XIV

¿Qué se hizo de la brillante posición de don Pedro Polo bajo los

auspicios de las señoras monjas de San Fernando? ¿Qué fue de su escuela

famosa, donde eran desbravados todos los chicos de aquel barrio? ¿A

dónde fueron a parar sus relaciones eclesiásticas y civiles, el lucro de

sus hinchados sermones, el regalo de su casa y su excelente mesa? Todo

desapareció; llevóselo todo la trampa en el breve espacio de un año,

quedando sólo, de tantas grandezas, ruinas lastimosas. ¡Enseñanza grande

y triste que debieran tener muy en cuenta los que han subido prontamente

al catafalco de la fortuna! Porque si rápido fue el encumbramiento de

aquel señor, más rápida fue su caída. Se desquició casi de golpe todo

aquel mal trabado edificio bien pronto ni rastro, ni ruido, ni polvo de

él quedaron, siendo muy de notar que no se debió esta catástrofe a lo

que tontamente llama el vulgo _mala suerte_, sino a las asperezas del

mismo carácter del caído, a su soberbia, a sus desbocadas pasiones,

absolutamente incompatibles con su estado. Pereció como Sansón entre las

ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo con su estúpida

fuerza.

Está averiguado que antes de la muerte de Doña Claudia empezó el

desprestigio de la escuela. El contingente de chicos disminuía de semana

en semana. Alarmados los padres por los malos tratos de que eran objeto

aquellos pedazos de su corazón, les retiraban de la clase, poniéndoles

en otra de procedimientos más benignos. Y en la misma calle se

estableció otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los horrores

que hacía Polo con los muchachos, descoyuntándoles los brazos,

hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y sacándoles tiras de

pellejo. Más tarde, la gente que pasaba por la calle vio que por una de

las ventanas bajas salía volando una criatura como proyectil disparado

por una catapulta. Otras cosas se referían igualmente espantables; pero

no todo lo que se dijo merece crédito. Los pasantes contaban que algunos

días estaba el maestro como loco furioso, dando gritos y echando por

aquella boca juramentos y voquibles impropios de un señor sacerdote.

La muerte de Doña Claudia, acaecida inopinadamente, fue como una

prolongación de aquel sueño pesadísimo que le entraba después de comer y

de cenar. Sobre esto se hablaba más de lo regular. El tabernero de

enfrente parece que vio con disgusto el acabamiento de aquella dama por

la buena parroquia que perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las

_señoras_ y don Pedro empezaron a ponerse de punta como dos sustancias

que rechazan la combinación. Todos los días cuestiones, rozamientos,

recados importunos, disgusto aquí y allá, ellas muy tiesas, él más

estirado aún. Cuenta la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de ser

llevada a un parlamento, que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un

_coram vobis_ en el locutorio, del cual resultó, tras muchos dimes y

diretes, que el capellán mandó a las monjas al... (al infierno no debió

de ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto y otras

cosas, D. Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar el

capellanazgo a otro clérigo de temperamento más dócil. Él había nacido

para domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás, quizás para

conquistar un imperio como su paisano Cortés. ¿Cómo había de servir para

_afeitar ranas_, que esto y no otra cosa era aquel menguado oficio?...

Se marchó contento y renegando de las monjas, a las cuales ponía de tal

manera, que no había en verdad por dónde cogerlas.

Instalose en casa propia, hacia la calle de Leganitos, y allí la

incompatibilidad de su carácter con el de su hermana empezó a ser de tal

naturaleza, que la existencia común se hizo difícil. Marcelina Polo, que

en vida de su madre había tenido paciencia, mucha paciencia y desprecio

de sí misma, se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo con

la oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio. Cuenta

la criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, que

el hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña Marcelina

debilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agria

disputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso--decía--; paso que me tire

los platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero un

pecado tan atroz y sacrílego, eso sí que no se lo paso». Y se fue a

vivir con una tal Doña Teófila, señora mayor, que se le parecía como una

gota a otra gota. Poco después embaucaron a Doña Isabel Godoy (que había

perdido a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo, instalándose

en una casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cada una de las

tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sus horas todas a

las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de Doña Teófila era la

usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, con más un cierto

furor por la lotería, que heredó de su madre.

Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muy

frías. Rara vez le visitaba para informarse de su salud, y no le

prestaba servicio alguno doméstico ni le cuidaba en sus enfermedades.

Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando por él a troche y moche

y pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi todo el día

se lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de su

olor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visita

de ella, ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía.

Hazme el favor de apartarte un poco».

Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barrios

del Sur. Era ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla.

Ya no había parroquia ni cofradía que le encargasen un triste sermón, ni

tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas de predicarlo, porque

las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sin entusiasmo ni calor,

de la mina de sus libros, se le habían ido de la cabeza, donde parece

que estaban como desterradas, para volverse a las páginas de que

salieron. Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvo intento de

volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez y rusticidad

primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados y vacíos

discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatrales del

púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo la

falsificación de su ser y que corría derecho a reconstituirse en su

natural forma y sentido, a restablecer su propio imperio personal, a

hacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en sí

hallara de artificial y postizo.

Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrar

misa armaba reyerta con los demás curas, y que un día él y otro de

carácter poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan.

Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquellos

lugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensibles

se ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que

no volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó de sacristía en

sacristía, malquistándose con toda la sociedad eclesiástica y dando

motivo a maliciosas hablillas. Su peculio, que ya venía sufriendo

considerables mermas, entró en un período de verdadero ahogo. La pobreza

enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más triste aún, que

detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación; pero su alma no

tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tan grave y

profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que le habrían

valido para ganar épicos laureles en otros días, lugares y

circunstancias, no le valieron nada contra su desvarío. Todas las armas

se embotaban en la dureza de aquella sangre y vida petrificadas, que

protegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones morales

y sociales.

Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación y

una pereza invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesia

que creía profanar con su sola presencia; pasaba semanas enteras

encerrado como un criminal que a sí mismo se condenara a reclusión

perpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasaba

el día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, con

empaque tal que se le habría tomado por presidiario que acaba de romper

sus cadenas. En la clase eclesiástica no conservaba más que un amigo, el

padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y a restablecer

la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevole a vivir a la

humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizo tímidos

esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraron las

licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad al cuerpo

robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayó en

abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía estrechamente, apurando los

pocos dinerillos que tenía, haciendo esfuerzos por cobrar las cantidades

que le adeudaban algunas personas desde los tiempos de su prosperidad.

Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente de sus deudores

sumas mezquinas. Concertó la venta del material de la escuela, que era

suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa para posesionarse de

lo comprado, no la tuvo para pagar.

Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección del

ama de llaves que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sin

malicia, pero que no sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre de

sacristanes, tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado la

portería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años. Sabia de

liturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía en

la punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repique de misa

mayor, y era autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero con tanta

ciencia, no sabía hacer una taza de café, ni cuidar un enfermo, ni

aderezar los guisos más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertulia

en casa de las vecinas.

Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero,

la incapacidad doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al grado

último de tristeza y desorden. Pero cierto día entró inopinadamente en

ella alguien que parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto y

lóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa de

las cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, y

quien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulce

caricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.

Tormento · 第 14 / 44 题