Dudaba Tormento si entrar o retirarse. «Creo que le he
vencido--pensaba--; pero aún no estoy segura. Lo que me da esperanzas es
que él no hace nunca las cosas a medias. Si hace maldades no se para
hasta lo último; si la da por el bien, capaz es de llegar a donde llegan
pocos». La fiera reapareció súbitamente, demudado el rostro, las manos
trémulas.
«¡Ah!, ¡perra!--le dijo--, si no te quisiera como te quiero... Todavía,
todavía sé valer más que tú, y ponerme en donde tú no te pondrás nunca.
¡Hablas de matarte!... ¿qué sabes tú de eso, tonta, que te asustas de la
picada de un alfiler?...».
En esto estaban, cuando sintieron ruido en la escalera, y después el
áspero chillido de la puerta que se abría. Ambos pusieron atención.
Amparo, llena de miedo, notó que los que habían entrado avanzaban ya por
el pasillo.
«¡Mi hermana!»--murmuró D. Pedro.
Al oír este nombre, la medrosa no supo lo que le pasaba. En su
azoramiento y consternación no tuvo tiempo más que para esconderse
precipitadamente en la alcoba. ¡Ay!, si tarda dos segundos más en huir,
me la cogen allí. Los visitantes eran Doña Marcelina y el padre Nones.
Amparo oyó con espantó la voz de aquella señora, y temiendo que también
entrase en la alcoba, hizo propósito de esconderse en un armario.
Felizmente había en el fondo de la pieza un cuartito triangular y muy
estrecho, atestado de cosas viejas, en el cual se ocultaría en caso de
necesidad.
El escueto y rechupado clérigo, la señora con cara de caoba y vestido
negro, tomaron asiento en la sala. El primero parecía haberse escapado
de un cuadro del Greco. La segunda estaba emparentada con los
_Caprichos_ de Goya.
«Pero, di, caribe, ¿todavía no te has quitado esas barbazas de Simón
Cirineo?--dijo la hermana al hermano--. ¿No te da vergüenza de que la
gente te vea en esa facha?».
--Es que se está equipando de misionero, señora--observó el indulgente y
jovial Nones sacando su petaca--. ¿Y cómo está esa pobre?
--Muy mal. Ahora parece que duerme un poco.
--Vamos a cuentas--dijo Marcelina, clavándose en un extremo del sofá--.
El Sr. D. Juan Manuel y yo hemos arreglado todo. Por la calle me venía
diciendo este bendito: «Es preciso tener mucho cuidado con ese pedazo de
bárbaro. Se me escapó de la dehesa para volver a las andadas. Cada día
que pasa sin que le empaquetemos para los antípodas, corre más peligro
de perderse y darnos a todos muchos disgustos». ¿Es verdad esto, padre?
--Es el Evangelio--replicó Nones risueño.
--Bueno, bueno--añadió la consabida--. Ya hemos arreglado tu viaje.
Gracias a una señora que vive conmigo, he reunido lo del billete. Con lo
que te dieron esta mañana los prenderos por aquellos trastos y lo que te
facilita este señor de Nones... anticipándote lo que te debe el
Ayuntamiento... dale las gracias, hombre; con todo eso, digo, tienes
para lo que se te puede ofrecer por el camino. Te he buscado cartas de
recomendación.
«Y yo le doy una que es como pan bendito»--interrumpió D. Juan Manuel.
--En cuanto llegues, tomas posesión de tu destino, que es, según dicen,
una ganga. Ahora, contesta. ¿Estás decidido a marcharte?
--Sí--afirmó Polo con resolución.
--Mira que el vapor sale de Marsella el día 8, y si quieres alcanzarlo
tienes que echar a correr mañana mismo.
--Pues mañana mismo.
--Así me gustan a mí los hombres--declaró Nones dando afectuosa palmada
en el hombro de su amigo.
--Gracias, gracias infinitas doy al Señor--expresó la piadosa hermana
con vehemencia, por esta determinación tuya. A ver si allá vuelves a ser
lo que eras, y te enmiendas, y te purificas. No te faltarán modos de
hacerte bueno y meritorio, porque hay por allá mucho salvaje por
convertir.
--Lo primero--dijo Nones con sorna--es que se nos convierta él y se nos
formalice, que a los demás salvajes, señora mía, no faltará quien los
meta en cintura.
--De suerte, querido y desgraciado hermano que ya no te veré
más--manifestó ella conmoviéndose y elevando un poco su mano en
dirección de sus ojos, los cuales de fijo habrían llorado si no fueran
de madera--. ¡Oh!, todo acabó, para mí. Gracias que me consuelo con mis
ideas. Hágome la cuenta de que estoy en un convento muy grande, que las
calles de Madrid son los claustros, que mi casa es mi celda... Voy y
vengo, entro y salgo, aisladita en medio del tumulto, callada entre
tanto bullicio... En esta vida solitaria los afectos de familia siempre
viven en mí... Por mucho que piense en Dios, no puedo dejar de querer a
mi hermano, y la idea de los trabajos que le esperan en aquellas tierras
me hará pasar muy malas noches... Oyendo misa esta mañana, me decía yo:
«Pero Señor, ¿este hombre no podrá corregir sus pasiones, no podrá
enfrenarse a sí mismo como han hecho otros que han llegado a ser santos?
¿Tan débil es, tan poca cosa, que se dejará dominar por un vicio
asqueroso?» ¡Ay!, hermano, no cabe el odio en mi corazón; pero hay
momentos, el Señor me lo perdone, hay momentos en que peco, sin poderlo
remediar; peco acordándome de la buena pieza que te ha trastornado la
cabeza, apartándote de tus deberes; sí, peco, peco... peco porque me da
rabia...
--Señora--dijo el simpático Nones--, no nos aflija usted ahora con sus
sentimientos, que hartos motivos de duelo tenemos. Mi amigo Perico se
nos va mañana. El rato que de su compañía nos queda empleémosle en
agasajarle y en mostrarle nuestro cariño.
--Es que no me fío de él, no me fío--añadió la excelente señora
mirándole como se mira a un niño de quien se sospechan travesuras--.
Usted le conoce tan bien como yo, y no ignora sus mañas. Por Celedonia
supe que antes de ir al Castañar, recibió aquí a esa... Sr. de Nones, no
sea usted tan santo, no se haga usted el bobito. Bien sabe usted que
hace un rato, cuando subíamos esa cansada escalera, dije yo que me
parecía haber sentido voz de mujer, y usted se echó a reír y... recuerde
bien sus palabras: «todo podrá ser... nada hay nuevo debajo del sol...
en efecto me huele a fémina».
--¡Qué disparate!--balbució Polo, a quien un sudor se le iba y otro le
venía.
--Podrá ser disparate; pero tú das lugar a que de ti se piense siempre
mal. ¡Ay!, hermano mío, la idea de que puedas condenarte me pone
enferma. Hace pocas noches soñé que te habías ido, y que allá en unas
tierras de indios, donde hay árboles muy grandes y olor a canela, clavo
y alcanfor, estabas tu, ¡ay!, en una choza, y que te morías, sí, te
morías de horribles calenturas. Pero lo que a mí me espantaba era que te
morías pensando en esa maldita mujer, con lo cual dicho se está que Dios
no te podía perdonar... Créeme, hermano, desperté acongojada, con unos
fríos sudores... En mi vida he sentido angustia mayor.
--¡Qué disparate!--volvió a decir Polo, fatigadísimo y consternado.
--Señora--indicó el simpático Nones--, que nos va usted a hacer llorar.
--Pues si estuviera llorando este pecador tres días seguidos, nada
perdería... Vuelvo a lo que estaba diciendo... ¡Ah! Ya sabrás que el mes
que entra se casa la niña. Todas las malas personas tienen suerte.
¡Chasco como el que se lleva ese bobalicón...!
--Señora, no se habla mal del prójimo.
--Déjeme usted seguir... ¡Y qué regalos! Rosalía Bringas me los ha
enseñado todos. Esta mañana la encontré en la Buena Dicha y se empeñó en
que había de ir con ella a su casa. No pude desairarla, y allí nos
estuvimos charla que charla lo menos dos horas, Obsequiome con una
copita y bizcochos...
--Señora, eso de las copitas me parece peligroso, y ocasionado a hablar
más de la cuenta.
--Siento mucho,--dijo Polo--, que esa señora y tú hablarais de lo que no
os importa...
Al llegar aquí, Marcelina, que fijamente miraba al suelo, inclinose y
sin hacer aspavientos de sorpresa recogió un objeto arrojado y como
perdido sobre la estera. Era un guante. Tomándolo por un dedo lo mostró
a su hermano, y dijo con frialdad inquisitorial:
«¿De quién es este guante?».
Polo se turbó.
«¡Ah!... no sé... será de... Sin duda es de una persona que estuvo aquí
esta mañana, la hermana de Francisco Rosales el tintorero».
--¡Buena la hemos hecho!--exclamó Nones dando fuerte palmetazo en el
hombro de su amigo.
--Yo conozco esta mano--afirmó Marcelina examinando el cuerpo del
delito, pendiente de un dedo.
Después lo sopló para hincharlo con aire y ver la forma de la mano.
«Toma, guárdalo: yo no quiero estas pruebas materiales de tus infamias,
porque no he de utilizarlas para nada. Pues si yo fuera mala, si yo
quisiera hacer daño a esa joven...».
--Basta, señora--dijo expansivamente don Juan Manuel--, todos sabemos
que es usted un ángel.
--Sí que lo soy--replicó ella, castigando la rodilla del clérigo con su
abanico--. Todas las ocasiones no son para bromitas, Sr. de Nones. No
soy yo ángel ni serafín; pero sí mejor que muchos... ¡Si yo quisiera
hacer daño...! ¡Ah!, dos cartas poseo de esa casquivana, dos papelitos
que te envió y que te quité cuando reñimos y nos separamos. Los conservo
como oro en paño, pero mientras yo viva no los verán ojos nacidos. Pues
si yo quisiera dárselos a Rosalía Bringas, ¿qué perjuicios no podría
causar...? Mas no soy vengativa; tú y la dichosa niña podéis estar
tranquilos.
--Así me gusta a mí la gente--dijo Nones--. Por ahí se va al Cielo,
señora.
--Pero de eso a ser tonta va mucha diferencia--prosiguió la dama,
encarándose enojadísima con su hermano--. A mí no me engañas tú ni
nadie. Esa... no quiero decir una mala palabra, ha estado hoy aquí.
--No digas absurdos--respondió Polo en el colmo de la zozobra.
--Señora, señora--gritó Nones--, que nos pone usted a todos en un
compromiso.
--Y es más, y digo más--añadió la hermana irritadísima, husmeando el
aire--. Sostengo que está aquí todavía.
Diciendo esto, fijaba sus apagados ojos en la puerta de la alcoba.
«Juraría que he sentido ahí run-run de faldas que se escabullen...».
--Tú estás delirando, mujer.
--Pues abre.
Resueltamente fue Nones hacia la alcoba y abrió la puerta, diciendo:
«Pronto vamos a salir de dudas».
Polo tenía la luz, y dio algunos pasos dentro de la estancia. Marcelina
miró con ávida curiosidad a todos lados. Humillose hasta arrastrar sus
miradas por debajo de la cama, tras de los muebles, tras la percha
cargada de ropa.
«Allí hay una puerta...--dijo, señalando a la del cuartito--. Juraría
que oí...».
--Es una puerta que está condenada. Da a la casa inmediata.
Marcelina miró a su hermano con severa incredulidad.
--Ábrela.
--Pero, señora, si está clavada--dijo Nones poniendo los brazos en
cruz--. ¿También quiere usted echar abajo el edificio?
--Si deseas registrar toda la casa...--indicó D. Pedro.
Volvieron a la sala.
«¿No pasas a ver a Celedonia? Se alegrará la pobre mujer».
--Sí, entraré un momento, pero no largo, porque no tengo corazón para
ver padecer a nadie.
--Ahora me parece que descansa un poco.
--Es realmente un mérito tu caridad con esa mujer... Pero no creas que
vas a borrar tus pecados: méritos pequeños no limpian culpas grandes...
Por mi parte, me gustaría mucho asistir enfermos, revolver llagados y
variolosos, limpiar heridos... pero no tengo estómago. Cuando lo he
intentado me he puesto mala. También se auxilia a los desgraciados
rezando por ellos.
Polo no dijo nada sobre esta opinión. Sintieron los gemidos de
Celedonia. Los tres fueron allá.
Al entrar en el angosto cuarto, la pobre mujer padecía horriblemente. A
la incierta luz de la lamparilla, su semblante lívido, acariciado por la
muerte, era la fría máscara del dolor que casi infundía más espanto que
compasión. Su cerebro estaba trastornado.
«¿Qué tiene la viejecita?--le dijo el bárbaro con cariñosa lástima--.
¿Quieres un poco de cloral?».
--¡Ay!...--gritó ella, mirando a todos con extraviados ojos--; parece
mentira que aquí, en este hospital... ¿Pero todavía están los dos
tórtolos retozando...? ¡Qué modo de pecar!... Yo me muero: pero no me
llevaréis, no. Que venga Nones.
--Si está aquí, ¿pero no le ves?
--¿Es de veras el padre Nones?--balbució la enferma abriendo mucho los
ojos.
--Sí, yo soy, pendón... ¿Que te quieres morir?--dijo el buen clérigo--.
Eso no puede ser sin mi permiso.
--Retozando...--repetía Marcelina, atormentada por su idea fija.
--¿Es usted D. Juan Manuel...?, ya le veo... ya le veo...--tartamudeó la
enferma con súbito despejo--. Gracias a Dios que me viene a ver. ¿Quiere
confesarme?
--¿Ahora?, déjalo para mañana.
--Ahora mismo...
--¡Qué prisa! Lo mismo da un día que otro.
La infeliz parecía un tanto aliviada con la alegría de ver al cura.
«Ea--dijo Nones con mucho gracejo a los dos hermanos--, váyanse ahora
ustedes dos a retozar por ahí fuera, que Celedonia y yo tenemos que
hablar. Se le ha despejado la cabeza; aprovechémoslo».