¿Qué se hizo de la brillante posición de don Pedro Polo bajo los
auspicios de las señoras monjas de San Fernando? ¿Qué fue de su escuela
famosa, donde eran desbravados todos los chicos de aquel barrio? ¿A
dónde fueron a parar sus relaciones eclesiásticas y civiles, el lucro de
sus hinchados sermones, el regalo de su casa y su excelente mesa? Todo
desapareció; llevóselo todo la trampa en el breve espacio de un año,
quedando sólo, de tantas grandezas, ruinas lastimosas. ¡Enseñanza grande
y triste que debieran tener muy en cuenta los que han subido prontamente
al catafalco de la fortuna! Porque si rápido fue el encumbramiento de
aquel señor, más rápida fue su caída. Se desquició casi de golpe todo
aquel mal trabado edificio bien pronto ni rastro, ni ruido, ni polvo de
él quedaron, siendo muy de notar que no se debió esta catástrofe a lo
que tontamente llama el vulgo _mala suerte_, sino a las asperezas del
mismo carácter del caído, a su soberbia, a sus desbocadas pasiones,
absolutamente incompatibles con su estado. Pereció como Sansón entre las
ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo con su estúpida
fuerza.
Está averiguado que antes de la muerte de Doña Claudia empezó el
desprestigio de la escuela. El contingente de chicos disminuía de semana
en semana. Alarmados los padres por los malos tratos de que eran objeto
aquellos pedazos de su corazón, les retiraban de la clase, poniéndoles
en otra de procedimientos más benignos. Y en la misma calle se
estableció otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los horrores
que hacía Polo con los muchachos, descoyuntándoles los brazos,
hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y sacándoles tiras de
pellejo. Más tarde, la gente que pasaba por la calle vio que por una de
las ventanas bajas salía volando una criatura como proyectil disparado
por una catapulta. Otras cosas se referían igualmente espantables; pero
no todo lo que se dijo merece crédito. Los pasantes contaban que algunos
días estaba el maestro como loco furioso, dando gritos y echando por
aquella boca juramentos y voquibles impropios de un señor sacerdote.
La muerte de Doña Claudia, acaecida inopinadamente, fue como una
prolongación de aquel sueño pesadísimo que le entraba después de comer y
de cenar. Sobre esto se hablaba más de lo regular. El tabernero de
enfrente parece que vio con disgusto el acabamiento de aquella dama por
la buena parroquia que perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las
_señoras_ y don Pedro empezaron a ponerse de punta como dos sustancias
que rechazan la combinación. Todos los días cuestiones, rozamientos,
recados importunos, disgusto aquí y allá, ellas muy tiesas, él más
estirado aún. Cuenta la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de ser
llevada a un parlamento, que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un
_coram vobis_ en el locutorio, del cual resultó, tras muchos dimes y
diretes, que el capellán mandó a las monjas al... (al infierno no debió
de ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto y otras
cosas, D. Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar el
capellanazgo a otro clérigo de temperamento más dócil. Él había nacido
para domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás, quizás para
conquistar un imperio como su paisano Cortés. ¿Cómo había de servir para
_afeitar ranas_, que esto y no otra cosa era aquel menguado oficio?...
Se marchó contento y renegando de las monjas, a las cuales ponía de tal
manera, que no había en verdad por dónde cogerlas.
Instalose en casa propia, hacia la calle de Leganitos, y allí la
incompatibilidad de su carácter con el de su hermana empezó a ser de tal
naturaleza, que la existencia común se hizo difícil. Marcelina Polo, que
en vida de su madre había tenido paciencia, mucha paciencia y desprecio
de sí misma, se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo con
la oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio. Cuenta
la criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, que
el hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña Marcelina
debilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agria
disputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso--decía--; paso que me tire
los platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero un
pecado tan atroz y sacrílego, eso sí que no se lo paso». Y se fue a
vivir con una tal Doña Teófila, señora mayor, que se le parecía como una
gota a otra gota. Poco después embaucaron a Doña Isabel Godoy (que había
perdido a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo, instalándose
en una casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cada una de las
tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sus horas todas a
las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de Doña Teófila era la
usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, con más un cierto
furor por la lotería, que heredó de su madre.
Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muy
frías. Rara vez le visitaba para informarse de su salud, y no le
prestaba servicio alguno doméstico ni le cuidaba en sus enfermedades.
Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando por él a troche y moche
y pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi todo el día
se lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de su
olor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visita
de ella, ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía.
Hazme el favor de apartarte un poco».
Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barrios
del Sur. Era ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla.
Ya no había parroquia ni cofradía que le encargasen un triste sermón, ni
tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas de predicarlo, porque
las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sin entusiasmo ni calor,
de la mina de sus libros, se le habían ido de la cabeza, donde parece
que estaban como desterradas, para volverse a las páginas de que
salieron. Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvo intento de
volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez y rusticidad
primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados y vacíos
discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatrales del
púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo la
falsificación de su ser y que corría derecho a reconstituirse en su
natural forma y sentido, a restablecer su propio imperio personal, a
hacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en sí
hallara de artificial y postizo.
Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrar
misa armaba reyerta con los demás curas, y que un día él y otro de
carácter poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan.
Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquellos
lugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensibles
se ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que
no volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó de sacristía en
sacristía, malquistándose con toda la sociedad eclesiástica y dando
motivo a maliciosas hablillas. Su peculio, que ya venía sufriendo
considerables mermas, entró en un período de verdadero ahogo. La pobreza
enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más triste aún, que
detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación; pero su alma no
tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tan grave y
profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que le habrían
valido para ganar épicos laureles en otros días, lugares y
circunstancias, no le valieron nada contra su desvarío. Todas las armas
se embotaban en la dureza de aquella sangre y vida petrificadas, que
protegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones morales
y sociales.
Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación y
una pereza invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesia
que creía profanar con su sola presencia; pasaba semanas enteras
encerrado como un criminal que a sí mismo se condenara a reclusión
perpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasaba
el día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, con
empaque tal que se le habría tomado por presidiario que acaba de romper
sus cadenas. En la clase eclesiástica no conservaba más que un amigo, el
padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y a restablecer
la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevole a vivir a la
humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizo tímidos
esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraron las
licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad al cuerpo
robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayó en
abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía estrechamente, apurando los
pocos dinerillos que tenía, haciendo esfuerzos por cobrar las cantidades
que le adeudaban algunas personas desde los tiempos de su prosperidad.
Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente de sus deudores
sumas mezquinas. Concertó la venta del material de la escuela, que era
suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa para posesionarse de
lo comprado, no la tuvo para pagar.
Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección del
ama de llaves que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sin
malicia, pero que no sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre de
sacristanes, tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado la
portería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años. Sabia de
liturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía en
la punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repique de misa
mayor, y era autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero con tanta
ciencia, no sabía hacer una taza de café, ni cuidar un enfermo, ni
aderezar los guisos más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertulia
en casa de las vecinas.
Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero,
la incapacidad doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al grado
último de tristeza y desorden. Pero cierto día entró inopinadamente en
ella alguien que parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto y
lóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa de
las cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, y
quien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulce
caricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.