Estas no son charlerías, ni aplausos á tontas y á locas. Son

BIBLIOTECA DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES

EUGENIO MARÍA DE HOSTOS

PROFESOR DE SOCIOLOGÍA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA Y DE DERECHO

CONSTITUCIONAL EN LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE CHILE

MORAL SOCIAL

APRECIACIÓN DE HOSTOS, POR R. BLANCO-FOMBONA

EDITORIAL-AMÉRICA

MADRID

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA:

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LIBRERÍA

FERRAZ, 25

EDITORIAL-AMÉRICA

Director: R. BLANCO-FOMBONA

PUBLICACIONES:

I

Biblioteca Andrés Bello (literatura).

II

Biblioteca Ayacucho (historia).

III

Biblioteca de Ciencias políticas y sociales.

IV

Biblioteca de la Juventud hispano-americana.

V

Biblioteca de obras varias.

_De venta en todas las buenas librerías de España y América._

Imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29, teléf. 14–30.—Madrid.

MORAL SOCIAL

Publicaciones de la EDITORIAL-AMÉRICA

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Obras de los más ilustres prosistas americanos.

SE HAN PUBLICADO:

I.—ORESTES FERRARA: _La guerra europea. Causas y

Profesor de Derecho público en la pretextos._—Precio: 3,50 pesetas.

Universidad de la Habana.

II.—ALEJANDRO ÁLVAREZ: _La diplomacia de Chile durante la

Consultor del ministerio emancipación y la sociedad

(chileno) de Relaciones internacional americana._—Precio:

Exteriores. 3,50 ptas.

III.—JULIO C. SALAS: _Etnología é Historia de

Profesor de Sociología en la Tierra-Firme. (Venezuela y

Universidad de Mérida Colombia.)_—Precio: 4 pesetas.

(Venezuela).

IV.—CARLOS PEREYRA: _El Mito de Monroe._—Precio: 4,50

Profesor de Sociología en la ptas.

Universidad de México y Miembro

del tribunal permanente de

Arbitraje, de La Haya.

V.—JOSÉ DE LA VEGA: _La Federación en Colombia._—

Miembro del Centro de Historia, Precio: 3,50 pesetas.

de Cartagena (Colombia.)

VI.—M. DE OLIVEIRA LIMA: _La Evolución histórica de la

De la Academia brasilera. América Latina._—Precio: 3,50

pesetas.

VII.—ÁNGEL CÉSAR RIVAS: _Ensayos de historia política y

De la Academia de la Historia, de diplomática._—Precio: 4 pesetas.

Venezuela.

VIII.—JOSÉ GIL FORTOUL: _El hombre y la historia._ (_Ensayo

De la Academia de la Historia, de de Sociología venezolana_.)—

Venezuela. Precio: 3 ptas.

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X.—PEDRO M. ARCAYA: _Estudios de sociología

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XI–XII.—J. D. MONSALVE: _El ideal político del libertador

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de Historia, de Colombia. á 4,75 cada uno.

XIII.—FERNANDO ORTÍZ: _Los negros brujos. (Apuntes para

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Universidad de la Habana. criminal.)_—Precio: 4,50 pesetas.

XIV.—JOSÉ NICOLÁS MATIENZO.: _El Gobierno Representativo Federal

Profesor en las Universidades de en la República Argentina._—

Buenos Aires y la Plata. Precio: 5 pesetas.

XV.—EUGENIO MARÍA DE HOSTOS: _Moral Social._

Profesor de Sociología en la

República Dominicana y de Derecho

Constitucional en la Universidad

de Santiago de Chile.

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EUGENIO MARÍA DE HOSTOS

PROFESOR DE SOCIOLOGÍA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA Y DE DERECHO

CONSTITUCIONAL EN LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE CHILE

MORAL SOCIAL

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FERRAZ, 25

EUGENIO MARÍA DE HOSTOS

(1839–1903)

I

HOSTOS, FIGURA REPRESENTATIVA

El nombre de Eugenio María de Hostos nunca fué muy popular en América.

¿Por qué? Porque no lo repiquetean consonantes de villancicos, sino que

repercute en la región de las ideas, menos frecuentada que aquella otra

región donde el vulgo se extasía en la música de fútiles rimas, de rimas

que, naturalmente, nada tienen que hacer con el Parnaso y que

horrorizarían á las Piérides.

Aunque fué maestro, porque tuvo qué enseñar, no lo siguen parvadas

intonsas y bullangueras de discípulos. Los leones andan solos. Los

leones son raros hasta en África. Como en América no existen semejantes

cuadrúpedos crinados, ¿qué mucho que ignore el vulgo á ese león de

Borinquén, espécimen desacostumbrado, y que lo tome, á lo sumo, por un

gato montés?

Pero el nombre de Eugenio María de Hostos, aunque no muy difundido,

aunque conservado en penumbra, como el nombre de Cecilio Acosta, sirve

hoy á la América pensadora, como el nombre de Cecilio Acosta, de

valiosísimo adorno. Ambos nombres deben también servirle de orgullo.

Ambos nombres pertenecen á ciudadanos íntegros, á paladines del ideal, á

caballeros sin miedo y sin tacha, á escritores de primera línea, á

pensadores de primera fuerza, á hombres buenos, á personajes de diez y

ocho quilates.

El nombre de Eugenio María de Hostos y el nombre de Cecilio Acosta

bastarían para enseñar á esta Europa que nos denigra y á esos yanquis

que nos calumnian, cómo la América no es sólo fragua de revoluciones, ni

palenque de motines, ni paraíso de especuladores políticos criollos y

ladrones comerciales del extranjero.

Verán, por obra de ambos ejemplos, que en medio de los alborotos

democráticos y gestatores de sociedades todavía sin coherencia ni

sanción, entre politiqueros sin escrúpulos, comerciantes sin decoro y

arrivistas sin pudor, hubo, en la América del siglo XIX, virtudes

eminentes, apóstoles encendidos, sabios auténticos, artistas de oro

puro, directores de opinión incorruptibles, varones de consagración,

vidas de cristal, hombres dignos del mármol.

Verán, tanto los yanquis como los europeos, que en el torbellino de una

América en formación, de donde surgen, improvisados, pueblos,

instituciones, fortunas, surgen también lentos, pétreos, luminosos, esos

hombres que hacen el papel de montañas. Y advertirán, ya que tienen ojos

y si saben y quieren ver, que desde la cima de esas montañas, en medio

de la pampa rasa y los ríos en ebullición, se columbra un vasto

horizonte...

II

HOSTOS ROMPE CON ESPAÑA

Hostos vivió sesenta y cuatro años. Nació en una de las Antillas en 1839

y murió en otra de las Antillas en 1903.

Como nació en Puerto Rico cuando Puerto Rico pertenecía á España, y como

nieto de español españolizante, fué enviado á educarse en la Península

desde los trece años. Se levantó en las Universidades de la madre

patria. Sus condiscípulos fueron hombres que iban á llenar buenas

páginas de la historia española y á figurar en los Congresos, en los

Ministerios, en el Ejército, en la Prensa.

¿Empleó Hostos su influencia con figuras y figurones de la política para

medrar? ¿La empleó para ascender á posiciones del Estado, á que lo

llamaban sus méritos? No. La empleó para acordarse de que había nacido

en América. La empleó para pedir la independencia de Cuba y Puerto Rico.

Pero ningún pueblo se amputa voluntario. Hostos confundió el empeño de

la unidad nacional ó posesional de España, patriótica y razonable en sí,

con intransigencias de la Monarquía. Desiluso, conspiró contra el Trono

y á favor de la República española con Castelar, con Salmerón, con Pi y

Margall.

«Primero soy español que republicano», exclamó Castelar cuando, ya

presidente de la República española, Hostos y algunos republicanos de la

Península instaron sobre independencia para Cuba.

Desiluso de nuevo, aquel apóstol de libertad se convenció de que la

independencia no se mendiga, sino se merece, y, si se puede, se

conquista.

Era en 1868. Abandonó á Madrid, negándose á aceptar una curul en el

Congreso español. Fué á la capciosa Nueva York y se consagró en alma y

vida á la revolución cubana, recién prendida por Céspedes. Pero no se

alejó de Madrid sin agotar sus esfuerzos y sin luchar con el león á

brazo partido, en el mismo antro de la hermosa fiera dorada. Aquel

«Hostos, talentudo y corajudo», de que habla Galdós en alguno de sus

_Episodios Nacionales_ donde evoca, si no recuerdo mal, el

destronamiento y platanazo de Isabel II, luchó su última lucha en la

tribuna española y dijo donde podían oirlo, en el Ateneo de Madrid,

valientes verdades.

«Señores: Las colonias españolas están hoy en un momento crítico.

Víctimas de un despotismo tradicional, una y mil veces engañadas—

¡engañadas!, señores, lo repito—, no pueden, no deben seguir sometidas

á la unidad absurda que les ha impedido ser lo que debieran ser, que

les prohibe vivir.»

Basta. Por la zarpa se conoce el león; y por la audacia convencida y la

sed de justicia, y por aquellas palabras que lo divorciaban para siempre

de la madre patria, á Hostos. Rompiendo con España rompía con sus

amigos, rompía con sus valedores, rompía con sus ambiciones, rompía con

su juventud, rompía con su porvenir. Hostos no vaciló.

III

HOSTOS COMIENZA SU ODISEA BENEFACTORA

Al pie de esa tribuna del Ateneo español empezó la odisea de este Ulises

hambriento de ideales. Esa odisea no terminó sino al caer Hostos,

exánime, en el hoyo de la tumba.

De Madrid sale para Nueva York. De Nueva York, desde donde ha difundido

por la Prensa sus libertadoras ideas, se embarca, dos años después, para

Cuba, que arde en guerra y en anhelos de libertad. Va á pagar su tributo

de sangre, va á dar el ejemplo de Martí, va á regar con sus venas su

idea. El mar lo salva: naufraga.

Partiendo del principio boliviano de que América, nuestra América, es

úna aunque en fragmentos, y que esa América úna y múltiple debe ser

solidaria de todas y cada cual de sus partes; pensando, como Bolívar,

que á la solidaridad de 1810 debe América el sér y que se perderá ó se

salvará conjuntamente, el joven tribuno de Madrid, el periodista

independiente de Nueva York, el náufrago de Cuba, se convierte en legado

voluntario de la revolución Antillana y se va por toda la América latina

predicándola, rediviviendo el ejemplo de aquellos monjes exaltados y

convencidos que se iban por Europa preconizando la necesidad de las

cruzadas.

Fué de país en país. No tenía dinero: escribió, peroró, trabajó, ganó la

vida. Las puertas se le cerraban en las narices. Los miopes no veían.

Los Rivadavia de entonces, los Santander de entonces, los Páez de

entonces, no alcanzaban otro horizonte sino el que se divisa desde los

campanarios de sus natales aldeas respectivas. ¡No importa! Hostos

continúa su prédica. ¡Cerca de cuatro años duró aquella cruzada de la

libertad!

Este es uno de los genuinos caballeros del ideal. Recuerda á Colón,

implorando de corte en corte el apoyo que le falta para realizar el

sueño más grande que hubo en cabeza humana, si es verdad que el

descubrir un mundo ignoto y presentido fué el sueño de Colón. Recuerda á

Miranda, mendigando también de corte en corte apoyo para sus quimeras

libertadoras. Es, en verdad, como dijo Michelet de Miranda, un Don

Quijote de la libertad. En 1872 está en Santiago de Cuba, en 1873 en

Brasil, en Buenos Aires; en 1876 en Nueva York, en 1877 en Caracas,

donde se casa, en 1879 en Santo Domingo.

Y por donde va, va haciendo bien. Un día llega al Perú: aquel apóstol de

la dignidad humana abre campaña á favor de los emigrados chinos,

sumergidos en esclavitud por los criollos. Otro día llega á las

Repúblicas del Plata: aquel apóstol del progreso proclama el primero en

la República Argentina la importancia del ferrocarril trasandino. El

reconocimiento le rinde homenaje: la primera locomotora que escala los

Andes lleva por nombre «Eugenio María de Hostos». Otro día va á Chile:

aquel apóstol de la igualdad aboga por que se abran las carreras

científicas á la mujer. Por Cuba y Puerto Rico escribe, viaja, perora,

combate, se multiplica.

Fué durante su vida entera un benefactor de América. Llevó en América de

país en país la luz de la enseñanza, como en Grecia llevó Homero, de

villa en villa, la luz del canto. En Venezuela comienza á difundir, en

el colegio de Soteldo, lo que aprendió en España, lo que la vida y el

cotidiano estudio le fueron enseñando. Es profesor de Derecho

constitucional, por una serie de años, en la Universidad de Santiago de

Chile; por otra serie de años es profesor de Sociología, Derecho

internacional y Derecho penal en la República Dominicana.

Y cuando no enseña desde la cátedra, enseña desde la Prensa ó por medio

del libro. Y su mejor enseñanza la dió viviendo una vida pura, austera,

de deposición, de sabiduría, de bondad, de utilidad, de amor.

IV

HOSTOS, MAESTRO

Hostos, hombre múltiple en la producción y los conocimientos, es

filósofo, moralista, sociólogo, tratadista de Derecho constitucional, de

Derecho penal, de Derecho de gentes. Es también crítico literario y

novelador. Es además maestro.

Considerémoslo por algunos de tan varios aspectos.

Como maestro puede decirse que la cátedra fué para Hostos otro vehículo

de su pensamiento, nueva forma de producción. Algunos de sus libros, y

no de los menos profundos, fueron la enseñanza oral, la palabra y el

espíritu vivificantes del profesor, cogidos al vuelo y escritos, no

quiero decir redactados, según el prospecto, la metodología de Hostos,

por discípulos de talento, de gratitud y devoción. Hostos se parece á

Bello en que desechando métodos viejos y textos ajenos, inició á varias

generaciones en la ciencia, por medio directo, transfundiendo su

espíritu en obras personales. No es lo común ni en Oxford, ni en Bonn,

ni en París, ni en Salamanca, ni menos en centros universitarios de

Hispano-América, que pensadores iniciales, mentes primarias, hombres que

hayan sabido arrancar á la esfinge una parcela ó varias parcelas de

secreto y verdad, ejerzan el profesorado. Ejercen el profesorado por lo

común hombres muy beneméritos, pero muy adocenados, repetidores de

ciencia ajena, que son depósitos, no pozos artesianos. _On peut être

professeur et avoir beaucoup de talent_, podría decirse parodiando una

frase cáustica. Un Hæckel, un Renán en Europa; un Bello, un Hostos en

América, son excepciones. Por eso dejan rastros de luz, y el calor de

sus espíritus se difunde en el tiempo.

Cuando parte de la Tierra, en el mes de Noviembre, se envuelve en

pasajera onda cálida y uno mira desprenderse como lluvia de oro, fina

lluvia de estrellas errantes y vertientes, las Leonidas, es porque la

Tierra tropieza en su viaje con un antiguo cometa desagregado. Hæckel,

Renán, Bello, Hostos, son también antiguos cometas. El calor de su

espíritu se difunde, no en el espacio sino en el tiempo. Sus discípulos,

su pensamiento, sus obras, que de cuando en cuando topamos en nuestro

camino, resplandecen como lluvia de estrellas.

Hostos no se limitó á enseñar lo que él mismo aprendiera; enseñaba lo

que tenía por dentro, lo que el estudio hacía fructificar. Daba sus

propios frutos. Fué como Sarmiento, un educador; pero con más

preparación científica que Sarmiento, con más disciplinas intelectuales

y con más equilibrio y profundidad de espíritu. Además, la preocupación

de Sarmiento, fué la de enseñar á leer á la Argentina; la de Hostos, la

de enseñar á pensar á la América. En las obras de Sarmiento chispea un

talento de diamante. Hay adivinaciones magníficas. Hay aciertos

geniales. Pero al relámpago precede y sigue la obscuridad. Se advierte

que aquella súbita luz brota del cerebro como de un choque de piedras;

no es una claridad constante de antorcha. Hay deficiencias;

principalmente de cultura. Aquel hombre lo aprendió todo por sí y á la

carrera. No supo nada bien, ni á fondo. Supo, sí, ver ciertos aspectos

sociales como son. No embotó su juicio americano con el criterio de

libros europeos; ni remedó constantemente, para hablar de nosotros, el

hablar de otros hombres respecto de otros pueblos. Aun cuando se inspiró

á veces más de lo que hubiera sido menester, en algún autor extranjero,

Sarmiento, por lo general, bebió en su vaso, que no era pequeño. Supo

ver y hablar. Esa es su gloria. Por ello es talento autóctono, virgíneo.

Hostos le es superior en cuanto pensador, lógico y moralista, con la

ventaja, además, de una base escolar, en el sentido inglés de la

palabra, de que Sarmiento careció. Hostos no es repetidor vulgar, ni

acomodador hábil de lo ajeno, ni abrillantador de piedras opacas, ni

chalán que engorda con arsénico el cuartago que va á vender. No.

Hostos es pensador original y auténtico. Él conoce los problemas

sociales é institucionales de América. En vez de criticarlos _grosso

modo_, los descoyunta y analiza. Y cien veces arroja luces nuevas. Y

cien veces presenta un nuevo aspecto de las cosas ó asoma nueva idea. Su

acierto y novedad son constantes. En él no existen las intermitencias de

Sarmiento. Su claridad es la del sol. Y los eclipses, como se sabe, no

son frecuentes. Mientras Sarmiento arriba á la verdad de un modo brusco,

por un arranque de clarividencia, por una síntesis brillante é

instintiva, Hostos, como Andrés Bello, va paciente, consciente, lógico,

por una escala de raciocinios. Su obra es más vasta, más metódica, más

sólida, más perdurable, que la del rioplatense.

Su método de enseñanza consiste en dictar al comienzo de cada curso el

plan que se propone seguir, el índice de su texto no escrito, del texto

que tiene en la cabeza y que de allí sacará, en improvisaciones diarias,

ciñéndose al esquema ó índice inicial. La claridad, la precisión de su

espíritu y la precisión y claridad de su lenguaje le servían para tanto.

Como era hombre de palabra flúida, conferencista, expositor metódico,

cosa muy distinta del vacuo palabrero tronitante, Hostos cumple con

facilidad su programa en lecciones orales.

Va sacando á luz las ideas y desarrollando su plan, sin que lo

perjudiquen frondosidad y garrulería.

Así, varias de sus obras didácticas, como ya se indicara, obras que él

no se dignó escribir, las recogieron buenos discípulos de labios del

maestro; y de labios del socrático maestro, por manos de discípulos,

fueron al papel y á la imprenta.

V

HOSTOS, LITERATO

Como hombre de letras, Hostos debe ser considerado con detenimiento.

Cuando sus obras didascálicas, por nuevos progresos de la ciencia, pasen

de moda, sus estudios literarios, de que él hizo tan poco caso, vivirán.

Tienen para justificar esta opinión condiciones de perennidad.

Hostos nació, como sabemos, en Puerto Rico.

Estas islas del mar Caribe, llenas de luz, rientes de verdura, con

ustorias perspectivas marinas, como las islas del mar Jónico, producen

temperamentos voluptuosos, imaginativos, artistas, más que espíritus

razonadores.

Hostos fué ante todo un espíritu crítico. En tal sentido, como razonador

y hombre de curiosidad ideológica, fué excepción en sus Antillas. No lo

fué como artista; porque Hostos tuvo el sentimiento del arte en sumo

grado. No se demuestra el innato sentimiento artístico de Hostos por el

amor que profesó á la Música, á la manera de Juan Jacobo; ni porque

compusiera, como Juan Jacobo, piezas de música. Basta á demostrar tal

sentimiento su misma prosa. Cuando produjo libros de ciencia, el maestro

borinqueño se empeñó en despojar su estilo de galas, redactó siempre con

sobriedad geométrica, con decidido y manifiesto empeño de claridad, de

precisión científica. El comprender que obras didácticas no se prestan á

floreos de dicción, ¿no es ya prueba incuestionable de gusto? La

sobriedad verbal de sus obras científicas es del mejor mérito. La

sobriedad no excluye en esas obras de Hostos la elegancia. Se advierte á

veces el arte de la poda. El autor quiere que su pensamiento salga

escueto, desnudo, ágil como un discóbolo de Atenas, y no cubierto de

velos y de ungüentos como una cortesana de Alejandría, ó constelado de

gemas y con las pesadas telas suntuosas de una emperatriz de Bizancio.

En sus trabajos exclusivamente literarios se descubre la inclinación á

la frase mórbida, coloreada, voluptuosa. De los poetas habló en frases

de poeta. Se comprende que siente la poesía con intensidad. La explica

buceando en el corazón de los aedas y extrayendo la perla de hermosura.

Pero como le asiste constantemente una idea de mejora humana, á veces,

para explicar la perla, estudia el mar. Condena «ese empeño de

reproducir las formas clásicas». De un poeta argentino dice: «es un

producto paleontológico de la cultura griega». Quiere en América lo

americano. Y preconiza sus ideales de arte en frases de artista.

Á los veinticuatro años publicó su novela titulada _La Peregrinación de

Bayoán_. Aunque fruto de primavera, aunque no se empleasen en ella los

procedimientos de novelar hoy en boga, cosa que no le daría ciertamente

más mérito, pero la haría más grata al paladar del vulgo, baste

recordar, para estimarla sin juzgarla, que Ros de Olano, aquel brillante

caraqueño que fué general y literato español, decía de ella: «_La

Peregrinación de Bayoán_ ha sido para mí algo que cae del cielo»; y que

el novelista hispano D. Pedro Antonio de Alarcón, célebre en su tiempo,

escribió: «hay en _La Peregrinación de Bayoán_ páginas que yo nunca

olvidaré».

Pero, ¿qué es este libro? Es algo por el estilo de la _Uncle Tom’s

Cabin_, de Enriqueta Beecher Stowe. Es decir, obra sugerida por una

preocupación social, obra escrita en obsequio de desvalidos, de

explotados, de los colonos españoles de las Antillas.

Y aquí era donde yo quería venir.

Contemplad á ese joven. Está en la flor de la juventud. Sólo cuenta

veinticuatro años. Reside en una hermosa capital de Europa, en una

ciudad de arte, de lujo, de placer. Tiene relaciones sociales de primer

orden, tiene talento, tiene un porvenir rosado. La vida le sonríe. Toma

un día la pluma del novelador, y ¿qué escribe? Escribe _La Peregrinación

de Bayoán_: una obra americana, una obra donde esgrime su talento en

favor de ideales que cree justos, en pro de gentes distantes,

indiferentes, semibárbaras. Pelea por ajenos dolores, por dolores

anónimos, con la seguridad de no alcanzar por recompensa ni la gloria.

Obedecía á su instinto, á su ser moral. Así será Hostos durante su vida

entera: un enjugador del llanto ajeno, un sembrador de bienes, un

cosechero de aladas quimeras humanitarias. El desinterés de su obra y de

su vida, aquella santa monomanía de arder y consumirse como grano de

mirra, ante altares de justicia, le dan á Hostos, como á José Martí, su

hermano en ideales, un sello de grandeza que sólo tienen los apóstoles y

los héroes.

De crítico literario, intenso en el análisis, benévolo sin

contemporizaciones desprestigiosas que desautorizarían su palabra

sincera y proba, lo acreditan sus varios estudios de ese género sobre

autores de América: el chileno Matta, el cubano _Plácido_, el argentino

Guido Spano, José María Samper, de Colombia, Salomé Ureña de Henríquez,

de Santo Domingo, etc., etc.

Y lo acredita principalmente como crítico zahorí y analista de hondura

psicológica, su minucioso, sesudo, completo, insuperable estudio sobre

_Hamlet_.

Nada existe en castellano, hasta ahora, á propósito del _Hamlet_, que

pueda parangonarse con la obra de Hostos. Nada que se le acerque. El

crítico americano desmonta la maquinaria del inglés formidable; estudia,

analiza, disocia los caracteres antes de presentarlos en acción. Nadie,

ni Goethe, comprendió ni explicó mejor el genio de Shakespeare, ni el

alma de Hamlet. Voltaire, tan perspicuo siempre, ¡qué pequeño luce junto

á Hostos cuando ambos discurren á propósito del dramaturgo británico!

Moratín, ¡qué microscópico! ¡Qué palabrero y lírico Hugo!

Estas no son charlerías, ni aplausos á tontas y á locas. Son verdades de

fácil comprobación. En América estamos acostumbrados á deslumbrarnos con

lo ajeno, máxime con lo europeo, y á no apreciar lo propio, porque no

sabemos juzgarlo. Sin obtusidad, ni ceguera, ni prejuicios, pero tampoco

sin alucinamientos, contemplemos, comparemos y decidamos. Habituados á

libros y juicios europeos, nos miramos á nosotros mismos al través de

los anteojos que nos llegan del Viejo Mundo. Veámonos, á ojo desnudo,

cómo somos. No sólo juzguémonos, sino impongamos, si podemos, nuestro

juicio á los extraños. Como este juicio sea probo, y, por tanto, digno

de respeto, será mejor que el de los extranjeros sobre nosotros, ó el

del pobre diablo criollo con gafas cisatlánticas.

Hostos, repito, el sabio, modesto y talentudo Hostos, que escribió sobre

Shakespeare en un rincón de los Andes, desde una distante y pequeña

República del Pacífico, ha arrojado más luz sobre la obra inmortal de

Shakespeare que un Lessing, por ejemplo, y analizó con más penetración

el alma de Hamlet que la mayor parte de los críticos y psicólogos en

Inglaterra, Alemania y Francia.

Treinta años después que Hostos publicó en Santiago de Chile su análisis

del _Hamlet_, un compatriota de Shakespeare, sir Herbert Beerbohm Tree,

actor como el gran William, dedica en su obra _Thoughts and

Afterthoughts_ un capítulo al estudio de _Hamlet_. Lo estudia

principalmente desde el punto de vista del actor; analiza, sin embargo,

la pieza y los caracteres. En su apreciación hay lugares comunes con la

apreciación de Hostos.

Las similitudes entre Hostos y su copista inglés son de concepto en

cuanto al genio de Shakespeare y á la psicología de Hamlet; y las hay

asimismo de expresión, es decir, el mismo pensamiento se ha expresado

con las mismas ó parecidas frases. Estas coincidencias tienen un nombre

en todas las lenguas.

Anotemos al vuelo algunas de dichas coincidencias. Veamos lo relativo á

la psicología de Hamlet, por ejemplo.

Hostos se explica «_el segundo Sir Herbert Tree también se explica

período de su carácter_» de por la transcripta (_y subrayada_)

(Hamlet), «_este filosófico frase de Hamlet, el carácter de

considerar la vida por lo que ella éste.

es en sí, no por lo que hacen de

ella las exterioridades_», por la «_Es una frase_—asegura Sir

siguiente frase del príncipe Herbert—_en la cual toda la

razonador: NADA HAY BUENO NI MALO tragedia de su vida se encierra

SINO LO QUE ASÍ HACE EL como en una cáscara de nuez_.»

PENSAMIENTO. Tales palabras, dice

Hostos, «_denotan en el espíritu de

Hamlet aquel desarrollo de la

idealidad que concluye por la

indiferencia absoluta de la

realidad y que no cuenta con ésta

para nada_».

Las coincidencias, que no cesan, denotan por su número y carácter que

Sir Herbert conocía la obra de Hostos. Sin embargo, no lo cita. Nombra á

varios comentaristas; á Hostos no, á Hostos lo calla. Hostos es un pobre

señor de Puerto Rico. ¿Quién va á conocerlo? ¿Quién va á creer que un

gran artista inglés se inspire, para escribir sus obras, en un maestro

de escuela portorriqueño?

En su análisis del príncipe, enseña Hostos:

«_Hamlet es un momento del espíritu humano y todo hombre es Hamlet en un

momento de su vida._»

Ya, en su disección de Ofelia, había dicho: «_Hay un Hamlet en el fondo

de todo corazón humano._»

El inglés opina de un modo semejante, treinta años después:

«_Hamlet es eternamente humano... Nosotros somos todos Hamlets en

potencia._»

Hostos opina que la locura de Hamlet es simulada; Sir Herbert piensa

otro tanto.

Hostos describe, con una profundidad psicológica de que hay pocos

ejemplos en la historia literaria universal, las distintas y sucesivas

revoluciones que se han ido operando en el espíritu del príncipe.

«_El mismo Hamlet se asombra_ (á un Sir Herbert, por su parte, dice:

momento dado) _del cambio que ha

correspondido en su palabra al «... _encontramos á Hamlet poniendo

cambio operado en su interior, y por obra su proyecto de fingir la

decide utilizarlo fingiendo una locura_...»

locura... No está loco ni estará

loco._»

¿Para qué finge locura, según Hostos? Porque es débil, porque necesita

armarse de una fuerza artificial, y esa fuerza va á tenerla en rudezas,

en sarcasmos, en desdenes; “_en el desprecio con que, desde su nuevo

punto de vista, va á considerar la vida, la sociedad, el hombre_...”

“_Hará el mal que no quiere y se_ COMPLACERÁ _tanto más en ese mal_

CUANTO MÁS SUFRA...”

Hamlet, concluye Hostos, se dirigirá á lo que más ama, á Ofelia, para

atormentarla, atormentándose.

Sir Herbert resume, exponiendo: “_Hamlet evidentemente encuentra_ UN

PLACER _intelectual y_ DOLOROSO _en disparar su ironía_ SOBRE LAS

VÍCTIMAS DE SU LOCURA FINGIDA.”

Hamlet rebosa de piedad y amor El comentario de sir Herbert no es

hacia Ofelia; pero, según el muy diferente:

comentario de Hostos, “_por muy

buena que sea Ofelia, ¿cómo no ha “_Hamlet rebosa de amor y de piedad

de ser frágil, si lo es su madre?_” hacia Ofelia. Pero, á sus ojos,

todo el sexo femenino parece

Por eso ofende el recuerdo de la mancillado por el acto de su madre.

purísima Ofelia, “_al confundir en ¿No exclamó en el primer acto:

un mismo anatema á la fragilidad y Fragilidad eres mujer?_”

á la mujer: Fragilidad, eres

mujer_.”

En el tercer acto hay un diálogo célebre entre Ofelia y el príncipe.

Hostos comenta ese diálogo de manera deliciosa y arroja chorros de luz

sobre el estado de alma de Hamlet en aquel momento.

Por la paridad de Ofelia con su madre, en cuanto mujeres, Hamlet rechaza

á Ofelia, amándola.

El psicólogo hispano-americano comenta:

_“La fragilidad es condición esencial de la mujer. Si no ha caído,

caerá. Y para desecharla irremisiblemente supone la caída_: ARE YOU

HONEST? ¿ERES HONESTA? _¿Por qué la abruma con esa brutalidad? Porque es

bella_”.

—Y “¿_puede_—pregunta la inefable dulzura de Ofelia—_tener la belleza

mejor compañera que la honestidad_?”

Hamlet responde á la suave niña con una salida brutal.

Hostos comenta así:

“_Como al pronunciar esta cínica Sir Herbert, al comentar la escena

herejía no piensa en Ofelia y sólo entre Ofelia y el príncipe, no sólo

se acuerda de su madre, dice, con copia _grosso modo_, sino que casi

amargura que desgarra_: ESTO ERA transcribe á la letra el comentario

UNA PARADOJA EN OTRO TIEMPO, PERO del gran crítico americano.

HOY...”

Es imposible que las ideas

_Yo te amé_, declara el Príncipe á coincidan á tal punto en hombres de

Ofelia poco después. razas y tiempos tan diferentes; es

imposible que los aciertos de uno y

YO TE AMÉ,—comenta Hostos,—_es yo otro psicólogo correspondan hasta

te amo. En boca de Hamlet significa confundirse en la expresión

más: te amo, pero no debo amarte._ escrita. Es imposible argüir con el

azar, ese dios de los tontos.

“_Es un combate á muerte entre el

deber de vengar_ (á su padre) _y la Oigamos al artista inglés:

necesidad de amar, nunca tan

imperiosa como entonces_...” “_Hamlet_, SEGÚN MI PARECER, _al

tomar á Ofelia por la mano y

Hamlet se aleja, “_fijos siempre preguntarle_ ¿ERES HONESTA?...

los ojos en la ventura que _quiere decir: ¿Hay una mujer en

abandona, maldiciéndose dos veces á quien yo pueda tener fe?_”

sí mismo_.”

El comentarista cita, como Hostos,

“_Ofelia_— continúa el comentador la salida brutal de Hamlet y sigue

americano—,_que en solo un momento su explicación.

ha pasado por todas las

alternativas de la esperanza y la “_El verso_: ESTO ERA UNA PARADOJA

desesperación, de la alegría y del EN OTRO TIEMPO, PERO HOY... _está

dolor, del amor y la piedad, ha claramente dirigido contra las

perdonado todas las ofensas, todas relaciones entre el rey y la

las injusticias, todas las reina_”.

crueldades, todas las brutalidades

de su amante... y quejándose del Como se ve, sir Herbert escoge los

infortunio más que de Hamlet, mismos pasajes que Hostos y los

exclama_: explica de igual modo. Adelante.

—HABER VISTO LO QUE HE VISTO PARA “NO TE AMO, _dice Hamlet,

VER LO QUE VEO.” arrancándose así el corazón. Ofelia

cae sobre el sofá_...»

El comentador agrega que Hamlet ama

á Ofelia, «_pero no se atreve á

mostrar su corazón_». La piadosa,

dulce Ofelia, considerando loco al

príncipe, exclama: “_La desgracia

se abate sobre mí._ HABER VISTO LO

QUE HE VISTO PARA VER LO QUE VEO.”

No son las demostradas las únicas concomitancias, en la explicación de

la pieza shakespeariana, entre el artista de Inglaterra y el crítico de

América. «_He hecho cuanto he podido para familiarizarme con las obras

de los comentadores literarios del Hamlet_», exclama sir Herbert. Como

vamos viendo, sus palabras no son una mentira.

Continuemos con algunas similitudes, sorprendidas á la buena de Dios.

Hostos expone el estado mental de Hamlet durante el más célebre de sus

monólogos, y comenta así:

«_Ha decidido el mal y ese mal va á tener por expresión la muerte... Y

¿qué es más digno del alma, de esa alma humana tan poderosa en el

pensar, en el sentir y en el querer: sucumbir al dolor ó rebelarse

contra él; matar ó morir?_

¿MORIR?... DORMIR Y NADA MÁS. (Hamlet.)

_La muerte, que antes se le presentó como idea, se le presenta ahora

como realidad. Como idea, asusta. Como realidad, atrae._

Y DECIR QUE EN ESE SUEÑO VA Á ACABAR ESTE ACERBO DOLOR MÍO. (Hamlet.)

_Lejos de temerlo, lo desea. Y tanto lo desea_ (el sueño de la muerte)

_que se olvida por completo de la determinación anterior de su voluntad,

desaparece de su espíritu el motivo ocasional de la meditación. Y ya no

piensa en el ser que va á destruir_ EN SÍ Ó EN OTRO, _sino en_ EL NO SER

QUE ANHELA _con toda la devoción de su infortunio_.»

Á su turno el artista inglés comenta el estado mental de Hamlet, durante

el monólogo. Oigámoslo:

«_Hamlet anhela ese sueño de la muerte, que será término de todos los

males. Tan grande es su horror del deber impuesto, que en este momento

Hamlet_ PIENSA EN MORIR, _para no matar al rey_.»

Las irresoluciones constantes de Hamlet dependen de que es un enfermo de

la voluntad, un razonador, un analista.

«_Todos menos él_—expone Hostos— Sir Herbert reconoce también qué

_son activos para el bien ó para el rasgo principal de Hamlet es la

mal y hacen el bien ó el mal porque irresolución, por exceso de

no reflexionan lo que hacen. reflexión, la falta de voluntad por

«Mientras que él, juguete de sí sobra de razonamiento. Sus

mismo, pierde el tiempo de la generalizaciones filosóficas á este

acción en meditarla... pasan, respecto son demasiado parecidas á

triunfadores de la actividad, las de Hostos.

contentos de sí mismos, como todos

los que triunfan, los hombres que «_El hombre que va á triunfar en la

para conseguir lo que desean no vida_—opina sir Herbert—_es el que

necesitan más que abandonarse á su no ve sino un lado de las cosas. El

deseo._» hombre cuyo horizonte mental es

vasto, que es capaz de ver lo bueno

De este número son Laertes, Claudio y lo malo de todo... no alcanzará

y, al fin del drama, «_Fortimbras, su meta tan pronto como aquel que

un príncipe adolescente, una mira recto ante sí y se abandona á

ambición naciente. Fortimbras se su deseo_». «_Fortimbras no ve sino

dirige con su ejército á Polonia, un solo lado de las cosas y sabe

sacrificando sin vacilación y sin con precisión lo que quiere._»

tristezas miles de hombres á su

intento._»

Continuar pescando similitudes sería cuestión de nunca acabar. Las hay,

como antes se dijo, y como se observa por los ejemplos anotados á la

ventura, de concepto, en cuanto al genio de Shakespeare y al carácter

del príncipe, y las hay de expresión, hasta donde es posible en lenguas

tan desemejantes. Aunque sir Herbert tal vez no ha leído el estudio

crítico de Hostos en castellano, sino en alemán, lengua en que fué

traducido. Y me baso para suponerlo en que el notable artista inglés

conoce la lengua alemana, como se advierte leyéndolo, y porque cita en

su estudio los mejores ensayos tudescos sobre _Hamlet_: el de Goethe, el

de Lessing, el de Hazzlitt, el de Klein.

La circunstancia de no citar el de Hostos depone, por razones de

epidérmica psicología que los juristas conocen á maravilla, contra el

eminente artista inglés, autor de _Thoughts and Afterthoughts_, sir

Herbert Beerbohm Tree.

Pero si aún quedasen dudas á alguien, añadiré tres ó cuatro detalles que

no admiten réplica.

Después de la escena de la comedia en Palacio, representación que

termina, en la realidad de Shakespeare, con la fuga del rey, vendido por

su horror, y la carcajada de Hamlet, que es alborear de su resolución,

preséntanse los cortesanos Rosencrantz y Guilderstern, espías del rey.

Hamlet derrama sobre ellos sarcasmos y sarcasmos. Los espiones se

parten.

“_Queda solo consigo mismo_—observa Hostos—. _Ni una duda, ni una

vacilación. El que antes dudaba si tenía derecho de hacer mal; el que

antes vacilaba, estremeciéndose ante la idea de la muerte, piensa ahora

con fruición que bebería sangre caliente... Ya él está seguro de su

resolución y tiene calma para esperar_...”

El escritor inglés dice:

“_Á la vista de los cortesanos espías, Hamlet retorna á sus sátiras

tremendas... Despide á los falsos amigos y queda consigo solo...

perfectamente sano, reconoce la necesidad de la acción._”

Hostos opina del monólogo: “_el monólogo más profundo que ha pronunciado

jamás el labio humano_.”

El señor Tree escribe, respecto de la célebre escena del acto III:

“_cuadro el más terrible que el espíritu del hombre haya jamás

evocado_.”

Hostos dice que Hamlet “_pierde el tiempo de la acción en meditarla_”. Y

el señor Tree: “_malgasta en sátiras el tiempo que pudiera emplear en

matar al rey_”.

Lo expuesto basta. Con semejantes premisas, la conclusión se impone por

sí misma. El lector, si es lógico y de buena fe, llegará por su parte á

la propia conclusión que el autor de las presentes anotaciones.

VI

Á PROPÓSITO DE HOSTOS, LITERATO, EL TUPÉ DE LOS EUROPEOS

Si á los ingleses les dijeran de sopetón que un artista británico, de

nota y campanillas, se había inspirado, para escribir sobre _Hamlet_, en

un autor de Puerto Rico, los ingleses, desdeñosos é incrédulos,

romperían la habitual gravedad de su rostro con una sonrisa.

Si á los franceses se les dijera que sus filólogos de más nombradía han

descubierto orígenes de errores y fijado el sentido y texto reales en

literaturas de la Edad Media, granjeando por ello fama, casi medio siglo

después de haber descubierto aquellas máculas y fijado aquellos textos

un venezolano, los franceses, desdeñosos y sarcásticos, romperían en

burlas agresivas.

Si á los españoles se dijera que uno de sus más bellos poemas modernos

había sido inspirado en la novela de un colombiano, los españoles,

desdeñosos y bravos, romperían en refunfuños.

Tal es el cómodo é invencible menosprecio con que miran los europeos,

sin exclusión de país alguno, cuanto no es europeo. En vano el Japón

saca á relucir contra Rusia elocuentes é inesperados argumentos de

superioridad en Mukden y Tushima; en vano hablan Boyacá, Maipo,

Carabobo, Pichincha y Ayacucho; en vano austriacos y franceses recogen,

pálida y cercenada, la cabeza de aquel emperador que quisieron imponer á

Méjico; en vano la bandera de los Estados Unidos flota en el Pacífico y

el Atlántico sobre antiguas posesiones europeas; en vano Buenos Aires

cuenta entre las más bellas y populosas ciudades del mundo; en vano Río

de Janeiro es cuna de la aviación moderna; en vano Australia surge de

los mares como un milagro del esfuerzo humano... En vano todo. Europa no

se pliega, ni desarma, ni desmonta sus desdenes. No se allana á

reconocer ningún género de superioridad en hombres ni pueblos no

europeos. Fuera de Europa no existe nada digno de mención.

Europa olvida, por ejemplo, que nosotros, americanos, somos vástagos y

prolongación, en el tiempo y en el espacio, de pueblos y civilizaciones

europeos. Que á esta civilización heredada le estamos imprimiendo

carácter diferencial en sentido de perfeccionamiento, y que los hombres

de allende el mar pueden ser y son, cuando no superiores, iguales en

mentalidad y esfuerzo á los hombres del Viejo Mundo. Olvidan los

europeos, pongo por caso, que el primer guerrero de la antigüedad, aquel

Alejandro que extendió por el mundo asiático la civilización helénica,

no era griego. Olvidan que el primer filósofo de Grecia, el de más genio

y prolongación de su influencia en la historia del mundo, Aristóteles,

no nació en la madre Grecia, sino en la tracia Estagira. Olvidan otras

muchas cosas que no es oportuno recordarles aquí.

Á los ingleses que rían cuando se les asegure que un autor de la Gran

Bretaña puede inspirarse en un crítico portorriqueño, baste citarles el

caso de sir Herbert Beerbohm Tree. Á los españoles que refunfuñen cuando

se les informe que uno de sus más bellos poemas modernos ha sido

inspirado en la novela de un colombiano, baste comparar el encantador

_Idilio_, de Núñez de Arce, con _María_, de Jorge Isaacs.

Cuanto á los franceses, que son los más insolentes y despectivos para

con lo no europeo, y los que más ignoran cuanto no atañe á su país,

baste citar el nombre de Andrés Bello, y después, el nombre de Gastón

Paris[1].

Footnote 1:

En vez de hablar nosotros, que hable por nosotros el europeo Menéndez

Pelayo, el mayor de los críticos españoles contemporáneos, á quien

nadie recusará por incompetente ni por benévolo, siendo como es aquel

sabio ilustre uno de los más ilustres sabios y exigentes críticos de

su época.

«En las cuestiones relativas á los orígenes literarios de la Edad

Media y á los primeros documentos de la lengua castellana—dice

Menéndez Pelayo—, Bello no sólo aparece muy superior á la crítica de

su tiempo, sino que puede decirse sin temeridad que fué de los

primeros que dieron fundamento científico á esta parte de la

arqueología literaria. Desde 1827 había ya refutado errores que

persistieron, no sólo en los prólogos de Duran, sino en las historias

de Ticknor y Amador de los Ríos...

Bello probó antes que nadie que el asonante no había sido carácter

peculiar de la versificación española, y rastreó su legítima filiación

latino eclesiástica en el ritmo de San Columbano, que es el del siglo

VI, en la _Vida de la condesa Matilde_, que es del siglo XI, y en

otros numerosos ejemplos. Lo encontró después en series monorrimas de

los _Cantares de Gesta_ de la Edad Media francesa, comenzando por la

_Canción de Rolando_. Y por este camino vino á parar á otra

averiguación todavía más general é importante: la de la manifiesta

influencia de la epopeya francesa en la nuestra, influencia que

exageró al principio, pero que luego redujo á sus limites verdaderos.

Bello determinó, antes que Gastón Paris y Dozy, la época, el punto de

composición, el oculto intento y aun el autor probable de la _Crónica

de Turpin_...

La edición y comentario que Bello dejó preparados del _Poema del Cid_,

infinitamente superior á la de Damas Hinard, parece un portento cuando

se repara que fué trabajada en un rincón de América, con falta de los

libros más indispensables... Sin embargo, el trabajo de Bello, hecho

casi con sus propios individuales esfuerzos, es todavía á la hora

presente (1892), y tomado en conjunto, el más cabal que tenemos sobre

el _Poema del Cid_.

Don Andrés Bello es ejemplo que puede aducirse á los franceses para

probarles que un hijo de la América fué precursor de trabajos literarios

de que hombres célebres de Francia se sirvieron, callando al nombre del

sabio americano. Y en el supuesto de que Dozy y Gastón Paris ignorasen á

Bello, que no lo ignoraban, sirve siempre tal ejemplo para probar que en

materias intelectuales la luz puede venir de Occidente y un americano

ser precursor de los europeos.

Pero aún existe, respecto de los franceses, más reciente ejemplo, y

hasta más ilustre, por uno de los nombres que á ese ejemplo se vinculan.

No hace mucho cierto diario parisiense, de cuyo nombre no desearía jamás

acordarme[2], publicó un artículo titulado: “_La doctrine de Monroe. Les

Etats-Unis et le Céntre-Amérique._”

Footnote 2:

_Le Matin_, 30 de Agosto de 1913.

Allí pueden ser leídos, al tratar de los cinco Estados de la América

Central, los conceptos que paso á transcribir:

“Hace largo tiempo, cerca de sesenta años, un gran sabio francés, J.

J. Ampère, ha podido escribir:

_La ciudad desconocida se levantará un día en el punto en que se

reunen las dos Américas (Panamá) y será la Alejandría del porvenir.

Será también, como Alejandría, el emporio del Oriente y del Occidente,

de la Europa y del Asia; pero en escala más vasta y en las

proporciones del comercio moderno_.”

El diario de París se extasía, con razón, ante el genio y la visión

profética “del gran sabio francés”. Pero aquel “gran sabio francés”

tuvo, en la ocasión, más memoria que genio.

El “gran sabio francés” no hizo, en efecto, sino transcribir, ó casi

casi, las palabras escritas por Bolívar veinte años antes, á los

comienzos del siglo XIX, en 1815. Bolívar, en su maravillosa carta de

Jamaica, opinó sobre los cinco Estados de la América Central y sobre

Panamá, lo siguiente:

_Esta magnifica posición entre los dos grandes mares podrá ser, con el

tiempo, el emporio del Universo. Sus canales acortarán las distancias

del mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia

y traerán á tan feliz región los tributos de las cuatro partes del

globo. Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la

tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del Antiguo

Hemisferio._

Al «gran sabio francés», como se mira, le fué fácil profetizar el

porvenir de Panamá, veinte años después que Bolívar. Le bastaba con

saber leer. El «gran sabio francés» ha probado que sabía. Ha probado

también que aprovechaba sus lecturas. Ha probado, por último, que lo no

europeo, aunque proceda de un Bolívar, no existe, ó puede considerarse

como no existente, sin dejar por eso de copiarlo y apropiárselo, cuando

la ocasión se presenta.

VII

HOSTOS, FILÓSOFO MORALISTA

Hostos es uno de los más austeros y aun seductores apóstoles

contemporáneos de moral social y de moral individual. Él crea ó echa las

bases de una ciencia nueva: la moral social, rama de la Sociología, y

cuyo objeto no es otro que la aplicación de leyes morales—que él

descubre—á la producción y conservación del bien social.

Grande y generoso optimista, cree Hostos en el progreso del hombre hacia

el ideal de Bien y trata de acelerar ese progreso. El hombre se elevará

por el desarrollo del espíritu, por el aumento de la conciencia, hasta

llegar á penetrarse de la esencia del mundo, que no está por encima del

conocimiento humano.

De ahí su afán redentorista por medio de la instrucción, á la que

consagró tan fecundos y transcendentales esfuerzos. De ahí que este

hombre augural, portador de buenas nuevas al espíritu, descubra y enseñe

cómo «el problema de la moral consiste en hacer que el hombre de esta

civilización sea tan digno y tan bueno, tan racional y tan consciente

como de la íntima correlación de la razón con la conciencia y de la

conciencia con el bien, resulta que debe ser y puede hoy ser».

La moral de Hostos carece de sanción ultraterrena. ¿Por qué? Porque

Hostos imagina: «ni la razón ni la conciencia necesitan para la práctica

del deber y para la busca reflexiva del bien, de otros estímulos que la

excelsa dignidad del bien y del deber». Debemos esclavizarnos á la

Moral, no por el menguado utilitarismo de Franklin, sino por una

superior y desinteresada conveniencia. En su _Tratado de Sociología_

indica el maestro que las muchedumbres son incapaces de comprender que

los fines religiosos y morales son fines de bien social y que, por

tanto, «son dependientes, estrictamente dependientes, de la Moral y de

los fines morales de la vida humana».

Carece también la moral de Hostos de fundamento metafísico: es de orden

natural. «La Moral—dice—no se funda más que en realidades naturales, y

no se nos impone ni gobierna la conciencia sino en cuanto sus preceptos

se fundan en realidades naturales.»

Para comprender esto bien es necesario descubrir la esencia íntima de la

moral hostosiana, que se basa en una armónica relación preexistente

entre el hombre y la Naturaleza, de la que aquél es parte integrante.

Descubrimos un orden en la Naturaleza, euritmia ú orden natural, que la

conciencia humana es capaz de comprender y comprende. Ahora bien: «la

Sociedad es un aspecto de la Naturaleza», luego es de orden natural, y

como el hombre es componente de la Sociedad, no puede salirse tampoco de

ese orden: existe, pues, una relación de la Sociedad con el hombre y del

hombre con la Naturaleza.

Moral social · 第 1 / 19 段