Despachado el correo, D. Cristóbal Colon, ya Almirante, con el mejor
aderezo que pudo, se partió de Sevilla llevando consigo los indios, que
fueron siete los que le habian quedado de los trabajos pasados, porque
los demas se le habian muerto; los cuales yo vide entónces en Sevilla,
y posaban junto al arco que se dice de las Imágenes, á Sant Nicolás.
Llevó papagayos verdes muy hermosos y colorados, y guayças, que eran
unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado, á manera
puesto de aljófar, y unos cintos de lo mismo fabricado por artificio
admirable; con mucha cantidad y muestras de oro finísimo, y otras
muchas cosas, nunca otras ántes vistas en España ni oidas. Despachóse
de Sevilla con los indios, y con lo demas. Tomó comienzo la fama á
volar por Castilla, que se habian descubierto tierras que se llamaban
las Indias, y gentes tantas y tan diversas, y cosas novísimas, y que
por tal camino venia el que las descubrió, y traia consigo de aquella
gente; no solamente de los pueblos por donde pasaba salia el mundo á lo
ver, pero muchos de los pueblos, del camino por donde venia, remotos,
se vaciaban, y se hinchian los caminos para irlo á ver, y adelantarse
á los pueblos á recibirlo. Los Reyes, por los memoriales que desde
Sevilla recibieron suyos, proveyeron que comenzase á aparejar lo que
para el viaje segundo convenia, y escribieron á D. Juan Rodriguez
de Fonseca, Arcidiano de Sevilla, hermano del mayorazgo de Coca y
Alaejos, D. Alonso de Fonseca, y de Antonio de Fonseca, Contador
mayor de Castilla, sobrino de D. Alonso de Fonseca, Arzobispo de
Sevilla, personas muy generosas, que, por su generosidad y prudencia,
y servicios que siempre trabajaron hacer á la Corona real, fueron
siempre queridos y privados de los reyes. Este D. Juan de Fonseca,
aunque eclesiástico y Arcidiano, y despues deste cargo que le dieron
los Reyes de las Indias, fué Obispo de Badajoz y Palencia, y al cabo
de Búrgos, en el cual murió, era muy capaz para mundanos negocios,
señaladamente para congregar gente de guerra para armadas por la mar,
que era más oficio de vizcainos que de Obispos, por lo cual siempre
los Reyes le encomendaron las armadas que por la mar hicieron miéntras
vivieron. A este mandaron que tuviese cargo de aparejar tantos navíos,
y tanta gente, y tales bastimentos y las otras cosas, conforme á lo
que el Almirante habia en sus memoriales señalado. Dióse la priesa que
más pudo para llegar á Barcelona, adonde llegó mediado Abril, y los
Reyes estaban harto solícitos de ver su persona; y, sabido que llegaba,
mandáronle hacer un solemne y muy hermoso recibimiento, para el cual
salió toda la gente y toda la ciudad, que no cabian por las calles,
admirados todos de ver aquella veneranda persona ser de la que se
decia haber descubierto otro mundo, de ver los indios y los papagayos,
y muchas piezas y joyas, y cosas que llevaba, descubiertas, de oro,
y que jamás no se habian visto ni oido. Para le recibir los Reyes,
con mas solemnidad y pompa, mandaron poner en público su estrado y
sólio real, donde estaban sentados, y, junto con ellos, el Príncipe D.
Juan, en grande manera alegres, acompañados de muchos grandes señores,
castellanos, catalanes, valencianos y aragoneses, todos aspirando
y deseosos que ya llegase aquel que tan grande y mucha hazaña, y
que á toda la cristiandad era causa de alegría, habia hecho. Entró,
pues, en la cuadra donde los Reyes estaban acompañados de multitud
de caballeros y gente nobilísima, entre todos los cuales, como tenia
grande y autorizada persona, que parecia un Senador del pueblo romano,
señalaba su cara veneranda, llena de cañas y de modesta risa, mostrando
bien el gozo y gloria con que venia. Hecho grande acatamiento primero,
segun á tan grandes Príncipes convenía, levantáronse á él como á uno
de los señores grandes, y despues, acercándose más, hincadas las
rodillas, suplícales que le den las manos; rogáronse á se la dar,
y, besadas, con rostros letísimos mandáronle levantar, y, lo que fué
suma de honor y mercedes de las que Sus Altezas solian á pocos grandes
hacer, mandáronle traer una silla rasa y asentar ante sus reales
presencias. Referidas con gran sosiego y prudencia las mercedes que
Dios, en ventura de tan católicos Reyes, en su viaje le habia hecho,
dada cuenta particular, la que el tiempo y sazon padecia, de todo su
camino y descubrimiento, denunciadas las grandezas y felicidad de las
tierras que habia descubierto, y afirmándoles las muchas más que habia
de descubrir, en especial que por entónces la isla de Cuba estimó ser
tierra firme, segun que abajo se dirá; mostradas las cosas que traia,
que no habian sido vistas, sacando la gran muestra de oro en piezas
labradas, aunque no muy polidas, y muchos granos gruesos y menudo por
fundir, como se sacaba de la tierra, que traia, y certificando la
infinidad que se mostraba en aquellas tierras haber, y confianza que
tenia que en sus tesoros reales se habia de reponer, como si ya debajo
de sus llaves lo dejara cogido; y asimismo, lo que más de ponderar y
precioso tesoro era, la multitud y simplicidad, mansedumbre y desnudez,
y algunas costumbres de sus gentes, y la disposicion aptísima y
habilidad que dellas cognosció para ser reducidas á nuestra sancta y
católica fe, de las cuales estaban presentes los indios que consigo
llevó; todo lo cual, oido y ponderado profundamente, levántanse los
católicos y devotísimos Príncipes, y hincan las rodillas en el suelo,
juntas y, alzadas las manos, comienzan á dar, de lo íntimo de sus
corazones, los ojos rasados de lágrimas, gracias al Criador; y, porque
estaban los cantores de su Capilla real proveidos aparejados, cantan
_Te Deum laudamus_ y responden los menestriles altos, por manera que
parecia que en aquella hora se abrian y manifestaban y comunicaban con
los celestiales deleites. ¿Quién podrá referir las lágrimas que de los
reales ojos salieron, de muchos grandes de aquellos reinos que allí
estaban y de toda la Casa real? ¡Qué júbilo, qué gozo, qué alegría bañó
los corazones de todos! ¡Cómo se comenzaron unos á otros á animar y
á proponer en sus corazones de venir á poblar estas tierras y ayudar
á convertir estas gentes! porque oian y vean que los serenísimos
Príncipes, y singularmente la sancta reina doña Isabel, por palabras
y las muestras de sus heróicas obras, daban á todos á cognoscer que
su principal gozo y regocijo de sus ánimas procedia de haber sido
hallados dignos ante el divino acatamiento, de que, con su favor y
con los gastos (aunque harto pocos) de su real Cámara, se hobiesen
descubierto tantas infieles naciones y tan dispuestas, que en sus
tiempos pudiesen cognoscer á su Criador, y ser reducidas al gremio de
su sancta y universal Iglesia, y dilatarse tan inmensamente su católica
fe y cristiana religion. Grandes alegrías vinieron miéntras reinaron
estos bienaventurados Reyes á sus reales corazones, aunque, para el
colmo de sus merecimientos, se las mezclaba Dios siempre con hartas y
grandes tristezas y amarguras, para mostrar que tenia singular cuidado
de su especial aprovechamiento; así como el nacimiento del príncipe
D. Juan; ver la cruz de Jesucristo puesta en el Alhambra de Granada,
cuando tomaron, despues de tan inmensos trabajos, aquella gran ciudad
y todo aquel reino; los casamientos de las serenísimas Infantas, sus
hijas, mayormente de la Reina Princesa, y el nacimiento del príncipe D.
Miguel, que nació della; la venida del rey D. Felipe, siendo Príncipe;
el nacimiento del emperador D. Cárlos, que al presente, en el mundo
triunfa, hijo del dicho señor rey D. Felipe y de la reina nuestra
señora doña Juana, segunda de los dichos católicos Reyes, y otros
gozos que Dios esta vida les quiso dar. Pero, cierto, á lo que yo he
siempre sentido, el que recibieron deste miraculoso descubrimiento no
fué mucho que aquellos inferior, ántes creo que á muchos dellos, en
cualidad y cantidad, excedió, porque iba muy fundado y cementado en
la espiritualidad de la honra y gloria del divino nombre, y del mucho
aprovechamiento y dilatacion que se esperaba de la sancta fe católica,
y de la conversion de infinito número de ánimas, mucho más, cierto,
que en el reino de Granada, cuanto más grande y extendido es este
Nuevo Mundo, que la poca cantidad y límites tan estrechos que contiene
aquel reino y chico rincon, y siempre los gozos que son causados por
Dios y van fundados en Dios y sobre cosa espirituales, son más íntimos
y más intensos, y que más se sienten por las ánimas bien dispuestas
y que más duran; y tanto son mayores y más dulces y consolativos y
duraderos, cuanto la causa dellos es más propincua y acepta á Dios,
y más honra y gloria resulta por ella á su divino nombre, como este
de que hablamos, que ni pudo ser mayor, porque ¿qué más universal que
alcanzó á todo el mundo cristiano? ni la causa puede ser otra que á
Dios sea más agradable. Acrecentó sin comparacion esta inmensa y nueva
alegría, ordenar Nuestro Señor que viniese en tal cuyuntura y sazon,
que el católico rey D. Fernando estaba ya del todo sano de una cruel
cuchillada que un loco malaventurado le habia dado en el pescuezo,
que, si no tuviera un collar de oro de los que entónces se usaban, le
cortába toda la garganta, por imaginacion que el demonio le puso, que,
si lo mataba, habia él de ser Rey; de la cual herida, Su Alteza llegó á
punto de muerte, y, como estaba recien sano, hacíanse por todo el reino
inestimables alegrías y regocijos. Yo vide en Sevilla hacer otra fiesta
como la que se hace el dia del _Corpus Christi_, y fué tan señalada
que, en muchos de los tiempos pasados, cosas tan nuevas y diversas
festivas, ni de tanta solemnidad, nunca fueron imaginadas. Así que,
ordenó la Providencia divina, para causar á los Reyes y á todos sus
reinos inestimable materia de gozo, que concurriesen dos tan insignes,
y regucijables, y nuevas causas que derramasen por todo género de
personas tanta copia y veemencia de espiritual y temporal alegría.
Finalmente, dieron licencia los serenísimos Reyes al Almirante, por
aquel dia, que se fuese á descansar á la posada, hasta la cual fué de
toda la corte, por mandado de los Reyes, honoríficamente acompañado.