Domingo, 24 de Febrero, al rendir de la primera vela ó guardia, que es
cerca de la media noche, comenzó á ventear gueste y Sudueste, vecinos
y mensajeros del Sur, el cual es mucho peligroso en aquellas islas, si
le esperan los navíos las anclas echadas, por esto mandó levantarlas y
tender las velas; y, cognosciendo que le hacia tiempo, acordó de poner
la proa en el camino de Castilla, y dejando de se proveer de leña y de
piedra por ahorrar tiempo; y así mandó gobernar á la vía del leste.
Anduvo esta noche, hasta salido el sol, lúnes, que serian seis horas
y media, 7 millas por hora, que fueron 45 millas y media, y hasta la
noche á 6 millas por hora, que montaron 28 leguas. Lúnes, con la noche
pasada, navegó 32 leguas, con la mar llana, por lo cual daba gracias á
Dios. Vínoles á la carabela una ave muy grande que juzgó el Almirante
parecer águila. El mártes, con la noche pasada, que comenzó despues
del sol puesto, navegó á su camino al leste, la mar llana, de que daba
muchas gracias á Dios; anduvo 33 leguas, con algunos aguaceros, algo
volviendo al lesnordeste, dos vientos ménos, que se llama la media
partida por los marineros. El miércoles y jueves, 27 y 28 de Febrero,
anduvo fuera de camino á una parte y á otra por los vientos que le
ocurrieron contrarios; comenzó á tener gran mar y mucho trabajo, y
apropincuábasele más cuanto más se acercaba á Castilla. Hallábase del
cabo de Sant Vicente 125 leguas, y 80 de la isla de la Madera, y 106
de la de Sancta María, de donde habia partido. Viernes, 1.º de Marzo,
con la noche pasada, anduvo al leste, cuarta del Nordeste, que cuasi
era su via, 35 leguas. El sábado, con la noche pasada, corrió 48
leguas, por que se comenzaba la mar y el viento á arreciar. Sábado, en
la noche, vino una grande y súbita turbiada, ó golpe de tempestad,
que le rompió todas las velas, por lo cual se vido él y todos en
grande peligro de perderse, mas Dios los quiso librar, como dice en
su navegacion. Hechó suertes para enviar un romero á Sancta María
de la Cinta, que es una casa devota con quien los marineros tienen
devocion, que está en la villa de Huelva, y cayó la suerte sobre el
Almirante, como solia. No parece sino que andaba Dios tras él, dándole
á entender que por él hacia todas aquellas tormentas, para humillarle
y que no tuviese presuncion de sí mismo, ni atribuyese algo de todo lo
que habia descubierto, y gran hazaña, que mediante Dios, hecho habia,
sino que todo lo refiriese á aquel grande y poderoso Dios, que lo
habia escogido por ministro é instrumento para obra, tan nunca otra
tan grande y señalada, ni vista ni oida, que hombre temporalmente
hiciese, mostrando al mundo otro mundo, para que el mundo tambien,
estimando ser sólo, no se desvaneciese. Y es cierto que cada vez que
estas cosas me paro á pensar, que es con mucha frecuencia, yo no me
acabo ni harto de admirar, así como ni de, á su egregia y singularísima
obra, atribuir encarecimiento; tampoco de considerar los inmensos é
intolerables trabajos, y diversa multitud frecuentísima de angustias y
aflicciones que, desde que comenzó á intentar este descubrimiento, á
este varon se ofrecieron y siempre padeció hasta que los dejó con la
vida. Tornando al cuento de su camino, esta noche, domingo, crecióle
tanto la deshecha y espantosa tormenta de mar y de viento, que tuvo por
casi cierto que ni él, ni hombre de los que con él iban, escapara para
llevar las nuevas. Veníanles las mares altísimas de dos partes, y los
vientos con tan terrible ímpetu y veemencia, que parecia que levantaban
la carabela sobre los aires. Afligian tambien la mucha agua que del
cielo caia, y los temerosísimos truenos y relámpagos, pero, como dice,
plugó á nuestro Señor de lo sostener. Anduvo, con estos peligros y
temores de cada hora se perder, á árbol seco sin velas, donde la mar y
el viento los echaba, hasta la media noche que Dios los consoló con ver
los marineros, que, aunque de noche y escura grande, vieron tierra;
entónces, por huir della, que es gran peligro de noche estar cerca de
tierra, mandó dar el papahigo, que es un poco de vela, por desviarse y
andar algo, aunque con grande peligro y espanto, hasta que amaneciese
y recognosciesen la tierra y entrasen en algun puerto donde salvarse
pudiesen. Lúnes, de mañana, en amaneciendo, que se contaron 4 dias de
Marzo, recognoscieron la tierra, que era la roca de Sintra, que es
junto con la boca del rio y puerto de Lisbona, donde, forzado por huir
de tanto peligro y tormenta como siempre hacia, determinó de entrar en
el puerto, porque aún no pudo parar en la villa de Cascaes, que está
en la entrada y boca del rio Tajo. Entrados un poco dentro, echó las
anclas, dando todos infinitas gracias á Dios que los habia escapado
de tan grande y tan cierto peligro. Venian los de aquel pueblo á
congratularse con ellos, y daban loores al Señor que los habia librado,
teniendo por maravilla haberse escapado; y dijéronles, que, desque los
vieron en el peligro que venian toda aquella mañana, hicieron plegarias
y suplicaciones, á Dios, por ellos. A hora de tercia, vino á pasar á
rastelo dentro del rio de Lisbona, donde supo, de la gente de la mar,
que jamás habian visto invierno de tan recias y desaforadas tormentas,
y que se habian perdido en Flandes 25 naos, y otras estaban allí que
salir no habian podido; luego escribió al rey de Portugal que estaba
en el valle del Paraíso, nueve leguas de Lisboa, cómo los reyes de
Castilla, sus señores, le habian mandado que no dejase de entrar en los
puertos de Su Alteza á pedir lo que hobiese menester, por sus dineros,
y que le suplicaba le mandase dar licencia para ir con la carabela á
la ciudad de Lisboa, porque algunos hombres de mal vivir, pensando
que traia mucho oro, estando en puerto despoblado, no se atreviesen
á hacerle alguna fuerza y agravio, y tambien, porque supiese que no
venia de Guinea, que el Rey celaba mucho, sino de las Indias. Estaba
á la sazon allí en el rastelo, surta una nao muy grande del rey de
Portugal, admirablemente artillada y poderosa; el patron della, que se
llamaba Bartolomé Diaz, de Lisboa, vino con su batel, muy armado, á la
carabela del Almirante, el cual le dijo que entrase en aquel batel para
ir á dar cuenta á los hacedores del Rey y al Capitan de la dicha nao;
el Almirante respondió que él era Almirante de los reyes de Castilla,
y que no tenia que dar cuenta á persona alguna otra, ni saldria de las
naos ó navíos donde estuviese, si no fuese por fuerza que le hiciesen,
no pudiendo resistirla; el patron respondió que enviase al Maestre de
la carabela. Dijo el Almirante, que ni al Maestre enviaria ni á otra
persona, si no le quisiesen hacer fuerza, á la cual, él, por entónces,
no podia resistir, porque en tanto estimaba el dar persona como ir él,
y que esta era la costumbre de los Almirantes de los reyes de Castilla,
de ántes morir que se dar á sí ni á gente suya; el patron se moderó y
díjole, que pues estaba en aquella determinacion, que hiciese lo que
le plugiese, pero que le rogaba que tuviese por bien de mostrarle las
cartas de los reyes de Castilla, si las tenia. Al Almirante plugo de
se las mostrar, y luego se volvió á su nao y hizo relacion al Capitan,
que se llamaba Álvaro Daman, el cual, con mucha órden, con atabeles,
y trompetas, y añafiles, haciendo gran fiesta y regocijo, vino á la
carabela del Almirante y habló con él y ofreció hacer todo lo que
mandase.