XXVI

Su hermana le dio bromitas aquella noche.

«Buen pájaro te ha caído en la red. Asegúrale, chica, todo el tiempo que

puedas, que de estos no caen todos los días. Pero Dios te hizo tan sosa,

que le dejarás escapar... Si fuera mía esa presa, primero me desollaban

viva que soltarla yo de las garras. Pero tú, como si lo viera eres tan

pavota, tan _silfidona_, que por una palabra de más o de menos te lo

dejarás quitar. Como le sueltes, es para mí».

Esta desenvoltura y este ordinario modo de hablar mortificaban tanto a

la mayor de las Emperadoras, que amonestó a su hermana con aspereza.

«¿Sermoncito tenemos?--decía la otra--. Cierra el pico, si no quieres

que me marche y no vuelva a parecer por aquí. Para lo que me das...».

Siguió charlando cual cotorra que ha tomado sopas de vino. Amparo,

disgustadísima, hubo de pensar que más fácilmente dominaría a su

basilisco por buenas que por malas, y no quiso contestar a tanto

disparate. Acostáronse, y de cama a cama, empeñadas en fácil charla, la

mayor reveló a la pequeña la verdadera situación. Aquel señor no era su

amante, era su novio y se iba a casar con ella. Reíase la otra; mas al

fin hubo de creer lo que veía. ¡Y qué bien se explicó Amparito!... Si

Refugio se enmendaba, si era juiciosa, si no la entorpecía con sus

genialidades, su hermana le daría cuanto necesitase... Eso sí; era

indispensable poner término a las locurillas. La cuñada de un sujeto tan

principal tenía que ser muy decente... ¡Vaya! Si no, no la reconocería

por hermana. Ante las dos se abría un porvenir brillante. Convenía que

ambas se hiciesen dignas de la fortuna que el Señor les deparaba.

Estas revelaciones hicieron efecto en el ánimo de Refugio, que se durmió

alegre y soñó que habitaba un palacio, con otras mil majaderías más. Al

día siguiente estaba muy razonable y sumisa.

«La honradez--pensó Amparo con innata filosofía--, depende de los medios

de poderla conservar. Ha bastado que yo le diga a esta loca 'tendremos

qué comer', para que empiece a corregirse».

Diole regular suma de dinero para tenerla contenta, y se despidió de

ella.

«Hoy iré a la Costanilla. Él deseaba que viviese allí y Rosalía también;

pero yo no puedo abandonarte. Vendré todas las noches a casa, y te daré

lo que necesites con tal que me prometas romper absolutamente con las de

Rufete, y no servir de modelo a pintores... Esa vida se acabó; y también

las saliditas de noche, los viajes al escenario del teatro y al café.

Desde mañana te daré trabajo... Lo que había de ganarse una modista,

¿por qué no te lo has de ganar tú? Verás, verás... Ropa blanca a

montones, algunas batas y arreglo de tus vestidos y de los míos. Cuenta

con uno nuevo para ti... Pero, tenlo muy presente, Refugio, como no

trabajes, como vuelvas a las andadas, no cuentes para nada conmigo...

¡Ah!, me olvidaba de otra cosa importante: te prohíbo que bajes a

conversar con Ido y su mujer, que tiene la lengua demasiada suelta. No

me gustan ciertas vecindades. Reserva, formalidad, honradez, conducta es

lo que deseo».

--Sí, sí,--replicó la otra con evidente deseo entonces de obedecer, por

la cuenta que le tenía.

Refugio salió y Amparo fue, como de costumbre, a la Costanilla. Los

sucesivos días se dedicaron a compras, de que estaba encargada Rosalía,

con plenos poderes de su primo. Creo inútil declarar lo que la de Pipaón

gozaba con estas cosas y la importancia que se daba en las tiendas.

Amparo, con ser la parte interesada, no podía vencer su tristeza, y la

conciencia se la alborotaba cada vez que Rosalía, después de regatear

telas riquísimas, encajes, abanicos y joyas, cerraba el trato con los

comerciantes diciendo que mandaran la cuenta al Sr. Caballero. Cuando se

trataba de escoger un color o una forma, la novia caía en las mayores

perplejidades, y su espíritu, atento a más graves empeños, no acertaba

en la elección. La de Bringas elegía siempre con tanta seguridad y

aplomo como si los objetos comprados fueran para ella.

«Tú no tienes gusto--decía--. Déjame a mí, que sabré equiparte con

elegancia. Parece que estás lela, y miras todo con esos ojazos... ¿Por

qué tienes tanto horror al color negro, que no te fijas sino en

colorines? Parece que has venido de un pueblo. Si no fuera por mí, te

vestirías de mamarracho. Como seas tan lista para gobernar tu casa, el

pobre Agustín se va a divertir».

Algunas tardes, si el tiempo estaba bueno, Caballero traía una carretela

cerrada, y los tres se iban de paseo a la Castellana. Rosalía aceptaba

este obsequio con una satisfacción que rayaba en júbilo; pero a la novia

le hacía muy poca gracia aquella exhibición por las calles. Creía que

todos los transeúntes se fijaban en ella, haciendo picantes

observaciones. Mientras Rosalía trataba de ser vista y se despepitaba

por saludar a cuantas personas conocidas pasasen también en coche,

Amparo deseaba ardientemente que cayeran las sombras nocturnas sobre

Madrid, el paseo y el carruaje. Cuando se retiraba a su casa, a la hora

de costumbre, Caballero la acompañaba hasta la puerta, hablando del tema

eterno y de la inacabable serie de planes domésticos. Hombre más

venturoso no había existido nunca.

La novia, por el contrario, tenía que emplear trabajosos disimulos para

que la creyeran contenta; mas por dentro de ella iba la muy lúgubre

procesión de sus dudas y temores. Vivía en continuo sobresalto; tenía

miedo de todo, y aun los accidentes más triviales eran para ella motivo

de angustiosa inquietud. Como alguien entrara en la casa de Bringas, la

infeliz sospechaba que aquella persona, fuera quien fuese, venía a

contar algo. Si sentía cuchicheos en la sala parecíale que se ocupaban

de ella. En cualquier frase baladí de Rosalía o de su marido creía

entender sospecha o alusión taimada a cosas que ella sola podía pensar.

A Caballero encontrábale a veces un poco triste ¿le habrían dicho

algo?... Hasta la llegada del cartero a la casa le producía escalofríos.

¿Traería algún anónimo? Esto de los anónimos se fijó en su mente de tal

modo, que sólo de ver un cartero en la calle temblaba, y la vista de

cualquiera carta cerrada con sobre para D. Francisco la hacía

estremecer. Aquel antipático señor de Torres, que iba a la casa algunas

tardes, dábale miedo sin saber por qué. No se hastiaba nunca de mirarla

el condenado hombre, con maliciosa sonrisa, sobándose sin cesar la

barba; y ante estas miradas, sentía ella pavor inmenso, cual si en

despoblado se le apareciera un toro jarameño amenazándola con su

horrible cornamenta.

Llegó a tal extremo la susceptibilidad nerviosa de la Emperadora, que

hasta cuando oía leer un periódico le parecía que en aquellos impresos

renglones se la iba a nombrar. Si Paquito entraba diciendo: «¿no sabéis

lo que pasa?», esta sola frase dábale a ella un violentísimo golpe en el

corazón. ¿Qué más? La criada misma, la inofensiva Prudencia la miraba

sonriendo a veces, cual si poseyera un secreto nefando.

Cuando Agustín y ella se arrullaban en sus honestos coloquios,

descansaba de aquella tortura. Pero a lo mejor se presentaba Rosalía

inopinadamente, como persona que se reconoce nacida para estorbar la

felicidad ajena, y echándole miradas inquisitoriales, decía:

«Y sin embargo, Agustín, tu novia no está contenta... Mira qué cara de

ajusticiado pone cuando me lo oye decir... Algo le pasa, pero cuando no

es sincera contigo, ¿con quién lo será?».

Tales bromas, que no lo parecían, torturaban a la novia más que si la

pusieran en un potro para descoyuntarla. En su casa no dejaba de pensar

en estas cosas, repitiéndolas y comentándolas para descubrir la

intención que entrañar pudieran; y como nada acontecía a su lado de que

no resultasen para ella nuevas formas de martirio, ved aquí un hecho

insignificante que aumentó sus agonías:

El más simple de los mortales, D. José Ido del Sagrario, la visitó una

noche. Aunque Amparo tenía de él concepto inmejorable, su presencia le

inspiraba siempre repugnancia y temor. Al verle sintió frío semejante al

que sentiría si la envolvieran en sábanas de hielo. Aquel hombre

refrescaba sin duda en la memoria de la infeliz joven escenas y pasos de

que ella no quisiera acordarse más. Por eso, la compungida fisonomía del

antiguo profesor de escritura se le representaba con los rasgos

espantables, feísimos de un emisario de Satanás.

¿Qué deseaba el buen Ido? ¿En qué podía ella servirle? La cosa era bien

sencilla. El egregio novelista había reñido con su editor, el cual no

quería tomarle ya sus manuscritos aunque se los diera de balde y con

dinero encima. Viéndose a punto de caer otra vez en la miseria, aquel

hombre, poseedor de tan varios talentos, discurrió buscarse una placita

estable al lado de cualquier persona de suposición y arraigo. Por su

amigo Felipe, sabía que el Sr. D. Agustín Caballero pensaba tomar un

dependiente que le llevase los libros y la correspondencia...

«Nadie mejor que usted--dijo el calígrafo con acaramelado rostro--puede

proporcionarme esa plaza, si lo toma con interés, si se apiada de este

pobre padre de familia. Con que usted diga dos palabras nada más al Sr.

de Caballero, hará mi felicidad, porque yo sé que ese señor la quiere a

usted más que a las niñas de sus ojos, y con justicia, con razón que le

sobra, porque usted... (acaramelándose hasta lo increíble) es un ángel,

un ángel, sí, de hermosura y bondad».

Amparo cortó el panegírico. Deseaba concluir y que aquel monstruo se

marchase. No le podía ver, reconociendo que era inocentísimo. Como

comprobante de su aptitud para el cargo que pretendía, Ido del Sagrario

llevaba consigo aquella noche una cuartilla de papel.

«Puede usted mostrarle esta cuartilla--dijo alargándola con timidez--; y

ahí verá mi letra, que, aunque me esté mal el decirlo, es tal que

seguramente no la hallará mejor. Eso lo escribí _calamo currente_, y es

parte de la última novela...».

Por perderle de vista, ella le ofreció apoyar su pretensión, y el

pobrecillo se fue tan agradecido y satisfecho, amenazando volver por la

respuesta dentro de un par de días. Amparo, al quedarse sola, pasó

rápidamente la vista por la novelesca cuartilla y leyó salteadas

palabras que la aterraron: _crimen... tormento... sacrilegio... engaño_;

y otros términos espeluznantes hirieron sus ojos y repercutieron con

horrible son en su cerebro. Rompiendo la cuartilla, arrojó los pedazos

al fuego.

El espanto que aquel hombre le causaba aumentó con los recuerdos que

tuvo de las pocas veces que le viera en otras épocas. El buen _Cerato

Simple_ había estado una vez en la Farmacia a llevarle una cartita...

Habían hablado de la escuela, de las travesuras de los chicos, del

sermón... ¡Qué punzantes espinas estas!... ¡Ido del Sagrario lo sabía!

¡Y semejante hombre pretendía una plaza en la futura casa de ella!...

Sin duda Dios la abandonaba, entregándola a Satán.

Tormento · 第 27 / 44 题