Esas relaciones se rigen: una por la moral individual; otra por la moral

social. Pero el universo moral, como conexo con el hombre, que es

producto de la Naturaleza, resulta de orden natural y obedece á leyes

naturales. «Estamos ligados por nuestro organismo corporal—dice Hostos—

con la Naturaleza de que es parte, y de ese vínculo natural entre todo y

parte se derivan las relaciones de la moral natural. Nos relaciona de un

modo más inmaterial con nuestros organismos intelectivo, volitivo y

afectivo la que llamamos naturaleza moral ó humana, y en todas las

relaciones de ese orden se funda la moral individual...»

De una serie de relaciones con la naturaleza social nace la moral

social.

Pero social, individual ó natural, esta moral humana es un acorde del

concierto cósmico.

La Moral, es decir, la armonía, el orden del sér consciente, está dentro

de la Naturaleza y obedece á leyes naturales como la armonía del cosmos,

de la que es correlativa.

El cumplimiento del deber le parece al moralista americano una nota

estética, y por ello grata en sí y de delicioso cumplimiento. Considera

el deber como una deducción espontánea de cuantas relaciones nos ligan

con el mundo externo, con el mundo interno y con el mundo social. Existe

para el hombre un deber máximo: el deber de los deberes, que “consiste

en cumplirlos todos, cualquiera que sea su carácter, cualquiera el

momento en que se presente á activar nuestros impulsos ó á despertar

nuestra pereza, ó á convencer nuestra razón, ó á pedir su fallo á la

conciencia”.

Tan alto y tan noble resplandece el apóstol de esta doctrina, tan

desligado del polvo se cierne en los espacios abiertos su generoso

espíritu, que esa misma nobleza inigualable y esa misma altitud

inalcanzable son el mayor reparo que pudiera oponerse á la ética

hostosiana.

Esta ética, en efecto, parece concebida para un mundo mejor; para un

mundo de humanidad más fácilmente perfectible. Pero el hombre que

conocemos, desde el cavernícola hasta Platón, ha necesitado siempre para

la busca del bien y el cumplimiento del deber, de estímulos más eficaces

que la exclusiva dignidad del deber y del bien.

El hombre no es bueno ni acaso lo sea nunca; lo confirma la Historia.

La barbarie desencadenada en Europa con motivo de la guerra de 1914, los

asesinatos en masa, la destrucción de catedrales, el incendio de

bibliotecas, el empeño de unos pueblos en destruir naciones enteras y

aniquilar razas íntegras, porque estas razas y estas naciones demoran

más allá del Danubio ó los Vosgos, todas las crueldades inútiles y

sistemáticas que han quitado á Europa el derecho de llamar bárbaro á

ningún pueblo contemporáneo, prueban que ni la Filosofía, ni la Ciencia,

ni el Arte, ni largos paréntesis de cultura pacífica logran desterrar

por completo la parte de bestia que hay en el hombre. Á la primera

ocasión propicia la bestia resurge triunfante y feroz.

El hombre no es bueno ni acaso lo sea nunca: lo confirma la Ciencia. El

biólogo Ramón y Cajal, apoyándose en Weisman, expone recientemente que

“ninguna de las adaptaciones culturales y sociales del hombre se ha

transmitido todavía á las células germinales ni ha adquirido, por tanto,

carácter hereditario”. El célebre biólogo arriba á muy pesimista

conclusión: “por imposición fatal de la inercia nerviosa, nuestros

descendientes serán tan perversos como nosotros... Nadie ha logrado

suprimir ó corregir nada de esas células nerviosas, portadoras de

instintos crueles, legado de la más remota animalidad y creados durante

períodos geológicos de rudo batallar contra la vida ajena”...

VIII

HOSTOS, SOCIÓLOGO

Como sociólogo es también Hostos un pensador original. No olvidemos, sin

embargo, al decir original, la diferencia que existe entre la

originalidad creadora en Arte y la originalidad compatible con la

Ciencia.

El arte, que es todo emoción y traduce por medio de la hermosura

concreta las vibraciones de un temperamento ante el espectáculo de la

Naturaleza y en el roce con la vida, puede alcanzar en la expresión un

grado máximo de originalidad, aunque dentro de ciertos límites. Todo

artista de raza tiende á ser original, personal, inconfundible. La

uniformidad es obra del hombre que sabe imitar siempre y pocas veces

crea. La Naturaleza no obra así: ella es varia, multiforme, creadora,

original por excelencia. Aun dentro de lo genérico pone sello especial:

dos rostros, dos ríos, dos hojas no se asemejan casi nunca; son

originales.

El campo de la originalidad científica es estrecho. Siendo la Ciencia

una acumulación de experiencia, la originalidad del científico sólo

consiste en arrojar nuevas luces sobre un punto conocido y estudiado, ó

bien en realizar experiencias nuevas y nuevos descubrimientos. Galileo,

Newton, son hombres de ciencia originales, porque descubrieron verdades

científicas desconocidas hasta ellos. Colón también lo es. Y si entramos

en el terreno de las especulaciones filosóficas, encontramos que Kant,

por ejemplo, no es menos original que Colón, que Newton y que Galileo.

Su originalidad consiste en la potencia cerebral, en la fuerza

razonadora, en que arroja nuevas luces sobre viejos problemas, en que

desde su observatorio se divisa un campo más vasto que desde el

observatorio de otros pensadores que lo precedieron.

La originalidad de Hostos como sociólogo consiste en que, no contento

con repetir á sus antecesores, aunque valiéndose del depósito de

experiencias legado, estudió por sí las sociedades que tuvo á la vista,

estudió las sociedades históricas, y de su estudio sacó en limpio

verdades generales nuevas. Por lo menos sus verdades tienen mucho de la

verdad. Por ello Hostos pertenece, aunque hasta ahora no se le haya

reconocido así, á la egregia minoría de pensadores primarios.

Desde que los antiguos estudios morales y políticos empezaron á ser

clasificados, según las palabras de Comte, “como las ciencias

positivas”, procedióse á establecer sus bases y á darles, por

consiguiente, carácter científico. Es decir: se principió á convertir

aquellos estudios morales y políticos, de carácter metafísico, ó, si se

quiere, filosófico, en estudios experimentales, en ciencia social, en

Sociología.

De entonces acá muchos pensadores potentes han contribuído con luces

personales y personales observaciones á fundar, desarrollar—no quiero

decir fijar—la Sociología. Se ha caminado poco á poco; pero adelantando.

Cada pensador ha contribuído con su piedra al edificio. Muchas de estas

piedras han rodado por tierra, faltas de adaptación ó difíciles de

asentar, ó por deleznables se desmigajaron con la presión. Pero otros

pensadores vinieron después y la obra continúa sin interrumpirse.

Quetelet ve desmoronarse sus piedras estadísticas; Lilienfeld, sus

piedras biológicas; Stein, Carey, sus piedras de economistas. Todos por

exclusivismo y unilateralismo de ideas. Pero ellos y cien otros han

contribuído, con más ó menos felicidad, á la fabricación del edificio. Y

los más eficaces arquitectos son aquellos que, como Spencer, gracias á

una mentalidad superior y á un objetivismo riguroso, carentes de

prejuicios, ú olvidándolos, sistematizan y concretan en leyes generales

observaciones directas, confirmadas una y cien veces, pasadas por todos

los crisoles.

Hostos, juntando lo aprendido en los libros con lo aprendido en la

experiencia, las teorías ajenas y las observaciones personales, los

conocimientos adquiridos y las ideas propias, lo que heredó de sus

antecesores y lo que obtuvo por sí mismo, llega á establecer una

sociología con caracteres novedosos, interesantes y fundamentos sólidos.

Desde 1880, más ó menos, es decir, antes que la mayor parte de los

sociólogos de nombradía en Europa y Estados Unidos, antes que el alemán

Bastian, antes que el inglés Summer Maine, antes que el francés Le Bon,

antes que el italiano Asturaro, antes que el yanqui Ward, Eugenio María

de Hostos, en nuestra distante América, ya había formulado todo un

sistema que, andando el tiempo, reafirmó con observaciones propias y

ajenas[3].

Footnote 3:

Algunas obras de Bastian son anteriores á 1880; otras no. De este

número son _Die Vorgeschichte der Ethnologie_ (1880), _Grundzüge der

Ethnologie_, 1884, etc. Los demás autores han publicado sus

principales obras después. La fijación de fechas es, como todos

sabemos, capital para el estudio de los autores, ya sean hombres de

letras, ya hombres de ciencia; lo mismo que para el estudio de sus

obras.

La esencia de la filosofía social de Hostos surge tan majestuosa como la

audacia del edificio de ideas que erige este pensador.

Por los fenómenos generales de la vida social se advierte un orden á que

obedecen las sociedades. Este orden no puede existir sin leyes que lo

fundamenten: esas leyes son las leyes naturales de la sociedad.

Como ha observado y comprendido Hostos la actividad funcional del sér

social en cinco géneros de fenómenos, las leyes naturales de la sociedad

deben de corresponder á esas cinco actividades genéricas de la

clasificación hostosiana.

Así es, en efecto.

Estas leyes funcionales se denominan: Ley de Trabajo, Ley de Libertad,

Ley de Progreso, Ley de Civilización ó de Ideal y Ley de Conservación.

Pero además de esas cinco leyes funcionales existen las dos leyes

generales que él nombra: Ley de la Sociabilidad y Ley de los Medios.

Veamos en qué consiste la ley de Sociabilidad.

Producto de la asociación de dos seres, el hombre en ninguna época de su

vida puede desarrollarse y prosperar sino en asociación de otros seres.

Lo que ocurre al individuo ocurre también al grupo, desde el primer

grupo constituído á causa de las necesidades y debilidades individuales,

la Familia, pasando por el Municipio y la Provincia, hasta la Nación. Al

través de todas las escalas evolutivas—desde la tribu hasta el Estado

internacional—, la Sociabilidad “es una ley natural á que obedecen todos

los seres de razón”. Hostos la define como “la constitución natural de

las sociedades humanas”.

La otra ley general, la de los Medios, no resulta menos constante y

eficiente. He aquí cómo la enuncia: “toda fuerza social, al pasar de un

medio á otro, se quebranta”. Esta alteración de fuerza social puede

producirse en sentido de más ó en sentido de menos: en sentido de más,

cuando la traslación se efectúa en ciertas condiciones favorables; en

sentido de menos, cuando ocurre lo contrario. En resumen: “el cambio de

los medios modifica la efectividad de los agentes”; y, por tanto, no se

puede esperar que se produzca el mismo fenómeno social en distintas

latitudes, en distintos tiempos de la Historia, ni en distintos estados

de la sociedad, ni aun en el mismo tiempo en distinto estado ni aun en

el mismo estado en distinto tiempo.

En cuanto á las cinco leyes funcionales ú orgánicas, no habría funciones

sociales sin leyes sociales que preestablecieran el método necesario á

la finalidad de esas funciones de orden colectivo.

Por lo demás, las siete leyes naturales que él ha descubierto servirán á

futuros exploradores para dar un nuevo fundamento científico á las

indagaciones de carácter sociológico.

Parece, á primera vista, que Hostos incurriera en contradicción entre su

doctrina de sociólogo y su doctrina de moralista. Como sociólogo, en

efecto, descubre leyes fatales, contra las que no puede el hombre

insurgirse; mientras que como filósofo moralista predica la exaltación

de la conciencia para la dignificación de la vida humana.

Tenemos, pues, de un lado al hombre considerado como juguete de leyes

fatales, cogido en un engranaje potente de que no puede librarse, y de

otro lado tenemos que se preconiza la eficacia de la educación, el

acrecentamiento de la inteligencia y la exaltación de la conciencia para

que (el hombre) cumpla mejor su finalidad en el mundo. Pero la

contradicción resulta aparente si se recuerda que, según la ideología

hostosiana, el hombre, supeditado siempre á la sociedad, tiende

fatalmente hacia el bien, como la sociedad, supeditada á la euritmia del

Universo, tiende fatalmente hacia el orden.

Así, pues, el hombre puede cumplir mejor su destino comprendiendo,

gracias á un grado superior de inteligencia y de conciencia, el

determinismo á que obedece.

Hay una parte de la sociología de Hostos interesantísima de por sí, é

interesantísima principalmente para los hispano-americanos, por cuanto

las sociedades americanas sirven allí de materia de estudio y como

ejemplo ilustrativo. Se trata de la sociopatía hostosiana ó tratado de

enfermedades sociales.

Siguiendo el concepto de que la sociedad es un organismo, apunta que

todo sér tiene, desde su nacimiento, que morir ó desarrollarse y vivir.

Pero en la vida social, como en la vida animal, suelen ocurrir

enfermedades. Estas enfermedades sociales pueden algunas ser congénitas

y hereditarias; otras proceden de inadecuación del medio. El

desconcierto económico, el desorden jurídico, el raquitismo moral, que

ya por sí son males, engendran perturbaciones de linaje diverso.

Hostos disocia y estudia con su innata sagacidad filosófica múltiples

desequilibrios sociales, desde los de carácter económico, carácter

jurídico y carácter intelectual, hasta los de origen moral y los de

índole mesológica. Expositor de innúmeras perturbaciones que aquejan al

organismo colectivo, Hostos formula preceptos de higiene y promulga

nociones de terapéutica social.

Así, pues, Hostos resulta el primer pensador que ha descubierto y

divulga la posible eficacia de una terapéutica social.

Observa y estudia en las sociedades modernas enfermedades económicas,

enfermedades jurídicas y enfermedades morales. Especifica la

exacerbación del sentimiento religioso, el neurosismo social, las

pasiones políticas, el anarquismo, y apunta cómo pueden prevenirse y aun

curarse esas y otras dolencias.

Pero circunscribiendo aquí las observaciones del sabio á lo que más

inmediatamente atañe á los pueblos de Hispano-América, advertimos que

Hostos encuentra en ellos, mayormente en algunos de la región

intertropical, caracteres patogénicos, como la anemia fisiológica y el

sensualismo satiríaco; y en todos, “porque entre tantas sociedades

infantiles ni una sola nació con salud”, el espíritu de imitación, la

ineficacia del derecho, el politiqueo, el militareo y el revolucionismo.

La mayor parte de sus observaciones son directas; hechas por él,

concienzudamente, en pueblos americanos que conoce y estudia. En vano se

buscarían páginas extranjeras que reemplacen, desde el punto de vista

científico americano, á las del sociólogo de Puerto-Rico. “Los Estados

de origen español—asienta—siguen siendo casos de sociopatía.”

El politiqueo, que es la única, por desgracia, de las enfermedades de la

sociedad americana á que dedica análisis de alguna extensión, lo define

así: «El politiqueo es simple y sencillamente la costumbre de chismear

llevada á los asuntos de carácter público.» Y como esas sociedades

americanas se han desarrollado tradicionalmente desde los días de Colón,

fuera del Derecho, agrega: “Para arraigar esa mala costumbre (_de

politiquear en vez de establecer y seguir una política_) en los negocios

del Estado, no tenían que hacer ningún esfuerzo de voluntad ni de razón,

y de la noche á la mañana aparecieron las gentes políticas de estos

países como maestros consumados en el arte de la falsía, del embrollo y

de la intriga.” “La ignorancia de todos sirve perfectamente al

encumbramiento de los pocos que se dedican á embrollarlo todo, con el

objeto de ser ellos los árbitros de la vida general.” Y termina su

exposición de patología política hispano-americana con estas terribles

palabras: “La función del Derecho (en tales pueblos) no puede en ninguna

manera ser regular. Esta irregularidad constituye la más peligrosa de

las enfermedades jurídicas que pueden sufrir las sociedades humanas.”

Otra de las excelencias de la concepción hostosiana de la Sociología

consiste en que equidista de la teoría “individualista”, que pospone la

sociedad al hombre, y de la teoría “socialista”, que anula el factor

hombre en provecho de la sociedad. Hostos, en efecto, armoniza ambos

extremos en una teoría sociocrática como la de Comte, reconociendo la

doble influencia de la sociedad sobre el individuo y del individuo sobre

la sociedad.

Esta teoría, que él llama orgánica, piensa Hostos que va mucho más lejos

que la de Comte en reconocer la influencia social del elemento

individual. Según esta teoría de Hostos, “la Sociedad es una ley á que

el hombre nace sometido por la Naturaleza, á cuyos preceptos está

obligado á vivir sometido; en tal modo, que mejorando á cada paso su

existencia, contribuye á desarrollar y mejorar la de la Sociedad”. Sin

el individuo no existe la sociedad; sin la sociedad no existe el

individuo. La dependencia es mutua. Sin embargo, este balance no existe

sino en apariencia; la reciprocidad no es de idéntica entidad: el

hombre, en la teoría de Hostos y á pesar de lo que Hostos piensa, queda

supeditado á la sociedad.

La esencia de la sociología hostosiana se interna, lo propio que la

esencia de la ética del mismo sabio, en regiones superiores del

pensamiento desde las cuales descubre—lo hemos dicho y repetido—una

armonía preexistente entre los fenómenos cósmicos y los fenómenos

sociales, como obedientes unos y otros á indefectibles leyes de la

Naturaleza.

Las ideas de Hostos, en este punto básico de su sistema sociológico no

son, como se supondrá, mera divagación inútil ni desvarío de idealista.

Cree—repitámoslo por centésima vez—que existe una estrecha y armónica

relación entre los hechos socióticos y los cósmicos; cree que la

Sociedad es un aspecto particular de la naturaleza, un fenómeno de orden

natural, y que estando la Naturaleza sometida á leyes, la Sociedad no

puede no estarlo. Esas leyes á que obedecen las sociedades, leyes que el

genio de Hostos descubre y fija, sirven de hilo conductor á buena parte

de la sociología hostosiana. Ya las conocemos.

Al pensador colombiano Carlos Arturo Torres toca el honor de haber

insinuado, aunque dubitativamente, que los estudios de Derecho, de

Educación, de Moral, de Historia á los cuales dedicó Eugenio María de

Hostos su actividad pueden considerarse—como las obras varias que

precedieron á la Sociología de Spencer—partes componentes de la hermosa

construcción sociológica á que el pequeño y magnífico _Tratado de

Sociología_ sirve de remate.

Descubriendo y comprendiendo la unidad de esa obra y la unidad de esa

vida resultan ambas más grandes; resultan del tamaño que son.

IX

HOSTOS, TRATADISTA DE DERECHO CONSTITUCIONAL

Tratadista de Derecho constitucional, Hostos, que siempre abrió por

donde anduvo su propia vía, sepárase en muchos puntos de sus antecesores

y expone maneras de ver personales y novísimas respecto á las funciones

del poder, la distribución de la soberanía, la organización de la

función electoral, etc., etc.

Vincula la soberanía en la sociedad.

La sociedad es un organismo natural, compuesto de órganos que realizan

funciones indispensables á la vida del todo.

Esto no es tan rigurosamente cierto como Hostos imagina, pues los

órganos secundarios pueden ser necesarios para el mejor funcionamiento

del cuerpo social, pero no todos igualmente indispensables para la

existencia de éste. La idea de confundir una sociedad con un organismo

es además demasiado simplista. Tal idea encuéntrase difundida por eso,

por simplista, no por exacta.

Pero limitémonos, en vez de criticar, á exponer las teorías del maestro.

«Ningún obstáculo presenta la razón á que reservemos el nombre de

soberanía al poder social, y á que demos á la capacidad del municipio y

la provincia el nombre de poder. Entonces tendremos poder municipal,

poder provincial y poder nacional, para designar la suma de capacidades

de cada uno de esos órganos sociales; y soberanía social para indicar la

suma expresión de poder, de fuerza dispositiva de la sociedad en sus

actos como actividad completa que abarca todos las demás actividades.»

La organización de la función electoral lo preocupa. Analiza y critica

la actual organización.

La primera función efectiva del poder de la sociedad es el sufragio.

Hostos pregona que no debe prescindirse de las minorías, como hasta

ahora, porque «el menor número, no por ser menor deja de ser un

componente efectivo de todo soberano». El menor número puede ser el

derecho y la razón. Del sistema representativo deriva Hostos lógicamente

el derecho de las minorías. «Todo lo dicho—agrega—en contra del sufragio

femenino está dicho en contra de la razón y la equidad.

Desgraciadamente, todo lo dicho en pro, dicho ha sido en pro de la

sinrazón y la discordia.»

La función electoral «es igual, en cuanto á su fin, á las demás

funciones del poder; pero superior en jerarquía, en cuanto es anterior á

toda otra y necesaria para toda otra». Esa función es para el individuo

un derecho y un deber. Acogiendo la idea boliviana del Poder Electoral,

Hostos instituye un Electorado, órgano de la función electoral.

Preceptúa con detenimiento el principio del Poder Electoral, ó

Electorado, á fin de que se ponga por obra con éxito; y aplaude, como un

rasgo de genio del Libertador, la creación de ese poder ó la idea de

crearlo.

«Bolívar—dice—, á quien para ser más brillante que todos los hombres de

espada, antiguos y modernos, sólo faltó escenario más conocido; y á

quien para ser un organizador sólo faltó una sociedad más coherente,

concibió una noción del poder público más completa y más exacta que

todas las practicadas por los anglo-sajones de ambos mundos, ó

propuestas por tratadistas latinos ó germánicos. En su acariciado

proyecto de Constitución para Bolivia dividió el Poder en cuatro ramas:

las tres ya conocidas por el Derecho público, y la _electoral_. En

realidad, fué el único que completó á Montesquieu, pues agregó á la

noción del filósofo político de Francia lo que efectivamente le

faltaba.»

El Electorado de Hostos sería electivo y alternativo. Habría un

Electorado municipal, un Electorado provincial y un Electorado nacional.

Su nombre indica su objeto. Señala Hostos la manera de ser elegidos

estos cuerpos, su duración, sus atribuciones, sus responsabilidades.

Es un proyecto audaz expuesto en páginas nervudas.

Podría, sin embargo, hacerse una objeción al proyecto. El Electorado en

el programa de Hostos «es delegado y representante permanente de los

electores», dura tanto como los poderes legislativo y ejecutivo. Ahora,

preguntamos, su permanencia, ¿no complica la máquina del Estado con la

existencia de un cuerpo más? Cumplida su misión electoral, ¿no podría

desaparecer con ventaja de todos, aun para reconstituirse, dentro del

mismo período legislativo y ejecutivo, cuantas veces lo requiriesen las

circunstancias? La vigilancia, las sanciones de este Cuerpo, ¿serían de

tal eficiencia que ameritase él mismo vida larga, permanente?

Los aciertos hormiguean en la obra del jurista americano. Las

innovaciones, no de capricho, sino obra del estudio, el raciocinio y la

experiencia, á menudo salen al paso, y marcan, como términos de luz,

lindes de antiguos errores ó de antiguas deficiencias. Puede citarse

como ejemplo de innovación el de la Antecámara, que tanto llamó la

atención al parlamentarista español don Gumersindo de Azcárate.

El juicio que merece á las nuevas generaciones americanas esta obra de

Hostos puede expresarse con las palabras del tratadista, hombre público

y profesor chileno, Angulo Guridi: “Es el mejor tratado de Derecho

constitucional que conozco en español, inglés é italiano.”

X

HOSTOS, HOMBRE DE IDEALES Y HOMBRE DE HOGAR

Hemos considerado á Hostos, aunque á las volandas, por varias faces de

su múltiple personalidad: como maestro, como crítico literato, como

filósofo moralista, como sociólogo, y como tratadista de Derecho

constitucional.

Para esbozar la obra de su poderoso y fecundo espíritu, basta. Por la

garra se juzgará de ese león.

Moral social · 第 2 / 19 段