Cuando Amparo llegó a su casa, díjole doña Nicanora que a las ocho había
estado un señor... aquel señor, y que cansado de tirar de la campanilla
se había marchado. A la joven no le cogió esto de nuevo; lo temía; mas
no fue por eso menor su disgusto. ¿Qué pensaría de ella su novio? En
aquel momento, quizás él y Rosalía estarían hablando de ella en el palco
del teatro. ¿Qué dirían? Felizmente podría explicar su ausencia con la
mentira de perseguir sin descanso a su hermana para traerla al buen
camino. Toda la noche la pasó en un estado de agitación que no pueden
apreciar sino los que se hallen en trance parecido. Ya no le quedaba
duda de que sobrevendrían catástrofes y de que el asunto de su
casamiento iba a tener un mal desenlace. Pero no se le ocurría medio
alguno para evitarlo. El gran recurso de la explicación franca con
Caballero parecíale, no sólo más difícil cada vez, sino tardío, y como
tal, ocasionado a traer sobre ella el desprecio antes que el perdón. Lo
que había oído a Doña Marcelina era motivo para enloquecer. En su
delirio, pensaba que al día siguiente la tal señora de palo iba a salir
por las calles pregonando un papel con la historia toda de Amparito,
como los que cantando venden los ciegos con relatos de crímenes y robos.
Ya era de día cuando la venció el sueño. Durmió algunas horas, y
mientras arregló su casa y se dispuso para salir, dieron las once de la
mañana. Había hecho propósito de ir a la Costanilla de los Ángeles,
porque si no iba, las sospechas de la Pipaón serían mayores...
¿Encontraría a Caballero en la casa?... ¿Encontraría a Doña Marcelina,
que ya estuvo el día anterior tomando vino y bizcochos? Estos
pensamientos le quitaban las ganas de ir; pero ¡Dios poderoso!, si no
iba... Valor, y adelante.
Cuando entró en la casa, estaba como los sonámbulos, a causa de los
disgustos y la falta de sueño. No se enteraba de lo que oía; sus
movimientos eran cual los de un autómata.
«Chica--le dijo la dama--. Estás hoy más seria que un ajusticiado.
Parece que no has dormido en toda la noche. ¿Y qué?... ¿encontraste al
fin a la buena pieza de tu hermana? Como no estabas en tu casa cuando
Agustín fue a buscarte, supongo que la correría de anoche ha sido
larguita».
Estas frases podían ser dichas sin mala intención; pero a la joven le
parecieron astutas y picarescas. Disculpose como pudo, embarullándose, y
explicando de la manera más incoherente su malestar y los motivos de su
insomnio. Lo que más le llamaba la atención era que tal señora estaba
enojada, antes bien, de muy buen humor y casi gozosa.
«Pues yo me levanté muy temprano--dijo Rosalía con la satisfacción
íntima de quien da felices noticias--. He estado toda la mañana en la
Buena Dicha... Mira, haz el favor de ir a la cocina y lavarme estos dos
pañuelos».
Tiempo hacía que a la Emperadora no se le mandaban tales cosas. Cuando
volvió de desempeñar aquel encargo, díjole la Bringas:
«Hoy tengo costura larga. Estoy decidida a reformar la falda del vestido
de baile... Veo que estás como asustada... Sosiégate, mujer; no correrá
la sangre al río».
Cada una de estas oscuras frases era para la medrosa como puñalada.
Almorzaron en silencio, pues aunque Rosalía intentaba amenizar el acto
con las agudezas que le sugería su inexplicable regocijo, D. Francisco
estaba más serio que un funeral. Amparo observó en la fisonomía de su
bondadoso protector una tristeza que la aterraba. Varias veces hubo de
dirigirle ella la palabra sin obtener de D. Francisco una contestación.
Ni siquiera la miró una sola vez. Esto llegábale al alma, confirmándola
en la sospecha de que se acercaba la hora de su desventura.
«Estos días--le dijo Rosalía cuando se quedaron solas--, es preciso
apretar de firme. Toda la falda ha de quedar adornada mañana... No te
distraigas, no hagas la preciosita. Hoy no viene Agustín. Hija, como te
cree tan ocupada por esas calles buscando con candil a tu hermana, él
también se va de paseo. Es natural».
Más tarde la volvió a mandar a la cocina, y ella, dando ejemplo de
humildísima sumisión, obedecía sin chistar. Una de las muchas órdenes
que lo dio fue esta:
«Haz una taza de tila y tráetela para acá».
Cuando Amparo trajo la taza y la presentó a la dama, esta, sonriendo con
malicia, la dijo:
«Si es para ti...».
--¡Para mí!
--Sí, tómatela para que se te aplaquen esos nervios... Me parece que no
debes andar en misterios conmigo... Haremos todo lo posible para que el
buenazo de Agustín no sepa nada. Esto, como cosa pasada y muy
vergonzosa, debe quedar en el secreto de la familia.
--¿Qué?--murmuró la Emperadora como un muerto que habla...
--No querrás que te lo cuente yo, bobona... Pero si te empeñas en
ello...
Amparo cayó redonda al suelo, como si recibiera en la sien un tiro de
revolver. La taza se hizo pedazos, y el agua de tila se vertió sobre la
bata de Rosalía.
«¿Ataquitos de nervios?--dijo esta--. Mira cómo me has puesto la bata.
Pero qué, ¿te desmayas de veras o es comedia?... Amparo, Amparito, por
Dios, hija, no nos des un disgusto... Yo no he de decir nada... ¡Niña,
por Dios!»
La joven, recobrándose, se incorporó. Su tribulación se resolvía en un
llorar seco y convulsivo. Sollozos y ayes la sofocaban; pero sus ojos
permanecían secos.
«Eso se te pasará llorando. Expláyate, desahógate...--le dijo Rosalía--.
Vale más que te levantes, hija, y pases al gabinete. Te echarás en el
sofá...».
La ayudó a levantarse, y ambas pasaron al gabinete.
«Acuéstate, descansa un ratito, y llora todo lo que quieras. Pondré esta
toalla en la cabecera del sofá para que no me lo mojes con tus
lágrimas... ¿Qué tal? ¿Te encuentras mejor?... Ya no se usan síncopes.
Es de mal gusto... ¿Quieres que te deje sola un momento? ¿Quieres un
poco de agua?».
Le prodigaba, justo es decirlo, los mayores cuidados. Después la dejó
sola, porque había entrado alguien. Lo que Amparo pensó y sintió en
aquel rato en que estuvo sola no es para contado. Toda su alma era
vergüenza; vergüenza sus ideas, y el horrible calor de su piel y de su
rostro, vergüenza también. Desde el gabinete oía las voces confusas de
la Bringas y del visitante, que sonaban en la inmediata sala. Era el
señor de Torres. ¿De qué hablarían? De ella quizás.
Cuando la dama volvió, el estado moral de Amparo era el mismo. Creeríase
que después de aquella crisis se había quedado paralítica y con el
juicio nublado. No se movía del sofá, no daba señales de entender lo que
se le decía, y sólo contestaba con miradas ansiosas.
«¿Te ha pasado ya el sofoco?--le dijo Rosalía, inclinándose ante ella--.
Comprendo que la cosa no es para menos. Debiste tener valor desde el
primer momento para decir la verdad a ese ángel y sacarle de su engaño.
Ahora sería muy expuesto que hablaras con él de esos horrores. No le
conoces bien. Es el hombre más rigorista, más enemigo de enredos... Para
él todo ha de ser en regla, todo muy conforme a la moral. Y con lo está
tan ciego por ti, si hablas y le quitas la venda, creo que será como si
le dieras un pistoletazo...».
Ninguna contestación, como no fuera con los ojos.
«¿Por qué me miras así?... ¿Has perdido el uso de la palabra?... ¿Te
encuentras mejor?... Con que fíjate bien en lo que te digo. Lo mejor que
puedes hacer ahora es callar, que nosotros procuraremos que ese
inocentón no sepa nada... ¿Qué se va a remediar con el escándalo?... Y
no temas que Doña Marcelina te venda. Es una señora excelente y muy
piadosa, incapaz de hacer daño a nadie, ni aun a sus enemigos. Y si
quisiera, hija, bien podría hundirte... porque... no te alteres otra
vez; si te sofocas me callo».
Las miradas de Amparo revelaban pavor semejante al de aquel a quien
apuntan con un arma de fuego.
«No me mires así que me causas miedo... ¿Quieres al fin la taza de
tila?... Pues te decía que Doña Marcelina tiene dos cartas, dos
papeluchos que escribiste a cierto sujeto... Pero puedes estar segura de
que no los mostrará a nadie. Es señora de mucha delicadeza. ¿Por qué
cierras los ojos, apretando tanto los párpados?... No seas así; no temas
nada. Para que lo sepas, la misma señora de Polo me ha dicho a mí que
antes se dejará hacer trizas que enseñar a nadie los tales
documentitos... Y lo creo. No le gusta a ella indisponer a las
personas... ¿Qué?... ¿se te ocurre llorar ahora? Eso, eso te sentará
bien».
La infeliz derramaba pocas y ardientes lágrimas, que con dificultad
salían de sus ojos enrojecidos. Rosalía llevó su bondad hasta tomarle
una mano y acariciársela. En aquella hora de angustias, tuvo la pecadora
momentos de cruel desesperación, y otros en que, como distraída de su
pena, se fijaba en cosas extrañas a ella, o cuya relación con ella era
muy remota y confusa. Esta discontinuidad de la fuerza o vehemencia es
condición del humano dolor, pues si así no fuera, ningún temperamento lo
resistiría. Observaba a ratos Amparo lo guapa y lo bien puesta que
estaba Rosalía dentro de casa. Este fenómeno iba en aumento cada día, y
en aquél, el peinado, la bata, el ajuste de cuerpo y todo lo demás
revelaban un esmero rayano en la presunción. Como en esto del observar
se va siempre lejos, sin pensarlo, la desdichada notó también, al través
de aquel velo espeso y ardiente de su aflicción, que sobre la persona de
Rosalía lucían algunos objetos adquiridos para ella, para la novia.
«¿Qué miras?--le dijo la de Bringas--, ¿te has fijado en esta sortija
que Agustín compró para ti?... No creas que soy yo de las que se
apropian lo ajeno. El primo me dijo ayer que podía tomarla para mí...».
La novia no respondió nada. Accidentes de tan poca importancia no
solicitaban su atención sino en momentos brevísimos. La dama no se
apartaba de ella, temerosa de que la acometiera otro desmayo. Cuando
menos lo pensaba, Amparo se incorporó diciendo:
«Quiero irme a mi casa».
--Gracias a Dios que recobras la palabra. Pensé que te habías vuelto
muda... No creas, ha habido casos de perder las personas la voz, cuando
no el juicio, por un bochorno grande. ¿De veras que te quieres ir?... No
me parece mal. Eso es; te vas a tu casita y te metes en la cama, a ver
si descansas. Tendrás quizás un poco de fiebre.
Amparo se levantó con dificultad.
«¿Quieres que vaya Prudencia contigo?».
--No... Puedo andar sola...
--¡Bah!... si no tienes más que miedo... ¿Necesitas algo?
--No, gracias...
--De seguro irá Agustín a verte en cuanto sepa que estás mala... Veremos
como me arreglo yo sola para acabar mi vestido. No te preocupes de esto,
ni hagas un esfuerzo para venir mañana si no te encuentras bien. Traeré
una costurera...
Ayudola a ponerse el mantón y el velo, y parecía que la empujaba cual si
quisiera verla salir lo más pronto posible.
«Sal por la sala--le dijo cariñosa--. Naturalmente, no querrás que te
vea Prudencia, ni Paquito y Joaquín que andan por los pasillos...
Adiós».
Bajó Amparo paso a paso la escalera. No le faltaban fuerzas para andar,
pero temía caerse en la calle, y no se separaba de las casas para
sostenerse en la pared en caso de que se le mareara la cabeza.
«Si este malestar que siento--pensaba--, si este horrible frío, si este
acíbar que tengo en la boca fueran principio de una enfermedad de la
cual me muriera, me alegraría... Pero no quiero morirme sin poderle
decir: 'No soy tan mala como parece'». Encerrada en su casa, acostose
vestida en su lecho y se arropó con todo lo que halló a mano. ¡Qué frío
y que calor al mismo tiempo!... No le quedaba duda de que Rosalía, de un
modo o de otro, habría de hacer que alguien llevara el cuento a
Caballero. Aunque sencilla y bastante cándida, no lo era tanto que
creyese en las hipócritas expresiones de la orgullosa señora. Que el
ignominioso escándalo venía era cosa evidente. Pero si él la visitaba,
si lo pedía explicaciones, si ella se las daba y a su dolorido
arrepentimiento correspondía con la indulgencia precursora del perdón...
¡Oh!, ¡qué cosa tan difícil era esta! Aquel hombre, con ser tan bueno,
no podría leer en su alma, porque para estas lecturas los únicos ojos
que no son miopes son los de Dios.
Amparo tenía ya poca esperanza de remedio; pero aún contaba con que
Caballero viniese a verla... Seguramente, en aquel trance no podría ella
disimular más y la verdad se le saldría de la boca. Si por el contrario
Agustín no iba, era señal de que le habrían dicho cualquier atrocidad
y... Toda aquella tarde aguardó la infeliz Emperadora, contando el
tiempo. Pero llegó la noche y Agustín no fue.
«Sin duda ha estado esta tarde en casa de Rosalía--pensaba ella,
tiritando y con la cabeza desvanecida--. Si no viene, es porque no
quiere verme más».