XXV

La carta estaba escrita con lápiz, y decía así:

«El Castañar, a 19 de Diciembre de 1867.

»Tormento mío, Patíbulo, Inquisición mía: Aunque no desees saber de este

pobre, yo quiero que lleguen a ti noticias mías. Mandome aquí a hacer

vida rústica y penitente ese santote de Nones, y aunque me prohibió,

entre otras cosas, el juego de cartitas, no puedo resistir a la

tentación de escribirte esta, que seguramente será la última. ¡Y por

Dios que acertó mi amigo! Tan bueno estoy, que no me conozco. El

ejercicio, la caza, el aire puro, el continuo pasear, el trabajo

saludable me han puesto en diez días como nuevo. Estoy hecho un salvaje,

un verdadero hombre primitivo, un troglodita sin cuevas y un anacoreta

sin silicio. Vivo entre bueyes, perros, conejos, perdices, cuervos,

cerdos, mulos, gallinas y alguno que otro ser en figura humana, que me

recuerda más aún la inocencia y tosquedad de los tiempos patriarcales.

Me figuro ser el papá Adán, solo en medio del Paraíso, antes de que le

trajeran a Eva, o se la sacaran de la costilla, como dice el señor de

Moisés. Llevo un pañuelo liado a la cabeza, gorra de pelo y un chaquetón

de paño pardo que me ha prestado el leñador. He recobrado mi agilidad de

otras edades y un voraz apetito que me dice que aún soy hombre para

mucho tiempo. Lo que no vuelve es la alegría ni la paz de mi espíritu.

Estoy expulsado de la vida y confinado a un rústico limbo, del cual creo

saldré sano, pero idiota. La bestia vive, el ser delicado muere; ¿pero

qué importa, ¡oh rabiosa ironía!, si se han salvado los principios?

»Te escribo con un pedazo de lápiz romo, sentado sobre un montón de paja

de cuadra y de dorado estiércol, que a los rayos del sol parece, no te

rías, hacinamiento de hilachas de oro. Rodéame una movible corte de

gallinas, con crestas rojas, saltando sobre el estiércol de paja,

parecen baile del coral sobre tapiz de rayos, no te rías... ¡Vaya unos

disparates!... También andan por aquí dos señores pavos que sin cesar

hacen la rueda a mi lado, como si quisieran expresarme el alto desprecio

que sienten hacia mí. Un cerdito está hozando a mi espalda, y un perro

de campo se pasea por delante, melancólico, pensando quizás en la

inestabilidad de las cosas perrunas.

»Hombres no se ven ahora por aquí. Los de este lugar, con su sencillez

ingenua, son lección viva y permanente de la superioridad de la

Naturaleza sobre todo. ¡Malditos los que en el laberinto artificioso de

las sociedades han derrocado la Naturaleza para poner en su lugar la

pedantería, y han fundado la ciudadela de la mentira sobre un montón de

libros amazacotados de sandeces!... No te rías».

--Está loco--pensó Amparo, y siguió leyendo:

«Mi buen amigo se ha empeñado en curarme por completo. La primera parte

de la medicina no ha sido ineficaz; pero ahora viene la segunda,

Tormento mío, la segunda y más fiera y amarga parte. Pero he jurado

obedecer, y por mí no ha de quedar. Estoy decidido a llegar hasta el

fin, a entregarme cruzado de brazos al idiotismo, a ver si de él, como

dice Nones, nace mi salvación social y espiritual. Atiende bien a lo que

sigue, y alégrate, pues deseas perderme de vista. Nones me escribe que

ya ha conseguido mi placita para Filipinas y que me disponga, al

dilatado viaje, que me parece un viaje al otro mundo. Si acompañado

fuera, ¡cuán feliz! Pero voy solo, y muérame de una vez.

»No sé aún cuándo saldré, pero será pronto.

»Entre mi hermana y Nones me arreglan el gasto de pasaje y lo demás que

necesite. De aquí me planto en Alicante para ir luego a Marsella. Esto

es forzoso, definitivo, irrevocable. Es también como darse una puñalada;

pero me la doy, y veremos dónde y cómo resucito. Cometo la imprudencia

de desobedecer a mi amigo en esto de darte la despedida. No le digas

nada si lo ves, y recibe mi adiós último. Tenme compasión, ya que no

otro sentimiento. Si te metes monja, reza por mí; conságrame dos o tres

lágrimas contándome entre los muertos, y pido a Dios que me perdone».

La carta no decía más. Entre aquel desordenado fárrago de conceptos,

propios de un loco, con mezcla de bufonadas y de alguna idea juiciosa,

se destacaba un hecho feliz. Amparo prescindía de todo para no ver más

que el hecho. ¡Se iba, se iba para siempre! «Reza por mí, contándome

entre los muertos», decía la carta. Esta frase declaraba roto y hundido

para siempre aquel horrible pasado, y el grave problema se resolvía

llana y naturalmente, sin escándalo... Gozo vivísimo inundó el alma de

la Emperadora. Daba gracias a Dios de aquel inesperado suceso, diciendo

para sí: «¡Se va, se acabó todo! Dios me allana el camino, y nada tengo

que hacer por mí».

La idea del alejamiento del peligro enfrió su ánimo envalentonado por la

confesión y dispuesto para una confesión nueva. La debilidad, recobrando

su imperio momentáneamente perdido, se asentó con orgullo en aquel

ingenuo ser, no nacido para acometer la vida, sino para recibirla como

se la dieran las circunstancias.

El aplazamiento del peligro traía la no urgencia del remedio y tal vez,

tal vez su inutilidad. La entereza de la penitente desmayó, y el

sinsabor y las dificultades de declararse a su futuro amargaron su

espíritu. Aceptaba con descanso aquella solución transitoria que le

ofreció la Providencia, y se resistía a procurarla terminante y segura

por sí misma.

«Que se lo he de decir es indudable--pensó--; pero me parece que ya no

corre tanta prisa. Hay que discurrir con calma los términos con que lo

he de contar».

Estaba entregando la carta a las ascuas del fogón, cuando la campanilla

anunció a Caballero. Entró, y se sentaron el uno frente al otro. Miraba

la Emperadora a su amante, y sólo con el pensamiento de que había de

confesarse a él se ruborizaba. ¡Qué vergüenza! Los bríos de aquella

mañana, ¿dónde estaban?

Y dejándose llevar del curso fácil de una desabrida conversación de

amores, se fue olvidando del mandato del buen sacerdote. A ratos bullía

su conciencia; pero pronto la misma conciencia, emperezada, se

arrellanaba en un lecho de rosas. Es de notar que, por el temperamento

de ambos amantes, en su coloquio se entrelazaba el espiritualismo propio

de tal ocasión con ideas prácticas y apreciaciones sobre lo más

rutinario de la vida.

La mayor felicidad del mundo consistía, según Caballero, en que dos

caracteres saborearan su propia armonía y en poder decir cada uno: «¡qué

igual soy a ti!...». Cuando él (Agustín) la conoció, hubo de sentir

grandísima tristeza, pensando que tan hermoso tesoro no sería para él...

Cuando ella le conoció diéronle ganas de llorar, pensando que un hombre

de tales prendas no pudiese ser su dueño... Porque ella (Amparo) no

valía nada; era una pobre muchacha que si algún mérito tenía era el de

poseer un corazón inclinado a todo lo bueno, y mucho amor al trabajo...

Las cosas del mundo, que a veces parecen dispuestas para que todo salga

al revés de lo natural y contra el anhelo de los corazones, se habían

arreglado aquella vez para el bien, para la armonía... ¡Qué bueno era

Dios! También él tenía afición al trabajo, y si no le distrajeran el

amor y los preparativos de la boda, estaría aburridísimo. En cuanto se

casara, habría de emprender algún negocio. No podía vivir sin

escritorio, y el libro mayor y el diario eran el quita-pesares mejor que

pudiera apetecer... Con esto y el amor de la familia, sería el más feliz

de los hombres... Tendrían pocos, pero buenos amigos; no darían

comilonas. Cada cual que comiera en su casa. Pero sabrían agasajar a los

menesterosos y socorrer muchas necesidades... A él le gustaba que todo

se hiciera con régimen, todo a la hora; así no habría nunca barullo en

la casa... Para eso ella se pintaba sola; era muy previsora, y todo lo

disponía con la anticipación conveniente para que en el instante preciso

no faltase. ¡Y que ya andarían listos los criados, ya, ya!... Ella no

les perdonaría ningún descuido... A él le gustaban mucho, para almorzar,

los huevos con arroz y frijole. El frijole de América era muy escaso

aquí, pero Cipérez solía tenerlo... Lo que ella debía hacer era

acostumbrarse a llevar su libro de cuentas, donde apuntara el gasto de

la casa. Cuando no se hace así, todo es barullo, y se anda siempre a

oscuras... Irían a los teatros cuando hubiera funciones buenas; pero no

se abonarían, porque eso de que el teatro fuese una obligación no le

agradaba ni a uno ni a otro. Tal obligación sólo existía en Madrid,

pueblo callejero, vicioso, que tiene la industria de fabricar tiempo. En

Londres, en Nueva York no se ve un alma por las calles a las diez de la

noche, como no sea los borrachos y la gente perdida. Aquí la noche es

día, y todos hacen vida de holgazanes o farsantes. Los abonos a los

teatros, como necesidad de las familias, es una inmoralidad, la negación

del hogar... Nada, nada, ellos se abonarían a estar en su casita. Otra

cosa: a ella no les gustaba dar dinerales a las modistas, y aunque

tuviera todos los millones de Rostchild, no emplearía en trapos sino una

cantidad prudente. Además, sabía arreglarse sus vestidos... Otra cosa:

tendrían coche, pues ya estaba encargado a la casa Binder; un landó sin

lujo para pasear cómodamente, no para ir a hacer la rueda a la

Castellana, como tanto bobo. Siempre que salieran en carruaje,

convidarían a Rosalía, que se pirraba por zarandearse. Ambos concordaban

en el generoso pensamiento de ayudar a la honesta familia de D.

Francisco, obsequiando sin cesar a marido y mujer, y discurriendo una

manera delicada de socorrer su indigencia sobredorada... Él pensaba

señalarle un sobresueldo para vestir, calzar, educar a los pequeños y

llevarlos a baños. ¿Pero cómo proponérselo? ¡Ah! Ella se encargaría de

comisión tan agradable. Por de pronto les invitarían a comer dos veces

por semana... A él le daba por tener buenos vinos en su bodega. Sobre

todo, de las famosas marcas de Burdeos no se le escaparía ninguna. ¿Y

era Burdeos bonito? ¡Oh!, precioso. (Descripción de los _Quinconces_,

del puerto, de la _Allée de l'Intendence_, de la _Croix Blanche_ y de

los amenos contornos llenos de hermosas viñas). A esta ciudad tranquila,

que parece corte por la suntuosidad de sus edificios, sin que haya en

ella el tumulto ni las locuras de París, irían los esposos a pasar una

temporadita. Otra cosa: a él no le disgustaban las comidas francesas...

Bien, bien, porque ella había aprendido con su tía Saturna a hacer

_beefsteack_ y otras cosillas extranjeras... De las comidas españolas

algunas no le hacían feliz, otras sí... Por fortuna ella aprendería

diversas maneras nuevas de guisar, porque como habían de ir también a

Londres... Pasados años y años se querrían lo mismo que entonces, porque

su cariño no era una exaltación de esas que en su propia intensidad

llevan el germen de su corta duración; no era obra de la fantasía, ni

capricho de los sentidos; era todo sentimiento, y como tal se

robustecería con el curso del tiempo. Era un amor a la inglesa, hondo,

seguro y convencido, firmemente asentado en la base de las ideas

domésticas...

Con esta música que de los labios de uno y otro afluía en alternadas

estrofas, a veces tranquilamente, a veces juntándose y sobreponiéndose

como los miembros de un dúo, Amparo se olvidaba de todo. Volviendo de

improviso sobre sí misma, sentía escozores de la antigua herida, y su

dolor agudo la obligaba a contener el vuelo por aquellas regiones de

dicha... Pero ella misma trataba de suavizar la llaga con remedios

sacados de su imaginación. Veía un hombre bárbaro, navegando en veloz

canoa con otros salvajes por un río de lejanas o inexploradas tierras,

como las que traía en sus estampas el libro de _La vuelta al mundo_. Era

un misionero, que había ido a cristianizar cafres en aquellas tierras

que están a la otra parte del mundo redondo como una naranja, allá donde

es de noche cuando aquí es de día.

Hacia el término de la visita, ya sobre las seis, entró Refugio, cosa

que mortificó mucho a Amparo, por temor de que su hermana no tuviese en

presencia de Caballero el necesario comedimiento. Refugio se había

desenvuelto mucho y podía dar a conocer con una palabra la diferencia

que existía entre ella y una señorita decente. En honor de la verdad, la

muchacha se portó bien, y como no carecía de ciertos principios, supo

aparecer juiciosa sin serlo. Pero la otra no tenía sosiego, y deseaba

que Caballero se marchase. Siempre que veía junto a su amigo a cualquier

sujeto, conocedor de los secretos de ella, temblaba de pavor, y el

azoramiento ponía en su semblante ora llamas ora mortal palidez. Por fin

retirose Agustín y su futura respiró.

¡Refugio lo sabía!... Refugio era, por su indiscreción, un peligro

constante... Sofocadísima con esta idea, la novia hizo propósito de

inclinar el ánimo de su marido, luego que lo fuese, a establecerse en

lugar muy distante de Madrid. Quería dejar aquí todo: relaciones,

parentescos, memorias, lo pasado y lo presente. Hasta el aire que

respiraba en Madrid parecíale tener en su vaga sustancia algo que la

denunciaba, algo de indiscreto y revelador, y ansiaba respirar ambiente

nuevo en un mundo y bajo un cielo distintos de este, a los cuales

pudiese decir: «Ni tú, aire, me conoces; ni tú, cielo, me has visto

nunca; ni tú, tierra, sabes quién soy».

Tormento · 第 26 / 44 题