplo de los

mismos pisoteados por el conquistador; de las colonias libertadas por el

Derecho contra España, inesperados factores de civilización; de Grecia,

muerta, un pueblo vivo. Ese entusiasmo por el Derecho ha cesado por

completo, y Polonia, Irlanda, Puerto Rico, viven gimiendo bajo un

régimen de fuerza ó de privilegio, sin que sus protestas inermes ó

armadas exciten á los pueblos que gimieron como ellos.

El culto á la civilización, que de ningún modo más efectivo y más digno

de ella debería manifestarse que civilizando los pueblos cultos á los

que están en el primer grado de sociabilidad, y ayudando en su tarea de

civilizarse á los que la han comenzado con obstáculos, que, abandonados

á sí mismos, no pueden ó no deben superar, ni siquiera es un deber á los

ojos de los Estados. Se buscan acá y allá, principalmente en América y

en Oceanía, islas estratégicas que gobiernen mares, estrechos y canales,

y que aseguren la primacía comercial, y en caso de querella, la

prepotencia militar del ocupante; se rebuscan los escondrijos de nuestro

Continente, que se cree ó se aparenta creer que no tiene dueño; se

registra de Norte á Sur, de Este á Oeste, de Guinea á Egipto, del Delta

al Níger, el Continente negro; en África, en América y en Oceanía, hoy,

como en los siglos XV y XVI, se ocupan territorios y jurisdicciones con

la misma llaneza con que Colón ocupa las Antillas, con que Vasco Núñez

de Balboa toma posesión del mar del Sur; con que Vasco de Gama declara

portuguesa una población de más de doscientos millones de hindús; con

que Cortés y Pizarro arruinan, en honor de España, dos civilizaciones

que hubieran podido y debido utilizarse.

Hoy como entonces, y como en los viajes de exploración, aunque sean Cook

y D’Urville los jefes de las expediciones, y aunque sea científico el

objeto de ellas, el instrumento de civilización es el alcohol, y el

procedimiento es el engaño ó el pavor.

Sí; Liberia atestigua la altísima concepción del deber de filantropía, y

será honra perpetua de los abolicionistas norte-americanos; el Congo es

testimonio del noble modo de concebir el deber de civilización, y

siempre será gloria de Bélgica, de Leopoldo II y de Stanley; Australia

es el hecho de colonización más portentoso, y lo admirará la Historia,

loando la sabiduría de Inglaterra; las Hawaii son prueba en favor del

espíritu civilizador del protestantismo; y la entrada del Japón en la

vía seguida por los pueblos civilizados de Occidente, obra será que para

siempre ilustre el nombre del pueblo americano. Pero aunque la Moral

acepte como ofrendas á ella los actos interesados y el egoísmo nacional

ó individual que ella tiene la virtud de concluir por hacer méritos

suyos, ninguno de esos servicios á la civilización han sido tributos á

la Moral. Á excepción del Congo, Liberia, el Japón y las Hawaii, en

donde la población indígena ha sido respetada, en donde efectivamente es

un experimento de civilización el que en definitiva hará la Humanidad,

¿qué ha sido de los indígenas de Australia? ¿Qué ha sido de los

indígenas de las Antillas? ¿Qué ha sido de los indígenas del Perú, de

México, del Brasil, de la Argentina? ¿Qué de los pecuodes, de los

narragansets, de los natches? ¿Qué de aquellos dulces, pacíficos,

benévolos, inofensivos habitantes de la Acadia canadiense, que ni

siquiera eran salvajes, que ni siquiera eran de raza distinta, puesto

que eran franceses, defensores de Francia y del derecho de Francia en la

despiadada guerra de desalojo que contra ella hizo Inglaterra en el

Canadá?

Los indiferentes al fin moral de la Historia, semejantes á los católicos

en la ecuanimidad con que se aplican las verdades de la ciencia que han

contradicho y que los contradice, usufructúan la teoría de la selección

y atribuyen á la lucha biológica la aterradora ruina de las mil

sociedades que en todos los grados de razón y de cultura ha destruído

con perseverante brutalidad el egoísmo nacional.

Pero el sofisma no prevalecerá contra la moral. Si la ley de evolución

es una ley de la naturaleza física, tiene que ser una ley de la

naturaleza moral, y no ha sido ni ha podido ser instituída para el

_mal_; ha sido instituída, _necesariamente_ ha tenido que ser instituída

para el bien. El mal que de ella se haya deducido, culpa de los hombres

será, obra de la torpeza de los hombres habrá sido.

Culpa ha sido, torpeza ha sido de los hombres que se tienen por

civilizados, el estrago de sociedades y civilizaciones incipientes. El

continente americano y el australiano, en donde más implacablemente ha

consumado su obra de exterminio la civilización occidental, no tenían

población proporcional á su extensión; no opusieron resistencia sino

después de instigados por la ferocidad y la sensualidad de los

usurpadores; no entablaron competencia de territorio porque lo cedían,

ni de productos porque les sobraban, ni de trabajo porque lo prestaban

de buen grado, ni de creencias porque fácilmente conciliaban con las

suyas las imbuídas por los pocos invasores que se ocupaban de creencias.

El único punto de la tierra reclamado por la civilización en donde se ha

entablado la competencia por la vida, y no al principio de la ocupación,

sino en los días de poderosas corrientes migratorias y de tremendo

empuje de la Industria, ha sido aquel punto geográfico de los Estados

Unidos de América, conocido con el sobrenombre nacional de _Far-West_

(_Lejano Oeste_), especie de tierra de promisión de los milenarios del

progreso material, que la buscan como el cumplimiento de las profecías

que el deseo de bienestar les ha hecho.

En esa tierra de promisión, única que hasta ahora ha realizado en la

Historia sus promesas, se planteó el problema darwiniano; los pocos

autóctonos de la América del Norte que aún quedaban han ido siendo,

terruño tras terruño, despojados de los que, según pactos previos,

ocupaban; pero ahí se puede decir que fueron despojados, porque era

necesario que los más fuertes despojaran á los más débiles, pues

efectivamente era y es formidable el impulso del trabajo en esas

comarcas positivas y realmente reclamadas por el desarrollo de las

fuerzas civilizadoras. Pues ni aun ahí ha sido la lucha biológica, sino

la torpeza sociológica, quien ha hecho el mal. Para evitarlo habría

bastado que los constituyentes hubieran incluído entre los casos de

intervención los de notoria violación del derecho de los indígenas,

según lo fijaban los tratados que, antes que violables á necesidad y

conveniencia de los Estados federados por el hecho de ser pactos con

salvajes, debieron por eso mismo ser sagrados é inviolables. Mas como

las naciones sedicentes civilizadas no han seguido, en sus relaciones

con las que consideran razas inferiores, otra que la conducta

ignominiosa de los bandoleros de mar, para quienes el dolo, el engaño y

la violencia son medios necesarios en cada arribo á territorio de

salvajes, el Gobierno federal de los Estados Unidos ha obtemperado

fríamente con los brutales despojos de derecho consumados por cada

Estado de la Unión cada vez que han necesitado de territorios ocupados

por los indios. No es la moral romántica, moral empapada en las

exageraciones de los varios dogmas religiosos que piden al hombre lo que

el hombre no debe dar, la que vitupera y condena ese innoble uso de la

civilización; es la moral racional, la fundada en principios necesarios

de la naturaleza humana, quien, poniéndose en el mismo punto de vista de

los que cohonestan esas atrocidades del progreso con la necesidad de que

se hagan y con la fatalidad de la ley biológica á que vidas individuales

y colectivas están sujetas en su evolución del ser al más ser, en nombre

de esa ley declara que la ley de competencia biológica no fué respetada

en ninguno de esos casos.

Pero concedamos que las fuerzas ciegas debieran prevalecer sobre las

fuerzas inteligentes de la civilización. ¿Es civilización la que así se

deja vencer por las brutalidades naturales? ¿La civilización no es, al

contrario, vencimiento de la fatalidad por la libertad, dominio de la

fuerza por la inteligencia, apropiación de agentes naturales por agentes

científicos y económicos, aprovechamiento de todo para mayor bien de

todos, desarrollo tal de razón que cada vez haga más dueño de sí mismo

al hombre, lo cual es hacerlo más consciente? Y hacerlo más consciente,

¿no es hacerlo más moral? Y ser más moral, ¿qué es sino ser más bueno,

sino es evolucionar de mal á bien, sino es entablar la lucha por el

bien, sino es realizar, cumplir, vivir la ley de competencia de la vida,

que así como transforma los organismos por natural desarrollo y

adaptación de lo superior á lo inferior, así transforma las

civilizaciones en virtud del desarrollo natural de la razón, por el

esfuerzo continuo para ser más racional y por la adaptación del mayor

bien al menor bien?

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