XIII

Al día siguiente, lunes, se presentó Amparo a Rosalía, después de

desempeñar diferentes comisiones que esta le había encargado. Una de las

primeras conversaciones que Rosalía tuvo con ella fuele horriblemente

antipática, en términos que de buena gana habría puesto una mordaza en

la boca de su excelsa protectora.

«Hoy estuve en San Marcos--le dijo esta--, y me encontré a Doña

Marcelina Polo... ¡Qué desmejorada está la pobre señora! Será por los

disgustos que le ha dado su hermano, que, según dicen, es una fiera con

hábitos... Me preguntó por ti y le dije que estabas buena, que quizás

entrarías en un convento. ¿Sabes cómo me contestó...?».

Amparo aguardaba más muerta que viva.

«Pues no me dijo nada; no hizo más que persignarse. Entró en la

sacristía y oí mi misa».

Cuando llegó la hora en que acostumbraba ir Caballero, la joven no sabía

si era temor o deseo de verle lo que embargaba su ánimo... Pero el

generoso no fue aquel día, ¡cosa extraña!, y Amparo no se explicaba

aquella falta sino suponiendo en él algo de lo que ella misma sentía,

temor, cortedad, timidez. Él también era débil, sobre todo en asuntos

del corazón, y no sabía afrontar las situaciones apuradas. En vez de

Caballero fue aquel día un señor, amigo de a casa, el cual era el hombre

más cargante que Amparo recordaba haber visto en todos los días de su

vida. Era un presumido que se tenía por acabado tipo de guapeza y buena

apostura, y se las echaba de muy pillín, agudo y gran conocedor de

mujeres. Mientras estuvo allí no apartó de Amparo sus ojos, que eran

grandísimos, al modo de huevos duros y con expresión de carnero

moribundo. La vecindad de una nariz pequeñísima daba proporciones

desmesuradas a aquellos ojos que, en opinión del propio individuo, su

dueño, eran las más terribles armas de amorosas conquistas. Dos chapitas

de carmín en las mejillas contribuían al estrago que tales armas sabían

hacer. Sonrisa con pretensión de irónica acompañaba siempre al

despotrique de miradas que aquel señor echaba sobre la joven; y sus

expresiones eran tan enfatuadas, reventantes y estúpidas como su modo de

mirar. Llamábase Torres, y era un cesante que se buscaba la vida sabe

Dios cómo. La impresión que este individuo y sus miradas hacían en la

huérfana quedan expresadas diciendo, a estilo popular, que esta le tenía

sentado en la boca del estómago.

Fuera de este suplicio de ojeadas y sandeces, nada ocurrió aquel día

digno de contarse; mas cuando la joven volvió a su casa, ya entrada la

noche, recibió de la portera una carta que habían traído en su ausencia,

y al ver la letra del sobre sintió temor, ira, rabia; estrujola, y al

subir a su vivienda la rompió en menudos pedazos, sin abrirla. Los

trozos de la carta metidos unos dentro de los fragmentos del sobre y

otros sueltos, estuvieron algún tiempo en el suelo, y cada vez que

Amparo pasaba cerca de ellos parecía que solicitaban su atención. Hasta

se podía sospechar que sobrenatural mano los dispuso sobre la estera de

modo que expresasen algo y fueran signo de alguna muda pero elocuente

solicitud. Mirábalos ella y pasaba, pisándolos; pero los pedacitos

blancos le decían: «Por Dios, léenos». Para borrar todo rastro de la

malhadada epístola, Amparo trajo una escoba, emblema del aseo, que

también lo es del menosprecio. Pero a los primeros golpes pudo la

curiosidad más que el desdén. Inclinose, y de entre el polvo tomó un

papel que decía: _moribundo_. Después vio otro que rezaba: _pecado_. Un

tercero tenía escrito: _olvido que asesina_. Barrió más fuerte y bien

pronto desapareció todo.

Mas concluida la barredura, el desasosiego de la Emperadora fue tan

grande que no pudo comer con tranquilidad. A media comida levantose de

la insegura silla; no podía estar en reposo; sus nervios iban a estallar

como cuerdas demasiado tirantes. Levantó manteles; púsose las botas, el

velo, y se dirigió a la puerta; pero desde la escalera retrocedió como

asustada, y vuelta a descalzarse y a guardar el velo. Aunque estaba sola

y con nadie podía hablar, la viveza de su pensamiento era tal que arrojó

a la faz de la tristeza y de la penumbra reinantes en su casa estas

extravagantes cláusulas: «No, no voy... Que se muera».

Mas tarde debieron de nacer nuevamente en su espíritu propósitos de

salir. Cada suspiro que daba haría estremecer de compasión al que

presente estuviera. Después lloraba. Era de rabia, de piedad, ¿de

qué...? Acostose al fin y durmió con intranquilo sueño, entrecortado de

negras, horripilantes pesadillas. Medio dormida, medio despierta,

oyéronse en la angosta alcoba ayes de dolor, quejidos lastimosos, cual

si la infeliz estuviese en una máquina de tormento y le quebrantaran los

huesos y le atenazaran las carnes, aquella carne y aquellos huesos que

componían, según Doña Nicanora, la más acabada estatua viva que

produjera el cincel divino. Despierta antes del día, en su cerebro, como

luz pendiente de una bóveda, estaba encendida esta palabra: «iré». Y la

oscilación y el balanceo de esta palabra encendida eran así: «Debo ir;

mi conciencia me dice que vaya, y mi conveniencia también para evitar

mayores males. Voy como si fuera al cadalso».

Lo primero que tuvo que hacer fue inventar la explicación de su ausencia

de la casa de Bringas. Cuando no las pensaba con tiempo, estas

mentirijillas le salían mal, y en el momento preciso se embarullaba,

dando a conocer que ocultaba la verdad. Inventado el pretexto se dispuso

a salir, no verificándolo hasta que se hubo marchado su hermana. Las

diez serían cuando se echó a la calle, digámoslo en términos

revolucionarios, y tan medrosa iba, que se consideraba observada y aun

seguida por todos los transeúntes.

«Parece que todos saben a dónde voy--pensaba andando más que de prisa

para recorrer el penoso camino lo más pronto posible--. ¡Qué

vergüenza!».

Y la idea de que pudiera encontrar a alguna persona conocida la hacía

pasar bruscamente de una acera a otra y tomar las calles más apartadas.

Habría deseado, para ir tranquila, ponerse una careta, y si aquellos

días fueran los de Carnaval seguramente lo habría hecho. Atravesó todo

Madrid de Norte a Sur. Las once serían cuando entraba en la calle de la

Fe, que conduce a la parroquia de San Lorenzo, y reconoció desde lejos

la casa a donde iba por una alambrera colgada junto a una puerta, como

insignia del tráfico de trapo y cachivaches. _Se compra trapo, lana, pan

duro y muebles_, decía un sucio cartelillo colgado en la pared. El

portal no tenía número. Amparo, que no había estado allí más que una

vez, cuatro meses antes, no podía distinguirlo de los demás portales

sino por aquel emblema de la alambrera y del rótulo. Ya tan cerca del

término de su carrera, vacilaba; pero al fin, pasando junto a la mampara

de un memorialista, penetró en feísimo patio, por un extremo del cual

corría un arroyo de agua verde, uniéndose luego a un riachuelo de

líquido rojo. Eran los residuos de un taller de tintorería de paja de

sillas que había en aquellos bajos.

Atravesó la joven apresuradamente el patio de un ángulo a otro. Mucho

temió que unas mujeres que estaban allí le dijesen alguna insolencia;

pero no hubo nada de esto. En el rincón del patio había una puerta que

daba paso a la escalera, cuyo barandal era de fábrica. Paredes,

escalones y antepechos debieron ser blanqueados en tiempo de Calomarde;

mas ya era todo suciedad y mugre lustrado por el roce de tantos cuerpos

y faldas que habían subido por allí. Silencio triste reinaba en la

escalera, que parecía una cisterna del revés. Se subía por ella al

abismo, porque mientras más alta era más oscura. Por fin llegó Amparo a

donde pendía un cordón de cáñamo. Era menos limpio que el de su casa,

por lo que hubo de cogerlo también con el pañuelo. Llamó quedito y no

tardó en abrirse la puerta, pintada de azul al temple, dejando ver

colosal figura de mujer anciana, cuya cara morena, lustrosa y curtida

parecía una vieja talla de nogal. Sus cabellos de color de estopa sin

cardar salían por debajo de un pañuelo negro, y era también negro el

vestido con visos de ala de mosca que declaraban antecedentes de sotana.

La voz cascada de aquella mujer dijo estas palabras acompañadas de un

reír menudo, semejante al rumor de un sonajero:

«¡Gracias a Dios! Que haya repique de campanas... Poco contento se va a

poner».

--¿Hay alguien, Celedonia?, ¿hay alguna visita?--preguntó Amparo con

muchísimo recelo.

--Aquí no viene nadie, hija... Está solo y dado a los demonios. Cuando

la vea a usted... Adelante. Si no tiene nada, nada más que soledad y

tristeza. Le digo que pase y no quiere... Pase, pase, ¿a qué viene ese

miedo? Ahora que tiene compañía, me voy a casa del tintorero.

Amparo entró en una sala no muy grande cuyas dos ventanas daban al

patio. Contenía esta pieza el mueblaje de otra que había sido mayor, y

de aquí su aspecto de prendería. El polvo dominaba absolutamente todo,

envolviendo en repugnante gasa los objetos. Parecía un domicilio cuyos

dueños estuvieran ausentes, dejándolo encomendado al cuidado de las

arañas y de los ratones. En el rincón opuesto a la puerta, detrás de una

mesilla de salomónicas patas, colocada junto a la ventana, había un

sillón de hule negro y roto. En el sillón estaba un hombre, más que

sentado hundido en él, cubierto de la cintura abajo con una manta.

Al verle, la Emperadora fue hacia él ligera. La fisonomía del hombre

enfermo era toda dolor físico, ansiedad, turbación. Ella, turbada

también, le alargó su mano, que el tal tuvo entre las suyas mientras

decía:

«Alabado sea Dios... ¡tantos meses sin parecer por aquí! Me hubiera

muerto... me quería morir. ¡Ah, Tormento, Tormento!... ¡Abandonarme así,

como a un perro; dejarme perecer en esta soledad....!».

--Yo no debía venir... Había hecho propósito de no venir más... Pecado

horrible, que no puede tener perdón.

Diciendo esto, parecía que se ahogaba. Rompió a llorar, ¡y de qué

manera!... Vertía lágrimas antiguas, lágrimas pertenecientes a otros

días y que no habían brotado en tiempo oportuno. Por eso tenían

salobridad intensa y le amargaban horriblemente cuando se las bebía.

Vuelta la espalda al enfermo, estaba inmóvil y en pie como una de esas

bonitas imágenes que, vestidas de terciopelo, barnizada la cara y con un

pañuelo en la mano, representan con su llanto eterno la salvación por el

arrepentimiento.

Mirábala él con torvos y asustados ojos. También él lloraba quizás, pero

por dentro. Su cara era cual mascarilla fundida en verdoso bronce, y lo

blanco de sus ojos amarilleaba al modo del envejecido marfil. Queriendo

dominar la situación, el enfermo desechaba con violento esfuerzo la

tristeza y duelo del caso. Oídle decir en tono de impaciencia:

«Tormentito, deja eso por ahora. Estoy muy mal y me afecto mucho. La

alegría de verte después de tanto tiempo se sobrepone a todo. Siéntate».

--Sí--dijo volviéndose la que el doliente llamaba con nombre tan

extraño--. He venido por cumplir una obra de misericordia; he venido a

visitar a un amigo enfermo, y nada más. Se acabaron para siempre

aquellas locuras.

--Bueno, bueno; se acabaron. Pero sosiégate ahora y siéntate.

Tormento miró a todos lados con rápido y atento examen. Sus ojos

encendidos pestañeaban y el pañuelo no había secado todo el llanto que

abrasaba sus mejillas. Sonrisa ligeramente burlona animó sus labios, y

dijo así:

«Que me siente... ¿Y dónde? Si todo está lleno de polvo. Si aquí parece

que no se ha barrido en tres meses. Esto es un horror».

--Yo no he permitido que se barra ni se toque nada...--replicó el

misántropo, hasta que tú vinieras.

--Hasta que yo viniera... ¡Jesús!

--De modo que si no vienes... me dejo morir en este abandono. Ya ves

cuánta falta me haces.

Tormento buscó con qué limpiar una silla, y hecho esto, se sentó en ella

frente al enfermo.

«¿Y qué dice el médico?».

--¡El médico!... Celedonia ha querido varias veces traer uno, pero yo le

he dicho siempre que si le traía le echaría por la ventana. Mi médico es

otro, mi medicina es que me mire una persona que conozco, que venga a

verme, que no se olvide de mí.

Decía esto como un niño quejumbrón, a quien la enfermedad da derecho a

ser mimoso.

--Basta, basta... todo pasó, pasó, pasó--dijo Tormento pugnando por

arrojar el peso que sobre su alma tenía.

--No me riñas...

--Es que me marcharé.

--Eso no... Seré bueno. Pero es tan verdad lo que te he dicho, es tan

verdad que tú, alejándote, eres mi mal y volviendo mi salud, que hoy,

sólo con verte, parece que estoy bueno y que me vuelven las fuerzas.

¡Qué días he llevado! Hace un mes que apenas tomo alimento. Paso semanas

enteras sin dormir... Dice Celedonia que esto es cosa del hígado, y yo

le digo: «Que me la traigan, que me la traigan... y verás cómo

resucito...». ¡Y tú tan inhumana, tan olvidadiza...! ¿Cuántas cartas te

escribí hace tres meses? Qué sé yo. Viendo que no me respondías ni me

visitabas, me resigné. Pero hace días, creyendo morirme, no pude

resistir más, y te puse cuatro letras.

«¡Por Dios!...--exclamó Tormento, sin fuerzas para resistir el de su

conciencia--, que no me arrepienta de haber venido. Aquello pasó, se

borró, es como si no hubiera sucedido... Y la vida entera dedicada al

arrepentimiento, ¿bastará, digo yo, bastará para que Dios perdone?...».

Su espanto la obligaba a decirlo todo en impersonal, porque las palabras

_yo, tú, nosotros_, le quemaban los labios.

«Si los padecimientos purifican, si el dolor quema--manifestó el

enfermo, dándose fuerte golpe en la cabeza con la palma de la mano--, si

el dolor sana el alma, más puro estoy que un ángel... Ahora, si es

preciso el propósito de ahogar sentimientos ya muy arraigados, si no

basta con hacer como si no se quisiera y es necesario dejar de querer

realmente, entonces no hay remisión para mí. Ni puedo, ni quiero

salvarme».

Tormentito no tuvo fuerzas para decir nada contra esto. Su carácter

débil sucumbía ante resolución tan categórica. Bajó los ojos inclinando

la cabeza. El peso aquel se hizo tan grande que no podía soportarlo.

Un minuto después, en el tono más sencillo y pedestre del mundo, el tal

dijo así:

«¿Sabes? Me he puesto tan bien desde que te vi, que me alegraría de

tener qué almorzar».

--Pero que... ¿no hay...?

--¡Oh!, hija, estoy tan pobre, pero tan pobre... Vivo, si esto es vivir,

de limosna. Hace algunos días que se acabaron todos mis recursos. Cobré

algo de las cantidades, que me debía Pizarro el fotógrafo ¿te acuerdas?;

parte empleé en socorrer a esa desgraciada familia del sillero que vive

arriba; el resto lo he ido gastando. Aún debo cobrar tres mil y pico de

reales que me debe Juárez, y además tendré lo que produzca la venta de

los muebles y material de la escuela. Me lo ha tomado el Ayuntamiento;

pero esta es la hora en que no me han dado un ochavo. Si no fuera por el

padre Nones, ya me habría hecho llevar a un hospital.

Amparo se internó en la casa y al poco rato volvió diciendo:

«Si no hay nada, ni siquiera carbón».

--Nada, nada, ni siquiera carbón--repitió él cruzando las manos.

Tormento volvió a desaparecer. Sintiola el enfermo trasteando en la

cocina, y oyó la simpática voz que decía: «Esto es un horror».

--¿Qué haces?

--Limpiar un poco--replicó ella desde lejos, confundiendo su voz con el

sonido de calderos y loza.

Poco después entró en la sala, diligente. Se había quitado el velo y el

mantón, y la mujer de gobierno se revelaba en toda ella.

«Pero esa Celedonia ¿dónde está?»--preguntó con mucha impaciencia.

--¿Celedonia?, échale un galgo... Cómo haya encontrado con quién

charlar... ¿Para qué la quieres?

--Para mandarla a la compra, avisar al carbonero, al aguador... No puedo

ver la casa tal como está, ni que, pudiéndolo yo remediar, está sin

comer una persona...

--Que te quiere tanto... Has hablado como el Evangelio... No, no te

arrepientas.

--Una persona que nos ha socorrido a mí y a mi hermana en días de

miseria...

--¡Bah!... No cuentes con Celedonia. Esa pobre mujer es muy buena para

mí, pero no sirve más que para comerme lo poco que tengo. Cuando le dan

los ataques de reuma y se tumba y se pone ella a gritar por un lado

mientras yo gimoteo por otro, sin podernos consolar ni ayudar el uno al

otro, esta casa es un Purgatorio... Mira, hija, más vale que vayas tú

misma a comprar lo que deseas darme. De tus manos comería yo piedras

pasadas por agua... ve...

--¿Y si me conocen?--dijo ella temerosa.

Meditó un instante. Variando después de parecer y poniéndose el mantón

por los hombros y en la cabeza un pañuelo que antes tenía al cuello,

tomó la cesta de la compra y se dispuso a salir.

--Me atreveré--afirmó sonriendo con tristeza--. Hago con esto otra obra

de misericordia, y Dios me protegerá.

--¡Divina y salada!...--pensó el infeliz señor viéndola salir--. Se me

parece a las seráficas majas que gozan un puesto en el cielo... digo, en

el techo de San Antonio de la Florida.

Y el suspiro que echó fue tal, que hubo de resonar en Roma.

Tormento · 第 13 / 44 题