Noche de Navidad, echóse á dormir de muy cansado.--Descuidóse el
que gobernaba, da en un bajo la nao, cerca del puerto del rey
Guacanagarí.--Huyeron con la barca los marineros, desmamparando la
nao.--No los quisieron los de la otra carabela recibir, y sabido por
el Rey la pérdida de la nao, fué extraña y admirable la humanidad y
virtud que mostró al Almirante y á los cristianos, y el socorro que
mandó dar y poner para descargarla toda, y la guarda que hizo poner en
todas las cosas, que no faltó agujeta.--Certifica el Almirante á los
Reyes, que en el mundo no puede haber mejor gente ni mejor tierra, etc.
Anduvo este dia, lúnes, y un pedazo de la noche que llamamos Noche
Buena de Navidad, aunque fué harto trabajosa para el Almirante esta,
donde Dios le comenzó á aguar los placeres y alegrías que por aquí cada
hora le daba, que, cierto, debian de ser inestimables, viéndose haber
descubierto unas tierras tan felices y tantas gentes bienaventuradas de
su naturaleza (si fueran dichosas de que á cognoscerlas y tractarlas,
segun razon, acertáramos, ó nosotros fuéramos venturosos para que Dios
no nos dejara de su mano), y de donde podia el Almirante cada dia asaz
conjeturar y esperar grandísimos y generalísimos bienes espirituales
y temporales. Ansí que, anduvo este dia y parte desta noche con poco
viento, casi calma, hasta llegar una legua ó legua y media del pueblo
del rey Guacanagarí, que tanto verlo deseaba, y él, que iba no con
ménos deseos y ánsia. Estando sobre cierta punta de la tierra, hasta
dado el primer cuarto de las velas, que seria á las once de la noche,
velando siempre el Almirante, viendo que no andaba nada y la mar era
como en un escudilla, acordó de echarse á dormir, de muy cansado, y que
habia dos dias y una noche que sin dormir estaba desvelado. De que vido
el marinero que gobernaba, que el Almirante se acostaba para dormir,
dió el gobernario á un mozo grumete, y fuése tambien á dormir; lo que
el Almirante siempre prohibió en todo el viaje, que, ni con calma ni
con viento, no diesen los marineros el gobernario á los grumetes; lo
mismo hicieron todos los marineros, visto que el Almirante reposaba y
que la mar era calma. El Almirante se habia acostado por estar seguro
de bancos y de peñas, porque, cuando el domingo envió las barcas al
rey Guacanagarí, habian visto la costa toda los marineros, y los bajos
que habia, y por dónde se podia pasar desde aquella punta al pueblo
del Rey dicho, lo que no habian hecho en todo el viaje. Quiso Nuestro
Señor, que á las doce horas de la noche, que las corrientes que la mar
hacia llevaron la nao sobre un banco, sin que el muchacho que tenia el
gobernario lo sintiese, aunque sonaban bien los bajos que los pudiera
oir de una legua. El mozo sintió el gobernario tocar en el bajo, y oyó
el sonido de la mar, y dió voces, á las cuales levantóse primero el
Almirante, como el que más cuidado siempre tenia, y fué tan presto,
que aún ninguno habia sentido que estaban encallados; levantóse luego
el Maestre de la nao, cuyo era aquel cuarto de la vela, mandóle luego
el Almirante, y á todos los marineros, que halasen el batel ó barca
que traian por popa, y que tomasen un ancla y la echasen por popa,
porque por aquella manera pudieran, con el cabrestante, sacar la nao;
el cual, con los demas, saltaron en el batel, y temiendo el peligro,
quítanse de ruido, y vánse huyendo á la carabela, que estaba de
barlovento, que quiere decir, hácia la parte de donde viene el viento,
media legua. El Almirante, creyendo que habian hecho lo que les habia
mandado, confiaba de por allí presto tener remedio, pero cuanto ellos
lo hicieron de malvadamente, lo hicieron de bien, fiel y virtuosamente
los de la carabela, que no los quisieron recibir é les defendieron
la entrada; luego, á mucha priesa, los de la carabela saltaron en su
barca y vinieron á socorrer al Almirante y á remediar la nao; los otros
vinieron aún despues, con su confusion y vergüenza. Ántes que los unos
y los otros llegasen, desque vido el Almirante que huian dejándole en
tan gran peligro, y que las aguas menguaban y la nao estaba ya con la
mar de través, no viendo otro remedio, mandó cortar el mastel y alijar
de la nao todo cuanto pudieron, para la alivianar y ver si podian
sacarla; pero como las aguas menguaban de golpe, cada rato quedaba la
nao más en seco, y así no la pudieron remediar, la cual tomó lado hácia
la mar traviesa; puesto que la mar era poca por ser calma, con todo,
se abrieron los conventos, que son los vagos que hay entre costillas y
costillas, y no se abrió la nao. Si viento ó mar hobiera, no escapara
el Almirante, ni hombre de los que con él quedaron, y si hicieran el
Maestre y los demas lo que les habia mandado, de echar el ancla por
popa, cierto, la sacara, porque cada dia se halla por experiencia ser
este, para el tal conflicto, el remedio. Envió luego el Almirante
á Diego Arana, de Córdoba, Alguacil mayor del armada, y á Pero
Gutierrez, repostero de la casa real, en el batel, á hacer saber al rey
Guacanagarí, que lo habia enviado á convidar, el desastre y fortuna que
le habia sucedido. El Almirante fué á la carabela para llevar y salvar
la gente de la nao, y, como avivase ya el viento, y quedase aún gran
pedazo de noche por pasar, y no supiese que tanto se extendia el banco,
acordó de andar barloventeando hasta que fuese de dia. Estaba de donde
la nao se perdió, la poblacion del rey Guacanagarí, legua y media;
llegados los cristianos y hecha relacion al Rey del caso acaecido,
diz que, mostró grandísima tristeza y cuasi lloró, y, á mucha priesa,
mandó á toda su gente que tomasen cuantas canoas grandes y chicas
tenia, que fuesen á socorrer al Almirante y á los cristianos, y así,
con maravillosa diligencia, lo hicieron; llegaron las canoas é infinita
gente á la nao, diéronse tanta priesa á descargar, que en muy breve
espacio la descargaron. Fué, dice el Almirante, admirable y tempestivo
el socorro y aviamiento que el Rey dió, así para el descargo de la nao,
como en la guarda de todas las cosas que se sacaban y ponian en tierra,
que no faltase una punta de alfiler, como no faltó cosa, chica ni
grande; y él mismo, con su persona y con sus hermanos, estaba poniendo
recaudo con las cosas que se sacaban, y mandándole tener á toda su
gente que en ello entendia. De cuando en cuando enviaba una persona,
ó de sus parientes ó principal, llorando, á consolar al Almirante,
diciéndole, que le rogaba que no hobiese pesar ni enojo, porque él le
daria cuanto tuviese. Dice aquí el Almirante, estas palabras á los
Reyes: «Certifico á Vuestras Altezas, que en ninguna parte de Castilla
tan buen recaudo en todas las cosas se pudiera poner sin faltar una
agujeta.» Estas son sus palabras. Mandó poner todas juntas las cosas
que desembarcaban, cerca de las casas, entre tanto que se vaciaban
algunas casas, que mandó vaciar, para donde se metiese y guardase todo.
Mandó asimismo, que estuviesen hombres armados de sus armas, que son
flechas y arcos, en rededor de toda aquella hacienda, que velasen y
la guardasen toda la noche. Él, con todo el pueblo, lloraban, dice el
Almirante, tanto son gente de amor y sin cudicia, y convenibles para
toda cosa, que certifico á Vuestras Altezas, que en el mundo creo que
no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman á sus prójimos como á sí
mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre
con risa; ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres
los parió, mas crean Vuestras Altezas, que entre sí tienen costumbres
muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan
continente, que es placer de verlo todo; y la memoria que tienen, y
todo lo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» Estas todas son
palabras del Almirante.