IX

Lo que había pensado Caballero era esto:

«Llego, y como los primos se han ido al teatro, me la encuentro sola.

Mejor coyuntura no se me presentará jamás. Es preciso tener valor y

romper este maldito freno. Entro, la saludo, me siento frente a ella en

el comedor, hablamos primero de cosas indiferentes. Ella estará

cosiendo. Le diré que por qué trabaja tanto. Contestará, como si la

oyera, que le gusta el trabajo y que se fastidia cuando no hace nada.

Direle entonces que eso es muy meritorio y que... Adelante: de buenas a

primeras le suelto esto: «Amparo, usted debe aspirar a una posición

mejor, usted no está bien donde está, en esta servidumbre mal

disimulada; usted tiene mérito, usted...» Y ella, como si la oyera,

llena de modestia y gracia, se echará a reír y contestará: «Don Agustín,

no diga usted esas cosas.» Volveré entonces a hablar del trabajo, que es

para mí una necesidad, y diré que hallándome sin ocupación en Madrid y

aburridísimo, me marché a Burdeos para establecer allí el negocio de

banca. Al oír eso, es indudable, es infalible, como si lo viera, que se

echará a reír otra vez y mirándome muy de frente dirá: «Pero D. Agustín,

¿cómo es que al mes de estar en Burdeos se volvió usted a Madrid a

aburrirse más y a no hacer nada?.»

»Oída por mí esta pregunta, ya tengo el terreno preparado. La respuesta

es tan fácil, que no tengo que hacer más que abrir la boca y dejar salir

las palabras, sin que el miedo me sofoque ni la cortedad me embargue la

voz. Hilo a hilo fluirán corriendo las frases de mis labios y le diré:

«Ya que usted me habla de ese modo, le voy a contestar con franqueza,

descubriendo todo lo que hay dentro de mí. Usted me comprenderá... El

tedio de Madrid me siguió a Burdeos, y mi espíritu era allí tan incapaz

de ordenar un negocio como aquí lo fue. Usted no lo entenderá, y voy a

explicárselo. Pasé lo mejor de mi vida trabajando como se trabaja en

América, en un mundo que se forma. La soledad fue mi compañera, y en la

soledad se nutrían mis tristezas a medida que crecía el montón frío de

mis caudales. Amigos pocos, familia ninguna. ¡Ay!, niña, usted no sabe

lo que es vivir tantos años, lo mejor de la vida, privado del calor de

los sentimientos más necesarios al hombre, habitando una casa vacía,

viendo como extraños a todos los que nos rodean, sin sentir otro cariño

que el que inspira el cajón del dinero, sin otra intimidad que la de las

armas que nos sirven para defendernos de los ladrones, durmiendo con un

rifle, despertando al gemir de las carretillas en que se llevan y traen

los fardos... Para abreviar: yo me vine a Europa seguro de tener un

capital con que pasar la vida, y por el viaje me decía: ¿Pero tú has

vivido en todo este tiempo? ¿Has sido un hombre o una máquina de carne

para acuñar dinero?.»

»Cuando yo esté diciendo esto, me oirá con toda su alma, fijos en mí sus

bellos ojos. Yo me animaré más, y libre ya de todo miedo, continuaré

así: «No debo ocultar nada de lo que encierra mi corazón, lleno del

tristísimo desconsuelo de su virginidad. Yo no he vivido en Méjico, la

capital, donde seguramente habría conocido mujeres que me hubieran

interesado. Aquella ciudad de pesadilla, aquella Brownsville, que no es

mejicana ni inglesa; donde se oyen mezcladas las dos lenguas formando

una jerga horrible, y donde no se vive más que para los negocios; pueblo

cosmopolita, promiscuidad de razas; aquella ciudad de fiebre y combate

no podía ofrecerme lo que yo necesitaba. La corrupción de costumbres,

propia de un pueblo donde el furor de los cambios lo llena todo, hace

imposible la vida de familia. Las grandes fortunas que en aquel maldito

suelo se improvisaron tuvieron por origen la cruel guerra de secesión,

el abastecimiento de las tropas del Sur y el contrabando de efectos

militares. Por las vicisitudes de la guerra, que hacían variar cada día

el rumbo del negocio, los especuladores no podíamos tener residencia

fija. Tan pronto estábamos en Matamoros como en Brownsville. A veces

teníamos que embarcar nuestros víveres atropelladamente y remontar el

río Grande del Norte hasta cerca de Laredo. ¡Y qué confusión de

intereses, qué desorden moral y social! Americanos, franceses, indios,

mejicanos, hombres y mujeres de todas castas revueltos y confundidos,

odiándose por lo común, estimándose muy rara vez... Aquello era un

infierno. Allí el amancebamiento y la poligamia y la poliviria estaban a

la orden del día. Allí no había religión, ni ley moral, ni familia ni

afectos puros; no había más que comercio, fraudes de género y de

sentimientos... ¿Cómo encontrar en semejante vida lo que yo ansiaba

tanto? Cuando me vi rico, dije: 'ahora ellos', y me embarqué para

Europa. Por la travesía pensaba así: 'Ahora, en la vieja España, pobre y

ordenada, encontraré lo que me falta, sabré redondear mi existencia,

labrándome una vejez tranquila y feliz...'. Llegué a España. En Cádiz,

no quedaba nadie de la un tiempo numerosa familia de Caballero. Quise

ver a Bringas, hermano de mi madre. Vine a Madrid, y Madrid me gustó,

créalo usted. Este pueblo donde es una ocupación el pasearse, me

agradaba a mí, que me había resecado el alma y la vida en un trabajo

semejante a las empresas de los héroes y caballeros, si se las desnuda

de poesía y se las reviste de egoísmo. Las relaciones entre las personas

son aquí dulces y fáciles. Se ven mujeres bonitas, graciosas y finas por

todas partes. Donde tanto abunda el género (perdóneme usted este vocablo

comercial), fácil es encontrar lo bueno. A los pocos días de estar aquí,

vi una...»

»Al llegar a este punto tan delicado, debo reunir todas las fuerzas de

mi espíritu para no decir una tontería. Adelante... «Vi una mujer que me

pareció reunir todas las cualidades que durante mi anterior vida

solitaria atribuía yo a la soñada, a aquella grande, hermosa, escogida,

única, que brillaba dentro de mi alma por su ausencia y vivía dentro de

mí con parte de mi vida. Cuando lo que se ha pensado durante mucho

tiempo aparece fuera de uno, en carne mortal, llega la hora de creer en

la Providencia y de hallar justificada la vida. Tuve grandísima alegría

al ver a la tal mujer, y desde el primer momento me gustó tanto,

tanto... Diré las cosas claras, con toda la llaneza de mi carácter. Pues

oiga usted, la vi un sábado y me hubiera casado con ella el domingo.

Parecíame haberla visto y conocido y tratado desde muchos años antes,

casi desde que ella era tamañita así y apenas alcanzaba a poner las

manos sobre esta mesa. Figurábame que poseía todos sus secretos y que

ninguna particularidad de su vida me era ignorada. No sé por qué, su

semblante y sus ojos eran su alma, su historia, y tenían una diafanidad

admirable y como milagrosa. Cosa rara, ¿verdad? Todo lo que de ella

necesitaba saber lo sabía sólo con mirarla. Sospechas de engaño, de

doblez, de mentira... ¡oh!, nada de esto cabía en mí viéndola. El amor y

la confianza eran un mismo sentimiento, como en otros casos lo son el

amor y el recelo. No necesitaba yo de rebuscados antecedentes para saber

que era virtuosa, prudente, modesta, sencilla, discreta, como no

necesitaba de ojos ajenos para saber que era hermosa. Y créalo usted,

por ser ella de cuna humilde me gustaba más; por ser pobre muchísimo

más. Aborrezco esas niñas llenas de pretensiones y de vanidad que

contrasta con el mediano pasar de sus padres; aborrezco las redichas,

las compuestas, las noveleras, las que llevan en su frivolidad la ruina

de sus futuros maridos... Bien, adelante... Quise decirle lo que sentía,

y no tuve ocasión ni lugar adecuados a mi objeto. Mi timidez me impedía

buscar aquella ocasión y apartar los testigos... Yo soy poco hablador;

me falta el D., mejor dicho, la iniciativa de la palabra. Mi corazón se

espanta del ruido, y se sobrecoge azorado cuando la voz se esfuerza en

sacarlo a la vergüenza pública. Pensé escribir una larga carta, pero

esto me parecía ridículo. No, no; era preciso hacer un esfuerzo y

encararme con ella y plantear la cuestión en estos términos tan

enérgicos como breves: _Yo me quiero casar con usted. Dígame usted

pronto sí o no_. Esta resolución la tomó en Burdeos, y sin pérdida de

tiempo me vine escapado. Allá estaba más triste que aquí, y cada día que

pasaba sin realizar aquel sueño érame la vida más insoportable. No se

apartaba nunca la imagen querida de mi imaginación. La veía tan clara,

tan clara cual si la tuviera delante, con sus ojos hermosísimos, mañana

y tarde de mi vida, su cabello castaño, su expresión dulce y triste, y

aquella graciosa conformidad con su estado pobre, que tanto la enaltece

en el concepto mío... Por el tren pensaba yo: «Llego, se lo digo,

acepta, me caso y nos vamos a Burdeos a vivir, a vivir y a vivir'. Pero

llegué, la vi... ¡demonio de freno!, y no le dije nada.»

»Al llegar a esto, Amparo habrá comprendido perfectamente. Me oirá toda

turbada sin saber qué decir. Casi, casi no necesitaré añadir una sola

palabra, ni pronunciar las frases sacramentales y cursis «yo la amo a

usted» que no se usan más que en las novelas. Concluiré con estas

sustanciosas palabras: «Si le soy poco agradable, dígamelo con

franqueza. Un pormenor añado que no creo esté de más. Soy rico, y si

usted se quiere casar conmigo, nos estableceremos donde a usted le

agrade. ¿En Burdeos? Pues en Burdeos. ¿En la Meca? Sea. ¿Quiere usted

vivir en Madrid? Me es igual. Le dejo a usted la elección de patria,

pues hoy por hoy me considero desterrado... ¿He dicho algo? ¡Ay!, los

mudos que rompen a hablar son terribles. Lo que falta le toca a usted.»

Esta era la estudiada declaración de Caballero; este era el discurso que

en la memoria traía, _mutatis mutandis_, como orador que va al Congreso,

pronto a consumir turno parlamentario. Pero cuando llegó el momento de

empezar, fuele tan difícil a nuestro buen indiano dar con el principio,

que se le embarullaron en el cerebro todas las partes y conceptos de su

bien dispuesta oración, y no supo por dónde romper. Todo, ideas y

palabras, se evaporó, se fue, dejándole tan sólo una congoja profunda y

el sentimiento tristísimo de su propio silencio. El tiempo, no se sabe

cuánto, se deslizó entre aquellas dos figuras mudas, y mientras

Caballero miraba a la lámpara cual si de su luz quisiera extraer el

remedio de tan gran confusión, Amparo dejaba caer perezosamente sus ojos

sobre los renglones del libro y leía frases como esta de los Salmos:

_Estoy hundido en cieno profundo donde no hay pie; he venido a abismos

de agua, y la corriente me ha anegado_.

Cerró bruscamente el libro, y como prosiguiendo un coloquio interrumpido

dijo así:

«¿Y piensa usted volver a Burdeos?».

¡Dios de los mudos, qué feliz ocasión! La respuesta era tan natural, tan

fácil, tan humana, que si Agustín no hablaba merecía perder para toda su

vida el uso de la palabra. Por su cerebro pasó un relámpago. Era una

breve, ingeniosa y trasparente contestación. Al sentirla en su mente, se

conmovió su ser todo, punzado por sobrehumano estímulo. Como habla el

teléfono articulando palabras trasmitidas por órgano lejano, dejó oír el

bueno de Caballero esta gallarda respuesta:

«Sí... pienso retirarme a Burdeos cuando pierda toda esperanza... cuando

usted se haga monja».

Amparo lo oyó espantada; púsose muy pálida, después encendida. No sabía

qué decir... Y él tan tranquilo, como el que ha consumado con brusco

esfuerzo una obra titánica. Lanzado ya, sin duda iba a decir cosas más

concretas. Y ella ¿qué respondería?... Pero de improviso oyeron un

metálico y desapacible son...

¡Tilín!... la campanilla de la puerta. Bringas y consorte volvían del

teatro.

X

No causó sorpresa a Rosalía hallar a su primo en la casa tan a deshora.

Había ido a ver cómo seguía el pequeñuelo. ¿Qué cosa más natural?

Agustín quería tanto a los niños, que cuando estaban enfermitos se

acongojaba como si fueran hijos suyos, y se aturdía y quería llamar a

todos los médicos de Madrid. ¡Qué padrazo sería si se casara!...

demasiado aprensivo y meticuloso quizás, pues no había que tomar tan a

pecho las ronqueras, las fiebrecillas y otras desazones sin importancia

propias de la edad tierna.

El sábado de aquella semana, hallándose Amparo y Rosalía en el cuarto de

la costura, la dama habló así con su protegida:

«¿Sabes lo que nos ha dicho hoy Agustín? Que no tengamos cuidado, que él

te dotará... que él te dotará. ¿Oyes? Ahora decídete».

Amparito no dijo nada, y su silencio turbó tanto el espíritu de la

augusta señora, que esta no pudo menos de enojarse un poco.

«Parece que lo tomas con poco calor. Pues mira, para ti haces. Yo he

conocido mujeres tontas o irresolutas; pero como tú ninguna. Como no

quieras que te salga por ahí un marqués... A fe que están buenos los

tiempos».

Amparito, deseando llevar el sosiego al alma de su protectora, dijo que

lo pensaría.

«Sí, pensándolo puedes estar toda la vida. Entre tanto sabe Dios lo que

podrá pasar... Madrid está lleno de acechanzas. Déjate ir, déjate ir y

verás...».

Llegada la hora de marcharse recogió Amparo su costura, se puso su velo

y se despidió:

«Toma--le dijo Rosalía saliendo de la despensa y entregándole con ademán

espléndido dos mantecadas de Astorga que, por las muchas hormigas que

tenían, parecía que iban a andar solas--. Están muy buenas... ¡Ah!,

espera. Llevas estas botas viejas de Paquito al zapatero de tu portal

para que les ponga palas. Líalas en el pañuelo grande. El lunes no te

olvides de pasar por la tienda de sombreros. Luego vas a la peluquería y

me traes el _crepé_ y el pelo, que Bringas me hace los añadidos, y

también hará uno para ti».

Un ratito se detuvo aún, dando vueltas por la casa con disimulo.

Esperaba a que Bringas le diera la corta cantidad que acostumbraba poner

en sus manos todos los sábados; pero con gran sorpresa y aflicción vio

que D. Francisco no le daba aquella noche más que un afectuoso «adiós,

hija», pronunciado en la puerta de su despacho. Como ella expresara de

un modo muy discreto la sospecha de que su digno patrono padecía un

olvido, Bringas se vio en el duro caso, con gran dolor de su corazón, de

formular categóricamente la negativa, diciendo como se dice a los

pedigüeños de las calles:

«Por hoy, hija, no hay nada. Otra vez será».

D. Francisco se ajustaba las gafas con la mano derecha y con la

izquierda sostenía la cortina de la puerta de su despacho. Por el corto

hueco que resultaba, vio Amparo, al salir, al Sr. de Caballero, sentado

en un sillón y más atento a la descrita escena que al periódico que en

su mano tenía.

Aquel día estaba Agustín convidado a comer en la casa, y ocioso es decir

que sus agradecidos primos se desvivían en casos tales por obsequiarle y

atenderle. Angustiosos sacrificios, consumados sin gloria en el foro

interno del hogar, conducían a aquel resultado; y en ellos podría

encontrarse la explicación de la imposibilidad en que estuvo Bringas

aquel sábado de ser tan caritativo como lo fuera otros. Sí; la adición

de un plato de pescado o de un ave flaca a la comida de diario,

perturbaba horrorosamente el presupuesto de la familia y obligaba a D.

Francisco a hacer transferencias de un capítulo a otro, hasta que la

cuestión aritmética se resolvía castigando el capítulo último, que era

el de beneficencia.

Mientras la dichosa familia sentábase alegre a la mesa bien provista,

entre la risueña algazara de los niños, Amparito subía lentamente,

abrumada de tristeza (que me digan que esto no es sentimental) la

escalera de su casa. Abrió la puerta su hermana, en traje y facha que

declaraban hallarse ocupada en vestirse para salir a la calle, esto es:

en enaguas, con los hombros descubiertos, bien fajada en un corsé viejo,

con el peine en una mano y la luz en la otra.

La salita en que entraron, pequeña y nada elegante, contenía parte de

los muebles del difunto Sánchez Emperador; un sofá que por diversas

bocas padecía vómitos de lana, dos sillones reumáticos y un espejo con

el azogue viciado y señales variolosas en toda su superficie. El tocador

ocupaba lugar preferente de la sala, por no haber en la casa un sitio

mejor, y sobre el mármol de él puso Refugio el anciano quinqué para

continuar su obra. Se estaba haciendo rizos y sortijillas, y a cada rato

mojaba el peine en bandolina, como pluma en el tintero, para escribir

sobre su frente aquellos caracteres de pelo que no carecían de gracia.

Frontero al tocador estaba el retrato, en fotografía de gran tamaño, del

papá de las susodichas niñas, con su gorra galonada y el semblante más

bonachón que se podía ver. Le hacían la corte otros retratos de

graduados de la Facultad en medallones combinados dentro de una orla,

que debía de estar compuesta con medicinales hierbas y atributos de

farmacia. Sobre la cómoda pesaba descomunal angelote de yeso en actitud

de sustentar alguna cosa con la mano derecha, si bien ya no se le daba

más trabajo que tener la pantalla del quinqué cuando no estaba en su

verdadero lugar.

Amparo se sentó en uno de aquellos sillones de 1840, cuyo terciopelo era

del que había sobrado cuando se hicieron los divanes del decanato; y

respirando fuerte, a causa del cansancio de subir tantos escalones, no

cesaba de mirar a su hermana. Esta, alzando los brazos, seguía

consagrada con alma y vida a la obra de su pelo, que era lo mejor de su

persona, una masa de dulce sombra que daba valor a su rostro tan blanco

como diminuto. La falta de un diente en la encia superior era la nota

desafinada de aquel rostro; pero aun este desentono dábale cierta gracia

picante, parecida, en otro orden de sensaciones, al estímulo de la

pimienta en el paladar. Con burlesca vivacidad miraban sus ojos

picaruelos, y su nariz ligeramente chafada tenía la fealdad más bonita y

risueña que puede imaginarse. Cuando se reía, todos los diablillos del

Infierno de la malicia serpenteaban en su rostro con un tembloreo como

el de los infusorios en el líquido. De sus sienes bajaban unas patillas

negras que se perdían disfuminadas sobre la piel blanca, y el labio

superior ostentaba una dedada de bozo más fuerte de lo que en buena ley

estética corresponde a la mujer. Pero lo más llamativo en esta joven era

su seno harto abultado, sin guardar proporciones con su talle y

estatura. La ligereza de su traje en aquella ocasión acusaba otras

desproporciones de imponente interés para la escultura, semejantes a las

que dieron nombre a la Venus _Calipiga_.

Con tales encantos Refugio no podía sostener comparación con su hermana,

cuya hermosura grave, a la vez clásica y romántica, llena de melancolía

y de dulzura, habría podido inspirar las odas más remontadas, idilios

tiernísimos, patéticos dramas, mientras que la otra era un agraciado

tema de Anacreónticas o de invenciones picarescas. Decía Doña Nicanora,

la esposa del vecino D. José Ido, hablando de Amparito, que si a esta la

cogiesen por su cuenta las buenas modistas, si la ataviaran de pies a

cabeza y la presentasen en un salón, no habría duquesas ni princesas que

se le pusieran delante.

«¡Y qué cuerpo tan perfecto!--añadía la señora de Ido, poniendo, según

su costumbre, los ojos en blanco--. He tenido ocasión de verla cuando

íbamos juntas a los baños de los Jerónimos... Me río yo de las estatuas

que están en el Museo».

Refugio fue la primera que habló diciendo:

«¿Cuánto traes hoy?».

--Nada--replicó Amparo sin despecho.

--Anda, anda a casa de los parientes... Sírveles. Yo te lo digo y no me

haces caso. A ti te gusta ser criada, a mí no. Ahí tienes el pago.

Volviose hacia su hermana, y articulando mal las palabras porque tenía

dos alfileres sujetos entre los dientes, siguió la filípica:

«Humíllate más, sírveles, arrástrate a los pies de la fantasmona,

límpiale la baba a los niños. ¿Qué esperas? Tonta, tontaina, si en

aquella casa no hay más que miseria, una miseria mal charolada...

Parecen gente, ¿y qué son? Unos pobretones como nosotros. Quítales aquel

barniz, quítales las relaciones, ¿y qué les queda? Hambre, cursilería.

Van de gorra a los teatros, recogen los pedazos de tela que tiran en

Palacio, piden limosna con buenas formas... No, lo que es yo no les

adulo. En mí no machaca la señora Doña Rosalía, con sus humos de

marquesa. Por eso le dije aquel día cuatro verdades y no he vuelto allá

ni pienso volver... Ella no me puede ver, ni el bobito de su marido

tampoco, que parece un pisa hormigas... Ya sé que dice herejías de mí...

me lo ha contado la criada... ¡Ay!... vamos, me he enfadado tanto

hablando de esa gente, que... casi, casi, me trago un alfiler».

Amparo no contestó nada.

«¿Qué traes ahí?--prosiguió Refugio, explorando el lío que Amparo

conservaba aún en la mano derecha--. Lo menos un potosí... ¿A ver? Medio

panecillo, dos mantecadas de Astorga, tres pedazos de cinta... ¿Te

parece que tiremos todo esto al tejado?».

Amparo hizo un movimiento como para defender su lío.

«Ya ves lo que sacas del arrimo de esos pobretes... Mírate y mírame. Tú

parece que acabas de salir de un hospital; yo voy sin lujo, pero

apañadita; tú llevas las botas rotas, y... Mira las que estreno hoy».

Alzó un pie para que su hermana examinara las bonitas botas con que

estaba calzada.

«¿Con qué dinero las has comprado?»--dijo Amparo cogiendo la bota y

ladeándola como si no estuviera dentro de ella un pie.

Refugio tardó mucho en contestar.

«Que me haces daño... Vaya»--dijo al fin, volviéndose al tocador.

--¿Cuánto te han costado? ¿De dónde has sacado el dinero?

Al cabo de un rato, Refugio dio esta respuesta:

«Vendí aquella falda de raso... ¿sabes?... además, yo tenía unos

cuartos...».

--¿Tú?... ¿qué tiempo hace que no das una puntada? ¿Has vuelto por la

tienda? ¿Te han dado trabajo?

--No hay ahora nada. Está Madrid muy malo--replicó la joven, queriendo

esquivar el asunto--. Como la gente no habla más que de revolución y

dice Cordero que no entra una peseta...

Amparo, quitándose su velo, lo doblaba cuidadosamente para guardarlo en

la cómoda. La otra se lavaba los brazos con verdadero furor.

«Ahora, si te parece, comeremos».

Amparo salió al pasillo y fue a la cocina. Al poco rato, volvió diciendo

con enfado:

«Cada vez que entro en mi casa, se me caen las alas del corazón. ¡Qué

desorden! Esto parece una leonera. Ninguna cosa está en su sitio. Eres

una desastrada... Dios mío, ¡qué cocina! Tú no piensas más que en

componerte. ¿Qué has puesto para comer?».

--¡Oh!, no te apures... el cocidito de siempre. ¡Ah!... Doña Nicanora me

prestó tres huevos.

--Y aquí noto alguna variación. Siempre estás llevando los trastos de un

lado para otro. ¿En dónde has puesto las planchas?

--¿Las planchas?...--balbució Refugio un poco turbada--. Te diré... no

queda más que una. Las otras dos las he vendido. ¿Para qué las

necesitábamos? Ya sabes que ayer vino el carbonero hecho un demonio. El

casero estuvo hoy... No te enfades, hermanita--añadió pasándole la mano

por la cara con zalamería--. He tenido que empeñar tu mantón...

Amparo se enojó de veras; pero la otra no halló para aplacarla mejores

razones que estas:

«Para evitarlo, hijita, no tienes más sino traer muchos miles de casa de

los señores Bringas... Abre la boquirrita preciosa y pide, pide... Para

ellos lo querrían... Dime una cosa, si no hubiera hecho lo que hice ¿qué

comeríamos hoy?, ¿nos mantendríamos con tus mantecadas de Astorga y tu

vara y media de cinta?».

Amparo, silenciosa y abrumada de pena, había extendido un mantel sobre

el hule de una mesa con faldas. Encima puso algunos platos

desportillados, cucharas con el mango roto y dos tenedores cuyos mangos

de hueso parecían teclas arrancadas de un piano viejo. Al poco rato

apareció Refugio con un puchero de cuya boca salía humo y cuya panza,

cubierta de ceniza, conservaba algunas ascuas que se extinguían

rápidamente. Lo volcó sobre una bandeja y se lo llevó enseguida.

Poco tardó en volver y sentarse. De un cesto sacó varios pedazos de pan,

y a medida que los iba poniendo sobre la mesa, decía con sorna: «pastel

de _foie gras_... jamón en dulce... pavo en galantina».

Con estas tonterías, hasta la hermana mayor, que no estaba para bromas,

se sonrió un instante diciendo:

«Siempre has de ser tonta».

--Pues si una se va a poner triste...

Amparo comía poco de aquel pobre, insustancial e incoloro cocido.

Refugio, que había estado en la calle casi todo el día y hecho mucho

ejercicio, tenía buen apetito.

«Todos los días no son iguales--dijo la menor--. Puede que cuando menos

lo pensemos se nos entre la fortuna por las puertas... ¡Ah!, verás qué

sueño tuve anoche... Antes te diré que ayer por la tarde estuve más de

una hora en casa de Ido. El buen señor, muy entusiasmado y con los pelos

tiesos, se empeñó en leerme un poco de las novelas que está escribiendo.

¡Qué risa!... Vaya unos disparates... No lo entiendo; pero me parece...

Yo le decía: «D. José, sabe usted más que Salomón» y él se ponía tan

hueco. Dice que sus heroínas somos nosotras, dos huérfanas pobres,

pobres y honradas, se entiende... Resulta que somos hijas de un señor

muy empingorotado... y cosemos, cosemos para ganar la vida... ¡Ah!, y

hacemos flores. Tú, que eres la más romántica y hablas por lo fino

diciendo unas cosas muy _superfirolíticas_, te entretienes por la noche

en escribir tus memorias... ¡qué risa! Y vas poniendo en tu diario lo

que te pasa y todo lo que piensas y se te ocurre. Él figura que copia

párrafos, párrafos de tu diario... Nunca me he reído más... El hombre me

puso la cabeza como un farol... Por la noche, como tenía el

entendimiento lleno de aquellas papas, soñé unos desatinos... ¡qué

cosas, chica!, soñé que te había salido un novio millonario...».

Amparo, que oía la relación con indiferencia, al llegar a lo del sueño

se sonrió de improviso con la mayor espontaneidad. Aquella sonrisa le

salía del fondo del alma. Su hermana expresaba su buen humor con sonoras

carcajadas.

«Es tarde...--dijo levantándose impaciente--. Me acabaré de vestir en

seguida».

--¿A dónde vas?

--¿Que a dónde voy?--replicó Refugio sin saber qué contestar o tomándose

tiempo para urdir la contestación--. Ya te lo dije... ¿No te lo dije?...

Pues creí que te lo había dicho.

--¿Vas al teatro?

--Justamente. Me han convidado las de Rufete. Después vamos al café,

donde hay un cursi que nos convida a chocolate.

--¿A qué teatro vas?

--A la Zarzuela... Entramos en el escenario. Una de las de Rufete es

corista.

--Esa gente no me gusta--indicó Amparo de malísimo humor--. Siempre hago

propósito de no permitirte ir a ninguna parte, y mucho menos de noche.

Pero no tengo carácter... soy lo más débil...

Ya Refugio se había puesto la falda y se estaba poniendo el cuerpo,

estirando la tela con esfuerzo de brazo y manos, para poder enganchar

los broches. Así resultaba un cuerpo tan fajado y ceñido que parecía

hecho a torno.

«Para sujetarme--dijo la del diente menos con cierto tonillo de

soberbia--, sería preciso que atendieras a mis necesidades. Tú puedes

vivir de cañamones como los pájaros y vestirte con los pingajos que te

da la Rosaliona, pero yo... Francamente, naturalmente, como dice

Ido...».

Se retorcía el cuerpo, cual si tuviera un pivote en la cintura, para

verse los hombros y parte de la espalda. El vestido era bonito, nuevo,

cortado con elegancia y de forma y adornos un poco llamativos. Otra vez

con alfileres en la boca, dijo a su hermana:

«Y si quieres que te hable clarito, no me gusta que me mandes como si yo

fuera una chiquilla. ¿Soy yo mala? No. Me preguntas que cómo he comprado

las botas y he arreglado mi vestido. Pues te lo diré. Estoy sirviendo de

modelo a tres pintores... modelo vestido, se entiende. Gano mi dinero

honradamente...».

--Mejor sería que cosieras y estuvieras en casa. ¡Ay!, hermana, tú

acabarás mal...

--Pues tú... ¿sabes lo que te digo?, tú acabarás en patrona de casa de

huéspedes... No iré yo por ese camino. Yo me porto bien.

--No te portas bien, yo te he de enderezar--dijo Amparo, venciendo su

debilidad y mostrando energía.

--¿Y con qué autoridad?...

--Con la de hermana mayor.

--¡Valiente bobería!... Si fueras mejor que yo, pase--observó la díscola

Refugio, revolviéndose provocativa, irritada, blandiendo su argumento,

cual si fuera una espada, ante el pecho indefenso de su hermana--; pero

como no lo eres...

Y untando luego la punta de su arma con veneno de ironía, siguió

diciendo:

«Paso a la señorita honrada, al serafín de la casa... ¡Ah!, no quiero

hablar, no quiero avergonzarte; pero conste que yo no soy hipócrita,

señora hermana. Aunque estamos solas, no quiero decir más... no quiero

que se te ponga la cara del color del terciopelo de ese sillón... Abur».

Amparo se quedó fría y Refugio se fue. Iba tan elegantita, tan bien

arreglada que daba gusto verla. Tenía el culto de su persona, el orgullo

de ponerse guapa y de ser vista y admirada. Decía de ella Doña Nicanora

en son de menosprecio:--«Esta que emplea tanto tiempo en lavarse no

puede ser cosa buena... Digan lo que quieran, la mujer honrada no

necesita de tanta agua».

Tormento · 第 10 / 44 题