Mandó aderezar el navío y hinchir las pipas vacías de agua de la mar,
en lugar de piedra, que apesgasen el navío, que los marineros llaman
lastre, porque es muy peligrosa cosa no estar la nao apesgada de
lastre, porque á cada paso se puede y está en peligro de se trastornar;
y desayudábale mucho estar en muy mal puerto, donde temió mucho que se
le cortasen las amarras ó cables, que son las maromas con que están
atadas las anclas, y en fin así se le cortaron, y, constreñido desta
necesidad, dió la vela, miércoles, á 20 de Febrero, la vuelta de la
isla de Sant Miguel, para buscar algun puerto donde se pudiese algo
mejor reparar del viento y mar que hacia, puesto que en todas aquellas
islas de los Azores no lo hay bueno, y el mayor remedio que hay es
huir de la tierra á la mar, malo ó bueno que sea el navío, si no es
tan malo que hayan por fuerza de sabordar en tierra, que es dar con el
navío en tierra para salvarse el que pudiere. Y esto es muy peligroso
para donde hay peñas, y, ya que no las haya, no suele escapar el que
no sabe nadar, porque, si el navío es grande, no puede llegarse á
tierra ménos de un estado, y dos, y tres, y poco ménos, comunmente;
así que anduvo todo aquel miércoles, todo el dia hasta la noche, con
gran viento y gran mar, y ni pudo ver la tierra de donde habia salido
ni la otra de Sant Miguel que iba á buscar, que está de la isla de
Sancta María obra de 12 leguas, por la gran niebla y cerrazon que
habia, que causaba la espesura del terrible viento. Iba el Almirante,
segun él aquí dice, con harto poco placer, porque no tenia sino tres
marineros que supiesen de la mar, como quedaban todos los demas en la
dicha isla de Sancta María, y los que allí demas traian eran gente de
tierra; está toda aquella noche á la corda, que es, las velas tendidas
pero vuelven de tal manera el navío, como de esquina, al viento, que
no puede andar, y en esto trabaja mucho el navío, y la gente padece
mucho trabajo, en especial la gente de tierra no acostumbrada á andar
por la mar. Padeció esta noche gran tormenta y peligro, por las dichas
causas de mar y viento, y andar á la corda; dice que en esto le hizo
Nuestro Señor mucha merced, que la mar ó las olas della venian por sola
una parte, porque si cruzaran de una parte y otra, como las pasadas,
muy mayor peligro y daño padeciera. Despues del sol salido, otro dia,
jueves, visto que no parecia la isla de Sant Miguel, acordó tornarse
á la de Sancta María, por ver si podia cobrar su gente y la barca, y
las anclas y amarras que allí habia dejado y se le habian rompido, y,
cierto, él andaba á muy gran riesgo faltándole la barca y las anclas,
porque faltar la barca es gran peligro para tomar agua y otras cosas de
tierra, y no pueden hacer, aún en la mar, alguna cosa sin ella, y para
escaparse en ella cuando el navío se pierde; y sin las anclas no pueden
llegarse á tierra ni tomar puerto, por ocasion de lo cual, se les
ofrecen multitud y diversidad de peligros, muy propincuos á perecer.
Maravíllase el Almirante de ver tan grandes y tan frecuentes tormentas
y malos tiempos por aquellas islas y partes de los Azores, mayormente
habiendo gozado todo aquel invierno, en las Indias, de tan suaves
aires y tiempos, y siempre sin surgir ó echar anclas, sino de cuando
en cuando, y una sola hora no vido la mar que no pudiesen andar por
ella en una artesa; lo mismo le acaeció cuando iba á descubrir, hasta
las islas de Canaria, que tuvo gran trabajo de mar y vientos, pero,
despues de pasadas, siempre tuvo la mar y los vientos de maravillosa
suavidad y templanza. Miró que, como arriba se dijo en el capítulo 37,
lo que temian los marineros era, que no habian de hallar vientos para
volverse, segun la suavidad y blandura y continuacion, siempre para
el Poniente, de las brisas; y al cabo concluye aquí el Almirante, que
bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos, que el Paraíso
terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperatísimo,
así que, aquestas tierras que él habia descubierto, dice él, es el fin
de Oriente. Surgió, pues, en la isla de Sancta María, en el puerto de
ántes, el mismo jueves, y vino luego á la costa de la mar un hombre y
comenzó á capear, desde unas peñas, diciendo que no se fuesen de allí,
y desde á poco vino la barca con cinco marineros, y dos clérigos, y un
escribano, los cuales pidieron seguro. Dado por el Almirante, subieron
á la carabela, y, porque era noche, durmieron allí, á los cuales el
Almirante hizo la honra y buen acogimiento que pudo; á la mañana, le
requirieron que les mostrase poder de los reyes de Castilla, para que á
ellos constase, como, con poder Real, habian hecho aquel viaje. Sintió
el Almirante hacer aquello para dar color y excusarse de la vileza que
le habian hecho, como que tuvieron causa y razon para hacerlo, puesto
que ellos no pretendian sino haber al Almirante á las manos, porque así
se lo debia de haber mandado su rey de Portugal, pues vinieron con la
barca armada, sino que cognoscieron que no les fuera bien dello porque
el Almirante estuvo bien sobre aviso. Finalmente, por cobrar su gente y
la barca, hobo de disimular y sufrir amostrarles la carta general del
Rey y de la Reina, que llevaba para todos los Príncipes y señores, de
recomendacion donde quiera que llegase, y otras provisiones reales, y
dióles de lo que tenia y fuéronse á tierra contentos; luego libertaron
todo la gente y la enviaron con la barca á la carabela, de los cuales
supo el Almirante que dieran mucho por prenderle, y, si lo prendieran,
nunca, por ventura, se viera en libertad; y esto, dijo el Capitan de
aquella isla, que así se lo habia mandado el rey de Portugal, su señor.
Comenzó á bonanzar la tormenta del tiempo, alzó las anclas y fué á
rodear la isla para buscar algun abrigo y surgidero para tomar leña y
piedra para lastrar y apesgar la carabela, y no pudo tomar surgidero
hasta hora de completas, sábado, y, surgido, porque la mar era muy
alterada y brava, no pudo llegar la barca á tierra.