CAPÍTULO LXXIII.

Domingo, 24 de Febrero, al rendir de la primera vela ó guardia, que es

cerca de la media noche, comenzó á ventear gueste y Sudueste, vecinos

y mensajeros del Sur, el cual es mucho peligroso en aquellas islas, si

le esperan los navíos las anclas echadas, por esto mandó levantarlas y

tender las velas; y, cognosciendo que le hacia tiempo, acordó de poner

la proa en el camino de Castilla, y dejando de se proveer de leña y de

piedra por ahorrar tiempo; y así mandó gobernar á la vía del leste.

Anduvo esta noche, hasta salido el sol, lúnes, que serian seis horas

y media, 7 millas por hora, que fueron 45 millas y media, y hasta la

noche á 6 millas por hora, que montaron 28 leguas. Lúnes, con la noche

pasada, navegó 32 leguas, con la mar llana, por lo cual daba gracias á

Dios. Vínoles á la carabela una ave muy grande que juzgó el Almirante

parecer águila. El mártes, con la noche pasada, que comenzó despues

del sol puesto, navegó á su camino al leste, la mar llana, de que daba

muchas gracias á Dios; anduvo 33 leguas, con algunos aguaceros, algo

volviendo al lesnordeste, dos vientos ménos, que se llama la media

partida por los marineros. El miércoles y jueves, 27 y 28 de Febrero,

anduvo fuera de camino á una parte y á otra por los vientos que le

ocurrieron contrarios; comenzó á tener gran mar y mucho trabajo, y

apropincuábasele más cuanto más se acercaba á Castilla. Hallábase del

cabo de Sant Vicente 125 leguas, y 80 de la isla de la Madera, y 106

de la de Sancta María, de donde habia partido. Viernes, 1.º de Marzo,

con la noche pasada, anduvo al leste, cuarta del Nordeste, que cuasi

era su via, 35 leguas. El sábado, con la noche pasada, corrió 48

leguas, por que se comenzaba la mar y el viento á arreciar. Sábado, en

la noche, vino una grande y súbita turbiada, ó golpe de tempestad,

que le rompió todas las velas, por lo cual se vido él y todos en

grande peligro de perderse, mas Dios los quiso librar, como dice en

su navegacion. Hechó suertes para enviar un romero á Sancta María

de la Cinta, que es una casa devota con quien los marineros tienen

devocion, que está en la villa de Huelva, y cayó la suerte sobre el

Almirante, como solia. No parece sino que andaba Dios tras él, dándole

á entender que por él hacia todas aquellas tormentas, para humillarle

y que no tuviese presuncion de sí mismo, ni atribuyese algo de todo lo

que habia descubierto, y gran hazaña, que mediante Dios, hecho habia,

sino que todo lo refiriese á aquel grande y poderoso Dios, que lo

habia escogido por ministro é instrumento para obra, tan nunca otra

tan grande y señalada, ni vista ni oida, que hombre temporalmente

hiciese, mostrando al mundo otro mundo, para que el mundo tambien,

estimando ser sólo, no se desvaneciese. Y es cierto que cada vez que

estas cosas me paro á pensar, que es con mucha frecuencia, yo no me

acabo ni harto de admirar, así como ni de, á su egregia y singularísima

obra, atribuir encarecimiento; tampoco de considerar los inmensos é

intolerables trabajos, y diversa multitud frecuentísima de angustias y

aflicciones que, desde que comenzó á intentar este descubrimiento, á

este varon se ofrecieron y siempre padeció hasta que los dejó con la

vida. Tornando al cuento de su camino, esta noche, domingo, crecióle

tanto la deshecha y espantosa tormenta de mar y de viento, que tuvo por

casi cierto que ni él, ni hombre de los que con él iban, escapara para

llevar las nuevas. Veníanles las mares altísimas de dos partes, y los

vientos con tan terrible ímpetu y veemencia, que parecia que levantaban

la carabela sobre los aires. Afligian tambien la mucha agua que del

cielo caia, y los temerosísimos truenos y relámpagos, pero, como dice,

plugó á nuestro Señor de lo sostener. Anduvo, con estos peligros y

temores de cada hora se perder, á árbol seco sin velas, donde la mar y

el viento los echaba, hasta la media noche que Dios los consoló con ver

los marineros, que, aunque de noche y escura grande, vieron tierra;

entónces, por huir della, que es gran peligro de noche estar cerca de

tierra, mandó dar el papahigo, que es un poco de vela, por desviarse y

andar algo, aunque con grande peligro y espanto, hasta que amaneciese

y recognosciesen la tierra y entrasen en algun puerto donde salvarse

pudiesen. Lúnes, de mañana, en amaneciendo, que se contaron 4 dias de

Marzo, recognoscieron la tierra, que era la roca de Sintra, que es

junto con la boca del rio y puerto de Lisbona, donde, forzado por huir

de tanto peligro y tormenta como siempre hacia, determinó de entrar en

el puerto, porque aún no pudo parar en la villa de Cascaes, que está

en la entrada y boca del rio Tajo. Entrados un poco dentro, echó las

anclas, dando todos infinitas gracias á Dios que los habia escapado

de tan grande y tan cierto peligro. Venian los de aquel pueblo á

congratularse con ellos, y daban loores al Señor que los habia librado,

teniendo por maravilla haberse escapado; y dijéronles, que, desque los

vieron en el peligro que venian toda aquella mañana, hicieron plegarias

y suplicaciones, á Dios, por ellos. A hora de tercia, vino á pasar á

rastelo dentro del rio de Lisbona, donde supo, de la gente de la mar,

que jamás habian visto invierno de tan recias y desaforadas tormentas,

y que se habian perdido en Flandes 25 naos, y otras estaban allí que

salir no habian podido; luego escribió al rey de Portugal que estaba

en el valle del Paraíso, nueve leguas de Lisboa, cómo los reyes de

Castilla, sus señores, le habian mandado que no dejase de entrar en los

puertos de Su Alteza á pedir lo que hobiese menester, por sus dineros,

y que le suplicaba le mandase dar licencia para ir con la carabela á

la ciudad de Lisboa, porque algunos hombres de mal vivir, pensando

que traia mucho oro, estando en puerto despoblado, no se atreviesen

á hacerle alguna fuerza y agravio, y tambien, porque supiese que no

venia de Guinea, que el Rey celaba mucho, sino de las Indias. Estaba

á la sazon allí en el rastelo, surta una nao muy grande del rey de

Portugal, admirablemente artillada y poderosa; el patron della, que se

llamaba Bartolomé Diaz, de Lisboa, vino con su batel, muy armado, á la

carabela del Almirante, el cual le dijo que entrase en aquel batel para

ir á dar cuenta á los hacedores del Rey y al Capitan de la dicha nao;

el Almirante respondió que él era Almirante de los reyes de Castilla,

y que no tenia que dar cuenta á persona alguna otra, ni saldria de las

naos ó navíos donde estuviese, si no fuese por fuerza que le hiciesen,

no pudiendo resistirla; el patron respondió que enviase al Maestre de

la carabela. Dijo el Almirante, que ni al Maestre enviaria ni á otra

persona, si no le quisiesen hacer fuerza, á la cual, él, por entónces,

no podia resistir, porque en tanto estimaba el dar persona como ir él,

y que esta era la costumbre de los Almirantes de los reyes de Castilla,

de ántes morir que se dar á sí ni á gente suya; el patron se moderó y

díjole, que pues estaba en aquella determinacion, que hiciese lo que

le plugiese, pero que le rogaba que tuviese por bien de mostrarle las

cartas de los reyes de Castilla, si las tenia. Al Almirante plugo de

se las mostrar, y luego se volvió á su nao y hizo relacion al Capitan,

que se llamaba Álvaro Daman, el cual, con mucha órden, con atabeles,

y trompetas, y añafiles, haciendo gran fiesta y regocijo, vino á la

carabela del Almirante y habló con él y ofreció hacer todo lo que

mandase.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 88 / 126 题