Hízose á la vela.--Descubrió muchas tierras graciosísimas, valles
campiñas labradas.--Entró en un puerto que dice ser el mejor del
mundo.--Vido más puertos y poblaciones.--Dice haber andado veinte
años por la mar.--Vinieron indios sin número; con grandísima alegría
traian de comer á los cristianos y cuanto tenian.--Da testimonio
admirable, y repítelo el Almirante muchas veces y con grande
encarecimiento, de la bondad y mansedumbre, humildad y liberalidad
de los indios.--Envió seis cristianos á un pueblo donde les hicieron
mil servicios.--Vinieron canoas de un Rey á rogar al Almirante que
fuese á cierta punta de tierra donde lo esperaba.--Fué allá el
Almirante.--Dióle con mucha alegría de las cosas que tenia.--Cuando se
iban daban voces los indios, chicos y grandes, rogándoles que no se
fuesen.--Vinieron muchos más indios á los navíos.--Loa la hermosura y
templanza de la tierra.--Llamó aquel puerto admirable, de Sancto Tomás.
Hízose á la vela este mártes, en la noche, por pasar aquel entremedio
y golfo de estas dos islas, pero ventó Levante y todo el miércoles, 19
de Diciembre, no pudo salir dél, y á la noche no pudo tomar un puerto
que por allí parecia. Vido cuatro Cabos que hacia la tierra y una
grande bahía y rio, y una angla ó abertura muy grande, y en ella una
poblacion, y, á las espaldas, un valle entre muchas montañas altísimas
de árboles que le pareció ser pinos; vido una isla pequeña, que nombró
de Sancto Tomás. Juzgaba desde la nao que todo el cerco desta isla
Española tenia Cabos y puertos maravillosos, y no se engañaba porque
los tiene por esta parte del Norte, donde andaba, los más, puesto
que, por la parte del Sur, tiene algunos y no tan buenos. Parecíale
la templanza de los aires y de la tierra, como por Marzo en Castilla,
y las hierbas y árboles, como por Mayo; las noches, diz que, eran de
catorce horas. Jueves, 20 de Diciembre, al poner del sol, entró en un
puerto que estaba entre la isleta de Santo Tomás y un cabo, y surgió en
él. Este puerto, dice que, es hermosísimo y que cabrian en él cuantas
naos hay en cristianos, la entrada dél parece, desde la mar, imposible
á los que no hobiesen en él entrado, por unas restringas de peñas
que pasan desde el monte hasta cuasi la isla, y no puestas por órden,
por lo cual es menester abrir los ojos para entrar por unas canales
que tiene, muy anchas y buenas, y todas muy hondas, de siete brazas.
Despues de entrada la nao, puede con una cuerda estar muy segura de
cualesquiera vientos que haya. De aquel puerto, se parecia un valle
grandísimo y todo labrado, que desciende á él, del gueste, todo cercado
de montañas altísimas, que parece que llegan al cielo, hermosísimas,
llenas de árboles verdes, y, parecíale que habia algunas, sin duda,
más altas que la de la isla de Tenerife, que es una de las de Canaria.
Esta isla, de la isla del Pico una de las de los Azores, se cree que
son de las más altas del mundo. Vido por allí otros puertos muy buenos,
y poblaciones parecian, y ahumadas, muchas. Estas ahumadas, pensaba
el Almirante que eran hechas como las que hacen las atalayas cuando
avisan de enemigos, pero no debia de ser por esta causa, sino que, en
esta isla especialmente, como por este tiempo hace seca, y los indios
eran inclinados, y se holgaban, de poner fuego á los herbazales, que
eran grandísimos por las innumerables campiñas llanas y rasas que
habia, y que ellos llaman en su lengua çabanas, lo uno, porque tanta
es y tanto crece la hierba, que tapa ó ocupa los caminos, y como
andan desnudos, la hierba grande les lastima, lo otro, porque entre
la hierba se criaban los conejos desta isla, que nombraban hutias (de
que adelante se hablará, Dios queriendo), y eran sin número, y, con
quemar las çabanas, mataban todos los que querian, por esto tenian de
costumbre de quemarlas. Viernes, 21 de Diciembre, fué en las barcas á
ver el puerto, el cual afirmó ser tal, que ninguno se le igualaba de
cuantos jamás hobiese visto, y excusábase diciendo, que tanto ha loado
los pasados que no sabe cómo lo encarezca, y que temia ser juzgado
por magnificador excesivo, más de lo que la verdad requeria. A esto
satisfizo diciendo, quél traia consigo muchos marineros antiguos y
que afirmaban lo mismo, y así hicieran cuantos los vieran, conviene
á saber, ser dignos de los tales loores los puertos que ántes deste
habia visto, y este exceder á todos ellos; y dice haber andado por
la mar veinte años, sin salir della tiempo que se hobiese de contar,
y vido todo el Levante y Poniente, y la Guínea, y que en todas estas
partidas, no se hallaban tantas calidades, ni tanta perfeccion de
puertos, lo cual dice haber mirado y considerado bien ántes que lo
escribiese, y torna á certificar ser aqueste puerto el mejor. Mandó
salir dos hombres de las barcas en tierra, para ver si habia poblacion
porque, desde la mar, no se parecia, puesto que vian las tierras
todas labradas, y, vueltos, dijeron que habia una poblacion grande,
un poco desviada de la mar. Mandó remar el Almirante las barcas hácia
el derecho de donde estaba, y, llegando cerca de tierra, vieron unos
indios que llegaron á la orilla de la mar, y puesto que al principio
parecia tener temor, pero diciéndoles los indios, que consigo traia,
que no temiesen, vinieron tantos, que parecia cubrir la tierra, dando
mil gracias, hombres y mujeres y niños; los unos corrian de acá, los
otros de acullá á les traer pan, y ajes muy blanco y bueno, y agua, y
cuanto tenian y vian que los cristianos querian, y todo con un corazon
tan largo y tan contento que era maravilla; y no se diga, que, porque
lo que daban valia poco, por eso lo daban liberalmente, porque lo mismo
hacian, y tan liberalmente, los que daban pedazos de oro, como los
que daban la calabaza de agua, y fácil cosa es de cognoscer cuando se
dá una cosa con muy deseoso corazon de dar.» Todas estas son palabras
del Almirante. Dice más, esta gente no tiene varas, ni azagayas, ni
otras ningunas armas, ni los otros de toda esta isla, y tengo que es
grandísima; dice más, que todos eran desnudos, hombres y mujeres, desde
arriba hasta abajo, y que, en los otros lugares, los hombres escondian
sus mujeres de celos pero aquí no, ántes ellas eran las primeras que
venian á dar gracias al cielo viendo los cristianos, y les traian
cuanto tenian, y frutas de cinco ó seis maneras. Tenian, diz que, muy
lindos cuerpos, y el Almirante mandaba, en todas partes, que ninguno
les diese pena ni les tomase cosa alguna contra su voluntad, ántes les
pagasen cuanto les daban. Finalmente, dice el Almirante, que no puede
creer que hombre haya visto gente de tan buenos corazones y francos
para dar, y tan temerosos, porque ellos se deshacian todos por dar á
los cristianos cuanto tenian, y llegando los cristianos, luego corrian
á traerles todo lo que en su poder habia. Despues envió él Almirante
seis cristianos á la poblacion para que viesen qué era, á los cuales
hicieron cuanta honra podian y sabian, dándoles cuanto tenian, porque
ninguna duda les quedaba sino que el Almirante y toda su gente habian
venido del cielo. Lo mismo creian los indios que traia consigo de las
otras islas, puesto que ya se les habia dicho, diz que, lo que habian
de tener, conviene á saber, que no eran sino como los otros hombres
y que vivian en otros reinos que se llamaban Castilla. Idos los seis
cristianos que envió al pueblo, vinieron ciertas canoas con gente á
rogar al Almirante, de partes de un señor, que fuere á su pueblo cuando
de allí partiese, y, porque era en el camino, determinó de ir allá en
las barcas, porque le estaba esperando con mucha gente sobre una punta
de tierra. Ántes que se partiese, vino á la playa tanta gente, hombres
y mujeres y niños, que dice el Almirante que era espanto; daban voces
todos, rogándoles que no se fuesen sino que se quedasen con ellos. Los
mensajeros de aquel señor, que le habia enviado á convidar, esperaban
con cuidado, porque no se fuese sin ir á verlo. Llegado el Almirante
donde le esperaba el señor, junto á la orilla de la mar, con sus
barcas, mandó el señor que llevasen á las barcas muchas cosas de comer
que le tenian aparejadas, y como vido que habia rescibido el Almirante
lo que le habia enviado, todos, ó los más de los indios, dieron á
correr al pueblo, que debia estar cerca, para traerles más comida, y
papagayos y otras cosas de lo que tenian, con tan franco corazon, que
era maravilla. Dióles el Almirante cuentas de vidro, sortijas de laton
y cascabeles, no porque ellos pidiesen algo, sino porque, diz que, le
parecia que era razon; y sobre todo, dice el Almirante, porque los
tiene ya por cristianos y por de los reyes de Castilla, más que las
mismas gentes de Castilla. Dice más, que otra cosa no falta, salvo
saber la lengua y mandarles, porque todo lo que les mandare harán sin
contradiccion alguna. Partióse dellos el Almirante para los navíos, y
daban los indios voces, hombres, mujeres y niños, que no se fuesen y
se quedasen los cristianos con ellos. Partidos con los navíos, venian
tras ellos, á la nao, en canoas llenas dellos, á los cuales hizo hacer
buen tratamiento, dándoles de comer y otras cosas de rescates que
llevaron. Otro señor habia venido ántes á ver los cristianos, y mucha
gente venia nadando á la nao, estando grande media legua de tierra.
Envió á un señor destos, que se habia tornado, ciertos cristianos para
saber nuevas destas islas, los cuales recibió muy graciosamente, y
llevólos consigo á su pueblo para darles ciertos pedazos grandes de
oro, y llegaron á un gran rio, el cual los indios pasaron á nado, los
cristianos no pudieron pasar, y, así, se tornaron. En esta comarca
toda, parecian montañas altísimas, que parecian llegar al cielo, que
la isla de Tenerife dice que era nada en comparacion dellas, en altura
y hermosura; llenas de verdes arboledas, que era, diz que, una cosa
de maravilla. Entremedio dellas hay vegas muy graciosas, y, al pié
deste puerto, al Sur, hay una vega tan grande, que los ojos no pueden
alcanzar al cabo della, sin que tenga impedimento de montaña, que le
parecia que debia tener 15 ó 20 leguas, por la cual vieron un rio;
y es toda poblada y labrada, y estaba tan verde como si en Castilla
fuera por Mayo ó por Junio, puesto que las noches tenian catorce
horas, y la tierra siendo septentrional. Esta vega es el cabo de la
vega grandísima, á quien despues puso nombre el Almirante Vega Real,
porque, cierto, creo que se puede contar por una de las maravillas del
mundo, como abajo se dirá. Torna á loar este puerto el Almirante, de
ser cerrado y segurísimo para todos los vientos que puedan venir, y aún
para corsarios y gentes que quisiesen saltear, porque aunque la boca
tiene más de dos leguas de ancho, es muy cerrada con dos restringas de
piedra, que cuasi no se ven sobre agua, sino una entrada angosta que no
parece sino que se hizo á mano, y que dejaron una puerta abierta cuanto
los navíos puedan entrar; y en la boca tiene siete brazas. Hay en él
tres ó cuatro isletas, que puede llegarse la nao ó alguna dellas hasta
poner el bordo, sin miedo, junto con las peñas, y entra en él un rio
grande; dice, en fin, que es el mejor puerto del mundo, al cual llamó
Puerto de la Mar de Sancto Tomás, porque hoy era su dia, y díjole Mar,
por la grandeza. Dice más, que, alrededor deste puerto, es todo poblado
de gente muy buena y mansa, y sin armas buenas ni malas.» Estas son sus
palabras.