CAPÍTULO LXIII.

Dándose priesa para partirse á dar nuevas á los Reyes de su felice

viaje, aunque quisiera descubrir más, determinó dejar 39 hombres allí

con su Capitan, y señalados otros dos para si aquel muriese.--Háceles

una muy notable plática, que contenia muy necesarios avisos para lo

que les convenia, prometiéndoles su vuelta hacerla presto, y traerles

mercedes de los Reyes.--Dejóles mucho bizcocho y vino, y todos los

rescates, y todo cuanto pudo.--El Rey le mandó proveer para su viaje

de todo cuanto él quiso y él pudo darle, etc.

Pues, como ya el Almirante cognosciese las mercedes que Dios le habia

hecho en depararle tantas y tan felices tierras, tales y tantas

gentes, y aquella grande muestra de oro, la cual parece prometer, sin

duda, inextimables riquezas y tesoros, y, como él aquí dice, ya el

negocio parecia grande y de gran tomo, ya otra cosa, mas, ni tanto,

deseaba que comunicar á todo el mundo los gozos y dones que la divina

Providencia y bondad le habia concedido, mayormente á los Reyes

católicos de Castilla que le habian favorecido, ayudado y levantado y

con sus expensas reales, aunque no muchas, pero para en aquel tiempo,

todavia estimables, aviado y puesto en camino, y de quien esperaba

la confirmacion de su dignidad y estado, y mercedes que por sus tan

dignos trabajos é industria, dignísima de mucho mayor galardon, le

habian prometido. Por ende, acabada la fortaleza, mandó aparejar

la carabela y tomar agua y leña, y todo lo que para su torna-viaje

pareció serle necesario. Mandóle dar el Rey del pan de la tierra,

que se llamaba cazabí, cuanto quiso, y de los ajes y pescado salado,

y de la caza, y cuantas cosas pudo darle comederas, en abundancia.

Verdad es que, segun él dice, no quisiera partirse para volver á

España hasta que hobiera costeado y visto toda esta tierra, que le

parecia ir al leste mucho grande; lo uno, por descubrir más secretos

della, y lo otro, por saber bien el tránsito más proporcionado de

Castilla á ella, para que más sin riesgo se pudiesen traer bestias y

ganados; pero no lo osó acometer por parecerle, que no teniendo más

de una carabela, segun los peligros le podian suceder, navegar más

por mar y tierra no conocida, no era cosa razonable. Quejábase mucho

de Martin Alonso en haberle dejado, porque destos inconvenientes

habia sido causa. Eligió para quedar en aquesta tierra y en aquella

fortaleza é villa de la Navidad, 39 hombres, los más voluntarios y

alegres, y de mejor disposicion y fuerzas para sufrir los trabajos,

que entre los que allí consigo tenia, hallar pudo. Dejóles por capitan

á Diego de Arana, natural de Córdoba, y escribano y alguacil con

todo su poder cumplido, como él lo tenia de los católicos Reyes.

Y, porque si acaeciese aquel morir, nombró para que en el cargo le

sucediese, á un Pero Gutierrez, repostero de estrados del Rey, criado

del despensero mayor, y si aquel tambien acaeciese morir, tomase y

ejercitase su oficio Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, sobrino

de fray Rodrigo Perez: debia ser fray Juan Perez, del que arriba, en

el cap. 20, digimos que habia sido ó era confesor de la Reina, que

fué mucha parte que este negocio aceptasen los Reyes, sino que debe

estar la letra mentirosa, que por decir fray Juan, dice fray Rodrigo,

ó donde dice fray Rodrigo, dice fray Juan. Dejó, entre aquella gente,

un çurujano que se llamaba Maestre Juan, para curarles las llagas y

otras necesidades á que su arte se extendiese. Dejó, asimismo, un

carpintero de ribera que es de los que saben hacer naos, y un calafate,

y un tonelero, un artillero ó lombardero bueno y que sabia hacer en

aquel oficio buenos ingenios; tambien les quedó un sastre, todos los

demas eran buenos marineros. Proveyólos de bizcocho y vino, y de los

bastimentos que tenia, para se sustentar un año. Dejóles semillas

para sembrar, y todas las mercaderías y rescates, que eran muchos,

que los Reyes mandaron comprar, para que los trocasen y rescatasen

por oro, y mucha artillería y armas con todo lo que traia la nao.

Dejóles tambien la barca de la nao para con que pescasen y para lo

que más les conviniese. Todo puesto á punto, que ya no restaba sino

partirse, juntó á todos, y hace á los que se habian de quedar la

siguiente plática, que contuvo estas razones, como prudente y cristiano

que era. Lo primero, que considerasen las grandes mercedes que Dios

á él y á todos hasta entónces les habia hecho, y los bienes que les

habia deparado, por lo cual le debian dar siempre inmensas gracias, y

se encomendasen mucho á su bondad y misericordia, guardándose de le

ofender, y poniendo en él toda su esperanza, suplicándole tambien por

su tornada, la cual, con su ayuda, él les prometia de trabajar que

fuese la más breve que pudiese ser, con la cual confiaba en Dios que

todos serian muy alegres. Lo segundo, que les rogaba y encargaba, y les

mandaba de parte de Sus Altezas, que obedeciesen á su Capitan como á

su persona misma, segun de su bondad y fidelidad confiaba. Lo tercero,

que acatasen y reverenciasen mucho al señor y rey Guacanagarí y á sus

Caciques y principales, ó nitaynos, y otros señores inferiores, y

huyesen como de la muerte de no enojarlos, ni desabrirlos, pues habian

visto cuanto á él y á ellos les debian, y la necesidad que les quedaba

de traerlos contentos, quedando como quedaban en su tierra y debajo de

su señorío; ántes trabajasen y se desvelasen, con su dulce y honesta

conversacion, ganarle la voluntad, conservándose en su amor y amistad,

de manera que él lo hallase tan amigo y tan favorable, y más que lo

dejaba, cuando volviese. Lo cuarto, les mandó y rogó encarecidamente,

que á ningun indio ni india hiciesen agravio ni fuerza alguna, ni le

tomasen cosa contra su voluntad; mayormente, se guardasen y huyesen de

hacer injuria ó violencia á las mujeres, por donde causasen materia de

escándalo y mal ejemplo para los indios, é infamia de los cristianos,

de los cuales tenian por cierta opinion que éramos enviados de las

celestiales virtudes, y todos venidos del cielo. Por cierto, en esto

mucho más confió el Almirante de los españoles de lo que debiera, ántes

se dejó engañar de su confianza, si creia que estas reglas habian de

guardar; debiera ser, que aún no los conocia, como despues los conoció.

Y no digo de los españoles, sino de cualquiera otra nacion de las

que hoy conocemos, segun el mundo está, no debiera de confiar que

habia de guardarlas, puesto que sola la cordura y prudencia debiera

bastarles, aunque no temieran á Dios, quedando en tierras tan distantes

y extrañas, y entre gente que no cognoscian á Dios, para vivir de tal

manera, que no decayeran de la estima en que eran reputados, cuasi

por dioses, lo cual les fuera muy cierta y gananciosa granjería,

hacer de los hipócritas viviendo segun razon. Lo quinto, les encargó

mucho que no se desparciesen ni apartasen los unos de los otros, al

ménos uno ni dos distintos, ni entrasen en la tierra adentro, sino

que estuviesen juntos hasta que él volviese, al ménos no saliesen de

la tierra y señorío de aquel Rey é señor que tanto los amaba, y tan

bueno é piedoso les habia sido. Lo sexto, animólos mucho para sufrir

su soledad y poco ménos que destierro, aunque lo escogian por su

voluntad, y que fuesen personas virtuosas, fuertes y animosas para

sostener los trabajos que se les ofreciesen, poniéndoles delante las

angustias del viaje pasadas, y como Dios al cabo los consoló en el

alegría de la vista de la tierra, y despues con las riquezas que se

descubrian cada dia más de oro, y que nunca las cosas grandes suelen,

sino con trabajos grandes, alcanzarse; las cuales, despues de pasadas,

lo que por ellas se alcanza suele ser tenido por más precioso, y cuanto

mayor fué la dificultad, y la via y medios más preciosos, tanto causan

mayor el gozo. Lo sétimo, dejóles encomendado, que, cuando viesen que

convenia, rogasen al Rey que enviase con ellos algunos indios por la

mar en sus canoas y algunos dellos se fuesen en la barca, como que

querian ir á ver la tierra, por la costa ó ribera de la mar arriba, y

mirasen si descubriesen las minas del oro, pues les parecia que lo que

les traian venia de hácia el leste, que era aquel camino arriba, que

allí les señalaban los indios nacer el oro, y juntamente mirasen algun

buen lugar donde se pudiese hacer una villa, porque de aquel puerto

no estaba contento el Almirante; item, que todo el oro que pudiesen

buena y discretamente rescatar, lo rescatasen, porque cuando volviese

hallase cogido y allegado mucho. Lo octavo y último, les certificó y

prometió de suplicar á los Reyes les hiciese mercedes señaladas, como,

en la verdad, el servicio, si así como él se lo dejó encomendado lo

hicieran, merecia, y que ellos verian cuán cumplidamente por los Reyes

Católicos eran galardonados, y, con el favor de Dios, por él, con su

tornada, consolados; porque bien podian creer que no estimaba en poco

dejarlos por prenda de su vuelta, y, por consiguiente, la memoria

dellos no se habia de quitar de su ánima noches y dias, ántes habia

de ser muy urgente estímulo para darse mayor priesa en todo lo que

pudiese acelerar el despacho de su venida. Ellos se ofrecieron de buen

grado de cumplir lo que les dejaba encomendado y mandado, poniendo en

él, despues de Dios, toda su esperanza de su socorro con las mercedes

que de los Reyes confiaban traerles para su descanso y consolada vida,

rogándole mucho que siempre se acordase dellos, y, cuan brevemente

pudiese, les diese aquel tan gran gozo que entendian recibir con su

venida.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 78 / 126 题