«Tengo una idea, Tormento; tengo una idea--murmuró con voz semejante a
un quejido--. Te la diré, y no te rías de ella. Es una idea nacida en mi
soledad, criada en mi tristeza, y por tanto te parecerá un poco
salvaje... Es que como no hay remedio para mí en esta sociedad, como soy
menos fuerte que mis pasiones y he tomado en tan grandísimo horror mi
estado, se me ha venido a las mientes poner tierra, pero mucha tierra,
entre mi persona y este país y se me ha ocurrido dar con mis huesos allá
en lo último del mundo, en una isla del Asia, o bien en la California o
en alguna colonia inglesa... Hay tierras hermosas por allá, tierras que
son paraísos, donde todo es inocencia de costumbres y verdadera
igualdad; tierras sin historia, chica, donde a nadie se le pregunta lo
que piensa; campos feraces, donde hay cada cosecha que tiembla el
misterio; tierras patriarcales, sociedades que empiezan y que se parecen
a las que nos pinta la Biblia. Sueño con romper por todo y marcharme
allá, olvidando lo que he sido y matando de raíz el gran error de mi
vida, que es haberme metido donde no me llamaban y haber engañado a la
sociedad y a Dios, poniéndome una máscara para hacer el _bu_ a la
gente».
Al oír esto, relámpago de alegría brilló en los ojos de Tormento, que en
aquel propósito de emigrar veía solución fácil al terrible problema que
entorpecía su vida y su porvenir. Mas pronto se trocó su alegría en
repugnancia, cuando Polo añadió esto:
«Sí, esa es mi idea... irme allá; pero llevándote conmigo... ¿Qué?, ¿te
asustas? ¡Pusilánime! Miras demasiado las cosas que están cerca y tienes
miedo hasta de las moscas. El mundo es muy grande, y Dios es más grande
que el mundo... ¿Vendrás?».
--¡Yo!--exclamó la joven haciendo esfuerzos por disimular su horror y
negando con la cabeza.
--Dame una razón.
--Que no.
--Pero una razón...
--Que no.
--Yo te contestaré con mil argumentos que de fijo te convencerán. ¡He
pensado tanto en esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nos
rodea!... Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tan
universales, se hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamos
por esta bola y nos vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidado
que es grande el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad de
cosas, de gente!... Échate a pensar...
Tormento no se echó a pensar nada, y si algo pensaba no lo quería decir.
Silenciosa, miraba sus propias manos cruzadas sobre las rodillas.
«Dame alguna razón--repitió Polo--; dime algo que a ti se te haya
ocurrido. ¿No tienes tú una idea?... ¿cuál es?».
--Arrepentimiento...
--Sí, pero... ¿nada más?
--Arrepentimiento--volvió a decir la Emperadora, sin mirarle ni moverse.
--Pero di una cosa; ¿a ti no te molesta esta sociedad, no te ahoga esta
atmósfera, no se te cae el cielo encima, no tienes ganas de respirar
libremente?
--Lo que me ahoga es otra cosa...
--La conciencia, sí... Pero la conciencia... te diré... también se
ensancha saliendo a un círculo de vida mayor.
--La mía no.
--Me parece--dijo D. Pedro en un arrebato de mal humor cercano a la
ira--, me parece que eres algo egoísta.
--¿Quién lo será más?
--Bueno, soy egoísta... y tú una piedra--manifestó él exaltándose--. Sí,
eres una piedra, un pedazo de hielo. Vale más ser criminal que
insensible; y de mí te puedo decir que prefiero ir al infierno a ir al
limbo.
La joven discurría los medios de llevar la conversación a otro terreno.
Su espíritu se compartía entre el arrepentimiento de haber hecho aquella
visita (achacando este mal paso a su debilidad bondadosa), y el
propósito de decir a Polo: «Sí, váyase, váyase en buen hora a esa isla
del África y déjeme en paz». Pero su misma falta de carácter le impedía
ser tan cruel y explícita... ¡Problema insoluble el suyo, dado el temple
tenaz y vehemente de aquel hombre!... Los sentimientos de Amparito hacia
él habían venido a ser los más contrarios a la incomprensible fragilidad
de que provenía su desdicha; eran sentimientos de horror hacia la
persona, extrañamente mezclados con cierto respeto a la desgracia; eran
lástima confundida con la repugnancia.
En el corazón tenía la desventurada joven tanta dosis de arrepentimiento
como en la conciencia, y no podía explicarse bien el error de sus
sentidos ni el desvarío que la arrastró a una falta con persona que al
poco tiempo le fue tan aborrecible... Mas no se atrevía a expresar estas
ideas por miedo a las consecuencias de su franqueza, siendo de notar que
si la caridad tuvo alguna parte en su visita, grande la tuvo también
aquel mismo miedo, el recelo de que su desvío exacerbara a su enemigo y
le impulsase por caminos de publicidad y escándalo. Sobre todas las
consideraciones ponía ella el interés de encubrir su terrible secreto.
Pero ya que estos motivos la llevaron a aquella casa funesta, era
urgente pensar cómo salía de ella.
«Para muchos días--dijo--he dejado provisiones en la casa».
--¡Qué buena eres!--replicó Polo, volviendo a ser benigno y humilde,
cual si le acometiera de nuevo la enfermedad--. Te vas, y ya me estoy yo
muriendo. El mejor día, si no emigro, me verás pidiendo limosna por esas
calles. Mi pobreza, hija, se va acumulando a interés compuesto... La
suerte será que me moriré antes.
Amparo tuvo ya entre sus labios esta observación: «¿por qué no
enmendarse y procurar recibir otra vez las licencias para ganarse la
vida en la iglesia?». Pero tanto le repugnaba la intromisión de
cualquier idea religiosa en aquel tristísimo orden de ideas, que se
tragó la frase. Todo recuerdo de cosas eclesiásticas, toda alusión o
referencia a ellas la hacían temblar con escalofríos, como si le
pusieran un silicio de hielo. Entonces era cuando su conciencia se
alborotaba más, cuando su sangre ardía y cuando el corazón parecía
subírsele a la garganta, cortándole el aliento. Apartando aquellas
ideas, habló así:
--No hay que ver las cosas tan negras. Y ahora me acuerdo... usted...
Hasta entonces había hablado en impersonal; mas obligada a emplear un
pronombre, antes se hubiera cortado la lengua que pronunciar un _tú_.
«Usted tiene deudores...».
--Sí... y de ellos voy cobrando poco a poco. Pero ya se va agotando esa
mina.
--Yo conozco un deudor que podrá socorrerle a usted, devolviéndole una
mínima parte de los beneficios que ha recibido...
Lo decía de tal manera, que Polo comprendió al instante.
«No seas tonta. Me enfadaré contigo...».
--Es el caso que...--dijo Tormento revolviendo con su mano en el hueco
del manguito--. Yo había pensado al venir aquí... No es esto pagar una
deuda, pues si fuera a pagar...
La infeliz no sabía encontrar la fórmula, que deseaba fuese lo más
delicada posible, y por querer emplear la más sutil y discreta, usó la
más necia de todas, diciendo, al poner un billete sobre la mesa:
«Si más tuviera, más daría».
--Dios mío, ¡qué tonta eres!...
--Vamos, que no está usted tan sobrado de recursos... Y me enfadaré de
veras si se empeña en ser Quijote.
A D. Pedro le repugnaba el recibir una limosna; pero lo que esta tenía
de prueba de confianza acalló sus escrúpulos.
«Si yo pudiera ser tan generosa como deseo--indicó ella, dando un gran
suspiro y acordándose, con nuevas angustias, de la procedencia de aquel
dinero--, no consentiría que pasara escaseces ninguna persona que a mí
me ha favorecido en días muy malos. Cuando murió mi padre, ¿quién nos
socorrió?, ¿quién costeó el entierro? Y después, cuando nos vimos tan
mal, ¿quién vendió su ropa para que no nos faltara qué comer?».
--Cállate, tonta; eso no hace al caso. Cuando tengo la suerte de hacer
un beneficio no quiero que me lo recuerden más, no quiero que me lo
nombren, y mira tú lo que soy, me gustaría que la persona favorecida lo
olvidase. Yo soy así.
Mientras esto decía él, ella sentía mil turbaciones, dudas y escrúpulos
horribles. Sus sentimientos caritativos no podían manifestarse
tranquilos, temerosos de hacer traición a algo muy respetable que había
llegado a tener lugar de preferencia en su mente.
¡Extrañas simpatías las del espíritu! Como se comunica el fuego de un
cuerpo combustible a otro que está cercano, las zozobras del alma
prenden y se propagan fácilmente si encuentran materia en qué cebarse,
materia preparada. Así la turbación que removía el espíritu de la
Emperadora se propagó, como un incendio que corre, al de D. Pedro, el
cual se vio súbitamente acometido de punzantes sospechas. Púsose de un
color tal, qué no habría pincel que lo reprodujera, como no se empapase
en la tinta lívida del relámpago; y mascando una cosa amarga, dijo
lentamente esta frase:
«Muy rica estás...».
Bien sabía ella interpretar la ironía que el ex-capellán empleaba alguna
vez para manifestar sus ideas. Comprendió la sospecha, supo leer aquella
coloración de luz eléctrica y aquel mirar indagador, y se hizo la
distraída, afectando recoger y limpiar el manguito que se había caído al
suelo. Tan amante de la verdad era ella, que abría dado días de vida por
poderla decir claramente; ¿pero cómo decirla, Santo Dios? Y la verdad se
removía cariñosa en su interior, diciéndole: _dime_... ¿pero cómo y con
qué palabras? Por todo lo que encierra el mundo no saldría de su boca la
verdad aquella. Y siéndole tan aborrecible la mentira, no había más
remedio que soltar una, y gorda. Polo le facilitó el embuste, diciendo:
«¿Trabajáis mucho?».
--Sí, sí... Hemos hecho una obra... Hace un mes que yo vengo ahorrando y
guardando todo lo que puedo, escondiendo el dinero, porque Refugio, si
lo coge, me lo gasta todo.
Y se levantó, decidida a marcharse, más que por el deseo de salir,
porque no se volviese a hablar del asunto.
Otra mentira. Dijo que Rosalía de Bringas le había encargado ir sin
falta aquella tarde para sacar los niños a paseo. ¡Pues se pondría poco
furiosa la tal señora... con aquel genio!...
Inútiles fueron los esfuerzos de él por retenerla. Por fin se escapó.
Bajando la escalera sentía un descanso, un alivio tan grande, como
cuando se despierta de un sueño febril.
«Ya no me llamo Tormento, ya recobro mi nombre--decía para sí, andando
muy a prisa--. No volveré más aunque se hunda el mundo. Procuraré no
volver a ser débil; sí, débil, porque esa es mi culpa mayor, ser buena y
tener mucho miedo... Esto se acabó. Suceda lo que quiera, no le veré
más... Pero si se irrita y me escribe cartas y me persigue y descubre...
¡Señor, Señor, déjalo ir a esa isla de los antípodas, o llévame a mí de
este mundo!».