CAPÍTULO LXXII.

Mandó aderezar el navío y hinchir las pipas vacías de agua de la mar,

en lugar de piedra, que apesgasen el navío, que los marineros llaman

lastre, porque es muy peligrosa cosa no estar la nao apesgada de

lastre, porque á cada paso se puede y está en peligro de se trastornar;

y desayudábale mucho estar en muy mal puerto, donde temió mucho que se

le cortasen las amarras ó cables, que son las maromas con que están

atadas las anclas, y en fin así se le cortaron, y, constreñido desta

necesidad, dió la vela, miércoles, á 20 de Febrero, la vuelta de la

isla de Sant Miguel, para buscar algun puerto donde se pudiese algo

mejor reparar del viento y mar que hacia, puesto que en todas aquellas

islas de los Azores no lo hay bueno, y el mayor remedio que hay es

huir de la tierra á la mar, malo ó bueno que sea el navío, si no es

tan malo que hayan por fuerza de sabordar en tierra, que es dar con el

navío en tierra para salvarse el que pudiere. Y esto es muy peligroso

para donde hay peñas, y, ya que no las haya, no suele escapar el que

no sabe nadar, porque, si el navío es grande, no puede llegarse á

tierra ménos de un estado, y dos, y tres, y poco ménos, comunmente;

así que anduvo todo aquel miércoles, todo el dia hasta la noche, con

gran viento y gran mar, y ni pudo ver la tierra de donde habia salido

ni la otra de Sant Miguel que iba á buscar, que está de la isla de

Sancta María obra de 12 leguas, por la gran niebla y cerrazon que

habia, que causaba la espesura del terrible viento. Iba el Almirante,

segun él aquí dice, con harto poco placer, porque no tenia sino tres

marineros que supiesen de la mar, como quedaban todos los demas en la

dicha isla de Sancta María, y los que allí demas traian eran gente de

tierra; está toda aquella noche á la corda, que es, las velas tendidas

pero vuelven de tal manera el navío, como de esquina, al viento, que

no puede andar, y en esto trabaja mucho el navío, y la gente padece

mucho trabajo, en especial la gente de tierra no acostumbrada á andar

por la mar. Padeció esta noche gran tormenta y peligro, por las dichas

causas de mar y viento, y andar á la corda; dice que en esto le hizo

Nuestro Señor mucha merced, que la mar ó las olas della venian por sola

una parte, porque si cruzaran de una parte y otra, como las pasadas,

muy mayor peligro y daño padeciera. Despues del sol salido, otro dia,

jueves, visto que no parecia la isla de Sant Miguel, acordó tornarse

á la de Sancta María, por ver si podia cobrar su gente y la barca, y

las anclas y amarras que allí habia dejado y se le habian rompido, y,

cierto, él andaba á muy gran riesgo faltándole la barca y las anclas,

porque faltar la barca es gran peligro para tomar agua y otras cosas de

tierra, y no pueden hacer, aún en la mar, alguna cosa sin ella, y para

escaparse en ella cuando el navío se pierde; y sin las anclas no pueden

llegarse á tierra ni tomar puerto, por ocasion de lo cual, se les

ofrecen multitud y diversidad de peligros, muy propincuos á perecer.

Maravíllase el Almirante de ver tan grandes y tan frecuentes tormentas

y malos tiempos por aquellas islas y partes de los Azores, mayormente

habiendo gozado todo aquel invierno, en las Indias, de tan suaves

aires y tiempos, y siempre sin surgir ó echar anclas, sino de cuando

en cuando, y una sola hora no vido la mar que no pudiesen andar por

ella en una artesa; lo mismo le acaeció cuando iba á descubrir, hasta

las islas de Canaria, que tuvo gran trabajo de mar y vientos, pero,

despues de pasadas, siempre tuvo la mar y los vientos de maravillosa

suavidad y templanza. Miró que, como arriba se dijo en el capítulo 37,

lo que temian los marineros era, que no habian de hallar vientos para

volverse, segun la suavidad y blandura y continuacion, siempre para

el Poniente, de las brisas; y al cabo concluye aquí el Almirante, que

bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos, que el Paraíso

terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperatísimo,

así que, aquestas tierras que él habia descubierto, dice él, es el fin

de Oriente. Surgió, pues, en la isla de Sancta María, en el puerto de

ántes, el mismo jueves, y vino luego á la costa de la mar un hombre y

comenzó á capear, desde unas peñas, diciendo que no se fuesen de allí,

y desde á poco vino la barca con cinco marineros, y dos clérigos, y un

escribano, los cuales pidieron seguro. Dado por el Almirante, subieron

á la carabela, y, porque era noche, durmieron allí, á los cuales el

Almirante hizo la honra y buen acogimiento que pudo; á la mañana, le

requirieron que les mostrase poder de los reyes de Castilla, para que á

ellos constase, como, con poder Real, habian hecho aquel viaje. Sintió

el Almirante hacer aquello para dar color y excusarse de la vileza que

le habian hecho, como que tuvieron causa y razon para hacerlo, puesto

que ellos no pretendian sino haber al Almirante á las manos, porque así

se lo debia de haber mandado su rey de Portugal, pues vinieron con la

barca armada, sino que cognoscieron que no les fuera bien dello porque

el Almirante estuvo bien sobre aviso. Finalmente, por cobrar su gente y

la barca, hobo de disimular y sufrir amostrarles la carta general del

Rey y de la Reina, que llevaba para todos los Príncipes y señores, de

recomendacion donde quiera que llegase, y otras provisiones reales, y

dióles de lo que tenia y fuéronse á tierra contentos; luego libertaron

todo la gente y la enviaron con la barca á la carabela, de los cuales

supo el Almirante que dieran mucho por prenderle, y, si lo prendieran,

nunca, por ventura, se viera en libertad; y esto, dijo el Capitan de

aquella isla, que así se lo habia mandado el rey de Portugal, su señor.

Comenzó á bonanzar la tormenta del tiempo, alzó las anclas y fué á

rodear la isla para buscar algun abrigo y surgidero para tomar leña y

piedra para lastrar y apesgar la carabela, y no pudo tomar surgidero

hasta hora de completas, sábado, y, surgido, porque la mar era muy

alterada y brava, no pudo llegar la barca á tierra.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 87 / 126 题