XV

Al cual le retozaba el alma en el cuerpo cuando vio entrar a Tormento

con el cesto de la compra bien repleto de víveres.

«¡Qué opulencia!--exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos--.

Parece que vuelven los buenos tiempos... Parece que ha entrado en mi

choza la bendición de Dios en figura de una santa...».

Detúvose aquí, cortando el hilo de aquel concepto que se le salía del

alma. Tormento nada dijo y se internó en la casa. Pronto se sintieron

los fatigados pasos de Celedonia y luego los del carbonero y del

aguador. Movimiento y vida, el delicioso bullicio del trajín doméstico

reinaban en la poco antes lúgubre vivienda. Era agradable oír el rumor

del agua, el repique del almirez, el freír del aceite en la sartén.

Siguió a esto un estruendo de limpieza general, choque de pucheros y

cacharros, azotes de zorro y castigo del polvo. De improviso entró la

joven en la sala con un pañuelo liado a la cabeza, cubierta de un

delantal y con la escoba en la mano. Ordenó al enfermo que se metiese en

la pieza inmediata, lo que él hizo de muy buena gana, y abiertas de par

en par las ventanas de la sala, viose salir en sofocante nube traspasada

por rayos de sol la suciedad de tantos días. Infatigable, no permitía

Tormento que le ayudase Celedonia, la cual entró renqueando para ofrecer

su débil cooperación.

«No es preciso--le dijo la otra--. Váyase usted a la cocina a cuidar del

almuerzo».

--Para todo hay lugar,--replicó la vieja--.Voy a llevarle agua tibia a

ver si quiere afeitarse. Dos semanas hace que no lo hace, y está que

parece el Buen Ladrón.

Cuando la sala quedó arreglada, Tormento volvió a la cocina, y entonces

se oyó el tumulto del agua revolcándose en el fregadero entre montones

de platos. Con los brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la joven

desempeñaba aquella ruda función, deleitándose con el frío del agua y

con el brillo de la loza mojada. Sin descansar un momento, en todo

estaba y no abría los labios más que para reprender a Celedonia su

pesadez. La reumática sacristana más bien servía de estorbo que de

ayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entraba

de lleno, haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Los

platos habrían lucido como nuevos si no tuvieran los bordes

desportillados y en todas sus partes señales de la mala vida que

llevaban en manos de Celedonia.

D. Pedro, bien afeitado y vestido de limpio, volvió a ocupar su sillón,

y se reía, se reía, henchido de un contento nervioso que le hacía

parecer hombre distinto del que poco antes ocupara el mismo lugar.

«Me parece--decía tocando el tambor con los dedos sobre la mesa--, que

de golpe se me ha renovado el apetito de aquellos tiempos... ¡Poder de

Dios! ¡Qué día tan dichoso! He aquí los domingos del alma».

Tormento entraba y salía sin descanso. Hablaba poco y no participaba de

la alegría del buen Polo. En la cocina faltaba aún mucho que hacer, por

causa del abandono en que había encontrado todo. Así pues, el almuerzo,

que pudo haber sido dispuesto a las once, tardó aún tres cuartos de hora

más. D. Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puerta de la cocina

para dar broma y prisa, y ningún contraste puede verse más duro y

extraño que el que hacía su semblante tosco y amarillo, de color de

bilis, de color de drama, con su reír de comedia y el júbilo pueril que

le dominaba. Sus bromas inocentes eran así:

«¿Pero no se almuerza en esta casa? Señora fondista, ¿en qué piensa, que

así deja morir de hambre a los huéspedes?».

Y luego prorrumpía en triviales carcajadas, que sólo hallaban eco en la

candidez de Celedonia. Terminados los preparativos del almuerzo, quitose

Tormento el pañuelo de la cabeza y el delantal, diciendo:

«Vamos, ya es hora».

Cuando empezó a almorzar, Polo parecía el mismo de marras, con la

diferencia del peor color y de la pérdida de carnes. Pero su espíritu

discretamente jovial, su cortesía un poco seca a estilo castellano, su

mirar expresivo y su apetito reproducían los dichosos días pasados.

Tormento comía al otro extremo de la mesa, y ya era comensal ya

sirviente, atendiendo unas veces a su plato, otras al servicio del

amigo, para lo cual se levantaba, salía y entraba con diligencia.

Incapaz de prestar ninguna ayuda, Celedonia no hacía más que charlar de

la función religiosa del día, del Oficio Parvo que se preparaba para el

siguiente y de lo mal que cantaba el padre Nones, a quien remedó con

bastante fidelidad. D. Pedro la mandó varias veces a la cocina, sin ser

obedecido.

Quería Polo entablar con la joven conversación larga; pero ella se

defendía contra ese empeño, cortando la palabra del misántropo con su

brusco levantarse para traer alguna cosa. No quería de ningún modo

entrar en materia; se consideraba como visita, como persona extraña a la

casa, que había entrado en ella con propósitos de un orden semejante a

los de la Beneficencia Domiciliaria. Batallaba en su mente por

convencerse de que había ido a socorrer a un enfermo, a consolar a un

triste, a dar de comer a un hambriento; y compenetrándose del espíritu

que dictó las Obras de Misericordia, se atrevía a crear una nueva: la de

_Limpiar el polvo y barrer la casa de los que lo hayan menester..._

Había encontrado allí tanta miseria, tanta basura, que no podía verlo

con indiferencia. Agregaba a estas ideas, para tranquilidad completa de

su conciencia por el momento, el propósito de que tal visita sería la

última, y un adiós definitivo y absoluto a la nefanda amistad que era el

mayor tropiezo y la única mancha de su vida.

Tormento sabía hacer muy bien el café. Aprendió este arte difícil con su

tía Saturna, la mujer de Morales, y aquel día puso gran esmero en ello.

Cuando Polo miraba delante de sí la taza de negro y ardiente licor, la

joven, acordándose de algo muy importante, sacó un paquetito del

bolsillo de su traje:

«¡Ah! También he traído cigarros. Me había olvidado de sacarlos. Puede

que se hayan roto. Peseta de escogidos... Este de las pintitas debe de

ser bueno».

Cuando mostraba el abierto envoltorio de papel con los puros, D. Pedro,

traspasado el corazón de un dardo de gratitud inefable, no sabía qué

decir. Si fuera hombre capaz de llorar con lágrimas, las habría

derramado ante aquel ejemplar de previsión, de dulzura y delicadeza.

Volvió a pensar en la Providencia, de quien él antaño había dicho tantas

cosas buenas en el púlpito; pero no gastando de asociar ninguna idea

religiosa al orden de ideas que entonces reinaba en su espíritu, creyó

más del caso acordarse de las hadas, ninfas o entidades invisibles que

tenían el poder de fabricar en un segundo encantados palacios, y de

improvisar comidas suculentas, como él había leído en profanos libros.

Con grandísima tristeza vio, cuando aún no había concluido de apurar la

taza, que Tormento se levantaba, cogía su mantón y su velo,

disponiéndose para marchar. De este modo se desvanecen en el aire y en

el sueño las ninfas engendradas por la fantasía o por la fiebre.

«¡Cómo!... ¿qué es eso?... ¿ya?»--balbució angustiado.

--Me voy. Nada tengo ya que hacer aquí. Hago falta en mi casa.

--¡En tu casa! ¿Y cuál es tu casa?--murmuró severamente, no atreviéndose

a decir: «tu casa es esta».

--¡Por Dios!... Esa no es la mejor manera de agradecerme el haber

venido.

--Siéntate,--ordenó el misántropo imperiosamente, hablando conforme a su

carácter.

--Me voy.

--¿Que te vas? Es temprano. La una y media. Si insistes, saldré contigo,

¡ea!.. ¿Vas para arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... No

te dejaré a sol ni sombra.

Tormento, asustadísima, no tuvo fuerzas para protestar de aquella

persecución. El peso que sentía sobre su alma debía de ser bastante

grande para gravitar también sobre su cuerpo, porque se desplomó sobre

la silla con los brazos flojos, la cabeza aturdida.

«No creas que vas a hacer lo que se te antoje--manifestó Polo entre

festivo y brutal--. Aquí mando yo».

--Hay personas con quienes no valen los propósitos buenos...--replicó

ella tratando de mostrar carácter--. Yo recibí una carta que decía:

«moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo, y lo que he

hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quiero enterrarme

con él... Por débil me pasó lo que me pasó. Esto de la debilidad no se

cura nunca. Hoy mismo, al querer venir, una voz me decía aquí dentro:

«no vayas, no vayas». Dichosos los que han nacido crueles, porque ellos

sabrán salir de todos los malos trances... Dios castiga a las personas

cuando son malas, y también cuando son tontas, y a mí me castiga por las

dos cosas, sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitos hay que, bien

mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí ¿qué es?...

Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más todavía. Yo vivo en medio

de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra, un susto, un temblor

continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca viene a mí y me

dice...

No pudo seguir. El llanto la sofocaba otra vez.

«No llores, no llores--dijo Polo un poco aturdido, mirando al mantel--.

Cuando te veo tan afligida no sé qué me da. Verdaderamente, sobre

nosotros pesa una maldición...».

Y echando de su pecho un suspiro tan grande que parecía resoplido de

león, meditó breve rato, apoyando la cabeza en la mano. Tanto le pesaba

una idea que tenía.

Tormento · 第 15 / 44 题