Los dos hermanos salieron para volver a la sala. Cuando en ella
entraron, la dama delante él detrás, mudo y con las manos cruzadas a la
espalda, la mujer de caoba hizo un movimiento de susto y sorpresa,
diciendo en el tono más desabrido que se puede oír:
«No me lo niegues ahora. He sentido bien clarito el ruido de faldas,
como de una mujer que corre a esconderse».
--Ea, no tengo ganas de oírte... Déjame en paz...
No hallándose presente el padre Nones, que tanto le cohibía, el
ex-capellán contestó a su hermana con gesto y expresiones de
menosprecio.
«Te digo que está aquí».
--Bueno, pues que esté... No se te puede sufrir... Le acabas la
paciencia a un santo.
Viendo que Marcelina se sentaba tranquilamente en el sofá, como persona
dispuesta a permanecer allí mucho tiempo, el endemoniado don Pedro se
amostazó, y con aquella prontitud de genio que le había sido tan
perjudicial en su vida, agarró a la dama por un brazo y se lo sacudió,
gritándole:
«Mira, hermana, plántate en la calle... Ea, ya se me subió la sangre a
la cabeza, y no puedo aguantarte más».
--Me plantaré, sí señor, me plantaré--replicó la figura de caoba,
levantándose tiesa--. Me plantaré de centinela hasta verla salir y
cerciorarme de tus pecados.
D. Pedro le había vuelto la espalda. Ella le seguía con los ojos. Su
cara, aquella tabla tallada por toscas manos, aquel bajo relieve sin
arte ni gracia, no tenía expresión de odio, ni de cariño, ni de nada,
cuando los labios de madera terminaron la visita con estas palabras:
«No me retiraré a mi casa hasta no saber a punto fijo si eres un
perverso o si yo me he equivocado. Busco la verdad, bruto, y por la
verdad ¿qué no haría yo? No quiero vivir en el error. Puesto que me
echas de aquí, en la calle me he de apostar, y una de dos: o sale, en
cuyo caso la veré, o no sale, en cuyo caso no estará en su casa a las
ocho, hora en que ha de ir a visitarla una persona que yo me sé... Como
eres tan mal pensado, crees que tengo la intención de ir con cuentos...
¡Oh!, ¡qué mal me conoces! De mi boca no saldrá una palabra que pueda
ofender a nadie, ni aun a los más indignos; pecaminosos y desalmados. No
digo que sí ni que no; no quito ni doy reputaciones. Pero quiero saber,
quiero saber, quiero saber...».
Repitiendo doce veces, o más, esta última frase, en la cual sintetizaba
su curiosidad feroz, especie de concupiscencia compatible con sus
prácticas piadosas, salió pausadamente.
Cuando se oyó el golpe de la puerta, violentamente cerrada tras ella,
Amparo salió de su escondite. Tenía los ojos extraviados y su palidez
era sepulcral.
«No tengo salvación»--murmuró dejándose caer en el sofá.
El bárbaro la miró compasivo.
«¿Oíste lo último que dijo?».
--Sí... o no saldré, o me verá salir.
--Es capaz Marcelina de darse un plantón de toda la noche. La conozco.
¡Si es de palo...! Si allí no hay alma, no hay más que curiosidad
rabiosa. Se cortará una mano por verte salir. No la acobardarán el frío
ni la lluvia, ni tu desesperación ni mi vergüenza.
Aquella casa irregular tenía una sola habitación con vistas a la callo
de la Fe. Era un cuartucho, situado al extremo del anguloso pasillo, la
cual pieza servía a Polo de comedor durante el verano, por ser lo más
fresco de la casa. En invierno estaba abandonada y vacía. Ambos fueron
allá, recorriendo a pasitos muy quedos el pasillo, para que no les
sintiera Nones; y por la estrecha ventana miraron a la calle. Estaban
los vidrios empañados a causa del frío, y Amparo los limpió con su
pañuelo. En la acera de enfrente y en el hueco de una cerrada puerta,
junto a la botica, estaba Marcelina sentada, como los mendigos que
acechan al transeúnte.
«¡Qué horrible centinela!».
--Ahí se estará hasta mañana--dijo Polo. Dios la hizo así.
Volvieron a la sala. Al recorrer el pasillo, con paso de ladrones,
oyeron el susurro de la voz de D. Juan Manuel y ahogados monosílabos de
la enferma. Pasaron con grandísima cautela para no hacer ruido, él
tratando de impedir que chillaran sus botas, ella recogiendo las faldas
para evitar el menor roce.
En la sala sentáronse el uno frente al otro, igualmente desalentados y
abatidos. No acertaba ella a tomar una resolución ni él a proponerla. La
sucesión atropellada de tantas contrariedades habíala puesto a ella como
idiota, y en cuanto a Polo, únicamente daba señales de vida en la
tenacidad con que la miraba... ¡tan hermosa y para él perdida! Los
juicios del desgraciado varón oscilaban, con movimiento de péndulo,
entre el bien que perdía y aquel largo viaje que iba a emprender
irrevocablemente.
«¿Qué hora es?»--preguntó Amparo cortando aquel silencio tristísimo.
--Las siete y media... casi las ocho menos veinte. Estás presa.
--¡No, por Dios!--exclamó ella levantándose inquieta--. Me voy. Que me
vea... Tengo mi conciencia tranquila.
Pero se volvió a sentar. Su falta de resolución nunca se manifestó como
entonces. Pasó otro rato, todo silencio y ansiedad muda. Cuando menos lo
temían ambos, apareciose en el marco de la puerta una figura altísima y
venerable, gran funda negra, cabellos blancos, mirada luminosa... Era el
padre Nones, que por gastar zapatos con suela de cáñamo, andaba sin que
se le sintieran los pasos. La vista de este fantasma no les impresionó
mucho. Estaba ella tan agobiada, que casi casi entrevió en la presencia
del buen sacerdote un medio de salvación. El bruto no hizo movimiento
alguno y esperó la acometida de su amigo, el cual, llegándose a él
despacio, le puso la mano en el hombro y se lo oprimió. Imposible decir
si fueron de terrible severidad o de familiar broma estas palabras de
Nones: «Tunante, así te portas...».
El flexible espíritu del clérigo nos autoriza a dudar del sentido de sus
frases. Sin esperar respuesta, añadió: «No me la pegarás otra vez».
Pero lo más particular fue que soltándole el cuello, se puso delante de
él, y haciendo con sus dos brazos un amenazador movimiento parecido al
de los boxeadores, lo echó este réspice:
«Todavía, con mis años, yo tan viejo y tú con esa facha de matón...
Todavía, amiguito, soy capaz de meterte el resuello en el cuerpo».
Nada de cuanto se diga del buen Nones en punto a formas extravagantes y
a geniales raptos parecerá inverosímil. Los que han tenido la dicha de
conocerle saben bien de lo que era capaz. Al verlo hacer cosas tan
extrañas y al oírle, fue cuando Amparo tuvo el mayor miedo de su vida,
pensando así: «Ahora vuelve contra mí y me echa un sermón que me mata».
Pero Nones se contentó con mirarla, como dicen que miraba Martínez de la
Rosa, con la diferencia de que Nones no usaba lentes.
Polo tomó a su amigo por un brazo, y sin decirle nada, le llevó a lo
interior de la casa. Amparo comprendió que iban a mirar a la calle.
Siguiéndoles de lejos por el pasillo, oyó las risas de D. Juan Manuel.
Después, charlaron ambos largo rato. El que más hablaba era Polo, con
desmayado y triste acento; pero no podía la joven oír lo que decían.
Cerca de media hora duró aquel coloquio, y ella, ahogada por la
impaciencia, sentía permanecer allí y no se determinaba a salir. En
aquel largo intervalo llamaron a la puerta, y Amparo, en quien el miedo
de los males grandes había ahogado el de los pequños, abrió. Eran dos
vecinas que venían a ver a Celedonia. Las tales pasaron, metiendo mucha
bulla, al cuarto de la enferma.
Desde la sala oyó Amparo luego la voz de Nones. Había vuelto al cuarto
de Celedonia y decía: «A ver cómo se arregla aquí un altarito, que le
vamos a traer a Dios esta noche... Aunque no se ha de morir, ni mucho
menos, ella quiere recibir a Dios, y eso nunca está de más».
Cuando el ecónomo y su colega entraron de nuevo en la sala, este dijo
que la centinela no se había movido de su sitio.
Tormento les miró a entrambos, revelando en sus ojos toda la
irresolución, toda la timidez, toda la flaqueza de su alma, que no había
venido al mundo para las dificultades.
«¡A la calle, a la calle!--le dijo Nones, tomando su enorme sombrero--.
Aquí no hace usted falta maldita. Saldremos juntos; no tenga usted
miedo».
Decía esto en el tono más natural del mundo, y volviéndose a Polo:
«Ten presente, badulaque, lo que va a entrar aquí esta noche. Mucho
juicio, ¿estamos? Volveré dentro de media hora. ¡Y usted...!».
Al decir con tan bronca voz aquel _y usted_... encarándose con la
medrosa, esta creyó que se le caía el cielo encima; rompió a llorar como
una tonta.
«En fin, me callo--gruñó Nones, indicando a la joven que le siguiera--.
Ya sé que hay arrepentimiento... ¡Y tú...!».
Al decir _y tú_... se encaró con Polo echándole miradas tan severas, que
este retrocedió.
«En fin, tampoco digo nada ahora--añadió el clérigo con calma
mascullando las sílabas--. De ti me encargo yo... Vamos».
Nones y Amparo iban delante, detrás Polo alumbrando, porque la escalera
era como boca de lobo. La idea de que no la vería más puso al bárbaro a
dos dedos de hacer o decir cualquier disparate. Pero tuvo energía para
contenerse. La medrosa no volvió la cabeza ni una sola vez para ver lo
que detrás dejaba. Al llegar al primer peldaño, Nones echó miradas
recelosas a la empinada escalera. Viendo que la joven quería ir delante
para sostenerle, le dijo:
«No, puede usted agarrarse a mi brazo si quiere... Yo no me asusto de
nada».
Pero ella, atenta y respetuosa con la vejez, se puso a su lado,
diciéndole:
«No, usted se apoyará en mí... Cuidado».
Y Nones, volviéndose para ver a su amigo que alumbraba, se echó a reír y
no tuvo reparo en hacer esta observación:
«¡Vaya un cuadro!... ¿Estamos bonitos, eh?... Como que vamos ahora a
Capellanes».
La risita hueca y zumbona se oyó hasta lo profundo de la escalera.
Cuando llegaron al portal, D. Juan Manuel dijo a Amparo en baja voz:
«Allí está; no haga usted caso, no mire. Viniendo conmigo, no se
atreverá a decirle una palabra».
Y en efecto, el pavoroso vigía no se movió; no hacía más que mirar.
Cuando dieron los primeros pasos en la calle, Nones, soltando toda su
voz áspera y ronca, echó primero una fuerte tos burlesca, y luego esta
frase: «¡Vaya unos postes que se usan ahora...!».
En medio de su grandísimo sobresalto, Amparo no pudo menos de sonreír.
Dio al clérigo la acera; pero este con galantería no la quiso tomar.
Después habló en tono naturalísimo de cosas también muy naturales, como
si aquella compañía que llevaba fuera lo más corriente del mundo.
«Esa pobre Celedonia ¡qué mala está!... Ya se ve, con setenta y ocho
años... Yo también me voy preparando, y cada día que amanece se me
antoja que ha de ser el último... ¡Dichoso aquel que ve venir la muerte
con tranquilidad, y no tiene ni en su alma ni en sus negocios ningún
cabo suelto de que se pueda agarrar ese pillete de Satanás! Trate usted
de arreglar su vida para su muerte... Abríguese bien, que hace frío...
La acompañaré a usted hasta que encontremos un coche. Sí, lo mejor es
que se meta en un simón... ¿Tiene usted dinero? Porque si no, le ofrezco
una peseta que traigo...».
--¡Oh!, muchas gracias, tengo dinero. Por allí viene un coche.
--¡Cochero!... Ea, con Dios. Salud, pesetas y buena conducta. Me voy a
la parroquia para llevar el Viático a esa pobre... Buenas noches.