¡Miércoles!... Digno sucesor del día precedente, fue todo humedad y
penumbra, el cielo llorando, la tierra convertida en lago sucio y
espeso. Creeríase que una gran masa de chocolate gris se había derramado
sobre las calles. Las movibles bandadas de paraguas iban por las aceras,
cediéndose el paso con dificultad y cubriendo mal a las personas. Los
chorros de los canalones tocaban sobre ellos redobles de tambor, y unos
a otros se embestían, se picoteaban, se arañaban. Veíanse sombreros
parecidos a manantiales, y caras semejantes a las de los tritones y
náyades de mármol que desempeñan el más húmedo de los papeles en las
fuentes públicas.
Miraba esto Agustín tras los cristales del balcón de su cuarto, y al
compás de aquella tristeza del tiempo se cantaba a sí mismo esta elegía
sin música:
«¿Por qué no te quedaste en Brownsville, bruto? ¿Quién te mete a ti en
la civilización? Ya lo ves... a las primeras de cambio ya te han
engañado. Juegan todos contigo, como con un chiquillo o con un salvaje.
Cuando desconfías, te equivocas. Cuando crees, te equivocas también.
Este mundo no es para ti. Tu mundo es el río Grande del Norte y la
Sierra Madre; tu sociedad las turbas de indios bravos y de aventureros
feroces; tu trato social el revólver, tu ideal el dinero. ¿Quién te mete
en estos andares? Unos por fas y otros por nefas, todos se ríen de ti y
te embaucan y te explotan».
--Señor--dijo Felipe entrando en la habitación--. Doña Marcelina está en
la iglesia. Otra señora que vive con ella, y a quien yo conozco, me ha
dicho que puede usted ir a las doce.
D. Francisco no tardó en aparecer con la cara risueña y el _carrik_
mojado. Su esposa estaba atareadísima con el vestido de baile, y no
podía venir hasta después de medio día. Hablaron luego de lo que tanto
perturbaba al indiano, y Thiers sacó a relucir lo más atenuante y
conciliador que le sugería su bondad. Todo era calumnia, y más valía que
Agustín no se metiese en más averiguaciones. Mucho le entristeció lo que
le dijo su primo: «Una de dos: o me vuelvo a Brownsville, o me pongo el
mundo por montera».
Almorzaron juntos, y antes de que el almuerzo concluyera, Bringas se
levantó de la mesa con impaciente afán. Tenía una idea, y se apresuraba
a realizarla, confiado en la seguridad del éxito. Salió presuroso para
ir a donde sabemos. Aunque Rosalía aseguraba que Amparito no estaba en
su casa, bien podía haber vuelto ya. Quizás los vecinos sabían el
paradero de las dos hermanas. Adelante, corazón noble, y no temas.
Caballero salió más tarde, y por las Descalzas, el Postigo, la calle de
Hita, el callejón del Perro, etc... se dirigió a la calle de la
Estrella. Fácil es suponer que tenía un humor de mil demonios y que no
sabía escoger entre la duda y la certidumbre de su desgracia. Aquella
tal Doña Marcelina, ¿qué casta de pájaro sería?
Esto pensaba al subir la escalera de la casa aquella, más vieja que el
mal hablar. Llamó, y una criada le dijo que la señora no había venido
aún, pero que no tardaría ni cinco minutos. Le pasaron a la sala, y
cuando esperaba allí presentósele una dama de muy singular aspecto,
blanca, fina, limpia y como vaporosa, una anciana que parecía una
gatita, con dos esmeraldas por ojos, y que andaba con pies de lana sin
que se le sintieran los pasos.
«Caballero--le dijo aquella humana reliquia mirándole con dulzura--, ¿es
usted por casualidad del Toboso?».
--No señora--replicó él--, no soy del Toboso ni de la Mancha.
--¡Ay!, perdone usted...
Y se escabulló, mirando con recelo las ligeras manchas de lodo que el
visitante había dejado sobre la estera. Agustín reparó la sala, que
contenía unas siete cómodas y otros muebles anticuadísimos, pero muy
bien conservados, cuatro crucifijos, dos niños Jesús y obra de cuatro
docenas de láminas de santos, con ramos de siemprevivas, lazos y cintas.
No tardó en aparecer un semblante de talla de caoba detrás de un velo
negro.
«¿Es usted el señor de Caballero?».
--Servidor de usted... yo deseaba...
Doña Marcelina hizo pasar a Agustín a un gabinete inmediato. Después de
ver la sala, parecía que ya no había más cómodas en el mundo. Sin
embargo, en aquel gabinete había tres. Un brasero con mucha lumbre daba
calor a la desamparada pieza. El visitante y la de Polo se sentaron en
sendos sillones.
«¿Ha visto usted qué día?»--indicó la señora, alzando su velo y
publicando el bajo relieve de su cara, que no había cristiano que lo
entendiera.
--Sí, señora, muy mal día... Pues yo vengo a suplicar a usted que tenga
la bondad de darme noticias...
--Ya sé, ya sé--replicó la de Polo con severidad--. ¿Me pide usted
informes, antecedentes de esa desgraciada? Si usted me lo permite,
guardaré la mayor reserva, porque no está en mis principios esto de
llevar cuentos y ocuparme de acciones ajenas. Yo, aunque me esté mal el
decirlo, no acostumbro perjudicar ni aun a mis mayores enemigos... No es
por alabarme; pero a muchos que me han aborrecido les he colmado de
beneficios...
--En el caso presente--dijo Caballero con afán--, usted puede hacer una
excepción, en favor mío, contándome...
--Alto allá--interrumpió la austera dama. Yo no cuento nada, yo no sé
nada, yo no he visto nada, absolutamente nada. ¿Que viene alguien y me
dice que Amparo es una santa? Yo callada. ¿Que viene usted y me dice que
se quiere casar con ella? Yo callada. Callar y callar es mi tema. Hoy he
recibido a Dios, y si no tuviera bastantes fuerzas para seguir en mis
trece, esto sólo me las daría.
--Pero señora, ¡por amor de Dios!--exclamó Agustín, en la mayor
confesión--. La verdad es antes que todo.
--Precisamente hay verdades que no son para dichas... No me pregunte
usted nada... mi boca es un broche... Únicamente le diré, y esto no
porque a usted le pueda interesar, sino por mi propia satisfacción, que
mi hermano se ha salvado; mi hermano está ya en camino de Marsella, de
donde saldrá dentro de tres días para Filipinas; mi hermano no tiene mal
fondo, y allá en aquellas tierras de salvajes mi hermano volverá en sí.
¿Sabe usted dónde está la isla de Zamboanga? Porque me han dicho que
usted, también viene de tierras de caribes. Pues allí, en aquella
dichosa Zamboanga desembarcará mi hermano dentro de dos meses, y allí
tendrá ocasión de cristianar herejes y hacer grandes méritos. No es esto
decir que yo confíe absolutamente en su salvación, pues como la cabra
tira al monte, el vicioso tira siempre... a lo que tira. ¡Oh!, ¡qué
esfuerzos tuvimos que hacer a última hora! ¡Si hubiera usted visto...!
¡Qué hombrazo! En la estación nos decía que allá va a ser un
Nabucodonosor con sotana. Que sea lo que quiera con tal que no vuelva a
las andadas, ni parezca más por acá... Y no crea usted... ¡tengo un
susto...! Se me figura que de Barcelona o de Marsella se nos vuelve a
Madrid y se me entra por la puerta cuando menos le espere... Usted no le
conoce bien. Y mienten los que le suponen mal natural; pues si no le
hubieran embrujado, si no le hubieran sorbido los sesos, otro gallo le
cantara.
En estado de contrariedad y de irritación indescriptibles, Caballero
tuvo que contenerse para no hacer un disparate. La verdad, sentía ganas
de darle un par de bofetadas.
«¡Ah!--exclamó la de madera--, ¿sabe usted que no se ha muerto la pobre
Celedonia? La llevamos al hospital al día siguiente del escándalo... Y
aunque le digan a usted otra cosa, yo no vi nada, yo no sé nada».
--Señora, yo no sé quién es Celedonia, ni me importa. Vamos a lo mío.
Sé, me consta que usted posee dos cartas...
Su irritación le impulsaba a prescindir de todo miramiento y delicadeza.
Planteó la cuestión en términos descorteses, diciendo:
«Necesito que usted me entregue esas dos cartas. Las compro, óigalo
usted bien, las compro. Usted dirá».
--¡Ah!, ya no me acordaba de eso--declaró Marcelina, dirigiéndose a una
de las cómodas.
--Las compro--repitió Agustín, saboreando la amargura de su curiosidad
satisfecha.
La de Polo revolvió un momento en el cajón superior. Estaba de espaldas
a Caballero, a bastante distancia. Agustín sintió roce de papeles.
Después de una pausa, la voz de Marcelina dijo así:
«Pues ha de saber usted que aquí no hay nada, nada de lo que desea...
Toque usted a otra puerta, que aquí no se compromete la reputación de
ninguna persona, buena o mala. Si algún rengloncillo parece por estos
escondrijos, seguiré el consejo del padre Nones, que me ha dicho: 'O
entregarlo a su dueño o a las llamas', y yo...».
Volviose de frente a Caballero con las manos a la espalda.
«No hay nada, señor, no hay nada. Sigo en mis trece. Yo no hago mal a
nadie, ni a mis mayores enemigos. Antes me morirá que dejar de cumplir
lo que me manda D. Juan Manuel, y como no he de ver a la interesada, ni
tengo ganas de ello, atienda usted...».
Con rápido movimiento destapó el brasero y arrojó en él lo que en la
mano tenía. Corrió Caballero a salvar del fuego lo que arrojara aquella
endemoniada hembra; mas no llegó a tiempo. Las ascuas eran vivas, y el
curioso no vio sino un papel que se retorcía y abarquillaba levantando
tenue llama... Nada pudo leer sino un nombre que era la firma y decía:
_Tormento_. Con la _o_ final se enlazaba un garabatito... Sí, era su
garabatito, su persona autografiada en aquel rasgo que parecía un pelo
rizado.
Colérico y sin poder guardar las formas que le imponía la buena
educación, por ser él hombre más perteneciente a la Naturaleza que a la
Sociedad, en la cual se hallaba como cosa prestada, se encaró con la
efigie de madera, y le dijo del modo más brutal.
«Me ha fastidiado usted... Quede usted con Dios o con el Diablo, que ya
tiene en el cuerpo, y me alegraré de que reviente pronto...».
Salió escapado, furioso... Tomó la dirección de su casa; pero no había
dado veinte pasos, cuando tuvo una inspiración, verdadero rayo celestial
que entró en su mente. La calle de las Beatas estaba muy cerca...
Secreto instinto le decía que allí podría tener la enfermedad ardorosa
de sus dudas mejor remedio que en otra parte. «¡Quién sabe!--pensó,
despeñando su espíritu de una confusión a otra--, cuando todos me
engañan y se divierten conmigo, puede ser que ella misma me diga la
verdad... Vaya, que si ahora salimos con que es inocente... ¿Pero dónde
está?, ¿por qué se oculta?... Será que me la esconden para que no la
vea... ¡Maldita sea mi ceguera, mi inexperiencia del mundo!... Me engaña
Rosalía, me engañan mis amigos y todos juegan con este pobre hombre, que
no entiende de quisicosas... ¿Quién me dice la verdad?... ¿Qué voz
escucharé de las que suenan en mi alma?, ¿la que dice: _mátala_, o la
que dice: _perdónala_? Bruto, desgraciado salvaje, que no debías haber
salido de tus bosques, júrate que sí te dice la verdad, la perdonarás...
Sí que la perdonaré... me da la gana de perdonarla, señora Sociedad...
Si es culpable y está arrepentida, la perdonaré, señora Sociedad de mil
demonios, y me la paso a usted por las narices».
«La señorita Amparo--le dijo la portera--, ha salido hace media hora con
un señor...».
--¿Con un señor?
--Sí, de gafas... pequeñito, con un _carrik_ color de higos pasados.
--¡Ah!, mi primo... Abur...
Parece que lo hacía el demonio. Nunca había andado por las calles con
tanta prisa, y nunca tuvo tantos entorpecimientos. El paraguas se le
trababa a cada instante con los de las personas que venían en dirección
contraria. Creyérase que querían morderse y echarse unos a otros el agua
que los inundaba. Luego, no cesaba de encontrar a cada instante personas
conocidas que le detenían para preguntarle por su salud y decirle: «¿Ha
visto usted qué tiempo?». Llegó a pensar que se habían dado cita en su
camino para mortificarle. ¡Y para esto, Señor, había tenido él cierto
empeño en que fuese limitado el número de sus amigos!
«D. Agustín, ¡qué tiempo! Mañana es luna nueva y puede que cambie»--le
dijo en el callejón del Perro un dependiente de Trujillo.
--Abur, abur...
Por fin llegó a su casa... Al abrirle la puerta, díjole Felipe:
«La señorita Amparo le espera a usted...».
Y él, oyéndolo, tembló de sobresalto y de pena, de curiosidad y de miedo
de satisfacerla... ¿Qué cara pondría ella?, ¿qué le diría?
«¿Y mi primo Bringas, está también?».
--No señor; la señorita vino sola.
Atravesó Caballero las habitaciones. En la primera no estaba, en la
segunda tampoco. Lo que más le sorprendió fue oír la musiquilla de los
pájaros. Pero en el momento de poner su pie en el segundo gabinete,
calló la música de repente. Se le había acabado la cuerda. El silencio
que siguió a la suspendida tocata era tan respetuoso y lúgubre, que
Agustín tuvo miedo... Pues allí tampoco estaba. Vio sobre la mesa un
vaso, un frasquito. Entonces nuestro insigne amigo levantó con cierto
temor la cortina de la alcoba y vio un pie... Espantado se detuvo,
mirando mejor, porque el balcón de la alcoba estaba cerrado y había muy
poca luz... Vio una falda negra... un brazo que colgaba, tocando la mano
al suelo... una rosada oreja... un pañuelo que cubría la cara...
Acercose con la horrible sospecha de que no había en aquel cuerpo
señales de vida; tan inmóvil estaba... Miró de cerca... La tocó, la
llamó... Sí, vivía... respiraba con trabajo cual si padeciera una fuerte
congoja. Los ojos los tenía cerrados, secos...
Saliendo otra vez al gabinete, vio Caballero la receta... Leyó
brevemente, corrió hacia fuera... Felipe vino a su encuentro en el
salón...
«Que llamen un médico--le dijo el amo--. Di, ¿la señorita vino sola?,
¿la viste tú tomar...?».
--Una medicina, sí señor. Me mandó traerla de la botica.
--¡Tú!... ¡condenado!--exclamó Agustín arremetiendo al sirviente con
tanto furor, que este creyó llegado el fin de sus días.
--Señor...--balbució llorando Felipe--la medicina la hice yo...
--¿Con qué?... perro... asesino.
--No tenga cuidado... El boticario me dijo que era veneno, y entonces
yo... ¡ay, no me pegue!... me vine a casa, cogí un frasco vacío, lo
llené de agua del grifo... y en el agua eché...
--¿Qué echaste, verdugo?
--Lo eché un poco de tintura de guayaco... de la que trajo Doña Marta
cuando le dolieron las muelas.
--Llama a Doña Marta... No avises todavía al médico.
Caballero volvió al gabinete. En la mesa había también una carta.
Rompiendo el sobre, leyó estas torcidas letras escritas con lápiz: _Todo
es verdad. No merezco perdón, sino lástima_. Después seguía el nombre de
_Amparo_, y tras de la _o_, el garabatito... ¡Infame garabatito!...
Corrió hacia ella, porque la había sentido gemir... La suicida mirole
con ojos extraviados y empezó a decir medias palabras, muy incoherentes
y sin ningún sentido.
«Esto es delirio... ataque a la cabeza»--dijo Doña Marta, que había
acudido presurosa...
--Que llamen a un médico; no, no, que no lo llamen. Esperar, esperar...
Y volvió al gabinete. O el señor estaba demente o le faltaba muy poco.
--Doña Marta.
--Señor...
--¿Qué hacemos?
--Esto es grave. Dice disparates y tiene un rescoldo en la cabeza...
--Llevarla a su casa... llevarla a su casa inmediatamente, a su
casita--dijo Caballero sacando de su confusión un propósito claro--.
Encárguese usted, Doña Marta, de que vaya bien, y váyase usted con ella.
Tú, Felipe, traes un coche; pero un coche decente, un coche bueno... No,
mejor será que traigas el primero que encuentres... Doña Marta,
encárguese usted de llevarla, y cuide de que nada le falte... Luego,
Felipe, avisas el médico, un buen médico, ¿estás?, y le dices que vaya
allá, a su casa... Arropármela, digo, arroparla bien... Que no se
enfríe... Pronto; al avío... Eso no será nada.
Dadas estas órdenes, miró aún, desde el gabinete, el lastimoso aunque
bello cuadro: el pie descubierto, el brazo colgante, el oval rostro
descolorido, la entreabierta boca... ¡Oh, dulces prendas...! Con el
corazón despedazado se encerró mi hombre en su despacho... Si no lloraba
era porque no podía, que ganas no le faltaban.