Tres noches después, el primo repitió el obsequio de las butacas; pero
Rosalía vaciló en aceptarlas, porque al pequeñuelo le había entrado una
tos muy fuerte y parecía tener algo de fiebre. A todo el que a la casa
llegaba, decía la señora: «¿Qué le parece a usted, tendrá
destemplanza?». Y a su marido le preguntaba sin cesar: «¿Qué hacemos,
vamos o no al teatro?». El amor a las pompas mundanas no excluía en la
descendiente de los Pipaones el sentimiento materno, por lo cual,
después de muchas dudas, resolvió no salir aquella noche. Pero después
de las seis estaba el chiquitín tan despejado que ganó terreno la
opinión contraria, y con ingeniosas razones Rosalía la hizo prevalecer
al fin.
«Bien, iremos, aunque no tengo ganas de salir de casa--dijo, preparando
sus atavíos--. Pero tú, Amparo, te quedas aquí esta noche. No me fío de
Calamidad. Quedándote tú, voy tranquila. Se te arreglará tu cama en el
sofá del comedor, donde dormirás muy ricamente como aquellas noches, ¿te
acuerdas?... cuando Isabelita estuvo con anginas. Fíjate bien en lo que
te digo. Le das el jarabe antes de que se duerma y si despierta, otra
cucharadita».
No dejemos pasar, ya que se habla de medicinas, un detalle de bastante
valor que puede añadirse a los innúmeros ejemplos de la sabiduría
vividora de los Bringas. Aquella feliz familia traía gratis los
medicamentos de la botica de Palacio, por gracia de la inagotable
munificencia de la Reina. Sin más gasto que un bien cebado pavo por
Navidad, les visitaba en sus indisposiciones uno de los médicos
asalariados de la servidumbre de la casa Real.
Los chicos se durmieron después de mucha bulla y jarana, y a las nueve y
media de la noche todo era silencio y paz en la casa. Cansada del
trabajo de aquel día, sentose Amparo junto a la mesa del comedor, donde
había quedado la lámpara encendida, y se entretuvo en hojear un
voluminoso libro. Era la Biblia, edición de Gaspar y Roig, con láminas.
Habíala regalado a nuestro D. Francisco un amigo que se fue a Cuba, y
constituía, con el Diccionario de Madoz, toda la riqueza bibliográfica
de la casa, fuera de los libros de Paquito el orador. Más atendía a las
láminas que al texto la fatigada joven; pasaba hojas y más hojas con
perezoso movimiento, y así trascurrió algún tiempo hasta que la
campanilla de la puerta anunció una visita... Amparo pensaba quién
pudiera ser, cuando se presentó Caballero dándole las buenas noches en
tono muy afectuoso.
«¿Fueron al teatro?--preguntó con sorpresa sentida o estudiada, que esto
no se puede saber bien--. Esta tarde les vi inclinados a no ir. Por eso
he venido. ¿Y el nene?».
--Sigue bien; no tiene nada... Me he quedado aquí para que Rosalía
pudiera salir tranquila.
--Más vale así. Pues señor...--murmuró Agustín, dejando capa y
sombrero--. Este comedor está abrigadito. ¿Qué lee usted?
Amparo alargó sonriendo el libro.
--¡Ah!... buena cosa... Yo tengo una edición mejor... ¿A ver esa lámina?
Un ángel entre dos columnas rodeado de luz... ¿Qué dice? _Y he aquí un
varón cuyo aspecto era como el de un bronce_. Bien, eso está bien.
La fisonomía del salvaje era poco accesible generalmente a las
interpretaciones del observador; pero el observador en aquel caso y
momento se podía haber arriesgado a dar a la expresión de aquel rostro
la versión siguiente: «Ya sabía yo que esos majaderos estaban en el
teatro y que la encontraría a usted solita».
«Pues señor...».
Y no salía de esto, si bien tenía fuerte apetito de hablar, de decir
algo. Solo ante ella, sin temor de indiscretos testigos, el hombre más
tímido del mundo iba a ser locuaz y comunicativo. Pero las burbujas de
elocuencia estallaban sin ruido en sus morados labios, y...
«¿A ver esa lámina?... Dice _¿Quién es este que viene de Edón?..._ Pues
señor...».
La dificultad en estos casos es hallar un buen principio, dar con la
clave y fórmula del exordio. ¡Ah!, ya la había encontrado. Los negros
ojos de Caballero despidieron fugitivo rayo, semejante al que precede a
la inspiración del artista y del orador. Ya tenía la primera sílaba en
su boca, cuando Amparo, con franco y natural lenguaje que él no habría
podido imitar en aquel caso, le mató la inspiración.
«Diga usted, D. Agustín, ¿cuántos años estuvo usted en América?».
--Treinta años--replicó el tal, descansando de sus esfuerzos de
iniciativa parlante, porque es dulce para el hombre de pocas palabras
contestar y seguir el fácil curso de la conversación que se le impone--.
Fui a los quince, más pobre que la pobreza. Mi tío estaba establecido en
el Estado de Tamaulipas, cerca de la frontera de Texas. Pasé primero
diez años en una hacienda donde no había más que caballos y algunos
indios. Después me fijé en Nueva León, hice varios viajes a la costa del
Pacífico, atravesando la Sierra Madre. Cuando murió mi tío me establecí
en Brownsville, junto al río del Norte, y fundé una casa introductora
con mis primos los Bustamantes, que ahora se han quedado solos al frente
del negocio. Yo he venido a Europa por falta de salud y por tristeza...
¡Oh!, es largo de contar, muy largo, y si usted tuviera paciencia...
--Pues sí que la tendré... Habrá usted pasado muchos trabajos y también
grandes sustos, porque yo he oído que hay allá culebras venenosas y
otros animaluchos, tigres, elefantes...
--Elefantes no.
--Leopardos, dragones o no sé qué, y sobre todo unas serpientes de
muchas varas que se enroscan y aprietan, aprietan... Jesús, ¡qué
horror!... ¿Y piensa usted volver allá?--prosiguió, sin dar tiempo a que
Caballero diera explicaciones sobre la verdadera fauna de aquellos
países.
--Eso no depende de mí--contestó el indiano mirando al hule que cubría
la mesa.
--¿Pues de quién ha de depender, D. Agustín?--indicó Amparo quizás con
demasiada familiaridad--. ¿No es usted libre?
Caballero la miró un momento, ¡pero de qué manera! Parecía que la
abrasaba con sus ojos y la suspendía sacándola del asiento. Después
repitió con visible embarazo el _no depende de mí_ y tan quedo, tan
inarticulado, que antes fue sentido que dicho.
«¿Es cierto que se va usted a meter monja?»--preguntó luego.
--Eso dice Rosalía,--replicó ella con gracia--. Tanto lo dirá, que al
fin quizá salga cierto. ¡Ay!, D. Agustín, dichoso el que es dueño de sí
mismo, como usted. ¡En qué condición tan triste estamos las pobres
mujeres que no tenemos padres, ni medios de ganar la vida, ni familia
que nos ampare, ni seguridad de cosa alguna como no sea de que al fin,
al fin, habrá un hoyo para enterrarnos!... Eso del monjío, qué quiere
usted que le diga, al principio no me gustaba; pero va entrando poquito
a poco en mi cabeza, y acabaré por decidirme...
En el cerebro del tímido surgió bullicioso tumulto de ideas; palabras
mil acudieron atropelladas a sus secos labios. Iba a decir admirables y
vehementes cosas, sí, las diría... O las decía o estallaba como una
bomba. Pero los nervios se le encabritaron; aquel maldito freno que su
ser íntimo ponía fatalmente a su palabra le apretó de súbito con
soberana fuerza, y de sus labios, como espuma que salpica de los del
epiléptico, salpicaron estas dos palabras:
«Vaya, vaya».
Amparo, con su penetración natural, comprendió que Agustín tenía dentro
algo más que aquel _vaya vaya_ tan frío, tan incoloro y tan insulso, y
se atrevió a estimularle así:
«¿Y usted, qué me aconseja?».
Antes de que el consabido freno pudiera funcionar, la espontaneidad,
adelantándose a todo en el alma de Caballero, dictó esta respuesta:
«Yo digo que es un disparate que usted se haga monja. ¡Qué lástima! Es
que no se lo consentiremos...».
Arrojado este atrevido concepto, Agustín sintió que el rubor ¡cosa
extraña!, subía a su rostro caldeado y seco. Era como un árbol muerto
que milagrosamente se llena de poderosa savia y echa luego en su más
alta rama una flor momentánea. El corazón le latía con fuerza, y tras
aquellas palabras vinieron estas:
«¡Hacerse monja! Eso es de países muertos. Mendigos, curas, empleados;
¡la pobreza instituida y reglamentada!... Pero no; usted está llamada a
un destino mejor, usted tiene mucho mérito».
--¡D. Agustín!
--Sí, lo digo, lo vuelvo a decir... usted es pobre, pero de altas, de
altísimas prendas.
--D. Agustín, que se remonta usted mucho,--murmuró ella hojeando el
libro.
--¡Y tan guapa!...--exclamó Caballero con cierto éxtasis, como si tales
palabras se hubieran dicho solas, sin intervención de la voluntad.
--¡Jesús!
--Sí, señora, sí.
--Gracias, gracias. Si usted se empeña, no es cosa de que riñamos. Es
usted amable.
--No, no--dijo el cobarde envalentonándose--. Yo no soy amable, yo no
soy fino, no, no soy galante. Yo soy un hombre tosco y rudo, que he
pasado años y más años metido en mí mismo, al pie de enormes volcanes,
junto a ríos como mares trabajando como se trabaja en América. Yo
desconozco las mentiras sociales, porque no he tenido tiempo de
aprenderlas. Así, cuando hablo, digo la verdad pura.
Amparo, sin dejar de aparentar un mediano interés por las láminas de la
_Biblia_, pareció querer variar la conversación, diciendo:
«Por nada del mundo iría yo a esas tierras».
--¿De veras?... ¡Quién sabe! Mucho se pierde en la soledad; pero también
mucho se gana. Las asperezas de esa vida primitiva entorpecen los
modales del hombre; pero le labran por dentro.
--¡Ay!, no. No me hable usted de esa vida. A mí lo que me gusta es la
tranquilidad, el orden, estarme quietecita en mi casa, ver poca gente,
tener una familia a quien querer y quien me quiera a mí; gozar de un
bienestar medianito y no pasar tantísimo susto por perseguir una fortuna
que al fin se encuentra, sí, pero ya un poco tarde y cuando no se puede
disfrutar de ella.
¡Qué buen sentido! Caballero estaba encantado. La conformidad de las
ideas de Amparo con sus ideas debía darle ánimo para abrir de golpe y
sin cuidado el arca misteriosa de sus secretos. El soberano momento
llegaba.
«Pues señor»...--murmuró recogiendo sus ideas y auxiliándose de la
memoria.
Porque, al venir a la casa, había preparado su declaración; tenía un
magnífico plan con oportunas frases y razonamientos. Los mudos suelen
ser elocuentísimos cuando se dicen las cosas a sí mismos.