El rey Guacanagarí, que fué uno de los cinco Grandes de la Española,
tenia sus pueblos y casa cerca de allí, envióle á rogar que fuese á
su casa por verlo, con un Embajador suyo y con él un presente con
oro.--Respondió el Almirante que le placia.--Envió seis cristianos
á un pueblo.--Hicieron gran recibimiento y dieron cosas y algunos
pedacitos de oro.--Vinieron aqueste dia más de 120 canoas, llenas de
gente, á los navíos.--Todas traian que dar y ofrecer á los cristianos,
etc.
En amaneciendo, sábado, 22 de Diciembre, hizo dar las velas,
partiéndose para ir en busca de las islas que los indios le decian
que tenian mucho oro, pero no le hizo tiempo y tornó á surgir; envió
á pescar la barca con la red. El señor y Rey de aquella tierra, que
tenia, diz que, un lugar cerca de allí, le envió una gran canoa llena
de gente, y en ella una persona principal, criado suyo, á rogar
afectuosamente al Almirante que fuese con sus navíos á su tierra,
y que le daria cuanto tuviese. Este Rey era el gran señor y rey
Guacanagarí, uno de los cinco Reyes grandes y señalados desta isla, el
que creemos que señoreaba toda la mayor parte de tierra que está por
la banda del Norte, por donde el Almirante por estos dias navegaba. Á
este Rey debió mucho el Almirante, por las buenas obras que le hizo,
como luego parecerá. Envióle, con aquel su criado y Embajador, un
cinto que en lugar de bolsa traia una carátula, que tenia dos orejas
grandes de oro de martillo, y la lengua y la nariz; este cinto era de
pedrería muy menuda, como aljófar, hecha de huesos de pescado, blanca
y entrepuestas algunas coloradas, á manera de labores, tan cosidas en
hilo de algodon, y por tan lindo artificio, que, por la parte del hilo
y revés del cinto, parecian muy lindas labores, aunque todas blancas,
que era placer verlas, como si se hobiera tejido en un bastidor, y
por el modo que labran las cenefas de las casullas en Castilla los
brosladores, y era tan duro y tan fuerte, que sin duda creo, que no
le pudiera pasar, ó con dificultad, un arcabuz; tenia cuatro dedos en
ancho, en la manera que se solian usar en Castilla, por los Reyes y
grandes señores, los cintos labrados en bastidor, ó tejidos de oro,
é yo alcancé á ver alguno dellos. Así que, viniendo la canoa y aquel
mensajero á la nao, topó con la barca, y luego, como para captar la
benevolencia de los cristianos (como sea gente de muy franco corazon y
cuanto le piden dan con la mejor voluntad del mundo, que parece que en
pedirles algo les hacen gran merced; esto dice aquí el Almirante), dió
luego el dicho cinto á un marinero para que lo trajese al Almirante, y
viniéronse juntas la barca y la canoa á la nao. Recibiólos el Almirante
con mucha alegría, y primero que los entendiesen pasó alguna parte del
dia; finalmente, acabó de entender por señas su embajada. Determinó
partirse otro dia, domingo, 23 de Diciembre, para allá, puesto que de
costumbre tenia de nunca salir de puerto, domingo, (por su devocion, y
no por supersticion, dice él), pero por condescender á los ruegos de
aquel gran señor, agradeciéndole tan buena voluntad, y por la esperanza
que tenia, dice él, que aquellos pueblos habian de ser cristianos por
la voluntad que muestran, y ser de los reyes de Castilla, y porque
los tenia ya por suyos, porque le sirvan con amor, les queria agradar
y hacer todo placer. Ántes que hoy partiese, envió el Almirante seis
cristianos á una poblacion muy grande, tres leguas de allí, porque el
señor della vino el dia pasado á ver al Almirante, y díjole que tenia
ciertos pedazos de oro y que se los queria dar. Con estos cristianos,
dice el Almirante, que envió su Escribano por principal, para que no
consintiese hacer á los indios cosa indebida, porque como fuesen tan
francos y los españoles tan codiciosos y desmedidos, que no les bastaba
que por un cabo de agujeta y por un pedazo de vidro y de escudilla, y
por otras cosas de no nada, les daban los indios cuanto querian, pero
que aún sin darles se lo querian todo tomar, y el Almirante, mirando
al franco y gracioso corazon con que daban lo que tenian, que por
seis contezuelas de vidro daban un pedazo de oro, habia mandado que
ninguna cosa recibiesen dellos, que por ella no les diesen alguna en
pago. Así que, llegados á la poblacion los seis cristianos, el señor
della tomó luego por la mano al Escribano y llevólo á su casa, yendo el
pueblo todo, que era muy grande, acompañándolos. Mandóles luego dar de
comer, y todos los indios les traian muchas cosas de algodon, labradas
y en ovillos hilado. Despues que fué tarde, dióles tres ansares muy
gordas el señor, y unos pedacitos de oro, y vinieron con ellos gran
número de gente, y les traian todas las cosas que en el pueblo habian
rescatado, y á ellos mismos porfiaban de traerlos á cuestas, y de
hecho lo hicieron por algunos rios y lugares que toparon lodosos. El
Almirante mandó dar para el señor algunas cosas, y así los dejó á todos
con muy gran contentamiento, creyendo verdaderamente que habian venido
del cielo, y, en ver los cristianos, se tenian por bienaventurados.
Vinieron este dia más de 120 canoas, todas cargadas de gente, á los
navíos, y todas traian que dar y ofrecer á los cristianos, comida de
pan y pescado, y agua en cantarillos de barro, muy bien hechos y por
defuera pintados como de almagra, y algunas simientes, como especias
(estas debian ser la pimienta que llamaban axí, la última aguda), y
echaban, diz que, un grano en una escudilla de agua y bebian, mostrando
que era muy sana.