XXVII

Torturada por estas y otras cavilaciones toda la noche, determinó volver

a la mañana siguiente al confesonario de la Buena Dicha. Hízolo así. No

iba a confesar, sino a decir simplemente: «Me ha faltado valor, padre,

para hacer lo que usted me mandó». Echole el cura un sermón muy severo,

dándole luego ánimos y asegurándole un éxito feliz si se determinaba.

También aquel día vio de lejos a Doña Marcelina Polo, toda negra, la

cara de color de caoba, fija en su banco cual si estuviera tallada en

él. Volvió la penitente a su casa más tranquila; pero mirando a su

interior no encontraba la fuerza que el sacerdote había querido

infundirle.

«Si yo me atreviera--pensaba después en casa de Bringas--. Pero no;

segura estoy de que no me atreveré. Ahora sé lo que he de decirle, y

cuando lo veo delante, adiós idea, adiós propósito. Soy tan débil, que

sin duda me hizo Dios de algo que no servía para nada».

¡Y ya era tarde para la confesión! Caballero la acusaría con fundamento

de haberle engañado. ¿No disfrutaba ya ella de la posición de casada?

¿No vivía a costa de él? ¿No había empleado el novio cuantiosas sumas en

prepararla para la boda? Él podía con justicia llamarse a engaño,

acusarla de deslealtad y ver en ella perversión mayor de la que había,

un fraude de mujer, una embaucadora, una tramposa, una...

Y con el trato había llegado Agustín a formar de su novia idea tan alta,

que la confesión sería como un escopetazo para el pobre hombre. La

miraba como a un ser superior, de inaudita pureza y virtud. ¿Cómo

permitió ella que su futuro tuviese opinión tan mentirosa? ¿Con qué cara

le diría ahora: «no, yo no soy así, yo tengo una mancha horrenda, yo

hice esto, esto y esto...»? Caballero se moriría de pena cuando la

oyese, porque declaración tan atroz era para matar al más pintado, y la

despreciaría, la arrojaría lejos de sí con horror, con asco...

Varias veces había dicho: «La mejor parte de mi dicha está en saber que

a nadie has querido antes que a mí...».

Y ella, insensata, sin medir sus palabras, le había contestado: «a

nadie, a nadie, a nadie». Era verdad sin duda en la esfera del

sentimiento, porque lo de marras fue pura alucinación, desvarío, algo de

inconsciente, irresponsable y estúpido, como lo que se hace en estado de

sonambulismo o bajo la acción de un narcótico... Pero tales argumentos,

amontonados hasta formar como una torre, no destruían el hecho, y el

hecho venía brutal y terrible a encender la luz de su clara lógica en el

vértice de aquel obelisco de distingos... ¡Maldito faro que alumbraba

sus pasos!... Olvido, olvido era lo que hacía falta; que cayera tierra,

mucha tierra sobre aquello de modo que quedase sepultado para siempre y

arrancado de la memoria humana.

Aquella tarde, Caballero la encontró muy ensimismada y le preguntó

varias veces el motivo.

«Disgustos que me ha dado mí hermana»--contestó.

Y se representaba la cara que pondría Agustín si ella empezase a

contarle... y el sonido que tendrían sus palabras, y le entraba un pavor

tan fuerte, que decía para sí: «Me mataré antes que confesarlo».

Además, ni él ni nadie habían de comprenderla si hablara. Sólo Dios

descifraba misterio tan grande. Creía conservar ella pureza y rectitud

en su corazón; ¿pero cómo hacerlo entender a los demás y menos a un

celoso? Nada; callar, callar, callar. Dios la sacaría adelante.

Era verdad que su hermana le daba disgustos. Ido, que a menudo subía

para informarse del giro de sus pretensiones a la plaza de tenedor de

libros, le dijo que por dos veces seguidas había venido un hombre; que

Refugio trajo platos y botellas de la fonda, y que habían escandalizado

la casa. Esto la disgustó en extremo. Por la noche riñeron las dos

hermanas. Refugio, soberbia, acusaba a la otra con palabras insolentes.

Aún intentó Amparo someterla con maña ofreciéndole dinero. Pero Refugio

se había disparado sin freno por la pendiente abajo, y ya no era posible

contenerla.

«No quiero nada contigo--le dijo--. Tú en tu casa y yo en la mía. No me

faltará un señor como a ti. Pero a mí no me engañan ofreciéndome un

casorio imposible. ¡Casarte tú! Bueno va. Será con un ciego. No te

pongas pálida. Yo no diré nada. Ni soy hipocritona ni tampoco me gusta

acusar. Allá te las arregles. Abur».

Recogió su ropa y se fue sin hablar más. Al quedarse sola, Amparito

compartía su fatigado espíritu entre dos modos de sufrimiento dolorosos

por igual. Era el uno la deshonra de su hermana, el otro esta

consideración tenaz, fija como candente espina en su cerebro, donde ya

había otras: «¡Refugio lo sabe!».

A la madrugada, en agitadísimo sueño, la novia confesó todo a su amante,

el cual, oyéndola, había sacado un cuchillo y le había cortado la

cabeza... ¿A dónde fue a parar la cabeza? Allá, en tierra de salvajes,

un hombre atezado la tenía entre sus manos, besándola.

Despierta y levantada no sabía qué hacer ni qué pensar. Como viene una

pesadilla, así vino Ido del Sagrario a punto de las nueve.

«Señorita...».

--¿Qué hay, D. José?

--Ayer, viendo que usted no se acordaba de mí, resolví presentarme al

señor, el cual, en cuanto le dije que la conocía a usted, me puso muy

buena cara. La letra le gustó mucho. Me mandó que volviera. Creo que

tengo plaza.

También aquel simple la miraba de un modo particular. ¿Era sencillez o

malicia, era bondad o traición lo que en aquellos ojos llorones lucía?

Amparo deseaba que la tierra se tragara al tal D. José.

«¡Vaya una casa que va usted a tener, señorita! Cuando fui, el señor no

estaba, y Felipe me enseñó todo. Es un palacio. Pero francamente, usted

se lo merece... Allí estaban los carpinteros clavando cortinas bordadas.

Luego trajeron unas sillas que parecen de oro puro...».

«D. José--dijo ella bajando con humildad los ojos ante las miradas de

aquel infeliz, que a ella le parecían las de un juez inexorable. Si

usted se porta bien, yo le protegeré».

Al pobre Ido se le llenaron los ojos de lágrimas.

«¡Oh! Señorita, ¿podremos esperar...? ¿Será usted tan buena que...? No

me atrevía a importunarla; pero viendo que usted se interesa por

nosotros, ¿tendrá valor para decirle...? ¡Oh!, señorita. Nicanora

plancha como pocas. Desea que usted le dé el planchado de su nueva

casa».

--Veremos...

--Y el niño mayor... Usted le conoce, Jaimito, el mayorcito... Pues si

usted quisiera tomarle de lacayín... Está que ni pintado para que le

pongan su uniformito con muchos botones en la pechera y su gorra con

galón.

--Veremos, veremos...

--No sé si sabrá usted que mi mujer es una de las mejores peinadoras que

hay en Madrid. Dígalo la cabeza de la ministra de Fomento del bienio, y

otras cabezas, señorita, otras muchas. Conocí a Nicanora en casa de Su

Excelencia. Yo daba lección a los niños. Uno de ellos ha sido ya

diputado. Pero esto no hace al caso... ¿Nos tendrá usted presente...? La

niña mayor; Rosa, cose a maravilla...

--Bien; veremos, veremos...--repitió Amparo atosigada.

Porque se fuera pronto, no quiso destruir sus risueñas esperanzas de

colocar a toda la familia.

En estas y otras cosas, que no merecen referirse, pasaron los pocos días

que faltaban para concluir el año 67. No quiero hablar del nacimiento

que Bringas les _armó_ a los pequeños ni de la bulla que metía Alfonsito

con el tambor que le regaló su tío. Hubo cena, que por la fuerza

rutinaria de la frase hemos de llamar opípara, y asistieron a ella

Caballero y su novia. La boda se había fijado para fin de Febrero o

principios de Marzo. En los preparativos y en otros sucesos se pasó casi

todo Enero del 68. Los recién casados se irían de temporada a Burdeos.

Cuando Rosalía y Amparo estaban solas, aquella no perdonaba ocasión de

hacer ver a la que fue su protegida las atenciones que merecía del

generoso primo.

«Agustín me ha regalado este abanico--le dijo un día, mostrándole una de

las mejores compras que hicieron--. Hija, todo no ha de ser para ti. Los

pobres hemos de alcanzar alguna cosita. Y una de las dos manteletas

parece que será también para mi humilde persona. Ayer dijo: 'puedes

quedarte con ella si tanto te gusta', y yo le contesté: '¡Oh!, no, de

ninguna manera'. Pero quizás la tome. ¿Pues qué, mi trabajo no vale

nada?... ¡Todo el día en la calle, olvidando mis atenciones!... Cosas

hay aquí, hija, que a ti te han de estar muy mal, porque no tienes aire;

vamos, no te cae bien más que el vestidito de merino. ¡Lástima de

dinerales que ha gastado Agustín, para que no los luzcas! Lo que es el

vestido de faya azul marino, créelo, de buena gana me quedaría con él,

aunque fuera dando a mi primo el dinero que le ha costado. Se lo he de

proponer... A ti no te va bien ese color, ni sabes tú llevar esas cosas.

Parecerá que te han traído de un pueblo y te han puesto lo que no te

corresponde. La costumbre, hija, la costumbre es el todo en cuestión de

vestir. Ponle a una paleta una falda de raso, y no sabrá mover los pies

dentro de ella... Luego que te cases, me has de cambiar este alfiler de

brillantes por aquél que yo tengo con dos coralitos y ocho perlitas. Es

de menos valor que el tuyo, pero a ti te irá mejor. Déjame a mí, que te

arreglaré de modo que luzcas algo, y sacaré de tu sosería todo el

partido que pueda».

Mostrábase la joven conforme con todo; pero en su interior hacía

propósito de tener a raya, luego que se casase, los entrometimientos y

las ínfulas despóticas de la Pipaón de la Barca. Había observado Amparo

ciertas novedades en el carácter de Rosalía, y era que se le había

desarrollado el gusto por las galas, y despuntaban en ella coqueterías y

pruritos de embellecerse, que antes no tenía sino cuando se presentaba

en público. Dentro de casa, no estaba ya nunca la vanidosa dama tan

desgarbada ni con tanto desaliño vestida como antes. Ella misma se había

hecho dos batas bastante bonitas; usaba casi siempre el corsé, y en todo

se echaba de ver que no quería parecer desagradable. Pero la novia se

guardaba bien de manifestar, ni aun en broma, sus observaciones, por el

gran miedo que a su protectora tenía, miedo que aumentaba con las

reticencias de la dama y aquel modo de mirar, aquella expresión de

cavilosa sospecha...

«Si Rosalía no sabe nada--pensaba Amparo--, desea saber, y acaricia las

sospechas como se acaricia una esperanza. Tiene la ilusión de mi falta.

Yo pido a Dios olvido, y ella pide descubrimiento...».

--¿Sabes tú dónde vive Doña Marcelina Polo?--preguntole un día

bruscamente Rosalía--. Ha venido a verme varias veces, y tengo que

pagarle la visita.

Amparo se turbó tanto que no supo dar las señas. Por disimular, nombró

varias calles, diciendo al fin la verdadera. ¡Después le pesó tanto

haberlo dicho! ¿Pero cómo mentir, si la de Bringas le introducía hasta

el fondo del alma sus miradas, que, cual anzuelos, tenían gancho para

sacar lo que encontraran?

«Estás tan nerviosa--le dijo en otra ocasión--, con la novelería de tu

casamiento, que parece que te han aplicado la electricidad. A lo mejor

se me figura que das un salto y que vas a volar. ¿Es que no te gusta mi

primo? ¿Le encuentras viejo? Hija, de mal agradecidos está lleno el

Infierno. De todos modos, no te cases a disgusto. Si prefieres un

apreciable barbero de veinte años o un distinguido hortera, un oficial

de obra prima o cosa así, habla con franqueza».

Amparo no podía contestar a estos disparates sino tornándolos a risa. ¡Y

qué trabajo le costaba reír! Para variar la conversación hablaba del

próximo baile de Palacio, y en tal tema la descendiente de los Pipaones

se explayaba a su antojo. El arreglo de su vestido, cuya falda procedía

de las inagotables mercedes de la Reina, le ocupaba todo su tiempo

disponible. En adornarlo trabajaban las dos con flores, encajes y cintas

que pertenecían a lo que se había comprado para los regalos de la novia.

Pensaba ponerse Rosalía en la noche del baile el gran aderezo de casa de

Samper que Agustín había adquirido para su futura, y decía a este

propósito:

«Supongo que darás tu permiso para que se luzca alguna vez el pobre

aderezo».

En tan solemne función llevaría D. Francisco su encomienda de Carlos

III, cuyas insignias le había regalado Agustín. El gabán nuevo lo

estrenaría también la misma noche, pues aunque esta prenda no se había

de lucir en el baile, convenía exhibirla en la escalera y vestíbulo,

donde había mucha luz. ¡Y qué apuros los del económico Thiers para

atender al gabán, a las botas de charol, a las dos batas que Rosalía se

había hecho, a la cena de Navidad, al calzado de los niños, que ya daba

lástima verlo, y a otras menudencias! ¡Gracias que hubo doble paga en

Diciembre, es decir, propina oficial; que si no...! Así y todo, expuesto

anduvo el tesoro Bringuístico a caer en el horroroso abismo de la

insolvencia. Para evitarlo, D. Francisco había empezado por suprimir el

café, y concluyó por prescindir del vino en las comidas. ¡Y qué chascos

se llevan las personas serviciales! Esperaba mi D. Francisco que la

marquesa de Tellería, a quien hizo el favor de componerla una arqueta

antigua, dejándosela como nueva, le enviara un buen regalo por Navidad.

Tanta era su confianza, que cada vez que sonaba la campanilla en

aquellos días, decía: «ya está ahí», saliendo con una peseta en la mano

para darla al criado portador del regalo. Pero la marquesa no se cuidaba

de semejante cosa. «Trabaje usted, trabaje usted para los poderosos...»

decía Thiers ajustándose las gafas sobre la nariz romana.

Quiso mostrar su casa Caballero, ya casi completamente arreglada, a sus

primos y a la novia, y una tarde fueron todos allá. Esto debió de ser

hacia los últimos días de Enero. La de García Grande uniose a la

partida, anhelosa de dar su dictamen sobre las maravillas de aquella

encantadora vivienda. Por el camino, Bringas dijo a su mujer: «Parece

que la dota en cincuenta mil duros». Oído lo cual, puso Rosalía tan mala

cara como si fuera ella quien había de dar el dinero.

«Te he dicho--contestó desabridamente a su esposo--, que a nosotros nos

deben tener sin cuidado los disparates que haga ese pobre hombre. Nos

lavamos las manos».

Amparo y Doña Cándida iban delante, a bastante distancia, y no podían

oír.

Lleno de orgullo, enseñaba Caballero su casa, en la cual había reunido

comodidades hasta entonces poco usadas en Madrid. Doña Cándida, como

persona inteligente, era la que llevaba la voz en los elogios. Rosalía,

abatida y triste, sentía con toda su alma que la urbanidad le impidiese

poner faltas. ¡Vaya, que estaba todo bien recargadito! La novia paseaba

por las primorosas estancias, dudando un poco de la realidad de lo que

veía, y teniéndolo a veces por creación de su cerebro calenturiento.

Porque pensar que todo aquello iba a ser suyo dentro de pocos días y que

ella gobernaría tan hermoso imperio, más era para enloquecerla que para

alegrarla. Le entró como un mareo de ver tanta cosa buena y apropiada a

su objeto, y pensó cuán grandes son las necesidades humanas y qué

esfuerzos ha hecho la industria para responder a ellas. Consideró que

las invenciones del hombre, produciendo objetos de varia y útil

aplicación, crean y aumentan las necesidades, entreteniendo la vida y

haciéndola más placentera. El gozo que sentía al mirar tanta riqueza,

casi en su mano, al verse envidiada y enaltecida, y sobre todo al

considerarse tan tiernamente amada por el señor y dueño de todo, le

ponía en el pecho opresión vivísima, que no se hubiera calmado sino

llorando un poco.

Vieron la alcoba nupcial, el tocador, que según opinión de Doña Cándida,

era un _museíto muy mono_; se recrearon en el gabinete color de rosa,

que parecía todo él una gran flor muy abierta; vieron el comedor con

sillas y aparadores de nogal imitando las artes antiguas; admiraron las

vitrinas en cuyo seno oscuro lucían con suaves cambiantes la plata y el

metal Christofle. Pero lo que más entretuvo a las señoras fue la cocina,

un grandísimo armatoste de hierro, de pura industria inglesa, con

diversas chapas, puertas y compartimientos. Era una máquina portentosa.

«No le faltan más que las ruedas para parecer una locomotora»,--decía el

entendido Bringas abriendo una y otra puerta para ver por dentro aquel

prodigio.

Entonces hizo la de García Grande una crítica agudísima del sistema

antiguo de nuestras cocinas de carbón vegetal, y habló de los pucheritos

agrupados como si se estuvieran diciendo un secreto, del cacillo, de los

asados en cazuela, de las hornillas y otras cosas. Rosalía defendió, no

sólo con elocuencia sino con enfado, el primitivo sistema; mas Doña

Cándida se echó a reír a carcajadas, comparando las cocinas indígenas

con las trébedes y la sartén que usan los pastores para freír unas

migas. Pasaron luego al cuarto del baño, otra maravilla de la casa, con

su hermosa pila de mármol y su aparato de ducha circular y de regadera.

Rosalía dio un chillido sólo de pensar que debajo de aquel rayo se ponía

una persona sin ropa, y que al instante salía el agua. Cuando Caballero

dio a la llave y corrieron con ímpetu los menudos hilos de agua, todas

las mujeres, incluso Doña Cándida, y también Bringas, gritaron en coro.

«Quita, quita--dijo Rosalía--, esto da horror».

--Es una cosa atroz, una cosa atroz--afirmó repetidas veces la de García

Grande.

En el salón también había mucho que aplaudir. No se oían más que las

expresiones: «bonito, precioso, artístico». Amparo, más que cuadros,

bronces y muebles, admiraba la grave figura de su futuro marido, en cuyo

rostro daba de lleno la luz que él mismo sostenía para alumbrar los

objetos. En su barba negra brillaban las manchas canosas como hilada

plata, y su tez amarillenta, bañada en viva luz, tomaba un caliente tono

de _terracotta_, comparable a cosas indias, egipcias o aztecas. No sabía

ella completar la comparación; pero sí que resultaba característico.

Bien mirado, era Agustín un hombre guapo, con su mirar noble y leal, y

aquella expresión tan suya, como de persona que está disimulando un

dolor. Amparo no se hartaba de mirarlo, considerándole como el más

cabal, el más simpático y el más perfecto de los hombres en todos

sentidos. De buena gana se le hubiera colgado al cuello, expresando con

una flexión muy apretada de sus brazos la admiración, el cariño y la

gratitud que hacia él sentía, pero esto era imposible aún, y se

contentaba con añadir al coro general de alabanzas las frías palabras:

«¡qué bonito!, ¡qué buen gusto!, ¡qué bien escogido todo!».

Aquello terminó al fin, y se retiraron las visitas. Rosalía se quejaba

de dolor de cabeza y de quebranto de huesos. Temía que le entrase

erisipela. Amparo, al marcharse a su casa, acompañada por Caballero

hasta la puerta de la calle, estaba como embriagada. La visita a su

futura vivienda había tenido la virtud de despejarle el cerebro,

ahuyentando sus dudas y temores. Asombrábase de ser tan feliz y se

recreaba en aquel olvido de sus penas que le había caído sobre el

corazón gota a gota como un bálsamo celestial. Pero este descanso era

sólo burla horrorosa de su destino que le preparaba un rudo golpe. Doña

Nicanora le entregó una carta que había traído el cartero del Interior.

Tormento · 第 28 / 44 题