Dándose priesa para partirse á dar nuevas á los Reyes de su felice
viaje, aunque quisiera descubrir más, determinó dejar 39 hombres allí
con su Capitan, y señalados otros dos para si aquel muriese.--Háceles
una muy notable plática, que contenia muy necesarios avisos para lo
que les convenia, prometiéndoles su vuelta hacerla presto, y traerles
mercedes de los Reyes.--Dejóles mucho bizcocho y vino, y todos los
rescates, y todo cuanto pudo.--El Rey le mandó proveer para su viaje
de todo cuanto él quiso y él pudo darle, etc.
Pues, como ya el Almirante cognosciese las mercedes que Dios le habia
hecho en depararle tantas y tan felices tierras, tales y tantas
gentes, y aquella grande muestra de oro, la cual parece prometer, sin
duda, inextimables riquezas y tesoros, y, como él aquí dice, ya el
negocio parecia grande y de gran tomo, ya otra cosa, mas, ni tanto,
deseaba que comunicar á todo el mundo los gozos y dones que la divina
Providencia y bondad le habia concedido, mayormente á los Reyes
católicos de Castilla que le habian favorecido, ayudado y levantado y
con sus expensas reales, aunque no muchas, pero para en aquel tiempo,
todavia estimables, aviado y puesto en camino, y de quien esperaba
la confirmacion de su dignidad y estado, y mercedes que por sus tan
dignos trabajos é industria, dignísima de mucho mayor galardon, le
habian prometido. Por ende, acabada la fortaleza, mandó aparejar
la carabela y tomar agua y leña, y todo lo que para su torna-viaje
pareció serle necesario. Mandóle dar el Rey del pan de la tierra,
que se llamaba cazabí, cuanto quiso, y de los ajes y pescado salado,
y de la caza, y cuantas cosas pudo darle comederas, en abundancia.
Verdad es que, segun él dice, no quisiera partirse para volver á
España hasta que hobiera costeado y visto toda esta tierra, que le
parecia ir al leste mucho grande; lo uno, por descubrir más secretos
della, y lo otro, por saber bien el tránsito más proporcionado de
Castilla á ella, para que más sin riesgo se pudiesen traer bestias y
ganados; pero no lo osó acometer por parecerle, que no teniendo más
de una carabela, segun los peligros le podian suceder, navegar más
por mar y tierra no conocida, no era cosa razonable. Quejábase mucho
de Martin Alonso en haberle dejado, porque destos inconvenientes
habia sido causa. Eligió para quedar en aquesta tierra y en aquella
fortaleza é villa de la Navidad, 39 hombres, los más voluntarios y
alegres, y de mejor disposicion y fuerzas para sufrir los trabajos,
que entre los que allí consigo tenia, hallar pudo. Dejóles por capitan
á Diego de Arana, natural de Córdoba, y escribano y alguacil con
todo su poder cumplido, como él lo tenia de los católicos Reyes.
Y, porque si acaeciese aquel morir, nombró para que en el cargo le
sucediese, á un Pero Gutierrez, repostero de estrados del Rey, criado
del despensero mayor, y si aquel tambien acaeciese morir, tomase y
ejercitase su oficio Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, sobrino
de fray Rodrigo Perez: debia ser fray Juan Perez, del que arriba, en
el cap. 20, digimos que habia sido ó era confesor de la Reina, que
fué mucha parte que este negocio aceptasen los Reyes, sino que debe
estar la letra mentirosa, que por decir fray Juan, dice fray Rodrigo,
ó donde dice fray Rodrigo, dice fray Juan. Dejó, entre aquella gente,
un çurujano que se llamaba Maestre Juan, para curarles las llagas y
otras necesidades á que su arte se extendiese. Dejó, asimismo, un
carpintero de ribera que es de los que saben hacer naos, y un calafate,
y un tonelero, un artillero ó lombardero bueno y que sabia hacer en
aquel oficio buenos ingenios; tambien les quedó un sastre, todos los
demas eran buenos marineros. Proveyólos de bizcocho y vino, y de los
bastimentos que tenia, para se sustentar un año. Dejóles semillas
para sembrar, y todas las mercaderías y rescates, que eran muchos,
que los Reyes mandaron comprar, para que los trocasen y rescatasen
por oro, y mucha artillería y armas con todo lo que traia la nao.
Dejóles tambien la barca de la nao para con que pescasen y para lo
que más les conviniese. Todo puesto á punto, que ya no restaba sino
partirse, juntó á todos, y hace á los que se habian de quedar la
siguiente plática, que contuvo estas razones, como prudente y cristiano
que era. Lo primero, que considerasen las grandes mercedes que Dios
á él y á todos hasta entónces les habia hecho, y los bienes que les
habia deparado, por lo cual le debian dar siempre inmensas gracias, y
se encomendasen mucho á su bondad y misericordia, guardándose de le
ofender, y poniendo en él toda su esperanza, suplicándole tambien por
su tornada, la cual, con su ayuda, él les prometia de trabajar que
fuese la más breve que pudiese ser, con la cual confiaba en Dios que
todos serian muy alegres. Lo segundo, que les rogaba y encargaba, y les
mandaba de parte de Sus Altezas, que obedeciesen á su Capitan como á
su persona misma, segun de su bondad y fidelidad confiaba. Lo tercero,
que acatasen y reverenciasen mucho al señor y rey Guacanagarí y á sus
Caciques y principales, ó nitaynos, y otros señores inferiores, y
huyesen como de la muerte de no enojarlos, ni desabrirlos, pues habian
visto cuanto á él y á ellos les debian, y la necesidad que les quedaba
de traerlos contentos, quedando como quedaban en su tierra y debajo de
su señorío; ántes trabajasen y se desvelasen, con su dulce y honesta
conversacion, ganarle la voluntad, conservándose en su amor y amistad,
de manera que él lo hallase tan amigo y tan favorable, y más que lo
dejaba, cuando volviese. Lo cuarto, les mandó y rogó encarecidamente,
que á ningun indio ni india hiciesen agravio ni fuerza alguna, ni le
tomasen cosa contra su voluntad; mayormente, se guardasen y huyesen de
hacer injuria ó violencia á las mujeres, por donde causasen materia de
escándalo y mal ejemplo para los indios, é infamia de los cristianos,
de los cuales tenian por cierta opinion que éramos enviados de las
celestiales virtudes, y todos venidos del cielo. Por cierto, en esto
mucho más confió el Almirante de los españoles de lo que debiera, ántes
se dejó engañar de su confianza, si creia que estas reglas habian de
guardar; debiera ser, que aún no los conocia, como despues los conoció.
Y no digo de los españoles, sino de cualquiera otra nacion de las
que hoy conocemos, segun el mundo está, no debiera de confiar que
habia de guardarlas, puesto que sola la cordura y prudencia debiera
bastarles, aunque no temieran á Dios, quedando en tierras tan distantes
y extrañas, y entre gente que no cognoscian á Dios, para vivir de tal
manera, que no decayeran de la estima en que eran reputados, cuasi
por dioses, lo cual les fuera muy cierta y gananciosa granjería,
hacer de los hipócritas viviendo segun razon. Lo quinto, les encargó
mucho que no se desparciesen ni apartasen los unos de los otros, al
ménos uno ni dos distintos, ni entrasen en la tierra adentro, sino
que estuviesen juntos hasta que él volviese, al ménos no saliesen de
la tierra y señorío de aquel Rey é señor que tanto los amaba, y tan
bueno é piedoso les habia sido. Lo sexto, animólos mucho para sufrir
su soledad y poco ménos que destierro, aunque lo escogian por su
voluntad, y que fuesen personas virtuosas, fuertes y animosas para
sostener los trabajos que se les ofreciesen, poniéndoles delante las
angustias del viaje pasadas, y como Dios al cabo los consoló en el
alegría de la vista de la tierra, y despues con las riquezas que se
descubrian cada dia más de oro, y que nunca las cosas grandes suelen,
sino con trabajos grandes, alcanzarse; las cuales, despues de pasadas,
lo que por ellas se alcanza suele ser tenido por más precioso, y cuanto
mayor fué la dificultad, y la via y medios más preciosos, tanto causan
mayor el gozo. Lo sétimo, dejóles encomendado, que, cuando viesen que
convenia, rogasen al Rey que enviase con ellos algunos indios por la
mar en sus canoas y algunos dellos se fuesen en la barca, como que
querian ir á ver la tierra, por la costa ó ribera de la mar arriba, y
mirasen si descubriesen las minas del oro, pues les parecia que lo que
les traian venia de hácia el leste, que era aquel camino arriba, que
allí les señalaban los indios nacer el oro, y juntamente mirasen algun
buen lugar donde se pudiese hacer una villa, porque de aquel puerto
no estaba contento el Almirante; item, que todo el oro que pudiesen
buena y discretamente rescatar, lo rescatasen, porque cuando volviese
hallase cogido y allegado mucho. Lo octavo y último, les certificó y
prometió de suplicar á los Reyes les hiciese mercedes señaladas, como,
en la verdad, el servicio, si así como él se lo dejó encomendado lo
hicieran, merecia, y que ellos verian cuán cumplidamente por los Reyes
Católicos eran galardonados, y, con el favor de Dios, por él, con su
tornada, consolados; porque bien podian creer que no estimaba en poco
dejarlos por prenda de su vuelta, y, por consiguiente, la memoria
dellos no se habia de quitar de su ánima noches y dias, ántes habia
de ser muy urgente estímulo para darse mayor priesa en todo lo que
pudiese acelerar el despacho de su venida. Ellos se ofrecieron de buen
grado de cumplir lo que les dejaba encomendado y mandado, poniendo en
él, despues de Dios, toda su esperanza de su socorro con las mercedes
que de los Reyes confiaban traerles para su descanso y consolada vida,
rogándole mucho que siempre se acordase dellos, y, cuan brevemente
pudiese, les diese aquel tan gran gozo que entendian recibir con su
venida.