En cuanto Amparo se quedó sola, faltole tiempo para ver y examinar lo
que había recibido. En blanco estaba el papel que envolvía los billetes,
los cuales, ¡oh prodigio!, representaban suma doscientas veces mayor que
la que Bringas acostumbraba darle todos los sábados... Ella miraba el
papel azul creyendo encontrar algún signo, alguna cifra que fuesen
expresión de la magnanimidad de aquel hombre santo, angelical, único;
pero no había nada, ni un rasgo de pluma. Tal laconismo superaba en
elocuencia a los mejores párrafos. Amparo le trajo a su memoria con vivo
esfuerzo del espíritu, y creía estarle viendo, al través de la puerta
del despacho, sentado y con un periódico en la mano, mientras Bringas le
decía a ella las desabridas palabras: «¡hija, otra vez será!».
Grandísima fue la confusión de la joven al pensar qué haría con aquel
dinero. Devolverlo era un acto orgulloso que ofendería al donador. ¡Y
verdaderamente le hacía tanta, tantísima falta...! El casero la acosaba
y no la dejaban vivir acreedores igualmente feroces. Sí, sí, lo mejor
que podía hacer era humillarse ante la majestad de aquella alma grande y
aceptar el socorro para atender a sus congojosas necesidades. Él no lo
hacía por vanidad de hombre rico; hacíalo por puro anhelo de caridad y
amor. ¿Cómo desairar estos dos sentimientos que, según la religión, son
uno solo?
Esta consideración llevó sus ideas por otro camino. Lo que Agustín le
había dicho algunas noches antes era de gran valor. Antes de oír aquella
sustanciosa frase, ya ella había comprendido, con su penetración de
hembra, que el señor de Caballero no la miraba como se mira a las
personas que nos son indiferentes. Había sabido ella interpretar con
seguro tino aquella frialdad de estatua, aquel silencio grave,
hallándoles un sentido atrozmente expresivo. Luego él de improviso había
dicho: «me volveré a Burdeos cuando pierda la esperanza, cuando
usted...». ¡Oh!, no, no; no podía ser; caso tan feliz salía fuera de los
justos términos de la ambición humana... Pero ¿qué significaba entonces
aquel regalo, que si a primera vista no parecía delicado, revelaba
franqueza noble y el deseo de atemperarse a las circunstancias? Y siendo
ella pobre, pobrísima, ¿por qué no había de auxiliarla quien aspiraba
nada menos que a...? Sueño, delirio, esto no podía ser... No obstante,
un secreto instinto le decía que sí. Bien claro habían hablado aquellos
ojos negros. Y el consabido socorro debía entenderse como un intento de
ponerla en condiciones de igualarse a él... Otra confusión: siendo
indudable que Caballero la quería para sí, ¿en qué condiciones sería
esto? Quería hacerla su esposa o su... Él había dicho varias veces que
deseaba casarse. A más de esto, aquella frase que dijo a Rosalía, aquel
_yo la dotaré_, encerraba un sentido enteramente matrimonial.
Más se confundía Amparo al pensar lo que debía decir a su protector
cuando le viera en la casa de Bringas. ¿Le daría las gracias lo mismo
que si hubiera recibido la butaca de un teatro o una caja de dulces?
No... ¿Se callaría? Tampoco. ¿Le contestaría con un largo y bien
estudiado discurso? Menos. No era caso de decir: «¡Ave María! D.
Agustín, ¡qué cosas tiene usted!». La respuesta al gallardo obsequio era
tan difícil y compleja, que lo mejor sería confiarla al papel. ¡Una
carta! Feliz idea. Amparo tomó papel y pluma... Pero las dificultades
fueron tales desde la primera palabra, que arrojó la pluma convencida de
su incapacidad para obra tan delicada. Todo cuanto se le ocurría
resultaba pálido, insulso y afectado, como si hablara por ella un
personaje de las novelas de D. José Ido. Nada, nada de papeles escritos.
El estilo es la mentira. La verdad mira y calla.
Las cosas que bullían en su cabeza, los disparates que pensaba, los
proyectos que hacía, los desfallecimientos que sentía de pronto,
pusiéronla en tal estado de sobrexcitación, que si no era la misma
locura, poco le faltaba para llegar a ella. Añadíanse a tantos motivos
de frenesí las maravillas contadas por Felipe aquella noche, que no
parecían sino las _Mil y una noches_ refundidas a estilo casero. En el
rebullicio que tenía en su cabeza vio Amparo los grifos del baño, la
cocina con tantas puertas y hornillos, los montones de ropa y de
vajilla, las figuritas de porcelana y los pájaros de la caja de música.
Ya se paseaba por la sala, dando aire y espacio a todo aquel efluvio de
pensamientos vanos, ya se sentaba para mirar atentamente a la luz, ya
iba de una parte a otra de la casa. La una sonó en el reloj de la
Universidad y ella no pensaba en pedir reposo al sueño.
Refugio entró. Sorprendida de ver a su hermana levantada, tembló
esperando una reprimenda por haber venido tan tarde. Tenía el rostro
encendido y de sus ojos brotaban resplandores de fiebre o de alegría.
«¿Qué hay?»--preguntó Refugio, antes de quitarse la toquilla con que se
abrigaba.
Tenía tan poco imperio el egoísmo en el alma de la mayor de las
Emperadoras que hizo entonces, como otras muchas veces, una cosa de todo
punto contraria a su conveniencia personal. ¡Era tan débil! Dejándose
arrastrar de su índole generosa, mostró los billetes.
Refugió abrió los ojos, enseñó los dientes en un reír de loca, y dijo
con toda su voz, que con el frío de la noche se había puesto algo ronca:
«¡Chica, chica!».
--¡Ah!, poco a poco--dijo Amparo guardándose el dinero en el seno con
rápido movimiento--. Esto ha venido para mí. Que yo como buena hermana
lo parta contigo, no quiere decir que tengas derecho...
--¿Pero quién?...
--Eso no te lo puedo decir... Lo sabrás más adelante... Pero te juro que
es el dinero más honrado del mundo. Se pagarán todas las deudas. Y si te
portas bien, si haces lo que te mande, si me prometes trabajar y no
salir de noche, te daré algo... Acuéstate, estarás cansada.
Refugio, sin decir nada, entró en la alcoba. Desde la sala se la podía
ver colgando su ropa en una percha.
Amparo se acostó también. En la oscuridad, de cama a cama, las dos
hermanas hablaban.
«Se entiende que has de portarte bien... hacer todo lo que yo te mande.
Tu decoro es mi decoro; y si tú eres mala, mi opinión ha de padecer
tanto como la tuya».
--Es que para que yo sea buena, hermana--replicó la otra desde el hueco
de sus sábanas--, lo primero que has de hacer es suprimir los sermones.
No prediques, que eso no conduce a nada. ¿Por qué es mala una mujer? Por
la pobreza... Tú has dicho: «si trabajas...». ¿Pues no he trabajado
bastante? ¿De qué son mis dedos? Se han vuelto de palo de tanto coser.
¿Y qué he ganado? Miseria y más miseria... Asegúrame la comida, la ropa,
y nada tendrás que decir de mí. ¿Qué ha de hacer una mujer sola,
huérfana, sin socorro ninguno, sin parientes y que se ha criado con
cierta delicadeza? ¿Se va una a casar con un mozo de cuerda? ¿Qué
muchacho decente se acerca a nosotras viéndonos pobres?... Y ya sabes,
desde que la ven a una tronada y sola ya no vienen a cosa buena... La
costura ¿para qué sirve? Para matarse... ¿Ese dinero lo has ganado tú
haciendo camisas, bordando o poniendo cintas a los sombreros?... ¡Qué
risa! ¿Te lo han dado los Bringas?... ¡Tendría sal! ¿Pues de dónde lo
has sacado? ¿Hay debajo de las tejas quien dé dinero por darlo, por
hacer favor, por caridad pura?... No, hija; a mí no me vengas con
hipocresías... ¿Es que puede suceder que lluevan billetes de Banco?
Tampoco. Pues entonces habla claro... Chica, yo necesito treinta duros,
pero los necesito mañana mismo. Es que los debo, hija, los debo, y yo
tengo mucha conducta. Si me los das...
Poco a poco se fueron entrecortando las palabras de Refugio. Estaba tan
fatigada, que la excitación cerebral, producida por la vista de aquel
inexplicable tesoro, fue vencida del cansancio. Se durmió profundamente,
como ella dormía, con la tranquilidad del injusto, resultado de una
fácil conciencia.
Por la mañana, Amparo, que estaba despierta, sintió que su hermana se
levantaba despacito, procurando no hacer ruido, y metía con sigilo y
cautela la mano entre las almohadas...
«Chica, no seas mala--dijo la Emperadora mayor, aplicándole ligera
bofetada--. Estoy despierta. No he dormido en toda la noche. ¿Buscas el
dinero? Sí, para ti estaba...».
Refugio volvió a su cama riendo. Toda la mañana, ya después de
levantadas, estuvieron cuestionando, a ratos en broma, a ratos con
seriedad. Negábase Amparo a dar dinero a su hermana si no prometía
variar de costumbres, y Refugio, para conseguir su objeto sin renunciar
a su libertad, empleaba toda suerte de halagos y carantoñas, o bien de
tiempo en tiempo las amenazas, revolviéndolas con mentiras muy bien
urdidas. Tenía un gran compromiso con las de Rufete, y cuando los
pintores a quienes servía de modelo le pagaran, devolvería a su hermana
la cantidad que le anticipase. De este enredo pasó a otro y luego a
otro, hasta que, Amparo, cansada de oírla, la mandó callar, por lo cual,
irritada la pequeña, dejose arrebatar de la ira, y con la voz de sus ya
indomables pasiones increpó a su hermana de esta manera:
«Guarda tu dinero, hipocritona... No lo quiero... Me quemaría las manos.
Es de pie de altar».
Tanta impresión hicieron en el ánimo de la otra estas palabras, que
estuvo a punto de caer al suelo sin sentido. Sin responder nada corrió a
la alcoba y se reclinó sobre la cama, rompiendo a llorar. En la salita,
Refugio desbocada prosiguió de este modo:
«Tiempo hacía que no parecían por aquí dineritos de la lotería del
diablo...».
Después de una pausa lúgubre, Refugio vio que por entre las cortinillas
de la alcoba asomaba el brazo de su hermana. La mano de aquel brazo
arrojó dos billetes en medio de la sala.
«Toma, perdida»--dijo una voz, ahogada por los sollozos.
Refugio tomó el dinero. Sabía conseguir de su hermana todo lo que quería
manejando un hábil resorte de vergüenza y terror. Amparo no había sabido
sustraerse a este execrable dominio.
Aplacado su furor con la posesión de lo que deseaba, la hermana menor
sintió en su alma cosquilleos de arrepentimiento. Era su carácter pronto
y como explosivo, y tan fácilmente se remontaba a las cumbres de la ira
como caía deshecho en el llano de la compasión. Había ofendido a su
hermana, le había dado terrible golpe en la misma herida sangrienta y
dolorosa; y afligida del recuerdo de esta mala acción, esperó a que la
agraviada saliese para decirle alguna palabra conciliadora. Pero no
salía; sin duda no quería verla, y Refugio al cabo, más vencida de la
impaciencia que de la consideración hacia su hermana, salió a la calle.
Aquel día, por ser domingo, no fue Amparo a la casa de Bringas.
Entretúvose en arreglar la suya y coser su ropa, y después de una breve
excursión a la calle para comprar varias cosillas que le hacían mucha
falta, volvió a su trabajo doméstico con verdadero afán. Hizo propósito
de establecer el mayor arreglo y limpieza en su estrecha vivienda. Pero
¡ay!, con aquella loca de su hermana no era posible el orden. «¿Qué saco
de comprar nada--pensó--, si el mejor día me lo vende o me lo empeña
todo?».
Comió sola, porque la andariega no fue a la casa en todo el día. Entró
de noche ya muy tarde; pero las dos hermanas no se hablaron una palabra.
Amparo estaba muy seria, Refugio parecía sumisa y deseosa de perdón.
Viendo que su hermana no se daba a partido, bajó a casa de D. José y
estuvo charla que charla toda la noche. Estas tertulias de la pequeña en
casa de los vecinos desagradaban mucho a su hermana.