No se sabe a punto fijo por qué conducto entraron en el espíritu de
aquel buen Caballero las sospechas, y tras las sospechas algo que las
confirmaba, noticias, datos y referencias. Créese que el llamado Torres
fue quien llevó el cuento desde la Costanilla al escritorio de Mompous,
y que el Mompous lo trasportó luego con acento catalán a los propios
oídos de Caballero, justificándose con las razones adecuadas al caso...
Lo hacía movido de amistad para ponerle en guardia. Quizás era calumnia;
pero como la especie corría, conveniente era notificarla al más
interesado en ello por el honor de su nombre etc... La impresión que
estas revelaciones hicieron en el confiado amante pueden suponerla
cuantos le conozcan por estas páginas, o porque realmente le hayan
tratado. Aquel hombre de tan sosegada apariencia pasaba fácilmente de un
abatimiento sombrío a un furor pueril. Rosalía le tuvo miedo cuando le
vio entrar aquella tarde tres horas después de haberse ido Amparo a su
casa, pasada la escena del desmayo. Fue la tarde del lunes.
En breves palabras contó Agustín a su prima lo que le habían dicho, y
poniéndose de un color increíble, apretando los dientes y crispando las
manos, dijo: «Si es mentira, el perro que lo inventó me la ha de pagar».
«Vamos, vamos, cálmate, por amor de Dios...--le dijo Rosalía--. Si te
pones así... si te ofuscas, quizás veas las cosas más negras de lo que
son. En estos casos graves cada cual debe portarse como quien es, y tú
eres un caballero decente y juicioso».
--Por tu modo de hablar--dijo Agustín sin aplacarse--, vengo a
comprender que tú también lo sabías... y esta es la hora en que ni tú ni
Bringas me habíais dicho una palabra, al menos para ponerme sobre aviso.
--Nosotros--replicó la dama con dignidad altanera--, no tenemos por
costumbre hablar de lo que no nos interesa, ni dar consejos a quien no
nos los pide. ¿Cómo querías que nos arriesgáramos a desconceptuar a una
persona de nuestra familia, cuando con ello te dábamos un golpe mortal,
y cuando no teníamos tampoco seguridad del hecho, ni podíamos darte
pruebas?... Comprende, hijo, que esto es grave... Y di una cosa: cuando
te fijaste en ella para hacerla tu mujer, ¿nos consultaste a nosotros
sobre punto tan delicado, como parecía natural? Nada de eso. Allá tú lo
arreglaste solo, y cuando nos percatamos de ello ya lo tenías muy bien
guisado y comido.
Al decir esto y lo que siguió, cualquiera, que atentamente observara a
Rosalía, podría haber sorprendido en ella, junto con el deseo de
convencer a su primo, el no menos vivo de hacer patente su hermosura,
realzada en aquella ocasión por el esmero del vestir y por aliños y
adornos de mucha oportunidad. Cómo enseñaba sus blancos dientes, cómo
contorneaba su cuello, cómo se erguía para dar a su bien fajado cuerpo
esbeltez momentánea, eran detalles que tú y yo lector amigo, habríamos
reparado, mas no Caballero, por la situación de su espíritu.
«Y no creas--añadió Rosalía con semblante triste--; nos ha llegado al
alma que no consultaras con nosotros un asunto en que podría
comprometerse tu honor... No has tenido presente lo que te queremos, lo
que nos interesamos por ti».
--Voy a verla,--dijo Agustín con repentino arranque, y sin hacer caso de
las ternuras de su prima--. Lo primero es oír lo que ella dice.
--Creo que pierdes el tiempo si vas a su casa,--manifestó Rosalía
acudiendo diligente a contener aquel natural arranque--. No la
encontrarás. Yo sé que no la encontrarás...
Caballero la miraba como lelo.
«Tengo motivos para saberlo, y no te digo más--añadió con estudiada
frialdad la Bringas--. Vete a tu casa y no te muevas de allí, que la
misma Amparo irá a verte y a pedirte perdón... Así al menos me lo ha
prometido. Esta mañana ha estado aquí la pobrecilla, y te juro que peor
rato no he pasado en mi vida. Daba compasión verla y oírla. ¡Dios mío,
qué lágrimas, qué suspiros! Se me desmayó en el cuarto de la labor y
tuve que traerla aquí. Era una Magdalena, una infeliz arrepentida... Lo
que más le duele, hijo, es haberte engañado. No debes tratarla mal; no
debes ensañarte con ella, porque su dolor es muy grande... cree que la
vas a matar... Ya le he dicho que no eres un Otelo y que no te dará tan
fuerte. Me ha prometido ir a tu casa y darte las más leales
satisfacciones. Bien sabe la pobre que ya no puede ser tu mujer, pero el
desprecio tuyo la enloquece... Es una desgraciada, que en medio de todo
conserva cierto pudor...».
Agustín dio dos vueltas sobre sí mismo, síntoma de horrible
desesperación, como lo es de la embriaguez. Se fue sin añadir una
palabra más y se metió en su casa. Arnáiz y Mompous fueron aquella noche
a jugar al billar, y durante el juego afectaba el indiano gran
tranquilidad. Hasta se le vio más comunicativo que de ordinario.
Al día siguiente, martes, día de lluvia y tristeza, Agustín pasó toda la
mañana dando vueltas en su despacho. Esperaba alguna visita de interés
sin duda; pero la que recibió fue la de Rosalía, muy guapetona, muy
remozada, muy fresca y tan bien puesta como cuando iba al teatro.
«Tú no estás bueno--le dijo con afectuosa franqueza--. Lo comprendo,
porque estas cosas impresionan, creo que debes serenarte y procurar dar
todo al olvido... ¡Un hombre como tú...! Sí, encontrarás mujeres a
millares... y mil veces más guapas, mil veces más interesantes... ¿Y
qué? ¿Ha venido? Presumo que no, porque mandé recado a su casa y no está
allí ni sabe nadie su paradero. Te juro que me causa una pena...
¡pobrecilla! Si después de todo no tiene mal fondo. Entre estas
desgraciadas, las hay con excelente natural y hasta con asomos de
dignidad. Lo que es aguardar las apariencias no hay quien le gane a
esta».
Como él no le contestara nada, pues parecía más atento a las flores de
la alfombra que a los dichos de su prima, esta hubo de dar otra
dirección a su afectuosidad.
«Repito que no estás bueno. Tienes color de cardenillo... ¿A ver el
pulso? Ardiendo... Reposo, hijito, reposo es lo que te conviene. No
recibas a nadie, no hables, no escribas. Échate en el sofá y abrígate
con la manta de viaje. Yo te cuidaré, pues por tu salud bien puedo dejar
todas mis obligaciones. Te haré refrescos; me estaré aquí todo el día, y
si te pones verdaderamente malo, me quedaré también toda la noche».
Agustín rechazaba la idea de enfermedad. Entre una y otra pausa,
deslizaba Rosalía consejos y amonestaciones llenas de dulzura y
amistad... «No lo tomes tan fuerte... Si hubieras consultado a tiempo
conmigo... Lo mejor es que te acuestes... tienes frío».
Más tarde, mucho más tarde, Agustín, interpretando sin reserva lo más
espontáneo y natural que en su alma existía, se dejó decir estas graves
palabras:
«Esa mujer se me ha clavado en el corazón, y no me la puedo arrancar».
Al oír esto, Rosalía se quitó la cachemira y quedose en cuerpo. Hacía
calor. Para consolar a su primo echó retahílas de frases, llenas de
cariñosas y bien pensadas expresiones. En medio de ellas salió a relucir
Doña Marcelina Polo, única persona que podía dar noticias irrecusables
del hecho, como poseedora de testimonios escritos.
«¿En dónde vive esa señora?»--dijo Caballero con ímpetu--. Ahora mismo
voy allá.
--Es muy tarde. Por Dios, no te pongas así. Pareces un personaje de
novela. Esa señora y las que viven con ella se acuestan a la hora de las
gallinas. Mañana podrás ir pero no muy temprano, porque desde el alba se
van las tres a la iglesia. Lo mejor es que le mandes un recado con
Felipe para que te fije hora.
Entró D. Francisco, que venía de su paseo.
«¿Qué tal?...».
--Le digo que se meta en la cama y no quiere hacerme caso.
--¿Apostamos a que es todo calumnia?--dijo el bondadoso Thiers.
Agustín les rogó que se quedaran a comer, lo que ellos aceptaron de buen
grado. Centeno fue a la Costanilla a decir a Prudencia (alias Calamidad)
que diera de comer a los pequeños, porque los papás no volverían a su
casa hasta muy tarde.