CAPÍTULO LXXX.

Entretanto que de la Sede apostólica venía respuesta y aprobacion del

dicho descubrimiento, y concesion de la autoridad y supremo principado,

sobre aquel orbe, á los reyes de Castilla y Leon, para procurar la

predicacion del Evangelio por todo él, y la conversion de las gentes

que en él viven, como está dicho, los Reyes entendian con Cristóbal

Colon en su despacho para su tornada á las indias; y porque quisieron

ser y parecer, por tan gran servicio como les habia hecho, agradecidos,

y para cumplir lo que con él habian puesto y asentado y prometido,

mandáronle confirmar todo el dicho asiento, y privilegios, y mercedes

que le habian concedido en la capitulacion que sobre ello se hizo

en la ciudad de Sancta Fé, teniendo cercada los Reyes la ciudad de

Granada, ántes que el Almirante fuese á descubrir; porque no fué otra

cosa, sino un contrato que los Reyes hicieron con él, prometiendo el

de descubrir las dichas tierras, y los Reyes dándole cierta suma de

maravedís para lo que, para el viaje, habia menester, y prometiéndole

tales y tales mercedes, si él cumpliese lo que prometia: cumplió lo

que prometió, y los Reyes confirmáronle las mercedes que le habian

prometido. El contrato y las mercedes prometidas, parecen arriba en

el cap. 27, donde se dice, que á 17 dias de Abril, pasó el contrato

en la villa de Sancta Fé, y á 30 dias del mismo mes le confirmaron

las dichas mercedes y asiento, y mandaron dar carta de privilegio

real, firmada y sellada en Granada, como se dijo. Agora, en Barcelona,

venido de descubrir, los Reyes, referido el dicho asiento que habian

mandado hacer, y concedieron, en la villa de Sancta Fé, y confirmaron

en Granada, dicen ansí: «É agora, porque plugo á Nuestro Señor, que

vos hallastes muchas de las dichas islas, y esperamos que, con la ayuda

suya, que fallareis é descubrireis otras islas y tierra firme en el

dicho mar Océano á la dicha parte de las Indias, nos suplicastes é

pedistes, por merced, que vos confirmásemos la dicha nuestra carta,

que de suso vá encorporada, é la merced en ella contenida, para vos é

vuestros hijos é descendientes _et infra_; é Nos, acatando el riesgo

é peligro en que por nuestro servicio vos pusisteis, en ir á catar

é descubrir las dichas islas é tierra firme, de que habemos sido y

esperamos ser de vos muy servidos, é por vos hacer bien é merced, por

la presente, vos confirmamos á vos é á los dichos vuestros hijos, é

descendientes, é sucesores, uno en pos de otro, para agora é para

siempre jamás, los dichos oficios de Almirante del dicho mar Océano, é

de Visorey é Gobernador de las dichas islas y tierra firme que habeis

hallado é descubierto, é de las otras islas y tierra firme que, por vos

é por vuestra industria, se fallaren é descubrieren de aquí adelante

en la dicha parte de las Indias. É es nuestra merced é voluntad que

hayades é tengades vos, é despues de vuestros dias, vuestros hijos

y descendientes é sucesores, uno en pos de otro, el dicho oficio de

Almirante del dicho mar Océano, que es nuestro, que comienza por una

raya é línea que Nos habemos hecho marcar, que pasa desde las islas de

los Azores y las islas de cabo Verde, de Setentrion en Austro, de polo

á polo. Por manera que todo lo que es allende de la dicha línea, al

Occidente, es nuestro y nos pertenece, y ansí, vos facemos é creamos

nuestro Almirante é á vuestros hijos é sucesores, uno en pos de otro,

de todo ello, para siempre jamás. É ansimismo vos facemos Visorey é

Gobernador, é despues de vuestros dias á vuestros hijos é descendientes

é sucesores, uno en pos de otro, de las dichas islas y tierra firme

descubiertas é por descubrir, en el dicho mar Océano, á la parte de

las Indias, como dicho es, y vos damos la posesion, ó cuasi posesion

de todos los dichos oficios, de Almirante é Visorey é Gobernador, para

siempre jamás, é poder é facultad para que en las dichas mares podais

usar y ejercer é usedes del dicho oficio de nuestro Almirante, etc.»

Otras muchas preeminencias, facultades y mercedes, que, al propósito,

Sus Altezas le conceden muy copiosamente, como Príncipes verídicos y

agradecidos á tan grandes y señalados servicios como el Almirante les

hizo; fué hecha y despachada la dicha carta de privilegio en la ciudad

de Barcelona á 28 dias del mes de Mayo de 1493 años. Diéronle asimismo

muy hermosas insignias ó armas, de las mismas armas reales, castillos

y leones, y destas, con las que tenia de su linaje antiguo, con otras,

que significaron el dicho laborioso y mirable descubrimiento, mandaron

formar un escudo, que no hay muchos más hermosos que él en España; en

el cual está un castillo dorado en campo colorado, y un leon en campo

blanco, el cual leon está dorado, y las anclas doradas en campo azul,

y una banda azul en campo dorado. Constituyeron los católicos Reyes á

dos hermanos, que el Almirante tuvo, nobles y caballeros, y diéronles

facultad y privilegio que los llamasen Dones. El uno fué D. Bartolomé

Colon, que despues crearon Adelantado de todas las Indias, como abajo

se dirá, y el otro se llamó D. Diego Colon; asáz bien cognoscidos

mios. En todo el tiempo que estuvo el Almirante en Barcelona, lo

aumentaban cada dia los Reyes en más honra y favores; díjose, que

cuando el Rey cabalgaba por la ciudad, mandaba que fuese el Almirante

á un lado de Su Alteza y del otro el Infante, fortuna que era de su

sangre real, lo que no se permitia á otro grande ninguno. Cognosciendo

estas mercedes, honras y favores, que los Reyes hacian al Almirante,

como á quien tan bien los habia ganado y merecido, todos los grandes

lo honraban y veneraban, y no veian placer que le hacer; convidábanlo

á comer consigo, cada uno cuando lo podia haber, dello, por servir á

los Reyes, quien veian que tanto le honraban y amaban, dello, porque

veian que todos alcanzaban parte del servicio que habia hecho á los

Reyes y beneficio á toda España, dello, por apetito de querer saber

particularizadamente las grandes y mirables tierras, y gentes, y

riquezas que habia descubierto, y las maravillas que le acaecieron,

yendo y viniendo en su viaje. Triunfaba entónces en aquellos reinos

de Castilla, y florentia en la corte, el Ilustrísimo Cardenal y

Arzobispo de Toledo, D. Pero Gonzalez de Mendoza, hermano del duque del

Infantado, persona muy insigne y grande, no solo en cuanto á la sangre

generosa de donde venia, como es manifiesto ser los señores de aquella

casa, pero mayor y más señalado en sus hechos generosos y notables,

tanto, que él parecia sólo tener á toda España en paz, y amor, y

gracia, y obediencia de los católicos Reyes; y especialmente á los

Grandes del reino, como los Reyes habia poco que comenzaban á reinar, y

habia habido guerras terribles con Portugal, en tiempo que hobo lugar

de concebir, alguno del reino, diversas opiniones, muerto el rey D.

Enrique IV, en las cuales, el nobilísimo Cardenal sirvió muy mucho á

los Reyes y con gran felicidad, por lo cual fué muy amado y privado de

las personas reales, con justísima razon. Era tanta su sabiduría, su

industria, su gracia y afabilidad, tambien su autorizada y graciosa

presencia, porque era de los hermosos y abultados varones que habia en

toda España, y con esto la honrosa estima y reputacion, y reverencia

que todos le tenian, que nunca dejaba Grande ni caballero estar

resabiado ni descontento de los Príncipes que luego no lo aplacaba,

lo soldaba, lo atraia á dejar la pena que le penaba, y reducia á la

gracia y servicio de Sus Altezas; y, aunque á los Reyes fuese grave el

disimular, ó perdonar, ó el no negar las mercedes que se les pedian,

todo lo traia á debida, y consona, y felice conclusion, todo lo

soldaba, todo lo convenia, todo lo apaciguaba, todo lo ponia en órden

muy ordenada, por lo cual todo el reino le nombraba meritísimamente el

ángel de la paz. Por estas causas, y por sus muchos merecimientos, de

los católicos Reyes era muy amado, y el más privado y favorecido sin

estímulo de envidia de alguno, pequeño ni grande, que de su prosperidad

le pesase; lo que pocas veces suele acaescer en los que de los Reyes

son singularmente privados, porque todos lo amaban y querian, y se

gozaban de su privacion y eminencia sobre los Grandes, porque ellos y

todos conocian ser sus bienes bien de todos. Era munificentísimo en los

gastos y aparato de su casa, hacia contínuamente plato muy suntuoso á

todos los Grandes y generosos, y que eran dignos de su mesa nobilísima

y amplísima, y podíalo bien hacer, porque los Reyes le habian, más de

cuarenta cuentos de renta, dado, los cuales para en aquellos tiempos

eran más y se cumplian más con ellos, que en este de agora con muchos

más que con ciento. No habia Grande ni señor en la corte, por grande

que fuese, que no se tenia por favorecido y alegre el dia que dejaba

su propia mesa y casa de su estado, ó que el Cardenal le convidase, ó

él de su voluntad se ofreciese se quedaba á comer con él, por gozar de

su presencia, participando de sus manjares; á todos honraba, á todos,

cada uno segun su estado y dignidad, y puso Dios en él entre las otras

esta gracia, que todos quedaban contentos, y les parecia que no se

les debia más de aquello que en las palabras y los asientos, y en los

otros puntos de honra, el Cardenal les daba. Dícese, y créese así, que

jamás hizo agravio á hombre, ni hobo alguno que dél murmurase ni dél se

quejase; por todas estas virtudes cuasi se traia por todos en proverbio

que el Cardenal traia la corte consigo, y que estando él en la corte,

habia corte, y salido de la corte, no habia corte. Este munificentísimo

señor y gran Pontífice; viendo los merecimientos y trabajos, y el

fruto que dellos comenzaba á salir del dicho primer Almirante destas

Indias, y como los gratísimos Reyes le habian honrado y sublimado,

honraban y sublimaban, y mandado honrar y venerar tanto, él, primero

que otro Grande, lo llevó un dia, saliendo de Palacio, á comer consigo,

y sentóle á la mesa en el lugar más preeminente y más propíncuo á sí,

é mandó que le sirviesen el manjar cubierto é le hiciesen salva; y

aquella fué la primera vez que al dicho Almirante se le hizo salva, y

le sirvieron cubierto como á señor, y desde allí adelante se sirvió con

la solemnidad y fausto que requeria su digno título de Almirante.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 95 / 126 题