Estaban esperando la ida del Almirante allí tres Embajadores del rey
Guacanagarí.--No pudiendo partir el Almirante, envióle las barcas
con ciertos cristianos para que le desculpasenu.--Fué extraño el
recibimiento que Guacanagarí con toda su gente les hizo.--Dióles
dádivas de cosas de oro y otras.--Tornadas las barcas, levantó las
velas para ir allá.--Supo nuevas, ántes que partiese, de las minas de
Cibao.--Repite maravillas de la bondad de los indios y de la gravedad
y cordura de los señores entre ellos, etc.
Debia de haber enviado más mensajeros el dicho rey Guacanagarí, con
el ansia que tenia de ver los cristianos en su casa, de los cuales,
diz que, estaban esperando allí tres, y quisiera el Almirante mucho
partir aquel domingo, 23 de Diciembre, por dar placer al dicho Rey,
pero no le hizo buen tiempo. Acordó enviar con ellos las barcas con
gente, y al Escribano á dar razon al Rey porqué no iba; entretanto que
las barcas iban, invió dos indios de los que consigo, de las otras
islas, traia, á las poblaciones que estaban por allí, cerca del paraje
de los navíos, y estos volvieron, con un señor, á la nao, con nuevas
que en aquella isla Española habia gran cantidad de oro, y que á ella
lo venian á comprar de otras partes. Vinieron otros que confirmaron
haber en ella mucho oro, y mostrábanle la manera que tenian en cogerlo.
Todo aquello entendia el Almirante con pena, pero todavia creia que en
estas partes habia mucha cantidad de oro (no estaba engañado aún en lo
que habia en esta isla, como despues se dirá), porque en tres dias,
que allí estuvo, en aquel puerto de Sancto Tomás, habia habido buenos
pedazos de oro. Dice así: «Nuestro Señor, que tiene en las manos todas
las cosas, vea de me remediar, y dar como fuere su servicio». Cierto,
siempre mostraba el Almirante ser devoto y tener gran confianza en
Dios. Dice, que hasta aquella hora de aquel dia, haber venido á la nao,
más de mil personas en canoas, y más de quinientos nadando, estando
más de una legua desviada de tierras, y todas traian que dar, y, un
tiro de ballesta ántes que llegasen á la nao, se levantaban en las
canoas en pié y tomaban en las manos lo que traian diciendo á voces:
«Tomad, tomad.» Juzgaba que habian venido cinco señores, ó hijos de
señores, con toda su casa, mujeres y niños, á ver los cristianos.
Tenia por cierto el Almirante, que si aquella fiesta de Navidad
pudiera estar en aquel puerto, que viniera toda la gente desta isla,
la cual estimaba ya por mayor que la de Inglaterra, y no se engañó.
Hallaron las barcas, en el camino, muchas canoas, con mucha gente que
venian á ver los cristianos, del pueblo del dicho rey Guacanagarí,
donde ellos iban, los cuales se tornaron con ellos á la poblacion.
Fuéronse delante las canoas, como andan mucho con sus remos, para dar
nuevas al Rey de la ida de los cristianos en las barcas. Finalmente,
los salió á recibir el Rey, y, entrados en la poblacion, hallaron que
era la mayor y más bien ordenada de calles y casas que hasta allí
habian visto, y ayuntados en la plaza, que tenian muy barrida, todo
el pueblo, que serian más de 2.000 hombres, é infinitas mujeres y
niños, miraban los cristianos con grandísimo regocijo y admiracion,
trayéndoles de comer y beber, de todo lo que tenian. Hizo mucha honra
este Rey á los cristianos, y todos los del pueblo; dióles á cada uno,
el Rey, paños de algodon, que vestian las mujeres, y papagayos para el
Almirante, y ciertos pedazos de oro. Dábanles tambien, los populares,
paños de algodon de los mismos, y otras cosas de sus casas, y lo que
los cristianos les daban, por poco que fuese, lo recibian y estimaban
como reliquias. Cuando en la tarde se querian los cristianos volver
y despedir, el Rey les rogaba mucho que se holgasen allí hasta otro
dia, y lo mismo importunaba todo el pueblo. Vista su determinacion de
venirse, acompañáronles gran número de indios, llevándoles á cuestas
todas las cosas quel Rey y los demas les habian dado, hasta las barcas,
que estaban en la boca de un rio. Hasta aquí, no habia podido entender
el Almirante, si este nombre Cacique significaba Rey ó Gobernador,
y otro nombre que llamaban Nitayno, si queria decir Grande, ó por
hidalgo ó Gobernador; y la verdad es, que Cacique era nombre de Rey,
y Nitayno era nombre de caballero y señor principal, como despues se
verá, placiendo á Dios. Lúnes, 24 de Diciembre, víspera de Navidad,
ántes de salido el sol, mandó levantar las anclas con el viento terral,
para ir á ver al Guacanagarí, cuyo pueblo debia, creo yo, de estar de
aquel puerto y Mar de Sancto Tomás, obra de cuatro ó cinco leguas. Dice
aquí el Almirante, interrumpiendo el discurso del viaje, que entre los
muchos indios, que ayer, domingo, vinieron á la nao, que testificaban
que habia en esta isla oro, nombrando los lugares donde se cogía,
vido uno que le pareció más desenvuelto, y más gracioso en hablar, y
que con más aficion y alegría parecia que hablaba; al cual trabajó
de alagar mucho, y rogarle que se fuese con él á mostrarle las minas
del oro. Este trujo otro compañero ó pariente consigo, y debian de
conceder irse con él en la nao, aunque no lo dice claro el Almirante.
Estos dos indios, entre los otros lugares que nombraban tener minas
de oro, señalaban uno que llamaron Cibao, donde afirmaban que nacia
mucha cantidad de oro, y que el Cacique ó Rey de allí traia, diz que,
las banderas de oro, pero que era léjos de allí. Oido el Almirante
este nombre Cibao ser tierra donde nacia oro, de creer es que se le
regocijó el corazon y dobló su esperanza, acordándose de la carta
ó figura que le envió Paulo, físico, de la isla de Cipango, de que
arriba, cap. 12, hicimos larga mencion. Los indios tenian mucha razon
en loar la provincia de Cibao de rica de oro, aunque decian más de lo
que sabian, por haber más oro en ella de lo que ellos habian visto ni
oido; porque como los indios desta isla no tuviesen industria de coger
oro, como se dirá, nunca supieron ni pudieron saber lo mucho que habia,
que fué cosa, despues, de admiracion. La lejura ó distancia de allí
hasta Cibao no era mucha, porque no habria obra de 30 leguas, y estas,
como los indios no solian salir muy léjos destas tierras, en esta isla
bien pudieron temer la dicha distancia, y señalarla por léjos. En este
lugar, dice á los Reyes, entre otras, el Almirante, estas palabras:
«Crean Vuestras Altezas que en el mundo no puede haber mejor gente ni
mas mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría, porque luego
los harán cristianos, y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus
reinos; que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra
en tanta cantidad, que yo no sé cómo lo escriba, porque yo he hablado
en superlativo grado de la gente y de la tierra de Juana, á que ellos
llaman Cuba, mas hay tanta diferencia dellos y della á esta, en todo,
como del dia á la noche. Ni creo que otro ninguno que esto hobiese
visto, hobiese hecho, ni dijese ménos de lo que yo tengo dicho y digo.
Que es verdad que es maravilla las cosas de acá, y los pueblos grandes
desta isla Española (que así la llamo, y ellos la llaman Bohío), y
todos de muy singularísimo trato, amorosos y habla dulce, no como los
otros, que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura
hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos
de negro, y otros de otro color, y los más de colorado (he sabido que
lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal), y las casas y lugares
tan hermosos, y con señorío en todos, como juez ó señor dellos, y
todos le obedecen que es maravilla. Y todos estos señores son de pocas
palabras y muy lindas costumbres, y su mando es, lo más, con hacer
señas con la mano y luego es entendido, que es maravilla.» Todas estas
son palabras formales del Almirante. Razon es de advertir aquí, cuantas
veces repite los loores de la mansedumbre, humildad, obediencia,
simplicidad, liberalidad y bondad natural destas gentes, como quien por
vista de ojos, muchas veces lo experimentaba el Almirante. El pintarse
de negro y otros colores, sin duda lo acostumbraban por se defender
del sol, y porque con aquellas colores se les paraban las carnes muy
tiestas, y no se cansaban tan presto en los trabajos. En las guerras
tambien se teñian de aquellas colores, como abajo, placiendo á Dios,
parecerá.