XI

Quedose Amparo sola, sentada en el sillón apoyado el brazo en el velador

y la mejilla en la palma de la mano. En esta postura dejaba ir el tiempo

en lenta corrida, y la meditación era en ella como somnolencia. Por su

mente discurrían cosas presentes y pretéritas, las unas agradables, las

otras terriblemente feas, y daban vueltas en infalible serie como las

horas en el círculo del reloj. Cada idea y cada imagen perseguían a las

que pasaron primero y eran acosadas de otras. Variaba el color y el

sentido de ellas, pero el maldito círculo no se rompía. A ciertos

intervalos se presentaba una sombra negra, y entonces la pensadora abría

los ojos como espantada, buscando la luz. Y la claridad hacía su efecto;

la sombra huía, mas con engañosa retirada, porque el solemne y

terrorífico movimiento del círculo la volvía a traer. Abría Amparo los

ojos y sacudía un poco la cabeza. Hay ocasiones en que puede uno llegar

a figurarse que las ideas se escapan por los cabellos cual si fueran un

fluido emparentado con la electricidad. Por esto tiene la raza humana un

movimiento instintivo de cabeza, que es como decir: «márchate, recuerdo;

escúrrete, pensamiento».

No podía apreciar bien la pensadora el tiempo que pasaba. Sólo hacía de

rato en rato la vaga apreciación de que debía de ser muy tarde. Y el

sueño estaba tan lejos de ella que en lo profundo de su cerebro, detrás

del fruncido entrecejo, le quemaba una cosa extraña... el convencimiento

de que nunca más había de dormir.

Dio un salto de repente y el corazón le vibró con súbito golpe. Había

sonado la campanilla de la puerta. ¿Quién podía ser a tal hora? Porque

ya habían dado las diez y quizás las diez y media. Tuvo miedo, un miedo

a nada comparable, y se figuró si sería... ¡Oh!, si era, ella se

arrojaría por la ventana a la calle. Sin decidirse a abrir, estuvo

atenta breve rato figurándose de quién era la mano que había cogido

aquel verde cordón de la campanilla, nada limpio por cierto. El cordón

era tal, que siempre que llamaba se envolvía ella los dedos en su

pañuelo. La campana sonó otra vez... Decidiose a mirar por el

ventanillo, que tenía dos barrotes en cruz.

«¡Ah!... es Felipe».

--Buenas noches. Vengo a traerle a usted una carta de parte de mi

amo--dijo el muchacho, cuando la puerta se le abrió de par en par y vio

ante sí la hermosa y para él siempre agradabilísima figura de la

Emperadora.

--Entra, Felipe--murmuró ella, con la dificultad de voz que resulta

cuando el corazón parece que se sube a la laringe.

--¿Cómo lo pasa usted?

--Bien... ¿y tú?

--Vamos pasando. Tome usted.

--¿No te sientas?

Tomó la carta. No acertaba a abrirla y el corazón le dijo que no

contenía, como otras veces, billetes de teatro. Luego venía tan pegado

el sobre, que le fue preciso meter la uña por uno de los picos para

abrir brecha y rasgar después... ¡Jesús!... Si no acertaba tampoco a

sacar lo que dentro había... ¡Dedos más torpes!... Por fin salió un

papel azul finísimo, y dentro de aquel papel dejáronse ver otros papeles

verdes y rojos y no muy aseados. Eran billetes del Banco de España.

Amparo vio la palabra _escudos_, ninfas con emblemas industriales y de

comercio, muchos numeritos... Le entró tal estupidez que no supo qué

hacer ni qué decir. Tuvo la idea de meter todo otra vez dentro del sobre

y devolverlo. ¿Pero se enfadaría...? Puso la carta y su contenido en la

mesa y sobre todo apoyó el brazo. Tanta era su emoción, que necesitaba

tomarse algún tiempo para adoptar el mejor partido.

«Siéntate, hombre... a ver, cuéntame qué es de tu vida».

Hablando, hablando, quizás se restablecería el orden en su cabeza

trastornada.

«Dime, ¿qué tal te va con tu amo?».

--Tan bien que no sé lo que me pasa. Yo digo que estoy durmiendo.

--¿Tan bueno es?

--¿Bueno?, no señora; es más que bueno, es un santo--afirmó Centeno con

entusiasmo.

--Ya, ya. Bien se conoce que estás en grande. Pareces un señorito. Ropa

nueva, sombrerito nuevo.

--Es un santo, un santo del cielo--repitió el doctor con cierto

arrobamiento.

--¿Y estudias?

--Ya lo creo... Tengo poco trabajo y voy al Instituto... Le digo a usted

que me vino Dios a ver.

--¡Cuánto me alegro!

Por un instante se apartó la mente de Amparo del interés de lo que oía

para pensar así:

«¿Qué cantidad será esta? Me da vergüenza de mirarlo ahora delante del

muchacho».

Mientras esto pensaba ella, Centeno se entretenía en contemplar a su

sabor la perfecta cara, las acabadas manos y brazos de la Emperadora.

Era Felipe uno de los admiradores más fervientes que ella tenía, y se

habría estado mirándola sin pestañear tres semanas seguidas.

«Pero cuéntame, ¿cómo tuviste la suerte de conocer a ese señor?».

--¡Ah!... vea usted.... Yo estaba el año pasado en un oficio muy perro.

--Sí, tocando la trompeta con el del petróleo.

--Después entré en la tienda de la calle Ancha, ya sabe usted, el número

17, donde dice: _Ultramarinos de Hipólito Cipérez_. No me iba mal allí.

D. Agustín era amigo de mi amo; le había conocido en las Américas...

Cuando se ponían a hablar no concluían. D. Agustín registraba toda la

tienda, y como es tan entendido en comercio, preguntaba: «¿A cuánto sube

el arroz sobre vagón en Valencia? ¿Cómo se detalla aquí el azúcar? ¿A

cuánto sale la galleta inglesa? ¿Es buen negocio las conservas de

Rioja?». Y Cipérez le enteraba de todo. Muchos días comían juntos en la

trastienda, y siempre que mi amo mandaba un recado a D. Agustín iba yo a

llevarlo. Me gustaba mucho aquel caballero, y decía él que yo le había

caído en gracia. Oiga usted lo mejor. Un día entró D. Agustín en la

tienda y dijo: «Caramba, estoy tan aburrido, que una de tres: o me pego

un tiro o me caso o me pongo a trabajar, es decir, una de tres: o me

mato o me alegro o me embrutezco para no sentir nada... Lo primero es

pecado, lo segundo es difícil; vamos a lo tercero. Tengo ganas de hacer

algo; déjeme usted que le ayude». Y poniéndose en mangas de camisa se

fue al almacén ¡qué salero!, y empezó a pesar sacos, a apartar cajas de

pasas y a confrontar facturas para sacar los precios. El otro chico y yo

no podíamos menos de echarnos a reír; pero don Agustín no se enfadaba.

Al otro día, que era domingo, nos dio para que fuéramos al teatro. Una

noche, hablando con Cipérez de las cosas de su casa, dijo que necesitaba

un criado y que yo le gustaba, y me fui con él. Yo dije: «Aquí es la

mía», y le enseñé mis libros y le pedí que me dejara libre algunas horas

para volver al Noviciado. Se puso muy contento: «Hombre sí, hombre

sí...». Poco trabajo tengo, porque hay dos criadas. Una de ellas, que es

la que manda, hermana de la mujer de Cipérez, es muy buena señora, muy

buena señora. Y allí ha de ver usted abundancia, sin que se pueda decir

que hay despilfarro. La casa es un palacio. No crea usted... cortinas de

seda, alfombras y candeleros de plata... En la cocina hay máquina para

hacer helado y en el comedor un servicio de huevos pasados que es una

gallina con pollos, todo de plata. La gallina se destapa y allí se ponen

los huevos pasados. A los pollos se les levanta la cabeza y son las

hueveras, y en el pico se pone la sal. ¡Oh!, ¡pues si usted viera...! En

uno de los cuartos hay una pila de mármol con dos llaves, una de agua

fría, otra de agua caliente. Da gusto ver aquello... La cocina es de

hierro, con muchas puertas, tubos, hornillas y horno y demonios... ¡Vaya

que ha gastado el amo dinerales en arreglar la casa! Es suya; ¿pues qué

cree usted? La compró por tantos miles de miles de duros. Vivimos en el

principal. ¡Si usted la viera! El amo tiene cama grande, muy grande.

Dicen que se quiere casar... y luego hay muchas alcobas, muchas, que,

según Doña Marta, serán para los niños... Hay un armario de tres espejos

para ropa de señora. Está vacío. Yo meto en él la cabeza para oler el

cedro, que huele muy bien... Síguele otro armario, lleno de montones de

ropa blanca, que el señor trajo de París. Aquello no se toca. Hay allí

mantelerías y otras cosas muy ricas, pero muy ricas; telas con mucho

encaje ¿sabe?... Es cosa para que no la toquen manos. Pues también

tenemos un cajón de cubiertos de plata que no se usan nunca y vajillas

que están todavía metidas dentro de paja. Dice Doña Marta que hay allí

avíos para una casa de cuarenta de familia. Y todos los días están

trayendo cosas nuevas. D. Agustín, como no tiene nada que hacer, se

entretiene en ir a las tiendas a comprar cosas. El otro día llevaron una

lámpara grande de metal. Parece de oro y plata, y tiene la mar de

figuras y ganchos para luces. ¡Ah!, ¡si viera usted una licorera que es

un barco con sus velas, y está cargado de copas...!, en fin, monísimo.

En el cuarto que va a ser para la señora hay muchos, muchísimos

monigotitos de porcelana. No pasa día sin que el amo traiga algo nuevo;

y lo va poniendo allí con un cuidado... ¡Y qué sofá, qué sillas de seda

ha puesto en el tal cuarto! Nosotros decimos: «Aquí tiene que venir una

emperatriz...». ¡Ah!, también hay en el cuarto de la señora una jaula de

pájaros, todo figurado, con música, y cuando se le da al botón que está

por abajo, _tiriquitiplín_... empiezan a sonar las tocatas dentro, y los

pájaros mueven las alas y abren el pico...

Centeno se reía; Amparo se echó a reír también y al mismo tiempo sus

ojos se humedecieron.

«¿Y tu amo qué hace?... ¿En qué se ocupa?».

--Madruga mucho, escribe sus cartas para América, y después sale a dar

un paseo a caballo. Monta muy bien. ¿Le ha visto usted? Es un gran

jinete. Después que vuelve de pasear lee el correo... Suele ir por las

tardes a casa de los señores de Bringas. Algunos días le entra la murria

y no sale de casa. Se está todo el santo día dando vueltas en su

despacho y en el cuarto de la señora.

--¿Y tiene mal genio?

--¿Que está usted diciendo, señora? ¿Mal genio? Lo dicho, o mi amo es

santo o no creo en santo ninguno. Conmigo tiene bromas. No me riñe sino

así: «hombre, hombre, ¿qué es eso?». Otras veces viene y me dice:

«Felipe, formalidad». Y punto... Yo me porto bien, aunque me esté mal el

decirlo. Cuando estoy estudiando en mi cuarto, porque tengo mi cuartito,

suele entrar de repente y coge mis libros y los lee... Como ha estado

tantos años trabajando, no sabe mucho, sino es de cosas de comercio,

quiero decir, que no ha tenido tiempo de leer. A mí me pregunta de vez

en cuando alguna cosa, y si la sé le contesto; pero casi siempre da la

condenada casualidad de que yo también me pego, y nos quedamos los dos

mirándonos el uno al otro.

--¿Van muchos amigos a su casa?

--¡Quia!, no señora. Constantes no van más que tres: el Sr. de Arnáiz,

el Sr. de Trujillo y el Sr. de Mompous. Toman café en casa y juegan al

billar con el amo. Son buenas personas. Lo que no falta nunca allí a

todas horas del día es gente que va a pedir limosna, porque el señor es

muy caritativo ¡Ay, Dios mío, qué jubileo! Unos van con cartitas, estos

con un papel lleno de nombres y otros se presentan llorando. Van viudas,

huérfanos, cesantes, enfermos. Este pide para sí, aquél para unos niños

mocosos. Dice Doña Marta que la casa parece un valle de lágrimas. Y el

amo es tan buenazo que a todos les da más o menos. Las monjas van así...

en bandadas. Unas piden para los viejos, otras para los niños, estas

para los incurables, aquellas para los locos, para los ciegos, para los

lisiados, para los tiñosos y para las arrepentidas. Van artistas que se

han estropeado una mano y bailarinas que se han descoyuntado un pie;

cantantes que se quedaron roncos y albañiles que se cayeron de los

andamios. Van clérigos de la parroquia que piden para las monjas pobres,

y señoras que juntan para los clérigos imposibilitados. Algunos piden

con la pamema de una rifa, y llevan una fragata dentro de su fanal,

colchas bordadas o una catedral hecha de mimbres. Ciertos sujetos

clamorean para el beneficio de un cómico pobre o para redimir del

servicio militar a un joven honrado. Hay mujer que va pidiendo para una

misa que ofreció, o para una enferma a quien le han recetado tales

baños. Las murgas están siempre soplando a la puerta de casa, y en fin,

mi amo, como dice Doña Marta, es el segundo Dios de los necesitados...

¡Y como es tan rico...! Porque usted no sabe bien lo rico que es mi amo.

Tiene más millones, más millones... (Al llegar aquí, Felipe se había

entusiasmado tanto, que se levantó y gesticulaba como un orador.) ¿Qué

cree usted? El Banco le debe mucho, y cuando quiere dinero, pone su

firma en un papelito y se lo da al cobrador de Arnáiz, el cual le trae

luego una espuerta de billetes...

Ambos se reían con natural y expansivo gozo.

«Me parece, amigo Felipe, que exageras mucho».

--¿Qué está usted diciendo?... Si es más que millonario. Al Gobierno le

ha prestado la mar de dinero, sí señora, al Gobierno. En Londres, en

Burdeos y en América tiene... no se acierta a contar.

Centeno expresó con indescriptible gesto la imposibilidad en que estaba

de apreciar por medio de la aritmética los fabulosos caudales de su amo.

Por grande que fuera el interés con que Amparo oía las maravillas

contadas por Felipe, mayor era su curiosidad por examinar a solas el

contenido de la carta y ver si aquel bendito hombre había escrito algo

en ella. Abrasada de impaciencia, dijo al muchacho:

«Mira, Felipe, es tarde. ¿No te reñirá tu amo si te entretienes? Creo

que debes retirarte».

--Las nueve menos cuarto--dijo el doctor sacando del bolsillo con cierta

afectación, un bonito _remontoir_ americano.

--Hola, hola, ¿tienes reloj? ¡Chico!...

--Y de plata. Me lo dio el amo el día de San Agustín... Tiene razón la

señorita. Debo marcharme. D. José Ido me dijo que, al bajar, entrara en

su cuarto para charlar un poquito; pero es tarde...

--Sí, más vale que te vayas a tu casa--indicó Amparo, temerosa de que

Ido y su mujer, que eran muy chismosos, se enteraran del recado que

Felipe había traído--. Pórtate bien con tu amo y no le des disgustos,

entreteniéndote fuera de la casa. No encontrarás otro arrimo como ese.

Debes traerlo en palmitas, debes ponerlo sobre tu corazón...

--En mis propias entretelas, señorita... Con que...

--Adiós, hijo.

--Que usted lo pase bien... Que usted se conserve siempre tan buena...

--Adiós, hombre.

--Y tan guapa--añadió el doctor, que ya iba aprendiendo a ser galante.

Tormento · 第 11 / 44 题