VII

Iban a pie, porque los gastos de coche habrían desequilibrado el

rigurosísimo presupuesto de D. Francisco, que a su cachazudo método

debía la ventaja de atender a tantas cosas con su sueldo de veinte mil

reales. En el teatro pasaba Rosalía momentos muy felices, gozando, más

que en la función, en ver quién entraba en los palcos y quién salía de

ellos, si había mucha o poca concurrencia, si estaban las de A o las de

B y qué vestidos y adornos llevaban, si la marquesa o la condesa habían

cambiado de turno. En los entreactos leía Bringas la _Correspondencia_,

luego subía a este o el otro palco para saludar a tal o cual señora, y

Rosalía, desde su butaca, cambiaba sonrisas con sus amigas. Era ella

dama de buenas vistas, sin que llegara a ser contada entre las

celebridades de la hermosura; era simplemente _la de Bringas_, una

persona conocidísima, entre vulgar y distinguida, a quien jamás la

maledicencia había hecho ningún agravio. Madrid, sin ser pequeño, lo

parece a veces (entonces lo parecía más) por la escasa renovación del

personal en paseos y teatros. Siempre se ven las mismas caras, y

cualquier persona que concurra con asiduidad a los sitios de pública

diversión, concluye por conocer en tiempo breve a todo el mundo.

A Rosalía le gustaba, sobre todas las cosas, figurar, verse entre

personas tituladas o notables por su posición política y riqueza

aparente o real; ir a donde hubiera bulla, animación, trato falaz y

cortesano, alardes de bienestar, aunque, como en el caso suyo, estos

alardes fueran esforzados disimulos de la vergonzante miseria de

nuestras clases burocráticas. Era hermosa, y le gustaba ser admirada.

Era honrada, y le gustaba que esto también se supiera.

Merece ser notado el heroísmo de los Bringas para presentarse en la

sociedad de los teatros con aquel viso de posición social y aquel aire

de contento, como personas que no están en el mundo más que para

divertirse. Todo el sueldo del oficial segundo de la Comisaría de los

Santos Lugares no habría bastado a aquel derroche de butacas, si estas

se hubieran comprado en el despacho. Sobre que D. Francisco era hombre

de probidad intachable, la índole de su destino no le habría permitido

manipularse un sobresueldo, como es fama que hacían los Peces otros

funcionarios de la casta ictiológica. No, los Bringas iban al teatro,

digámoslo clarito, de limosna. Aquellos esclavos de la _áurea miseria_

no se permitían tales lujos sino cuando esta o la otra amiga de Rosalía

les mandaba las butacas de turno, porque no podía ir aquella noche;

cuando el Sr. de Pez o cualquier otro empleado pisciforme les cedía el

palquito principal. Pero eran tantas y tan buenas las relaciones de la

venturosa familia, que los obsequios se repetían muy a menudo. Luego la

liberalidad del primo Caballero aumentó estos zarandeos teatrales.

El desnivel chocante que se observa hoy entre las apariencias fastuosas

de muchas familias y su presupuesto oficial, emana quizás de un sistema

económico menos inocente que la maña y el arte ahorrativo del angélico

Thiers y que la habilidad de Rosalía para explotar sus relaciones. Hoy

el parasitismo tiene otro carácter y causas más dañadas y vergonzosas.

Existen todavía ejemplos como el de Bringas, pero son los menos. No se

trate de probar que la mucha economía y un poco de adulación hacen tales

prodigios, porque nadie lo creerá. Cuando algún extranjero, desconocedor

de nuestras costumbres públicas y privadas, admira en los teatros a

tantas personas que revelan en su cara desdeñosa una gran posición, a

tantas damas lujosamente adornadas; cuando oye decir que a la mayor

parte de estas familias no se les conoce más renta que un triste y

deslucido sueldo, queda sentado un principio económico de nuestra

exclusiva pertenencia, al cual seguramente se le ha de aplicar pronto

una voz puramente española, como el vocablo _pronunciamiento_, que está

dando la vuelta al mundo y anda ya por los antípodas.

Esto no va con los pobres y menguados Bringas, que por no bajar un ápice

de la línea social en que estaban, sabían imponerse sacrificios

domésticos muy dolorosos. En el verano del 65, recién abierto el

ferrocarril del Norte, la familia no consideró decoroso dejar de ir a

San Sebastián. Para esto D. Francisco suprimió el principio en las

comidas durante tres meses, y el viaje se realizó en Agosto, por

supuesto consiguiendo billetes gratuitos. Por no poder sostener dos

criadas, el santo varón se embetunaba todas las mañanas sus propias

botas, y aun es fama que se atrevió a componerlas alguna vez,

demostrando así su prurito económico como su saber en toda clase de

artes. Rosalía barría y arreglaba su cuarto. Cuando Amparo dio en ir a

la casa, esta la peinaba, y antes la propia señora se arreglaba el

cabello, pues Bringas declaró guerra a muerte a los gastos de peinadora.

Las comidas eran por lo general de una escasez calagurritana, por cuyo

motivo estaban los chicos tan pálidos y desmedrados. D. Francisco era

hombre que si veía en la calle un tapón de corcho o un clavo en buen

estado, se bajaba a cogerlo, si iba solo. Las hojas blancas de las

cartas que recibía servíanle las más de las veces para escribir las

suyas. Tenía un cajón que era la sucursal del Rastro, y no había cosa

vieja y útil que allí no se encontrara. No estaba suscrito a ningún

periódico, ni en su vida había comprado un libro, pues cuando Rosalía

quería leer alguna novela, no faltaba quien se la prestase. Y la misma

escuela económica era tan bien aplicada al tiempo, que a Bringas nunca

le faltaba el necesario para cepillar su ropa y quitarle el lodo a los

pantalones. Cuando Prudencia estaba muy afanada con la comida y el

lavado de la ropa, el jefe de familia, acudiendo a la cocina en mangas

de camisa, no se desdeñaba de aviar las luces de petróleo o de hacer la

ensalada; y en días de limpieza, él mismo ponía las cenefas de papel

picado en la cocina. Saca a relucir indiscretamente estas cosillas el

narrador para que se vea que si aquella pareja sabía explotar a la

sociedad, no dejaba de hacerse merecedora, por su arreglo sublime, de

las gangas que disfrutaba.

Tormento · 第 8 / 44 题