Amparo subió, y viendo aquella puerta de caoba, ancha, barnizada,
hermosísima, imaginó detrás de ella la escena que iba a pasar y las
cosas que iba a decir. Puerta más venerable no había visto nunca. No se
le igualaban las de una santa catedral, ni las del palacio del Papa, ni
casi casi las del Cielo. ¡Dios misericordioso! ¿Sería al fin aquella la
puerta de su casa?
Puso la mano en el tirador de reluciente metal. «¿Será esta--pensó--la
primera y última vez que yo llame aquí?».
No tuvo tiempo de hacer más consideraciones. Felipe abrió la puerta.
«¿Tu amo...?».
--No está... Pero pase usted...
Amparo entró. ¡Y no estaba!... El destino fruncía el entrecejo,
anunciando un desastre.
Estas bromas del tiempo ¡qué pesadas son! Estas aparentes discrepancias
del reloj eterno, haciendo coincidir unas veces los pasos de las
personas, otras no, contrariando siempre los deseos humanos, ya para
nuestro provecho, ya en daño nuestro, son la parte más fácilmente
visible de la gran realidad del tiempo. No apreciaríamos bien la idea de
continuidad sin estos frecuentes desengranajes de nuestros pasos con la
dentada rueda infinita que no se gasta nunca. El Arte, abusando del
Acaso para sus fines, no ha podido desacreditar esta lógica escondida,
sobre cuyos términos descansa la máquina de los acontecimientos privados
y públicos, así como estos vienen a ser pedestal del organismo que
llamamos Historia.
«¿Sabes a dónde ha ido?»--dijo la Emperadora pasando al salón.
--A la casa de Doña Marcelina Polo, calle de la Estrella. Esta mañana
fui yo a pedir hora, y me dijeron que a las doce.
--¡A las doce!...
--Sí señora... No sé cómo no le encontró usted. No hace diez minutos que
salió. Debe ir ahora por la calle de Hita o por el callejón del Perro.
¿Ha venido usted por la Costanilla?
--Sí, y en coche.
--Aguárdele usted... no tardará en volver.
Pasó del salón al gabinete, y luego a otro que era... el suyo. ¡Ironías
del hado!
Centeno se alejaba...
«Felipe».
--Señorita...
--Nada, nada. Es que...
Diéronle impulsos de salir otra vez y de volverse corriendo a su casa.
Se le representaron en su aturdida mente dos papeles escritos por ella
mucho tiempo antes, dos cartas breves, llenas de estupideces y de la
mayor vergüenza que se podía concebir... Su corazón no era corazón, era
maquinilla loca que corría disparada y se iba a romper de un momento a
otro... ¡Adiós esperanza! En aquel momento Caballero entraba en el
aposento de la mujer de caoba; ambos hablaban...
«Felipe».
--Señorita...
--Me voy... enséñame la salida. No acierto a andar en este laberinto.
Dio algunos pasos. Las fuerzas le faltaron y dejose caer en un sillón.
Temía perder el conocimiento.
«¿Está usted mala?... ¿Quiere que llame a Doña Marta?».
--No, por Dios, no llames a nadie. Mira, hazme el favor de traerme un
vasito de agua.
--Al momento.
En el breve rato que Felipe estuvo fuera, Amparo esparció sus miradas
por la lujosa habitación en que se hallaba. «Aquí iba yo a vivir--pensó,
mientras la pena fiera rechazaba en el fondo de su alma el gozo salvaje
que quería entrar en ella--. Aquí iba a vivir yo... pues aquí quiero que
se acabe mi vida.
«Gracias--dijo a Felipe, tomando el vaso de agua y poniéndolo sobre la
mesa--. Ahora me vas a hacer otro favor».
--Lo que usted me mande.
--Pues tendrás la bondad--dijo lentamente Amparo, registrando su bolsita
y sacando un papel--, de ir a la botica, que está en esta misma calle,
dos puertas más abajo... Toma la receta; me traes esta medicina... Es
una cosa que tomo todos los días para los nervios, ¿sabes?.. Aguarda,
ten el dinero... Corre prontito, aquí te aguardo...
--Voy al momento.
Desde el pasillo, volvió Centeno apurado y dijo:
«Para que usted no se aburra...».
--¿Qué?
--Nada: voy a darle cuerda a la caja de música de los pajarucos. Así se
entretendrá usted mientras está sola.
Empezó a sonar la orquesta en miniatura, y los pájaros, abriendo sus
piquitos y batiendo las alas, parecía que cantaban en aquella floresta
encerrada dentro de un fanal. Muy satisfecho de su ocurrencia, Felipe
salió.
La desventurada puso su atención en las avecillas durante cortísimo
rato. Luego se dio a pensar en su resolución, que era inquebrantable. En
cinco minutos concluía todo. Cuando él volviera, la encontraría muerta.
¿Qué diría? ¿Qué haría?... Porque vendría furioso, decidido a matarla o
a decirle cosas terribles, lo que era mucho peor que la muerte. ¿Cómo
soportar bochorno tan grande?... Imposible, imposible. Matándose, todo
acababa pronto. En la preocupación del suicidio no dejó de ocurrírsele
la semejanza que aquello tenía con pasos de teatro o de novela, y de
este modo se enfriaba momentáneamente su entusiasmo homicida. Aborrecía
la afectación. Pero acordándose de las cartas, era tal su horror a la
existencia, que no deseaba sino que Felipe volviera pronto para concluir
de una vez.
«Cuando Agustín entre me encontrará muerta». Esta idea le daba cierto
gozo íntimo, indescifrable. Era la última ilusión que, surgiendo de la
vida, iba a tener su término y florescencia en los negros reinos de la
muerte, como los cohetes que salen echando chispas de la tierra y
estallan en el cielo.
«¿Y qué dirá, qué pensará cuando me vea muerta?... ¿Llorará, lo sentirá,
se alegrará?... Porque de seguro a estas horas ya lo sabe todo, y me
despreciará como se desprecia al gusano asqueroso cuando se le pone el
pie encima para aplastarlo... Ahora estará viendo aquello... ¡Virgen de
los Dolores, perdóname lo que voy a hacer!».
Los pájaros de cartón, animados por diabólico mecanismo, ponían a esto
comentarios estrepitosos con su cantar metálico y aleteaban sobre las
ramas de trapo. Era como vibración de mil aceradas agujas, música
chillona que rasgaba el cerebro, embriagándolo. Amparo creía tener todos
los pájaros dentro de su cabeza.
Por un instante la monomanía del suicidio se suavizó, permitiéndole
contemplar la bonita habitación. ¡Qué sillería, qué espejos, qué
alfombra!... Morirse allí era una delicia... relativa... ¡Oh, María
Santísima, si no fuera por aquellas dos cartas...! ¿Por qué no se murió
antes de escribirlas?...
En esto llegó Felipe. Traía un frasquito con agua blanquecina y un poco
lechosa. Púsola en la mesa, donde estaba aún el vaso de agua con
azucarillo y una cuchara de plata.
«¿Se le ofrece a usted algo más?»--preguntó, alzando un poco la voz,
porque la algazara de los pajarillos lo exigía así.
--Haz el favor de traerme un papel y un sobre. Tengo que escribir una
carta.
--¿Y tinta?
--O si no lápiz: es lo mismo.
--¿Quiere usted otra cosa?--preguntó Centeno al traer lo que se le había
pedido.
--Nada más. Gracias.
El sabio Aristóteles se fue.
Cuando se encontró sola, Amparo tuvo momentos de vacilación; pero la
idea del suicidio la acometió tras uno de ellos con tanto brío, que
quiso poner la muerte entre su vida y su vergüenza. ¡Doña Marcelina...
las cartas!... Esta vez le entró como un delirio, y paseó agitadamente
por la estancia tapándose, ya los ojos, ya los oídos. No veía nada;
perdió el conocimiento de todas las cosas que no fueran su perversa
idea; en su cerebro hubo un cataclismo. Sobre el barullo de su razón
desconcertada, fluctuaba triunfante la monomanía del morir, dueña ya del
espíritu y de los nervios.
¡Momento de solemne estupor salpicado de aquellas punzantes notas de los
pájaros cantores! La demente vertió el agua que estaba en el vaso, y
echando en él la mitad del contenido del frasco, se lo bebió... ¡Gusto
más raro! ¡Parecía... así como aguardiente...! Dentro de cinco minutos
estaría en el reino de las sombras eternas, con nueva vida, desligada
del grillete de sus penas, con toda el deshonor a la espalda, arrojado
en el mundo que abandonaba como se arroja un vestido al entrar en el
lecho.
Ocúrrele pasar a la habitación vecina. Es su alcoba. ¡Soberbio y como
encantado tálamo! Hay también un sofá cómodo y ancho. No bien da cuatro
pasos en aquella pieza, advierte en su interior como una pena, como una
descomposición general. Cree que se desmaya; que pierde el conocimiento;
pero no, no lo pierde. Ha pasado un minuto nada más... Pero siente luego
un miedo horrible, la defensa de la naturaleza, el potente instinto de
conservación. Para animarse dice: «Si no tenía más remedio; si no debía
vivir». La flojedad y el desconcierto de su cuerpo crecen tanto, que se
desploma en el sofá boca abajo. Nota una opresión grande, unas ganas de
llorar... Con su pañuelo se aprieta la boca y cierra fuertemente los
ojos. Pero se asombra de no sentir agudos dolores ni bascas. ¡Ah!, sí,
ya siente unas como cosquillas en el estómago... ¿Padecerá mucho?
Empieza el malestar, pero es un malestar ligero. ¡Qué veneno tan bueno
aquel, que mata tranquilamente! De pronto le parece que se le nubla la
vista. Abre los ojos y lo ve todo negro. Tampoco oye, y los pájaros
cantan allá lejos, como si estuvieran en la Puerta del Sol... Y entonces
el pánico la acomete tan fuertemente, que se incorpora y dice:
«¿Llamaré? ¿Pediré socorro? Es horrible... ¡morirse así!... ¡qué pena!,
¡y también pecado!...». Escondiendo su rostro entre las manos hace firme
propósito de no llamar. ¿Pues qué, aquello es acaso una comedia? Después
se siente desvanecer... se le van las ideas, se le va el pensamiento
todo, se le va el latir de la sangre, la vida entera, el dolor y el
conocimiento, la sensación y el miedo, se desmaya, se duerme, se
muere... «Virgen del Carmen--piensa con el último pensamiento que se
escapa--, ¡acógeme...!».