Iban a pie, porque los gastos de coche habrían desequilibrado el
rigurosísimo presupuesto de D. Francisco, que a su cachazudo método
debía la ventaja de atender a tantas cosas con su sueldo de veinte mil
reales. En el teatro pasaba Rosalía momentos muy felices, gozando, más
que en la función, en ver quién entraba en los palcos y quién salía de
ellos, si había mucha o poca concurrencia, si estaban las de A o las de
B y qué vestidos y adornos llevaban, si la marquesa o la condesa habían
cambiado de turno. En los entreactos leía Bringas la _Correspondencia_,
luego subía a este o el otro palco para saludar a tal o cual señora, y
Rosalía, desde su butaca, cambiaba sonrisas con sus amigas. Era ella
dama de buenas vistas, sin que llegara a ser contada entre las
celebridades de la hermosura; era simplemente _la de Bringas_, una
persona conocidísima, entre vulgar y distinguida, a quien jamás la
maledicencia había hecho ningún agravio. Madrid, sin ser pequeño, lo
parece a veces (entonces lo parecía más) por la escasa renovación del
personal en paseos y teatros. Siempre se ven las mismas caras, y
cualquier persona que concurra con asiduidad a los sitios de pública
diversión, concluye por conocer en tiempo breve a todo el mundo.
A Rosalía le gustaba, sobre todas las cosas, figurar, verse entre
personas tituladas o notables por su posición política y riqueza
aparente o real; ir a donde hubiera bulla, animación, trato falaz y
cortesano, alardes de bienestar, aunque, como en el caso suyo, estos
alardes fueran esforzados disimulos de la vergonzante miseria de
nuestras clases burocráticas. Era hermosa, y le gustaba ser admirada.
Era honrada, y le gustaba que esto también se supiera.
Merece ser notado el heroísmo de los Bringas para presentarse en la
sociedad de los teatros con aquel viso de posición social y aquel aire
de contento, como personas que no están en el mundo más que para
divertirse. Todo el sueldo del oficial segundo de la Comisaría de los
Santos Lugares no habría bastado a aquel derroche de butacas, si estas
se hubieran comprado en el despacho. Sobre que D. Francisco era hombre
de probidad intachable, la índole de su destino no le habría permitido
manipularse un sobresueldo, como es fama que hacían los Peces otros
funcionarios de la casta ictiológica. No, los Bringas iban al teatro,
digámoslo clarito, de limosna. Aquellos esclavos de la _áurea miseria_
no se permitían tales lujos sino cuando esta o la otra amiga de Rosalía
les mandaba las butacas de turno, porque no podía ir aquella noche;
cuando el Sr. de Pez o cualquier otro empleado pisciforme les cedía el
palquito principal. Pero eran tantas y tan buenas las relaciones de la
venturosa familia, que los obsequios se repetían muy a menudo. Luego la
liberalidad del primo Caballero aumentó estos zarandeos teatrales.
El desnivel chocante que se observa hoy entre las apariencias fastuosas
de muchas familias y su presupuesto oficial, emana quizás de un sistema
económico menos inocente que la maña y el arte ahorrativo del angélico
Thiers y que la habilidad de Rosalía para explotar sus relaciones. Hoy
el parasitismo tiene otro carácter y causas más dañadas y vergonzosas.
Existen todavía ejemplos como el de Bringas, pero son los menos. No se
trate de probar que la mucha economía y un poco de adulación hacen tales
prodigios, porque nadie lo creerá. Cuando algún extranjero, desconocedor
de nuestras costumbres públicas y privadas, admira en los teatros a
tantas personas que revelan en su cara desdeñosa una gran posición, a
tantas damas lujosamente adornadas; cuando oye decir que a la mayor
parte de estas familias no se les conoce más renta que un triste y
deslucido sueldo, queda sentado un principio económico de nuestra
exclusiva pertenencia, al cual seguramente se le ha de aplicar pronto
una voz puramente española, como el vocablo _pronunciamiento_, que está
dando la vuelta al mundo y anda ya por los antípodas.
Esto no va con los pobres y menguados Bringas, que por no bajar un ápice
de la línea social en que estaban, sabían imponerse sacrificios
domésticos muy dolorosos. En el verano del 65, recién abierto el
ferrocarril del Norte, la familia no consideró decoroso dejar de ir a
San Sebastián. Para esto D. Francisco suprimió el principio en las
comidas durante tres meses, y el viaje se realizó en Agosto, por
supuesto consiguiendo billetes gratuitos. Por no poder sostener dos
criadas, el santo varón se embetunaba todas las mañanas sus propias
botas, y aun es fama que se atrevió a componerlas alguna vez,
demostrando así su prurito económico como su saber en toda clase de
artes. Rosalía barría y arreglaba su cuarto. Cuando Amparo dio en ir a
la casa, esta la peinaba, y antes la propia señora se arreglaba el
cabello, pues Bringas declaró guerra a muerte a los gastos de peinadora.
Las comidas eran por lo general de una escasez calagurritana, por cuyo
motivo estaban los chicos tan pálidos y desmedrados. D. Francisco era
hombre que si veía en la calle un tapón de corcho o un clavo en buen
estado, se bajaba a cogerlo, si iba solo. Las hojas blancas de las
cartas que recibía servíanle las más de las veces para escribir las
suyas. Tenía un cajón que era la sucursal del Rastro, y no había cosa
vieja y útil que allí no se encontrara. No estaba suscrito a ningún
periódico, ni en su vida había comprado un libro, pues cuando Rosalía
quería leer alguna novela, no faltaba quien se la prestase. Y la misma
escuela económica era tan bien aplicada al tiempo, que a Bringas nunca
le faltaba el necesario para cepillar su ropa y quitarle el lodo a los
pantalones. Cuando Prudencia estaba muy afanada con la comida y el
lavado de la ropa, el jefe de familia, acudiendo a la cocina en mangas
de camisa, no se desdeñaba de aviar las luces de petróleo o de hacer la
ensalada; y en días de limpieza, él mismo ponía las cenefas de papel
picado en la cocina. Saca a relucir indiscretamente estas cosillas el
narrador para que se vea que si aquella pareja sabía explotar a la
sociedad, no dejaba de hacerse merecedora, por su arreglo sublime, de
las gangas que disfrutaba.