XVI

«Tengo una idea, Tormento; tengo una idea--murmuró con voz semejante a

un quejido--. Te la diré, y no te rías de ella. Es una idea nacida en mi

soledad, criada en mi tristeza, y por tanto te parecerá un poco

salvaje... Es que como no hay remedio para mí en esta sociedad, como soy

menos fuerte que mis pasiones y he tomado en tan grandísimo horror mi

estado, se me ha venido a las mientes poner tierra, pero mucha tierra,

entre mi persona y este país y se me ha ocurrido dar con mis huesos allá

en lo último del mundo, en una isla del Asia, o bien en la California o

en alguna colonia inglesa... Hay tierras hermosas por allá, tierras que

son paraísos, donde todo es inocencia de costumbres y verdadera

igualdad; tierras sin historia, chica, donde a nadie se le pregunta lo

que piensa; campos feraces, donde hay cada cosecha que tiembla el

misterio; tierras patriarcales, sociedades que empiezan y que se parecen

a las que nos pinta la Biblia. Sueño con romper por todo y marcharme

allá, olvidando lo que he sido y matando de raíz el gran error de mi

vida, que es haberme metido donde no me llamaban y haber engañado a la

sociedad y a Dios, poniéndome una máscara para hacer el _bu_ a la

gente».

Al oír esto, relámpago de alegría brilló en los ojos de Tormento, que en

aquel propósito de emigrar veía solución fácil al terrible problema que

entorpecía su vida y su porvenir. Mas pronto se trocó su alegría en

repugnancia, cuando Polo añadió esto:

«Sí, esa es mi idea... irme allá; pero llevándote conmigo... ¿Qué?, ¿te

asustas? ¡Pusilánime! Miras demasiado las cosas que están cerca y tienes

miedo hasta de las moscas. El mundo es muy grande, y Dios es más grande

que el mundo... ¿Vendrás?».

--¡Yo!--exclamó la joven haciendo esfuerzos por disimular su horror y

negando con la cabeza.

--Dame una razón.

--Que no.

--Pero una razón...

--Que no.

--Yo te contestaré con mil argumentos que de fijo te convencerán. ¡He

pensado tanto en esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nos

rodea!... Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tan

universales, se hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamos

por esta bola y nos vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidado

que es grande el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad de

cosas, de gente!... Échate a pensar...

Tormento no se echó a pensar nada, y si algo pensaba no lo quería decir.

Silenciosa, miraba sus propias manos cruzadas sobre las rodillas.

«Dame alguna razón--repitió Polo--; dime algo que a ti se te haya

ocurrido. ¿No tienes tú una idea?... ¿cuál es?».

--Arrepentimiento...

--Sí, pero... ¿nada más?

--Arrepentimiento--volvió a decir la Emperadora, sin mirarle ni moverse.

--Pero di una cosa; ¿a ti no te molesta esta sociedad, no te ahoga esta

atmósfera, no se te cae el cielo encima, no tienes ganas de respirar

libremente?

--Lo que me ahoga es otra cosa...

--La conciencia, sí... Pero la conciencia... te diré... también se

ensancha saliendo a un círculo de vida mayor.

--La mía no.

--Me parece--dijo D. Pedro en un arrebato de mal humor cercano a la

ira--, me parece que eres algo egoísta.

--¿Quién lo será más?

--Bueno, soy egoísta... y tú una piedra--manifestó él exaltándose--. Sí,

eres una piedra, un pedazo de hielo. Vale más ser criminal que

insensible; y de mí te puedo decir que prefiero ir al infierno a ir al

limbo.

La joven discurría los medios de llevar la conversación a otro terreno.

Su espíritu se compartía entre el arrepentimiento de haber hecho aquella

visita (achacando este mal paso a su debilidad bondadosa), y el

propósito de decir a Polo: «Sí, váyase, váyase en buen hora a esa isla

del África y déjeme en paz». Pero su misma falta de carácter le impedía

ser tan cruel y explícita... ¡Problema insoluble el suyo, dado el temple

tenaz y vehemente de aquel hombre!... Los sentimientos de Amparito hacia

él habían venido a ser los más contrarios a la incomprensible fragilidad

de que provenía su desdicha; eran sentimientos de horror hacia la

persona, extrañamente mezclados con cierto respeto a la desgracia; eran

lástima confundida con la repugnancia.

En el corazón tenía la desventurada joven tanta dosis de arrepentimiento

como en la conciencia, y no podía explicarse bien el error de sus

sentidos ni el desvarío que la arrastró a una falta con persona que al

poco tiempo le fue tan aborrecible... Mas no se atrevía a expresar estas

ideas por miedo a las consecuencias de su franqueza, siendo de notar que

si la caridad tuvo alguna parte en su visita, grande la tuvo también

aquel mismo miedo, el recelo de que su desvío exacerbara a su enemigo y

le impulsase por caminos de publicidad y escándalo. Sobre todas las

consideraciones ponía ella el interés de encubrir su terrible secreto.

Pero ya que estos motivos la llevaron a aquella casa funesta, era

urgente pensar cómo salía de ella.

«Para muchos días--dijo--he dejado provisiones en la casa».

--¡Qué buena eres!--replicó Polo, volviendo a ser benigno y humilde,

cual si le acometiera de nuevo la enfermedad--. Te vas, y ya me estoy yo

muriendo. El mejor día, si no emigro, me verás pidiendo limosna por esas

calles. Mi pobreza, hija, se va acumulando a interés compuesto... La

suerte será que me moriré antes.

Amparo tuvo ya entre sus labios esta observación: «¿por qué no

enmendarse y procurar recibir otra vez las licencias para ganarse la

vida en la iglesia?». Pero tanto le repugnaba la intromisión de

cualquier idea religiosa en aquel tristísimo orden de ideas, que se

tragó la frase. Todo recuerdo de cosas eclesiásticas, toda alusión o

referencia a ellas la hacían temblar con escalofríos, como si le

pusieran un silicio de hielo. Entonces era cuando su conciencia se

alborotaba más, cuando su sangre ardía y cuando el corazón parecía

subírsele a la garganta, cortándole el aliento. Apartando aquellas

ideas, habló así:

--No hay que ver las cosas tan negras. Y ahora me acuerdo... usted...

Hasta entonces había hablado en impersonal; mas obligada a emplear un

pronombre, antes se hubiera cortado la lengua que pronunciar un _tú_.

«Usted tiene deudores...».

--Sí... y de ellos voy cobrando poco a poco. Pero ya se va agotando esa

mina.

--Yo conozco un deudor que podrá socorrerle a usted, devolviéndole una

mínima parte de los beneficios que ha recibido...

Lo decía de tal manera, que Polo comprendió al instante.

«No seas tonta. Me enfadaré contigo...».

--Es el caso que...--dijo Tormento revolviendo con su mano en el hueco

del manguito--. Yo había pensado al venir aquí... No es esto pagar una

deuda, pues si fuera a pagar...

La infeliz no sabía encontrar la fórmula, que deseaba fuese lo más

delicada posible, y por querer emplear la más sutil y discreta, usó la

más necia de todas, diciendo, al poner un billete sobre la mesa:

«Si más tuviera, más daría».

--Dios mío, ¡qué tonta eres!...

--Vamos, que no está usted tan sobrado de recursos... Y me enfadaré de

veras si se empeña en ser Quijote.

A D. Pedro le repugnaba el recibir una limosna; pero lo que esta tenía

de prueba de confianza acalló sus escrúpulos.

«Si yo pudiera ser tan generosa como deseo--indicó ella, dando un gran

suspiro y acordándose, con nuevas angustias, de la procedencia de aquel

dinero--, no consentiría que pasara escaseces ninguna persona que a mí

me ha favorecido en días muy malos. Cuando murió mi padre, ¿quién nos

socorrió?, ¿quién costeó el entierro? Y después, cuando nos vimos tan

mal, ¿quién vendió su ropa para que no nos faltara qué comer?».

--Cállate, tonta; eso no hace al caso. Cuando tengo la suerte de hacer

un beneficio no quiero que me lo recuerden más, no quiero que me lo

nombren, y mira tú lo que soy, me gustaría que la persona favorecida lo

olvidase. Yo soy así.

Mientras esto decía él, ella sentía mil turbaciones, dudas y escrúpulos

horribles. Sus sentimientos caritativos no podían manifestarse

tranquilos, temerosos de hacer traición a algo muy respetable que había

llegado a tener lugar de preferencia en su mente.

¡Extrañas simpatías las del espíritu! Como se comunica el fuego de un

cuerpo combustible a otro que está cercano, las zozobras del alma

prenden y se propagan fácilmente si encuentran materia en qué cebarse,

materia preparada. Así la turbación que removía el espíritu de la

Emperadora se propagó, como un incendio que corre, al de D. Pedro, el

cual se vio súbitamente acometido de punzantes sospechas. Púsose de un

color tal, qué no habría pincel que lo reprodujera, como no se empapase

en la tinta lívida del relámpago; y mascando una cosa amarga, dijo

lentamente esta frase:

«Muy rica estás...».

Bien sabía ella interpretar la ironía que el ex-capellán empleaba alguna

vez para manifestar sus ideas. Comprendió la sospecha, supo leer aquella

coloración de luz eléctrica y aquel mirar indagador, y se hizo la

distraída, afectando recoger y limpiar el manguito que se había caído al

suelo. Tan amante de la verdad era ella, que abría dado días de vida por

poderla decir claramente; ¿pero cómo decirla, Santo Dios? Y la verdad se

removía cariñosa en su interior, diciéndole: _dime_... ¿pero cómo y con

qué palabras? Por todo lo que encierra el mundo no saldría de su boca la

verdad aquella. Y siéndole tan aborrecible la mentira, no había más

remedio que soltar una, y gorda. Polo le facilitó el embuste, diciendo:

«¿Trabajáis mucho?».

--Sí, sí... Hemos hecho una obra... Hace un mes que yo vengo ahorrando y

guardando todo lo que puedo, escondiendo el dinero, porque Refugio, si

lo coge, me lo gasta todo.

Y se levantó, decidida a marcharse, más que por el deseo de salir,

porque no se volviese a hablar del asunto.

Otra mentira. Dijo que Rosalía de Bringas le había encargado ir sin

falta aquella tarde para sacar los niños a paseo. ¡Pues se pondría poco

furiosa la tal señora... con aquel genio!...

Inútiles fueron los esfuerzos de él por retenerla. Por fin se escapó.

Bajando la escalera sentía un descanso, un alivio tan grande, como

cuando se despierta de un sueño febril.

«Ya no me llamo Tormento, ya recobro mi nombre--decía para sí, andando

muy a prisa--. No volveré más aunque se hunda el mundo. Procuraré no

volver a ser débil; sí, débil, porque esa es mi culpa mayor, ser buena y

tener mucho miedo... Esto se acabó. Suceda lo que quiera, no le veré

más... Pero si se irrita y me escribe cartas y me persigue y descubre...

¡Señor, Señor, déjalo ir a esa isla de los antípodas, o llévame a mí de

este mundo!».

Tormento · 第 16 / 44 题